Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

Eh tú: no ningunees mi traducción (El fantasma en el libro, de Javier Calvo)

https://images-na.ssl-images-amazon.com/images/I/81jckm7Wb1L.jpgHace un par de días mi hijo mayor me explicó en qué consiste el videojuego Boom Beach. En demencial detalle. Pese a que yo amo a mi hijo mayor, y él a su vez ama ese videojuego, fui incapaz de concentrarme en su relato. Perdía yo el hilo una y otra vez. Les cuento esto como prefacio a una crítica de libro por una razón muy simple: me parece a mí que algunas cosas en este buen mundo no pueden contarse con intención universal.

¿Quiero decir con ello que el nuevo libro de Javier Calvo (Barcelona, 1973) me parece aburrido? Ni hablar. De hecho, y considerando la premisa que lo sustenta –un breve ensayo-panegírico sobre la historia de la traducción, su día a día, retablo de anécdotas y consideraciones sobre su futuro- esta obra es todo lo divertida que puede ser. Solo podría ser más divertida si Calvo, el mejor traductor del inglés que hay en España (después de él, como diría Bill Hicks, there’s a huge fucking drop), por no decir también miembro de mi Top Ten personal de novelistas patrios, la hubiese escrito en tanga, oficiando una misa negra, y se hubiese hecho unos cuantos selfies de esa guisa.

Lo que sucede es que este es un libro para insiders de la industria literaria. Insiders muy insiders, vaya; los masones de la edición. Solo se me ocurren, así a botepronto, unos dos centenares de personas (entre los que me cuento) que puedan estar realmente fascinados por su temática. Y de esos dos centenares, ahora que lo pienso, podemos tachar ya a un editor a quien hablé de mis partes favoritas del ensayo y me miró como si le hubiese mostrado imágenes de mi más reciente colonoscopia.

No, El fantasma en el libro no es un libro para todos. No lo veo en las apuestas del Sant Jordi 2017. Es un libro para gente como Javier Calvo, que (si juzgamos por el texto) puede mantener una larga discusión de sobremesa sobre el uso del castellano “neutro” en las traducciones, y denunciarlo virulentamente, y afirmar (tras dar un vigoroso sorbo al Jägermeister), que “fracasa en absolutamente todos los frentes”. Este es también un libro sobre la historia de la traducción, con el viejo Marco Tulio Cicerón –nos cuenta Calvo- como primer piernas que se tomó libertades con el texto original. Este es, sigamos, un libro lleno de nutritivo anecdotario, como lo de la “traducción creativa” que (célebremente) realizó Borges en Las palmeras salvajes de Faulkner, inventándose la mitad y enchufando acentos rioplatenses a destajo en la mitad restante; o la también famosa “traducción escéptica” que Nabokov publicó del Eugenio Oneguin de Pushkin, realizada con el enfurruño repelente de un hijo único que se niega a ordenar su habitación. Y da una excusa risible para no hacerlo. Y luego se pone pasivo-agresivo y la ordena de forma demasiado concienzuda, arruinando tu domingo.

Este es, hablemos claro ahora, un crucial canto de amor a una profesión invisible, fantasmal, ninguneada, semianónima y mal pagada pero paradójicamente indispensable. Es un libro repleto de afirmaciones lúcidas, audaces, mordaces y, en ocasiones, deliciosamente inesperadas; como cuando Calvo defiende la traducción como escuela primigenia de escritura creativa para autodidactas (¡bravo!). Es un muy buen libro, en resumen. Por desgracia, me temo que también es un trabajo para completos especialistas. Como decía al principio, algunas obras no son, ni jamás serán, para todo el mundo. Y eso, no se crean ustedes, también está bien. Kiko Amat

 

El fantasma en el libro

Javier Calvo

Seix Barral

183 págs.

(Crítica publicada en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 7 de enero del 2017)

 

Kundera 0, Xhamster 4

Resultat d'imatges de harlequín deseo Algunas cosas quedan obsoletas, y el sexo es una de ellas. El sexo en novelas, quiero decir. No interrumpan el acto por lo que acabo de soltar. En Moby Dick, Melville creyó adecuado instruirnos en detalle sobre tipos de cetáceos, y distintos arpones, y un descabellado etc., en decenas de páginas documentales que casi no guardaban relación con el tema central. Y bien por él; eran otros tiempos, después de todo. Hoy en día, un autor que tratase de escribir de ese modo acabaría en el psiquiátrico de Sant Boi. Tras haber vendido diez ejemplares.

Lo mismo sucede con el sexo en narrativa. En su día cumplió una función anatómica, tutorial, porque en los “años estúpidos” (que dirían en Futurama) muchos jóvenes aún necesitaban instrucciones sobre dónde meter qué, y que alguien les dijera que aquello viscoso no era mortal, ni iban a ir al infierno por ello. Esa fue, de hecho, la otra función histórica del sexo en libros: combatir la gazmoñería aguafiestas de la brigada anti-coital. Miremos con empatía los intentos de incrustar folleteo a cañonazos en novelas provectas, pues pretendían ampliar la ventana de lo permisible. Henry, Anaïs, William, Charles. También usted, señor Marqués. Incluso tú, Milan, aunque seas un plúmbeo. La raza humana os debe gratitud por cada (hoy asaz ilegible) página de fornicio contorsionista que nos enchufasteis a traición.

Sí, en 1985 yo también arrullé al jerbo de piel, practiqué un solo de zambomba cárnica (etc.) con un párrafo de Anaïs Nin. Pero entonces descubrí un invento formidable llamado Macho (300 pesetas en el kiosco, si ponías voz grave), y las novelas dejaron de ser mi principal proveedor onanista. En esta época de Nueva Ventana Privada de gmail, me pregunto quién querría anclarse a una de esas novelas de engolada meta-tabarra donde se “alargan las frases y los genitales de los personajes en direcciones insospechadas”, como sugería Mark Lawson hablando de Adam Thirlwell. ¿Quién necesita a Kundera cuando existe Xhamster? Es más práctico, y nos ahorramos la levedad del ser.

Obviamente no todo el mundo piensa igual. Las novelas eróticas de hogaño, con público mayormente femenino, han experimentado un boom chocante. En mi ignorancia, yo creía que el género había muerto con Harlequín, y Deseo, y todos aquellos bodri-libros españoles que leían nuestras parientes liberadas en 1981, pero los compradores de libros sexy se cuentan hoy por millares. ¿Se habrán quedado sin wi-fi? Kiko Amat

(Esto es mi breve despiece para un artículo central sobre sexo en literatura, en un reciente Cultura/S de La Vanguardia de diciembre del 2016)

 

Acieeed Heil!

Mi artículo sobre drogas y poder para Cultura/S de La Vanguardia es el más leído del suplemento. Pueden leer la parte del High Hitler, nazis enchufados, anfetas-ss y el Rave-Reich en este práctico link.

Una vez lo hayan terminado, ya recolocada la quijada a su posición original, pueden pasar a leer lo que les corto-pego aquí debajo, que son los dos despieces del texto original que no están disponibles online. Porque ustedes lo valen.

Opio rojo, opio azul: la droga como arma

https://i0.wp.com/www.librosalcana.com/764751.jpgLa teoría de que existe una conspiración para endrogar a la población con fines políticos es más vieja que mi Samsung. En verdad se trata de un juego a lo “el mundo al revés quien lo dice lo es” que han usado siempre los perlas de un bando para desacreditar al enemigo, y viceversa. Según Juan Carlos Usó, autor de ¿Nos matan con heroína?; sobre la intoxicación farmacológica como arma de estado (Libros Crudos, 2015), la primera nación acusada de ello fue Inglaterra, cuando las Guerras del Opio del XIX, por los Chinos (que también traficaban). Ya en la Guerra Fría los medios de masas americanos culpaban al comunismo y al maoísmo del narcotráfico, una acusación de la que se hacían eco los periódicos de la carcunda española como ABC, que hablaba de “opio rojo”, y Arriba, que tildaría al padrecito Mao de “perfecto rey del opio”.

El cambio de sesgo ideológico llegaría en los 60, cuando la contracultura y el movimiento sesentayochista redirigirían la culpa hacia los powers that be. Es una mascletá libertaria de denuncias que da inicio con panfletos libelosos como Capitalism plus dope equals genocide (1970) de Michael “Cetewayo” Tabor y La droga, potencia mundial: el negocio con el vicio (1981) de Hans-Georg Behr, entre otros. El gobierno norteamericano empieza a revelarse como el Fu-man-chú de una trama maquiavélica para acabar con la agitación revolucionaria de melenudos, negros y rojos. La revista Ramparts, en un reportaje de 1971, señalaba a la CIA como facilitadora de ese meneo de heroína, y solo un año después Triunfo reproduciría sus puntos de vista para el público español.

La verdad está envuelta en penumbra, claro, pero Usó tiende a pensar que la CIA utilizó fondos del narcotráfico para guerrear contra el comunismo, sí, pero que dicha táctica obedecía a “fines geopolíticos”, no “biopolíticos” (es decir: intoxicación sistemática de jipis y ácratas). Asimismo, en mi opinión, la existencia de CointelPRO (programa de contrainteligencia creado para desbaratar organizaciones disidentes dentro de los Estados Unidos) y más particularmente del programa secreto de control mental MK Ultra, que experimentó con sustancias alteradoras de la percepción (como arma de estado) hacen que uno casi se sienta obligado a creer que, si el gobierno USA no promovió un genocidio toxicológico centralizado y sistemático (como afirma Usó), fue únicamente por la dificultad logística. No por falta de ganas. K.A.

Pero: ¿nos matan con heroína, sí o no?

https://i2.wp.com/www.playgroundmag.net/bbtfile/6_20151211zdXn6Y.jpegLa respuesta breve de Juan Carlos Usó (Nules, 1959) es que el estado no nos mata con heroína. Ya pueden llamar a su camello con la seguridad de que no pertenece al CESID. La menos breve concluye que jamás existió una conspiración “biopolítica” destinada a sojuzgar con opiáceos a la airada juventud de la Transición, y que se trató únicamente de corrupción policial desmadrada.

Usó señala un tufo moralista en la gestación de la conspiranoia, con los movimientos obreristas de los años 30 hablando de un “liberticidio” narcótico orquestado por los “defensores del clericalismo y capitalismo”. Cuando la contracultura española recogió ese testigo, y lo revitalizó con teorías de la contracultura gringa, se limitó a repetir las tesis valiéndose del reconcomio y la sospecha (razonable) hacia el Estado post-franquista, sin efectuar un examen profundo. Usó cita el artículo de Eduardo Haro Ibars de 1978 “Nos matan con heroína” para Ozono como impulsor de la idea de la heroína como “instrumento de control por parte del poder”. La contracultura friqui en pleno (de Pau Riba a Pepe Ribas de Ajoblanco), así como los punks posteriores, enarbolaron la idea del complot. Usó subraya a los grandes fiscales de dicha componenda, la izquierda abertzale, con declaraciones de HB en 1980 sobre la “mafia de la heroína”, la cruzada contra el tráfico de drogas que inició ETA y el dosier de la asociación Askagintza de 1984, entre otros. Todos aseveran que el infame Estado Español nos metió picos en vena para acabar con el amonal.

Usó busca derribar esa visión con varios argumentos: las teorías no tienen en cuenta la responsabilidad del usuario (tratan a los adictos como niños sin uso de razón, meras víctimas no-pensantes de un genocidio gubernamental); nunca se comenta la patente fascinación filo-suicida que despertaba el jaco entre los rocanroleros; se ignora la (perniciosa) influencia de la política prohibicionista; otorga a los presuntos responsables de un programa de esa envergadura una “sobrehumana comprensión de los hechos”, como si –se lo digo con mis palabras- los perpetradores del genocidio opiáceo fueran Lex Luthors omnipotentes en lugar de una cáfila de picoletos iletrados. Usó viene a decirnos que, en un país de chotas y corruptos, ¿cómo puede ser que jamás se hayan destapado evidencias de esta conjura?

Y es ahí donde Usó se pega lo que los ingleses llaman un “tiro en el propio pie”, al enumerar una pasmosa lista de casos de narcotráfico policial en el marco de iniciativas gubernamentales como el GAL, el Plan Zona Especial Norte y la Ley Antiterrorista. Por ejemplo la desaparición de 150 kilos de coca incautada en Irún en 1988, lo que daría lugar al famoso “Informe Navajas”: la confirmación de que existía una “tupida red” de agentes quienes, amparados en la lucha antiterrorista, y centralizados en el cuartel de Intxaurrondo, controlaban el comercio de heroína en Euskadi. El “informe Navajas” desapareció tras ser “sistemáticamente saboteado” por la benemérita, y el coronel Galindo exculpó a los demás oficiales acusados por Garzón, comiéndose el marrón. Usó sostiene que los agentes traficaban con heroína por afán de lucro, y que la utilizaban como “instrumento y moneda de cambio” para pagar a chivatos, operaciones encubiertas, etc., pero se apresura añadir que tal cosa no implica la existencia de un programa trazado desde arriba por una especie de Mago de Oz contrarrevolucionario (mis palabras, de nuevo).

Tras leer el libro de Usó, la sensación prevalente en este articulista es la de “interés suspicaz”. El autor argumenta bien la tesis anti-conspiranoia, pero entonces agarras la prensa y lees que el pasado 15 de noviembre detuvieron al Sargento Béjar, de la Comandancia de Algeciras, implicado en una nueva red de narcotráfico. Béjar, qué cosas, fue imputado por la Audiencia Nacional a mediados de los noventa en los sumarios sobre guerra sucia que salpicaron a Intxaurrondo, y su nombre aparece en el sumario del caso Lasa y Zabala (aunque sería exonerado por Galindo en una declaración firmada). Y entonces sientes aquel molesto cosquilleo en la nuca. K.A.

Some Product #6: Generation X, Sex Museum, Cala Vento y más

https://i1.wp.com/munster-records.com/static/thumbs/images/productimage-picture-sweet-revenge-830_jpg_382x5000_q100.jpgGENERATION X

Sweet revenge

Munster Records

Decía Dave Eggers sobre The June Brides que, habiendo completado su discografía, pasó la siguiente década buscando en el cajón de la J, por si aparecía algún improbable nuevo disco del grupo (ya disuelto). A mí me sucedió lo mismo con Generation X, mi segunda banda predilecta del punk 76-79: pasé parte de mi juventud husmeando en la G, a sabiendas de que ya había completado su material: 3 álbumes y siete singles. Pero: ¡milagro! El guitarra original de la banda, Bob Andrews, guardó los másteres de un álbum perdido, el hoy llamado Sweet Revenge. Se grabó en julio de 1979, y estaba destinado a ser su tercer elepé, tras el potable Beyond the valley of the dolls. Los fans sabemos ahora la verdad: Derwood abandonó la banda y Billy Idol regrabó varias de esas canciones para el aerodinámico y radiofónico Kiss me deadly, ya como Gen X. Sweet revenge, sin embargo, no es una colección cacofónica de maquetas pachuchas. Se escucha como un álbum casi listo: la versión cruda, sin pintar al aerosol, de Kiss me deadly. Comparte varios hits (la persistente “Dancing with myself”, “Triumph”, “Revenge”, en formato más rudo, menos nueva ola) y añade varios temazos que se perdieron en el camino: “Modern boys”, “Girls girls girls”, “Flash as hell”, todos de retórica y empuje 100% Generation X. Punk coreable, estribillos pop, letras de mocedad exaltada y tremenda chulería en la voz de Idol. Muy necesario, y no solo para completistas.

CALA VENTO

Cala Vento

BCore

Cala Vento son como si dos de Superchunk se hubiesen ido al súper, y los dos miembros restantes se hubiesen quedado en el local grabando maquetas, con menos medios pero iguales ganas. Cala Vento son dos chavales empordanencs de pueblo y pastizal que llegan a la Ciudad Condal y, abrumados por su belleza y dimensiones, incorporan su espíritu –real o idealizado- a la dialéctica de sus canciones (como cuando Weller se mudó de Woking a Londres, y se puso a hacer canciones con London en el título). Cala Vento son románticos, inocentes y precoces a la vez, dominan la lírica pop española como si llevasen en esto bastante más tiempo del que llevan, y afirman (adecuadamente) recoger una antorcha de manos de predecesores con mucha ventaja (Nueva Vulcano) o poca (Vàlius). Cala Vento son de lo mejor de aquí: sentimentales, víricos, tempranos y llenos de empuje pop. No paro de cantarles.

 SEX MUSEUM

Fuzz face

Independence

Sex Museum 30 Aniversario

Sex Museum ya son una institución. Los madrileños llevan 30 años dándole, lo que me alegra mucho y fastidia sobremanera, pues implica que TODOS somos unos vejestorios. Sí, usted también. Haciendo gala de su irreductible espíritu autárquico, Sex Museum no esperan la llamada de Sony y reeditan sus propios elepés. Fuzz face es su debut mod-garajero de 1987, y en él parecen los hermanos granujientos y procaces de sus aplicados primos barceloneses Los Negativos. Gamberrería pueril-teen en canciones como “Big cock” y “Sexual beast” (obsesión pubescente), versiones 60’s punk que ahora suenan manidas pero en 1987 no lo eran (“C.C.Rider” y “Psycho”) y solo una canción en castellano, “Ya es tarde” (cúspide del álbum). La portada es tan alucinante que el contenido –garaje rock de papel cebolla- quizás decepcione a los profanos. Independence (1989) es un disco mucho más entero, además de una declaración de principios en toda regla (independencia, leñe). Contiene su hit inapelable y en mi opinión mejor canción de su carrera, “Friends”, así como la pegadiza “I’m moving”. Algunos fruncieron el ceño por su evolución al sonido Detroit y hard rock, melenas cortinaje y chalecos de cuero (sin camisa), y los mods les abandonaron más o menos en masa, pero salta a la vista que esa nueva dureza les dio empuje, alas, ideas y gónadas. Lástima que no incluya el pepinazo “Where I belong”, single predilecto de los fans.

KIM FOWLEY

I’m Bad

Vinilissimo / Munster

Fowley es un jerarca loco del pop: hijo de actores del Hollywood 30’s, niño dañado por antonomasia, compositor por encargo de maravillosa basura sixties (The Seeds, Gene Vincent, The Rivingtons…), productor chiflado de un montón de grupos (¡The Runaways!), automitólogo incansable y celebrable excéntrico, Fowley tiene también en su haber tres decenas de álbumes. El semi-célebre es Outrageous, de 1968 (fue el único que entró en los charts), pero toda la producción sesentera y setentera merece la pena. I’m bad, grabado en 1972 para Capitol Records, es un ejercicio sexy de glam rock/Bowie/T.Rex/Slade con un montón de riffs stonianos la mar de macarras, donde Fowley canta (simulando carraspera de gángster) sobre chicas malas, navajas automáticas y fornicación, y viene repleto de fusiladas al “Queen bitch”. Incluye auténticos hits chicle de discoteca de barrio y futbolín, como “Queen of stars”, la sensacional “I’m bad” o “It’s great to be alive”. Fowley es maravilloso, y escuchar sus discos lo más divertido que uno puede hacer con los pantalones puestos. El mundo será un lugar mucho más gris y deprimente cuando él desaparezca.

 https://i2.wp.com/www.deejay.de/images/xl/3/5/137035.jpgLEN BRIGHT COMBO

The Len Bright Combo presents… The Len Bright Combo by The Len Bright Combo

Combo Time!

Fire

La odisea de Wreckless Eric (Eric Goulden) tiene tela. Talento precoz del punk deslavazado, firmante del clásico “Whole Wide World” para Stiff Records, Goulden acabó alcoholizado y hecho unos zorros hacia 1980, tras tres discos brillantes. Pero en 1984 se mudó a Kent, donde proliferaban los grupos de mod-garaje-punk como The Milkshakes y The Prisoners. Fue amor a primera vista. Goulden se unió a Russ Wilkins y Bruce Brand (ex-Milkshakes) y juntos formaron el mítico trio The Len Bright Combo. Grabaron dos álbumes oscuros, no ensayaron jamás y se forjaron un fiel ejército de fans. Los dos elepés, de 1985 y 1986, son pura diversión, un certero rechazo de todo lo que Wreckless Eric había sufrido en su etapa popstar. Abunda el sonido The Who, feedbacks ensordecedores, espléndida lírica a lo Ray Davies, tensión Velvetiana (en los tom-toms de Brand) y atmosfera marciana estilo Joe Meek. Ambos discos contienen su cuota innegable de nuevos hits: “You are gonna screw my head off”, “Comedy time” o la diatriba anti-yuppie “Young, Upwardly mobile… and stupid”. El grupo se disolvió en 1987 tras un accidente de furgoneta, pero esta doble reedición aplaude su impulso, emoción y alma.

RENALDO & CLARA

Fruits del teu bosc

Bankrobber

Lindísimo álbum de debut el de Renaldo & Clara. Remite de inmediato a Le Mans y el Donosti Sound, con The Softies, Alison Statton, la Margo Guryan del Take a picture y el soft-pop de Laurel Canyon enhebrados en la fórmula. Compone y canta Clara Viñals, con una voz de melancolía dominical y un balsámico acento leridano que pueden fundir casquetes polares, y la acompañan mandolinas bien utilizadas (no cansinas), pausadas baterías jazz y contrabajos de voz grave. Cuando se disparan, como es el caso de “Veueta”, clavan medios tiempos optimistas y sentidos como los de aquel “Bar-Comedor” de La Buena Vida hacia 1993. Todo bonito, sutil y elevadizo, y con letras por encima de la media. Si les juntáramos en un concierto con Coach Station Reunion las guerras cesarían de inmediato y la humanidad empezaría a enmendarse.

SKIN-DEEP

More Than Skin-Deep

THE BURIAL

A day on the town

Keep On Keepin’ Records

Nadie recuerda al ska 80’s. Quizás sea porque su antecesor inmediato, la 2-Tone, movía multitudes y millones, y en comparación los grupos de 1985 parecen unos desgraciaditos. O quizás sea porque de sus filas no salieron grupos tan versátiles y de atractivo universal como Madness, The Specials o The Beat. Pero había color, había color. The Burial y Skin-Deep, ingleses ambos, son lo mejor de una cultura que legó algunos discos asombrosos. Skin-Deep eran skins de Doncaster (más de pueblo que un tractor) y sin embargo no le daban mucho al ska (solo el “Come into my parlour” de Bleechers) y menos aún al Oi! o el punk. Lo suyo era una mezcla de The Housemartins y Redskins, pop trotante y sentimental, trompetas asmáticas, caras aniñadas pero melancolía precoz, cantos a la juventud perdida (cuando aún no se ha marchitado, como en “All the fun”) y un montón de hits grabados en lo que parece una caja metálica de galletas andorranas. Curiosidad para frikis: uno de sus integrantes acabaría en los Babyshambles de Pete Doherty (ugh). The Burial les van a la zaga. Pese al nombre cenizo (El Sepelio), lo suyo era puro skinhead pop –no es un oxímoron- escuela 1988 con toques Stiff Little Fingers/The Undertones, algo de calypso (la inolvidable “Sheila”), e incluso un par de lentas en modo protesta Billy Bragg. Todo bailable y cantable, muy working class (“A day in the town” es una viñeta de ocio proletario en la vena de los mejores Kinks), bien sentimental y subcultural. Ambas reediciones incluyen hoja interior y fanzine para coleccionistas.

(Estas son algunas críticas de álbum que han ido apareciendo en los últimos meses en Cultura/S de La Vanguardia. Nunca alcanzo a recordar dónde y cuando han salido -si exceptuamos la de Generation X, que apareció el sábado 10 de septiembre-. Otras tienen año y medio, pero imagino que a alguien pueden resultarle útiles aún)

Aquellos veranos cachumbos

Kiko Amat realiza una mirada satírico-naturalista parcial a los veranos de los 70 y 80, cuando un agosto duraba más que el Reich de los Mil Años, la televisión era “didáctica” (o sea, plomiza), la selección española era el equipo más risible del cosmos (como hoy, de hecho), no existía internet y la sociedad no se hallaba abocada al armagedón espiritual. Un momento: ¿o sí?

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“Mira esto, no tiene valor”, aducía con visionario olfato el malo de En busca del arca perdida, “diez dólares en cualquier vendedor de la calle. Pero si lo cojo y lo entierro en la arena durante mil años, entonces ya no tiene precio. Como el Arca”. El mismo procedimiento parecen esgrimir los nostálgicos respecto al pasado reciente de este país: enterramos las décadas de nuestras (agridulces) infancias y (castas) juventudes en la arena, y ahora que hemos cavado para exhumarlas y vuelve a darles el aire, resulta que son rubíes y maravedís, no la deprimente cordillera de estiércol que recordábamos.

Aquí donde me ven en toda mi insignificancia no soy inmune a la nostalgia, ni siquiera a su vertiente Todo a 100. Soy tan propenso como cualquier hijo de vecino a caer en la remembranza melancólica con tintes cripto-épicos: aquellos eran buenos tiempos, ya no se hacen películas como esas, las manzanas sabían a manzanas, y todo eso. Pero creo que como comunidad nacional, como volk más bien aturdido, y aunque nuestro talante sea la sangre caliente y el alboroto genital, urge detenerse a tiempo. Pues la racionalización fuera de contexto, combinada con salpicaduras de populismo y virutas de conceptualización falaz, puede hacer que cualquier insensatez del ayer suene razonable. Incluso inspiradora (si mienten lo suficiente).

A modo de ejemplo: Un Pingüino En Mi Ascensor. Acabo de leer una entrevista reciente con su instigador, y me he hecho más mala sangre que un vampiro hemofílico. Porque si uno no acude raudo a Youtube a atestiguar la palmaria falsedad artística de lo aseverado en ese texto, lo allí descrito suena razonable, incluso (ejem) inspirador. Por supuesto, no era así; Un Pingüino En Mi Ascensor era vomitivo. Puro excremento banal, y no banal-del-bueno, como “¡Gabba Gabba Hey!”, Chiquito de la Calzada o las bromas caca-céntricas de mi hijo menor.

Y por eso mismo, empapado de inflamable indignación en una playa ampurdanesa, me veo forzado a revisitar una vez más, al modo Betjemanesco (melancolía + repelús), los verdaderos entresijos de los veranos del pasado reciente para ustedes, fieles lectores de Cultura/S.

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  1. “Lo importante no es el destino, es el viaje”, afirmaba el poeta Kavafis, quien nunca fue invitado a subirse al 124 de mi padre durante el tórrido verano de 1979. Aquellos VIAJES familiares Sant Boi-Gandesa, cuyo trayecto sitúa hoy Google Maps en unas irrisorias 2h 15 min., se me antojaban entonces como algo salido del Pentateuco. Un Gran Éxodo, una de esas migraciones desesperadas en pos del Nuevo Mundo, cuando el grupo que llegaba a la orilla Oeste era uno completamente distinto del que salió del Este tres generaciones atrás, y un 85% del grupo original había fenecido por inserción de flecha Sioux en tráquea. Sí: eso era un paseíto a Gandesa en 1979. ¿Cómo? ¿Que cuanto tardábamos en llegar? No sé decírselo en horas, porque nosotros lo calculábamos con vomitonas: unas cinco (L’Escala eran dos). Supongo que algunos mozalbetes granujientos de hoy en día solo habrán viajado a la velocidad de la luz en el Lexus de papá, pero para mí la normalidad tenía esta pinta: cinco infelices hacinados en un vehículo que era, esencialmente, un motor de Scalextric envuelto en papel de plata, sin aire acondicionado, respirando los Chesters encadenados que fumaba el pater familias, cuyo humo se mezclaba en el coche con el hedor acre de mis regüeldos lácteos y el Tulipán Negro de las axilas maternas. Peleándonos a puñetazos. Con mi padre al volante, tratando de restaurar el orden filial a base de ciegos guantazos al asiento trasero mientras luchaba por mantener la vista fija en una carretera comarcal con más curvas que un intestino delgado. Y de fondo, en la radio, la versión española del “Chiquitita” de ABBA. La peor canción de la historia.
  1. https://i1.wp.com/img11.nnm.ru/6/4/f/c/3/284a851dec84628e2eaea757c53.jpgDe un tiempo a esta parte se ha puesto de moda entre algunos críticos musicales lo de criticar la preponderancia de cierta música “anglo” en nuestras ondas. En plan: ¿por qué nos rendimos a la música pop anglosajona, con la de delicias sónicas que imperaban en la península? A todos estos críticos amnésicos y algo demagógicos me limitaré a ofrecerles una lista muy somera de lo que se escuchaba entre julio y septiembre de 1982 en los chiringuitos, discopafs y taxis del país: “Amor de hombre” de Mocedades, “Un toque de locura” de José Luís Rodríguez, “Despiértate mujer” de José Velez, “Felicidad” de Al Bano y Romina Power, “Las leandras” de Luís Cobos (la zarzuela como himno de un régimen totalitario en una terrorífica distopía futurista), “Oh Gaby” de Iván, “Ebony and ivory” de Paul McCartney (una canción más mendaz y sensiblona que Jennifer Aniston vestida de Teletubby), “Eye in the sky” de Alan Parsons Project, el aborrecible “Moonlight shadow” de Mike oldfield (que mis hermanos y yo cantábamos diciendo “VADUEIII DE VILADESAII”)… Lo único que redime a 1982 es que, contra todo pronóstico, Leño llegaron al #1 con “Que tire la toalla”. Pero visto esto, y considerando que en una isla vecina el #1 indiscutible del verano de 1982 era el “Come on Eileen” de Dexy’s Midnight Runners, lo raro no es que acabase imperando lo “anglo” por aquí. Lo raro es que no tuviese lugar una emigración en masa. Lo raro es que no clamáramos por una invasión definitiva. Lo raro es, vaya, que este periódico no esté en inglés.
  1. Quizás fue la insolación. Es un hecho de sobras conocido y comentado en ascensores y tertulias de sobremesa con los suegros, pero supongo que aún sufren pesadillas con el tipo de PROTECCIÓN SOLAR que utilizábamos (por imperativo paterno) los niños de los 70’s. ¿Cómo es posible que no muriésemos todos, adultos e infantes, reducidos a humeantes rescoldos en cualquier playa del litoral catalán? Mi madre, en 1977, se empastifaba de algo llamado Crema de Zanahoria, un anaranjado “potenciador” del bronceado sin filtros de ningún tipo que actuaba en la dermis como Patfuego lanzado a lo loco en una barbacoa de borrachos. A los niños, claro está, aquel engrudo pirobronceante nos estaba prohibido, pues podía provocar que chisporrotearan nuestras delicadas pielecitas. Por eso nos sepultaban en vulgar Nivea hidratante, una crema sin propiedades protectoras conocidas por la ciencia.
  2. Para cubrirnos del inclemente astro rey estaba la ROPA de verano. A juzgar por los peinados y atavíos que lucían mis padres, y si mis viejas fotos no mienten, en 1975 tuvo lugar una terrible tormenta que encogió todos los bañadores a talla taparrabil y chamuscó todos los peinados (se trataba de una tormenta eléctrica). Nuestros padres no deberían haberse confiado, pues al poco tiempo un nuevo huracán acabó de arrancarles de la piel los ya de por sí exiguos pedazos de nylon que cubrían su catálogo de colgajos. Sí: estoy hablando de NUDISMO, amigo lector. Mis padres, y los de muchos de ustedes, decidieron apostar por la causa del despelote del mismo modo en que muchos otros se abalanzaron a los juzgados cuando se aprobó la ley del divorcio de 1981: por pura sed de libertad, y a lo cafre. Por desgracia, también decidieron exhibir sus escrotos y felpudos en el preciso instante en que yo empezaba a almacenar recuerdos, y unos diez años antes de que yo tuviese el primer pensamiento sexual. Por eso aún hoy me despierto sudando en medio de la noche. Por eso mi sueño de la desnudez en público no es una paparrucha freudiana, sino un recuerdo certificable.
  1. Lo que no ha cambiado son los CAMPINGS. Quiero decir los campings de 1ª categoría: esos están igual que como los dejé en 1991 (mi último año de vigilante campinguero). Aunque conviene recordar que el camping es como el chóped: por mucho que pagues más, continúa siendo chóped. Añadirle sofisticación a un camping es como añadirle violines al “Ladillas” de los Mojinos Escozíos. Por eso muchísimos empresarios de los setenta optaron por fundar campings low cost, sabedores de que la turba cariada y muñonosa de allá fuera no echaría de menos los ornamentos parcelísticos ni los retretes sin plagas. El lugar escogido para tal fin no fue otro que el litoral del Llobregat, vertedero-para-todo de la época (aún me sorprende que no pusieran una central nuclear en pleno Viladecans), que durante las décadas de esplendor 80’s albergó a siete campings de baja cuna pero alta ocupación. Como La Tortuga Ligera, que era (me autocito) “un camping de 2ª, y por tanto tu parcela se regía por tu ley, como una ciudad-estado mesopotámica (…) Menos colocar a las puertas de tu terreno un nido de ametralladoras o a un hereje enjaulado para su escarmiento público, en La Tortuga Ligera podías instalar los extras que se te antojaran: un huerto de hortalizas para consumo familiar, foso con puente levadizo, fuentes decorativas, almenas para arqueros, perímetro vallado o una réplica 1/1 de los jardines de las Tullerías”. Quienes veraneábamos allí –y en La Ballena Alegre, y en El Toro Bravo…- éramos clase obrera con certificado de despiojado al día, pero de vez en cuando divisabas por ahí a un fulano con haiga Mercedes y caravana de feriante, lo que te hacía dudar de tus propios ojos, así como de su cordura. Quiero decir: ¿por qué un hombre rico desearía veranear como un pobre? A mí eso no me entraba en la cabeza. O era obsceno slumming it (camuflarte entre la common people para que te invitaran a copetines del PSUC) o una falacia (plazos del Mercedes a pagar hasta el 2043) o al caballero aquel le faltaba un hervor. En fin: los campings chabolísticos catalanes de nuestra niñez cerraron en el año 2005, y allí se cerró otro entrañable capítulo de nuestro pasado reciente sin que nadie le haya puesto un museo nostálgico o un nombre de plaza. Está claro que hay culturas que son más culturas que otras, que podría haber dicho Orwell.
  1. Uno de los elementos veraniegos que más nostalgia feroz despierta, asimismo, es la televisión. Es mencionar Mazinger-Z o Verano Azul y comprobar como de inmediato el interlocutor, que dos minutos antes estaba obsequiándonos con una interminable perorata hegeliana sobre la “hipnosis colectiva de los medios de comunicación de masas en el siglo XX”, se transforma en una especie de osito manga con retina centelleante y sonrisa de pitufina. Oh, la tele de nuestra niñez, cuando a la sazón todos mirábamos la misma caca lava-cerebros a la misma hora, como el sueño húmedo de algún dictador chiflado. Nadie parece inmune a la nostalgia televisiva. Excepto yo, quiero decir. Como cronista de objetividad probada he acudido a las dos series mencionadas para ratificar su valor específico. Y lo que he hallado, tras tragarme un número de capítulos que habrían mandado a las celdas acolchadas a cualquier otro columnista con menos temple, es lo siguiente:

 a) Verano Azul: La serie que firmó Antonio Mercero en 1981 es, como aduce Mercedes Cebrián en su atinado Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la transición (Alpha Decay), un “referente cultural de primer orden”, uno de los mejores símbolos de la llamada Cultura de la Transición (CT) y una “sinécdoque utópica” (esto tuve que buscarlo) “de como se desearía que fuesen las cosas” en aquel carpetovetónico país circa 1981. Es una pena que de entre todas las brillantes teorías que esgrime su libro, Cebrián olvide la que para mí es crucial: Verano azul era escalofriante. La autora del ensayo la clava al fijarse en que ninguno de nosotros jugaba a Verano azul, pero me temo que no era porque resultara “pecaminoso, como jugar a concelebrar una misa”. Uy, qué va. Era, simplemente, un asco de serie. El elenco era más pedestre y desesperanzador que… Que el alumnado hurga-napias y culo-mugriento de mi propia clase de EGB en 1981, ahora que lo pienso. ¿Y quién querría ver su miasmática vida infantil postfranquista representada a tiempo real en la televisión de la época? No, por Dios: la mayoría de nosotros jugábamos a ser caballeros Jedi, policías corruptos con métodos brutales, piratas o brutos mecánicos, pero no a “hacer ver” que éramos una pandilla veraniega de españolitos cursis en shorts ultraprietos. Los niños 70’s, o cuanto menos los catalanes de raigambre proletaria, nacimos de la derrota política, la opresión religiosa y la aniquilación sexual, y crecimos en un mundo monocromático y reprimido. Lo último que queríamos era realismo social, y lo que más deseábamos era evasión por cualquier método a nuestro alcance. Preferentemente galáctico.

Y Verano azul era progresista, en efecto, solo que de ese Modo Transición, timorato y cenizo, que solo los españoles parecen considerar un atributo. Sí, Verano azul le explicó pacientemente a la carcundia de antaño que una mujer podía tener hijos sin estar casada (eso sí, subrayando que “el cauce normal para tener hijos es el matrimonio”, no fuese que los del sable repitieran el 23-F), que la especulación inmobiliaria era mala, que la violencia era inútil (no fuese que los perdedores de la Guerra Civil se acordaran del pogromo) y que, bueno, no había que meterse con las chicas que llevaban ortodoncia. Pero nos ofreció estas enseñanzas de un modo que daba ganas de saltarse la tapa de los sesos. Verano Azul era la UCD, Carlos Saura, Ana Belén, “Don Bosco nos dice que tenemos que estar alegres” y el “Libertad sin ira” de Jarcha. Como también me sucede con la serie americana Mozart in the jungle, me resulta imposible ver un capítulo de Verano Azul sin desearles una muerte grotesca a todos los personajes que aparecen. Sí, a Quique también, aunque yo no recuerdo quién era, y ustedes tampoco.

 https://kikoamat.files.wordpress.com/2016/09/8f24f-52_sayaka_y_koji_tienen_una_pelea-avi_000239572.jpg?w=320&h=235b) Mazinger Z: Es la prueba irrefutable de que vislumbrar el pasado a través de lentes rosáceas produce imágenes distorsionadas por el afecto, el anhelo o la añoranza. Yo mantengo un estrecho lazo afectivo con Mazinger-Z, el anime que protagonizaba el homónimo bruto mecánico, y que se emitió en España durante el verano de 1978. Padecía yo por aquella época una hepatitis aguda que me mantuvo prostrado en cama más de un mes, y me tragué todos los programas de TV del verano, entre plato y plato de macarrones hervidos. Mi favorito era Mazinger-Z, y desde el plegatín improvisado en casa de mis abuelos (mis padres y hermanos se habían ido de vacaciones sin mí, convirtiéndome en novelista de un plumazo), con los ojos amarillentos y los meados musgosos, seguí las aventuras de Koji Kabuto y su robot a través de los 32 capítulos que se pasaron en España. Fueron mis siete años de edad y mi imaginación supletoria, qué duda cabe, los que impidieron que reparara en lo que hoy, a mis cuarenta y cinco recién cumplidos, es ineludible: Mazinger-Z era más mala que la sífilis. Dejando de lado sus censurables enseñanzas morales, como que las niñas son débiles y bobas (Koji incluso le cruza la cara a Sayaka en el capítulo #7), nada en Mazinger-Z supera un análisis superficial: las tramas, pueriles y estólidas a más no poder, incluso para una mente de mameluco como la mía; las domingas volantes de Afrodita A, dignas de Esteso & Ozores; la machacona insistencia en las aplicaciones positivas de la “energía fotónica”, pese a que capítulo tras capítulo solo la vemos empleada en mortíferos monstruos de metal y ciudades arrasadas; la cantidad infernal de tiempo-por-capítulo que Koji y su panda emplean yendo arriba y abajo con las amotos; los sicarios del Dr. Hell, quienes en plena época de armamento futurista, “huracán corrosivo” y “fuego de pecho”, van armados solo con espadas (y en minifalda)… La única conclusión posible es que Mazinger-Z era una chapuza infumable. Dicho esto, se la estoy pasando a mis dos hijos (a modo de cruel experimento médico) y me maravilla comprobar que no le ven pega alguna, de lo que podemos deducir que los niños no tienen criterio, y que se les puede engañar como nos plazca. No les hablo, por cierto, de Más vale prevenir, La clave o las mierdatones de siete horas de Fórmula Uno de nuestra infancia, porque me darían ganas de viajar al pasado; solo que no para matar a Hitler, sino a Calviño, director de TVE de aquella época. Y también porque le restaría espacio a este último clásico:

  1. El Mundial ’82. Recuerdo con notable cariño el único mundial de fútbol celebrado en España, tal vez porque aquella sería una de las últimas ocasiones en que compartí afición con el resto del país. Sí, en 1982 formé parte del zeitgeist y del mainstream, en lugar de ser lo que soy en la actualidad: un descastado que los escruta desde fuera mientras se rasca las nalgas con rictus de babieca (o echando espumarajos por la boca). Lo curioso es que a mí el deporte me la traía completamente al pairo. Lo que me atraía del circo aquel eran los mitos, las rencillas, las rarezas nacionales, las historias, el salto de un solo pie de Kevin Keegan (mi ídolo), la edad bíblica de Dino Zoff, portero de la selección italiana a punto de entrar en la senectud (en realidad solo tenía cuarenta y dos años) y también el que la mitad de los futbolistas seleccionados hubiesen aparecido un año antes en Evasión o Victoria. No los españoles, por descontado: la “roja” fue la rechifla del mundial, y dejó al país en su tradicional rol de zopenco iletrado que no sabe utilizar los cubiertos; nuestro destino en lo universal. El resto del Mundial ‘82 fue típicamente patrio: sonaron las sevillanas soeces de Pepe Da Rosa; se dieron dos escándalos vergonzantes (Alemania y Austria pactaron un empate para pasar a la final; el hermano del dictador de Kuwait “persuadió” a un arbitro para que anulara un gol de Francia); Kevin Keegan sufrió una dolencia en la espalda y casi no pudo jugar (“la lesión de Keegan es ya tan larga como misteriosa”, anunciaba La Vanguardia del 25 de junio de 1982); el alemán Schumacher dejó inconsciente y sin dos dientes (como lo oyen) al francés Battiston y no le picaron falta; y no sé si he mencionado el sensacional ridículo que hizo la Selección Española.

Les contaré otra cosa que quizás no sepan, y que es también muy spanish 80’s: a la Selección Italiana la alojaron, con grandes aspavientos de prodigalidad, en Sant Boi (quizás como penalización por el caprichoso cambio de bando que efectuó Italia durante la Segunda Guerra Mundial), en un hotel más o menos aparente que sin embargo solo tenía vistas espléndidas al cenagoso extrarradio industrial barcelonés. A mí esto me hace aún una gracia muy tremenda, porque demuestra de forma diáfana que en los 80 todo se hacía sobre la marcha y de oídas, y que si en aquella época llegan a venir a Barcelona los Rolling Stones los meten en un bungaló con goteras de El Toro Bravo.

En todo caso los de mi clase y yo fuimos al hotel aquel a ver si conseguíamos avistar la barba hasta los pies del venerable Zoff, pero nos echaron con cajas destempladas y sin que hubiésemos podido siquiera tirarle a Paolo Rossi una moneda de 25 pts al colodrillo. Para colmo (preparen risa), los italianos no pudieron entrenar en el campo del FC Santboià, porque estaba hecho una piltrafa y plagado de cascotes (rían ahora), y se marcharon al de uno de nuestros rivales históricos, Gavà. Pese a todos estos contratiempos, Italia ganó el mundial, cosa que yo ni siquiera recordaba (estaba convencido de que había sido Brasil).

Lo que nadie es capaz de olvidar, sin embargo, es a Naranjito, la conspicua mascota del mundial ‘82, una especie de cítrico fatty de supuesto origen valenciano con una mueca facial más petrificada que el zapato de un cadáver en un accidente alpino. No se engañen más: eso es 1982, eso es el verano de nuestra infancia: Naranjito El De La Sonrisa Inquietante. Y por mucho que lo entierren y esperen mil años seguirá siendo la misma catástrofe churrosa e impresentable de entonces.

(Artículo de carácter “refrescante” que escribí para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en el mes del año en que todo el mundo lo usa para envolver churros. Salió el 13 de agosto, a todo color. Lo pasé pipa escribiéndolo, pero no se si había alguien ahí fuera para leerlo).

 

La guerra es estúpida (pero la gente no)

El decano del periodismo de campo estadounidense, Studs Terkel, entregó en 1985 una historia oral de la IIª Guerra Mundial que le mereció el Pulitzer y pulverizó toda idea romántica que aún quedaba sobre el conflicto “justo”.

https://i2.wp.com/capitanswing.com/wp-content/uploads/StudsTerkel_LaGuerraBuena.jpgYa sabíamos que la IIª Guerra Mundial, y las guerras en general, no eran como en Objetivo Birmania, donde nadie se hincha por el beriberi ni se caga encima por la disentería, donde las bombas caen sin desmembrar a nadie, donde todo el mundo es osado y valiente (menos el ocasional nenaza en pleno ataque de pánico, siempre étnico y sin afeitar), y los yanquis son unos trozos de pan y el enemigo (japos, boches, charlies) unos perros infames. Sabíamos que no era así, como también intuíamos que los Westerns eran un camelo, pero tuvieron que llegar unas cuantas audaces novelas y películas de los 70 y 80 para explicarnos cómo nos mintieron el establishment y Hollywood, su perro fiel.
La respuesta es: en todo. Nos engañaron en todo, vamos.

La guerra “buena”, del mítico reportero de Chicago Studs Terkel, es una suerte de Apocalypse Now hecha historia oral de la IIª Guerra Mundial. Publicado originalmente en 1984, aún en años de Guerra Frío-Templadita, el libro ignora la historia oficial (los movimientos de tropas, los comunicados, los pactos, las fatídicas –y mendaces- estadísticas) y se apoya únicamente en el testimonio de un vasto elenco de protagonistas. Los que estuvieron allí, cara al fango y aterridos, llenos de dudas, ira, sopor o confusión.

Leyendo La guerra “buena” aprenderán ante todo que la guerra es caos. Que no se parece en nada al avance pulidet, de visión diáfana, lleno de propósito y bravura, que mostraban aquellos obscenos filmes bélicos de los cincuenta. Los soldados, marinos, coroneles, enfermeras, prisioneros de guerra -incluso el enemigo- entrevistados nos pintan aquí un marco de chapuza universal, incompetencia de los mandos, aliados matándose entre ellos, miedo permanente, borrachera eterna, delincuencia (robos, estraperlo, violaciones: por doquier), racismo autorizado (el trato vergonzoso que recibieron los soldados negros –muchos de ellos auténticos héroes- en aquella contienda) y un asqueante etcétera.

Es el detalle lo que impresionará al lector. Lo que no aparecía en las clases de historia ni en los libros con sello gubernamental que leímos. Porque nadie nos habló del olor (“Ir atravesando un pueblo y, de repente, notar aquel olor espantoso (…) y oler la muerte. Es un olor que no discrimina, todo huele igual”). O de la atrocidad, vista bien de cerca: los bracitos amputados de los niños; las cabezas sin techo, sesos a la vista; los campos de exterminio, los cuerpos amontonados “como pilas de troncos”. Las incontables horas de espera, el tedio pertinaz (“No creo que haya nada más aburrido que ser soldado de infantería”). El miedo y la cobardía como constantes generalizadas, y no como bajeza puntual de unos cuantos traidores de tez aceitunada. Y una mirada distinta al lado de los “buenos”: las bombas de Hiroshima y Nagasaki (perfectamente evitables), Dresde, Iwo Jima, Bataan, todas las matanzas “justas”.
Terkel, quizás el mejor periodista del siglo XX (imprescindibles todas sus historias orales, especialmente Hard Times, sobre la Gran Depresión, y Working, sobre el trabajo), desentierra esa verdad de la única forma posible: hablando con quienes la vivieron. Y consigue con ello uno de los mejores manifiestos antibelicistas jamás firmados. Una clase magistral de compromiso con la justicia que es a la vez un emocionante periplo por la experiencia humana en tiempo de guerra.

Sirvieron allí
“Bebía aproximadamente un litro de whisky al día (…) Era la única manera de poder matar (…) Empecé a hacerlo en Filipinas, al ver los cuerpos bombardeados de todos esos hombres, mujeres y niños, especialmente los de los bebés. Estaban al borde de la carretera, y nosotros los arrollábamos con nuestros tanques”
John Garcia, soldado, 7ª División de Infantería

“Lo que te lleva a reventar playas no es el patriotismo ni el heroísmo, sino la sensación de no querer fallar a tus compañeros”
Robert Rasmus, soldado, 106ª División de Infantería

“Una de las cosas más tristes que he visto en la vida ocurrió mientras volábamos en un avión que recibió un impacto. El artillero que iba sentado en la torreta superior del fuselaje de repente estaba a nuestro lado, en el aire, empezando a caer. Se limitó a decirnos adiós con la mano”.
John Ciardia, artillero en un bombardero B-29

Kiko Amat

La guerra “buena”
Studs Terkel
Capitán Swing
746 págs.
Trad. de Lucía Barahona

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 27 de febrero del 2016)