Humillación en el restaurante con ínfulas

Me cuentan que este texto no lo leyó casi nadie, solo 400.000 personas (hace varios días; quizás ahora sean más; cómo rayos voy yo a saberlo). A ver si esos 400.000 fulanos se leen también la oda a The Business. O compran Chap chap. Si todos compran Chap chap me hago un traje de lamé dorado y me tatúo a Deadpool haciendo el pino en una nalga y me llevo a mi familia de vacaciones a New Hampshire (porque suena opulento; en realidad no sé ni dónde carajo para).

Apareció como la primera parte de una serie de aventuras de escritores en restaurantes, que decidió inaugurarse en El Comidista de El País cuando yo presenté este texto la mar de gracioso.

Léanlo aquí y sean el lector turista 400.001.

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Así es el verano en un PUTO camping

Una pieza cuquísima y el no va más de entretenida que escribimos en pleno verano para VICE. Va de campings y la peña que los puebla. Lean aquí.

 

Kiko Amat entrevista a TIM DOWLING (terapia de pareja style)

¿Llevas lo que parecen dos edades glaciales enteras con tu pareja y aún discutes por las mismas tres paridas de 1996? ¿Te has descubierto alguna vez reaccionando ultra-violentamente por aquel pequeño carraspeo —JJJJJJRRRRHHMMMM— que ella realiza inadvertidamente varias veces al día? ¿Crees en aparentes clichés (espantosamente veraces) como que la paridad térmica en casa es una de las explicaciones de vuestro éxito marital? ¿Y que lo mismo sucede con el sentido del humor? ¿Eres un hombre perfectamente satisfecho con la ecuación “Ella organiza, yo actúo”? ¿Piensas casi a diario si tu actitud es suficientemente viril? A pesar de todos tus atributos, amor paterno-filial y entusiasmo en periodo vacacionesco, ¿sigues siendo considerado por tu mujer y amigos como alguien poco efectivo, tirando a gandul y catastrófico en asuntos hogareños?

Y, más importante aún que todo lo enumerado: ¿Eres uno de esos tíos simplones (como yo) que se pasan por la rabadilla el viejo dicho “mal de muchos, consuelo de tontos” y extraen pingues consuelos precisamente de que su “mal” se extienda por el globo como una gran metástasis masculina?

Entonces el libro Cómo ser marido de Tim Dowling es para ti, macho. Y también lo es esta cómica charla entre ñus aturullados —para más inri, escritores que escriben sobre sus propias familias— que en un instante vas a disfrutar. En Playground. Todo lo que es crucial en tu día a día (incluso si no escribes columnas sobre ello, afortunado lector) aparece aquí: bricolaje, división de tareas, actitud ante la enfermedad leve del otro/otra, familia política, cruentas discusiones de cariz económico y el hombre como ente estúpido-por-definición. Y mucho más. Incluso aquel asunto ominoso de tu mujer escogiendo las camisas que vas a llevar (¡por encima de mi cadáver!).

Parricidio frustrado en París (una crónica para Playground)

La típica broma que solo le hace gracia a uno mismo: Próxima parada, estación de SIMPLÓN

La típica broma que solo le hace gracia a uno mismo: Próxima parada, estación de SIMPLÓN

Vean en esta extraordinaria crónica para Playground cómo Kiko Amat, su escritor itinerante predilecto, está a un tris de lanzar ambos hijos al Sena y encerrar a su esposa en alguna mazmorra parisién, pero al final se apacigua y se lo toma a guasa, y repara en que es el único mastuerzo con cara de Predator tras haberse endiñado un cate al dedo pequeño del pie contra la chaise longue, y entonces se anima y DIVIERTE, y la cosa incluso termina bien (contra todo pronóstico), como en una peliculita ligera de Frank Capra.

Incluye: Dodos, dinos, niños pelirrojos con apariencia de tajas irlandeses, mujeres enloquecidas por el amor maternofilial y la galofilia, jeune chats despanzurrados en formol, cedés aterradores de Jamiroquai, chopped glorificado, reflexiones insospechadas sobre la organización social de la Grecia clásica, lluvia, lluvia, algo más de lluvia, “vin noir” (whatever that is) y un rumano que me ofreció una puta CACATÚA.

Y en medio de todo ello, la unidad de medida de este mundo: Yo. Ese pobre imbécil.

Lean y disfruten y santígüense. ¡Podría sucederle a usted!

Historias de kurorexia #1: Sweet little sixteen

O las locas aventuras de un adolescente mental enfrentado a su aterrorizadora edad verdadera

1950s-teensEstoy aguardando mi turno en el CAP Roger de Flor (no me sucede nada grave; que mis enemigos no pongan a enfriar el champán aún) cuando se sientan justo delante de mí dos chicas jóvenes. Muy jóvenes. El tipo de juventud que, de tener yo relaciones con ellas en algunos estados del Medio Oeste americano, se traduciría en veinte buenos años a la sombra y el descrédito entre mis feligreses y alusiones horribles grafiteadas en la puerta de mi mansión y la misma choza reducida a cenizas en un par de días más. Esa juventud. Juventud de haber estado jugando a la comba hace cuatro años, máximo.

Pero aguarden un momento. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni la más remota idea de qué edad tienen. Soy ya tan mayor que no distingo ni un pijo a esa vastísima distancia cronológica. Digamos que si 27 –por decir una edad al tuntún- me parece ya una burrada de lozanía y bullanguera (y errática) mocedad, estas dos chicas son el equivalente de un óvulo recién fecundado. Ni eso. De un espermatozoide a medio recorrer la travesía a nado en pos de dicho embrión.
Pero me arriesgaré aventurando una cifra a lo loco: 16.
No, mejor 17.
Digamos que tienen 17 (¡diecisiete!) alucinantes e incomprensibles años, sí. ¿Es eso la ESO o ya Bachillerato? (me hago un enredo catastrófico con la nomenclatura actual).

No importa. Las observo bien, pero no tan bien como para que aparezca la policía, me apresen y se me lleven enmanillado. Llevan tejanos elásticos -deben asfixiar como si te hubieses envuelto las cachas y el culo con plástico de embalaje industrial-, Superga de imitación con suela extragruesa, piercings en lugares insospechados (el nódulo central del labio superior), jerséis de punto bolsudos, ojos pintarrajeados de sombra crepuscular y uñas bastante largas, barnizadas de laca transparente, en unos dedos vertiginosos que no cesan de whatsappear. La forma con la que ambas se conducen por el mundo adulto –y, por tanto, de la que han hecho gala al aparecer en la sala de espera de este CAP, donde la media de edad es de 170 años- es una mezcla de extraordinaria timidez y apuro, confusión y torpeza post-púber; sin ninguna de esas fantasías demacradas que solemos leer en libros de escritores guarros como Nabokov y Philip Roth. Los azorados andares de las mozas son más bien de patos extraviados; lo opuesto al flirteo y la lujuria y el coqueteo, vamos (lamento haber destrozado sus sueños, amigos viejos verdes).

– Perdona.
Estoy tan ocupado con mis cábalas que ni percibo que están dirigiéndose a mí.
– ¿Perdona? –repiten, algo más alto (pensando que debo padecer sordera terminal).
– ¿Sí?- respondo al fin, dando un brinco y volviendo a la realidad.
– ¿Sabes si aquí es donde visita la Doctora Manpiérrez?

Yo les contesto lo primero que se me pasa por la cabeza. No recuerdo muy bien qué les digo ni a dónde las dirijo, porque estoy tan ocupado haciéndome el joven que las palabras emergen de mi garganta en piloto automático y desmadrada propulsión. Estoy saboreando dulcemente el hecho de que no se hayan dirigido a mí con alguna expresión formal como “perdone” o “muy señor mío” o, peor, alguna alusión a mis avejentados huesos del estilo de “venerable anciano” o “Eh, tú, carcamal” o incluso “maldito despojo reumático e inservible, repugnante antigualla de la era glacial”.
No, han dicho “perdona”. No ha habido lugar para la duda o el titubeo. Se han dirigido a mí con una familiaridad que, si bien no hablaba de hermandad inter-púber, sí situaba nuestra breve relación conversacional en algún punto de proximidad. A medio camino entre nuestras edades (es broma; seguramente les he recordado a su maldito padre).

Trato entonces de recordar cómo era yo a los 16, y qué hubiese pensado entonces de un tipo de 43 años que estuviera sentado ante mí en el ambulatorio. Es una conjetura falseada, claro, porque en 1987 no existían los tipos como yo. La gente de 43 años, en mi pueblo natal por aquella época, ya tenía hijos post-adolescentes con barbas recias y tufarada axilar, y se preparaba de facto para la entrada a la tercera edad. Aquellos tipos (mi buen padre entre ellos) estaban ya dejando atrás el mundo adulto; solo imagina el obsceno horror de la mismísima idea. ¿Abandonando la juventud a los 43? Cielo santo.
En cualquier caso, hicieren lo que hicieren con sus indumentarias, seguro que aquellos hombres de 43 no deambulaban por el mundo con mis estrafalarias pintas de árbol de navidad beodo.
Ni con sudadera de capucha. Oh, sudadera de capucha, significante #1 de la juventud desde los primeros 80 hasta aquí. Mucha gente (yo inclusive) cree que una sudadera de capucha es el mantón de invisibilidad aquel de Harry Potter. Que, si te calzas una, vuelves de inmediato y mágicamente a los 18, y por tanto la gente será incapaz de reparar ya en los surcos de siembra que cruzan tu jeta y zona nasolabial como una embrollada intersección autoviaria de Los Ángeles.

Pero nada de esto engaña a mis dos contertulias. No se han sentado a mi lado a enseñarme el nuevo trend viral que está petándolo en su insti. Una vez satisfecha su cuestión, tras haber abrevado ambas en el manantial de mi sapiencia infinita, las dos se alejan de mí hacia la puerta de la Doctora Manpiérrez.
Saciaré ahora su curiosidad: les miro el culo, en efecto. Mientras marchan. No puedo evitarlo; es un gesto tan automático y atávico y tan masculino que uno lo practica sin reparar en ello. Pero quiero que sepan una cosa: quizás sea esta la mirada de trasero más asexuada que he realizado en toda mi santa vida. Tal vez no soy tan viejo verde, después de todo, pues:

a) Ningún pensamiento libertino ha cruzado mi mente, y
b) He pensado en sus madres.

No de forma indecente, entiéndanme. No va por ahí.
He pensado más bien en cómo sus madres estarán preocupadas por ellas, por aquellas niñitas que se comían los macarrones y leían tebeos y jugaban a la goma y se dejaban hacer la trenza cada mañana, y ahora, de forma casi inconcebible, tienen ya 16 años, y están andando por un mundo violento y cruel lleno de hijos de puta, un mundo en el que no encontrarán trabajo ni en sueños, y pienso en esas madres, y sé que yo no dormiría ya nunca más de la pura angustia, del deseo enloquecido de protegerlas de todo mal, de preservarlas de forma marsupial en mi regazo hasta que cumplan los 30, de no dejarlas andar por ahí sin cordón umbilical ni escudos ni mis puños defensores, a la merced de cualquier loco rufián de 43 años con ideas sospechosas.

Quizás desde ahora me sucederá lo mismo que a Louis CK (padre de dos niñas), quien ya no puede masturbarse con Girls Gone Wild porque es incapaz de dejar de pensar en las pésimas notas que van a sacar las chicas que se embadurnan las tetas de aceite en el video.
Quizás me sucederá eso. O quizás no. Solo hay una forma de averiguarlo. Kiko Amat