Santiago Lorenzo: preguntas frecuentes (una autoentrevista)

Últimamente me ha dado por hacerme (y entregar) autoentrevistas sobre algún tema. un estilo que no deja de ser el reflejo periodístico que hago cada día, y gratis: hablar conmigo mismo, por la calle o (de un modo algo más inquietante) ante el espejo.

Esta autoentrevista a base de preguntas frecuentes que yo mismo me autocontesto va sobre uno de mis pocos escritores contemporáneos (españoles) favoritos, Santiago Lorenzo, con motivo de su última y macanuda novela, Los asquerosos. La publicó El Periódico hace unos días.

El cuerpo de la entrevista es de Ramón Vendrell, por otra parte, y también está de rechupete.

Santiago lorenzo está en Barcelona de promoción el 18 y 19 de octubre, les recomiendo que vayan a verle hablar sobre sus “patochadas” y “aficiones íntimas”, como las llama él.

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Aretha y la segunda fila

Aquí un artículo que escribí hace unos días lleno de virtuosa indignación (en realidad solo era un fastidio de lo más tolerable) sobre esto de Aretha, Aretha y Aretha hasta en la sopa.

Quise recordar a todos los demás, aquellos que nadie o casi nadie recuerda, y sin embargo tenían el mismo o mayor talento que la fallecida. Si cae un soulman en medio del bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿ha caído el soulman?

Este eficaz link de El Periódico les llevará directamente hasta mis coruscantes palabras.

Cultura de Autovía (we’ll get our kicks / in route C-31)

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O “cuando la autovía de Castelldefels era un paraíso del ocio”, como se tituló en la versión online. Ya pueden leer mi gran dossier sobre la ruta C-31, una crónica que escribí para El Periódico y que fue la pieza más leída del diario en el día de su publicación (una verdadera proeza, teniendo en cuenta que el resto de noticias más leídas del día eran sobre el procés, actores porno y las prótesis tetales de nosequién en nosequé programa).

Pueden leerla escupiendo al aire, siempre que el cipi caiga en este punto.

Dentro del artículo hay un link con despiece sobre la “Verbena punk de La Tortuga Ligera, 1978”, que les recomiendo leer con gran vehemencia. Pueden aporrear el link allí, o aquí mismo. Si les apetece.

Qué fue del siglo XX #9: FELIPE (Los Fresones Rebeldes)

Y mi novena entrega de “Qué fue del siglo XX”, la serie que interroga a chispazos bla-bli-blu. En esta ocasión me acompaña Felipe, de Los Fresones Rebeldes. Como siempre, para El Periódico de Catalunya.

Ah, sí. Para leerla dénle aquí con el meñique tieso cuando agarren la taza de té.

Qué fue del siglo XX #8: CARLOS SEGARRA (Los Rebeldes)

Y otra perla, la octava, de mi sección “Qué fue del siglo XX” para El Periódico. Lo paso asaz tremendo escribiendo (y recibiendo) los cuestionarios.

En esta edición interrogo a Carlos Segarra, de Los Rebeldes, aquel cuyo amor era la mescalina y no gustaba de trabajar. Espero que les guste.

Dino Zoff en Sant Boi

Otro articulillo para El Periódico. Esta es una pieza en primera persona sobre el Mundial ’82, parte de una serie de recuerdos de peña sobre los mundiales de futebol.

Los lectores de Antes del huracán ya saben que el Mundial España ’82 aparece generosamente en la novela. Pero eso es una novela. Esto es (más o menos, hipérbole enloquecida arriba o abajo) lo que sucedió en realidad.

MIKITA BROTTMAN: “La mayoría de los clásicos son terriblemente aburridos”

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Los lectores no son mejores personas. Los escritores menos aún. Leer puede ensanchar horizontes, pero también puede encerrarnos en una mazmorra mental. Los clásicos del canon suelen causar migraña. Se puede ser infeliz en una habitación llena de libros. Todo esto y más en Contra la lectura, de Mikita Brottman.

El pintor y escritor Wyndham Lewis justificaba la superioridad de su gusto artístico afirmando que coincidía con el de Dios. “Aquello venía a decir”, diría John Carey, “que sus preferencias culturales no eran meras preferencias, sino el equivalente a leyes cósmicas”. Lewis creía en la atemporalidad de los valores estéticos y la superioridad intrínseca de la “gran literatura”. Siguiendo ese razonamiento, negar la calidad de los clásicos o afirmar que son aburridos, o incomprensibles, o que “solo sirven para envolver pescado” (como se decía en Yo, Claudio) rozaría la herejía. La lectura de “buena” literatura es buena para ti, y punto.

Mikita Brottman desafía dicho mandato. Doctorada en Lengua y Literatura inglesa en Oxford, esta inglesa ha desmontado las supersticiones asociadas a la lectura en Contra la lectura (Blackie Books). En él afirma que los clásicos “suelen resultar poco satisfactorios, están sobrevalorados y es improbable que ofrezcan algo más que un dolor de cabeza”. Que “no hay libros que “debamos” leer”. Y que los Cuentos de Canterbury son “como un episodio de El show de Benny Hill de ambientación medieval”. Herejía pura y dura.

En tu libro afirmas que los libros te inculcaron “absurdas ideas sobre el romance”, aumentaron tu separación del mundo…

Creo que eso es algo que no le sucede a todo el mundo, y yo formo parte de una minoría, pues fui una lectora muy precoz. Estoy segura de que el analfabetismo es un problema mayor que los problemas derivados de la lectura. Lo que sucede es que de lo segundo nunca se habla. El énfasis siempre se pone en la lectura por sí misma, pero no se habla de qué libros lees. El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente, todo el romance victoriano, Jane Austen… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias.

Proponer un argumento “contra la lectura” es escandaloso, incluso en nuestros días. Algunas cosas aún parecen intocables.

Para mí es más fácil hacerlo, porque soy profesora de literatura. Tengo más margen para decir que odio ir a representaciones de Shakespeare, que nunca he terminado Finnegan’s Wake. Muchos profesores de literatura no se atreverían a confesar eso, porque son la gente que decide cuáles son los “clásicos”, y si la fetichización de Finnegan’s Wake viene de alguien es de ellos. Pero ¿cuánta gente es realmente capaz de disfrutar la lectura de Finnegan’s Wake? Quizás algún día seré capaz de apreciar el lenguaje y abarcar la intención de Joyce, pero quizás no. Quizás sea un esfuerzo inútil. Joyce no es para todo el mundo, y pretender lo contrario es una insensatez. La mayoría de clásicos no son solo difíciles en términos de lenguaje, sino increíblemente aburridos. Nunca sucede nada en ellos. Me cuesta entender por qué a tanta gente le gusta (o dice que les gusta) Don Quijote. A mí nunca me ha gustado lo más mínimo. Con los “clásicos” ha sucedido lo mismo que con el concepto de “familia”: se ha sacralizado. No puedes decir nada en contra de la familia. Es un pecado gravísimo. Creo que eso es una degeneración del liberalismo, de intentar construir una sociedad mejor, llena de gente más culta, que disfrute de la cultura y las artes. Pero si miras a los ejemplos de forma individual te das cuenta de que no son particularmente enriquecedores. A nadie le gustan de verdad, pero nadie se atreve a decirlo.

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Nick Hornby se queja de que se ha universalizado la idea de que los libros “difíciles” son mejores, y que a no ser que estés rompiéndote la cabeza no estás recibiendo conocimiento.

A mucha gente nunca le ha sucedido lo de estar absorto en un libro, y no ser capaz de dejarlo, y estar deseando leer qué sucederá en el siguiente capítulo, porque los únicos libros que han leído son los que les obligaron a leer en la escuela. Y por supuesto nunca los disfrutaron. Así que jamás han escogido un libro ellos mismos, jamás han accedido a la experiencia de amar un libro. Y eso es algo muy triste, porque al final se trata solo de eso: de que te gusten. Para eso sirven los libros: para disfrutar. Los libros tienen el potencial de proporcionarte más placer que cualquier otro tipo de medio, incluyendo el cine o la música. Se pone mucho énfasis en que la literatura posee innumerables cualidades positivas potenciales además de proporcionar placer. Como si dar placer no fuese suficiente. Se dice que una educación humanística ayuda a la gente a entrar en Silicon Valley, o en ingeniería, o lo que sea, en lugar de decir: hey, quizás esto solo va de placer y punto. A lo mejor no tiene aplicaciones externas. A lo mejor solo deberías estudiar literatura porque te lo pasas bien. ¿Todo tiene que retrasar el Alzheimer, o afectar las neuronas de tu cerebro, o ser “bueno” para ti?

“Los libros no te hacen mejor persona”, es algo que repites a menudo en el libro. Hitler leía mucho.

Los libros no son el autor. Muchos libros, por lo que dicen sus páginas, te dan ganas de conocer a quién los escribió, pero aprendes pronto a disociar ambos conceptos. En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James [ríe]. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos.

Yo era un freak antes, lo admito, pero escribir novelas solo ha hecho que aumentar mi friquidad. Me ha metido hacia dentro, en lugar de hacia fuera.

Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un sicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan.

Lo de que deberías leer tal libro siempre suena a amenaza encubierta, como el “consejo” de una madre pasivo-agresiva.

“Deberías leer” es, en efecto, una orden. No mereces pertenecer a una sociedad culta hasta que leas esto o aquello. Pero eso no solo sucede con los clásicos. También se da en esos libros que se ponen de moda en un momento dado, como los de Karl Ove Knausgaard o Elena Ferrante. Tiene lugar una presión mediática y social para que todos leamos lo mismo. Pero yo no los leo. El hecho de que se hable tanto de ellos me causa rechazo. Quizás los lea en diez años, cuando ya no estén de moda. La presión social me desalienta.

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El canon de la alta cultura me parece clasista y elitista.

Sin duda. Pero nunca se verbaliza de ese modo. Siempre se disfraza de filantropía y justicia social. Lo peor es cuando se te dice que te “encantará” ese libro, pero tú sabes que no va a ser así. Te lo dicen porque a ellos les gusta, y ellos asumen que eres como ellos, o como mínimo deberías serlo, porque ellos son los cultos y sofisticados y sus gustos deberían ser los tuyos. Es algo que se te impone. Mucha gente se horroriza al escuchar que leo libros de terror, y biografías de celebridades, en lugar de alta literatura. Es absurdo. La gente debería leer lo que les proporciona placer. Tememos que nos pillen leyendo algo inapropiado para nuestro personaje, o imagen pública. Dejamos sobre la mesilla del salón los libros que queremos que los invitados vean que estamos leyendo. Es una forma muy anticuada de pensar.

Existe un problema añadido con los clásicos: no solo estás obligado a leerlos, sino que debes leerlos de la forma “correcta”.

Y en la edición adecuada. Y no te saltes las descripciones. Ni se te ocurra escucharlo en un audiolibro. O traducido. A menudo me preguntan si me gustó un libro concreto, y cuando digo que no, la conversación pasa a otro tema. Pero a mí me gustaría hablar largo y tendido sobre por qué no me gustó. Especialmente si no me gustó en absoluto. Me encanta ese tipo de conversación. Las razones por las que no nos gusta algo a menudo son más interesantes que las que esgrimimos cuando algo nos gusta. Pero alguna gente se toma ese desagrado como un fallo por tu parte: algo que no pudiste hacer. En realidad lo interesante es cuando encuentras algo que odiar en una obra de literatura, y no solo lo engulles sin más. Odiar positivamente es muy interesante.

A mí me enerva cuando escuchan las abundantes razones sobre por qué odias ese libro, pero al final te espetan que no puede ser. Que lo has leído “mal”.

Cuando te dicen eso suena como si hubiesen descubierto que tienes un fallo de carácter. Antes de descubrir que Guerra y paz te parecía un ladrillo pensaban que eras un tipo decente, pero ahora que has confesado… Se te ha visto la tara. Conozco a alguien que hace exactamente eso cuando le digo que no he leído algo. Desorbita los ojos y luego exclama: “¿Que no te has leído Guerra y paz?” O sea, horrorizado. Explotando de indignación, como si fuese la cosa más espantosa que han escuchado jamás, y que tienes que solucionar de inmediato.

Si yo fuese psiquiatra diría que eso es un complejo de inferioridad que sobrecompensa, por pura inseguridad cultural.

Tiene también un punto de dominación, de marcarte un punto. Pero desde luego es inseguridad cultural disfrazada, de eso no cabe duda.

¿Tus argumentos contra la lectura podrían aplicarse a cualquier actividad solitaria llevada a un extremo? Quizás leer doce horas al día sea malo para ti, pero también lo sería hacer pulsos.

Sí, pero la gente no se pasa el día diciendo que hacer pulsos es bueno para ti [sonríe]. O que hacer pulsos te hará crecer como persona. Las campañas contra la lectura me tocaron la fibra de una forma particular, porque hablaban de la actividad que yo practico de un modo que no reconocía. Pero tienes razón: todas las actividades llevadas a extremos, incluso las que teóricamente tienen que sentarte bien, como el yoga, o ir a la iglesia, o ayudar a ancianas, pueden aislarte del resto del mundo.

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Mucha gente utiliza la palabra “escapismo” de un modo derogatorio, como si escapar de este mundo a través de la fantasía fuese condenable. Pero John Carey dice que “el escapismo es una necesidad humana básica”.

Es cierto. Por añadidura, existen muchas formas perniciosas de escapismo, como el alcohol y las drogas. La lectura, por comparación, es mucho mejor. Es relativamente barata, no es adictiva… Es un vicio que puedes llevar demasiado lejos, como digo en mi libro, pero hay vicios mucho peores. La gente necesita escapar de la realidad. Llevé un club de lectura en cárceles de máxima seguridad, y te aseguro que escapar a través de la lectura era esencial para los presos. Para ellos los libros son una forma de escape imprescindible. Muchos de ellos no saben ni qué es internet. Ellos me enseñaron el valor de cualquier libro que te permita evadirte de tu realidad. Los libros de viajes, o de aventuras… Imagina el efecto que puede tener eso en una mente presa.

Tu libro establece un punto fundamental: que aquellos “clásicos” fueron escritos por y pensados para gente muy distinta a nosotros, en un mundo radicalmente distinto.

Me parece chocante que nunca se hable del contexto histórico, que es lo primero que tendría que considerarse antes de leer un clásico. Dickens era la cultura pop de su tiempo, y la mayoría de sus trabajos aparecían serializados en revistas: él era las series de Netflix de entonces. Tenía que extender artificialmente sus novelas porque le pagaban por palabra. Incluía personajes, y no paraba de adjudicarles nuevos rasgos, y de hacerlos aparecer y desaparecer, porque quería que duraran el máximo posible. Lo mismo con Joseph Conrad, que publicaba en revistas juveniles. Es difícil de imaginar, porque sus trabajos tienden a ser complicados y reflexivos, pero para empezar la gente tenía otro gusto, y además, como he dicho, estaban serializados. Solo leías una decena de páginas de golpe, y entonces esperabas al siguiente episodio. Nadie leía esos libros de 700 páginas de Dickens del tirón. Además, se asumía que los lectores, que eran de una clase social determinada, gozaban del tiempo libre suficiente para disfrutar de descripciones de paisajes o interiores de casas que duraban varias páginas. La gente leía así. Del mismo modo que un par de siglos antes la forma habitual de lectura era la obra de teatro en verso, y el público lector no esperaba leer en prosa. Nosotros, lectores modernos, deberíamos juzgar todos esos clásicos como artefactos históricos. No debería esperarse que se lean o disfruten como un libro de Stephen King. Son otra cosa.

Me gustaría comentarte una serie de clásicos canónicos que en mi opinión están sobrevalorados, o sacralizados, o son un latazo, para conocer tu opinión. Mi caballo ganador y candidato #1 es, cómo no, el Ulises de James Joyce.

Hace cinco años traté de leerlo por enésima vez. Me compré otra copia, para volverlo a intentar, porque las veces anteriores no había pasado de las primeras dos o tres páginas. Para mí era un galimatías, simple y llanamente. Pero a mi pareja le encanta, un amigo mío bautizó a su perro con el nombre de un personaje del libro… Así que decidí volver a probar. Duré veinte páginas. Era inútil: nada se me quedaba en la cabeza, el estilo me parecía forzado y farragoso, no había trama, la historia era inexistente y no me daba ningún placer. Ulises siempre se vota como la novela #1 de la humanidad, pero me encantaría saber a cuánta gente le encanta. ¿Quién está ahí fuera votándolo?

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En segundo lugar está Virginia Woolf. Es un problema personal y político, más que literario. Su personalidad (si exceptuamos lo feminista) me parece tan reprobable, y era tan clasista, y fue tan horrible con Arnold Bennett, y excomulgó a Daniel Defoe… Que me siento incapaz de disfrutar de sus libros.

Lo comprendo. A mí me caía fatal, siempre me ha caído fatal Virginia Woolf. Pero recientemente he regresado a sus novelas y he empezado a ver lo que hacía desde otra perspectiva. Estoy de acuerdo que su forma de ver el mundo es elitista, y muy distinta a la mía, pero supongo que he desarrollado otra sensibilidad. Quizás me he vuelto elitista [ríe]. La cosa es que ahora me interesa. En esta no estamos de acuerdo.

El #3 me encantaría que me gustara, porque es autor favorito de muchos de mis autores favoritos. Me refiero a William Faulkner, y muy especialmente El ruido y la furia. Sus raptos líricos me arrancan carcajadas en momentos serios.

Nunca he comprendido el atractivo de Faulkner. Sus lectores deben saber algo que no me están diciendo. Nunca he podido terminar un libro suyo. Escribe declamando. Se parece a Joyce en el sentido de que su prioridad es el juego con el lenguaje, y ese juego se entromete en la lectura todo el tiempo. Pero a mí no me interesa el juego con el lenguaje, en absoluto. Doble suspenso para Faulkner.

Mi #4 es problemático. Hemingway inventó una forma de escribir, lo que no es poca cosa. Pero, como sucede con la mayoría de inventos, los prototipos no volaban. Adiós a las armas es insustancial hasta un extremo exasperante. Carson McCullers dijo que Hemingway no tenía nada que decir, y creo que tenía razón.

[carcajada]  Lo peor es que en novelas donde en apariencia suceden tantas cosas (corridas de toros, guerras, pesca submarina…) en realidad no suceda nada. El paisaje es dramático y exagerado, pero la trama es plana, inerte, los personajes no dicen nunca nada de interés, las conversaciones amorosas son de risa, ni siquiera el estilo de la prosa está vivo. De acuerdo que quiso prescindir de los ornamentos, pero a ratos escribe como si estuviese bajo los efectos de un sedante. ¿Dónde está la acción? Hombres van a pescar atunes. Hombres van a corridas de toros. Hombres van a la guerra. Y entonces… Nada. Sus peores defectos son esos: solo aparecen hombres, y esos hombres no realizan ninguna actividad de interés.

Me parece una proeza lo de conseguir que sea soporífero, y monótono, un libro cuyo protagonista conduce ambulancias en plena Iª Guerra Mundial.

Es uno de los escritores que peor ha descrito la guerra, el alcoholismo y el ímpetu sexual. Y eran sus temas favoritos. Cualquier otro escritor supo aprovecharlos mejor. Hemingway nunca es explícito sobre nada. ¡Y las vivió! ¿Cómo puede alguien vivir experiencias como las de Hemingway y describirlas con tan poco interés?

Mi candidato #5 es una nacionalidad: los rusos. Me reí mucho con tus argumentos contra la novela rusa.

Oh, Dios. Todos esos rusos. Todos esos motes confusos. Y los campesinos…

Y médicos. Sus mujeres siempre miran mucho por la ventana. Y ese maldito… ¿Cómo se llama? Samovar.

[ríe] Solo me gustan las historias cortas de Chéjov. Pero cuando escribe novela larga, en el momento en que un personaje tiene más de un nombre, ahí empiezo a perderme. Y entonces aparecen los campesinos. Y el samovar ya no está solo dentro de la casa, sino que lo sacan al exterior, y beben té en los campos, y hablan de cultivos, y de Rusia. Siempre de Rusia. Es una pena, porque algunas partes de Tolstoi, y algunas partes de Dostoyevski, me encantan, pero no puedo con el todo. Y esos libros tan largos, con tantos personajes… Tolstoi debería haber tenido un editor severo. Son autores cuyas novelas hoy en día serían editadas a la mitad por cualquier editor solvente.

A veces sueño con un Moby Dick de 250 páginas, donde Ahab aparece todo el rato y no nos cuentan cómo se desuella una ballena, paso a paso.

Y hay demasiado mar. No me gusta que Melville hable tanto del mar. Quitemos todo lo relativo a la caza de la ballena, quitemos todas las ballenas que no son Moby Dick, quítale todo ese mar y las descripciones del agua y las olas, y casi todos los personajes, y quédate solo con Ahab y sus diálogos y dos o tres personajes principales, y mantiene la aventura, y sería un clásico moderno. Lo leería todo el mundo.

Y a pesar de todo lo que hemos dicho: los libros son lo mejor, ¿no?

[sonríe] Por supuesto. No hay nada mejor. Solo hay que ser honesto sobre ellos, y no convertirlos en fetiche o manía. Porque no hace falta. No hace falta otorgarles cualidades extra. Ya son magníficos. No pretendamos que encima tienen poderes mágicos. Kiko Amat

Contra la lectura

Mikita Brottman

Blackie Books

153 págs.

Trad. de Lucía Barahona

(Esta pieza se publicó originalmente en El Periódico del 5 de mayo del 2018. La que acaban de leer es la charla sin cortes. Pueden leer la versión editada acá).