Dino Zoff en Sant Boi

Otro articulillo para El Periódico. Esta es una pieza en primera persona sobre el Mundial ’82, parte de una serie de recuerdos de peña sobre los mundiales de futebol.

Los lectores de Antes del huracán ya saben que el Mundial España ’82 aparece generosamente en la novela. Pero eso es una novela. Esto es (más o menos, hipérbole enloquecida arriba o abajo) lo que sucedió en realidad.

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MIKITA BROTTMAN: “La mayoría de los clásicos son terriblemente aburridos”

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Los lectores no son mejores personas. Los escritores menos aún. Leer puede ensanchar horizontes, pero también puede encerrarnos en una mazmorra mental. Los clásicos del canon suelen causar migraña. Se puede ser infeliz en una habitación llena de libros. Todo esto y más en Contra la lectura, de Mikita Brottman.

El pintor y escritor Wyndham Lewis justificaba la superioridad de su gusto artístico afirmando que coincidía con el de Dios. “Aquello venía a decir”, diría John Carey, “que sus preferencias culturales no eran meras preferencias, sino el equivalente a leyes cósmicas”. Lewis creía en la atemporalidad de los valores estéticos y la superioridad intrínseca de la “gran literatura”. Siguiendo ese razonamiento, negar la calidad de los clásicos o afirmar que son aburridos, o incomprensibles, o que “solo sirven para envolver pescado” (como se decía en Yo, Claudio) rozaría la herejía. La lectura de “buena” literatura es buena para ti, y punto.

Mikita Brottman desafía dicho mandato. Doctorada en Lengua y Literatura inglesa en Oxford, esta inglesa ha desmontado las supersticiones asociadas a la lectura en Contra la lectura (Blackie Books). En él afirma que los clásicos “suelen resultar poco satisfactorios, están sobrevalorados y es improbable que ofrezcan algo más que un dolor de cabeza”. Que “no hay libros que “debamos” leer”. Y que los Cuentos de Canterbury son “como un episodio de El show de Benny Hill de ambientación medieval”. Herejía pura y dura.

En tu libro afirmas que los libros te inculcaron “absurdas ideas sobre el romance”, aumentaron tu separación del mundo…

Creo que eso es algo que no le sucede a todo el mundo, y yo formo parte de una minoría, pues fui una lectora muy precoz. Estoy segura de que el analfabetismo es un problema mayor que los problemas derivados de la lectura. Lo que sucede es que de lo segundo nunca se habla. El énfasis siempre se pone en la lectura por sí misma, pero no se habla de qué libros lees. El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente, todo el romance victoriano, Jane Austen… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias.

Proponer un argumento “contra la lectura” es escandaloso, incluso en nuestros días. Algunas cosas aún parecen intocables.

Para mí es más fácil hacerlo, porque soy profesora de literatura. Tengo más margen para decir que odio ir a representaciones de Shakespeare, que nunca he terminado Finnegan’s Wake. Muchos profesores de literatura no se atreverían a confesar eso, porque son la gente que decide cuáles son los “clásicos”, y si la fetichización de Finnegan’s Wake viene de alguien es de ellos. Pero ¿cuánta gente es realmente capaz de disfrutar la lectura de Finnegan’s Wake? Quizás algún día seré capaz de apreciar el lenguaje y abarcar la intención de Joyce, pero quizás no. Quizás sea un esfuerzo inútil. Joyce no es para todo el mundo, y pretender lo contrario es una insensatez. La mayoría de clásicos no son solo difíciles en términos de lenguaje, sino increíblemente aburridos. Nunca sucede nada en ellos. Me cuesta entender por qué a tanta gente le gusta (o dice que les gusta) Don Quijote. A mí nunca me ha gustado lo más mínimo. Con los “clásicos” ha sucedido lo mismo que con el concepto de “familia”: se ha sacralizado. No puedes decir nada en contra de la familia. Es un pecado gravísimo. Creo que eso es una degeneración del liberalismo, de intentar construir una sociedad mejor, llena de gente más culta, que disfrute de la cultura y las artes. Pero si miras a los ejemplos de forma individual te das cuenta de que no son particularmente enriquecedores. A nadie le gustan de verdad, pero nadie se atreve a decirlo.

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Nick Hornby se queja de que se ha universalizado la idea de que los libros “difíciles” son mejores, y que a no ser que estés rompiéndote la cabeza no estás recibiendo conocimiento.

A mucha gente nunca le ha sucedido lo de estar absorto en un libro, y no ser capaz de dejarlo, y estar deseando leer qué sucederá en el siguiente capítulo, porque los únicos libros que han leído son los que les obligaron a leer en la escuela. Y por supuesto nunca los disfrutaron. Así que jamás han escogido un libro ellos mismos, jamás han accedido a la experiencia de amar un libro. Y eso es algo muy triste, porque al final se trata solo de eso: de que te gusten. Para eso sirven los libros: para disfrutar. Los libros tienen el potencial de proporcionarte más placer que cualquier otro tipo de medio, incluyendo el cine o la música. Se pone mucho énfasis en que la literatura posee innumerables cualidades positivas potenciales además de proporcionar placer. Como si dar placer no fuese suficiente. Se dice que una educación humanística ayuda a la gente a entrar en Silicon Valley, o en ingeniería, o lo que sea, en lugar de decir: hey, quizás esto solo va de placer y punto. A lo mejor no tiene aplicaciones externas. A lo mejor solo deberías estudiar literatura porque te lo pasas bien. ¿Todo tiene que retrasar el Alzheimer, o afectar las neuronas de tu cerebro, o ser “bueno” para ti?

“Los libros no te hacen mejor persona”, es algo que repites a menudo en el libro. Hitler leía mucho.

Los libros no son el autor. Muchos libros, por lo que dicen sus páginas, te dan ganas de conocer a quién los escribió, pero aprendes pronto a disociar ambos conceptos. En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James [ríe]. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos.

Yo era un freak antes, lo admito, pero escribir novelas solo ha hecho que aumentar mi friquidad. Me ha metido hacia dentro, en lugar de hacia fuera.

Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un sicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan.

Lo de que deberías leer tal libro siempre suena a amenaza encubierta, como el “consejo” de una madre pasivo-agresiva.

“Deberías leer” es, en efecto, una orden. No mereces pertenecer a una sociedad culta hasta que leas esto o aquello. Pero eso no solo sucede con los clásicos. También se da en esos libros que se ponen de moda en un momento dado, como los de Karl Ove Knausgaard o Elena Ferrante. Tiene lugar una presión mediática y social para que todos leamos lo mismo. Pero yo no los leo. El hecho de que se hable tanto de ellos me causa rechazo. Quizás los lea en diez años, cuando ya no estén de moda. La presión social me desalienta.

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El canon de la alta cultura me parece clasista y elitista.

Sin duda. Pero nunca se verbaliza de ese modo. Siempre se disfraza de filantropía y justicia social. Lo peor es cuando se te dice que te “encantará” ese libro, pero tú sabes que no va a ser así. Te lo dicen porque a ellos les gusta, y ellos asumen que eres como ellos, o como mínimo deberías serlo, porque ellos son los cultos y sofisticados y sus gustos deberían ser los tuyos. Es algo que se te impone. Mucha gente se horroriza al escuchar que leo libros de terror, y biografías de celebridades, en lugar de alta literatura. Es absurdo. La gente debería leer lo que les proporciona placer. Tememos que nos pillen leyendo algo inapropiado para nuestro personaje, o imagen pública. Dejamos sobre la mesilla del salón los libros que queremos que los invitados vean que estamos leyendo. Es una forma muy anticuada de pensar.

Existe un problema añadido con los clásicos: no solo estás obligado a leerlos, sino que debes leerlos de la forma “correcta”.

Y en la edición adecuada. Y no te saltes las descripciones. Ni se te ocurra escucharlo en un audiolibro. O traducido. A menudo me preguntan si me gustó un libro concreto, y cuando digo que no, la conversación pasa a otro tema. Pero a mí me gustaría hablar largo y tendido sobre por qué no me gustó. Especialmente si no me gustó en absoluto. Me encanta ese tipo de conversación. Las razones por las que no nos gusta algo a menudo son más interesantes que las que esgrimimos cuando algo nos gusta. Pero alguna gente se toma ese desagrado como un fallo por tu parte: algo que no pudiste hacer. En realidad lo interesante es cuando encuentras algo que odiar en una obra de literatura, y no solo lo engulles sin más. Odiar positivamente es muy interesante.

A mí me enerva cuando escuchan las abundantes razones sobre por qué odias ese libro, pero al final te espetan que no puede ser. Que lo has leído “mal”.

Cuando te dicen eso suena como si hubiesen descubierto que tienes un fallo de carácter. Antes de descubrir que Guerra y paz te parecía un ladrillo pensaban que eras un tipo decente, pero ahora que has confesado… Se te ha visto la tara. Conozco a alguien que hace exactamente eso cuando le digo que no he leído algo. Desorbita los ojos y luego exclama: “¿Que no te has leído Guerra y paz?” O sea, horrorizado. Explotando de indignación, como si fuese la cosa más espantosa que han escuchado jamás, y que tienes que solucionar de inmediato.

Si yo fuese psiquiatra diría que eso es un complejo de inferioridad que sobrecompensa, por pura inseguridad cultural.

Tiene también un punto de dominación, de marcarte un punto. Pero desde luego es inseguridad cultural disfrazada, de eso no cabe duda.

¿Tus argumentos contra la lectura podrían aplicarse a cualquier actividad solitaria llevada a un extremo? Quizás leer doce horas al día sea malo para ti, pero también lo sería hacer pulsos.

Sí, pero la gente no se pasa el día diciendo que hacer pulsos es bueno para ti [sonríe]. O que hacer pulsos te hará crecer como persona. Las campañas contra la lectura me tocaron la fibra de una forma particular, porque hablaban de la actividad que yo practico de un modo que no reconocía. Pero tienes razón: todas las actividades llevadas a extremos, incluso las que teóricamente tienen que sentarte bien, como el yoga, o ir a la iglesia, o ayudar a ancianas, pueden aislarte del resto del mundo.

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Mucha gente utiliza la palabra “escapismo” de un modo derogatorio, como si escapar de este mundo a través de la fantasía fuese condenable. Pero John Carey dice que “el escapismo es una necesidad humana básica”.

Es cierto. Por añadidura, existen muchas formas perniciosas de escapismo, como el alcohol y las drogas. La lectura, por comparación, es mucho mejor. Es relativamente barata, no es adictiva… Es un vicio que puedes llevar demasiado lejos, como digo en mi libro, pero hay vicios mucho peores. La gente necesita escapar de la realidad. Llevé un club de lectura en cárceles de máxima seguridad, y te aseguro que escapar a través de la lectura era esencial para los presos. Para ellos los libros son una forma de escape imprescindible. Muchos de ellos no saben ni qué es internet. Ellos me enseñaron el valor de cualquier libro que te permita evadirte de tu realidad. Los libros de viajes, o de aventuras… Imagina el efecto que puede tener eso en una mente presa.

Tu libro establece un punto fundamental: que aquellos “clásicos” fueron escritos por y pensados para gente muy distinta a nosotros, en un mundo radicalmente distinto.

Me parece chocante que nunca se hable del contexto histórico, que es lo primero que tendría que considerarse antes de leer un clásico. Dickens era la cultura pop de su tiempo, y la mayoría de sus trabajos aparecían serializados en revistas: él era las series de Netflix de entonces. Tenía que extender artificialmente sus novelas porque le pagaban por palabra. Incluía personajes, y no paraba de adjudicarles nuevos rasgos, y de hacerlos aparecer y desaparecer, porque quería que duraran el máximo posible. Lo mismo con Joseph Conrad, que publicaba en revistas juveniles. Es difícil de imaginar, porque sus trabajos tienden a ser complicados y reflexivos, pero para empezar la gente tenía otro gusto, y además, como he dicho, estaban serializados. Solo leías una decena de páginas de golpe, y entonces esperabas al siguiente episodio. Nadie leía esos libros de 700 páginas de Dickens del tirón. Además, se asumía que los lectores, que eran de una clase social determinada, gozaban del tiempo libre suficiente para disfrutar de descripciones de paisajes o interiores de casas que duraban varias páginas. La gente leía así. Del mismo modo que un par de siglos antes la forma habitual de lectura era la obra de teatro en verso, y el público lector no esperaba leer en prosa. Nosotros, lectores modernos, deberíamos juzgar todos esos clásicos como artefactos históricos. No debería esperarse que se lean o disfruten como un libro de Stephen King. Son otra cosa.

Me gustaría comentarte una serie de clásicos canónicos que en mi opinión están sobrevalorados, o sacralizados, o son un latazo, para conocer tu opinión. Mi caballo ganador y candidato #1 es, cómo no, el Ulises de James Joyce.

Hace cinco años traté de leerlo por enésima vez. Me compré otra copia, para volverlo a intentar, porque las veces anteriores no había pasado de las primeras dos o tres páginas. Para mí era un galimatías, simple y llanamente. Pero a mi pareja le encanta, un amigo mío bautizó a su perro con el nombre de un personaje del libro… Así que decidí volver a probar. Duré veinte páginas. Era inútil: nada se me quedaba en la cabeza, el estilo me parecía forzado y farragoso, no había trama, la historia era inexistente y no me daba ningún placer. Ulises siempre se vota como la novela #1 de la humanidad, pero me encantaría saber a cuánta gente le encanta. ¿Quién está ahí fuera votándolo?

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En segundo lugar está Virginia Woolf. Es un problema personal y político, más que literario. Su personalidad (si exceptuamos lo feminista) me parece tan reprobable, y era tan clasista, y fue tan horrible con Arnold Bennett, y excomulgó a Daniel Defoe… Que me siento incapaz de disfrutar de sus libros.

Lo comprendo. A mí me caía fatal, siempre me ha caído fatal Virginia Woolf. Pero recientemente he regresado a sus novelas y he empezado a ver lo que hacía desde otra perspectiva. Estoy de acuerdo que su forma de ver el mundo es elitista, y muy distinta a la mía, pero supongo que he desarrollado otra sensibilidad. Quizás me he vuelto elitista [ríe]. La cosa es que ahora me interesa. En esta no estamos de acuerdo.

El #3 me encantaría que me gustara, porque es autor favorito de muchos de mis autores favoritos. Me refiero a William Faulkner, y muy especialmente El ruido y la furia. Sus raptos líricos me arrancan carcajadas en momentos serios.

Nunca he comprendido el atractivo de Faulkner. Sus lectores deben saber algo que no me están diciendo. Nunca he podido terminar un libro suyo. Escribe declamando. Se parece a Joyce en el sentido de que su prioridad es el juego con el lenguaje, y ese juego se entromete en la lectura todo el tiempo. Pero a mí no me interesa el juego con el lenguaje, en absoluto. Doble suspenso para Faulkner.

Mi #4 es problemático. Hemingway inventó una forma de escribir, lo que no es poca cosa. Pero, como sucede con la mayoría de inventos, los prototipos no volaban. Adiós a las armas es insustancial hasta un extremo exasperante. Carson McCullers dijo que Hemingway no tenía nada que decir, y creo que tenía razón.

[carcajada]  Lo peor es que en novelas donde en apariencia suceden tantas cosas (corridas de toros, guerras, pesca submarina…) en realidad no suceda nada. El paisaje es dramático y exagerado, pero la trama es plana, inerte, los personajes no dicen nunca nada de interés, las conversaciones amorosas son de risa, ni siquiera el estilo de la prosa está vivo. De acuerdo que quiso prescindir de los ornamentos, pero a ratos escribe como si estuviese bajo los efectos de un sedante. ¿Dónde está la acción? Hombres van a pescar atunes. Hombres van a corridas de toros. Hombres van a la guerra. Y entonces… Nada. Sus peores defectos son esos: solo aparecen hombres, y esos hombres no realizan ninguna actividad de interés.

Me parece una proeza lo de conseguir que sea soporífero, y monótono, un libro cuyo protagonista conduce ambulancias en plena Iª Guerra Mundial.

Es uno de los escritores que peor ha descrito la guerra, el alcoholismo y el ímpetu sexual. Y eran sus temas favoritos. Cualquier otro escritor supo aprovecharlos mejor. Hemingway nunca es explícito sobre nada. ¡Y las vivió! ¿Cómo puede alguien vivir experiencias como las de Hemingway y describirlas con tan poco interés?

Mi candidato #5 es una nacionalidad: los rusos. Me reí mucho con tus argumentos contra la novela rusa.

Oh, Dios. Todos esos rusos. Todos esos motes confusos. Y los campesinos…

Y médicos. Sus mujeres siempre miran mucho por la ventana. Y ese maldito… ¿Cómo se llama? Samovar.

[ríe] Solo me gustan las historias cortas de Chéjov. Pero cuando escribe novela larga, en el momento en que un personaje tiene más de un nombre, ahí empiezo a perderme. Y entonces aparecen los campesinos. Y el samovar ya no está solo dentro de la casa, sino que lo sacan al exterior, y beben té en los campos, y hablan de cultivos, y de Rusia. Siempre de Rusia. Es una pena, porque algunas partes de Tolstoi, y algunas partes de Dostoyevski, me encantan, pero no puedo con el todo. Y esos libros tan largos, con tantos personajes… Tolstoi debería haber tenido un editor severo. Son autores cuyas novelas hoy en día serían editadas a la mitad por cualquier editor solvente.

A veces sueño con un Moby Dick de 250 páginas, donde Ahab aparece todo el rato y no nos cuentan cómo se desuella una ballena, paso a paso.

Y hay demasiado mar. No me gusta que Melville hable tanto del mar. Quitemos todo lo relativo a la caza de la ballena, quitemos todas las ballenas que no son Moby Dick, quítale todo ese mar y las descripciones del agua y las olas, y casi todos los personajes, y quédate solo con Ahab y sus diálogos y dos o tres personajes principales, y mantiene la aventura, y sería un clásico moderno. Lo leería todo el mundo.

Y a pesar de todo lo que hemos dicho: los libros son lo mejor, ¿no?

[sonríe] Por supuesto. No hay nada mejor. Solo hay que ser honesto sobre ellos, y no convertirlos en fetiche o manía. Porque no hace falta. No hace falta otorgarles cualidades extra. Ya son magníficos. No pretendamos que encima tienen poderes mágicos. Kiko Amat

Contra la lectura

Mikita Brottman

Blackie Books

153 págs.

Trad. de Lucía Barahona

(Esta pieza se publicó originalmente en El Periódico del 5 de mayo del 2018. La que acaban de leer es la charla sin cortes. Pueden leer la versión editada acá).

Qué fue del siglo XX #5: Patrizia Escoin (Los Romeos)

Ya pueden leer la cuarta entrega. Por fin: una chica. Patrizia Escoin, de Los Romeos.

Lamento el camp-de-naps anterior (y el que está por venir), pero es que el pop español de los ochenta era asaz testicular. Asimismo, buscaremos y hallaremos más representación femenina, no se inquieten.

Pueden leer el cuestionario sacándose los zapatos y atravesando este portal bidimensional.

Tom Franklin y Mark Richard: “En el sur, todos hablamos el mismo idioma de supervivencia despiadada”

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Tom Franklin y Mark Richard, dos de los mejores escritores vivos de grit lit norteamericana, tienen en común un pasado colorido y una escritura dura y hermosa y temible. Y, naturalmente, un lugar de origen: el sur. El raro, retorcido, salvaje y violento sur de los Estados Unidos. En sus dos nuevos libros -publicados por Dirty Works- ambos autores hablan de cazadores furtivos, animales letales, dientes podridos y huesos rotos, niños tullidos y “cosas que no pueden explicarse”. Hombres que son una amenaza para sí mismos y para los demás. “Barcas robadas, trapicheos frustrados con drogas, asesinatos menores, meteorología inusual”. Señales de Dios y aparatosos accidentes automovilísticos. Peleas en el barro con tu propio padre. Vietnam. Oxicodona. Licor casero y escopetas oxidadas. Hablan con nosotros de tradición, escritura, trabajo y redención en esta charla a tres voces.

Harry Crews le dijo a su mentor Andrew Lyttle: “los dos venimos del sur, pero no del mismo sur”.

Tom Franklin: Quizás porque la escritura “sureña” es una forma de caracterización, los críticos y los lectores la suelen subdividir con facilidad. Larry Brown tiene más en común con Raymond Carver que con William Faulkner, y sin embargo a menudo los encuentras emparejados. La mayoría de los escritores “sureños” coinciden solo en el paisaje, tal vez porque hay mucho, y caminando lo ves más de cerca.

Mark Richard: Dicen que hay 33 tipos de “sur”. Tal vez menos, pues he visto desaparecer a un par de ellos. Los dos factores más importantes de esas desapariciones han sido la aplicación de las leyes de absentismo escolar y la introducción de la electricidad en las zonas rurales y, con ella, la televisión. Ya que mencionas a Andrew Lytle, te diré que le conocí cuando estaba enseñando en Sewanee, la Universidad del Sur. Vivía en una cabaña de troncos que tenía una araña de cristal en el techo. Bebimos viejo bourbon Rip Van Winkle en cuencos de plata antes de la cena. Acababa de leer mi novela Fishboy, y dijo “Fishboy es el nieto de Jesús”. Un hombre fascinante.

Los escritores de clase obrera tienden a tener pasados ​​coloridos: trabajos pésimos, accidentes terribles, familias taradas. Creo que, aunque es posible ser buen escritor en la tradición universitaria, los que han arrimado el hombro en empleos de mierda escriben con mayor vigor y agallas.

TF: Eso se debe a que gente como Larry Brown y William Gay han vivido entre gente trabajadora y las consideran personas, no personajes (Brown los llamaba solo “gente”). Los escritores de grit lit se han visto forzados a trabajar, y por tanto poseen un conocimiento íntimo de lo que es una fábrica de ladrillos, por ejemplo. Sin embargo, la documentación puede engañar a cualquiera. Recientemente le pregunté a un autor cómo había obtenido tanta información sobre taxidermia para su libro, y dijo “Google”.

MR: He tenido muchos trabajos extraños o interesantes, pero no muchos empleos de mierda. He sido locutor de radio, fotógrafo aéreo, trabajé en fábricas de papel, astilleros y acequias de riego. He sido barman, investigador privado, ensamblador de muebles, corresponsal naval, editor de revista, profesor universitario y pescador comercial. Siempre hubo algún aspecto de esas faenas que me llenó. De lo contrario, habría renunciado. Soy un poco delusivo, siempre he sentido que el futuro acarreaba grandes perspectivas. Y de momento lo ha hecho.

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Los escritores sureños en general parecen llevarse bien, estar libres de las habituales inquinas y envidias del sector.

TF: Con un par de excepciones, la mayoría nos llevamos bien. Sabemos que estamos diciendo la misma verdad, o una versión de la misma, y nuestras versiones se alinean lo suficiente como para que disfrutemos de la compañía de los demás. Acabo de ser admitido en la Comunidad de Escritores Sureños y fui a su reunión bienal. Asombroso, todos aquellos grandes escritores sureños mezclándose tan felizmente… Un par de escritores notables no estaban allí, y sospeché por qué.

MR: En cuanto que humanos, siempre habrá envidia, rivalidad y malos sentimientos entre escritores. Pero el vínculo más fuerte que compartimos es que todos somos sureños, y el Sur es una nación derrotada. Las naciones derrotadas tienden a producir una gran literatura porque los vencidos sienten la necesidad de explicarse a sí mismos. Podemos ser “progresistas” porque somos “artistas”, pero en muchos de nosotros hay una vena de sangre rebelde que aun fluye. El sur estaba poblado por personas de ascendencia escocesa e irlandesa, junto a varias razas expulsadas de su patria porque albergaban insatisfacciones persistentes que las hacían peligrosas para ellas mismas y para otros, que solo podía acomodar un lugar salvaje de campo abierto, oscuro, peligroso, tortuoso y habitado por animales e indios igualmente salvajes. Todos hablamos el mismo idioma de supervivencia despiadada, es un lenguaje lleno de presunciones y trampas sonrientes para los incautos. O lo hablas o no. Aquí decimos que los sureños son las personas más agradables del mundo, hasta que los cabreas y te matan.

Algunas de las cosas sobre las que escribís quizás sean normales para vosotros, sureños, pero el resto del mundo las lee con ojos desorbitados.

TF: Bueno, gran parte del sur es provincial. Muchos sureños viven en mundos pequeños y cerrados. El aislamiento engendra extrañeza, y la extrañeza es solo el comienzo.

MR: Asistí a una reunión familiar en Luisiana este fin de semana. Los hombres asaron un cerdo en el patio toda la noche y las mujeres prepararon gumbo, morcillas Boudin y otras recetas cajun. Escuché mucho folklore familiar y muchas patrañas, pero también mucha verdad. Un hombre con el que se casó mi prima me contó que quería construir una nueva casa en su propiedad, pero al no poder obtener un permiso para llevarse la antigua, la enterró en el bosque. Debí sonar escéptico cuando me lo contó, así que acabamos las cervezas, nos metimos en un todoterreno y nos dirigimos hacia el bosque detrás de su nueva casa. Allí estaba. Un vecino y él habían alquilado un bulldozer por la tarde, demolieron la antigua casa familiar y la enterraron en el bosque. Yo la vi. Estas cosas están a nuestro alrededor. Solo tienes que prestar atención.

Dudo que la lit grit reciba subvenciones de la Protectora de Animales. La mayoría de vuestras historias incluyen animales apaleados, desollados vivos, pescados con dinamita o cosas peores.

TF: Eso se debe a que estamos más cerca de la tierra que otros estadounidenses. Esa vida dura de granja es jodida para hombres y animales. Es la economía del goteo.

MR: Las personas tienden a tratar a los animales de la forma en que desearían tratar a otros seres humanos, por lo que es importante observar cómo una persona trata a las criaturas. Nunca tendré tratos con un hombre que patea a un perro.

El escritor de clase trabajadora se separa de sus raíces cuando se convierte en escritor, pero nunca se siente cómodo en su lugar adoptivo. Los dos habéis escrito sobre pertenecer y ya no pertenecer al lugar de origen.

MR: Una de mis canciones favoritas de Leon Russell es “Stranger in a strange land”. No estoy seguro de que podamos separarnos de nuestras raíces. Yo nunca lo he hecho. A la vez, no sé cuán profundas eran esas raíces. Creo que la mayoría de los escritores se sienten fuera de todo, siempre mirando desde fuera, en general.

¿Cómo os tratan los familiares, amigos y conocidos, cuando regresáis al Sur?

TF: Tengo un pie en dos mundos. Escucho historias que ofenderían a muchos de mis amigos urbanos; y si me indignara yo, ofendería a mi hermano. Cuando regreso al sur retrocedo en el tiempo. Yo he cambiado pero, pese a que el paisaje ha sido alterado, las actitudes de la gente de allí son las mismas que cuando me fui. Lo único que puedo hacer es no irrumpir con ira solemne, sino reír. Ofrecer una mirada silenciosa y considerada. La gente se mofa de mí por ser el “liberal”, así que juego ese papel para ellos. Hago de liberal de manual. Pero me tratan bien. Algunos incluso han leído mis libros.

MR: Creo que, en general, están felices por mí y orgullosos de que haya traído un poco de gloria a una ciudad tan pequeña, pero percibo cierta cantidad de sospecha bien merecida desde algunos sectores.

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Los padres no salen oliendo a rosas de los libros grit lit. La mayoría son borrachos jodidos, semi-violentos y desesperados. Y al mismo tiempo, escribís sobre ellos con afecto palpable. “No era fácil ser tu padre”, escribe Mark en su novela.

TF: Los malos padres tienen una buena historia. Han tenido una vida difícil, forman parte de una cadena de abuso: el abuelo es violento con el padre, el padre con el hijo, etc. A menudo nuestros personajes intentan romper ese patrón. Es una clásica fuente de problemas, el corazón humano en conflicto consigo mismo. ¿Puedo ser mejor que mi padre? ¿Puedo ser yo mismo un mejor padre? Además, todos simpatizamos con un niño que ha tenido una crianza difícil. Uno de los desafíos de escribir sobre estos padres es hacerlos agradables, o como mínimo aceptables.

MR: Tengo tres hijos, de 20, 17 y 14. El cliché es cierto: tiendes a comprender un poco mejor a tus padres después de convertirte en uno. Mi propio padre era un perfeccionista cuyo único hijo era imperfecto. No pudo ocultar su decepción conmigo. Lo intentó pero no podía, y se sentía mal por eso. Y yo me sentía mal porque él se sentía mal.

La idea de redención es indispensable en vuestros libros.

TF: Bueno, mucha literatura sureña es de raigambre cristiana, y su forma de pensar se centra en la posibilidad de redención. Es algo natural. Todos crecimos escuchando sobre nuestras posibilidades de llegar al cielo y evitar el infierno. Además, si tratas con personajes que son cuestionables (en el mejor de los casos), la redención es una dirección lógica. Queremos que exista la redención para los personajes, porque entonces nosotros, los lectores, quizás también podamos acceder a ella. Ojalá.

MR: No soy evangélico. Creo que la salvación y la redención son cuestiones personales. Soy un cristiano en apuros: llevo un anillo con la cruz, por ejemplo, pero no reparto folletos. Hace unos años yo era invitado habitual de un programa de televisión, y un compañero escritor siempre se refería a mí como El Cristiano. “Preguntémosle al Cristiano qué piensa”, y tal. Al final tuve que decirle: “Jesse, tu salvación no es mi puto problema”.

¿Creéis en Dios?

TF: Por la noche sí.

MR: A veces. El año pasado decidí que no hay Dios, y llevé a un amigo, un sacerdote jubilado local, a almorzar para anunciarle eso. Él es un buen tipo, y suele escucharme. Fue director de escuela secundaria durante 20 años en algunos de los barrios más peligrosos de Los Ángeles, antes de convertirse en sacerdote episcopal. Está casado con una mujer maravillosa, judía, que está muriendo lenta y dolorosamente de cáncer. Escuchó mi proclamación y luego dijo gentilmente “a veces uno de los mayores dones de Dios es la pérdida de la fe”. Desde entonces intento salir de mi desesperación (la desesperación es un pecado). Yo creo porque elijo creer. Una vez le preguntaron a Billy Graham si alguna vez había presenciado un milagro, y él respondió que no, y que se alegraba de no haberlo hecho, porque eso habría retrasado su fe unos cincuenta años. Lo entiendo ahora.

¿Os veis el uno al otro en la misma tradición y ocupando un espacio similar en literatura?

TF: Eso espero. Mark Richard es uno de mis escritores favoritos. Él es tal vez el único a quien enseño CADA semestre.

MR: En realidad no. Somos sureños por coincidencia, y preferiría no ser etiquetado como otra cosa que “escritor”.

Por favor, contadme una historia extraña de vuestra tierra natal que aún no hayáis puesto en una novela o historia.

TF: Un buen amigo, que murió solo y alcoholizado, se ahogó en su estanque. Él representa cada cliché del sur, y a la vez no es ninguno de ellos.

MR: Hace años, nuestra pequeña ciudad tenía dos funerarias, una para negros y otra para blancos. Una segunda funeraria “blanca” fue abierta por un padre y un hijo, nativos de nuestra ciudad. El hijo era un poco extraño, cuando era un niño una vez pidió un pastel de cumpleaños en forma de ataúd. Parecía volverse más “normal” a medida que crecía, y al final entró en el negocio de la funeraria con su padre. Incluso comenzó a salir con una mujer en Washington DC que era fisioterapeuta de un equipo de fútbol profesional, los Washington Redskins. Salieron durante varios meses; él iba a verla la mayoría de fines de semana. Entonces oímos que había fallecido en un terrible accidente automovilístico. La ciudad entera sufrió un terrible shock. El hijo, de luto, no escatimó gastos para el funeral: el mejor ataúd y cofre, misa, música y de todo. Después del gran funeral, al que asistió la mayor parte de la ciudad, algunas personas contactaron a la oficina del equipo de fútbol para dar el pésame y enviar sus mejores deseos a la familia de la mujer fallecida. Resultó que la mujer no existía, nunca había existido. Brotó de la imaginación del hijo.

Hacedme una breve lista de libros, películas o registros que hayan sido cruciales en la creación de vuestro espíritu y visión y arte.

TF: las novelas de Tarzán de Edgar Rice Burroughs, Stephen King, de Carrie a Pet Sematary (excluyendo La Torre Oscura); “Desde donde llamo”, Raymond Carver; Styx, desde Equinox hasta Paradise Theater; mucha música clásica; Beverly Cleary; Charles M. Schultz; Rick Bass; Cormac McCarthy; Jack Kirby y Stan Lee; Comics Marvel; DC comics.

MR: Luz en agosto, William Faulkner; 33 grados a la sombra, Tom McGuane; The Moviegoer, Walker Percy; Flannery O’Connor, Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez; Capitán Beefheart; Leon Russell; Prince; Kid Creole and The Coconuts; Elvis Costello; George Clinton; El día más largo; Grupo salvaje; Dispara al pianista; Apocalypse Now.

(Esta entrevista se publicó en formato ligeramente editado en El Periódico, el 10 de febrero del 2018. Pueden leer la versión online aquí. La que les cuelgo en Bendito Atraso tiene tres o cuatro preguntas extra para su solaz lector)

 

Mark Kozelek: no disparen al bocazas

Esta es la pieza que escribí a modo de previa del concierto de Mark Kozelek / Sun Kil Moon. Se publicó en El Periódico el pasado martes.

El concierto fue raro. Me gusta que mis artistas favoritos efectuen cambios de rumbo (de hecho, es su obligación), pero eso no implica, naturalmente, que dicho rumbo tenga que ser de mi agrado.

Lo que hizo mi MÚSICO FAVORITO VIVO en el Fabra i Coats era una suerte de poesía beat con desmelene freak y jam flipada al modo San Francisco 1968. Una mezcla de aquellos inescuchables discos spoken word de Jim Carroll y Lydia Lunch donde alguien gritaba cosas sobre lo buena que era heroína y lo mierda que era Dios mientras un tísico tocaba las congas detrás + Grateful Dead probando sonido. Solo que no era nada de eso, sino MI Mark Kozelek. Con un faristol.

Otra cosa: los fans respetamos que Kozelek nunca toque canciones antiguas. Esto no es una orquestina de camping. Dicho esto: ¿hacía falta tocar solo canciones compuestas seis días antes? ¿O en el p*** avión, como el propio artista confesó haber hecho en el caso de su desconcertante panegírico a David Cassidy? (sí, Kozelek: todos sabemos quién leches es. No es un problema de traducción).

Yo iba dispuesto a derramar lágrimas, y lo hice, solo que no por las razones esperadas.

Lo mejor de la noche: los chupitos de ratafia. Y la organización. Y el batería, que había estado en Sensefield (tuve que controlarme para no ir a hacer el grupi).

Madness por fuera, sadness por dentro

Es el título de esta piececica que he escrito para El Periódico con ocasión de la visita de Suggs (Madness). Léanla. Ha quedado bien.

Miren en la entrada anterior para descubrir mi (periférico) papel en ella. La visita, no la pieza.

Por lo demás, planeo llevarle al bueno de Suggs varios discos para firmar y varias frentes de rorros que bendecir.

OmnipreCHEnte

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La ubicuidad engendra invisibilidad. La fotografía icónica del Che Guevara que adorna camisetas, posters y glúteos alrededor del globo es como esa pequeña desviación del propio tabique nasal que ni siquiera detectas en el espejo. De tanto verla ha dejado de estar allí. Lo mismo sucede con otras imágenes desvalorizadas a fuerza de sobreexposición, como el escudo de los Ramones o el logotipo del CND (lo que ustedes, civiles, conocen como “signo de la paz”). Pero lo del Che es más fuerte. Después de todo, el hombre no era modisto de señoras o monitor de esplai: era un guerrillero cuya meta era “acabar con el gran enemigo de la humanidad: los Estados Unidos de América” y sugería hacerlo en “sus casas y centros de ocio”. Un poco como ISIS, vaya, aunque aún no he visto supermodels luciendo look pro-terror islámico. Mark Corrigan, protagonista de la serie cómica Peep Show, se queja en un capítulo de que su novia le está “arrastrando al siglo XXI, con sus logos sin sentido e irónica veneración de tiranos”. El Che no era un tirano, de acuerdo (no le dio tiempo), pero ¿no resulta raro llevar en el pecho a alguien que pidió que en su entierro le despidiese el “canto violento de las ametralladoras”? Su logo no es precisamente un Snoopy con senyera.

Y sin embargo esa imagen ha adornado, en forma de camiseta, los torsos de gente como Jay-Z, Santana o el Príncipe Harry (estableciendo el primer vínculo conocido entre la revolución cubana y la casa real británica), y ha sido tatuado en la piel de Diego Armando Maradona (si bien el estiramiento adiposo de su dermis le ha generado mofletes rubenescos al Che) o Mike Tyson (quien tal vez pensó que estaba tatuándose a otro). Y eso sin contar las veces en que al icono se le ha aplicado una modificación irónica con Photoshop -la idea más calcinada de la historia- a veces para insertar otra faz en lugar de la del revolucionario (Madonna, Hitler, J de Los Planetas), a veces para añadir un troleo del tipo “No tengo ni idea de quién es este tío” o “El comunismo mató a 100 millones de personas y todo lo que me trajeron fue esta estúpida camiseta”.

Aunque algunos, en absurda pugna por rozar la originalidad, hayan utilizado imágenes menos conocidas del Che (incluso la de su cadáver), la “oficial” es la llamada “Guerrillero heroico”, que el fotógrafo cubano Alberto Díaz “Korda” Gutiérrez tomó en un mitin del 4 de marzo de 1960 en La Habana. El Che compartía tarima con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y llegó tarde, lo que quizás explique la leve torsión de cuello y la posición ladeada, típicas del familiar lejano a quien han colocado en una posición desventajosa -última fila, espachurrado entre primos- en la foto de boda. Pero es la expresión de su cara -mezcla de tío que descubre que ha confundido gramos por kilos en su receta de ayahuasca y otro que detecta un tufo sospechoso en un ascensor repleto- la que hizo famosa la foto. En aquel mitin, Fidel Castro soltó una trola colosal para justificar la explosión de un barco cargado de armas en el puerto de La Habana (culpa de “los americanos”, como siempre), así que el rictus de flemática atención de Guevara quizás buscase disfrazar el “¿pero qué coño dice?” que apareció en su mente.

La foto cobró azarosa vida propia desde allí. Durante siete años nadie se acordó de ella. Solo cuando el Che fue asesinado en Bolivia en 1967, Fidel decidió ampliarla, y a altura rascacielos, para un acto de remembranza. El editor-terrorista Giangiacomo Feltrinelli la tomó de Korda para la portada de los diarios bolivianos del Che. También mandó imprimir centenares de carteles de promoción. Fueron esos posters gratuitos los que los airados chavalines con trenca del 68 enarbolaron en las calles, catapultando la fotografía a la ubicuidad “rebel chic” del resto de siglo. El obvio significado inicial se iría desvaneciendo, como el sabor en una bolsa de té reutilizada varias veces, hasta la abstracción bigotuda y boinesca que usted y yo reconocemos (y odiamos un poco) en el metro, los bares y las protestas. Kiko Amat

(Una pequeña pieza publicada el domingo 8 de octubre en El Periódico con ocasión de los 50 años de la muerte del Che)