En las batallas #14: Un mundo pequeño

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“Cuando tenía diecisiete años / Londres para mí era Oxford Street / Era un mundo pequeño / Crecí en un mundo pequeño”. Lo cantaban Everything But The Girl en “Oxford Street”, del álbum Idlewild (1988). Everything But The Girl eran un grupo pop de suburbio, fascinados por la gran ciudad, cantando desde los márgenes. Al escucharla hace unos días pensé en ese fragmento de la letra, pensé lo mismo: que a mis quince años, Barcelona era la calle Tallers. Y la calle Riera Baixa. Yo era un niño de pueblo del extrarradio. El extrarradio: tan lejos, tan cerca. Siempre agarrando lo PEOR de todo. Sin el glamur de la urbe ni la quietud de la aldea. Ajenos al meollo del neón y los tupés y los bares extraños, pero también a la verdadera autosuficiencia de las villas aisladas: quiero y no puedo, todo el tiempo; sin grupos de rock’n’roll ni pubs musicales, ni cines había, en Sant Boi. Crecimos en un mundo pequeño. Era un lugar estrecho: descampados, Ferrocarriles Catalanes, el río, moreras, bares extremeños, Xibecas, la Bobila, jevis de La Cope, la muntanyeta, abajoelpueblo, punks y mods y skins y rockers, el bar del instituto, las calles mojadas y desiertas. Y Barcelona parecía estar en Groenlandia, de tan distinta que parecía, y a la vez casi la podías tocar con las yemas de los dedos.

En todo el tiempo en que no la conocí, a Barcelona, hice lo que hacen los niños con los lugares fantásticos de los libros y las leyendas: la imaginé. La fui parcheando con trozos de cosas que encontraba por ahí: un pedazo de letra de El Último de la Fila, otro de Brighton 64 (“ya no hay chicas en el bar de negros”), una imagen robada de un fanzine olvidado, una batallita contada por algún viejo mod loco (de 24 años; eso era viejo para mí, a la sazón), un artículo de El periódico sobre La Mercè de 1986 (mis padres no me dejaron ir), aquella crónica del Reacciones sobre una fiesta mod de la concentración Lloret-Barcelona de 1986 en Zeleste (mis padres tampoco me dejaron ir). A los quince soñaba con Zeleste, una y otra vez. Lo visualizaba como el paraíso en la tierra, abarrotado de chicos alados y rubicundos con camisetas de ciclista, en los altavoces la música pop más hermosa que pudieses imaginar, todo el mundo bailando el “Get on your knees”.

Y el sábado por la mañana, a los quince y dieciséis, empecé a coger el tren, a veces solo, a veces acompañado (pocas veces), y completé aquel mapa indio, hilvanado a base de piezas de cuero, con algunas exploraciones por mi propio pie. Mi psicogeografía en 1986 era limitada, y realmente Barcelona estaba hecha de cinco o seis calles conocidas rodeadas por la incógnita y el vacío. ¿Estaciones de metro? Solo conocía dos (Espanya y Catalunya), y el trayecto entre ellas podría haber transcurrido entre desiertos y dunas, selvas y estepas, pues nunca bajé a explorar.

Llegando de Sant Boi, Barcelona era un mundo grande, así que tuve que empequeñecerlo; para que cupiese en mis manos, no sé cómo decirlo. Barcelona era comprar tejanos Marlboro negros en la calle Tallers, donde la dependienta siniestra te manoseaba los muslos. Luego explorar las tiendas de discos de la misma calle (las importaciones Edsel, Kent y Bam Caruso de Castelló) y andar hasta Riera Baixa para visitar Edisons y Papermusik. El sastre (R. Ferran) estaba en la calle Hospital, un poco más abajo, así que también entraba en la ruta, si había dinero. Luego volvía hacia el metro pasando por Portaferrissa, a ver si en el Camello habían traído tejanas blancas (nunca las traían) y a mirar los “boppins” del escaparate y husmear las chapas. En ocasiones también andaba hasta Flexor, que era la tienda que vendía Fred Perry de concesión española (Comercial Ebro), fabricados aquí; y que ni recuerdo dónde estaba. Todo me desorientaba. Era un mareo. Un giro equivocado y me encontraba en mitad del mundo perdido, rodeado de gente extraña, y tenía que preguntar hacia dónde estaba Plaça Espanya, por favor. La Plaça Espanya era mi meridiano, mi eje, mi astrolabio. Sin ella iba a la deriva.

Resultat d'imatges de la cresta de la ola mercat peixY yo era tan pequeño, en aquel mundo grande. Aún no comprendía los códigos, los emplazamientos, no me habían presentado a los moradores. Una anécdota que me enternece: en 1985 vi un cartel que anunciaba un festival de los de entonces, La Cresta de la Ola, en un sitio llamado Mercat del Peix, y tocaban Kamenbert, Brighton 64, Los Negativos, Wom A-2 y Nervios Rotos, y leí también que habrían puestos con chapas, fanzines y discos. Descartando poder acudir al evento, pues tenía catorce años (y mis padres no me habrían dejado ir), opté por conformarme con acudir alguna mañana de sábado a aquella tierra prometida, El Mercat del Peix, y surtir mi habitación adolescente de chapas y pósters. Ya imaginan lo que sucedió. Recorrí, acompañado por un vecino, una y mil veces las calles de la zona, rodeando un edificio vacío, buscando sin aliento una puerta que me condujese al otro mundo. No entendía lo que pasaba; ¿habían cerrado? Al final regresé a Sant Boi con una piedra atascada en la garganta, los bolsillos vacíos, mi vecino mofándose de mí, la sensación aún borrosa de haber hecho el ridículo pero sin saber por qué. Por supuesto, no existía aquel lugar mítico. El Mercat del Peix solo era un recinto fantasma que había acogido un concierto puntual.

Poco a poco espabilé, pero tampoco mucho. A los diecisiete, aquel mapa lleno de vacíos, como los de los conquistadores del siglo XII, estampó nuevos archipiélagos y penínsulas en mi psicogeografía a medio hacer: el bar musical María, el Humedad Relativa, el KGB de la calle Alegre de Dalt, el Sot del Migdia, la zona de Hostafranchs donde estaba el Communiqué, un par de calles de la zona alta (¿Herzegovina?) donde vivían unos amigos.

La cosa siguió así durante cinco o seis años más. Como un explorador a bordo de su bajel, rumbo a lo desconocido, fui apuntando en mi mapamundi mental todos los nuevos lugares, pero sin integrarlos en un contexto coherente, sin colonizar las tierras intermedias. Todos aquellos bares y lugares (Definitivo, Societé, Ave Turuta, el Barbara Ann, el Badlands, el Ultramarinos, la casa del Mágico Víctor, la casa de Fernando, la casa de Uri, el bar América, el Rufino…) seguían siendo puntos conectados entre sí en mi diminuto y disperso plano privado de la ciudad, pero no obedecían a la organización callejera de una ciudad al uso. Nunca sabía si aquellos bares estaban al norte o el sur, nunca registré en qué barrios se alojaban. Tal vez se iban desplazando de uno a otro, como algo sacado de los viajes de Gulliver, como la isla de Laputa. Barcelona aún era un misterio fascinante para mí, y seguiría así hasta 1996, que fue cuando empecé a conocerla íntimamente y a tutearla y a atar cabos, a adentrarme por las rutas intermedias, a ponerle nombre a las cosas. Mi mujer aún recuerda los primeros días juntos, en 1996 y 1997, cuando paseaba con ella por calles y plazas y de repente me detenía delante de un bar (ya cerrado, o con nombre distinto), los ojos como platos y una sonrisa de niño, y me ponía a gritar: ¡El Ave Turuta! ¡Estaba en Gràcia, justo aquí, al lado de la Plaça Revolució! ¡Qué bueno! ¿No es increíble? ¡Siempre estuvo aquí! Es fuerte, ¿no crees que es fuerte?

Y mi mujer me miraba con dulzura y me besaba, sin entender todos los años que anduve perdido por esta ciudad, ignorando lo que se escondía detrás de las esquinas, a ciegas por estos mundos de Dios, guiado por lazarillos de una calle a otra. Ella sin acabar de comprender del todo lo pequeño que fue mi mundo, cuando Barcelona era la calle Tallers. Cómo crecí en aquel pequeño mundo. Kiko Amat

 

(Escribí este artículo para “En las batallas” una serie que publiqué entre el 2012 y el 2013. Algunas de esas piezas terminaron en Chap Chap (Blackie Books, 2015) , otras no. Esta sí lo fue. La publico aquí porque acabo de leerme el Another planet, de Tracy Thorn, y he pensado en lo que escribí en aquella ocasión)

En las Batallas #15: Agustí en color (un obituario)

Ateneo Familiar, Sant Boi, 1996

Hace unos meses, una madrugada de sábado, murió un viejo amigo mío. Se llamaba Agustí Estrada, y se suicidó. No existe una manera bonita de decir algo así, ni los eufemismos sirven propósito alguno. Lo sé porque he intentado escribirlo varias veces de otras formas, y lo diga como lo diga él sigue muerto. Algunas cosas son imposibles de embellecer.

Desde que Agustí murió he estado pensando en premoniciones y casualidades. Me he dicho a mí mismo de que en las semanas previas a su muerte le tuve presente más de lo habitual (pues él y yo ya no nos veíamos jamás, llevábamos vidas completamente distintas), como si mi subconsciente me estuviese recordando a gritos su huella, las partes de mi vida que se cruzaban con las suyas, lo que le debía, en cierto modo. Es lo que se conoce como “sesgo de confirmación”: busco rastros de Agustí en esas semanas previas para confirmar mi hipótesis de que le tuve presente más de lo común, cuando en realidad lo más probable es que siempre haya estado pensando en él. Mi vida está llena de restos suyos, como la habitación patas arriba de un niño, y tropiezo con ellos constantemente, sin casi reparar en ello.

Y aún así. ¿No es extraño que poco antes de su muerte yo hablara de una cinta que me grabó en 1989? Incluso la tuve en mis manos: Generation X y The Stranglers. ¿Y no es aún más peculiar que, escribiendo sobre un disco de The Electric Prunes el mismo junio, empezase hablando de una fiesta de 1987 a donde me llevó él? Lo escribí unas semanas antes de que se suicidara. Será sesgo, será lo que quieras, pero no deja de turbarme.

Me enteré de su suicidio cuando me llamó mi hermano por teléfono, domingo 21 de julio, a media tarde. Estábamos a punto de ir a la piscina de la Torre de Les Aigües.

– Tengo malas noticias –me dijo.

Yo: silencio.

– Se ha muerto el Agustí de Sant Boi- añadió. Yo cerré los ojos, y luego cerré la puerta de la habitación.

Había conocido a Agustí en 1986 o así, pero llevaba observándole desde un año antes, 1985, más o menos. Era im-po-si-ble no verle, no sé por dónde empezar. La primera vez que topé con él… No importa si lo que voy a decir es fiel a la realidad, pero así es como ha quedado en mi memoria, y prefiero atesorarlo con esos detalles. La primera vez que le vi llevaba tejana blanca a juego con tejanos blancos (a todos los efectos: un traje tejano blanco completo), peinado Brian Jones, camisa de paramecios granate-púrpura con mucha ameba rampante y (atención) botines Chelsea rojos. Estaba bajando de un Volkswagen escarabajo original, color plata, en la calle La Plana, donde vivía con sus padres justo a dos manzanas de donde vivía yo con los míos. Lo que más recuerdo es el shock de lo imprevisto, la incongruencia de los significantes. En el Sant Boi de 1986 toparse con aquello (¡botines rojos! ¡escarabajo plateado!) era como darte de narices con un platillo volante recién aterrizado en tu azotea. Una imagen en color superpuesta a un mundo en blanco y negro; así es como lo veo. “He aquí”, me dije, “un hombre a quien le importa un bledo lo que piensen de él”. Unos años después, al leer a Nik Cohn hablando de los teddy boys de su Derry natal, me vendría esa imagen a la mente. La heroicidad de la otredad. Agustí tal vez trabajara en una imprenta en turno de noche, tal vez estuviese encerrado en una calle anónima de pueblo del extrarradio barcelonés, tal vez sus perspectivas de futuro fuesen tan grises como las de los demás, pero ¿emergiendo de aquel vehículo antiguo con aquella ropa rara y maravillosa y cegadora? Agustí se convertía en un héroe. Un príncipe entre lacayos. Un dandi entre basura, como cantarían sus adorados Los Negativos.

No hace falta decir lo que aquella imagen me hizo, a mis quince años; a mí y a otros como yo. Agustí, antes de enseñarme muchas otras cosas, me enseñó lo que era el coraje, la bravura, el ir por el mundo siguiendo tus propias normas de comportamiento aunque todo se derrumbara a tu alrededor. Su presencia, tan solo su existencia, era inspiradora, durante aquellos años. Te decía: puede hacerse, y a la mierda el mundo. Vendrán batallas, pero no me vencerán. Podían reírse de él, señalarle por la calle; nada importaba. Agustí había construido su propio mundo con sus propios códigos de conducta y estándares morales, y aquello era lo verdaderamente importante. Su vida me habló de valor. De seguir tu camino, fuesen cuales fuesen las consecuencias, aunque te quedaras completamente solo. ¿Eso? Lo sigo incluso hoy.

Agustí nació un día de Navidad, hermosa coincidencia, y se convirtió al punk en 1977: firmó de inmediato cuando escuchó los primeros disparos y distinguió los incendios en la lontananza. Agustí, sin embargo, no le vio futuro al No Future: el nihilismo era incompatible con su natural joie-de-vivre, y para colmo no le gustaban nada los grupos punks españoles que empezaban a nacer. Así, se enamoró de Beatles, Kinks, Who y Brighton 64, firmó por los mods muy temprano (aventuro que 1980-81), y eso es lo que llevaría de blasón (y de sanbenito) hasta su muerte: Agustí El Mod. Aprendió a tocar la batería (de aquella manera), tocó con su propio grupo (Nivel 2) y con un grupo mod de Barcelona, Los Interrogantes (lo que le convertía, directamente, en el hombre más cosmopolita de todo Sant Boi). Cuando le conocí ya estaba metido de lleno en su etapa psicodélica, y había intimado con Tutti, Los Negativos, “Mágico” Víctor, Ringo, Navarro; los mods psicodelizados barceloneses de 1985. Avanzaría por innumerables caminos estéticos desde allí, pero mi imagen de él siempre es la misma, congelado en el tiempo con sus piernas imposiblemente arqueadas y sus gruesas gafas (era miope perdido), con aquellos botines coloraos y tejanas de pana granate y gorras Beatle. Todo aquel color, que te decía, estilo Crowley: Haz lo que Quieras. Es la única ley.

Y entonces estaban los discos. De 1986 a 1990 aprendí de Agustí todo lo que podía aprenderse sobre música hermosa. Por aquel entonces debía tener solo 500 discos, quizás incluso menos, pero para mí su colección era la locura total. Mod psicodélico orgulloso de su pasado punk, en su casa se escuchaba a Buzzcocks, Gruppo Sportivo y The Seeds, Generation X y Jefferson Airplane, The Style Council y The Creation. Y sobretodo XTC, su grupo favorito. Su ansia de aprendizaje era pareja a su ansia de evangelización. Agustí no era nada resabiado, y pese a su veteranía y gusto impecable jamás nos trató de pimpollos. Su hambre de conocimiento nunca se apagaba y, siempre atento a las mutaciones de su entorno, cuando algunos empezamos a escuchar hardcore hacia 1991 o 1992 él tomó buena nota del asunto. Recuerdo con emoción la primera vez que pude pagar por los servicios prestados, grabándole una cinta llena de Hard-Ons, Parasites, Corn Flakes, Dag Nasty, All. Se volvió loco con aquella TDK, y a las pocas semanas se estaba comprando todos los discos. Su entusiasmo era indestructible.

Vuelvo a pensar en XTC. Varias canciones me recuerdan a él: “Senses working overtime”, sobretodo, y también “The Mayor of Simpleton”, que eran sus favoritas. No puedo pensar en XTC sin echarme a reír. Agustí era muy divertido. Cuando conocía a algún guiri siempre preguntaba lo mismo: Do you like XTC? Do you like spanish beer? Yo me moría de risa con sus bromas recurrentes. Tenía ocho o nueve años más que nosotros, pero en su mente era aún un niño enloquecido que solo quería pasarlo bien y lo tomaba todo a risa. Su casa siempre estaba abierta a todo el mundo. Le visitábamos (yo y 700 skins) sin avisar, y él siempre estaba contento de vernos. Nos invitaba a pasar, ponía un disco, sacaba cervezas negras (a mí siempre me daba una jarra con el mango en forma de polla, el muy guasón), encendía un Lucky y empezaba a bromear, a tomarles el pelo a los pelaos, a hablar del Athletic de Bilbao (su equipo de toda la vida), a comentar la jugada de la noche anterior o planificar la venidera. Nosotros siempre le decíamos: “Cuando seamos mayores, Agustí, queremos ser como tú”. Y lo pensábamos de veras, y él no lo tomaba a mal. Tiene que ser una gran manera de crecer, conservando así la gracia y el impulso, pensábamos. En cierto modo, Agustí era el Peter Pan definitivo. Él sí se negó a crecer, y quizás lo que sucedió aquel sábado 20 de julio tenga que ver con esto. No lo sé, ni lo sabré nunca.

Los años fueron pasando. Celebré su 33 cumpleaños (se presentó a la fiesta desnudo y en botines, el tío, y luego bebió champán de uno de sus zapatos). Fui a su boda, vi como nacía su primer hijo, me enteré de que había descubierto la música techno y el Apolo (que sería su segundo templo, y casi revelación mariana a sus cuarenta años), le perdí la pista durante casi una década entre una cosa y otra, me dijeron que había tenido otra hija, supe de su divorcio y me apené. Cuando yo celebré mis cuarenta, pese a que hacía años que casi no nos veíamos, Agustí estaba en la fiesta sorpresa que mi familia y amigos celebraron en mi honor. Aparece en todas las fotos con un polo estrecho azul eléctrico, el cabello desordenado y perilla-mosca debajo del labio inferior, eternas gafas, eternas piernas en paréntesis, sonriendo y contando anécdotas y riéndose del tamaño de mi nariz (estaba obsesionado con la nariz de los Amat; era nuestro apreciador de apéndice #1). La siguiente vez que supe de él ya había muerto.

Y el 23 de julio fuimos a despedirle al tanatorio unos cuantos de nosotros. Algunos se negaron a acercarse al ataúd, pero yo sí entré a verle, y me quedé helado al toparme con lo que había allí. Le habían quitado las gafas (increíble) y le habían peinado hacia atrás (¡sacrilegio!), y pensé: esto tiene que haberle mosqueado de la hostia, porque Agustí nunca se había quitado el flequillo. Yo creo que nació con él, joder. Fuera, un par de amigos que nunca lloran, lloraban. Hablé con su ex-mujer. Miré a mi alrededor: el tanatorio estaba lleno de gente joven, grupos de amigos que le habían conocido después que nosotros, Agustí siempre buscando la savia, la prisa, la vida de la juventud. Un montón de gente que yo no había visto jamás, y que le había querido cuando nosotros ya habíamos desaparecido por un extremo del escenario, hacia otras vidas y ciudades. Un montón de gente que había sido tocada por su forma de ser, por el ansia y el entusiasmo que llevaba encima, por la pasión que contagiaba. Eso me puso contento: que hubiese dejado tantos clubes de apreciación detrás. ¿Era Agustí un hombre exento de fallos o faltas? No, como ninguno de nosotros lo es. Tenía sus cosas, naturalmente. Pero a los que a veces se acuerdan de ellas, yo siempre les digo lo mismo: que Dios no le puso entre nosotros para ser nuestro consejero o para que solucionase nuestros problemas. Le puso aquí para mostrar la existencia de un camino; para mostrarnos vías, de ataque o de repliegue. Esperar más de él se me antoja absurdo. Agustí fue nuestro maestro. Eso es más de lo que puede esperarse de cualquier vida, digo yo.

Y allí en el tanatorio, aunque me conmovió el hombre muerto del ataúd, aquel tío céreo y sin flequillo y amortajado en banderas de fútbol, aunque pensé “mierda: así es como voy a tener que recordarle siempre” no era verdad. Cierro los ojos y, una vez más, le veo con su camisa de amebas, emergiendo del escarabajo en 1987, aquellos botines rojos iluminando el mundo y marcando el camino, casi gritando ¡Viva la vida!, y me siento afortunado de haberle conocido, de que me rozaran su gracia y alma y su perspectiva de las cosas, y sé que a mucha otra gente le sucede lo mismo. Y cuando has dejado esa huella, yo que sé: nunca mueres. Ya no te mueres nunca. Kiko Amat

(Recupero este texto, que escribí en el año 2013, tras la muerte de Agustí, y que fue incluido en mi libro antológico Chap Chap (Blackie Books, 2014). Este pasado julio fue el cuarto aniversario de su fallecimiento)