Huracaneando pt.3

La ENORME reseña de Antes del Huracán en Babelia de El País. Una gran pieza, no solo porque diga que el libro es la pera y altísima literatura y todo lo demás, sino porque sabe explicar por qué. Jordi Gracia, I think I might be in love with you (although I don’t know you). Créanme si les digo que en esta reseña se dicen unas cuantas verdades.

Santiago Velázquez, del Huffington Post, también nos pilla el lado bueno en esta entrevista. Que diga que soy “el John Fante español” le hace persona sumamente grata en mi casa, y de modo vitalicio. Santiago, aquí tienes mis quintos, que son también los tuyos.

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Internet no es la respuesta #2: una entrevista a ANDREW KEEN

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El angloamericano Andrew Keen es uno de los grandes críticos de la llamada “revolución digital”. Ha escrito cuatro libros: The Cult of the Amateur, Digital Vertigo, Internet no es la respuesta (Catedral, 2016) y el recién publicado How To Fix The Future. Keen no es un ludita con taparrabos -actualmente es director ejecutivo del salón de innovación de Silicon Valley FutureCast- ni vive en un yurt en medio de las montañas: de hecho oficia a menudo como orador público y presentador de Keen On, un popular programa de chat en TechCrunch (web de noticias sobre tecnología y startups). Quizás sea el tipo mejor dispuesto para hablar de los peores aspectos de internet.

Cuando intento conectar con él mediante Skype mi versión ha caducado (o algo similar) así que finalmente no me queda otro remedio que llamarle a Nueva York por el viejo método de la telefonía tradicional. Un inicio auspicioso, y muy ad hoc, para la charla que tiene lugar a continuación.

Supongo que una de las primeras mentiras a las que deberíamos enfrentarnos es al hecho de que internet sea “democrático”.

Quizás lo sea en el sentido de que puedes entrar y salir de él cuando desees, por ejemplo, y que todo el mundo pueda hacerlo, pero en términos de propiedad, “el ganador se lo lleva todo”, como dicen en los casinos. En internet hallas un chocante monopolio de poder, dinero e influencia. Incluso en redes sociales como Twitter hay un ganador claro. En internet, dos o tres empresas se llevan el pato al agua y concentran toda la atención, mientras la vasta mayoría de la gente es ignorada. La contradicción es que la naturaleza vanguardista de la arquitectura digital aloja potencialmente una democracia mayor, pero esa misma naturaleza provoca enormes desigualdades en poder, influencia y dinero.

Los humanos a lo largo de la historia nos hemos tragado una cantidad colosal de mentiras capitalistas, pero en términos de popularidad transversal esta se lleva la palma. La izquierda, los anarquistas… Todo el mundo ha sido hipnotizado por internet.

No creo que todo el mundo se lo haya tragado. Yo no me lo tragué. Pero sí creo que el secreto de su éxito es lo seductivo de su propuesta. Mi segundo libro originalmente se titulaba La gran seducción. Hay algo tentador, y también peligroso, en cualquier tipo de nueva tecnología. Al final lo terminé llamando Digital vértigo, por la película de Hitchcock en que un hombre se enamora de alguien inventado. Ese tipo de vértigo obsesivo es un tema recurrente en la historia de la humanidad. Si Vértigo es considerada una de las mejores películas de la historia es porque resuena en nosotros: solemos enamorarnos de falacias, e internet es un ejemplo perfecto de ello. Es un ente que parece perfecto, puro, sin efectos secundarios negativos, abierto a todo el mundo, todo el mundo puede innovar, empodera y ennoblece… Históricamente, cuando tienen lugar seducciones de esta índole aparecen problemas. En mi libro menciono de forma recurrente el Utopía de Thomas More, que por supuesto era un libro distópico, una crítica de un mundo perfecto que no es posible.

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Muchos de los defensores de internet venían de la contracultura. Viejos hippies sobreexcitados como John Perry Barlow, que había formado parte de Grateful Dead, o Kevin Kelly y su “tecnocháchara”.

Eso es muy interesante. En los sesenta hubo un cisma entre la izquierda más politizada y la izquierda comunal y contracultural. Sucedió en Europa también, pero el fenómeno sobre todo se dio en la Costa Oeste de los Estados Unidos. Unos se involucraron más en política y vida civil de forma más activa, mientras que los otros se replegaron a un mundo de fantasía y drogas. Lo que sucedió con internet fue que la “revolución digital” se convirtió en un proyecto de la contracultura, de aquellos que habían rechazado la política convencional. Cuando lees a Barlow te das cuenta de que rechazan la importancia de la política en la vida. A la vez creo que hay un trasfondo religioso en todo ello. No es una coincidencia que Kevin Kelly, una figura icónica y típica de la contracultura (fue a la India, a Asia, meditó, se “redescubrió” a sí mismo) se convirtiese al evangelismo en uno de sus viajes. No digo que todos los hippies sean evangelistas, pero sí que hay una progresión lógica. La descentralización de la arquitectura digital es un reflejo de los valores de esa generación. Alguna gente dice que la tecnología no nace con “valores”, pero eso es una óptica muy simplista. Al crear una tecnología, esta refleja los valores de sus creadores. Así que la organización “anárquica” de internet tiene mucho que ver con esa cultura. Steve Jobs también fue a la India, por cierto.

Las propiedades mágicamente “liberadoras” que se le atribuyen al ciberespacio me recuerdan al “pilla la onda y desconecta” de Timothy Leary con el LSD. La zona libre psiquedélica y apolítica que predicaban aquellos se parece bastante a la web.

Sí, y eso explica por qué la mayoría de experimentos políticos de la red han resultado ser fracasos. Movimientos generados en internet como Occupy Wall Street o la primavera árabe carecían de una comprensión profunda de lo que es la involucración política, que finalmente no tiene que ver con “desconectar” o replegarse, ni siquiera con el “derecho a escoger”. Esto no es una comuna. Por eso redes sociales como Facebook resultan tan problemáticas: dejando de lado toda la corrupción económica que acompaña a Facebook, uno de sus mayores defectos es que te permite escoger a dedo a tu comunidad. El mundo no es así. No puedes decir: “oh, mi comunidad no me gusta, voy a construirme una a mi medida”. La implicación política es sinónima de relacionarte con gente que no es como tú, y hallar puntos en común. Eso no quiere decir que no suceda nada bueno en internet. Simplemente, Occupy Wall Street simboliza los problemas filosóficos inherentes en los movimientos políticos online: es una involucración sin cuerpos donde la gente cree que puede hacer lo que quiera y decir lo que quiera, donde no hay leyes… Pero cualquiera que haya estado metido en movimientos políticos sabe que tienen, y deben tener, tantas leyes como las del sistema al que se oponen. Never Again MSD, los movimientos antiarmas, OWS, #MeToo, deben aprender de estos fracasos. No digo que no tengan potencial.

Por no decir que las grandes corporaciones son las que sacan mayor tajada de esos movimientos. No puedes empezar un movimiento revolucionario que haga millonarios a Google o Amazon.

Lo que resulta increíble es que esas corporaciones hayan pretendido actuar por el bien común, y les hayamos creído. El mundo ha cambiado dramáticamente desde que escribí mi libro. Entonces los defensores corporativos de internet afirmaban estar en esto para “conectar a la gente” y “liberar la información” por primera vez en la historia, y la gente se lo creía. Ahora esto ya no sucede. Todo el mundo sabe que internet es un gran fraude. Aquella basura de “redefinir las leyes del capitalismo” solo significaba que iban a modificar su forma de enriquecerse. La naturaleza del capitalismo no cambió  en absoluto, y la mayoría de sus precursores se convirtieron en multimillonarios. Jeff Bezos, el propietario de Amazon, es el hombre más rico del mundo. Vale 100 billones de dólares. Podría comprar España.

Hablando de “conectar a la gente”, creo que una de las consecuencias inmediatas nefastas de internet es la desaparición del concepto de intimidad o privacidad.

Sí, pero el concepto es muy viejo. La idea viene de Jeremy Bentham, un filósofo utilitarista de finales del siglo XVIII. Él inventó el Panóptico, un modelo arquitectónico que permitía mantener vigilados permanentemente a sus residentes, y así conseguir que se “portaran bien”. Hay una conexión intelectual clara entre Bentham y Zuckerberg. La idea predominante en Silicon Valley no es el anarquismo contracultural ni el utilitarismo, sino una mezcla de las dos. El utilitarismo cree que puede contabilizarlo todo, y la naturaleza de la revolución de los ordenadores es la cuantificación. Así que la idea no es nueva, solo se ha modernizado para hacerla menos agresiva y antipática que en el Panóptico, o los modos de vigilancia exhaustiva de ciudadanos de la Rusia soviética o la RDA. La más preocupante de sus ramificaciones, naturalmente, es la técnica de reconocimiento facial, que está siendo estudiada en la China, y que emerge como modelo para reconocer y suprimir desobediencia o disrupciones civiles en el siglo XXI. La tecnología avanza con el propósito de que haya un momento en que resulte imposible tener secretos, incluso si no has hecho ninguna de las estupideces habituales, como escribir un post borracho. El problema es que nos hemos convertido en el producto de plataformas como Google. Nos estamos vendiendo a nosotros mismos, a nuestros secretos. La era digital ha creado esta nueva forma de “capitalismo de vigilancia”.

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Pero el Panóptico solo se utilizó como edificio carcelario, mientras que la gente entra a internet por su propio pie.

El mundo en el que vivimos es una prisión de lujo. El concepto existe desde hace mucho tiempo. La diferencia es que se le ha dado la vuelta a esa prisión para que lo ocupe todo.

Zuckerberg opina que “tener dos identidades, la social y la virtual, es una señal de falta de integridad”. Es la forma de pensar de un sociópata.

Más que de un sociópata, yo diría que es la mentalidad de un niño. La raíz de ese pensamiento es una noción completamente simplista, infantil, de lo que son los seres humanos. A veces escuchas cosas como “a mi no me importa que la gente lo sepa todo sobre mí, no tengo secretos”. Pero si no tienes secretos no eres humano. Así de sencillo. Si crees que tu vida es un libro abierto, y no tienes ningún problema con que la gente sepa lo que haces o piensas a cada momento, entonces toda tu existencia es una gran mentira, y estás malgastando espacio en la Tierra. Nuestra especie es interesante precisamente por nuestra capacidad de tener secretos, no por nuestra transparencia. Y lo que hacemos como escritores, cineastas, poetas, es desvelar o confesar algunos de esos secretos. Lo alarmante es el desarrollo de tecnologías que permitan acceder a tus pensamientos. Se habla de ello en la ciencia ficción, pero no creo que se trate de ficción. En quince años pueden haber tecnologías que se conecten a nuestros cerebros y puedan averiguar si estamos excitados, o enfadados, o felices. Y las técnicas de reconocimiento facial son de lo más inquietantes. Se anhela descubrir la sexualidad de la gente basándose en sus rasgos y aspecto exterior. Eso implica que nuestros derechos individuales serán violados de forma sistemática. Por eso te decía lo de los sociópatas: estaría más tranquilo si todo esto se estuviese poniendo en marcha por sociópatas. Pero los que están al mando son niños sin concepción alguna de qué sentimientos rigen el mundo.

Afirmas que Zuckerberg es un “geek con cero empatía”. La ausencia de empatía es un rasgo fundamental de los sociópatas (y psicópatas).

Sí. Lo que puede darnos motivos para el optimismo es el hecho de que Zuckerberg es básicamente una máquina: piensa como un ordenador. Pero el valor de los humanos en un mundo de Inteligencia Artificial reside en todas las cosas que hacemos que los ordenadores no pueden replicar. Así que gente de mentalidad robótica como Zuckerberg será completamente redundante en la era de la I.A. Lo valioso estará en esa zona gris que se halla entre los algoritmos y la carne.

Otra consecuencia deplorable de internet es el “culto al amateur”. El mundo ha sido tomado por gente sin formación ni experiencia, del “periodismo” de Twitter a los “taxistas” de Uber. Dejando de lado que esto solo beneficia al 1% que posee las empresas, está lo de dejar nuestro destino en manos de gente que no tiene ni idea de lo que está haciendo.

Es preocupante. Si sumas el culto al amateur con la anonimidad online, lo que obtienes son los trolls de Putin. Gente que cobra por mentir. Gente que simula ser amateur para socavar nuestra democracia. Lo hemos visto en el Brexit, en el triunfo de Trump y seguro que lo has visto en España: el culto al amateur sirve para socavar la democracia. Escribí El culto al amateur en el 2007, y desde entonces se ha demostrado que el concepto del amateur al poder es una completa catástrofe. En los últimos años los periódicos se han dado cuenta de que la única solución a todo esto es cobrar por contenido. Los profesionales deberíamos ser más arrogantes: deberíamos recordarle a la gente que nuestro oficio tiene valor. La burguesía liberal de izquierdas parece tener un problema con el concepto de profesionalismo, siempre parece estar pidiendo perdón por la especialización. Pero nuestro deber es recordarle al público que ser periodista es muy duro. Que escribir una novela es muy duro. Que las cosas requieren paciencia, y tiempo. Vivimos tiempos de un populismo increíblemente corrosivo. En política gente como Trump o Putin diseminan una idea anti-elitista que me parece muy preocupante. Es irónico que gente de izquierdas como tú o como yo tengamos que salir a defender la idea de la élite, mientras que la derecha propaga ese erosionante populismo anti-elitista. Pero creo que la izquierda debe reexaminar a fondo su relación con la idea del experto, y de la élite profesional. La izquierda debe redescubrir el valor que tiene una determinada élite en una sociedad meritocrática. Muchos artistas y profesionales no nacieron con privilegios, lo consiguieron a base de esfuerzo y compromiso, y por eso se convirtieron en la élite de sus respectivos campos. Necesitamos expertos.

Resultat d'imatges de how to fix the futureTus detractores suelen llamarte “elitista”, de hecho.

Hace poco volvieron a llamarme eso, medio en serio medio en broma, en un talk show populista de la televisión americana. Yo respondí que sí, que no veía cuál era el problema. El anti-elitismo está siendo utilizado por las élites de toda la vida, gente como Donald Trump, para simular que está “del lado de la gente común”. Cuando la derecha quiere salirse con la suya siempre acusa al adversario de ser una élite. Hay una conexión directa, como decía, entre este culto al amateur y la deriva populista de la derecha contemporánea. Fox News también disemina esa basura anti-elite, pese a ser quienes todos sabemos que son. En unos cien años, cuando toda la niebla se haya disipado, creo que seremos capaces de analizar internet y ver que su éxito tiene que ver con un levantamiento populista monitorizado por las corporaciones. Se ha creado un mundo en que todo vale, todo el mundo escribe sobre cualquier cosa, nadie sabe qué es qué. En el futuro la tecnología podrá manipular imágenes, y videos, de modo que todo parecerá perpetuamente creíble. Estamos en los primeros días de una gravísima crisis de la verdad. Casi todo el discurso en los Estados Unidos está basado en teorías conspirativas: 9-11 no sucedió, Kennedy sigue vivo, Elvis también… Quizás esto también sea una consecuencia de lo que hablamos antes, del triunfo de unos determinados valores de la contracultura, en lo que concierne a la realidad, a la idea de que nada es tangible, que todo es interpretable… Pero si escapas de la realidad, al final inevitablemente escapas de la verdad, de los caminos empíricos para interpretar el mundo.

Alguien podría decirte que has decidido fijarte solo en lo malo de internet: en los trolls, y las realidades paralelas de Instagram, y  Google y Amazon, el 1%… ¿No hay nada bueno?

Suelo ser muy crítico con Wikipedia, pero tiene un gran potencial. Es una gran herramienta, y yo suelo utilizarla. De hecho, no podría haber escrito mis libros sin Wikipedia. Internet tiene cosas buenas, pero ¿sabes lo que sucede? Que nadie habla de las malas. La interpretación eufórica por defecto de internet se ha convertido en el único discurso. El mundo no necesita otro libro que diga que Wikipedia es una buena herramienta. Si queremos mejorar, lo que hacen falta son libros que estudien los fallos de Wikipedia, sus carencias de base, y la forma de solucionarlas. En los últimos cinco años, nuestra perspectiva como internet-escépticos ha pasado de ser una minoría a ser la mayoría. Cada vez más gente normal está aceptando que, por ejemplo, Facebook no equivale a una vida social, o que Amazon es una corporación perversa. Los grandes teóricos de internet se han escondido, porque estaban claramente equivocados, y eso les abochorna. Todo lo que nos dijeron del igualitarismo de internet era basura, completa basura. Y a la vez, yo soy una persona de internet. Utilizo internet continuamente. Pero eso es lo que hace que mi crítica tenga algún valor. Alguien puede criticar algo sin querer destruirlo por completo. Estoy a favor de la tecnología, creo en algunos de los emprendedores de Silicon Valley. Mi nuevo libro, How To Fix The Future, habla de ello: de las cosas buenas que pueden salir de esto.

Paul Simon dijo aquello de “me opongo a la red 2.0 del mismo modo en que me opongo a mi propia muerte”. ¿Crees que va a haber un cambio o, como Simon, crees que el paradigma digital está aquí para quedarse? ¿Hemos perdido la batalla?

La batalla no solo no se ha perdido, sino que acaba de empezar. Los que predecimos los problemas de internet, los que hablamos de la crisis actual, somos las voces aceptadas. Cada día más gente de Silicon Valley se une a mi campo. Capitalistas, empresarios, cada vez más gente cree que internet no es la respuesta. Tenemos que ser optimistas. Tenemos que reafirmar las cosas que son solo humanas, y que los ordenadores no podrán replicar. A lo largo de la historia los humanos hemos pensado en el futuro, y en cómo arreglarlo. Lo mismo sucede ahora. A finales del siglo XIX nadie pensaba que los niños de once años dejarían de trabajar en fábricas, o que se crearía una cosa llamada Seguridad Social, o que los sindicatos conseguirían muchas de sus metas. Cuando Marx escribió El manifiesto comunista en 1848 las cosas pintaban muy mal, y sin embargo hoy, pese a que tenemos calentamiento global y aún hay muchas injusticias que solucionar, hemos mejorado en muchos campos que parecían impensables. Lo mismo sucederá con el mundo digital. Hay razones para nuestro optimismo.

(Esta entrevista es una exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso)

Internet no es la respuesta #1: una introducción

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1. La primera vez que me conecté a internet, en el año 1996, en casa de mi novia, tecleé en el buscador un nombre de grupo pop, JOSEF K, como el que manipula una tabla Ouija: cauto y temeroso ante fuerzas de tipo asgardiano que, una vez desencadenadas, quizás escaparían a mi control. Y a mi comprensión. Aquel día permanecí expectante ante la pantalla -pequeña, verdosa y cabezona, similar a un modelo R2 anticuado-, con las manos sobre los muslos, mientras una serie de pitidos galvánicos emergían de la torreta, en el suelo. Al cabo de unos minutos de cacofonía apareció, como por ensalmo, la biografía de la banda (por aquel entonces imposible de rastrear en fanzines ni, desde luego, revistas musicales especializadas). Mis labios formaron un Oh.

No recuerdo cuál fue mi reacción inmediata a aquel acto de magia, si me postré ante la pantalla o salí huyendo en busca de un párroco. Sí recuerdo que a los pocos minutos, y tras imprimir el primer resultado (por si se desvanecía de un modo tan sobrenatural como había aparecido), ya estaba tecleando el nombre del siguiente grupo: FIRE ENGINES. La segunda biografía no tardó en aparecer. Por un instante creí que tal vez aquel invento rellenaría en un periquete todos los huecos de mi educación, dejando obsoletos de un plumazo los años y años de aprendizaje por métodos certificados: arqueología fanzinera o bibliotecaria, intercambio postal con otros friquis, audiencias con sabios locales. Todo aquel… esfuerzo. Toda la dedicación. Una cultura entera perdida para siempre, aunque tal vez para bien.

No fue para bien. Mi ilusión duró poco, casi tan poco como la novedad de los teléfonos móviles, que empezaban a circular con cuentagotas aquel mismo año, y cuya primera modificación social fue hacer aceptable que la gente condujera a gritos sus asuntos más íntimos (y sicalípticos) en transportes públicos. Internet y la telefonía móvil me cayeron mal al unísono, igual que unos gemelos perversos que en el colegio colocasen chinchetas en mi silla, y aún más: me cayeron pésimo casi de inmediato, como suele sucederme con la gente que al final acaba cayéndome horrible de verdad, y para siempre jamás; es un sexto sentido, supongo, igual que el del trepamuros. Yo miraba a internet como miras a ese exnovio de tu mujer que de repente ha aparecido en vuestra vida conyugal con grandes muestras de alborozo y benignidad, palmeándote la espalda y contando anécdotas del viaje a la Toscana de ambos mientras se sienta entre vosotros en el sofá y agarra las palomitas a puñados. De tu cuenco. Miré a internet con ojos torvos, sí. Aguardando a que cometiese el primer error.

2. Cuando me abrí mi primera cuenta de correo, hacia el 1998, lo hice con cierto desánimo, consciente de que estaba haciendo algo por el peor de los motivos posibles: porque lo hacía el resto del mundo. Porque, como podría haber dicho mi madre, mi amigo se había tirado por un barranco, y yo me veía obligado a tirarme también. Puesto que no soy Nostradamus, no fui capaz de predecir que, lejos de ser un gimmick pasajero del que la gente se acabaría cansando, el correo digital reduciría a cenizas una de las actividades que más placer me proporcionaban hasta la fecha en ese buen mundo, que era el intercambio epistolar. Mis primeros mails, me di cuenta de inmediato, estaban impregnados de banalidad e improvisación indisoluble -sin rastro ya de la artesanía y amor (y dibujitos, y regalos) que solía aplicar a mis viejas cartas-, así como de una nueva y alarmante compulsión por pasarme por el trasero las normas más elementales de respeto social. En pocas palabras: el e-mail parecía transformarme en un capullo. O, si quieren, en un capullo mayor. Me empeoraba; era innegable. Mi paso fugaz por un grupo de correo español adolecía del mismo tic: una falta de rigor, una ansia de epatar, una escasa paciencia con la opinión ajena o el razonamiento contrario, una repugnante tendencia a… Hacerme el guay. A ponerme faltoso. A decir mentiras repugnantes. Y a hablar de cosas que no sabía.

Todo eso, lo sabemos hoy, es el comportamiento por defecto de las redes sociales en la era digital, pero en 1998 era una novedad. A la sazón me miraba yo las manos como el Dr. Jekyll en su primera transformación, asustado y fascinado por la aparición del monstruo en mi piel. Indudablemente lo de no tener que cruzar la ciudad con un disquete para entregar tus artículos a la revista musical de turno era una mejoría, pero lo cierto es que parecía ser la única. Todo lo demás me parecía pernicioso. Lo que internet destruía parecía mucho mayor que lo que daba a cambio.

3. Desde entonces he convivido con internet como buenamente he podido. A pesar de mirarlo con hostilidad directa, no he podido evitar ser tragado por algunos comportamientos hegemónicos y totalitarios del nuevo mundo. Después de todo vivo en él, maldita sea, en el mundo real, y nunca he creído en la evasión permanente de la contracultura hippie. Uno es de su era y tiempo y lugar, por mucho que le dé náuseas a uno. Rechazar nuevas tecnologías como Whatsapp, por decir una de las pocas de las que soy usuario, y de forma diaria, era cortar de forma implícita cualquier tipo de contacto con un mundo -el de mis seres queridos- que, me guste o no, ha hecho de ese tipo de mensajeo su vehículo logístico, y a menudo emocional, principal. Ya vivo suficientemente aislado para aislarme aún más.

Pero eso no quiere decir que me guste. Una vez en Vietnam haré lo posible para proteger a mis compañeros de batallón y que el enemigo no me pegue un tiro en el culo, como si dijéramos, pero eso no quiere decir que esté a favor de la guerra. Después de 22 años de vida-con-internet (y mensajería móvil), sigo siendo un firme detractor del medio y del mundo que ha erigido. Un mundo pobre, falso, tan mendaz y desigual como el anterior, solo que envuelto en ropajes relucientes. La única diferencia es que cuando empecé no tenía razones; solo intuiciones. Hoy en día las razones me sobran. Muchas de ellas las he aprendido de Andrew Keen, como leerán en el segundo segmento de esta pieza: la entrevista.

Kiko Amat

Tom Franklin y Mark Richard: “En el sur, todos hablamos el mismo idioma de supervivencia despiadada”

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Tom Franklin y Mark Richard, dos de los mejores escritores vivos de grit lit norteamericana, tienen en común un pasado colorido y una escritura dura y hermosa y temible. Y, naturalmente, un lugar de origen: el sur. El raro, retorcido, salvaje y violento sur de los Estados Unidos. En sus dos nuevos libros -publicados por Dirty Works- ambos autores hablan de cazadores furtivos, animales letales, dientes podridos y huesos rotos, niños tullidos y “cosas que no pueden explicarse”. Hombres que son una amenaza para sí mismos y para los demás. “Barcas robadas, trapicheos frustrados con drogas, asesinatos menores, meteorología inusual”. Señales de Dios y aparatosos accidentes automovilísticos. Peleas en el barro con tu propio padre. Vietnam. Oxicodona. Licor casero y escopetas oxidadas. Hablan con nosotros de tradición, escritura, trabajo y redención en esta charla a tres voces.

Harry Crews le dijo a su mentor Andrew Lyttle: “los dos venimos del sur, pero no del mismo sur”.

Tom Franklin: Quizás porque la escritura “sureña” es una forma de caracterización, los críticos y los lectores la suelen subdividir con facilidad. Larry Brown tiene más en común con Raymond Carver que con William Faulkner, y sin embargo a menudo los encuentras emparejados. La mayoría de los escritores “sureños” coinciden solo en el paisaje, tal vez porque hay mucho, y caminando lo ves más de cerca.

Mark Richard: Dicen que hay 33 tipos de “sur”. Tal vez menos, pues he visto desaparecer a un par de ellos. Los dos factores más importantes de esas desapariciones han sido la aplicación de las leyes de absentismo escolar y la introducción de la electricidad en las zonas rurales y, con ella, la televisión. Ya que mencionas a Andrew Lytle, te diré que le conocí cuando estaba enseñando en Sewanee, la Universidad del Sur. Vivía en una cabaña de troncos que tenía una araña de cristal en el techo. Bebimos viejo bourbon Rip Van Winkle en cuencos de plata antes de la cena. Acababa de leer mi novela Fishboy, y dijo “Fishboy es el nieto de Jesús”. Un hombre fascinante.

Los escritores de clase obrera tienden a tener pasados ​​coloridos: trabajos pésimos, accidentes terribles, familias taradas. Creo que, aunque es posible ser buen escritor en la tradición universitaria, los que han arrimado el hombro en empleos de mierda escriben con mayor vigor y agallas.

TF: Eso se debe a que gente como Larry Brown y William Gay han vivido entre gente trabajadora y las consideran personas, no personajes (Brown los llamaba solo “gente”). Los escritores de grit lit se han visto forzados a trabajar, y por tanto poseen un conocimiento íntimo de lo que es una fábrica de ladrillos, por ejemplo. Sin embargo, la documentación puede engañar a cualquiera. Recientemente le pregunté a un autor cómo había obtenido tanta información sobre taxidermia para su libro, y dijo “Google”.

MR: He tenido muchos trabajos extraños o interesantes, pero no muchos empleos de mierda. He sido locutor de radio, fotógrafo aéreo, trabajé en fábricas de papel, astilleros y acequias de riego. He sido barman, investigador privado, ensamblador de muebles, corresponsal naval, editor de revista, profesor universitario y pescador comercial. Siempre hubo algún aspecto de esas faenas que me llenó. De lo contrario, habría renunciado. Soy un poco delusivo, siempre he sentido que el futuro acarreaba grandes perspectivas. Y de momento lo ha hecho.

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Los escritores sureños en general parecen llevarse bien, estar libres de las habituales inquinas y envidias del sector.

TF: Con un par de excepciones, la mayoría nos llevamos bien. Sabemos que estamos diciendo la misma verdad, o una versión de la misma, y nuestras versiones se alinean lo suficiente como para que disfrutemos de la compañía de los demás. Acabo de ser admitido en la Comunidad de Escritores Sureños y fui a su reunión bienal. Asombroso, todos aquellos grandes escritores sureños mezclándose tan felizmente… Un par de escritores notables no estaban allí, y sospeché por qué.

MR: En cuanto que humanos, siempre habrá envidia, rivalidad y malos sentimientos entre escritores. Pero el vínculo más fuerte que compartimos es que todos somos sureños, y el Sur es una nación derrotada. Las naciones derrotadas tienden a producir una gran literatura porque los vencidos sienten la necesidad de explicarse a sí mismos. Podemos ser “progresistas” porque somos “artistas”, pero en muchos de nosotros hay una vena de sangre rebelde que aun fluye. El sur estaba poblado por personas de ascendencia escocesa e irlandesa, junto a varias razas expulsadas de su patria porque albergaban insatisfacciones persistentes que las hacían peligrosas para ellas mismas y para otros, que solo podía acomodar un lugar salvaje de campo abierto, oscuro, peligroso, tortuoso y habitado por animales e indios igualmente salvajes. Todos hablamos el mismo idioma de supervivencia despiadada, es un lenguaje lleno de presunciones y trampas sonrientes para los incautos. O lo hablas o no. Aquí decimos que los sureños son las personas más agradables del mundo, hasta que los cabreas y te matan.

Algunas de las cosas sobre las que escribís quizás sean normales para vosotros, sureños, pero el resto del mundo las lee con ojos desorbitados.

TF: Bueno, gran parte del sur es provincial. Muchos sureños viven en mundos pequeños y cerrados. El aislamiento engendra extrañeza, y la extrañeza es solo el comienzo.

MR: Asistí a una reunión familiar en Luisiana este fin de semana. Los hombres asaron un cerdo en el patio toda la noche y las mujeres prepararon gumbo, morcillas Boudin y otras recetas cajun. Escuché mucho folklore familiar y muchas patrañas, pero también mucha verdad. Un hombre con el que se casó mi prima me contó que quería construir una nueva casa en su propiedad, pero al no poder obtener un permiso para llevarse la antigua, la enterró en el bosque. Debí sonar escéptico cuando me lo contó, así que acabamos las cervezas, nos metimos en un todoterreno y nos dirigimos hacia el bosque detrás de su nueva casa. Allí estaba. Un vecino y él habían alquilado un bulldozer por la tarde, demolieron la antigua casa familiar y la enterraron en el bosque. Yo la vi. Estas cosas están a nuestro alrededor. Solo tienes que prestar atención.

Dudo que la lit grit reciba subvenciones de la Protectora de Animales. La mayoría de vuestras historias incluyen animales apaleados, desollados vivos, pescados con dinamita o cosas peores.

TF: Eso se debe a que estamos más cerca de la tierra que otros estadounidenses. Esa vida dura de granja es jodida para hombres y animales. Es la economía del goteo.

MR: Las personas tienden a tratar a los animales de la forma en que desearían tratar a otros seres humanos, por lo que es importante observar cómo una persona trata a las criaturas. Nunca tendré tratos con un hombre que patea a un perro.

El escritor de clase trabajadora se separa de sus raíces cuando se convierte en escritor, pero nunca se siente cómodo en su lugar adoptivo. Los dos habéis escrito sobre pertenecer y ya no pertenecer al lugar de origen.

MR: Una de mis canciones favoritas de Leon Russell es “Stranger in a strange land”. No estoy seguro de que podamos separarnos de nuestras raíces. Yo nunca lo he hecho. A la vez, no sé cuán profundas eran esas raíces. Creo que la mayoría de los escritores se sienten fuera de todo, siempre mirando desde fuera, en general.

¿Cómo os tratan los familiares, amigos y conocidos, cuando regresáis al Sur?

TF: Tengo un pie en dos mundos. Escucho historias que ofenderían a muchos de mis amigos urbanos; y si me indignara yo, ofendería a mi hermano. Cuando regreso al sur retrocedo en el tiempo. Yo he cambiado pero, pese a que el paisaje ha sido alterado, las actitudes de la gente de allí son las mismas que cuando me fui. Lo único que puedo hacer es no irrumpir con ira solemne, sino reír. Ofrecer una mirada silenciosa y considerada. La gente se mofa de mí por ser el “liberal”, así que juego ese papel para ellos. Hago de liberal de manual. Pero me tratan bien. Algunos incluso han leído mis libros.

MR: Creo que, en general, están felices por mí y orgullosos de que haya traído un poco de gloria a una ciudad tan pequeña, pero percibo cierta cantidad de sospecha bien merecida desde algunos sectores.

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Los padres no salen oliendo a rosas de los libros grit lit. La mayoría son borrachos jodidos, semi-violentos y desesperados. Y al mismo tiempo, escribís sobre ellos con afecto palpable. “No era fácil ser tu padre”, escribe Mark en su novela.

TF: Los malos padres tienen una buena historia. Han tenido una vida difícil, forman parte de una cadena de abuso: el abuelo es violento con el padre, el padre con el hijo, etc. A menudo nuestros personajes intentan romper ese patrón. Es una clásica fuente de problemas, el corazón humano en conflicto consigo mismo. ¿Puedo ser mejor que mi padre? ¿Puedo ser yo mismo un mejor padre? Además, todos simpatizamos con un niño que ha tenido una crianza difícil. Uno de los desafíos de escribir sobre estos padres es hacerlos agradables, o como mínimo aceptables.

MR: Tengo tres hijos, de 20, 17 y 14. El cliché es cierto: tiendes a comprender un poco mejor a tus padres después de convertirte en uno. Mi propio padre era un perfeccionista cuyo único hijo era imperfecto. No pudo ocultar su decepción conmigo. Lo intentó pero no podía, y se sentía mal por eso. Y yo me sentía mal porque él se sentía mal.

La idea de redención es indispensable en vuestros libros.

TF: Bueno, mucha literatura sureña es de raigambre cristiana, y su forma de pensar se centra en la posibilidad de redención. Es algo natural. Todos crecimos escuchando sobre nuestras posibilidades de llegar al cielo y evitar el infierno. Además, si tratas con personajes que son cuestionables (en el mejor de los casos), la redención es una dirección lógica. Queremos que exista la redención para los personajes, porque entonces nosotros, los lectores, quizás también podamos acceder a ella. Ojalá.

MR: No soy evangélico. Creo que la salvación y la redención son cuestiones personales. Soy un cristiano en apuros: llevo un anillo con la cruz, por ejemplo, pero no reparto folletos. Hace unos años yo era invitado habitual de un programa de televisión, y un compañero escritor siempre se refería a mí como El Cristiano. “Preguntémosle al Cristiano qué piensa”, y tal. Al final tuve que decirle: “Jesse, tu salvación no es mi puto problema”.

¿Creéis en Dios?

TF: Por la noche sí.

MR: A veces. El año pasado decidí que no hay Dios, y llevé a un amigo, un sacerdote jubilado local, a almorzar para anunciarle eso. Él es un buen tipo, y suele escucharme. Fue director de escuela secundaria durante 20 años en algunos de los barrios más peligrosos de Los Ángeles, antes de convertirse en sacerdote episcopal. Está casado con una mujer maravillosa, judía, que está muriendo lenta y dolorosamente de cáncer. Escuchó mi proclamación y luego dijo gentilmente “a veces uno de los mayores dones de Dios es la pérdida de la fe”. Desde entonces intento salir de mi desesperación (la desesperación es un pecado). Yo creo porque elijo creer. Una vez le preguntaron a Billy Graham si alguna vez había presenciado un milagro, y él respondió que no, y que se alegraba de no haberlo hecho, porque eso habría retrasado su fe unos cincuenta años. Lo entiendo ahora.

¿Os veis el uno al otro en la misma tradición y ocupando un espacio similar en literatura?

TF: Eso espero. Mark Richard es uno de mis escritores favoritos. Él es tal vez el único a quien enseño CADA semestre.

MR: En realidad no. Somos sureños por coincidencia, y preferiría no ser etiquetado como otra cosa que “escritor”.

Por favor, contadme una historia extraña de vuestra tierra natal que aún no hayáis puesto en una novela o historia.

TF: Un buen amigo, que murió solo y alcoholizado, se ahogó en su estanque. Él representa cada cliché del sur, y a la vez no es ninguno de ellos.

MR: Hace años, nuestra pequeña ciudad tenía dos funerarias, una para negros y otra para blancos. Una segunda funeraria “blanca” fue abierta por un padre y un hijo, nativos de nuestra ciudad. El hijo era un poco extraño, cuando era un niño una vez pidió un pastel de cumpleaños en forma de ataúd. Parecía volverse más “normal” a medida que crecía, y al final entró en el negocio de la funeraria con su padre. Incluso comenzó a salir con una mujer en Washington DC que era fisioterapeuta de un equipo de fútbol profesional, los Washington Redskins. Salieron durante varios meses; él iba a verla la mayoría de fines de semana. Entonces oímos que había fallecido en un terrible accidente automovilístico. La ciudad entera sufrió un terrible shock. El hijo, de luto, no escatimó gastos para el funeral: el mejor ataúd y cofre, misa, música y de todo. Después del gran funeral, al que asistió la mayor parte de la ciudad, algunas personas contactaron a la oficina del equipo de fútbol para dar el pésame y enviar sus mejores deseos a la familia de la mujer fallecida. Resultó que la mujer no existía, nunca había existido. Brotó de la imaginación del hijo.

Hacedme una breve lista de libros, películas o registros que hayan sido cruciales en la creación de vuestro espíritu y visión y arte.

TF: las novelas de Tarzán de Edgar Rice Burroughs, Stephen King, de Carrie a Pet Sematary (excluyendo La Torre Oscura); “Desde donde llamo”, Raymond Carver; Styx, desde Equinox hasta Paradise Theater; mucha música clásica; Beverly Cleary; Charles M. Schultz; Rick Bass; Cormac McCarthy; Jack Kirby y Stan Lee; Comics Marvel; DC comics.

MR: Luz en agosto, William Faulkner; 33 grados a la sombra, Tom McGuane; The Moviegoer, Walker Percy; Flannery O’Connor, Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez; Capitán Beefheart; Leon Russell; Prince; Kid Creole and The Coconuts; Elvis Costello; George Clinton; El día más largo; Grupo salvaje; Dispara al pianista; Apocalypse Now.

(Esta entrevista se publicó en formato ligeramente editado en El Periódico, el 10 de febrero del 2018. Pueden leer la versión online aquí. La que les cuelgo en Bendito Atraso tiene tres o cuatro preguntas extra para su solaz lector)

 

STEPHEN WITT: “Aunque la piratería no hubiese existido, la industria musical estaba acabada”

https://i1.wp.com/estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/1/6/periodista-stephen-witt-hace-unos-dias-barcelonabr-br--1498819704861.jpg¿Cómo empezó la piratería digital? ¿Por qué se hundió el cedé? ¿Quién inventó el MP3? ¿Quién mató a la industria musical? (¿y merecía morir?) ¿Qué rayos es el “paciente cero”?¿Por qué usted puede bajarse cualquier parida en The Pirate Bay pero han cerrado todas las tiendas de discos de Barcelona? Las respuestas en Cómo dejamos de pagar por la música. Y en esta entrevista de Kiko Amat al autor.

Stephen Witt es el Indiana Jones del MP3. Este periodista de Brooklyn podría haberse contentado con incrustar sus académicas narices en los libros ya existentes sobre la era digital o el advenimiento de la piratería, pero prefirió encasquetarse sombrero, agarrar látigo y salir por la ventana a husmear él mismo en las fuentes físicas. El resultado es el revelador Cómo dejamos de pagar por la música (Contra, 2017), una obra que se lee como una apasionante novela policíaca, pese a que versa sobre friquis, laboratorios de “psicoacústica” y ejecutivos de la industria musical. El libro entrelaza tres historias ignotas: la de Karlheinz Brandeburg, padre del MP3; la de Doug Morris, el big daddy de Universal Records; y la de Dell Glover, un piernas cualquiera quien, casi sin darse cuenta, al empezar a planchar cedés desde su habitación, se convirtió en el mayor filtrador de música inédita del mundo y varió para siempre el curso de la historia.

Tu libro me recuerda al trozo aquel de JFK en que Garrison se cita con “X” en las escaleras del Capitolio. Solo que en lugar de investigar asesinatos de presidentes…

Hablé con tíos que robaban cedés [ríe]. Sí. Es algo así.

Todo parece empezar en un lugar y un momento muy concreto, como en los documentales de Adam Curtis.

Cierto. Lo que sucede con Adam Curtis es que él dobla la verdad. La amolda a su teoría. Nos cuenta algo que podría haber pasado, más que lo que pasó. En mi caso, todo es real. No exagero la importancia histórica de algo. Un 80% del libro es inédito, se basa en investigaciones propias, no fuentes ajenas o artículos ya publicados. De lo que menos hablo en el libro es del fenómeno Napster y la tecnología de pares, pero solo porque había sido cubierto extensamente en otros lugares. Yo preferí hablar del subsuelo, de las cosas que no se habían contado. Sobre el primer gran pirata de la era digital, Dell Glover, por ejemplo. El llamado “paciente cero”. Un tipo que nadie conoce, pese a que creó el mundo en el que vivimos.

¿No tuviste un poco la sensación de que aquello era la “banalidad del mal”, como se dijo de Eichmann? Glover, que trabajaba en la fábrica de CDs de Polygram y por eso lo empezó todo, no es precisamente un villano Bond.

La verdad es que era más interesante de lo que yo esperaba. Yo creía que iba a topar con la historia de una generación bajándose cosas en sus ordenadores poco a poco. Pensaba que aquella era la forma en que toda esa música gratis acabó en internet. ¡Pero de golpe descubrí que todo venía de un solo hombre! Imagina mi sorpresa. No creo que Glover sea un tipo banal. No era un tipo cualquiera: un trabajador negro de una fábrica de prensado de cedés cuyos mayores intereses son los ordenadores y las motos de carreras. A primera vista es el estereotipo de personaje de clase obrera, pero su inusual proclividad hacia los aspectos tecnológicos del proceso (algo en cierto modo inusual para alguien de su clase social), sumado al hecho que estuviese tan bien situado para empezar la filtración masiva de material, le convierten en alguien único. Es más banal la parte que trata exclusivamente de la industria discográfica y personajes como Doug Morris y el resto de CEOs de las grandes compañías. El egotismo, la rapacidad, las extravagancias monetarias… Todo sonaba a cliché. Por el contrario, todos los piratas que entrevisté eran grandes personajes. Todos tenían algo raro, una historia extraña que contar. No eran gente común.

En historia, grandes cambios se producen por razones locales. Muchos de los personajes que provocaron cambios radicales en la industria y tecnología musical estaban actuando por pequeñeces.

Muy de acuerdo. Marx creía que la grandes revoluciones comunistas vendrían como consecuencia lógica de tomar los medios de producción, no por la afiliación a una ideología. La gente quería tener más cosas. Y eso, como apuntas, es literalmente lo que sucedió en este caso. Un tipo literalmente se adueñó de los medios de producción y empezó a producir objetos desde su casa, sin obedecer las normas de propiedad intelectual o las normas capitalistas de intercambio económico. Y no lo hizo porque fuese un radical de izquierdas. Lo hizo porque quería una moto de agua. Todo lo que provocó en el mundo vino dado por una necesidad casi infantil de determinados bienes físicos (algunos eran artículos de lujo bastante ridículos, además; no lo hizo para alimentar a su familia). Glover no era un marxista. No tenía convicciones políticas. Él te diría claramente que lo hizo todo por un televisor de plasma o un nuevo quad. Pero nosotros sí podemos darle una interpretación marxista. Lo suyo fue una revuelta en toda regla contra los propietarios de los medios de producción.

  https://i0.wp.com/images.eldiario.es/cultura/dejamos-pagar-musica-Stephen-Witt_EDIIMA20160607_0637_5.jpgYo estaba bastante predispuesto en contra de la industria musical. Pero los pirateadores de los que hablas tampoco me cayeron muy simpáticos, la verdad.

No lo eran. Eran trolls mezquinos, en su gran mayoría. Es solo que yo hablé con los trolls originales, los que estaban al principio de todo, antes de que el troleo se hiciese popular. No era gente que aceptase ninguna responsabilidad por lo que hizo, por su comportamiento negativo y antisocial. Por otra parte, eran chavales. Cualquier actividad que atraiga primordialmente a chicos adolescentes va a tener un elemento antisocial asociado. Vas a hallar mala actitud y peores modales. Pero solo porque así son los adolescentes. Yo era uno de ellos, y hacía tonterías parecidas. Crees que la vida es una broma, que no tienes por qué pedir perdón por nada… Pero algunos de esos chavales sí querían realizar actos de naturaleza política. Se dieron cuenta de que formaban parte de un movimiento político que estaba “liberando” información a través de internet. Yo simpatizo con esa idea. Solo desearía que…

…fuese verdad.

Exacto. Ojalá no fuese gente aburrida en su casa saqueando cosas gratis. Mucha de esa gente, en efecto, eran solo trolls, eran antisociales y infligieron graves daños a la industria mediática y a muchos artistas. Pero un porcentaje de esos tipos creía en lo que hacía, y estaban dispuestos a ir a la cárcel por ello. No se rindieron, ni siquiera cuando empezaron a ir a por ellos. La mayoría no era así: estuvieron en el ajo hasta que les llegaron las primeras denuncias: entonces se asustaron y empezaron a delatar a todos sus amigos.

Futurama los describía muy bien. Un montón de friquis granujientos escondidos en IRC…

Imatge relacionadaEran así. Cuando todo esto empezó, en 1997 o 1998, la cosa era abrumadoramente masculina. Todos sus integrantes eran varones de diecisiete años. El internet moderno ya no es así. Todo dios está allí, ha cambiado radicalmente desde que empezó la revolución del smartphone. Gente mayor, chicas… de repente todo el mundo estaba online. Eso creó una gran fricción en la red, casi podría decirse que hubo una guerra de géneros. Virtual, claro. Lo fascinante de todo esto es que muchos de esos trolls originales ni siquiera tenían grandes conocimientos técnicos. Muy pocos sabían programar o utilizar códigos. Solo eran gente a quien le interesaba entrar en ese nuevo mundo. No necesariamente gente con talento.

Por mal que caigan los trolls, es muy difícil sentir compasión por alguien como Doug Morris, CEO de Universal, quien cobraba 50.000 dólares al día.

Estoy de acuerdo. Y se fue de rositas de la catástrofe. Hizo una enorme fortuna mientras la industria musical se iba hundiendo. Él permaneció en la cima, pero su bando fue aplastado. Te voy a decir lo que deberían haber hecho para triunfar en la batalla que perdieron: deberían haber abandonado el compact disc en el año 1996 o 1997. Era su formato más lucrativo y se hicieron de oro con él, pero deberían haberlo soltado para concentrarse en algo que tuviese una fácil distribución a través de internet. Pero no lo hicieron. Se aferraron al formato hasta el último aliento.

¿Fue por razones de pura avaricia? ¿Ignorancia?

Avaricia sí. Autocomplacencia también. Pero hay que comprender una cosa: hoy damos por sentado que internet destruyó todos los formatos anteriores. Pero algo como internet nunca había sucedido. La industria discográfica fue la primera en enfrentarse a aquella nueva amenaza. Y en aquel momento nadie creía que aquello fuera relevante. Bill Gates escribió un libro en 1997 sobre el futuro de la informática, y casi ni menciona internet. Mucha gente no pensaba que aquello fuese a cuajar, ni desde un punto profesional ni desde uno social. Y, para colmo, no comprendían la nueva tecnología. No entendían qué era aquello de la tecnología de compresión (lo que por otro lado es normal, pues es algo casi incomprensible para un profano). Creían que el cedé era el formato perfecto: daba una inmensa calidad de sonido, era semi-portátil y muy barato de producir. Los beneficios eran colosales. uno puede entender que rechazaran una propuesta que en el fondo sonaba así: “vamos a obtener un sonido inferior, sin formato físico, en archivos 100% portátiles, y por cierto, no vais a sacar ni un duro de ello”. Aceptar algo así era duro. Pero hay una cosa añadida que considerar: incluso sin el pirateo, la industria musical estaba acabada, tal y como la conocíamos hasta entonces. Porque en la nueva industria digital, el single se iba a desacoplar del álbum. Eso es lo que les mató. Hoy casi no existe la piratería; la mayoría de gente se ha movido al streaming. Pero la industria discográfica no se ha recuperado. Y eso sucede porque durante muchos años se salieron con la suya al meter un hit single en un elepé, y vender 10 o 15 millones de álbumes, a 13 o 14 dólares cada uno. Ese mundo ha muerto. El single ha sido extirpado del álbum, y eso les ha colocado en una situación permanente de ganancias reducidas. No hay nada que puedan hacer contra ello. Es natural que Morris se negara a ir en aquella dirección. Sabía que iba a morir. Conocía los riesgos. Al final rechazaron invertir en el futuro de la distribución musical, y un puñado de adolescentes lo hicieron por ellos.

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Doug Morris, CEO de Universal-Sony. Uno de los villanos de esta saga. Es el del medio.

No quiero ir de profeta ni nada de eso, pero los que veníamos del vinilo ya sabíamos que el cedé era un formato deficiente. Y lo de que mejoraba el sonido solo lo percibieron dos musicólogos.

O ingenieros de sonido. En teoría el cedé era un formato inmortal, porque al contrario de la degradación de los surcos de vinilo, podías poner un cedé cien veces sin que el lector degradara el soporte. En la práctica no es así, porque los cedés se rayan continuamente. Y se rompen. Era un formato bastante débil, sensible a los elementos. Tenía muchas taras. La ventaja era que era el primer sistema completamente digital. Y a la gente le gustó, seamos honestos. En la cima de su reinado, a finales de los 90, el vinilo estaba muerto y enterrado. Estaba por debajo del 1% del mercado. Eso significa que todo el mundo se había pasado al cedé. Y llegaron los burners, la gente podía hacer mix cds… Yo crecí con aquel formato. Pero tenían un montón de limitaciones, que se hicieron más y más aparentes según nos íbamos moviendo hacia un mundo digital más portátil. Y nadie los coleccionaba de forma nostálgica, como sucedía con los discos de vinilo.

¿Le cantamos un “se lo merece” a la industria musical?

Ganaron demasiado dinero durante demasiado tiempo, y a expensas del consumidor. A la vez, esas ganancias descabelladas crearon un sistema cómodo de egos artísticos, bastante prolíficos, y aquel dinero permitió que mucha gente formara parte de la industria; gente que hoy en día no tiene acceso a ella, pues el tamaño de la industria se ha encogido. Hasta cierto punto, puesto que era difícil hacer dinero únicamente de las vendas de los álbumes (o del streaming), aquello forzó a mucha gente hacia una mentalidad mercenaria. Y por eso la música que tenemos hoy es buena, en cierto modo, pero toda suena a anuncio de Pepsi. Y la razón es: todos los músicos quieren ser fichados para un anuncio de Pepsi.

O la banda sonora de un filme.

Exacto. Esa es una fuente de ingresos clave para un grupo hoy. Pero en la cúspide de la época del vinilo, incluso en la del cedé, un grupo podía permitirse no hacer eso y vivir solo de las ventas de sus discos. Eso ha provocado que el sonido o la producción sean radicales, pero los valores mucho más conformistas y pro-corporativos. Y todo ello provoca un decrecimiento de la ambición artística.

Me gusta que menciones a los artistas, porque en muchas discusiones sobre industria musical vs. piratería se olvida que en medio de todo ello (a menudo generando la riqueza) hay un tipo con una guitarra de quien nadie habla. Y creo que fue estafado en modo sándwich.

Al artista le dieron por todos lados, es verdad. Son los que salieron peor parados de aquella batalla. y lo suyo no tiene una solución fácil. La parte complicada es esta: incluso si tienes un hit para el álbum, aún tienes que grabar las otras doce, o veinte, o treinta. Es mucha faena, y a menudo hay mucha gente implicada en el proceso, de productores a compositores de encargo. Gente que cobra. Existe ese mito del artista como figura heroica, que no sé hasta que punto es acertada; después de todo solo es un tío en un escenario. El público quiere que sean héroes, pero la verdad es que muy pocos están a la altura.  Otro mito es el de la figura creativa solitaria, algo que hoy en día y si hablamos del mainstream, ya no es cierto, simplemente. Detrás del artista de rap hay un abogado a cargo de los samplers, un agente, múltiples productores, mezcladores, ingenieros de sonido, un compositor de encargo… Para muchos artistas actuales el proceso se parece mucho a un karaoke en el que ellos entran y cantan con un tono determinado una canción en cuya creación no han tenido casi nada que ver. A veces ni eso: su voz es una amalgama de treinta tomas previas, combinadas para crear el tono ideal. Eso es así para todo el pop mainstream, y para buena parte del pop independiente también. Dicho esto, aún tenemos unos cuantos visionarios icónicos que se lo hacen todo ellos mismos; pero son la excepción. Mira a Kanye West: los créditos de una sola canción listan a veinte o treinta colaboradores. Por canción. Es más un director de orquesta que un músico pop. La conclusión es que hoy, pese a la existencia de programas facilitadores de grabación casera como Soundcloud o ProTools, es más difícil grabar discos.

Algunos artistas lo entendieron todo mal. Como Lars Ulrich, de Metallica, cuando llevó a Napster (y, por extensión, a sus usuarios) a juicio.

Lo fácil era culpar a los piratas, pese a que la industria musical tenía lacras muy profundas y muy arraigadas. Pero lo entiendo, en cierto modo. Míralo de otro modo: soy escritor. Cobro igual si la gente se termina mi libro o no. Y a menudo no lo terminan. Creo que esa es la norma de la industria editorial: una gran parte de lo que se vende no se lee. Pero imagina una situación económica en la que el lector solo pagara por lo que de verdad lee. Eso seria una catástrofe económica para mí. Ganaría mucho menos dinero. Y eso es lo que sucedió con la industria musical, y no solo por la piratería. Simplemente llegó un nuevo tipo de tecnología que reescribió las relaciones económicas del medio. Eso es lo que jodió al artista. Ya no pueden vender un disco entero. Ahora solo se cobra por cada escucha de canción. Es una jodienda total, y ya no hay marcha atrás.

¿Todo lo que cuentas podría haber ido en otra dirección si alguno de los capítulos hubiese terminado diferente? Pongamos que el MP2 hubiese ganado al MP3, y no al revés. ¿Se habría hundido igual la industria musical?

La mejor analogía para hablar de ello es Galileo Galilei. Galileo era el científico más importante del siglo XVII. Había construido el telescopio más sofisticado de su época. No era más complejo que unos binoculares para observar pájaros de hoy, pero con él fue capaz de ver la cara de Venus y los anillos de Saturno por primera vez. Imaginemos que el día en que Galileo iba a construir su telescopio, se cae a un pozo y se parte el cuello. ¿Sería el mundo distinto? La respuesta es no. La tecnología de lentes que estaba progresando en aquel momento permitió que múltiples científicos estuviesen trabajando en telescopios a la vez. Galileo era mejor artesano y llegó a ello antes, pero era inevitable que otra gente llegara a sus mismas conclusiones tarde o temprano. El progreso en ese campo era imparable. Lo mismo puede decirse de la mayoría de personajes del libro. Todos son Galileo. Todos estaban empujando para ser los primeros en un campo muy competitivo, pero si no llegan a tener éxito otros lo hubiesen tenido. Como te decía antes, si la industria musical llega a reaccionar a tiempo quizás Napster no hubiese tenido razón de existir. Pero el destino hubiese sido el mismo: la tecnología del streaming habría acabado apareciendo, y con ella la economía que lo acompaña. La historia no siempre funciona así. Todos los personajes del libro estaban cuerdos y eran gente lógica; no hay locos. Mientras que en la historia a menudo aparecen personajes chiflados y toman el poder. Como está sucediendo en mi país ahora mismo.

(Esta es la habitual versión extendida, sin más cortes que los de pura oralidad, de la entrevista que publicó El Periódico el domingo 2 de julio, y que ustedes pueden leer en su versión papelesca aquí)

Kiko Amat entrevista a LUCÍA LIJTMAER

La escritora y periodista barcelonesa publica Yo también soy una chica lista (Destino, 2017) el manual feminista más divertido, faltoso, emotivo y confesional que se ha visto por nuestros lares. Todo el mundo debería tenerlo (hombres también).

 

https://i1.wp.com/www.ara.cat/2017/06/03/cultura/Lucia-Lijtmaer-No-feminazi-terrorific_1807629391_41277770_1500x1001.jpgLucía Lijtmaer (Buenos Aires, 1977) es barcelonesa, aunque nació en Argentina y tiene un árbol genealógico más mezclado que la sala de espera de Ellis Island en 1892 (lo que explica la diabólica J en mitad de su apellido). Es periodista pop y anticapitalista. También feminista, de la Escuela Caitlin Moran Para Chicas Cabreadas con Propensión a la Hilaridad. Lleva el sentido del humor de serie, pero no teme desenfundar cuando hay que plantar cara al malo. Escribe para ADN, Factual, Público, El País, Mongolia y Eldiario.es, y siempre está en muchos sitios, a menudo en eventos simultáneos, lo que ha originado teorías sobre su sobrenatural capacidad de omnipresencia. Comisaría un festival feminista en La Casa Encendida, el celebrado Princesas y Darth Vaders, en pos de su cuarta edición. También es traductora literaria (tradujo a jarvis Cocker) y profesora en centros como la Universitat de Vic. Ha publicado los libros Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora (Capitán Swing, 2015) y Casi nada que ponerte (Los Libros del lince, 2016), una semi-memoria sobre su infancia argentina. Su último libro es un manual tronchante y militante que plantea el feminismo de un modo natural y práctico, nada blandengue ni envarado.

 El Día del Golpe en la Cabeza es el momento en que se adquiere conciencia de vivir en un mundo injusto para las mujeres. ¿Cómo fue tu golpe?

Era un bar normal, y estábamos en plena reunión informal de trabajo. Primero me dijeron dónde sentarme, algo que en su momento naturalicé pero que no es nada natural. Algo más tarde me hicieron callar. Vi que mi opinión era menos importante que la del resto del grupo: todo hombres. Algo después se lo comenté a una amiga, por si me lo había imaginado yo, que soy susceptible, y me dijo (perpleja) “¿Como un profe en clase de mates?”. Y ese fue el inicio de algo que ya intuía: que las mujeres éramos de segunda clase. Que las cosas estaban peor para una parte de la población. Que en cultura, por mucho que lo intentemos, las mujeres jamás seremos tan guay como los hombres.

¿Recuerdas cómo pensabas antes de ese momento?

Yo creía que las feministas eran pesadas, quejicas… Me da mucha vergüenza acordarme de discusiones en que yo les decía a amigas militantes mucho más concienciadas que por qué tenían que hablar de “sus cositas”. Yo era una ferviente creyente en la meritocracia. Creía que el feminismo estaba superado, y que nosotras conseguiríamos llegar a donde teníamos que llegar por mérito propio. “Si somos buenas, triunfaremos”. Una idea completamente neoliberal que no tiene en cuenta nada de tu entorno ni tu realidad social, en suma. Pero ya me molestaban cosas, como la idea de la chica indie lánguida, de pose. Una feminidad que se compró mucho en el dos mil, y todo lo que se saliese de eso no existía culturalmente. Yo veía que yo no era eso, por ejemplo, pero no veía la idea más amplia: que no estaba en igualdad de condiciones.

Una cosa es ser quejica, y la otra es protestar.

Totalmente. Yo temía molestar. Además, soy tímida. No me hace una gracia especial lo de hablar de ciertas cosas en público. Pero, claro, lo de no molestar de repente entraba en contradicción con la violencia. Hacer callar a alguien es un acto de violencia. Por no entrar a hablar de todos los demás actos de violencia que, sin tener una vida especialmente difícil, te suceden constantemente y son aun peor que ese.

Propones intercambiar enunciados. Colocar la palabra “negro” en alguna frase referida a las mujeres para darte cuenta de lo ofensivo que resultaría.

Efectivamente. Lo chocante es, de nuevo, lo naturalizado que está el discurso machista. Que tú has de quedarte en tu sitio, no molestar… A mí me gusta unir ambos conceptos, de hecho: género y clase. Porque en el fondo van juntos. Ese es el discurso mediático habitual. Las cosas que dicen, no sé, Salvador Sostres, o Pérez-Reverte, sobre las mujeres y sobre el proletariado serían impensables si hiciesen referencia a raza. Me da impresión que todos esos discursos se están radicalizando: contra las mujeres, contra la clase obrera… Voces que justifican las barbaridades que dicen escudándose en que están “oprimidos”, que hay una censura de “corrección política”. Los varones blancos de clase alta están oprimidos, según se ve.

Yo creo que quizás también haya algo de efecto bumerán producto de años de izquierda cosmética. Hillary, Felipe, IU, etc.

Tal vez. Pero si es así, esas voces de derecha están utilizando ese efecto para pronunciar un discurso en el que siempre han creído. El fracaso de la socialdemocracia les viene perfecto para decir al fin lo que opinan: que el estado del bienestar no funciona, que lo que “ellas” dicen no es cierto… Por otra parte, es perfectamente comprensible que algunos discursos calen en momentos de crisis. Escuchas el discurso de los alcaldes del FN del sur de Francia y entiendes que aquello cale entre una población ya polarizada. Lo que sucede es que esa gente no debería tener un lugar desde el que hablar. Al igual que los machistas. ¿Por qué tenemos que soportar un discurso de odio?

Por otra parte, el discurso de algunos medios es más insidioso y perverso que el de un alcalde del FN. Hablo, por supuesto, de Friends.

La mayoría de sitcoms acaban en matrimonio y bebé. Hay contadas series que dibujen una alternativa que no sea parir o casarse. Que dos tías estén en un bar tomando un cóctel, y (ojo) hablando de cualquier cosa que no sea hombres [ríe], es radical. Elizabeth Moss, la productora de The Handmaid’s Tale, declaraba que no sabía si le dejarían hacer una serie en la que las mujeres fuesen las protagonistas. Imagina.

Uno se pregunta cómo permitieron que se filmara Thelma y Louise.  Aunque, naturalmente, hubiese sido más radical si en lugar de follarse a Brad Pitt hubiesen hablado de libros.

O follado entre ellas [ríe]. Thelma y Louise no ha vuelto a suceder. La experiencia femenina siempre es femenina, nunca es universal. Es un género en sí mismo: “pelis de mujeres”. El nicho de mercado son nuestras vaginas. Cuando hablamos de genérico hablamos de hombres que hacen cosas. Dos hombres y un destino no es una película “masculina”, pero no dejan de ser dos hombres todo el rato, haciendo cosas de hombres. Pero como no es de mujeres, es un “clasicón” [ríe].

https://www.planetadelibros.com/usuaris/libros/fotos/250/m_libros/portada_yo-tambien-soy-una-chica-lista_lucia-lijtmaer_201702201317.jpgSi una chica escribe un libro que hable de “haber degollado a toda la población de Huelva”, en la portada llevará un jarrón con flores y un filtro pastel.

Y otra cosa: si eres chica y escribes libros, aunque sean de ciencia ficción, siempre son “sobre ti misma”. Nunca le preguntan a Philip Roth, que claramente ha escrito muchas veces el mismo libro basado en su propia vida, si va “de él”. No. Lo suyo es “universal”. Siri Husvedt decía que cuando escribió un libro sobre infidelidad todo el mundo le preguntaba si estaba bien con Paul Auster. Si eres mujer no es ficción. Eres nicho de mercado. Hace poco, Errejón dijo que era “el día de estar con el colectivo de las mujeres”. Tuvo que salir alguien a recordarle que no somos un “colectivo”, sino la mitad de la población.

Revistas femeninas. ¿Quién escribe las paridas de Marie Claire? Tú dices que son mujeres a quien “les toca apechugar”, lo cual me suena un poco al “solo cumplía órdenes” de los juicios de Dachau.

A la vez, tengo varias amigas redactoras, y veo lo que están haciendo desde dentro para que no sea así. Colocar según que artículos en esas revistas es muy complicado, y lo están consiguiendo en algunos casos. Pero muchas abandonan, y con asco. ¿Por qué las periodistas siempre terminan en revistas femeninas? Porque son uno de los pocos espacios donde pueden ascender. No quería culpar a las trabajadoras. El problema son los anunciantes, la dirección…

Desde luego. Del mismo modo que el problema no es el chaval que compra el bono del Primavera Sound, sino del tipo que creó ese espacio.

Exacto. Por eso me interesa explicar por qué esas revistas son reductos de mujeres, cuando en una redacción normal las mujeres no pasamos del mileurismo, porque somos más baratas y nos quejamos menos. Dicho todo esto, es innegable que también hay muchas mujeres que no están concienciadas, y eso es un problema añadido. Nosotros dos hablamos de un entorno en que ha calado ese discurso, pero hay mucha gente que está encantada de estar en esos espacios, y que cree en esos discursos de belleza y en esos cánones, y que creen que hacen lo que hay que hacer.

Lo que tú denominas el “Letargo Eterno”, o etapa perpetua de no-concienciación.

El coma profundo [sonríe].

Las mujeres no concienciadas perpetúan un discurso de opresión. Hollywood y las películas de mujeres que se odian entre ellas, por ejemplo.

Totalmente, y esto es así. Pero intento no demonizarlas, porque entonces perpetuas el viejo “mira qué tonta”. Es muy fácil odiarse entre mujeres. Todo está preparado, y tú estás diseñada, para tener miedo de la tía que tienes al lado: porque te robará el novio, porque te quitará el empleo, porque es más guapa que tú… Peor tampoco es cuestión de irse al otro extremo, como buenas samaritanas. El concepto de solidaridad femenina también debería revisarse. Porque depende con quién… [ríe]. A mí que Cristina Cifuentes diga que es feminista, mientras está desahuciando a mujeres solteras en acogida por maltrato… Eso no me lo trago.

Gwyneth Paltrow y las “yummy mummys”, 24 horas al servicio de la über-maternidad, también es intragable.

Gwyneth es la primera estrella de Hollywood que compra y vende el discurso aspiracional. Algo que es una barbaridad. Existe un modelo de mujer, pero no existe un modelo de hombre. El modelo de mujer es alguien como Gwyneth. El capitalismo te vende que si no eres feliz es porque no eres como ella. Porque no tienes el horno de leña toscano y la crema de caviar y…

…Y las operaciones de bajos.

[ríe] Sí. Por alguna razón, tu coño nunca está bien. Y el súmmum de todo ello llegó con las madres mormonas. 25 años y 5 hijos. ¿Cómo me puedes vender que eso es feminista? Lo siento pero parir no es feminista. No es un logro del feminismo. Se plantea como una opción personal (“yo he decidido quedarme en casa y criar”) que tenemos que respetar. Y la respetamos. Pero que no nos vendan que la gran conquista social del 2010 es quedarte en casa y hornear magdalenas. Cuando el fenómeno Russian Red pasó lo mismo: de golpe todas las chavalas hacían ganchillo. A mí algo así no me parece casual. Que nadie optase por tocar la batería o aprender defensa personal, sino por hacer colchas [cara de asco].

Me angustia la dictadura de la belleza femenina. Este idolatrar la guapura me parece la cosa más obscena y banal del mundo. Nacieron así, por el amor del cielo. La belleza tiene cero mérito.

No es casual que haya muchas mujeres que entran en el feminismo cuando empieza a decaer su atractivo físico o poder sexual. O dejan de ser “deseables”. Nos enseñan que ese es nuestro motor de vida: atraer. Yo me pregunto si compramos ese discurso en todas partes, incluso en las que están de nuestro lado. Por ejemplo: Pussy Riot. ¿Habrían tenido tanta visibilidad si no pareciesen estrellas de Hollywood? Claro, al mismo tiempo no eran sujeto activo. La atención mediática lo fue. Ellas no tenían la culpa de parecer supermodelos. Por eso hablo del concepto de “gordibuena” en el libro como un mal de construcción mediática. Porque el “fofisano” tiene que estar solo sano, pero la “gordibuena” tiene que estar buena. Explicar hasta qué punto te afecta eso es un ejercicio de honestidad muy necesario. No conozco a ninguna mujer que sea inmune a ello. Caitlin Moran lo explica muy bien: todas queremos ser una versión más delgada de nosotras mismas. Tu ideal siempre pierde peso. Es muy fuerte. No se te pasa nunca.

Creo que ayudaría si los hombres dejaran de creerse en el derecho de puntuar los cuerpos de las mujeres.

Me gusta ver cómo algunos amigos han cambiado de mentalidad respecto a ese asunto. El otro día unos amigos le afearon la conducta a otro par que se puso troglodita a la hora de hablar de mujeres. Para los hombres es muy importante tener amigas. Si un hombre solo va con hombres, hay un problema. Yo me junto con hombres porque me interesan. Y me ilusiona ver cómo algunos comportamientos (el que habla fatal de su novia, por ejemplo) empiezan a parecerles mal, incluso cuando no hay mujeres delante. Solo juzgamos la violencia cuando es física, pero todos conocemos a gente que machaca a su pareja sistemáticamente. Cuando no hablamos, somos cómplices. Si creemos que lo personal es político, todos hemos vivido situaciones que sabíamos que no estaban bien, y en las que deberíamos haber intervenido. La frontera es difícil, pero lo es menos cuanto más reiterativa es esa conducta. Porque entonces queda claro que hay un patrón.

Como sucede con el fútbol, algunas conductas infames se toleran porque son mayoritarias. Como las fotos guarras en los chats.

Mira lo que sucedió con el caso de La Manada, la violación aquella en los Sanfermines. y cómo una mayoría de la sociedad lo vivió como algo normal y disculpó su comportamiento.  O luchamos contra esas cosas o somos cómplices, insisto.

En el libro lamentas que “a finales de los noventa no podías salir de casa sin tener una polla en la boca”. Que para parecer moderno y liberado tenías que estar todo el día hablando de porno y relatando gráficamente tu vida sexual.

Yo a lo de follar sí le puedo encontrar un deje político, con lo del post-porno, los cuerpos no-normativos, lo de que la exposición pública de ciertas prácticas no está asumida… Y me parece bien. Lo que me parece el demonio es la idea de consumo. Es decir: el sexo como capitalismo. Que de repente tengas que hablar de ciertas cosas con gente que no conoces de nada, y que eso suma puntos de guay, y que para colmo eso es feminista. Eso era puro tupper-sex. Se lanzó ese mensaje porque querían vendernos cosas. Dildos y un consumo pornográfico que se vendía como liberador. Ahora interesa que las tías vayamos depiladas porque eso es lo “guay”. La promiscuidad sexual no es siempre libre, a menudo es una imposición comercial. Es un modelo de consumo. Por eso quería tratar la pornografía. Porque para mí sería muy fácil decir que vale todo. Pero no es así. Diversidad sexual sí, pero hablemos de las condiciones en que se hace la pornografía. Me gusta que se estén haciendo documentales sobre eso. Si miramos de dónde viene la ropa que llevamos, cómo no vamos a querer saber de dónde sale el porno que consumimos.

Citas a la pornstar Stoya, quien afirma que su trabajo “no tiene nada de feminista”. Yo entrevisté una vez a una actriz porno, Amarna Miller, y tuve la sensación de que me estaba vendiendo un producto, de un modo muy calculado. Era un discurso articulado pero promocional.

A mí me parece interesante que Amarna Miller diga que ella es masoquista, y que eso forma parte de su imaginario, y que ella utiliza su cuerpo, y que esa es su herramienta. Yo soy partidaria de eso. Pero no puede afirmar que esa es la pornografía mainstream. Lo que ella dice contradice las estadísticas. El porno es muy neoliberal. A mí me gustaría que gente como Amarna Miller dijese: “señores, yo soy una privilegiada. Pero está pasando todo esto”. Y utilizara su voz como herramienta de protesta.

Un personaje de Vernon Subutex 2, de Virginie Despentes, dice “odia el porno. lo envilece (…), le llena la cabeza de guarradas a las que no está acostumbrado. No le piden su opinión, le meten porno en las narices a todas horas”.

Una amiga mía me dijo que había dejado de masturbarse fantaseando, y que ahora solo podía hacerlo con porno, y estaba cabreada. Decía que aquello le había roto la fantasía. A mí me parece bien que exista la pornografía, y puedo consumirla, pero he empezado a pensar de dónde sale e intento… Saber de dónde viene, como hago con el pollo [ríe]. Y por otro lado está lo de que el acto repetitivo de consumo genera problemas. Y nos estamos acostumbrando a imaginarios que dan miedo. Las categorías actuales del porno, si las lees enteras, dan miedo.

Sí. No me hace la menor ilusión que la primera imagen sexual que vean mis hijos tenga relación con bates de béisbol.

Lo primero que debería hacerse es limitar el acceso. Que pongas “bates de béisbol” y lo primero que aparezca, sin el menor filtro, sea una mujer, que en el fondo está siendo humillada… Internet lo ha democratizado (falsamente) todo. De golpe estás al mismo nivel que un tarado mental que vende cloroformo, que es algo con lo que me topé cuando investigaba la Deep Web.

El troleo en la red es 100% machista y abusón.

Es interesante ver cómo se construyen esas redes digitales. Hay redes que no permiten ese abuso. Twitter lo permite todo. Tendrías que cargarte a alguien para que te cerraran una cuenta. Es natural: la cúpula dirigente de Twitter, en su 90%, está formada por hombres blancos anglosajones de clase alta. Su realidad no entiende el abuso. Owen Jones dice lo mismo: háblale a alguien del establishment, que va de Eton al Parlamento o la Banca, sobre las ayudas sociales. Twitter perpetua el problema ofreciendo impunidad completa a los machistas o racistas. Luego vienen las amenazas físicas, y todo el mundo hace la vista gorda. Esto es un mal endémico de este país. Como cuando toleramos que el suplemento de El Mundo entrevistase a la líder de Hogar Social. Un medio de modernos le hace una entrevista estrella a una dirigente de ultraderecha como si fuese lo más normal del mundo.

En el libro citas la pancarta de aquella activista en Washington DC: NO PUEDO CREER QUE SIGA TENIENDO QUE MANIFESTARME POR ESTA MIERDA. ¿Tuviste tú algún momento de “No puedo creer que siga teniendo que escribir sobre esta mierda”?

A veces sentía que estaba diciendo obviedades. A ratos pensaba que quedaría blanda, como cuando lo de la tasa rosa. ¡Pero es que te están cobrando de más por un producto solo porque es de uso femenino! ¿Por qué los tampones están tasados como artículos de lujo? Tienen el mismo impuesto que el caviar. Son cosas obvias que han salido en los periódicos, pero hay que decirlas. Hablo mucho de filmes porque nuestro imaginario se cimentó en ellas. o en televisión. Cuando me tragué todos los realitys sobre bodas perfectas me di cuenta de lo potente que era su mensaje. Yo también quiero una epifanía como la de las novias de esos programas y su vestido blanco. Si el vestido blanco va a hacer que yo tenga una misión vital, voy a acabar comprándolo. Es más fácil que cambiarlo todo.

(Este es el corte del director -la charla entera- de la entrevista que realicé con Lucía Lijtmaer para El Periódico, y cuya versión breve y editada pueden ustedes leer aquí)

 

Emo-memorias

Esto es una entrevista que me hicieron hace unos meses los de Nosey-Vice México centrada exclusivamente en el tema del Emo (y, por la tangente, también del hardcore melódico). Se trata de la acostumbrada combinación de sensateces, confesiones, memorias, delirios, información emocional y alguna paridita de postre. Léanla realizando un stage diving y aterrizando con la napia en este duro punto.