Mi recomendación es simplemente Tula Springs

Nunca les recomendé esto, si recuerdo bien, y querría hacerlo ahora antes de que se deslice por algún sumidero de mi mente. Es uno de mis libros favoritos del año. Se llama Tula Springs (en original: Modern Baptists) y su autor James Wilcox lo escribió en 1983, y acaba de reeditarlo Contra, que por si no lo saben es una de mis editoriales favoritas.

A mí me recordó de forma fuerte a Decadencia y Caída o La conjura de los necios, grandes favoritos de toda la vida, y de hecho eso es exactamente lo que digo, alto y parrafadoso, en la faja del mismísimo libro:

«Una tremenda tragicomedia de torpeza social y otredad patológica al modo de Decadencia y caída o La conjura de los necios. Pequeñas catástrofes que van haciéndose inmensas. Una pequeña joya del humor amargo.»

Sí, ahí queda eso, y encima lo digo codo con codo con el viejo Harold Bloom, que también dice lo suyo (en muchas menos palabras).

Pueden leer más sobre el condenado artefacto en este mismo linkarral.

Cómprenlo, por favor. No repercute en absoluto en la economía familiar de los Amat, pero sí en la paz espiritual del menda.

 

 

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Kiko Amat entrevista a DAVID NICHOLLS (Nosotros)

Novela David Nicholls, rey de la rom-com literaria inglesa, narra en Nosotros / Nosaltres (Planeta / Empúries) la descomposición de un matrimonio en pleno Grand Tour europeo

David nichollsQue David Nicholls “lo está petando” (para usar la jerigonza de nuestros días) salta a la vista. El escritor inglés ya demostró sus aptitudes para la rom-com novelística en la audaz y amena Siempre el mismo día, y ha vuelto a hacerlo en Nosotros, su cuarta. Nicholls suele escribir sobre parejas en apuros: si en Siempre el mismo día hablaba de Emma y Dexter, destinados a amarse pero encontrándose y separándose a lo largo de 20 años, Nosotros narra otro tipo de bache, el del matrimonio en fractura. Nicholls pertenece a la escuela de David Lodge, Keith Waterhouse o Jonathan Coe: humor tristón inglés con pathos, pulcramente relatado y con amplio público potencial. Los cínicos le llaman “populista sentimental”, lo cual solo significa que a) vende un montón y b) describe de perlas los vaivenes románticos.
Douglas, protagonista del libro, es el antónimo de aquel Dexter vivalavirgen y lelo de Siempre el mismo día. Douglas es Basil Fawlty y el Lester de American Beauty, juntos; un square al borde del patatús. Leyéndolo me acordaba sin cesar del templado Jack (Alan Alda) en The Four Seasons (1981), que jamás da rienda suelta a sus emociones (“OK, that’s a problem I have. When I get angry, I overanalyze. You know why I do that?”).
El argumento de Nosotros es tan improbable como apetitoso: Connie decide divorciarse de Douglas, pero antes accede a embarcarse en el Grand Tour europeo que tenían planeado realizar junto a su hosco hijo púber, Albie. Douglas tramará utilizar esa cuenta atrás para recuperarla, pifiándola una y otra vez en el proceso (y entrando en una espiral de majadería según se acerca el final).
Nos citamos para comer con el autor en un céntrico hotel de la Diagonal, y antes de que nos traigan los entrantes ya le hemos soltado lo que sigue:
Los personajes de Nosotros no son tan atractivos como los de Siempre el mismo día: Douglas es muy estirado, Connie es arty y fiscalizadora, el padre de Douglas un robot sin emociones, Angelo es odioso, y Albie, el hijo de la pareja, puede ser un capullo. ¡Menudo reparto!
[ríe] Sí, me han comentado eso antes. Dexter, en Un día, también les resultó insoportable a muchos lectores, mucha gente decía que no entendían qué le veía ella. Cuando escribes guiones siempre te añaden esa nota que dice: “no sé si este personaje es suficientemente atractivo, él no cae muy simpático…”. Pero eso en novelas no importa. Creo que es necesario, de hecho. No estás ofreciendo un compañero de piso; son solo personajes de novela. Lo importante es que sean interesantes, no que nos caigan bien. También hay que apuntar que, a pesar de sus fallos y defectos, a pesar de la pretenciosidad y el mal humor de Albie, de la falta de sensibilidad de Connie… No son mala gente. Douglas, por ejemplo, es un hombre lleno de buenas intenciones, un tipo decente. Está lleno de amor que es incapaz de expresar, y de preocupaciones por los demás. Es un buen hombre que se comporta mal. O quizás “mal” no sea la palabra, sino tal vez “estúpidamente”. Uno, como escritor, tiene que equilibrar ese hecho, porque tampoco deseas que todos tus personajes sean odiosos. Pero sí me gusta que sean tipos difíciles.
Y sus tropiezos les hacen cercanos. Los humanos somos así: tropezamos, la cagamos, volvemos a intentarlo, y somos capaces de las mayores insensateces y de buenas acciones.
Por supuesto. Creo que la cosa cambiaría si, después de todo lo que le ha sucedido, Douglas continuase sin comprender a su hijo, sin ver sus errores, enfrascado en su infelicidad… Eso sería muy frustrante para el lector. No quiero ponerme demasiado estupendo, pero se trataba de que fuese un viaje de aprendizaje [sonríe]. Que emergiera de él cambiado. En los Estados Unidos, por ejemplo, el personaje que peor ha caído ha sido Connie: por ser demasiado dura, ocasionalmente mala e insensible.
Me temo que debo unirme a los yanquis en esa opinión. Yo la odié a primera vista. Una “artista” frustrada con opiniones petrificadas, empatía deficiente y complejo redentor es una receta infalible para el odio.
Creo que a los norteamericanos no les funcionaba que fuese tan dura. Les estropeaba la historia de amor. Pero yo necesitaba un personaje que no fuese tan estable y bueno y sabio como la Emma de Siempre el mismo día; que fuese algo más… Confuso, irresponsable, menos sensible, más egoísta.
Douglas demuestra tenerles bastante ojeriza a los padres hippies y enrollados. Incluso los utiliza como símil: “Ámsterdam es el padre moderno de las ciudades europeas: arquitecto, quizá descalzo y sin afeitar”.
Sí, yo me he topado con algunos de esos padres perfectos. Los que llevan el niño atado al abdomen en esa especie de cosa, y saben qué hacer en cada momento y se convertirán en amigos de sus hijos. Cuando yo era un niño nadie tenía la menor expectativa de que un padre tuviese que ser así. Que fuera algo más que una figura de autoridad, o que pudieses llegar a tener una conversación personal con él. Yo nunca tuve una conversación personal con mi padre, desde luego, ni hablamos nunca de miedos privados, o preocupaciones románticas; nada de eso. Cuando te conviertes en padre aparece esa visión del padre perfecto, pero nunca puedes hacerla realidad. Creo que soy más abierto respecto a mi hijo de lo que mi padre fue conmigo, ciertamente, pero todavía me siento aburrido y autoritario y convencional.
En la novela afirmas que Douglas no cometerá los mismos errores que su padre, pero está predestinado a cometer errores nuevos. O sea: que la vamos a cagar en algún momento, solo que no como nuestros padres. Vamos a innovar.
[Ríe] Exacto. Cuando iba a la universidad me quedó muy claro que todo el mundo sentía la obligación de quejarse de sus padres. De que si eran demasiado aburridos, o demasiado conservadores, o demasiado relajados e indiferentes. Todo el mundo tenía una queja. No recuerdo a nadie que llegase y dijera: “mis padres son la monda [ríe]. Lo hicieron perfecto, me cuidaron de maravilla, se aseguraron de que estuviese seguro y fuese feliz…”. Miro a mis propios hijos y me pregunto: “¿Cuál será su queja?”. Porque nos estamos dejando la piel para hacerlo bien, y asimismo sé que van a haber reproches.
nosotros okA veces me enfado con mis hijos, no porque no coman con educación o se dejen todos los garbanzos, sino porque me están obligando a repetir todos esos imperativos increíblemente aburridos sobre comer con educación o no dejarse los garbanzos.
[asiente] Ya. Creo que uno tiene que escoger muy cuidadosamente las peleas. Yo me muerdo la lengua a menudo, y me digo: “qué más da si miran la televisión durante 5 horas. No es el fin del mundo si utilizan el Ipad en el coche”. Pero a la vez sientes la obligación de forzarles a que separen la mirada de las pantallas de vez en cuando. Me sigue fascinando cómo los niños no demuestran el menor interés hacia el paisaje cuando vamos al campo. Los adultos llegamos a la cima de aquel monte y admiramos las vistas y nos quedamos atónitos, emocionados, aturdidos. A los niños eso se la trae al pairo [ríe]. Me paso la vida sugiriendo que miren esto o aquello por la ventanilla, y ni caso.
Creo que era Louis CK quien dijo que para un niño de hoy una manzana sabe a serrín.
Claro. Leí un artículo donde decían que los niños estaban diseñados genéticamente para rechazar la verdura. La razón por la que encuentran el calabacín detestable es porque necesitan comer lo que les gusta: carbohidratos, patatas, carne… Que la repulsión que sienten hacia las setas viene de su ADN. No sé. Escribiendo este libro me influenció mucho Danny el campeón del mundo, de Roald Dahl. Es un gran libro, e incluye al padre más perfecto de la literatura: un padre guay, que permite que su hijo corra aventuras, que es vivaz y chispeante a la vez que relajado y divertido. Cuando nació mi primer hijo pensé que este era el modelo a seguir: ser sabio a la vez que cachondo y divertido. Pero es agotador [ríe]. Es imposible. Ni lo intentes.
En la novela hablas mucho de cómo los padres de antes no expresaban sus sentimientos, y eran seres algo estancos. Pero creo que su opuesto, el padre molón que todo el día está hablando de sus sentimientos, también es una lata.
Es verdad. Yo soy bastante reservado como padre en algunos aspectos. No me gusta, por ejemplo, que mis hijos me vean preocupado por asuntos de trabajo, o por dinero o cosas así. No quiero que compartamos estas cosas. No me parece sano. Por tanto creo que no me parezco demasiado al padre hippy que comentábamos. En el libro se menciona el dilema del “Te quiero” [sonríe]. La gente les dice a sus hijos que les quieren tantas veces al día que la frase pierde todo significado, se convierte en una especie de “buenos días”. Pero en el extremo opuesto está gente como mi padre, que nunca jamás dijo algo parecido, y habría encontrado mortificante tener que hacerlo. Tiene que haber un punto medio: ser afectuoso y apaciguador sin volverte sensiblero y cursi [ríe].
Douglas rompe un viejo tabú cuando se atreve a confesar que a veces ser padre puede ser increíblemente aburrido. Creo que es cuando está empujando el columpio de Albie.
Sí, durante una época puede serlo. Creo que yo ya he pasado ese estadio, porque mis hijos ya tienen personalidades y responden a estímulos adultos. Pero muy a menudo sentí lo mismo paseando el cochecito, o empujando el columpio… Lo mismo le sucedía a mi mujer, quizás incluso más que a mí. Era algo que buscábamos compartir, para minimizar el resentimiento. Alguien me decía el otro día que estaba en el aeropuerto con tres niños dando voces, hambrientos y no sé qué más, y pensó: “esto no debería haber salido así. Nunca quise algo así. Esta situación es algo a lo que nunca aspiré. ¿Cómo he llegado hasta aquí?”. Y hay momentos así. Piensas en ello cuando reparas en la disminución de horas de lectura, por ejemplo. O cuando te das cuenta de que no vas a poder ver una película de principio a final. Eso resultaba desesperante para ambos.
Creo que es una postura valiente, la nuestra. Que rompamos el tabú y se lo gritemos al mundo: “Esto puede ser un muermo, tíos. Reducid las expectativas”.
[ríe] Se trata de ser como un zoólogo que va registrando todos los pequeños cambios y alteraciones, y comunicándoselos al mundo. Van a caminar en algún momento, no os preocupéis. Van a comer sólidos. No hay misterios ni sorpresas en el asunto. El lado bueno de todo ello es que yo, al carecer de tiempo libre como tal, me convertí en alguien que se tomaba mucho más en serio su trabajo. Era y soy más meticuloso, más concienzudo. Tener hijos me proporcionó una ética de trabajo que no existía cuando mi mujer y yo bebíamos cada mediodía y dormíamos durante todo un fin de semana [ríe]. Esa es la paradoja: que saco adelante mucha más faena ahora que cuando tenía todo aquel tiempo libre.
La dificultad de concentración se intensifica cuando tu hijo está tocando una pieza de improvisación dadaísta con un martillo en un piano desafinado.
[ríe] Sí. Y no son solo los hijos. Vivimos en una época de distracciones omnipresentes. No hay forma de meterte en algo sin que sientas en el hombro el tap-tap de las redes sociales.
Twitter, que utilicé durante solo dos semanas por imperativos laborales, quizás sea el invento más tonto y decepcionante de los últimos 100 años. Un gran pozo de vacío. Y acusicas. Vacío y acusicas.
Lo es. Es decepcionante. Y es verdad: parece estar basado en conflicto, en una gran parte. Te metas donde te metas, siempre hay alguien peleándose por alguna gilipollez. Y te sorprendes admirando la trifulca desde las gradas. Yo me siento como si hubiese topado con una riña callejera, y me quedara allí de espectador, sin involucrarme en ello. Esa tendencia, propia y ajena, la encuentro muy escuálida y vergonzosa. Yo también duré solo dos semanas en Twitter, es curioso.
¿Recuerdas Deconstruyendo a Harry, cuando Woody Allen desciende los círculos del infierno y va topando con toda la gente detestable del mundo? Creo que en el último piso están los comentadores anónimos de internet.
Eso es lo peor del universo, ¿verdad? Además: es inútil. Nunca cambiarás la mentalidad de alguien, y mucho menos así. Nunca jamás alguien ha entrado en un debate online y ha dicho: “Caramba, tienes toda la razón. Yo creía otra cosa pero me has convencido, colega. Gracias por tu perspicacia” [sonríe]. No va de eso. Va de pelearse, o admirar las peleas de otros mientras comes palomitas. Es indigno.
nosaltresdavidnichollsVolvamos a Douglas. Él es un tío normal, en el sentido más extenso de la palabra. Su completa normalidad se antoja horripilante en algunas ocasiones. Me recordó un poco a Reginald Perrin, el oficinista abúlico por excelencia.
Crecí leyendo a Jonathan Coe, David Nobbs, David Lodge… Y todos ellos suelen escribir sobre tipos normales y asalariados. Supongo que él es así, pero decidí escribirlo en primera persona para que el lector fuese consciente de que hay algo más en Douglas, que tiene más profundidad de la que aparenta. Si solo te enfrentases a su comportamiento y a las cosas que dice te resultaría insoportable, pero como tienes acceso a su mente… Esa es la mayor ventaja de escribirlo en novela y no en guión, porque tienes acceso a su vida interior y puedes ver la pasión, la preocupación y el cariño. Esa tradición inglesa de tío normal desquiciándose un poco está bien presente en Nosotros. Y también la tradición americana de El graduado, o las historias cortas de Cheever, o Mad Men, o Breaking Bad. Oficinistas, individuos normales, que llegan a un punto de ruptura y se desmoronan. Vi Breaking Bad mientras escribía Nosotros, y pensaba continuamente en ese tipo de hombre que tanto quiere a su familia, y sin embargo lo expresa de esa forma grotesca.
Has conseguido crear a alguien aún más normal que Reginald Perrin. Porque Reggie parecía un tipo convencional, pero en realidad estaba medio tarumba. Douglas es más estable.
Perrin tenía, en efecto, todas aquellas visiones y aquel mundo interior de fantasía. Y cuando sufre su depresión no es una sorpresa, porque todo en la novela nos encaminaba hacia esa ruptura. Pero Douglas no quiere cambiar. El cambio, la ruptura, son para él actos forzados, imposiciones del entorno.
No me gusta mucho la palabra square, pero Douglas es el perfecto square. Un tío cuadriculado.
Creo que esa es la razón por la que quise que Claire estuviese involucrada en arte y danza y música y todo eso. En Un día había una banda sonora que ambos protagonistas compartían, con las canciones favoritas de ambos, etc. La música era un paisaje más de la novela. En el caso de Douglas, él no necesita música. Le gusta Mozart, pero no lo registra. Quería hablar de un hombre apasionado que sin embargo no cree en la cultura. Que no entiende todo eso del arte. Desde luego no es un tipo cool. En gustos, en su cultura, en su ropa… No encaja y ya está. También me parecía gracioso lo de escribir narrativa sobre un señor a quien no le gusta la narrativa, y que a su manera consigue contar una historia de manera amena.
El lector se sorprende vitoreando su obsolescencia. Su actitud es un gran “A la mierda” a los enrollados del mundo.
[carcajada] Quizás me estoy haciendo viejo, pero siento lo mismo que Douglas, y la sensación va en aumento. Me siento un poco fuera de lugar. Antes no había un solo sitio en Londres donde me sintiese intimidado, no había un restaurante que fuese demasiado moderno o demasiado juvenil para mí. Pero hoy en día me veo obligado a aceptar que en algunos sitios no soy bienvenido [ríe]. O quizás se trate de mi crisis de los cuarenta, vete a saber.
En algún punto de nuestras vidas muchos descubrimos que el gusto era irrelevante. Que no había una relación directa entre los tíos más hilarantes o buenos que conocíamos y los discos que escuchaban o los libros que leían. Quizás por eso nos gusta Douglas.
El propio Douglas admite que cuando conoció a Connie todas sus conversaciones giraban en torno a películas favoritas, libros favoritos, discos favoritos… Es un periodo donde se presupone que la apreciación artística es una expresión de quién eres. Eso es muy importante cuando ellos se conocen. Y además hay intercambio cultural, porque él le habla de ciencia y ella le enseña cosas de arte a él. Pero con los años todo eso se vuelve insignificante, deja de tener importancia. No sé. Desde luego, como rasero para juzgar a la gente el gusto es completamente irrelevante. Pero a la vez, opino que ese participar en el visionado de los mismos filmes, y discutirlos luego, e ir a galerías de arte o museos, y hablar de ello después, se convierte en un catalizador de otras cosas. Por eso tantas parejas lo hacen. Es una conversación.
Una excusa para hablar del mundo y de ellos mismos.
Sí. Me gusta cuando mi mujer me lleva a una exposición y me habla de ella, porque sabe más que yo de estas cosas y es una provocación. Me obliga a pensar en otras cosas, fuera de mi zona de confort. Pero lo de llegar a casa de alguien y husmear en su colección de discos… Se me antoja irrelevante, en efecto.
Es un posicionamiento muy pasado de moda. Suena a Oscar Wilde diciendo alguna de esas memeces ofensivas como: “si quieres saber cómo es alguien, mírale los zapatos”.
Debería ser: “Si quieres ejercitar todos tus prejuicios y ser un fanático cerrado de mente, mira los zapatos” [ríe].
Mi punto de máxima irritación respecto a Connie llegó con su confesión de adulterio. O sea: ¿por qué la gente siente la compulsión de soltar toda esa “sinceridad estúpida”, como dicen en Peep Show?
Cierto. Ese adulterio es algo interesante de todos modos, porque el lector vería la misma tensión creciente entre ellos incluso si jamás hubiese tenido lugar. Supongo que lo dejé porque es una pista sobre la infelicidad que ella siente. Una infelicidad que siempre estuvo allí, desde el principio de todo, aunque en el fondo tuviesen un buen matrimonio. Ella siempre sentirá esa necesidad de novedad, de cosas frescas, de excitación. Creo que es más o menos adecuado que ella confiese. Desde la óptica del novelista, más aún, porque el lector necesita saber lo que sucedió [sonríe]. Creo que la reacción de él también es muy significativa: su desaprobación y pesadumbre por lo que ha sucedido no tienen tanto peso como su deseo de conservarla. Creo que eso no es una muestra de debilidad. Su rabia queda ahogada por su ansia de que todo vuelva a estar bien. Y le sale mal, porque ella al final se va, pero incluso así… Tienes razón en lo de Connie, pero sigue sorprendiéndome la cantidad de gente que no la soporta. Porque yo la quiero [sonríe]. Creo que es buena persona, que se casa pese a tener sus dudas, que comete varios errores a lo largo del periplo pero que en el fondo es bienintencionada. Si tuviese que reescribir la novela quizás la haría algo más considerada y cálida [ríe]. Pero a la vez me gustan su desapego y serenidad. Me gusta que sea algo cínica, que esté hastiada, que no sea melindrosa, que sea cariñosa pero no blanda.
Bueno: a cualquiera que haya abandonado su inclinación creativa innata para criar una familia o conservar un matrimonio podemos perdonarle un poco de amargura, ¿no? Connie aparca toda su ambición pictórica por su marido e hijo, no lo olvidemos.
Sin duda. Y a la vez, él es un tipo decente, pero exasperante. Muy exasperante. Y se frustra más según se va haciendo mayor. Cuando se conocen, ella cree que puede cambiarlo, y hasta cierto punto lo consigue. Pero la madurez le hace más controlador, y más estrecho de miras. Hasta que, por supuesto, tiene que replanteárselo todo tras la partida de ella.
Exasperante es la palabra. ¿Crees que esa incapacidad de Douglas para expresar sus sentimientos es inglesa por definición?
Quizás sí. La otra cara de eso es que, a pesar de que Douglas es muy convencional y algo estirado, se lo toma bastante a risa y es consciente de sí mismo y de su circunstancia. Quiero creer que si la incapacidad de expresar sentimientos es una característica británica, también lo es la ironía que por lo general la acompaña. Y el pitorreo hacia uno mismo, y la capacidad de autorridiculizarse. La ironía está en la diferencia entre lo que siente y en cómo decide expresarlo. Eso es británico. La manera en que sus sentimientos siempre se expresan discretamente, y con un cierto bochorno. Asimismo, como te decía, muchas de las influencias eran americanas, no inglesas, así que tampoco quería exagerar esos rasgos a lo Colin Firth que tiene el protagonista; a pesar de que esa es la voz que suene en tu cabeza cuando lo lees. Y por otro lado, si pienso en mis amigos ingleses de hoy en día, creo que todos son bastante abiertos, y cariñosos.
Quizás es un rasgo nacional que (por desgracia o por suerte) se ha ido perdiendo con el paso del tiempo, como un determinado acento local o un oficio obsoleto.
Tal vez. Douglas es un poco mayor que nosotros, pero tampoco tanto. Es también un tema de clase social. Él viene de una clase media almidonada, nada artística, de no resaltar… El término “clase media” en el Reino Unido puede significar un montón de cosas. Puede implicar un cierto tipo de bohemia respetable, o puede ser señal de ultraconservadurismo. Y Douglas es más del lado conservador. En estos momentos estoy trabajando en la adaptación de las novelas de Edward St. Aubyn sobre la clase alta inglesa, y me he dado cuenta de que a la nobleza no le quedó otro remedio que adaptarse a los nuevos tiempos. Porque en ellas nadie, nunca jamás, dice lo que piensa. No hay un solo momento de sinceridad, de franqueza, en ninguna de las cinco novelas de St. Aubyn. Nadie verbaliza cómo se siente en ningún momento. Y es una faena. Porque al realizar un guión solo puedes escribir lo que la gente dice, y ellos nunca dicen nada sobre ellos. Por eso decía que Douglas queda más simpático, porque lo que dice (que a menudo es terrible) queda atemperado por lo que piensa, que es mucho más profundo o sensible.
El tomarse a mofa a uno mismo quizás sea mi rasgo favorito del “carácter” inglés. Lo de no temer ridiculizarse, y quitarse solemnidad mediante la befa. Douglas lo hace continuamente.
Eso cambió mucho de la primera versión de la novela a la segunda. En el primer borrador, Douglas no pillaba por qué la gente se reía de él, no era capaz de racionalizar por qué era absurdo lo de sellar con cola instantánea el Lego de su hijo… Pero según progresó el borrador, se volvió más consciente de su circunstancia, y precisamente por ello mismo, más capaz de cambiar. Y también se convierte en alguien más divertido, por descontado.
Dice mucho del género femenino que a la hora de explicar por qué están con un hombre, la respuesta a menudo sea: “porque me hace reír”. Connie lo dice de Douglas. Eso le llena a uno de esperanza.
El libro se está leyendo ahora en clubes de lectura por toda la Gran Bretaña, y eso aparece a menudo. A pesar de que Connie es quien desea ser libre, y escapar, y empezar una nueva vida, muchas de las lectoras son del Equipo Douglas [ríe]. Se ponen de su lado porque es divertido, y cariñoso, atento y gentil y decente. Aunque uno se pregunta si en la vida real no se volverían locas al intentar compartir su vida con alguien como él. Muchas lectoras también me dicen: “Yo me casé con un Douglas”. Alguien que nunca dice lo que piensa, es controlador, siempre se preocupa por algo y es incapaz de relajarse. Parece que existen muchos Douglas sueltos.
En tu libro aparecen muchas obras de arte. Por lo común, las descripciones de cuadros o esculturas en las novelas me hace sentir ganas de escapar a las colinas, pero nunca sentí algo parecido con Nosotros. Quizás sea la voz no-pomposa e inexperta de Douglas.
Me daría mucho miedo escribir como un experto de arte, pero me siento perfectamente cómodo utilizando esa voz. La de alguien que se siente excluido del arte, que se pregunta “no sé si lo pillo, no sé si debería emocionarme, cuánto rato se supone que debo estar admirando esto”. No hay pavoneo alguno en este tipo de escritura sobre arte. Pero a la vez no quería que fuese anti-arte moderno, porque eso es un cliché terrible, “esto lo podría haber pintado un niño”, y tal.
“No sé mucho de arte, pero sé lo que me gusta”.
Exacto. Él nunca diría algo así. Solo siente que es un lenguaje que no controla. No lo desaprueba ni cree que es ridículo, pero tampoco sabe cómo descifrarlo. Es un lengua que no habla.
Eso también es una admisión muy humana. A mí me sucede con el teatro.
Y a mí con el ballet. Y en cierto modo lo que siento ahora por el ballet y la danza se parece mucho a lo que sentía por el arte. No empecé a ir a galerías de arte hasta bien entrada la veintena. Como el lenguaje no jugaba parte alguna, mis observaciones sobre las obras eran increíblemente banales. No sabía que decir ni que hacer, y era el que recorría el museo más rápido que los demás [ríe]. “No puedo pasar tres horas yendo de sala en sala”, me decía. ¿Tú vas a exposiciones de arte?
A veces. Si mi mujer me obliga. Pero por desgracia siempre me acuerdo de aquella frase lapidaria de Julie Burchill: “No conozco a nadie cuya vida haya cambiado tras mirar un cuadro”.
Ya. Lo mío siempre han sido los libros, las películas y la televisión. Ahora que entiendo lo suficiente de arte, entiendo que no es para mí [sonríe]. Y te lo diré susurrando: creo que me pasa lo mismo que a ti con el teatro. No soy un amante del teatro. Siempre encuentro las actuaciones demasiado afectadas, y las obras demasiado largas.
Es una pena, ¿verdad? Porque escritas están la mar de bien. Pero cuando veo a todos esos tipos afectados pegando berridos con mis frases favoritas…
Si. “¿Podéis hablar un poco más bajo, por favor?”. Y lo peor es cuando detecto que los propios actores se están aburriendo. Eso es algo que jamás sucede en el cine. Actores adentrándose en la rutina. Pero en el teatro se ve muy claro cuando empiezan a actuar de forma mecánica, sin ninguna pasión. Quizás soy capaz de detectarlo porque de joven actué bastante. Y soy capaz de percibir cuando los actores están pensando en el pub de después [ríe].

Kiko Amat

(Entrevista publicada previamente en formato breve en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 21 de marzo del 2015. esta es la versión extralarga, sin cortes, en exclusiva para Bendito Atraso)

Kiko Amat entrevista a HANIF KUREISHI (la charla sin cortes)

El autor inglés de ascendencia pakistaní vuelve con nueva novela, La última palabra (Anagrama), tras haber retratado (y emocionado) a una generación entera con El buda de los suburbios, mezclado acid house con fundamentalismo islámico en El álbum negro y haber puesto su alma en cueros en Intimidad. ¿A dónde se dirige uno tras todo eso?

KureishiHanif Kureishi se ha hecho algo mayor, pero la edad le sienta bien. Parece un caballero venerable, con ese gabán y americana y canas, y no hay trazas en su atuendo de aquel mozuelo pakistaní-inglés con camisas holgadas y melena acid que parecía sacado de un video de Happy Mondays. Estamos ambos a una hora asaz temprana en el Condes de Barcelona, y su inicial actitud -algo hosca- se va a ir diluyendo según avance nuestra hora de amena charla y el capuccino surta efecto. Kureishi habla en un acento desclasado que, sin embargo, se escora hacia la clase media (desde luego sin traza alguna del habla de sus ancestros), y está en la Ciudad Condal presentando La última palabra. Sobre la cual (debo avisarles) no voy a preguntarle una sola cosa; no es ese mi cometido. Pero sí hablaremos de coraje, de ir todo el día en pijama, de Billy Idol y Karl Ove Knausgard, de Nik Cohn, de acid house, de la fatua y de no ser ya un fiestero. Oh, y de qué hacen un CBE y un OBE cuando se encuentran en una recepción.

Antes que nada me gustaría saber qué clase de relación tenías con tus padres, y también el tipo de niño que eras: extrovertido, solitario, imaginativo, travieso…
Estaba muy unido a mi padre. Yo era muy fan de los deportes hasta que llegué a la adolescencia. Entonces empezó a fascinarme el pop, como muchos de mis amigos. En aquella época, hacia 1963, estaba explotando en Gran Bretaña. Esa era nuestra conexión con el mundo: a través de los Beatles, los Rolling Stones, y más tarde mediante los grupos americanos. Al margen de eso, los barrios residenciales como el mío, Bromley, en el sur de Londres, eran muy aburridos.
Alguien definió Bromley como “una lobotomía con ladrillos”.
Sí. Pero Billy Idol venía de allí, también Siouxsie and The Banshees, todo el Bromley Contingent de fans de los Pistols, que iban a mi mismo colegio… Así que después de todo había mucho endomingamiento, mucho maquillaje, mucho sexo y muchas fiestas.
¿Erais Bowie Kids, no?
Bowie era diez años mayor que nosotros, pero sí. Éramos hijos de Bowie. Bowie había ido al mismo colegio que nosotros, de hecho. Así que todo era muy aburrido y excitante y divertido a la vez. Recuerdo esperar en muchas paradas de autobús bajo la lluvia. Pero por otro lado estaba ese pequeño resquicio de esperanza, que era acabar en la música pop, o yo escribiendo, otros amigos terminar en el mundo de la moda… Se vislumbraba una mayor movilidad social. Todos nuestros padres trabajaban en empleos respetables, pero la generación de Jimmy Page, los Beatles, los Who, se habían saltado aquello. Gracias al blues americano. Así que buscamos una forma de escapar a aquel destino: ir a la escuela de arte y luego meternos en las artes. Si vuelvo la vista atrás, aquel salto me parece increíble.
Como un salto de ciencia ficción, ¿no?
Claro. Muchos de los artistas actuales son niños ricos, o hijos de actores y popstars. Son todos de clase alta. Pero nosotros fuimos una generación anómala; aunque a la sazón no lo supiéramos. El buda de los suburbios cuenta esa historia: cómo nos lanzamos a los disfraces y al teatro y al pop. Y a las drogas.
¿Cómo te cambió todo aquello, de niño a adolescente? ¿En quién te convertiste?
Mira, hace poco estuve en Nueva York y me compré la autobiografía de Billy Idol. Solo me leí las primeras 50 páginas, que son las de mi infancia. Yo era distinto a todos aquellos punks. Era muy estudioso y leía mucho. Ellos eran gente sociable, que es un elemento clave si formas parte de una banda. Antes me contabas lo de que estabas harto de estar encerrado en una habitación escribiendo novelas, pero para ser un escritor, eso es lo que haces: estás sentado en tu casa. Todo el día. En pijama. Con la puerta cerrada. Y para aprender a hacerlo tienes que pasar años así, desconectado de todo. Si estás en un grupo te pasas el día y la noche rodeado de tus amigos. Pero yo ya tenía la disciplina, y me gustaba. Y sigue sin importarme pasar el día entero sentado en mi despacho. En pijama. Escribiendo.
Irvine Welsh me dijo una vez que siempre había sufrido la dicotomía entre el tipo social y fiestero, y el tipo que necesitaba estar a solas con sus pensamientos. Como decías, tiene que gustarte mucho la soledad para emprender el camino de la literatura.
En efecto. Me gusta. Si eres astronauta, no puedes tener vértigo. Si eres futbolista, tiene que gustarte lo de correr. Estar solo va conmigo. Si no va contigo, es imposible hacerlo. Incluso cuando iba a fiestas y trasnochaba, escribía durante el día. Mi padre era distinto a los demás padres, porque era inmigrante, y teníamos esa mentalidad familiar: que habíamos venido a Inglaterra a triunfar. Que no habíamos viajado desde Pakistán para que nos lapidaran, como decía mi padre. Que eso ya lo podíamos haber conseguido allí. Mi familia era como de la mafia italiana. Veníamos aquí a trabajar, a labrarnos una posición en Inglaterra, a tener éxito. Teníamos una ideología.
Tu padre se debía llevar una buena decepción, al encontrar la atmosfera hostil, el clima inmundo, el discurso anti-inmigración de Enoch Powell…
No, mi padre realmente creía en Inglaterra. Creía en ella de la misma forma en que otros creían en la idea de los Estados Unidos. Creía que podíamos hacer fortuna allí, o al menos que podía irnos mejor que en la India o Pakistán. Así que a pesar del racismo y de Enoch Powell, estaba convencido que podía irnos bien. Era un credo extraño. Para empezar, nunca había habido un escritor como yo, indio nacido en Inglaterra.
Sí que habían habido escritores antillanos, ¿no? Sam Selvon, por ejemplo.
Sí, de Jamaica estaba Selvon, y otro autor que admiro mucho, ER Braithwaite, era de Guayana. Pero mi padre no conocía a esos escritores. Seguía creyendo que podía irle bien, y a mí también. Así que por mucho que una parte de mí fuese como Billy Idol y el Bromley Contingent, otra parte era muy aplicada y disciplinada. Muchos de mis amigos, quizás como te sucedió a ti, acabaron adictos a la heroína, yonkis, locos, alcohólicos… Pero yo me mantuve a salvo de todo aquello.
Cuando hablas de que ya escribías de joven, ¿Sobre qué escribías? Te hablo de los principios, cuando tan solo tenías dieciocho años.
Yo quería ser novelista. Explicar lo que sucedía a mi alrededor: las fiestas, las locuras, las drogas, los abortos, las sobredosis… Todo lo que me rodeaba de joven, y que solo había leído en novelas americanas. Especialmente en Kerouac y en los beats, a quienes adoraba. Pero entonces pensé que quería hablar también de raza. Y eso me llevó mucho tiempo, encontrar un modo de hablar de raza (de ser un paki, con padre inmigrante, Enoch Powell, el terror fascista, el National Front…) a la vez que hablaba de LSD y llevar melenas y querer ser David Bowie. O sea que ya de muy joven pensaba en El buda de los suburbios. No sabía qué narices estaba haciendo, pero claramente ya pensaba en unir a Jimi Hendrix y Enoch Powell. En el mismo libro. Entonces empecé a trabajar en el Royal Court Theatre, y al otro extremo de King’s Road estaba el pub The Roebuck, donde empezaban a juntarse todos los sujetos del punk, junto a la tienda de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, también al final de la calle. Esa era mi ruta a los diecinueve. Más adelante, hacia 1984 empecé a trabajar en Riverside Studios con Kathi Acker, y sobre esa misma época escribí Mi hermosa lavandería.
Martin Amis dice que cuando empezó a escribir vio de inmediato que aquello era para siempre, una iluminación precoz que a mí me resulta ajena. ¿Te sucedió a ti algo parecido?
¿Qué más iba a hacer? [esboza algo parecido a una sonrisa]. No sabía tocar el bajo, canto fatal, no quería acabar de funcionario para la embajada como mi padre… Lo intenté en varios empleos. Pero no eran para mí. Especialmente la parte de trabajar [ríe]. Me gusta quedarme en casa, escuchar música y escribir y leer. No quiero meterme en el puto metro a esa hora para ir a la oficina. Y sigo siendo igual. Mi padre era escritor, y mis tíos eran periodistas. Mi padre nunca había publicado, pero había sido periodista para muchos periódicos en la India. Y me dijo: “de acuerdo, sé escritor”. Para él era algo natural. Así que aquello es lo que siempre había querido hacer, y además quería hacerlo de forma profesional durante el resto de mi vida.
¿Pero no te arrastra la soledad a una melancolía incurable? ¿Nunca sientes ganas de apagar el ordenador y salir corriendo a la calle? Cuanto más lo hago yo, menos me gusta. Ese aislamiento resulta malo para mi alma, y se me está apagando el fuego narrativo, y no sé cómo avivarlo. O siquiera si debería avivarlo.
[Tajante] Quizás lo que sucede es que no eres escritor. Todos los escritores que conozco mantienen ese fuego del que hablas. Lucien Freud pintó hasta el lecho de muerte. Los músicos lo mismo. Estuve en casa de Brian Eno el otro día y me dijo: “Me encanta estar en esta habitación. Me encanta trabajar”. Yo le dije que me sucedía lo mismo. Esa es mi pasión y mi obsesión. En cierto modo, la pregunta “cómo debo avivar ese fuego” es la incorrecta. Porque cuando tienes la obsesión ni tan solo te lo planteas. Te levantas por la mañana y lo único que quieres es escribir, y se te ocurre una buena idea, y la cosa aún te excita. Y eso solo puede hacerse por amor. Si tienes que forzarlo, estás muerto. Has escogido el trabajo equivocado. Realmente es una obsesión.
Durante años creí que lo de escribir novelas era terapéutico, pero ahora veo que no. Que quizás te ayuda un poco a entenderte, pero que estar aislado en una habitación durante extensos periodos de tiempo hace más mal que bien a la psique. ¿A ti te ha ayudado a entender tu circunstancia?
Es que no estoy intentando entenderme. Estoy escribiendo libros. No es terapia. Estoy escribiendo guiones, relatos, ensayos; es trabajo. No me siento allí con la intención de entender mi vida. Solo es terapia en el sentido que es algo que me encanta hacer, y por tanto me sienta bien, y por añadidura mantiene a mi familia. Lo que, por supuesto, es altamente terapéutico. Miro mi hogar y me digo: “esta puta casa la conseguí escribiendo putos relatos. Es alucinante”.
Por terapéutico me refería más bien a cuando te sientas a escribir y de golpe aparece –por vía subconsciente- algo que no sabías que sabías.
Sin duda. Eso sí. Te sientas a las nueve de la mañana, y a las doce has escrito algo que no tenías ni idea que estaba dentro de ti. Es pura magia. Y eso que a las nueve te estabas diciendo: “Dios santo. No se me ocurre una mierda. Estoy acabado. Esto es una gilipollez. Creo que voy a suicidarme”. Un milagro. Pero sigo diciendo que la terapia está en que te sube la moral, y que haces algo que haces bien. La terapia es la propia creación.
En ocasiones te has definido como “autor cómico”. Y eres fan de Wodehouse, Waugh, Kingsley Amis… Lo único que me falta en esos libros es algo de tristeza. Pero por otra parte eso es lo magnífico de Wodehouse: que es un mundo perfecto, donde lo peor que puede sucederte es la visita de una tía inoportuna.
Tienes mucha razón, y a veces también yo echo en falta algo de conflicto real y melancolía en ellos. Creo que Evelyn Waugh sí tiene ambas cosas, humor y penumbra. Algunos de sus libros son muy duros, y él sufrió mucho. Mira Un puñado de polvo: es humor, pero muy oscuro. Wodehouse es más bien como Friends: nadie pilla un cáncer en Friends. Yo quería ser un autor cómico, pero hacerlo salvajemente.
BS Johnson dijo que todas las novelas deberían ser “cortas, brutales y divertidas”.
Nunca he leído a BS Johnson. Siempre estoy a punto de hacerlo, pero nunca lo hago. ¿Es un buen escritor?
Cuando seguía sus propios dictados de brevedad, diversión y brutalidad era la monda. Pero también fue muy experimental, como todos los modernistas, y entonces se puso a hacer novelas con fragmentos de página troquelados…
Y eso no te gusta.
No. Me gusta el formalismo. Pero volviendo al humor, diría que tú eres más The Smiths que garage rock. Lo tuyo es el humor autocrítico y atribulado.
Bueno, hay mucha tristeza en lo que hago. Y a la vez, como en The Smiths, un montón de bromas, es verdad. Y ternura. Así lo espero.
Del teatro pasaste al cine, con Mi hermosa lavandería y Sammie y Rosie se lo montan, y de allí a El buda de los suburbios.
Bueno, hubo un intervalo de cuatro o cinco años entre el segundo filme y El buda… Para mí, publicar la novela fue un enorme alivio, porque era la primera cosa que no hacía con Stephen Frears, o con gente del teatro. Era solo mío. Mi voz. Y era el primer libro de ese tipo que se publicaba en Inglaterra. Primero estuvo Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, que obviamente habla de la India, pero el mío fue el primer libro de raza mixta, punk inglés y cómico que además hablaba de raza. El asunto de la raza había estado sobreviviendo en los márgenes hasta entonces. Si ibas a una librería con la intención de leer un libro de un indio, siempre estábamos en la sección Commonwealth Literature. O Black Writing. La última aún existe. Nunca he sabido dónde debo estar, en la Blanca, la Negra, o en una Mixta en medio de ambas [ríe]. Estábamos marginados, y dejar de estarlo fue algo nuevo.
Para mí fue un shock encontrar todas las referencias que amaba en un libro. Hasta entonces había amado las novelas, pero las conexiones con el pop debía imaginarlas yo mismo. Fue la primera vez que un libro hablaba de mi vida. Bueno, la segunda, tras Colin McInnes.
[Ostensiblemente halagado] McInnes representó lo mismo para mí. Cuando leí Principiantes me quedé de piedra. Al fin alguien había escrito sobre algo real, sobre algo que sucede al otro lado de mi puerta. No creía que aquello podía ser posible.

Kureishi y otro señor

Kureishi y otro señor

Cuando un autor se hace muy famoso, ¿no teme perder todo contacto con la realidad y todo aquello que le dio alas? Volverse una rockstar alejada del mundo, como Rod Stewart.
Sí. Bueno, al principio me sentí muy feliz, porque el montón de dinero que estaba haciendo El buda… me permitiría seguir escribiendo. Dedicarme de lleno a ser escritor. Antes de El buda… tenía que vivir en casas okupa, quizás como tú, no tenía un duro… Entonces, de repente, tienes que convertirte en escritor. No puedes apuntar lo que te pasó ayer. Tienes que empezar a pensar de qué vas a escribir, porque tu bagaje ya está escrito. Es muy difícil ser escritor cuando ya has usado todas las historias de tu adolescencia. Es como un grupo pop que ya ha hecho un gran primer álbum, y ha utilizado todo el material que tenía escrito, y entonces piensa “a dónde coño vamos ahora”. ¿De dónde sacas el material, de dónde vendrá la inspiración? Por suerte, o por desgracia para Rushdie [sonríe], empezó la Fatua. Así que me puse a trabajar en El álbum negro. Empecé a pensar en religión, en fundamentalismo, en lo que le sucedía a mi comunidad. Me topé con Brian Eno un día por la calle y me preguntó de qué estaba escribiendo, y yo le contesté: “estoy escribiendo sobre algo que no le interesa a nadie, una cosa que se llama fundamentalismo musulmán”. Y él me dijo: “pues eso me interesa”. Le dije que a mí me fascinaba, porque era una nueva forma de fascismo. Fascismo religioso. Así que empecé a ir a mezquitas y a charlar con chicos jóvenes. De ahí salió El álbum negro y “Mi hijo, el fanático”. Eso coincidió con la época del éxtasis, que todos estábamos tomando.
Verano del amor, acid house…
Todo eso. Ministry of Sound, toda la nueva música, Primal Scream. Lo vi como una continuación de los hippies y punks. Acid house, claro. El Hacienda de Manchester. Y a la vez, los fundamentalistas. Así que me estuve rompiendo la cabeza para intentar unir ambas cosas, porque las dos me interesaban: una filosóficamente, y la otra desde el punto de vista de sexo y placer.
¿No temiste meterte en un terreno demasiado “serio” para un autor que tenía una vis cómica como tú? O sea: fundamentalistas islámicos. No son la alegría de la huerta, precisamente.
Ya, pero al menos era algo nuevo. Fascismo negro o asiático. Nadie había visto algo así antes. Y eran chavales de 19 o 20 años, mucho más jóvenes que yo. Eran revolucionarios. Nosotros también habíamos sido revolucionarios, pero de otro modo. Todos mis amigos habían sido trotskistas, o maoístas… Un amigo me dijo el otro día: “tengo cuatro casas, pero yo era maoísta”. El tío se lo creía, estaba en las líneas de los piquetes a las 5 de la mañana. Así que haber sido revolucionario en tu juventud no era algo nuevo, pero sí lo era el nivel hardcore de esos chavales. Quiero decir que sí van a Siria o Irak.
Y anhelan morir.
Y anhelan morir. Mientras que a ninguno de nosotros nos apetecía particularmente eso de morir [sonríe].
Según tengo entendido te costó bastante enfrentarte a tu nuevo rol de adulto con hijos. Es jodido eso de ser adulto y responsable cuando realizas un trabajo artístico, porque parte de lo que haces se fundamenta en ser un poco niño.
A mí me fue bien. Estaba en los treinta y largos, y de repente tuve gemelos. Dos niños. Recuerdo haber ido al parque con el cochecito, un puto engendro enorme, y eran las 7 o las 8 de la mañana, porque los niños se habían levantado muy temprano, y el parque estaba lleno de ravers que estaban allí para el chill out matutino. Yo acababa de levantarme, y les miré, y luego miré a mis hijos, y me dije: “ya no puedo ser eso. Ya no soy un raver. Estoy en otro lugar”. Y realmente me enmendé, empecé a trabajar muy duro, porque tenía que pagar su manutención. Pero me fue bien. Me había vuelto un padre. Tenía que ser responsable. Era lo que ellos esperaban de mí, que supiese qué estaba pasando. Porque yo era el adulto. Y dejé ir mi adolescencia. Había llegado el momento del cambio.
No hay nada más triste que un raver de cincuenta años.
No. Bueno, de vez en cuando aún me apunto a alguna rave [sonríe]. Mis hijos lo encuentran patético.
Recientemente se habla mucho de Karl Ove Knausgard y su monumental novela en seis partes, porque se ha cargado la línea entre autobiografía y ficción, y porque ha intentado contar toda la verdad de su vida.
Admiro a cualquiera que tenga las pelotas para intentar algo así. De veras. Ese tío es Lady Gaga, joder. Desnudo frontal de cuerpo entero. Me encanta y lo admiro. Y encima lo hace con talento. No nos muestra sus bolas porque sí. Nos las muestra, pero pintadas de oro [sonríe]. Eso es ser un artista. Es maravilloso. Mira a Francis Bacon, o Egon Schiele, las pelotas que tenían para hacer lo que hicieron. Me sucedió lo mismo con Intimidad. Pensé que tenía que ir y decirlo de una puta vez. Y hablar del oprobio y la deshonra. A Knausgard debe haberle sucedido lo mismo. Tiene que ser peligroso, lo que escribes. Tienes que escribir cosas que te avergüencen un poco, que te hagan sentir un imbécil.
Me choca que Knausgard se sorprendiese por la reacción que obtuvo.
¿De su familia, o de los lectores?
intimidadDe ambos. Un tipo que ha hablado en términos descarnados de su mujer, de su padre alcohólico, de su hermano, de sus propios amigos… Me parece muy naíf no esperar un cabreo generalizado. Tú debiste esperar algo de reacción adversa cuando publicaste una novela sobre abandonar a tu mujer y tus hijos.
Nunca lo esperas. Cuando Rushdie publicó Los Versos Satánicos consiguió que la gente no dijese: “lo ha hecho para provocar”. No. Era imposible. Nadie quiere lo que le sucedió a él. Cuando yo me senté a escribir Intimidad, en aquel momento pensaba que era el mejor libro que podía escribir en las circunstancias que estaba pasando. Y luego se lió la gorda. Pero yo no esperaba aquel lío, ¿Cómo iba a esperarlo? Deberías estar loco para hacer algo así. Dicho esto, una parte de mí estaba satisfecha; porque obviamente era un buen libro. Dicho esto, no creo que molestar a la gente sea una virtud en sí misma. Está chupado hacerlo. Así que si lo haces, tiene que ser por un motivo. Para mí fue muy importante demostrarme que tenía el coraje, los huevos de hacerlo. Exponerme así.
En ambos casos, además, el que emerge de todo el asunto luciendo peor es el protagonista. Tú quedas fatal, en Intimidad. No eres un héroe, desde luego.
Antes me preguntabas cómo lo hago para pasar el día entero solo en casa. La verdad es que es una pregunta muy interesante. Y muy importante. Cómo pasas un día entero dentro de tu cabeza sin enloquecer. Lo cierto es que enloqueces igual. Creo que eso es porque es una locura creativa. No es la locura del bajón post-fiesta, cuando estás deprimido y fatal. Es una locura provechosa, que estás utilizando para crear algo que signifique algo para otra gente. Esa es la diferencia.
Después de haber dado miles de entrevistas, me pregunto si has creado un alter ego público para lidiar con toda la intimidad desvelada, la desaparición de escudos… ¿En qué se distinguen los dos Kureishis, el que está solo en su habitación, en pijama, y el que sale a hablar con la prensa, va a galas, etc.?
[Larga pausa]. Interesante pregunta. Precisamente pensaba en eso ayer mismo. Pensaba: la gente a veces se convierte en marcas. O llevan siempre una ropa característica, porque son personajes públicos, como estrellas del pop, y necesitan llevar siempre lo mismo.
Eso me fascina. El peinado de Robert Smith. El sombrerito de Slash. O sea: tienen que salir con eso a la calle siempre. ¿Está en el contrato, o qué?
[Ríe] Exacto. O la gabardina de Graham Greene. Y siempre he pensado: “yo no quiero ser así”. Yo me veo como escritor, no como personaje público. Las entrevistas no me molestan. Lo más interesante de las entrevistas es el entrevistador. Porque yo solo puedo contestar respuestas interesantes si me preguntáis cosas interesantes. Depende de vosotros. Mi yo privado está lleno de ideas. Un amigo mío siempre dice que tiene la cabeza llena de música, y yo la tengo llena de palabras y pensamientos, ideas para relatos y ensayos y mierda así. Es lo único que hay aquí dentro [señala propia cabeza].
Pero haberte leído es como haberte pillado con los pantalones bajados en el lavabo. Hemos leído cosas de tu intimidad más secreta. No sé si te asusta toda esa desnudez, en una habitación llena de extraños.
¿Por qué debería preocuparme? Es lo que hacía Francis Bacon. O John Lennon con la Plastic Ono Band. Un artista es precisamente alguien que hace eso. Que hace eso y no le importa [sonríe satisfecho]. Que incluso le gusta. Que le hace sentir seguro. Los artistas de performances hacen eso, y también los actores. Miro a un actor trabajando y siempre pienso: “¿Cómo coño lo hacen?”. ¿Delante de 2000 personas? Yo me cago encima. Y luego muero. Antes que hacer eso. Pero a los actores les encanta, se sienten seguros en los brazos de otra gente. Porque esa gente te ama, y adora verte así. Desnudo. En cierto modo, se trata de ser desvergonzado. No tener vergüenza. Quizás sientes vergüenza porque no te has expuesto lo suficiente. La vergüenza es un fenómeno interesante. ¿Qué dirías tú que es la vergüenza?
Sé lo que es, pero no puedo decir que la sufra demasiado. No está en mi extenso catálogo de defectos.
Pero cuando escribes, seguro que hay una línea que no te atreves a cruzar. ¿Cuál es? ¿Cuándo te dices: esto no puedo decirlo?
Cuando toca hablar de mi familia (los miembros que aún viven). No me importa hablar de mis ridículos más bochornosos, pero no estoy cómodo hablando de los defectos o intimidades de mi familia. No tengo nada en contra de ello, y de hecho admiro cuando alguien lo hace. Pero yo no puedo. Tendría que matarlos a todos antes.
[Larguísima pausa] Me alegro por ti.
Bueno, no lo decía como atributo. La verdad es que es algo bastante pernicioso para un escritor, ese pudor.
La cosa es que te guste escribir. ¿Te gusta escribir?
Me encanta. Pero también me encanta estar aquí charlando contigo. A eso me refería con lo de salir de la habitación, antes. Para mí es igualmente provechoso e inspirador entrevistarte que escribir una novela.
Por supuesto. No me cabe ninguna duda. Es igualmente creativo, te doy la razón. Antes no pensaba así, pero ahora tiendo a pensarlo. Puedes hacer cualquier cosa. Pude ser no-ficción. Knausgard se ha inventado lo suyo, ¿por qué no? La novela es una disciplina bastarda. Puede ser cualquier cosa.
Hace poco has estado metido en una polémica en el Reino Unido por haber dicho que la asignatura universitaria de escritura creativa (que tú mismo enseñas) era una completa pérdida de tiempo y dinero.
Los estudiantes me gustan. Lo que no me gusta es la asignatura, ni tampoco el sistema capitalista de la universidad. Con esa mierda estoy en desacuerdo. Los estudiantes son gente muy respetuosa. Algunos vienen a mi casa, y yo les enseño. Lo que no me gusta es el puto sistema. El sistema lo jode todo. A ellos y a mí. El sistema es como una agencia de contactos; es mi forma de conocer a mis estudiantes. Pero no tiene por qué gustarme el sistema. No me gustan los títulos que obtienen. No me gusta ni eso, ni aquello, ni los otros profesores, ni la universidad. Ni los muebles. Pero me gustan los estudiantes. Son estudiantes, y precisamente por eso no se dan cuenta de que el sistema les está robando una enorme cantidad de dinero a cambio de muy poco. De un certificado que en última instancia carece por completo de valor. Y la enseñanza no es de muy buena calidad. Y luego me dicen: “Hanif, vienes aquí quejándote de tal y cual”. Pero no me quejo por mí. Estoy intentando señalar que el sistema es una mierda para los estudiantes.
Decir que la narrativa no puede enseñarse suena un poco esnob, pero yo tiendo a creerlo. Que puede darte herramientas si ya tienes talento o inclinación, sí. Que puede darte ese talento, ni hablar. Es como dar clases de guitarra. No por recibirlas vas a convertirte en…
Johnny Marr.
Eso. Y no es por ir de inteligente. De hecho, soy bastante fan de cierta burricie sana.
No deberíamos fetichizar a los estudiantes inteligentes. Los estúpidos me parecen más interesantes. Cuanto más estúpidos son, más quiero ayudarles. Y menos sentido tiene. Pero es hermoso.
Penúltima pregunta: hace años te dieron el CBE, la medalla de Comandante del Imperio Británico. ¿Qué carajo significa eso? ¿Es el CBE más alto que el OBE, el Oficial del Imperio Británico? ¿Y si te encuentras con un OBE en una fiesta, tienen que genuflexionar o…?
¡Hacer lo que yo diga! ¡Jugar con mis bolas! ¡Cada vez que me apetezca! [suelta su primera carcajada]. Lo más alto es recibir un Knighthood, luego va el CBE, luego el MBE y luego el OBE. En mi medalla dice dos cosas geniales: “Por Dios y por el Imperio”. Me lo dieron por dos cosas que no existen. No me digas que no es la monda. Estoy muy orgulloso.
Por lo que tengo entendido, eres amigo de Nik Cohn. Sin lugar a dudas, mi escritor favorito sobre música pop. ¿Cómo se encuentra?
Me encanta que me preguntes por él. Su salud es muy débil, tiene una hepatitis bastante acusada, pero es un gran hombre. Ha vivido una gran vida. Siempre que le veo me cuenta historias increíbles. Yo le dije que debería escribir todo aquello, no hacía falta que fuese cronológico, y se puso a escribir su autobiografía [se escucha un chillido de gozo del entrevistador]. Y ahora está en ello. Hablará de todo: de Keith Richards, de Pete Townshend, de haber sido un gángster, de haber sido yonki, de Irlanda… Nik fue muy bueno conmigo. Hubo una época en que yo estaba atascado, y no escribía. Él estaba en Londres por aquel entonces, y fue un gran amigo. Yo llevaba meses sin escribir una palabra. Él me cogió y me dijo: “¿Meses? ¡Yo me pasé 12 años sin escribir!”. Se volvió yonki justo después de Fiebre del Sábado noche, que le hizo rico. Qué alegría que me hayas hablado de Nik. Creía que ya no estaba de moda.
Bueno, la gente le hace menos caso que a mentecatos como Nick Kent, pero para mí siempre será el número uno indiscutible. Mi favorito total.
Nik era más modesto. Para empezar, nunca quiso ser una rockstar. Siempre le ha gustado ir de traje, lucir respetable, como un gerente de banco; no es particularmente hip. Aunque lleva siempre un sombrero guay. Le diré que he hablado con un fan suyo. Se pondrá muy contento. Kiko Amat

(Esta es la versión sin cortes ni acidulantes de la entrevista que publicó el suplemento Babelia de El País del 24 de enero del 2015, y que pueden leer en su versión oficial y resumida aquí)