Humillación en el restaurante con ínfulas

Me cuentan que este texto no lo leyó casi nadie, solo 400.000 personas (hace varios días; quizás ahora sean más; cómo rayos voy yo a saberlo). A ver si esos 400.000 fulanos se leen también la oda a The Business. O compran Chap chap. Si todos compran Chap chap me hago un traje de lamé dorado y me tatúo a Deadpool haciendo el pino en una nalga y me llevo a mi familia de vacaciones a New Hampshire (porque suena opulento; en realidad no sé ni dónde carajo para).

Apareció como la primera parte de una serie de aventuras de escritores en restaurantes, que decidió inaugurarse en El Comidista de El País cuando yo presenté este texto la mar de gracioso.

Léanlo aquí y sean el lector turista 400.001.

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Un “All Black” en Sant Boi

A veces, de entre el monstruoso puré publicado de locura punible por la ley, artículos sobre ventosidades, chifladuras sobre temas arcanos que solo me interesan a mí y diatribas contra fulanos que me caen gordo, aparece un artículo del que estás orgulloso de veras. O sea: DE VERAS.

Esto no es tan habitual como parece; no soy Johann Sebastian Bach y la genialidad se paga cara (y cuesta más de extraer que pepitas de oro en el Yukón de la fiebre alta).

Uno de esos artículos es el que escribí hace poco para Papel, el suplemento dominical de El Mundo, y que se publicó el pasado domingo 1 de noviembre, al día siguiente de que los All Blacks volvieran a ganar la Copa del mundo de rugby. Se tituló “Un All Black en Sant Boi” (en la edición papelesca).

Es parecido a aquel que escribí sobre los escaladores, y que quizás algunos de ustedes recuerden aún (se incluyó en Chap chap). Es un canto de amor, ni más ni menos. Al rugby, a mi infancia, a mi padre y a todos esos tipos rudos con clavículas-ballesta que en Rompepistas llamé Los Cuellos.

Molan, los cantos de amor a las cosas. Mola, el rugby.