Kiko Amat entrevista a VIV ALBERTINE (The Slits)

El País fletó un avión para que yo entrevistase a una ídola de siempre: Viv Albertine, de The Slits, ahora con librazo de memorias recién traducido y editado en Anagrama.

Pa’ londres que me fuí de ida y también vuelta, ya con un entrevistazo de órdago en el saco. Esto de aquí que pueden linkar es la entrevista que todos ustedes leyeron (a miles de millares) en Babelia de El País, para leer en el metro o mientras discuten con su pareja o perplejos ante la programación televisiva actual.

Lo que les cuelgo a continuación es la entrevista sin cortes, director’s cut, en exclusiva para todos aquellos de ustedes que han conservado la fe en Bendito Atraso, y que pueden llevarse al baño si padecen de fatigoso tránsito intestinal, por ejemplo. Porque es muy larga. Y muy buena, qué leches. De las mejores que he hecho, a decir verdad.

Viv Albertine (The Slits)

“La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida”

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Del Manual Básico para Entrevistadores: no dejes el suelo del entrevistado hecho un asco. Desoyendo ese mandamiento elemental me presento en el estudio londinense de la artista Viv Albertine con unas botas que destiñen. Ella no las ha admirado, pero lo hará en cinco minutos, al ver que mi (espasmódico) andar arriba y abajo de su cocina ha dejado unas pisadas horribles. Mi anfitriona me pide si podría no hacer eso, por favor. Al mirar veo que las huellas forman un patrón negro. Mientras Viv friega el estropicio (y yo me fundo en excusas) pienso que aquellas manchas podían representar los abruptos pasos de baile de alguna canción de The Slits.

Viv Albertine es una de las figuras improbables del pop, y su banda (cuatro mujeres) la más radical de la época. The Slits eran todo lo no-rock que un grupo puede ser sin hacer canto gregoriano. Una amalgama de dub, pop, punk, baile Ubangui y discordancia que parecía no tomar un solo consejo del libro del rocanrol –ni en pose ni sonido- y desmontó cada cliché de la industria.

No fue divertido, pero sí excitante. Su memoria Ropa, música, chicos (Anagrama) habla con cruda candidez de lucha y pasión creativa en una vida sin domesticidad. Para ella, “feliz” es una palabra fea, “normal” un insulto. Interrogamos a la mente más despierta y la heroína más reticente del punk rock.

Empecemos con una pregunta rompehielos: ¿Qué has hecho hoy? ¿Cuál es tu rutina?

No tengo una. Empiezo el día quedándome en la cama más tiempo del necesario. Me encanta la cama. Me despierto y me quedo allí una hora, pensando. No de forma muy concentrada, solo pensamientos al azar. De vez en cuando surge una idea, o algo que me preocupa sube a la superficie. He vivido una vida bastante rápida; ahora me gusta la tranquilidad y la quietud. No le tengo miedo a la calma. Ni siquiera escucho música. Solo silencio, o el sonido de la ciudad. En los setenta teníamos aburrimiento, y ese aburrimiento gestó algo que ha sobrevivido cincuenta años. No soy la primera en decir que los chavales de hoy no saben aburrirse. El aburrimiento es muy importante para la creación de arte, como también lo es la frustración.

Los que venís del punk siempre habláis del aburrimiento y la mediocridad de los setenta, pero leyendo tu libro he vuelto a pensar que los años cincuenta de tu infancia eran aún peor.

Sí. Londres parecía estar aún en los 40’s [sonríe]. Nuestros padres habían vivido la IIª Guerra Mundial y tenían una lista de prioridades distinta. Para cuando llegaron los sesenta lo único que queríamos nosotros era ser felices, pasarlo bien, ser jóvenes para siempre. Nuestros padres se perdieron todo eso. Ellos vieron a gente morir, vivieron el racionamiento, mi madre nunca cogió un taxi, no comía azúcar (mientras que nosotros nos hinchábamos de chocolate). Hubo un gran cambio entre generaciones. Nosotros éramos más Yo, Yo, Yo. Y asimismo, se nos pegó algo de la austeridad paterna. A menudo me entrevista gente que tiene veinte años menos que yo, y una de sus preguntas siempre es: “¿Eres feliz?”. De niña nadie me preguntó eso. Nunca tuve la esperanza de ser feliz. No era algo que entrara en la ecuación. Mis padres habían vivido dos guerras. Nadie esperaba acceder a un estadio de felicidad ininterrumpida. Nuestra generación tampoco. Yo no esperaba ser feliz. Esperaba tener una vida interesante. La felicidad está sobrevalorada. Es una expectativa falsa, o no del todo deseable. Mi imagen de la felicidad es un estado estático: estar sentado en el sofá comiendo bombones.

Nice is a cup of tea, que decía Lydon.

Sí. Es un estado de sedación. La felicidad no me interesa. “¿Estás alerta?” me parece una pregunta mucho más interesante. ¿Te enteras de lo que pasa en el mundo? ¿Estás despierto? No puedo contestar “sí” a la pregunta de si soy feliz. Por otro lado, si contesto que no, el interlocutor siempre dobla el cuello así [realiza el gesto de condescendencia que uno haría con un bebé] y responde: Ooooh. Lo mismo cuando me preguntan si estoy soltera. Dios mío. Vivir en pareja: qué completa pérdida de tiempo. Me sorbía el alma. Toda la energía que tienes que dedicar a ser pareja de alguien, visitar a los suegros, por qué no me llama, por qué llega tarde… En los últimos seis años en que he estado soltera he completado el trabajo de cinco personas. Soy una artista egoísta.

Un artista tiene que ser egoísta. De otro modo nunca haríamos nada de provecho.

O si lo hacemos sería falso. Porque para ser un artista honesto tienes que decir lo que piensas, y eso daña a otros. Hasta hace muy poco los hombres lo tenían mejor, porque podían hallar a una pareja a la que no le importara ser la “musa”, la “facilitadora”, la que ayudaba al hombre a crear. Nunca hallabas a un hombre que aceptara ponerse en la posición inversa. A la mujer siempre se le dice que no debe dañar a los niños, que no debe dañar al hombre, a sus padres… Pero no puedes ser artista y no dañar a nadie. Aún diría más: para ser artista tienes que ser un poco desagradable. Tener una visión afilada. Y todo eso no encaja con lo que se espera de ti como mujer. “Anímate, cariño, vaya cara más larga, por qué no sonríes un poco más…” [ríe] Cuando empecé a dirigir para televisión yo era una de las pocas mujeres de la BBC, y siempre sonreía a todo el mundo en las escaleras. Nadie me sonreía de vuelta. Era un mundo muy competitivo. Y yo ahí, sonriendo como una secretaria. Intenté dejar el hábito, pero es difícil [ríe].

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De niña aprendiste que la vida era injusta y que, como decías, el aburrimiento era una energía. Así como la rabia.

La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida. Vengo de una familia de clase obrera, nada bohemia, sin dinero pero también sin libros en las estanterías, sin contactos molones ni nada parecido. La generación de mi madre fue aplastada, tuvieron que abandonarlo todo. Salían de la guerra y no las dejaban trabajar (para conseguir un empleo tenías que quitarte el anillo de casada). Solo se las conminaba a ser amas de casa y criar niños. Lo escuchas a menudo: “si no llega a ser por que naciste tú habría sido bailarina”. Eran una generación de mujeres frustradas, y nos convirtieron en militantes. Somos la segunda ola feminista, nacimos de su amargura. Yo solo tenía la rabia de mi madre y mi propio aburrimiento [sonríe]. Estaba siempre indignada, por lo que le habían hecho a aquella mujer tan inteligente. Veía la televisión y me ponía furiosa (aún lo estoy). Yo no era muy guay, ni muy inteligente. El cabreo era mi gasolina.

Hablabas de padres bohemios, siempre tan irritantes para los que nacimos de padres normales, nada intelectuales ni enrollados. Por desgracia, todo apunta a que nosotros somos ahora los padres bohemios. No puedo evitar un cierto autoasco.

[ríe] Sí. Creo que lo que va a suceder es que nuestros hijos van a querer ser normales. Mi hija tiene diecisiete años y está muy centrada. Es trabajadora, constante, toca en un grupo pero solo para divertirse, quiere estudiar inglés en la universidad… Creo que yo le he aportado esa estabilidad. Le he dado la parte de clase obrera, sin pretensiones, sin gilipolleces, y también le he mostrado los libros y el arte. No querría que mi hija estuviese tan desequilibrada como yo. Que fuese tan rabiosa y violenta.

En el fondo deseas que tus hijos sean feli… Perdón. Que sean estables emocionalmente. A la vez sabes que no crearán ningún tipo de arte válido, porque solo los neuróticos y magullados y alienados crean arte que tenga algún valor.

¿Sabes qué? Creo que el arte ha acabado. Si hablamos de occidente, a lo largo del último siglo ha sido la clase obrera la que ha marcado el ritmo visual, del pop y de casi todo. Ahora son los hijos de las clases altas los que están marcando el ritmo, pero nunca harán arte rebelde, porque son los hijos de los gobernantes. A la mierda el arte. Nuestros hijos serán ayudadores, serán facilitadores. Tendrán egos más pequeños. Todo eso de subir a un escenario y hacer poses con la guitarra, esperar a que la gente aplauda cada tres minutos… Es patético.

Desde luego el rock actual está del todo estancado. No puedo comprender cómo puede fascinarle a alguien de quince años.

Estancado es la palabra. ¿Y lo de convertir a uno de esos gilipollas en Dios, solo porque ha hecho dos canciones que riman? El género era radical en mi tiempo, pero ahora ha perdido todo el sentido. Si yo tuviese diecisiete años no pensaría que lo radical es estar en un grupo. Me parecería la opción más cómoda y aburrida. Preferiría ser un activista, o un abogado de derechos humanos, un estudiante de química… Cualquier cosa, en realidad. Yo hice lo que hice porque no tenía nada y estaba llena de resentimiento, y mi único camino creativo fue el que existía. Pero hoy no haría eso.

Puestos a admirar a alguien, admiremos a los profesores de la escuela de nuestros hijos, no al gilipollas ese de Kasabian.

Exacto. Mucha gente me sigue preguntando qué bandas escucho, qué grupos me gustan. Yo siempre contesto que me interesan muchísimo más los cereales del desayuno que los grupos de rock.

En el libro mencionas cómo todos aquellos músicos fueron tus maestros. Los que te señalaron los libros que merecían la pena, los discos que cambiarían tu vida…

Lo fueron. Comprendí lo que era Vietnam gracias los músicos americanos. Supe del Che Guevara gracias a la cultura pop. Me enteré de lo que eran las drogas por las canciones. Se trataba de gente que iba ahí fuera, lo experimentaba y luego venía a contártelo. Ahora, con internet y los viajes low cost ya no necesitas que nadie viaje para contártelo luego. Los músicos de antes eran como trovadores, que iban arriba y abajo del país contando la historia de la gente. Y no eran dioses, o al menos muchos de nosotros no los adorábamos de ese modo. Para empezar, eran gente interesante, espabilada, los veíamos como emisarios, como mensajeros… Yo viví un tiempo en que la música era el vehículo principal de la excitación y la rebeldía. Era peligrosa. No puedo entender cómo hoy se glorifica a unos cuantos pijos con tatuajes recién salidos del colegio privado. Siempre le digo a mi hija que intente distinguir en quién es radical y quien se hace el radical. Una chica rapeando en Afganistán: eso es radical. Arriesga su puta vida.

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Del punk me encanta una palabra que ha caído en desuso: poseur. Era muy útil. Posturero. Hay tantos ahí fuera…

Sí. Y otra que también se usaba mucho era careerist (arribista). Posturero y arribista eran las dos peores cosas que podías decir de alguien. El otro día estuve con dos músicos jóvenes que no paraban de decir “mi carrera esto, mi carrera lo otro”. Me dije: estos dos fulanos pertenecen a una especie distinta a la mía. Podrían ser contables, ya puestos, tanto hablar de su mierda de carrera. La música es algo que va abrir tu mente, transportarte hacia delante, ver las cosas de otro modo. Para estos chicos, la música es solo un modo de empezar empresas. En los sesenta toda la cultura era de clase obrera. Los ricos no participaban en las artes más que como mecenas o mánagers. En los ochenta decidieron empezar a trabajar, pero no en trabajos de mierda. Querían los glamurosos. Qué listos.

Es muy fácil dar por sentado algo que era radical cuando emergió. Hemos visto tantas copias de Hemingway que es difícil explicar lo revolucionaria que era su forma de escribir entonces. Lo mismo sucede con el rock’n’roll.

Desde luego. El contexto es muy importante. Es fácil meterse con Germaine Greer, decir que lo que hizo está pasado de moda, pero en su momento aquello era insólito. Internet tiene una tendencia a reescribir la historia con alteraciones. Por eso decidí escribir el libro en primera persona. Hay demasiados libros de hombres que no estuvieron allí, hablando de los tipos de guitarras que utilizaba no sé qué individuo. Es como un hobby de nerds.

Lo de la ropa también ha perdido sentido. En el libro explicas que te ayudó a “reconocer a un hermano” (en el caso de Mick Jones). Pero la estética se ha banalizado por completo.

Habrá feministas actuales que objetarán al título del libro. Chicos, ropas, música, qué poco feminista. Pero los chicos que yo conocí estaban muy politizados, eran gente muy sensible e interesante. Y en cuanto a la ropa, en aquella época decía quién eras. Te separaba. Te arriesgabas a que te violaran, que te atacaran, con cierta ropa. Hoy puedes ir a Primark y vestirte de punk, a la mañana siguiente de rocanrolera 50’s, a la otra de estudiante pija… Cada día adoptas un personaje, cosa que en el fondo me parece bien. Pero que quede claro que no tiene nada que ver con lo que te sucedía si te vestías de punk en 1976. No es comparable. Para nosotras la ropa era una especie de panel de anuncios. Especialmente en el caso de The Slits, porque mezclábamos en nuestra imagen todo lo que se esperaba de una mujer, solo que revuelto: un poco de sadomaso, un poco sexy, un tutú de ballet, zapatos de tío, chaqueta de delincuente… Y la gente lo odiaba. Sabían que nos estábamos mofando de todos los estereotipos.

El mundo de The Slits era uno donde un colega punk podía venir a decirte: “nosotros también queremos a un pibón en la banda”. Y no señalo a nadie.

[ríe] Pobre Paul Weller. Aquello era el mayor elogio que podía imaginar. Y él era buen tío, nada abusón ni maleducado. Es un buen ejemplo de lo arraigadas que estaban ciertas costumbres. Hoy me he acordado de mi padre, de cuando volví a verle después de muchos años separados, y andando por la calle no paraba de señalar a otra mujeres, mira esa, qué fea, mira esa qué buena está… Todos los hombres se creían con el derecho de hacerlo, ni siquiera era algo arriesgado. Las mujeres estaban para que tú las juzgaras. Yo le dije: “deberías echarte un vistazo antes de ir por ahí juzgando a las mujeres”. Mi padre se quedó de piedra. Jamás habría imaginado que lo que hacía fuese reprobable. Todos los chicos con los que salí tenían algún comentario que hacer sobre mi cuerpo: “tienes el típico cuerpo de pera inglés”, “tu nariz esto”, “tu barbilla hace eso otro cuando ríes”… Al final estás tan cohibida que ni te atreves a desnudarte. Los chicos de hoy son diferentes, según me cuenta mi hija. Mucho más considerados. Pero en la época aquella mierda asesinó mi sexualidad. Me agotó. The Slits estuvimos juntas menos de siete años, y aún me siento agotada por todo aquello. Siete años de pelea constante.

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En el libro no aparentas ser feliz en ninguna foto, hasta la página en que sales sosteniendo a tu hija. En todas las fotos de la banda, o de la época punk, apareces preocupada o triste.

Es interesante que lo veas así. Nunca tuve un solo momento de gozo, o felicidad, es del todo cierto. Inspiración sí, satisfacción artística también, pero nunca alegría. Tampoco de niña. Quizás si me hubiese dedicado activamente a la búsqueda de la felicidad la habría terminado hallando, pero no era eso lo que quería. Quería retos. Pero a la vez todas las puertas se me cerraban porque era una chica sin estudios y sin un duro. Nunca pensé en ir a la universidad, o formar un grupo. Todo se me presentaba como imposible. Todo era lucha.

En el libro dices algo parecido a lo que Steve Jones afirmaba en The filth & the fury: creía que los músicos caían del cielo.

Y tanto. Por eso cuando vi a los Pistols pensé: he aquí algo que yo podría hacer. Son exactamente igual que yo, solo que son chicos. De clase obrera, de la misma zona, mismos colegios, mismas voces, misma falta de títulos, misma impericia musical. Por primera vez vi que gente como yo podía hacer algo. Que no tenías que ser una cantautora glamurosa como Joni Mitchell, o una chica sexy y desacomplejada como Suzi Quatro o The Runaways. El único salto que tuve que realizar fue de chico a chica.

Lydon ayudó a vencer complejos, sin duda, con su inseguridad física y su timidez.

Sí, y creo que se estableció una cadena, en la que nosotras adoptamos ese papel para otras chicas. No éramos glamurosas, ni ricas, ni intelectuales ni veníamos de familias cool. No éramos la jodida Laura Marling, que es hija de un puto conde. Cuando regresé a la música a mis cuarenta años mucha gente me venía a decir que yo era una “leyenda”. Nunca nadie me había dicho algo así, y desde luego no me sentía como tal. En mi libro traté de deconstruir eso de la “leyenda”, para que cualquier chico, o chica, o transexual, o chaval de clase obrera, viese que no hace falta ser un guay de nacimiento como los nuevos artistas. Que puedes ser todo lo mierda, y todo lo tímido, y todo lo inepto que desees, igual que yo. E incluso así hacer algo con tu vida.

Los músicos que me hablan a mí tienen una cosa en común: están muy poco cómodos en su propia piel. Vic Godard, Wreckless Eric, Lydon, Bill Withers, Ray Davies, tú misma… Siempre parecían desear estar en otro lugar.

Creo que lo raro es sentirte cómodo con el espectáculo. Desconfío de la gente para la que estar ante los focos es lo natural. Vas a cualquier concierto ahora, de cualquier banda de tercera, y el espectáculo es fastuoso. Me parece incomprensible. Para hacer arte que sea relevante a cualquier nivel tienes que tener los pies en el suelo y dudar de ti mismo durante todo el proceso. Si vas a estar allí arriba, en el escenario, aporreando un trozo de madera durante tres minutos, con un estribillo a repetir cada dos, al menos tienes que ser consciente de que lo que haces es como el Mago de Oz. Que hay un elemento de timo en ello. En caso contrario no eres un buen artista.

Lo de The Slits, si uno no conoce su historia, podría parecer un proyecto científico planeado al milímetro: cojamos algo de dub, algo de free jazz, una pizca de punk, pillemos a una alemana de 14 años que baila como una mantis… Cuando en realidad era todo accidental.

Todo partía de ideas muy abstractas, muy espontáneas. Veo a grupos que están muy preparados, que han estudiado muy bien su camino, que casi parecen musicólogos. Han ido a colegios de música, y lo saben todo de estructura, pero tienen una visión muy limitada del mundo. Por el contrario, todos los músicos de los sesenta y setenta habían ido a la escuela de arte. Casi nadie sabía tocar, pero se valoraban todos tus talentos. Todos los que no querían un trabajo manual o una carrera formal iban a la escuela de arte. Allí tuvo lugar una fertilización cruzada. Se juntaba la música, las artes plásticas, el cine, el teatro… No había otra cosa. Hoy esto se ha puesto en compartimentos separados, es mucho más aburrido. Vas a la escuela de música y estudias música.

Si agarras un Quién Es Quién del pop de los sesenta o del punk te das cuenta de que toda la gente interesante venía de la escuela de arte.

Si tenías cierta edad, un temperamento artístico y no sabías qué hacer con tu vida te enrolabas en la escuela de arte. Todos tus artistas favoritos habían ido allí. Yo no tenía ni idea de qué iba a aprender. Solo que pasaría tres años sin trabajar, besuqueando a un montón de chicos y haciendo cosas fascinantes. Desde luego no era un paso pensado para conseguir algún tipo de ocupación fija, o una carrera. ¿Carrera? Eso es lo último que se me pasaba por la cabeza. Ahora voy a dar charlas a escuelas de arte y todos los estudiantes apuntan lo que digo en sus libretas. Lo tienen todo planeado para que esos tres años den un fruto rentable. Para montar sus negocios. Pero hace unas décadas nadie lo vivía así. Era algo tan hermoso, lo de vivir al día, sin la menor perspectiva de futuro… Y si algo interesante se te cruzaba por delante, lo cogías. Y si luego había otra disciplina que te atraía más, cambiabas de idea. Se fomentaba la espontaneidad. Todo lo que aprendí en la escuela de arte lo llevé a The Slits: cómo trabajar lo visual, cómo hacer que nuestros cuerpos fuesen lienzos, que todo lo que llevamos y los colores que usamos tuviese un significado, que los signos dijesen algo. Cogimos todo lo que se suponía que tenías que hacer con una guitarra, y la postura que tenías que usar, y cómo tenía que sonar, y lo desmontamos en muchos pedazos, y luego lo volvimos a montar. Nos lo inventamos por el camino. Eso era lo mejor, no formar parte de la tradición del rock’n’roll. Incluso gente como Steve Jones, que es adorable, había pasado horas delante del espejo haciendo posturitas de rockero. Pero The Slits no. Nunca esperamos que haríamos algo así. Todo era nuevo.

En el libro dices que cuando empezabas a tocar te planteaste “cómo sonaría yo si fuese un sonido de guitarra”. Dudo que nadie en el rock se haya preguntado eso, jamás.

Es cierto. Lo siento, pero los grupos de chicas del punk eran mucho más radicales que los grupos de chicos. Ellos todavía pensaban en Buddy Holly, en Keith Richards… Por mucho que estuviesen en el punk tenían esos modelos a seguir de los que no podían zafarse. Nosotras no. Nunca copiamos a los hombres. Tuvimos que inventar otro lenguaje, porque no existía.

Y si os fijabais en alguien era en Sun Ra, o Max Romeo.

O Don Cherry. O Mary Poppins. Nuestros modelos eran extraños, no nos daba ninguna vergüenza coger de todas partes. Y Ari era tan joven… No le había dado tiempo a que la sociedad le jodiese la mente. Era alemana, había pasado media infancia en un internado, en cierto modo era como si su mente estuviese inmaculada, era como una niña salvaje. Parecía Kaspar Hauser.

Como decíamos antes, los artistas no tienen por qué ser “majos” de un modo convencional.

Ari era muy difícil. No sé qué habría sido de ella de no ser por el punk. En serio. Le salvó la vida. Le proporcionó una válvula de escape y una dirección para toda aquella energía demencial. Todos éramos gente rara, todos veníamos de familias jodidas. No había internet, no había revistas que hablaran de nosotros, gravitamos hacia el punk porque era el único sitio que nos aceptaba. Todos padecíamos trastornos de personalidad en uno u otro grado. Ahora se utiliza el término “apareamiento concordante”: un determinado tipo de gente se junta por un factor determinado. Acabamos en la tienda de Malcolm y Vivienne porque éramos el mismo tipo de gente. Hoy en día sucede algo interesante y millares de personas se enteran al momento. Pero entonces tenías que tener una mente determinada para acceder a aquello. Era una voz que se filtraba a través de las generaciones, pero que se mantenía a salvo del pensamiento común. Ahora hay una exposición punk en Londres. Horrible. Y me alegra que no haya nada allí. No tienen nada que mostrar. Porque en realidad era una actitud, no algo físico.

Siempre he visto el punk americano como una cosa más enrrollada, más rocanrolera. Mientras que el punk inglés nació de un puñado de inadaptados con mala dentadura. Chavales vírgenes y patizambos.

Yo opino lo mismo. Creo que el punk americano es una cosa distinta. Eran gente mucho más sofisticada y callejera. Navajas automáticas, chupas de cuero. En los Ramones había chaperos, por ejemplo. En sus círculos había prostitutas, heroína. Patti Smith venía de la poesía. El punk inglés era muy inocente, comparado con aquello.

El sexo en el punk inglés siempre es desastroso. En tu libro hay varios ejemplos de sonrojante impericia. Tu mamada a Lydon es quizás el momento del libro que da más dentera.

[ríe] Las mamadas eran cosa de americanos. Los americanos llevaban años y años practicando felaciones a diestro y siniestro, era como una tradición nacional. Según he leído, muchas madres americanas recomendaban la felación como sustituto al coito, para evitar embarazos no deseados. Pero aquí eso ni existía. No teníamos ni porno. Ni videos. Si querías ver películas porno tenías que ir a un cine X, pero nadie lo hacía, era una cosa de viejos salidos. Así que lo que todos practicábamos era una especie de sobeteo absurdo durante horas. Una cosa sin sentido. Al final perdías interés.

Todo era tan excitante que follar era la última de las prioridades. “Sexo son dos minutos de sonidos chapoteantes”, como dijo John Lydon.

Sí. Nadie pensaba mucho en ello. Y todo lo de la ropa sadomaso era una cosa extrañísima, nadie había visto jamás esos artilugios. Aquello era algo que alguna gente (gente rica) utilizaba en la más estricta privacidad. Nosotros lo usábamos para ir por la calle y resultaba escandaloso, pero lo más interesante no era eso. Lo interesante es que nos hacía parecer que estábamos al tanto del rollo sexual, cuando no lo estábamos en absoluto. Había dos chicas de toda la movida que se prostituían, pero eran una rareza. Y en cuanto a los chicos, tenían todos diecisiete, máximo dieciocho. No tenían casi experiencia. Hacían lo mismo que los niños en el patio: meterse con todo aquello que no tienen o no pueden hacer. La frase de Lydon viene de ahí. Se hicieron famosos a la vez que descubrían el sexo. No eran mujeriegos, precisamente. Aparte de Steve Jones [ríe].

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Hablando de Steve Jones, tu libro se añade a una larga lista de memorias punk. Exceptuando la de Jah Wobble, que insiste en que Lydon es una sabandija inmunda, las demás tienden a coincidir en pintar a Lydon como el tío brillante y a Sid como el cenutrio bizqueante. Tu libro cambia un poco esa visión.

Sid se hacía el tonto, que es muy distinto. Para llevar la contraria. Y era uno de los miembros más dañados psicológicamente del punk. Su madre era yonqui. Si consideramos en qué tipo de hogar creció aún puede decirse que le fue más o menos bien. Porque estaba maldito desde que nació. Su madre era una mujer inteligente, pese a todo, y él también lo era.

Sid opinaba que tener una opinión sobre algo era “pretencioso”.

Veía más allá. Estaba rodeado de gente que no paraba de hacer afirmaciones palmarias sobre esto o aquello otro, pero que en realidad estaban en la inopia. Él podría haberlo abrazado todo, cualquier opción. Sid era un hombre interesante que acabó destruido.

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Tu libro habla de él con un cariño palpable.

Mira esas fotos: era solo un niño desvalido. Me rompe el corazón ver alguna de esas filmaciones donde da cabezadas por culpa de la heroína, y no para de disculparse. Por otro lado, él y yo éramos distintos. Él siempre había soñado en ser una estrella del rock. Él y John. Estudiaban los ritos del rocanrol. Eran los niños que se vestían como Bowie e imitaban a Bolan ante el espejo. Pero las Slits no éramos así. Nacimos de la más absoluta nada, sin ningún tipo de bagaje rock. Y eso, por supuesto, también acabó con nosotras.

En todas las biografías del punk y post-punk hay un trozo en donde saca la cabeza Vic Godard. En la de Tracey Thorn era como ídolo, en la tuya es más como…

Un cómplice, sí. Subway Sect eran el grupo con el que nos sentíamos más identificadas musicalmente. Pasábamos mucho tiempo juntos, yo me acostaba con Rob [Symons], éramos uña y carne, íbamos al cine juntos. E incluso así, eran chicos blancos que habían acabado el bachillerato, y que venían de familias más privilegiadas. Es mucho más fácil desperdiciar tu talento y confianza en ti mismo si naciste con él. Yo no tuve ninguna. No quería desperdiciar lo poco que tenía.

El entorno tampoco era el más amigable. Describes un momento en que fuiste a ver a tu amigo Sid Vicious para que te echara de los Flowers of Romance después de que tu exnovio Johnny Thunders te convenciese para meterte heroína.

Todo el mundo estaba muy jodido. Yo creía que Thunders estaba siendo amable, pero era solo una estrategia de manipulación yonqui. Los yonquis buscan acólitos. Él sabía que yo estaba triste, y tenía jaco en casa. Me puso en una posición vulnerable para que no pudiese decir no. Es un viejo truco de control, pero me llevó veinte años darme cuenta de ello.

Es un libro muy honesto. No solo por lo que dices de los demás, sino por lo que afirmas de ti. Tu resentimiento hacia Ari Up, por ejemplo, porque decías que te copiaba. Podrías haberte puesto en el papel de mentor benevolente, que siempre es más agradecido, pero decides decir la verdad.

Fue difícil poner eso en palabras. Durante todo el libro lo pasé fatal a la hora de explicar que había sido deshonesta, o que había engañado a alguien, o explicar mis necesidades corporales. Me daba miedo pensar en que iba a publicarse. Pensaba que iba a ser troleada sin compasión, que la gente iba a decir que mi cuerpo daba asco y mi personalidad aún más. Pero necesitaba ser honesta. Asumí que no iba a tener novios nunca más, y que perdería a los amigos que aún tenía. Sufrí una crisis nerviosa al terminarlo. Pasé tres meses sin salir de casa. No sabía ni si estaba bien escrito.

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La segunda parte del libro (la de después del punk) es una historia de renacimiento. ¿A dónde vas desde allí? Mucha gente pierde el norte después de haber sido precozmente audaz en su juventud.

Sin duda. Las cosas también han cambiado en ese sentido. Hace cincuenta años la segunda parte de tu vida se parecía mucho a la primera, porque trabajabas en el mismo sitio hasta que morías. Pero hoy ya no es así, no solo para los artistas. A lo largo de mi vida he tenido cinco o seis viajes, y creo que eso no es una excepción. Probé muchas cosas.

Tras haber agarrado una guitarra sin tener ni idea y hacer lo de The Slits, supongo que no era un salto de fe tan insólito pensar que podías dirigir un filme.

En cierto modo no. Pero tampoco creía que podía ser una cirujano. O astronauta. Ni siquiera abogada [ríe]. Para mí no se trata del medio. No quiero mitificar lo de la música, ni el cine. La plataforma me da un poco igual, mientras pueda comunicarme. No pongamos en un pedestal el tema de la música, la pintura, la poesía… hay que escuchar lo que nos cuentan. Agarrar una guitarra y subir a un escenario no tiene nada de heroico o interesante si no tienes maldita cosa que decir. La gracia del punk era precisamente que daba un poco igual la forma en que decías algo, si tenías algo que contar. Y si no lo tienes, estate calladito durante diez años, luego vuelve y di algo.

Cuando tú regresaste de tu exilio familiar tuviste que volver a aprenderlo todo. A tocar la guitarra también.

Me aterrorizaba lo de presentarme a veladas de micrófono abierto en pubs, pero algo me empujaba a hacerlo. Era como una especie de locura. Como si no fuese yo. Muy raro. Una fuerza tiraba de mí. Porque no era la Viv pensante la que decidió meterse en aquello. Era otro tipo de criatura que vivía en mí la que me dijo: “da igual si haces el ridículo, o eres vieja, o eras malísima. Vas a presentarte a ese micro abierto”. ¿De dónde salió eso? Vas a joder tu matrimonio de 17 años, tu hija te necesita en casa… Las razones para no hacer lo que hice eran enormes. Pero si consigues sintonizar con… No sé como llamarlo. Yo lo siento como un río subterráneo que fluye en mi interior. Si logras conectar con eso, te dominará. Harás lo que haga falta. Mi marido creía que era un acto de supremo egoísmo. Que no tenía sentido después de haber pasado nueve años en casa cuidando de mi hija. Asimismo, hay un momento en que tu hijo tiene ocho o nueve años y tú, como padre o madre, vuelves a mirar al exterior. Porque tu hijo ya es una persona. Muchas mujeres se separan en ese preciso momento. Se les abre el cielo. Tu cría ya puede alimentarse sola. Es algo animal. Al mismo tiempo me pregunté qué tipo de ejemplo quería yo representar para mi hija. Ella ya no necesitaba una niñera. Empezaba a necesitar un ejemplo a seguir. Y conseguí que me viese así. Un día yo era parte del mobiliario. Al otro era una persona que salía y tocaba la guitarra y escribía letras y le pedía la opinión. Y eso puede parecer egoísta durante unos años, porque quizás estás haciendo menos cenas, pero germina en algo que es mucho más importante para un niño. En una madre que merece la pena, en suma.

Tu exmarido queda como un completo capullo. Con perdón.

El pobre se asustó. No era así al principio. Es una paradoja, creo que común en algunos hombres. La razón por la que se enamoró de mí fue lo que le fue distanciando de mí con el tiempo. No intentó formar parte de ello. Algo le dijo que si yo continuaba con la música él iba a quedar al margen. No era cierto, pero él estaba tan convencido de ello y se opuso tanto a mi camino que al final sus miedos se hicieron realidad.

Tuviste una época de retiro absoluto en la que solo eras madre, las 24 horas. Permíteme que te pregunte esto: ¿cómo aguantaste tanto tiempo haciendo ver que eras normal, con los otros padres y madres normales? En una ocasión le hice esta misma pregunta a Tracey Thorn y se lo tomó fatal, dijo que ella no miraba a la gente de ese modo. No sé si estaba siendo sincera.

Quizás sí, y para ella esto era fácil, porque es una persona normal [ríe]. Pero para mí fue un suplicio. Me sentí un fraude total. Una absoluta automarginada. Fue agónico. No comprendía como aquella gente tan centrada y normal podía dejar que sus hijas se quedaran en mi casa. Me esforcé tanto para parecer normal, para que mi hija tuviese amigas y nadie pensara que era una friqui… Pensé que si nadie se enteraba que yo era la guitarra de The Slits las madres de las amigas de mis hijas las dejarían quedarse a pasar la tarde. Y me sentía forzada a ser doblemente buena. Que nunca hubiese el menor riesgo, porque ya era riesgo suficiente que estuviesen al cuidado de alguien con mi pasado. Nadie sabía de ello, porque yo llevaba el apellido de mi marido. Fueron años de sentirme como un pez fuera del agua. Quizás Tracey Thorn no necesitaba el camuflaje, porque encajaba de perlas en medio de todas aquellas mamás, pero para mí fue una pesadilla. Lo peor es que seguro que me equivocaba, que a nadie le hubiese importado. Pasaron años, hasta que mi niña tenía siete años o así, en que se lo confesé a alguien. Mi hija ya iba a una escuela secundaria de Camden, y allí sentí que había una mayor afinidad con algunos padres. Mi consejo para futuros padres es: si vas a llevar a tu hijo a la escuela y no eres demasiado normal, no lo lleves a un sitio que es el epítome de la normalidad. Porque a tu hijo va a resultarle raro que te comportes de forma tan distinta en casa y en el colegio [sonríe].

Dicho esto, no hay nada peor que los colegios donde todos los niños son hijos de directores de cine, actores y músicos rock. En Barcelona hay unos cuantos. Puag.

No, claro. Mi hija va a una secundaria típica. Hay de todo. Desde la hija de un mandamás de The Guardian hasta los hijos de casas de protección oficial de la zona. Los hijos de artistas famosos en colegios como los que mencionas llevan vidas enrarecidas y muy aisladas. No comprenden los problemas que tiene la gente trabajadora, porque no van a la clase con los hijos de esa gente. Vivirán siempre la vida en la crema, en lugar de en la leche.

Tu vida está plagada de golpes de suerte pero también de impactos de tremenda mala suerte. Plenitud artística y maternidad se alternan con cáncer y violencia de género de un modo que parece novelístico. Tienes algo bueno y de golpe te lo arrebatan.

Creo que es otra consecuencia de haber crecido en una familia disfuncional, con un padre con graves trastornos psicológicos. Tiendo a gravitar hacia la dificultad. No puedo evitarlo. Es como si me sintiese atraída por las naturalezas abusivas. Supongo que también es culpa de mi falta de autoestima. Nunca crees que merezcas algo, así que acabas mezclándote con lo peor. No culpo a los demás. Tampoco a mí. Es otra de las razones para no estar en pareja. No se trata de que todos sean malos, sino que yo no sé escoger a los buenos. Me parece una razón de peso para dejar de buscar. No es tan grave si eres joven, puedes sacudirte los malos tratos de encima con más facilidad. Pero a los cuarenta o cincuenta, con una hija, ese escenario es una cosa seria. No me importa que se metan conmigo en las artes, es un mundo cruel y estoy acostumbrada (además, tiendo a ambicionar cosas que están por encima de mis posibilidades, lo que me hace tropezar y exponerme a la crítica mucho más a menudo que otros). Pero en mi vida privada eso es distinto. No quiero que me traten mal.

Las novelas negras se equivocaban. La culpa no es del mayordomo, sino de los padres.

Mi nuevo libro va de padres disfuncionales en los años cincuenta. Es una búsqueda de qué me convirtió en la persona que cogió la guitarra. Y cuando descubrí lo que me hizo así, vi que era jodido. Todos estábamos jodidos. Por eso hicimos lo que hicimos. Porque estábamos medio locos. Pero a la vez ese camino no para de llevarte a precipicios y caminos sin salida. Yo me he hallado en muchos de esos. El cáncer me vino de eso, estoy convencida.

¿De la parte emocional?

Sin duda. No es que me culpe de ello, pero tuve cáncer por la forma en que viví mi juventud. El tiempo era el que era y no hubiese podido hacerlo de otro modo. Pero aquella angustia tuvo sus consecuencias. Podría haber llevado una vida tranquila, conocer mi lugar, no salirme de la fila, quedarme con los de mi clase social… Pero no era lo que yo buscaba.

El escritor Harry Crews siempre decía que tu destino como artista de clase obrera es estar perpetuamente alienado: de la clase de la que te extirpas, y de la clase “artística” a la que desembocas. Nunca encajarás.

¡Muy cierto! Jamás formarás parte de nada. Es tu destino. Y yo he hecho las paces con ese destino. He decidido hablar de mi familia, de mis parientes. Muy pocos artistas hacen eso, diciendo toda la verdad. Yo lo he hecho. Mi padre tenía Asperger, pero jamás le diagnosticaron así. Nadie utilizaba la palabra entonces. Mi hermana y yo también estamos en el espectro autista.

¿Te han diagnosticado así?

No. Lo sé y ya está. No necesito que me lo ratifiquen. Mi padre, mi hermana y yo padecemos lo mismo los tres. A mi padre le zurraban porque creían que era estúpido, que no prestaba atención. Ni siquiera a Ari Up, que era Asperger total, la trataron como tal. En los setenta no existía el término. Eras raro y ya está. O antipático. O maleducado. Saberlo a los diez u once me hubiese ayudado, claro, pero ahora, ¿de qué coño me sirve ese diagnóstico? Un hecho interesante es que la investigación del autismo en chicas está muy poco avanzado, porque cuesta muchísimo más detectar los casos, incluso hoy. Y eso sucede porque las mujeres son grandes observadoras, saben instintivamente cómo camuflar sus taras, como comportarse en público, y han conseguido disimular sus patologías durante décadas. Es obvio que mi comportamiento en los setenta era obsesivo compulsivo. Mi obsesión con ciertas canciones. No podía salir a la calle si tenía una arruga en la falda. Intentaba ser amable pero me salía al revés, y decía cosas horribles sin ninguna mala intención. No hace falta ser un genio para ver lo que me pasaba.

(Ambas entrevistas, en formato corto y kilométrico, son propiedad de aquí el menda, Kiko Amat).

En pocas palabras: CAITLIN MORAN

fotonoticia_20150508172512_644¿En qué piensas cuando alguien dice la palabra Wolverhampton?
En la carretera de salida. Literalmente. A449, dirección Londres. No solo porque quería huir de allí lo antes posible cuando era joven, sino porque era la carretera que tenías que cruzar para acceder al primer club al que fui, un pub donde ponían música indie. Gracias a la brutal arquitectura urbana de los 60’s y 70’s, no había puentes ni túneles para pasar de un lado a otro. Visualiza a una niña de 15 años (ya borracha) intentando cruzar una autovía.
¿Has estado alguna vez a punto de morir por el indie rock?
Sí, pero por la priva. En los dos primeros años de mi adolescencia no entendía cómo beber. He tenido sobredosis de sidra. La primera vez que fui a un pub con la gente del Melody Maker y me preguntaron que quería, dije: sidra con soda. Pensé que sonaba más adulto que sidra sola.
Hemos pasado por varias décadas de rock’n’roll, tú y yo. ¿Cuál es tu favorita?
Los 60’s vieron innovaciones increíbles. Imagina un mundo donde un día no existía Sgt. Peppers y al siguiente sí. Pero por otro lado nadie creía que la heroína fuese mala idea. Los 70’s molan porque podrías ir a un montón de clubs y chingar, pero lo malo es que la mayoría de los tipos que te chingabas morían de sida en los ochenta (lo cual daba bastante bajón). Los 80’s son mi década: las canciones llevaban demasiados teclados y todo el mundo vestía como Tom Cruise en Top Gun (y eso daba miedo), pero en el indie, al menos, todo el mundo quería ser Robert Smith de The Cure (y eso es bueno). Los 90’s y primeros 2000 representan mi música favorita (pop/R&B como Justin Timberlake o los Neptunes), pero la ropa era nefasta.
En tus artículos, así como la novela, suelen aparecer testículos. ¿Por qué crees que los órganos reproductores masculinos son tan graciosos?
Creo que es el sitio donde están colocados. El pene puede ser noble, o temible, o poderoso. Pero justo detrás están los típicos dos compis embarazosos del pene: las bolas. ¿Sabes el típico guapo en el bar que siempre va acompañado de dos tíos bajitos y feos? Pues eso son las pelotas. Los colegas no enrollados del pito. Los coristas de la polla.
Dylan Moran dijo que los genitales masculinos tenían pinta de algo que podría colgar de la boca de un tiburón.
[carcajada] Ciertísimo. Una de las cosas más divertidas de ser madre es hinchar globos para una fiesta de cumpleaños, y unir dos globos redondos con un globo alargado. Y colgarlos. Y que tu hijo de 5 años llore sin saber muy bien por qué.
¿Cuál fue la mayor crueldad que perpetraste como crítico musical?
Cuando uno de C+C Music Factory murió de meningitis, hice una broma con su single “Gonna make you sweat”. Dije algo así como: “no sudaré tanto como cuando a David Cole le subió la temperatura y murió de meningitis”. Luego hubo otra que sentó muy mal por un malentendido. Hablando de “Cannonball” de las Breeders, dije que Kim Deal tenía unas pantorrillas enormes. Quería ser un piropo, que eran muy musculares y todo eso, pero ella creyó que estaba criticando sus piernas fofas. Se mosqueó, especialmente porque por aquel entonces yo estaba bastante rechoncha. Allí empecé a pensar que quizás debería leer un poco más sobre feminismo.

¿Quién es el crítico musical más insufrible que existe? ¿Greil Marcus o Nick Kent?
Ambos. Me encanta reírme de los niños que toman el rock demasiado en serio. Es bueno que hayan encontrado un hobby que no implica asesinar personas y que los mantiene fuera de las calles, Dios los bendiga.
¿Qué rockstar te ha caído peor?
Lo bueno de haber sido una niña pequeña que entrevistaba a grupos era que casi nadie se comportaba conmigo como un cabrón. Si eres un supergrupo de estadios que se acaba de inyectar heroína, y de repente entra una chavala de 16 años de Wolverthampton con los ojos como platos y un acento espantoso, lo más posible es que seas muy simpático con ella. Quizás por temor a su madre. El más borde fue Clint Mansell, de Pop Will Eat Itself, pero en aquel caso fue todo culpa mía. Cancelé una entrevista por teléfono cuando ellos ya habían acudido a la cita, pues tenía una terrible infección de orina. Le dije a Clint Mansell que viniese a mi casa, y le entrevisté desde la cama, en bata y tomando medicamentos. El tío no fue muy simpático. Nadie quiere que su gran entrevista se la haga una niña que todo el rato dice “¡Me duele al hacer pipí!”.
¿Y quién ha sido el más majo?
Mark Eitzel, de American Music Club. En mi primer Glastonbury me hice un tajo en el pie e iba por ahí cojeando, y vino Eitzel y me vertió un poco de su whisky en la herida para esterilizarla. Kirsty McColl vino a casa y estuvimos cantando canciones, y luego vomité encima suyo, y no se enfadó. A Shirley Manson de Garbage la entrevisté estando yo con gripe, y ella decidió que para curarme teníamos que irnos de parranda juntas. Acabé sentada en el váter mientras ella me iba pasando chupitos por debajo de la puerta, gritando “¡Bebe esto! Es tu medicina!”. Courtney Love y Lady Gaga también fueron muy majas, quizás porque somos mujeres y tendemos a aliarnos.
¿Alguna rockstar te ha tirado los tejos?
No, eran majos incluso para eso. Se negaban a follar conmigo, porque me respetaban como ser humano. Por supuesto, yo no quería que me respetaran como ser humano. Yo quería poder decir que me había acostado con gente famosa. Pero nunca lo hicieron, maldita sea.
¿La cruel crítica a Soup Dragons que aparece en la novela existió de verdad?
No, me la inventé, y fue muy difícil volver a ponerme en la mentalidad de un crítico totalmente cabrón. Iba a poner la famosa crítica real a Ned’s Atomic Dustbin donde le deseaba la muerte al cantante, pero continúa dándome vergüenza. En la de Soup Dragons solo les comparo a nazis. Es una mejora.
Lo peor y mejor del Britpop fue…
Lo mejor es que fue una pasada. Mi pésame para todos los que son demasiado jóvenes o no estaban en Inglaterra en aquel momento. Diversión a raudales. Cada semana. Un día Blur sacaban el Modern life is rubbish, al otro Pulp lanzaban “Common people”, al otro aparecía Trainspotting en el cine… Lo peor del britpop es era tan inmenso que tapó todas las otras cosas chulas que estaban sucediendo. Como el trip hop, que ya nadie recuerda. O la Americana. O el New Rave, que era una escena gigantesca. Pero todo eso tiende a olvidarse, y la imagen que nos ha quedado es de una multitud de mozos blancos heterosexuales berreando “parklife!!” por las calles.
¿Quién es en realidad la estrella del rock del libro, John Kite?
Lo triste de esto es que me ponga caliente un personaje que inventé. Tendría que habérmelo callado, porque es una perversión muy rara. Me encantan las novelas picantes de Jilly Cooper, y en ellas siempre aparece una arquetípica estrella del rock: el chico flaco en pantalones y chaqueta de cuero, gafas de sol, un poco estúpido y que todo el rato intenta follar con chicas adolescentes. Pero las rockstars con las que yo crecí no eran así. Eran los Manics, o los Teenage Fanclub, o los Boo Radleys: chicos de clase obrera que habían leído mucho, y con los que podías pasar la tarde entera en el pub contando historias y hablando de política, y que siempre eran increíblemente caballerosos y encantadores. John Kite es un tercio Guy Garvey de Elbow, un tercio Richard Burton y un tercio John Grant. Cuando en todas las novelas aparecen chicas enamorándose de rockstars gilipollas eso daña a las mujeres y daña a la música. Y en mi novela era muy importante que esa rockstar no se encamara con la protagonista. Hollywood está infestado de pelis donde el actor principal de 55 años consigue acostarse con la actriz principal de 24, y nadie ve eso como un poco… Incorrecto.
Siempre pienso que ser tú debe ser agotador. Toda esa hiperactividad… ¿Nunca te quedas embobada mirando una pared sin decir ni pío?
[Ríe] Por suerte para mí (que no para la gente con la que vivo) soy una persona bastante locuaz. Me han dicho que hablo, canto y mascullo incluso cuando escribo, pero nunca me he dado cuenta. Lo único que se agota después de todo mi trabajo es mi culo. Mi culo está hecho polvo de tanto estar sentado en sillas. Pero mi cerebro está perfectamente.
En tu novela la protagonista hace una lista de cosas que quiere desechar, y entre ellas están el “cinismo” y el “speed”. ¿Ya no tomas drogas?
El problema es que en cuestión de drogas soy una flojucha. No aguanto nada. El espíritu está allí, pero el cuerpo es débil. El speed no me hace mucho efecto (aunque tiendo a estar hablando hasta las cuatro de la mañana) y la cocaína me convierte en una puta imbécil. La última vez que tomé coca estaba con los cuatro miembros de Blur y lo último que recuerdo es haber soltado “¡Soy el quinto miembro de Blur!” y luego me caí del taburete y me arreé un costalazo increíble. Y la marihuana me pone muy paranoica. Así que ahora me concentro exclusivamente en alcohol y cigarrillos. Los dos clásicos inmortales.

“Creo en la música, la ginebra, la alegría, hablar por los codos y la bondad humana”.
El sentido de la vida es ser feliz. Si quiero que exista la igualdad es porque deseo que toda la gente que lo pasa mal consiga ser feliz. La desigualdad es basura medieval.
Eres madre. ¿Cómo aguantas todas esas conversaciones sobre nutrición y extraescolares?
Aunque soy feminista, no tengo carnet de conducir. Es una suerte, porque mi marido es quien se encarga de llevar a nuestros hijos al cole, y por tanto me ahorro todas esas charlas. ¡Hurra!

Kiko Amat

(Esta es la versión inédita, exclusiva, ultralujosa con todos los extras, de la conversación-metralleta que mantuvimos con Caitlin Moran -a raíz de su novela debut Cómo se hace una chica- para la sección En Pocas Palabras del suplemento Babelia de El País del 23 de julio del 2015. Pueden leer la charla editada y en formato breve, sin mención alguna a testículos ni speed, acá)

Kiko Amat entrevista a CAITLIN MORAN (la charla del 2013)

Para celebrar su próxima visita al Primera Persona 2015, y porque la entrevista de marras ya no estaba disponible (entera) en maldita sea la parte, recuperamos hoy la trepidante y jocosa (aunque también didáctica) charla que su escritor de cercanías favorito y Caitlin Moran mantuvieron en su última visita a Barcelona. Un pequeño fragmento de esta entrevista se publicó previamente en la revista Rockdelux de octubre del 2013.

Se peina como la Bruja Avería y suelta más obscenidades que un actor porno. Es la escritora inglesa Caitlin Moran, pesadilla de feministas ceñudas, súper-mamás abstemias y otras criaturas del Averno. Y tiene miles de fans, lo que implica que hay esperanza para el planeta. España necesita más Caitlins: escritoras malhabladas y sucias, cómicas y rocanroleras y valientes. Cómo ser mujer (Anagrama 2013) es su manual para ser una tía con un par.

CaitlinConocí a la periodista y escritora Caitlin Moran cuando yo aún leía Melody Maker (un pasatiempo cuestionable pero que me proporcionaba mi buena dosis matutina de odio + asco para afrontar la jornada laboral). ¿En qué número topé con ella por primera vez? Diría que fue en el especial “Touched by the Hand of Mod” (ejem) de 1994, donde entrevistaba a Menswear, un abazofiado grupo de Britpop especialmente anémico. Su artículo –faltoso, grosero, hiperbólico, acusador- era para morirse de risa, y desde allí fui más o menos fan. Luego me olvidé de ella, y, cuando volví a mirar, Moran y su Gran Bocaza eran ya ambos súper-estrellas mediáticas, gracias al best-seller mundial Cómo ser mujer.

Mi entrevista con ella fue larga y mondante. Caitlin Moran no ha inventado nada en el campo del feminismo, pero lo discute con mucho más sentido del humor y desvergüenza de lo habitual. La charla tocó temas cruciales como la música pop, emborracharse, pajas, cultura de clase obrera, tener hijos, querer matar a todos los demás padres del mundo, feminismo feliz y los testículos de Tom Jones.

Una figura como tú es bastante poco común en España: escritora de clase obrera que no teme soltar guarradas, fan del rock’n’roll, con sentido del humor… En el Reino Unido es algo más habitual (sin querer quitarte mérito); en los ochenta estaba Julie Burchill, por ejemplo. Pero aquí los nombres son escasos, y puramente underground.
Ya me di cuenta. Hice una entrevista para… [se vuelve hacia la jefa de prensa de Anagrama] ¿Cómo se llama la mujer de ese periódico, Ana? La que vino con un niño [era Ima Sanchís, para La Contra de La Vanguardia]. Por su cara desencajada [realiza una mueca de parálisis facial] ya percibí que así no es como hablan las escritoras aquí, que la gente no empieza a dar berridos sobre la masturbación en una terraza a las cuatro de la tarde. Así que yo estaba allí con mi habitual blablabla PRIVA blablabla PAJAS blablabla FEMINISMO blablabla MARXISMO y el intérprete iba traduciendo, y la cara de ella se iba marchitando. Me sentí como si me hubiera entrevistado el tipo de jefa que me contrata y despide al cabo de dos días. Pero lo cierto es que en Inglaterra, de acuerdo, hemos tenido a Johnny Rotten y Julie Burchill, y probablemente se acabó. Y creo que mi numerito sigue siendo inusual, y que no hay tanta gente diciendo lo mismo. Lo mejor de eso es que terminas siendo una república de uno solo. Cuanta menos gente hay haciéndolo, más percibes que puedes ir haciendo las reglas tú mismo. Y que puedes ir a un programa televisivo y empezar a hablar de vello púbico. La gente te dirá: ¿por qué hablas de eso? Eh, tío: ¿Por qué no? Todo lo relacionado con ser mujer tiende a hacerte sentir anormal, porque pasamos el día intentando encubrir el sencillo hecho de ser mujeres. El gran escándalo actual es el póster de Algo pasa con Mary, una peli y un poster cuyo punto clave es el hecho de que Cameron Díaz termina echándose semen en el pelo sin saberlo. Primero de todo: no hay ni una chica de más de quince años en el mundo entero que no reconozca un puñado de esperma a primera vista. Es una técnica de supervivencia que aprendes bien rápido, joder. Si te lo tienes que tragar o esparcírtelo por encima primero tienes que saber qué es, digo yo. En segundo lugar: es Cameron Díaz. Ella es la víctima de la broma, todo el mundo se mofa de ella en la peli por ser idiota. Y nada de eso puede haber sucedido en el mundo real. Nadie se ha echado semen en el peinado. Lo que sí podría haber pasado es que la chica tuviese sangre en los dedos después de haberse puesto un tampón o haberse masturbado, y que hubiese salido a la calle con sangre en la cara, asustando a todo el mundo, como un zombi. Eso es la escena que habría escrito una mujer, y otras mujeres hubiesen dicho: “Eso me pasó a mí”. Pero nunca he visto sangre menstrual en un filme. Lo que sí he visto es tíos a quien les volaban la cabeza, he visto la Estrella de la Muerte estallar dos veces… Pero nunca ves la realidad de ser mujer. Así que estoy acostumbrada a no ser normal, y estoy tan contenta de poder salir en televisión y seguir comportándome de forma anormal.
Defines tu atractivo como un “numerito”. ¿No se convierte eso, tras un cierto un tiempo, en una faena farragosa? Como si todo el mundo esperase que te comportases salvajemente, y el día en que te apetece ser bien hablada y decente, la gente se lleva una decepción. ¿Cómo, no va a beberse toda la botella de whisky de un trago?
[Aplaude rítmicamente] DE UN TRAGO, DE UN TRAGO [Ríe] El tema es que me dejo el culo en el trabajo, seis o siete días a la semana, tengo tres columnas en The Times, estoy escribiendo mi tercer libro y mi programa de TV, y encima estoy escribiendo dos películas. Así que si un día me levanto grave, y me apetece hablar de marxismo, puedo escribir sobre eso en The Times, o meterlo en el libro, etc. Y en los días en que me apetece beber una bañera de güiski… Hace unos días estuvimos en Glastonbury, y compartíamos tienda con Benedict Cumberbatch, el tío que hace de Sherlock en las nuevas series…
Dicen que es el único actor que ha hecho de Sherlock con un nombre más ridículo que el del propio Holmes.
Cierto. Cuando le conocí no podía dirigirme a él sin partirme de risa. Ahora le llamo simplemente “Ben”. La cuestión es que un día estoy en el backstage de Glastonbury con el Khan de Star Trek, que encima lleva un pedo descomunal, y al otro estoy hablando de feminismo en Barcelona. Es una vida cambiante, así que no, no se hace cansina. Según como me siento una mañana puedo ir a un sitio y ser eso.
Me gusta mucho la parte de Cómo ser mujer donde hablas de tus inicios en el Melody Maker, porque desde siempre he leído los semanarios musicales ingleses y…
[Me interrumpe] ¿Cuántos años tienes?
Los mismos que tú, más o menos. Soy del 71.
O sea, que eres uno de los que se compró aquel Melody Maker con Skinny Puppy en portada y se dijo: ¡”Voy a comprar este buen álbum!” [carcajada]
No, con eso no me la pegasteis. Salad tampoco colaron. De hecho, me reí mucho cuando en el libro decías que Echobelly (de quien sí me compré el disco, maldita sea) eran inmundos.
Dios, sí que lo eran. Jesús. Por mucho que tuviesen a una mujer cantando. Pero por otra parte, todo el mundo se esforzaba tanto, queríamos que nos gustaran: una chica asiática cantando en un grupo pop… Pero luego escuchabas el disco y decías: No, no puedo ponerles bien, soy incapaz.
Yo iría más allá: creo que todo el Britpop, desde la perspectiva actual, es horrible.
Sin duda. Era terrible. Pero ya lo sabíamos entonces. Es solo que la cocaína que circulaba era de muy buena calidad. Muy buen éxtasis. Aquel año fue muy soleado, también. Creo que el Britpop es todo consecuencia de una insolación. Un montón de tajas con insolación chillando “¡Parklife!” por los parques. Si nos hubiésemos puesto algún tipo de sombrero para protegernos del sol nada de eso hubiese sucedido.
Da la sensación que en Melody Maker cumplías la “cuota” femenina. El periodismo musical es un entorno muy masculino, pero debo decir que no tanto como el de las tiendas de discos, donde no ha trabajado jamás una mujer (excepto en un par de casos documentados).
Y tanto. Estoy escribiendo una novela que transcurre en los 90’s, y que habla de lo que es ser una chica involucrada en cultura juvenil, y una de las escenas transcurre precisamente en una tienda de discos, y allí es un poco como la cabaña del árbol de los niños, con el cartel que pone “PROHIBIDO NIÑAS”. Es un pequeño club solo para mozos. Y la tienda queda en absoluto silencio cuando entras, y el tío del mostrador lleva una camiseta que sugiere que va a matarte y luego comerte. Una camiseta de Sepultura es, de hecho, el lenguaje internacional para “voy a matarte y luego comerte”.
¿Quizás antes follándote, para así aprovechar la ocasión?
Sí, pero en ningún sitio agradable. En la cuenca del ojo, o algún lugar así; nada de follarte en agujeros que ya están concebidos para ello. Mi padre es músico de jazz, y uno de los consejos que me dio fue: “Si la conversación se pone difícil, habla de jazz. Eso confunde a la gente”. Así que un día fui a una tienda de discos, y no sabía qué pedir, y le dije al tío del mostrador si tenían el Scalator over the hill, una odisea expansiva de jazz de Carla Bley que es la hostia, y me preguntó: “¿Qué es?”. Le contesté que jazz, pero él entendió Johnny Hates Jazz, un grupo de mierda de los 80’s, y lo repitió gritando para que lo escuchara toda la tienda: “¿JOHNNY HATES JAZZ? NO, DE ESO AQUÍ NO TENEMOS”. Tuve que huir. Lo bueno de Internet es que puedes ser fan de la música sin pasar por eso, y en los conciertos los dos sexos están más mezclados que antes. Pero en aquella época todo el mundo asumía que eras una groupie, que estabas allí solo para follar con los grupos. Y en cierto modo yo lo era. Pero a la vez me pagaban para escribir sobre esos grupos, y creo que esa es una distinción importante. “Sí, voy a follar contigo. Pero antes tengo que escribir este artículo sobre tu banda” [ríe]. Eso es feminismo.
Es curioso que, al contrario de lo que ha sucedido con el manga o los videojuegos, el rock’n’roll haya permanecido inmutable a los avances del feminismo. Incluso post-riot grrrl, nada parece haber cambiado en lo fundamental. Los conciertos de rock siguen siendo propiedad privada de chicos. Chicos gorditos con alopecia incipiente.
Sí, es verdad, pero a la vez el ciclo de la cultura juvenil no se ha cerrado, continúa en evolución. Lo que más me gustaba de la cultura 90’s, que en cierto modo se ha perdido hoy por el tema de las descargas gratuitas, es que la cosa era como un sindicato. La cosa funcionaba así: pagabas por tu disco, pagabas por tu prensa musical, como una persona de clase obrera, y entonces ese dinero que recibía el sello discográfico permitía que bandas de clase obrera pudiesen comer, e ir de gira. Lo mismo con la prensa: los periodistas de clase obrera también podían vivir de ello, gracias al dinero que los lectores de clase obrera invertían allí. Pero con el advenimiento de la descarga gratuita hemos perdido eso. Cualquiera que quiera escribir para una revista sabe que tendrá que trabajar de gratis, de becario. Soy de la última generación que trabajó a jornada completa de esto, y que cobraba por ello. Y si he aprendido a hacerlo más o menos bien se debe precisamente a eso. Cualquier chaval de clase obrera que quiera dedicarse a esto ahora tendrá que compaginarlo con un trabajo a media jornada, y no aprenderá nada. Las clases medias nos han ganado, esta vez.
Antes, cuando hablábamos del estigma de la mujer que suelta tacos, escucha música pop, etc. se me olvidó decirte que, en mi opinión, en España estamos aún peor. En Inglaterra se les pide a las chicas que sean flacas, y vayan arregladas, y todo eso. Pero aquí, además, ¡se les exige que sean abstemias!
[Afecta cara de horror] ¿En serio? En Inglaterra es lo que más hacemos las chicas. Ponernos pedo. ¡Oh no! Pero los chicos españoles sí beben, ¿no? Nosotros fundamos un Imperio a base de ponernos ciegos de cerveza floja.
Y ginebra ilegal.
La ginebra es mi gran descubrimiento. Desde que soy una mujer madura he perdido los enzimas que me permitían digerir el vino, así que sufro unas resacas espeluznantes. Resacas del tipo “Quiero matarme ahora”. Esa es la edad de la razón para una mujer: cuando te pasas a la ginebra. Ese es mi gran consejo para ti hoy: pásate a la ginebra, querido [reflexiona]. Humm. Así que aquí está mal visto que las mujeres se emborrachen en público, ¿eh? Por un lado [se frota el mentón] puede ser una buena idea. Pero quizás haya que fundar un club de bebedores, solo para chicas. Yo puedo ir enseñando los pasos: empiezas con sidra, porque es una bebida para niños. De esas, un par. Disfruta de tu baile sobre la mesa. De ahí progresamos al cóctel nocturno, y luego unas cuantas latas de lager asquerosa sacadas de la máquina de una gasolinera… Pero ahora en serio: para gente con problemas psicológicos desde luego que no es una buena idea beber en exceso. Pero para alguien generalmente alegre y centrado como yo… Un día a la semana dejo a los niños y me agarro una tranca espantosa. Es como un botón de reset. Además, disfrutas la resaca. O sea: estás invitando a tu mente al horror crepitante. Un día a la semana te sometes al castigo de sus infiernos, y te preguntas: “¿Llevo una vida virtuosa? ¿Hay alguna otra cosa con la que pueda torturarme ahora, cuando me encuentro en mi punto psicológico más bajo y me invade la ansiedad?”. Es como una pequeña gesta semanal. Como ir a Mordor y soltar el anillo en la grieta del mal. Si te bebes un camión de ginebra y a la mañana siguiente todavía te gusta cómo eres y te consideras buena persona, todo va bien. Mis hijos me cuidan, cuando tengo un resacón. “¿Te traemos más zumo de naranja, Mami?”.
Los míos no están aún en la fase de recados, pero pienso adiestrarlos a conciencia para ese fin.
Hay un momento en que captan que bebes bastante. Recuerdo una noche en que vino a visitarnos Stephen Duffy, de The Lilac Time, que es amigo mío y un reputado bebedor, y llevábamos dos horas en la cocina, y entraron los niños, porque obviamente no les estábamos haciendo ni caso, y nos dijeron: “Tenemos un regalo para vosotros en el salón”. Y nos habían construido un bar [Ríe]. Habían hecho un mostrador, con todas las botellas allí en fila india. Pensaron que era la única manera de captar nuestra atención.
Eso es otra diferencia cultural entre tu país y el mío. Aquí se espera que dejes de pasarlo bien en el momento en que nacen tus niños. En la mayoría de cumpleaños infantiles en los que he estado (y, por Dios, he estado ya en unas cuantas de esas mierdas) no había alcohol.
Dios del cielo, tienes que pedir ya que te repatríen. En Inglaterra, mucho antes de contratar al payaso o al mago, o reservar la sala, lo primero que haces es comprar un montón de cajas de cava. Joder, es la única manera de soportar lo de tener niños. No hace falta decir que llevar borracha a los niños al cole, a las ocho y media de la mañana, no está bien. Pero a las siete de la tarde, el atajo más rápido para ser una madre genial es zamparte un par de copas. Es el único momento en que puede apetecerte arrodillarte y empezar a construir castillos de Lego. Después de un par de tragos te parece la cosa más increíble del mundo.
Existe un pacto de silencio entre padres del mundo (que afortunadamente tú estás contribuyendo a romper) para no admitir que estar con niños, a veces, puede ser asombrosamente aburrido. Lo que sugieres es uno de los antídotos más eficaces contra ello.
Sí. No hasta quedar en coma, por descontado, pero sí ligeramente achispado. Beber el tipo de bebida que debía beberse en la Segunda Guerra Mundial, como un té con chorrito de whisky. En la guerra todo el mundo iba un poco pispado, era la única forma de soportar el horror. Churchill iba siempre algo curda, para soportar lo de los nazis, y yo necesito estar un poco alegre para soportar los castillos de Lego. Es obvio, según lo veo.
En las guerras la gente bebe y folla mucho, está demostrado.
Por eso me metí en lo de ser madre. Follar y beber todo el rato, ¡esa soy yo! No puedes salir de casa en dos años, ¿qué vas a hacer en casa todo el día, si no? Beber-y-follar, Beber-y-follar. Ese va a ser mi nuevo libro: Beber y follar; dos temas por la especialista Caitlin Moran.
Cómo ser mujer habla de forma muy honesta sobre las cosas de la paternidad: el esfuerzo, el caos, el amor, las recompensas… En mi opinión, solo te has dejado una cosa: admitir que hay momentos en que matarías a tus hijos.
Sí [se carcajea]. De acuerdo. Hemos de lanzar ese mensaje al mundo. Dios, la de veces que he tenido que encerrarme en el armario durante veinte minutos… Por otro lado les odias menos cuando son algo más mayores. Los míos tienen doce y diez respectivamente, ya puedes razonar con ellos, sobornarles… Pero cuando son bebés no puedes salir de casa, te vuelves loco, eres como John McCarthy, el periodista que estuvo encadenado a un radiador en el Líbano durante cinco años. Esa es una de las cosas buenas de Twitter. Me encanta Twitter por eso, porque puedes chatear con gente desde dentro del armario. Diez minutos es todo lo que necesitas. Me parece una forma muy poco civilizada de tener niños, esto del encierro. En la antigüedad hubiésemos estado en una aldea, y en cuanto el niño anduviera sus primeros pasos le habrías mandado a jugar al río. Posiblemente habría muerto ahogado, de acuerdo, la mortalidad infantil era bastante elevada por aquel entonces, o lo habría aplastado un carro o habría pillado algún tipo de plaga. Pero al menos estaría al aire libre, mientras la madre moría a los 38, de sífilis, y ese era el orden natural de las cosas. Pero ahora se les mantiene en casa todo el día, ¡con adultos! Piensa en ello. Hace años, esto nunca habría colado. Una persona hecha y derecha, que ha estado en la universidad y tiene todos esos intereses y amigos, a la que se condena a pasar todo su tiempo con alguien que no habla. Es como si pasaras varios años de tu vida con un chimpancé particularmente exigente. Nadie firmaría por esa mierda. Por eso hoy en día la gente enloquece. Y tienes que irte evadiendo de ello. De ahí: alcohol + Twitter.
Caitlin MoranMencionas en el libro que lo de ser padre es como ser veterano de guerra. Solo hablas de tu experiencia con otros veteranos.
Es mejor no hablar del asunto, porque si les dijeras lo que realmente sucede entonces nadie tendría hijos. Y tú necesitas que los demás tengan hijos, para que así vengan contigo en la mierda de vacaciones que vas a soportar el resto de tu vida. Y así podrás quejarte de lo mierda que es todo con alguien. Nunca desalientes a nadie respecto a la paternidad. Necesitamos que sus vidas estén tan arruinadas como la nuestra en un par de años. Si no tienen hijos insistirán en seguir yendo de vacaciones a lugares estupendos y presentándose a fiestas fabulosas vestidos elegantemente. Ni hablar, colega.
La perspectiva desde la que observas el fenómeno riot grrrl también es inusual: afirmas que era una comunidad bastante elitista, y que deberían haber aceptado aparecer en prensa en lugar de transformarlo en un club privado.
Por un lado entiendo sus razones, pero no puedes intentar hacer una revolución privada. Es como si yo apareciera afirmando que he reinventado el feminismo, pero me negara a explicar cómo y no dejara que nadie se acercara a mí. “Se lo voy a contar a tres de mis amiguitos, y a los demás que os jodan”. Eso es un comportamiento muy estúpido. Si haces algo de forma diferente, especialmente si eres mujer, tienes que dejar que la gente lo vea. Lo que hacen las mujeres está siempre tan escondido, y se discute tan poco, que si tienes algo relevante que decir deberías echarle un par de huevos y dar la cara, por desagradable que pueda resultar. Por otra parte generalmente creo que no deberíamos exponer a debate inmediato lo que hacen otras mujeres. Debería existir algún tipo de moratoria de cuatro años antes de poder discutir las acciones de otras mujeres. Lena Dunham crea Girls, y uno de los debates es “¿Por qué no hay chicas negras en la serie?”. ¡Por Dios! ¡Al menos ha hecho algo! Deberíamos ajustar nuestras mentes al nuevo estado de “Bravo. Buena suerte”, en lugar de estar siempre buscando fallos en lo que hacen las demás mujeres. Pero a la vez, creo que riot grrrl fue una gran oportunidad desperdiciada. Casi todas eran chicas asustadas de clase media que nunca habían tenido que luchar demasiado por nada, y sin querer lo transformaron en un pequeño club solo para miembros. Y no creo en esos clubs. Tienes que salir al descampado con tu bandera y permitir que todo el mundo se entere, y dar ejemplo sobre cómo vives, e intentar que lo tuyo llegue a la gente de las casas baratas. Me enteré que existía el fenómeno solo porque trabajaba en la prensa musical. Por eso me gusta Lady Gaga. Sale allí y hace su numerito para todo el mundo. Imagínate que lo hubiese hecho solo en un loft gay privado de Nueva York. No tendría ningún sentido. Si vas a montar una revolución, envía más invitaciones. Me recuerdan a esos estudiantes que hablan de revolución a las cuatro de la mañana, pero no hacen absolutamente nada para cambiar las cosas. ¿Cambiar el mundo? Joder, salta a la vista que no te has cambiado de ropa en cuatro días.
Algunas fundadoras originales de riot grrrl eran gente muy particular, que no encajaba socialmente.
Pero eso es lo mejor de la cultura rock’n’roll. Que creces creyendo que no eres normal y todo el mundo se mofa de ti por no ser normal, y de repente eso es el requisito principal para ser una estrella del rock: no encajar. Y el truco, que se ha aplicado desde David Bowie y más allá, es simplemente: voy a hacer mi anormalidad normal. Escribiendo canciones y siendo sexy voy a conseguir que ser un freak acabe siendo lo que todo el mundo anhela ser. Y eso es lo bonito. Creo en cambio político, y en alterar la situación votando, pero mi amor principal es el cambio cultural. Mira lo que pasó en los 60’s. No se puede retroceder a una situación cultural pre-60’s, aunque puedan ir cambiando las leyes. En los USA todo el día están modificando la legislación sobre el aborto, pero no van a alterar la mentalidad cultural sobre el tema.
Lo que dices es especialmente reconocible en el caso de los nerds. A finales de los setenta y principios de los ochenta, un nerd era el tipo a quien pegaban chicle en el pelo. Y ahora es algo perfectamente aceptable, incluso envidiado.
Esos nerds que jugueteaban con sus computadoras primitivas han acabado creando Google y Facebook. En la era pre-informática, el jock, el bruto arquetípico que podía cazar y tener hijos fuertes, era lo que todo el mundo buscaba. Pero ahora ya no necesitamos tíos fuertes, por supuesto. Necesitamos gente muy lista que pueda idear apps acojonantes. Eso es un buen ejemplo de cambio cultural: el interés por la gente inteligente. Por cosas así soy una fan del siglo XX.
Y sin embargo hay una parte de romanticismo que se pierde. El otro día vi por primera vez la expresión “nerd del fútbol” y me rompió el corazón. Hace veinte años los fans del fútbol y los nerds éramos enemigos irreconciliables. No es justo.
[Se carcajea] Claro. Y yo soy una “nerd de la fiesta”, no te jode. Recuerdo que cuando me pusieron gafas estuve llorando durante cuatro días seguidos, porque creía que mi vida social había terminado. Pero mi hija, que tiene diez años, me ha pedido gafas de freak, y su gran ilusión es llevar ortodoncia, incluso el otro día me pidió ¡un Sonotone! Vale, Morrissey, relájate. Quiere parecer un poco minusválida, porque es lo que mola. Y me dije: Joder, sí que ha cambiado el mundo.
Morrissey hizo un intento hermoso en ese campo. El de dignificar la sordera. Era un homenaje a Johnnie Ray, aparentemente.
¿Ah, sí? No lo sabía. En cualquier caso, he ahí una innovación que el rock no adoptó. El pobre Morrissey se quedó más solo que la una, con lo del Sonotone.
Difiero con la idea de que en música “no han existido unas Led Zeppelin”, como afirmas en el libro. Tal vez en música blanca no haya sido así, pero el soul, reggae, jazz, disco, etc. son géneros donde las mujeres han sido, si no mayoría, si parte fundamental de su desarrollo, y muchas de sus grandes estrellas son mujeres.
Tienes toda la razón. Eso es verdad. Ahora mismo se me están ocurriendo treinta nombres de mujeres del blues. Pero en mi defensa debo decir que el trabajo de documentación del libro fue este: przzzzz [suelta una pedorreta] ¡Ninguno en absoluto! ¡Cero! Escribí el libro en cinco meses, y ahora veo millones de cosas que podría cambiar. Pero tienes toda la razón. Un día enmendaré mi error y pondré a todas esas mujeres. Otra cosa que podría decir para mitigar mi culpa es que la plataforma que han tenido esas mujeres para lanzar su música siempre ha sido menor. Pero la música la inventaron las mujeres, eso lo descubrí cuando nació mi primer hijo y tuve que cantarle desde el retrete porque había empezado a llorar. Así que era esto: las mujeres inventaron la canción para que se callaran los bebés. Pero tienes razón. Lo único que estoy haciendo es intentar confundirte con argumentos para que parezca que he acabado ganando la discusión [ríe].
Salta a la vista que uno de tus talentos es la hipérbole enloquecida…
[Interrumpiéndome] ¡Cómo te atreves! ¡Soy la mejor en hipérbole del mundo entero!
…y otro es la comparación asquerosa. Quiero darte las gracias por haber implantado en mi cerebro la imagen de aquel bolso que era igual que “los testículos de Tom Jones”. Lo recordaré en mi lecho de muerte.
[Se carcajea] Si, las mujeres los llevan así, peludos y colgando de unas cadenas. Hoy en día Tom Jones es juez de un programa parecido a Factor X que se llama The Voice, en el Reino Unido, y sigue siendo una bestia. Cuando comparte escenario con alguna mujer, sus ojos están diciendo a) Si es menor de 35, me encantaría follármela o b) Si es mayor de 35, creo que me la follé una vez. Una vez le entrevisté y estuvimos hablando hasta las seis de la mañana, hasta que alguien del hotel empezó a pasar el aspirador, y él dijo: “Ah, el sonido del aspirador. Es mi coro del alba”. Me encantó hablar con él, aunque de vez en cuando sus ojos también me estuviesen diciendo: “Me follaría eso que tienes ahí”.
No sé si el resto de lectores estarán tan comidos por la curiosidad como yo, pero me encantaría saber quién era de veras tu ex-novio, el eufemísticamente bautizado “Courtney”. Parece el capullazo más grande de toda la cristiandad.
Sí, era un payaso. Y lo dejé algo mejor de lo que era en realidad. En el libro no digo nada de su estatura (era bastante bajito) ni de su calvicie. Tras salir conmigo empezó a salir con una amiga mía, que terminó siendo bastante famosa, y luego con otra, que también lo fue. Así que parece un cruel rito de pasaje para chicas adolescentes que luego se harían populares. Era un imbécil increíble.
Tocaba en un grupo, ¿Verdad?
Sí, pero no puedo decirte más porque en la editorial me avisaron que el asunto legal podría ponerse feo. Con las amigas rastreamos su blog (“¡Es él, es él, oh Dios mío!”) y descubrimos que está viviendo de ayudas estatales, que aún está lleno de autocompasión, que sigue quedándose calvo, que está bastante gordo, y el post más celebrado fue donde decía que todo el edificio estaba en el patio celebrando una fiesta con barbacoa y luces y “todo el mundo lo está pasando bien menos yo”. Habían invitado a toda la comunidad excepto a él. ¡Ja ja! [ríe a lo Cruella de Vil]. Eso es otra gran cosa del siglo XXI: todo aquel que te ha jodido acabará colgando en Facebook o su blog algo de lo que te podrás mofar. Siéntate y espera lo suficiente, y todos ellos terminarán lloriqueando en Internet.
Cuando entrevisté a Tracey Thorn me dijo algo que considero interesante: que quizás ya no podamos juzgar a la gente por su colección de discos como sucedía en los ochenta. Que ya no es una unidad de medida fiable.
En efecto. Antes era la forma de saber si te podías casar con alguien. En mi Iphone he dejado una nota que pone “Por favor no me juzgues por mi colección de discos”, por si me atropellan y se sabe que llevaba Miley Cyrus, o la banda sonora de Camp Rock (son cosas que ha introducido mi hija). Tu colección ha empezado a ser invisible, en cierto modo. Tracey Thorn es otra bestia, por cierto. Compartí casa con ella en un festival, y acabamos todos pedísimo, pero Tracey Thorn estuvo sentada allí sin que pareciese afectarle, y eso que bebió más que nadie. Incluso se había traído su propia marca de ginebra. Y eso es porque ha estado de gira durante treinta años. Ha tumbado a innumerables tour managers. La diferencia es esa: ella tenía un grupo, nosotros somos periodistas. Ella sí sabe beber.
Cuando la entrevisté estaba de un humor de perros. El mal humor atroz que solo puede poseer una madre cansada.
Es muy particular. Aquí donde me ves, yo sería capaz de decir cualquier mierda para que esta entrevista fuera interesante. Cualquier salvajada. Literalmente. Hagamos esto lo más divertido posible, porque sé lo que es tener que escribir sobre alguien que no abre la boca. Tracey Thorn no es así. Nunca dice mentiras, se atiene a los hechos, piensa concienzudamente en las preguntas que le haces… Eso acojona.
A mí me echó la bronca tres o cuatro veces, como si fuese un niño pequeño. Un poco más y me meo encima.
Impone, es verdad. Yo me la imagino en el mismo backstage que, yo qué sé, los Red Hot Chili Peppers, todos haciendo el indio hasta que Tracey Thorn los agarra de la oreja y los manda a la cama. “Os voy a dar en el pompis!” [ríe]. Joder, todas esas tías de los ochenta son putas bestias. Alison Moyet está todo el rato con la botella de tequila reclamando coscorrones, y Radiohead ahí al lado con los zumitos veganos.
como ser mujerNo parece que te preocupe la falta de intimidad. Siempre estás dispuesta a hacerte fotos, a aparecer en televisión…
Bueno, si creces en una familia numerosa sin cerrojo en el váter y compartiendo habitación con un niño pequeño te desprendes muy rápido de esa necesidad. Como adolescente que se está descubriendo a sí misma (susurra: quiero decir que me estaba masturbando), y que tiene que compartir cama con un niño de dos años que se mea en ella… Esa colisión de formas de vida acaba con tu intimidad. Pero el resto de mi familia es gente muy celosa de ella, y por consiguiente me encuentran completamente repulsiva. Cuando era niña me daba tanto asco a mí misma, me encontraba tan fea, que a los dieciocho ya había gastado toda mi vergüenza. Otra de las razones por las que escribí el libro era porque nadie se atrevía a empezar una conversación así sobre abortos, o masturbación, o desórdenes alimenticios. Como yo carezco de vergüenza, pensé que me tocaba a mí. Si tengo que ser la tía guarrindonga del planeta entero, así sea. Seré la tía loca con el abrigo de piel leopardo y el cigarrillo en la comisura de la boca, escandalizando a los niños con “¡Vamos a hablar de pajas, je je je!”. Porque es divertido y sucio, pero también revolucionario. Y si algo es revolucionario y guarro y divertido, quiero ser parte de ello. Otra cosa que la gente me pregunta sobre Cómo ser mujer es qué voy a hacer para el siguiente, teniendo en cuenta que en este lo he confesado todo. Error: tengo un camión entero de confesiones dispuesto para el siguiente, que por cierto es una novela, y es mil veces más íntimo e indiscreto y sucio.
En el libro admites algo que ciertos sectores del feminismo pueden considerar chocante: los tíos se lo pasan mejor. Los tíos no son mejores, pero es mejor ser tío.
Es la forma en que los hombres se ven a sí mismos. Las mujeres se ven a sí mismas como un problema, mientras que los tíos se levantan por la mañana y dicen: “Me llamo Dave. Voy a ponerme los pantalones y pasarlo de puta madre allí fuera”. Las mujeres se levantan y lo primero que piensan es: “Estoy gorda. No puedo salir de casa así. Oh Dios, y mira qué cabello”. Se ven a sí mismas como una larga lista de inconvenientes, y todo lo que tiene que ver con cultura femenina perpetúa esa perspectiva. Todas las revistas femeninas se regodean en mostrar a mujeres que la han cagado esa semana: la que no debería haber llevado ese vestido, la que no debería salir con aquel, la que debería llevar zapatos sin tacones… Los programas televisivos muestran a chicas preocupadas por no encontrar novio, o no ser buenas madres o… Todo angustias. Los programas para tíos muestran a hombres lanzando coches por acantilados, o sentados en un sofá y diciendo: “Me gustan las tetas”. Aunque no es que las tetas sean algo que me interese tanto, prefiero esa conversación a la de “Estoy demasiado gorda, qué puedo hacer, bla bla”. ¡A la mierda con eso! En cincuenta años vamos a estar todos muertos. Yo quiero vivir en el borde de un precipicio, como Slash en el video de “November rain”, con la guitarra sin enchufar a ninguna parte, sombrero en cabeza, pitillo en boca y haciendo playback como una energúmena. Mientras Axl Rose prepara speedballs enormes en la caravana.
Eran buenos tiempos para Axl Rose. Ahora se parece más a Jabba El Hutt.
¿Y qué me dices de Slash? No sé si sabes que nació en Stoke, un pueblo de mierda al lado de Wolverhampton, de donde yo soy, y su nombre real es “Paul”. Eso sí es poder de reinvención: de ser “Paul, de Stoke” a ser “Slash, de Guns’n’Roses” mediante la construcción de un peinado más voluminoso y la aplicación de sombrerito.
Quería preguntarte algo sobre clases sociales. La cultura inglesa ha cambiado lo suyo desde el triunfo en los cincuenta y sesenta de nuestra cultura (con Beatles, mods, etc), pero me pregunto si aún te encuentras con situaciones en las que gente del mundo de la cultura y los medios te miran mal por ser de clase obrera.
La historia de las clases en nuestro país es interesante. Hasta el principio del siglo XX, si eras de clase obrera y querías ser un artista tenías que buscarte un mecenas, y entonces pintar retratos de su horrenda esposa, o morirte de hambre en las alcantarillas, como hizo George Orwell. Y entonces se instauró una brillante legislación sobre el copyright, que culminó en la revolución de los sixties, y que permitió que chicos de clase obrera cobraran por lo que hacían. Y del mismo modo aquello influenció la economía de nuestro país: Paul McCartney se gastará 500 millones de libras de un modo distinto que un banquero de Barclays Bank. El goteo permitió la formación de una cultura de clase obrera. El terrible error de internet fue asumir que todos los artistas debían entregar su trabajo gratis, cuando el arte era la manera tradicional en que la gente pobre podía escapar de su gueto sin ser boxeador o futbolista. La demagogia que siempre nos lanzan a la cara a los artistas de clase obrera es: ¿Por qué no regalas tu trabajo? Porque Mami tiene que pagar el alquiler, tío. Nadie regala su trabajo, los artistas somos los únicos que lo hacemos. Es una locura. Ninguna otra industria ha regalado su mierda en internet. H&M no está regalando sus chaquetas en la red. Solo los gilipollas bohemios y de izquierdas lo estamos haciendo. Todo eso me pone paranoica como si hubiera estado fumando maría: ¿Por qué será que la gente que diseminaba las ideas más peligrosas, los artistas de clase obrera, de repente están siendo apartados del discurso (no pueden permitirse hacerlo gratis) y las clases medias están tomando su lugar? En nuestro país se asume que cuando empiezas a ganar buen dinero por lo que haces pasas mágicamente de la clase obrera a la clase media. Eso es un pensamiento mezquino. Siguiendo ese razonamiento, todo lo que tiene que ver con la clase obrera solo puede ser pobreza y dificultad, nunca éxito. Eso me hace hervir la puta sangre. Yo soy de clase obrera y moriré de clase obrera. Existe una gran diferencia entre cultura de clase obrera y cultura de clase media: la presunción del privilegio. Detalles como que mis amigos de clase obrera que han llegado a algo son los que celebran las fiestas más gordas y más invitan, mientras que a alguien de clase media ni se le ocurre preguntar cómo dividimos la cuenta.
Pero a veces el éxito puede cercenarte de tus raíces completamente, lo que es un peligro añadido. Mira a Rod Stewart o gente así. No creo que pasen el día hablando con su jardinero.
Para mí, el éxito en la clase obrera implica una serie de obligaciones que no puedes perder de vista: ayudar a tus amigos, hablar siempre de desigualdad de clase, del estado del bienestar… Es el impuesto que se te debe aplicar si eres famoso. Y si no lo cumples, eres un capullo. Y creo en esto firmemente. Kiko Amat