Rompepistas irrompible (4a edición con nuevo postfacio)

Rompepistas

Rompepistas sale a la calle de nuevo, en Compactos, precio imbatible. Es la cuarta edición en total (si están sumando -y yo lo estoy-: 2 en Contraseñas, 2 en Compactos). Sigue algarabía general. La novela viene con un nuevo postfacio de Kiko Amat donde se explica el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué, y empieza de este prometedor jaez:

«1. Este fue mi tercer libro.Lo escribí hace trece años. No es el mejor de mis libros, pero sí el que siempre quise escribir. Me doy cuenta ahora de que la voluntad de hablar en primera persona no disimulada de mi experiencia -haber formado parte de una tribu de clase obrera en el extrarradio barcelonés de los ochenta- se había ido haciendo cada vez más patente en mis escritos de la década que precede a Rompepistas. Cuando en 1995 aceptaron dejarme escribir (gratis) en las primeras revistas de tendencias que aparecían en Barcelona, utilicé aquella ventana -mi primera incursión en el mainstream no-fanzinero- para airear cada aventura y trauma de mi periodo pandillero. Parecía un veterano de guerra con TEPT: me hallaba entrevistando a algún grupo de indiepop aragonés, por decir algo, cuando, de repente, ta-ta-ta-ta, flashback de 1987,aullidos y trazadoras, aparecía en mitad del párrafo una batallita (convenientemente falsificada) de mi adolescencia subcultural[1]. Raramente venía a cuento.

En las novelas dicha compulsión no solo no desapareció, sino que fue en aumento; si bien afinada y transformada en literatura. En un párrafo de El día que me vaya no se lo diré a nadie, mi debut de interminable título, se insinuaba un pretérito arcano donde el protagonista, Julián, engulló anfetaminas con su panda en terrados de pueblo, pegándose empujones y puñetazos en los bíceps mientras sonaban cintas de northern soul en radiocasetes “quebrados”[2], o algo así. El párrafo no ahondaba en el tema, y el tema no se retomaba. Era como una carpa que hubiese asomado la boca a la superficie del lago y se hubiese vuelto a sumergir para no reaparecer jamás.

Lo que sucede al escribir de forma continuada es que ciertas verdades afloran de un modo inconsciente en el texto, señalándole al escritor cuál es la historia que debería estar contando. En ese sentido, el párrafo de las Anfetas en Terrados era algo parecido, supongo, a un post-it para mí mismo (“utilizar este material en el futuro”). Incluso, tal vez, una frase encriptada: un mensaje en clave, escrito en jugo de limón, que susurraba, para los lectores que quisieran o supiesen oír, que la novela iba de lo que afirmaba la sinopsis, pero en algún lugar de las profundidades del autor palpitaba aquello otro. Lo que tú, veterano lector tribal, tras haber acercado el mensaje a la llama de una vela, acababas de descubrir. Guiño guiño, y todo eso.

En cuanto a Cosas que hacen BUM, mi segunda novela, siempre tuve en particular estima el capítulo inicial y la coda final: la infancia y el regreso a Sant Boi de Pànic Orfila. Incluso el escritor inexperto que yo era entonces percibió la energía indócil que ambos despedían, una fuerza que surgía de un lugar, un tiempo y una experiencia concretas. En aquellas palabras vibraba una historia no contada que, como un géiser, amenazaba con reventar la corteza de mis otras tramas y reclamar su lugar en la superficie. En las últimas páginas de la obra Pànic andaba por Sant Boi, calle Jaume I abajo, bajo el implacable sol de mediodía, borracho y drogado, alienado y traicionado, luciendo unas Vuarnet robadas; una mano le goteaba sangre tras haberle arreado un puñetazo al mostrador del colmado de la esquina del instituto… Señales, pasos, equis en mapas. En esas tres líneas, condensado, estaba EL TEMA, y merecía ser contado, pues nadie lo había contado aún y me pertenecía y era, en pocas palabras, mi obligación. La faena encomendada… La tarea, como diría Dovlátov. Finalmente, cuando estuve listo, me puse a realizarla»


[1] El teclista de un grupo indiepop de clase pudiente madrileño me dijo, sobre esa época, que mis detractores me llamaban “cuentacuentos”. Yo lo tomé como un insulto (estaba concebido y verbalizado como tal), pero ahora veo que era verdad. Yo estaba contando cuentos; era mi única ambición.

[2] ¿Por qué leches no puse simplemente “rotos”? (no contesten).

(pueden leer el postfacio entero comprando la novela, troncos).