Glam rock: un motín con colorete

Ninguneado y despreciado (por puro clasismo) durante décadas, el glam rock recupera su justo lugar como primera zurribanda adolescente de los 70 y gran eslabón perdido del pop. El último libro de Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra) canta sus virtudes, lo dignifica y da palmadas al ritmo.

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Ningún dogma ha sufrido una alteración mayor que la concepción de los años 70 como desierto musical. Y sin embargo, cuando yo era púber y pasaba la vida entre el baño y la pista de baile, mi credo era que todo lo excitante del pop había muerto en 1966, y que aquella excitación no había regresado hasta diez años después, cuando el punk rock la resucitó con un caritativo chasqueo de dedos. En lo que a mi tribu concernía, entre el The Who Sell Out (1967) y el Down by the Jetty de Dr. Feelgood (1975) no había NADA. En mi mente, la década de los 70 era un gran espacio en blanco, como los confines del mapa en El Planeta de los Simios. Algo ni explorado ni explorable, territorio de hippies, cantautores-para-divorciados y odioso blues-rock. Música adulta, música para catedráticos. Genesis. Vangelis. Sífilis.

Hoy sabemos que no es así; el punk nos mintió. El punk tenía un hermano mayor que se lo había enseñado todo, pero de quien se avergonzaba por las pintas y el rímel: el glam rock. Así que escondió sus fotos. El glam es el Trotsky del pop; el gran silenciado. Al no haberlo degustado de primera mano (cuando los de 1971 llegamos a los futbolines allí solo sonaban Los Chichos), la prognosis del punk nos pareció fiable, y aquel eslabón perdido, Homo Purpurinus, quedó sumergido en una no-zona crítica, un limbo subcultural. Nadie se acordó de él.

Pero, ¿que és el glam rock?

El glam son muchas cosas, por eso el nuevo libro del crítico inglés Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI, ocupa 691 páginas. El glam es el primer despiporre adolescente de los setenta. El glam es diversión, revuelta juvenil, ropa delirante y actitud camp, androginia y estribillos. Un género estridente y bailongo (no en vano se le consideraba parte del sonido “disco”) que se metastatizó por el mundo de 1971 a 1974. A la vez el glam es como el Peronismo: tiene dos cabezas polarmente distintas: una es arty y la otra… Bueno, nada arty. Este artículo se centra en la segunda cabeza, por la sencilla razón de que se acerca otra exposición Bowie, y los críticos con diploma citarán solo el Berlin y Roxy y el rock-como-forma-de-arte, y mis matones travestidos favoritos quedarán sin nombrar. Pero no esta vez, si puedo evitarlo.

Oído, pero ¿qué es el glam rock?

Voy. El glam es artificial, y orgulloso de ello. Celebra “la ilusión y las máscaras”. Es una parodia del glamour, como si te vistieses de nazi para ir al carnaval de tu pueblo (nadie pensaría que lo eres en serio). El glam quiere que se sepa que es falso. Incluso cuando va de lujoso y decadente, es un poco cutre y guiño-guiño. Glam son los Slade con uniforme de gala al lado de unos desagües de retrete (ver foto). Es “titánico, idólatra, demente, teatro de artificio desembozado y escenario de grandes gestos”, aduce Reynolds. El glam rock rechaza el falso realismo Springsteen, y ofrece en su lugar una pantomima que, por su histerismo y calidad venusiana, se convierte en una declaración mucho más honesta de intenciones.

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El glam es un rechazo. Su ethos se pasa por el forro el consenso de 1970. Es un corte de mangas a los grupos de blues-rock campestre con letras de “gente normal”, chupas tejanas y pelo facial. El glam es anti-seriedad. Se mea en el rock “conceptual”, la música madura y el arte “de verdad”. Su existencia acabó, de un solo riff neandertal, con lo que Reynolds califica como “el largo y melenudo invierno del rock de elepés”.

El glam es chocante, como antes lo fueron Elvis o los Stones. Pero el glam vio que cada vez era más difícil epater les burgeois. Para lograrlo, el género tenía que lanzarse a por lo más pirado: plataformas rascacielos, purpurina a manguerazos, homoerotismo rampante y vodevil marciano. Steve Priest de The Sweet apareció por televisión ataviado de “recluta gay de las SS”. Dave Hill de Slade parecía una mezcla de Samuel Pepys, Vegeta de Bola de Drac y paje medieval. En cuanto a Gary Glitter… Era como si David Hasselhof se hubiese calzado el traje de obispo dadá de Hugo Ball.

Lo chocante no eran solo los trapitos. El glam es reaccionario. Se niega a aceptar el zeitgeist. Nik Cohn en Awopbobalobop… acotaba el pop y se negaba a ir más allá de 1968. El glam comparte su visión totalitaria. ¡Little Richard y cierra el glam!, parece gritarnos mientras carga entre una nube de confeti. Sus artistas miran sin complejos al rockabilly cincuentero y al agresivo mod-beat sesentas. Para el glam, el Sgt Pepper’s nunca existió. Ni el Rubber Soul. Reynolds define a Slade como “unos Beatles atascados de por vida en 1964”. El glam va directo al riff y a la brevedad de los sixties. No es casual que algunos de sus ídolos fuesen malogrados has-beens de los 60 en modo Segunda Venida: Bowie y Bolan, claro, pero también Paul Raven (Gary Glitter), Jesse Hector de The Gorillas, Shane Fenton (Alvin Stardust), Slade o Mott The Hopple.

A la vez, el glam era moderno. Nunca fue “revival”. Trevor-Roper llamó a Hitler “el terrible simplificador”, porque leyó mucha historia y de ella extrajo unas cuantas nociones inamovibles. Quitando lo odioso, lo mismo podría decirse del glam. El glam depura el sonido beat, quita lo sobrante, anaboliza lo anémico (baterías flojuchas, letras verbosas, solos alardeantes) y crea un invencible bruto mecánico. Todo es estribillo e impacto y melodrama. Reynolds cita la pionera tarea de productores como Chinn & Chapman, doctores Frankenstein del Gran Sonido. El ranga-ranga es puro Who, pero el boop-beep anticipa el tecno. T. Rex eran “los 50 si estos hubiesen llegado después de 60”. Música vieja con tecnología joven.

El glam es rebeldía adolescente. Su revolución es de tebeo, de grafiti faltoso, pedorretas al profesorado y pitillos en el váter. Sus letras son llamadas abstractas al desorden y el deslengüe. La media de edad de los fans de T.Rex era de 15 años; los de Alice Cooper no llegaban a 12. Reynolds cita las protestas de 1972 en el marco del Pupil Power, cuando 800 niños londinenses se manifestaron contra la “dictadura de los maestros”, para luego dirigirse a los estudios de Top Of The Pops y saludar con el puño en alto el “School’s Out” de Alice Cooper. ¿Y T. Rex qué? Sus detractores decían que aquello no “era para https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/08/5bc62-mudrock.jpg?w=288&h=279adultos”. Y tanto que no. Es pop para la edad del pavo, alucinante y alucinado, barbilampiño, libre como un sábado por la mañana. Se la traen al pairo la paz, el medio ambiente y los tapices tejidos a mano. Es como el punk, en suma, solo que sin los panfletos.

Al igual que el punk, el glam formó tribu. Una élite “autocreada”, no basada en apellidos compuestos, fortuna o poder, sino conocimiento y afiliación. Una sociedad secreta, solo que no era nada secreta, porque sus ídolos eran archifamosos, sus ritos se difundían a través de la prensa de kiosko y los fans iban vestidos de lagarterana espacial. La militancia se demostraba a base de audacia, esfuerzo y coraje: quién se arriesgaba a salir de casa de aquel modo o quién se había leído los libros de los que hablaba Bowie. El glam era andrógino y afeminado pero, para chasco de sus enemigos, requería mucha valentía.

Know who you are

El glam rock era de clase obrera. Igual que toda la música popular de posguerra, me dirán ustedes. En efecto, pero el glam, en su rama no-arty, lo era de un modo farruco. Se negaba a citar a Marcuse o hablar de koljoses para ser aceptado por la clase media. Celebraba el sábado noche, las trifulcas, el pandilleo y lo tórrido. ¿Escapista? Tal vez. Pero en ambiente proletario, el escapismo siempre ha sido una opción digna. Trabajo ocho horas en la rectificadora, de acuerdo, pero a ver quién es el guapo que me impide vestir de mutante homosexual para ir al disco-pub.

Pues el glam era bailable. El ritmo no era consecuencia sino fin. Gary Glitter y su productor Mike Leander (“gran visir del glitter”) buscaban un “white disco sound”. Algo autóctono, futurista y rocanrol que competiese con la música negra en los clubes ingleses. Porque el glam es inglés. Los americanos tenían a New York Dolls. Y Suzi Quatro. Y Alice Cooper, vale. Pero el glamur de fregadero de Slade no cuajaba en yanquilandia. Chavales aplicándose rímel a espaldas de sus padres para ir a bailar al gimnasio del centro católico: eso es glam, y en el ambiente liberado de Los Angeles parecía una insensatez. Reynolds apunta otra teoría: la “sima” que separaba la FM de la AM en la radio americana. FM era el underground melenudo, AM el pop pulido. El glam inglés estaba justo en medio. T.Rex eran superpop bizarro, demasiado pop para los freakies, demasiado flipado para los squares.

Y asimismo, el glam reinó triunfal del 71 al 74. Cuatro años de mandato, que terminarían cuando Bowie se pasó al soul y, luego, a lo alemán; Bolan perdió el talento y murió (en un Mini, que es una muerte bastante glam); The Slade, The Sweet y los demás se fueron achicando poco a poco. Pero mientras existió, el glam fue espléndido. Una erupción eléctrica y rebelde cuyos discos están a la altura de lo mejor de la era mod y la nueva ola. Visto desde dicha perspectiva, resulta chocante que la prensa adujese que el pub rock y el punk habían rescatado al rock del tedio. ¿Tedio? ¿Qué tedio?

Un Top 5 del glam rompepistas inglés

MUD: Querían ser camp, pero no les salía muy bien. En las fotos lucen como estibadores portuarios forzados a travestirse. “No había nada delicado o élfico en el sonido de Mud”, dice Reynolds. Bailaban como teddy-boys borrachos (aunque sincronizados), y en “Dyna-mite” sonaban como si los Archies hubiesen grabado en el gol sur. Decían palabras soeces y, al menos en una famosa imagen dominguera y anti-cool, anticiparon a los Decibelios de Vacaciones en El Prat.

T. REX: Ya les conocen. Un exmod convertido a folkie tolkeniano que se deshizo de la capa hippy y se remodeló, ya definitivamente, en rey del boogie e inventor del glam rock. Marc Bolan se colocó una boa y espolvoreó purpurina en sus (cincelados) pómulos, convirtió su música en un reducido de Eddie Cochran del espacio exterior y adelgazó sus letras para que solo acarrearan un par de mensajes básicos sobre amores calientes, danzarines cósmicos, guerreros eléctricos y gurús metálicos. El glam es Bolan.

SLADE: Se autodenominaban “supervándalos”. Celebraban a los chavales “que dejaban los estudios a los quince años” y a la clase obrera en primera persona del plural. Vestían como semi-skinheads + prestamistas dickensianos + luchadores grecorromanos. Sus discos estaban llenos de palmadas y pateos (su marca de fábrica). Tuvieron una porrada de números uno pero jamás evolucionaron (“convirtieron los inicios de los Beatles en su destino”). Eran todo ritmo, velocidad, farra y baratura (grababan los álbumes en dos días). Uno de los más grandes grupos del rock’n’roll. Incluyo mi super-favorita de ellos, pese a que no es la más típica de su sonido (y canta Jim Lea).

THE SWEET: Los Monkees del glam. Un grupo prefabricado que tomó las riendas de su carrera. Una máquina de hits en mallas, con camp de lo más convincente. Combustión rocanrol pero lacado pop con letras melodramáticas, riffs huracanados y armonías vocales. “Ballroom Blitz” es Bo Diddley danzando música militar extraterrestre. No hay solos ni baladas ni asomo de blues (gracias al cielo). Puro disco-rock blanco para la disco del viaje de fin de curso de octavo. Queen lo copiaron todo de aquí.

SUZI QUATRO: “Can the can” fue el primer hit glam que escuché en mi vida. Febril trum-patrum castrense, aullidos rompe-gargantas, guitarras de dos acordes, palmadas de hinchada. En aquel momento no me convenció, hoy marcho a su ritmo. Suzi era punk antes del punk. Iba de chica mala, y era un personaje, pero su personaje se parecía mucho a la de verdad. Era de Detroit, calzaba traje elástico a lo Catwoman, se negaba a ser blanda (o una “señorita”) e inspiró a muchos fans. Joan Jett, sin ir más lejos.

Apéndice #1: Glam de trapería

Sucede en todos los géneros: unos cuantos suertudos son vanguardia, innovan, se hacen famosos y alcanzan la “fase imperial” (reconocimiento público + cénit creativo). Es la primera división. En un escalón inferior se halla la segunda: grupos que iban a remolque, con menos talento; grupos que tuvieron mala pata o ideas lamentables. El glam no es una excepción. Se trataba de un género masivo, pero solo un puñado de artistas colocaron hits en lo alto. Lo que sobraba del quesito se lo repartieron centenares de bandas menores, que solo fueron grandes en campings y en algunos pueblos extremeños, que entraron en el Top 40 de milagro y por salva sea la parte (o que jamás entraron), y que se vieron obligados a utilizar sonrojantes estrategias de márquetin.

Simon Reynolds dedica solo dos páginas a este sub-género bautizado como “junkshop glam” (glam de trapería), una cifra risible si tenemos en cuenta el alud de bandas y discos -a cuál más loco- que se apiñan en sus filas: Hector (niños con pecas pintadas y un super-hit, “Wired up”), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). El “Rebel’s rule” de Iron Virgin o el “Another School day” de Hello. O mis favoritos, Jook: exJohn’s Children, ropa hooligan, sonido Who anabólico con zapateado Bay City Rollers y un hit subterráneo en “Aggravation place”. Como ellos, cientos. Durante cuatro años, los singles de aquellos maromos mazas con peinados medievales, bufandas-pitón y pantalones John Silver que berreaban “Bish Bash Bosh” o “Rave’n’Rock” fueron lo más en las discotecas de Europa (pero en ningún lado más).

Lo irónico del caso es que la maquinaria voraz del mercado coleccionista, al ir completando estilos y sub-estilos, ha terminado dirigiendo su mirada a esta 2ª división. Decenas de grupos anecdóticos, puros One Hit Wonders, son hoy pasto de caza y puja, y sus singles de 45rpm con portada (formato estrella del glam) se han convertido en cobejados objetos de consumo underground con el pedigrí del 60’s punk raro o el soul ignoto.

Apéndice #2: Tot el camp es un glam

Aquí no hubo glam autóctono, así que vuelvan a guardar el lápiz de labios y la laca. Según Ramón de España, periodista y veterano fan de Roxy Music que vivió el goteo (o chaparrón) del género en España a principios de los años setenta, “nunca existió un glam autóctono. Además, nadie usaba el término glam rock, sino gay power. Con ese título publicó un libro el difunto Eduardo Haro Ibars. En otro plan, La Charanga del Tío Honorio publicó una canción titulada “Los chicos del gay pobre”. Franco aún vivía y no estábamos para mariconadas. Miguel Bosé era toda la ambigüedad que podía soportar el régimen, por moribundo que estuviese”.

Ramón De España apunta que, por otro lado, el glam foráneo sí explotó en las discos patrias, como demuestran los centenares de sencillos editados con portada española y traducción insensata del título. “Ciertamente, el glam llegó y triunfó”, afirma. “Entró con David Bowie y Ziggy Stardust. De repente, El Corte Inglés estaba lleno de ejemplares de Space oddity, The man who sold the world y Hunky dory, que no se habían editado en su momento. El glam tuvo éxito tanto en la vertiente arty (Roxy, Bowie) como chusmosa (The Sweet, Slade, Suzi Quatro). En el momento, los fans de unos y otros eran irreconciliables. Los del rollo arty nos choteábamos de Gary Glitter como luego lo hicimos de Tino Casal. Con el paso del tiempo, hay que reconocer que algunos hits de los chusmosos no estaban nada mal, sobre todo los escritos por el dúo Chinn y Chapman, proveedores de The Sweet y Suzi Quatro. Y no olvidemos a Cockney Rebel, cuyos dos primeros álbumes, sensacionales ambos, se acogieron a la cosa glam. Siempre fue un grupo de minorías, eso sí, salvo con el hit “Make me smile (Come up and see me)”, que nunca se repitió”. Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 29 de julio del 2017. Pueden clickar y compartir, si así lo desean, el link del periódico -así mis jefes verán que hay alguien leyendo- o este mismo)

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Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

JOHN LYDON: Esto es un bosque (una entrevista con Kiko Amat)

Sí, es él. Lydon. Rotten. Johnny. John. Rey del punk y padre del post-punk, voz (y cerebro) de los Sex Pistols y eje de P.I.L. Protagonista de un anuncio de mantequilla e improbable invitado del programa de telebasura I’m a celebrity, get me out of here! Un ser mítico y poliédrico que es aún el niño meningítico, fan de Can y Doctor Alimantado, que creó el punk en el norte de Londres. La ira es una energía (Malpaso, 2015) traza toda la curva de aprendizaje Lydoniana, de la cuna a la madurez.

John-Lydon2Fue así: yo iba preparado para una buena barahúnda dialéctica, atándome los guantes de boxeo con los dientes, pero John Lydon realizó el equivalente de cachearme en la puerta de un club: morirse de risa. Eso me desarmó, claro. ¿Por qué creí yo que iba a conversar con un ser huraño y solitario, borde como él solo? Quizás porque leí aquella biografía de Jah Wobble, su compañero en P.I.L., donde le pintaba como medio tarado por el ego (no caí en la cuenta de que Wobble no está muy fino). O quizás sea que a Lydon siempre le he visto en formación de combate, defendiéndose a dentelladas de sus críticos, y no estoy demasiado familiarizado con su cara apacible. Fuere como fuere, el John Lydon que me agarró el teléfono era un animal muy distinto al que suelen pintarnos. Aunque no podía verle, le imaginé hablando desde su casa en la playa (no tengo ni idea de si tiene una casa en la playa, pero me complació visualizarlo así), mirando el mar y preguntándose cómo carajo llegó aquel chavalín pelirrojo de cuestionable higiene dental, mueca fácil y postura corporal de Ricardo III a esto. A la cima del pop.

Has necesitado dos autobiografías para explicar tu vida. ¿A qué obedece La ira es una energía, si ya existía Rotten?
Estaba satisfecho con Rotten, pero con el tiempo me di cuenta de que necesitaba llenar los vacíos que existían sobre la época que precede a mi juventud. Hay mucho de mi infancia que no estaba allí, y no pude apretujarlo todo en un solo volumen. Para mí es muy importante que la gente entienda cómo fue mi niñez, porque allí se fabrica la personalidad que hoy conocemos como YO [ríe fuerte]. Quiero que el lector comprenda que no fui creado como una sensación del pop. Ya era un personaje hecho y derecho cuando aquello sucedió, y muchas de las calamidades que me sucedieron en la infancia contribuyeron a crear mi personalidad.
¿Eres aún aquel chaval de diecisiete años de Finsbury park?
Soy aquel chaval de seis años de Finsbury Park [ríe]. Los primeros años de tu infancia van a moldearte para el resto de tu vida. Cómo interpretas los escenarios que te rodean de niño es la base de tu formación como ser humano. En ese sentido, puedes dejar que la pobreza te deprima y venirte abajo, o puedes ponerte manos a la obra y sobreponerte. Que es lo que yo hice. Pero no quiero decir que yo fuese especial. Todo el mundo en mi barrio hacía lo mismo. Vivíamos en casuchas baratas, y era lo que había. Solo cuando mirabas la televisión te dabas cuenta de que no todo el mundo vivía del mismo modo. Supongo que sobre esa época empieza a colarse la conciencia política. Tuve mucha suerte de nacer cerca del Arsenal, porque la hinchada era 100% multicultural. Era una cosa excelente de veras. Una comunidad muy familiar. Allí crecimos, en Arsenal-landia. Todos los otros grupos de supporters iban por ahí berreando “Sieg Heil” como nazis gilipollas. Nosotros no. Estas cosas son importantes, no son paridas. Miras atrás y te das cuenta de que aquello te hizo así. Por eso he escrito este libro. De golpe me di cuenta de que las cosas de mi infancia de las que nunca había hablado eran en realidad las más importantes. Eso sucede en la vida: intentas olvidar, o simplemente olvidas, algunas cosas. Pero algunos de esos malos recuerdos son vitales para mí.
Posees también otra conciencia fundamental además de la política, que es la autoconciencia. En el libro afirmas: “nadie puede escribir nada sobre mí que yo no haya pensado antes”.
Soy mi peor crítico, y eso me ha hecho un bien incalculable. Cuando pierdes por completo lo memoria, que es lo que me pasó a mí cuando tuve meningitis a los siete años, y estuve hasta los ocho en un hospital después de un coma, despiertas y no reconoces a nadie. Ni a mis padres, ni desde luego a mí mismo. Así que empecé a utilizar un montón de autoanálisis. Me vi obligado a cuestionar todo lo que se me decía, y tuve que reaprender todo lo que sabía hacer antes de la meningitis. Pero de ello surgieron una gran cantidad de cosas buenas. Lo que mis padres consideraron una gran tragedia también me había convertido en un ser humano muy astuto. Detecto de inmediato cuando la gente me miente, y no me gusta nada. No veo que exista ninguna necesidad para la mentira. Siempre ha sido vital para mí contar algo como realmente es. Cuando pierdes la memoria durante un periodo tan largo de tiempo, la verdad importa. Importa mucho.
La deshonestidad y la hipocresía siempre te han asqueado.
Sí, y tanto. Asimismo, a mi lado irlandés le encanta contar una buena historia [sonríe], lo que imagino que me llevó a escribir canciones. Yo jamás había cantado hasta que me ofrecieron el puesto de cantante de los Sex Pistols. Hay varias razones para ello, pero una de las obvias es, por supuesto, la existencia de los curas católicos. No deberías dejar nunca a tus hijos cerca de ellos. Siempre existía ese miedo, de que si entrabas a formar parte del coro el párroco acabaría teniendo contacto “directo” contigo. Por tanto, cantar en el coro era una imposibilidad. Ya de muy niño sabía que la actitud de los curas iba a ser vampírica. Lo de reaprender a hablar y escribir se tornó algo muy importante para mí. Y por eso cuando entré en los Sex Pistols no me quedé en cantante, sino que empecé a ser el artífice de sus palabras. Según lo veo, mi forma de pensar y mi ingenio son las únicas cosas para las que estoy armado y blindado de veras. Opino que, tras nacer, fui rehecho, fui reconstruido para terminar haciendo esto.
Lydon longhairedHablas del ingenio de tu panda juvenil como táctica de supervivencia. Dices que erais “gatitos manchados” que tuvieron que desarrollar la rapidez oral como autodefensa.
¡Por supuesto! Por eso me encantan las comedias inglesas. Todas las películas y programas de televisión que vimos en aquella época, y que existían de la IIª Guerra Mundial en adelante, eran para mí la salvación. Una educación completa. Con ellas aprendí que el humor te proporciona un acercamiento mucho más directo a la verdad que cualquier filósofo. Aún diría más: creo que el único intelectualismo sincero es la comedia.
Te vitoreé cuando en The filth and the fury te ciscabas en las teorías situacionistas que algunos intelectuales habían metido a cañonazos en el punk, y afirmabas que para ti el punk venía de la comedia inglesa y de hacer el ganso con tus colegas.
¡Yupi! ¡Bien por mí! [se autojalea, riendo]. Lo jodido es que el mundo es como es, y aún quedan un puñado de esos intelectuales pontificadores que siguen escribiendo chorradas sobre el punk. ¿Cómo te diría? A mucha gente los árboles no le dejan ver el bosque. Para mí era de una obviedad cegadora que tenía que plantarme allí y decir: “esto es un bosque” [ríe]. Admito que para mí hacer esto es un tipo de pasatiempo muy disfrutable. Recordarles a esas personas de inteligencia “superior” que se equivocan la mayoría de veces.
The Clash se explican en tu libro como un grupo sin el menor sentido del humor. Lo cual, por supuesto, es cierto. Todas aquellas solemnes llamadas a la “revolución”…
The Clash eran angustia sobreactuada, nada más. Asimismo, eran excelentes personas y les quiero. Me encantan Paul Simonon y Mick Jones, les tengo en gran consideración. Como seres humanos. Sencillamente nunca me interesó ni me interesa su música. ¿Por qué debería? Yo tampoco espero que a ellos les guste la música que hago yo. Si fuésemos todos fontaneros en lugar de músicos no estaríamos admirando las reparaciones de retrete que han hecho los demás. Esto es un problema, porque mucha gente (críticos musicales, en particular) no es capaz de comprenderlo, y automáticamente respondería “¿Por qué odias a The Clash?”. Pero no odio a The Clash. Qué gilipollez. Para mí, el ser humano va mucho antes que el resto de consideraciones.
Lo más irritante de ellos, supongo, es lo que defines como su faceta de “socialismo abstracto”.
Bah, era puro fingimiento. Una farsa. No era genuino. ¿Por qué querría alguien hacer ver que viene de la parte pobre de la ciudad cuando no es cierto? Créeme, lo de crecer en un sitio que no tiene váter dentro de casa no es ninguna bicoca. No es algo glorificable. Toda mi primera infancia fue así, y resiento amargamente a cualquiera que pretenda haber compartido esa experiencia cuando no es verdad. Yo no simulo haber ido a la universidad de Oxford. De hecho, la única vez que he puesto mis pies allí dentro ha sido para dar una conferencia [ríe]. Que no a recibir una, ojo.
Es curioso cómo algunas estrellas del pop han acabado siendo amigos tuyos. Gente que en el pasado no parecía tener nada que ver contigo, como Simon Le Bon. Gente que odiabas, quizás.
No, no. Es lo mismo que decíamos de The Clash. Quizás odié lo que hacían Duran Duran, pero no a ellos como personas. La gente es muy distinta del empleo que realiza. Mucha gente de la industria musical la ve, de hecho, como una industria. Como un trabajo. Crean personajes públicos de sí mismos, y luego tienen que estar a la altura de lo que han creado. Para enriquecerse, básicamente. Yo soy distinto, pero no espero que nadie sea como yo. Para mí, mi obra surge de mi experiencia cultural, e intento relacionar la una con la otra. Lo que hacemos esa gente y yo es muy distinto, pero bueno… Soy un tío muy clemente. Hablaría con el diablo si fuese simpático.
john-lydon3Es un puto drama que el punk rock terminara siendo algo tan blanco y homogéneo.
Sí, aún hoy me pregunto cómo llegó a suceder eso. Pero sucedió, es cierto. Muchos periodistas se lo agenciaron, supongo, y como siempre tomaron de ello la parte equivocada. Se exageró muchísimo en la prensa, y se transformó en una especie de fábrica del odio. Y eso es lo que acabé odiando yo. Solo pintaron la violencia y el pensamiento negativo. Dios sabe cómo coño llegaron a concebir los Sex Pistols como algo negativo, porque éramos lo opuesto. Una banda muy positiva. Atacamos a los problemas que nos rodeaban: las instituciones, la iglesia, los políticos, los gobiernos.. Yo me metí con todos ellos, y eso tiene que ser positivo por narices. Incluso cuestioné “God save the Queen”. Y mira cómo acabó todo eso. Con mi grupo siendo debatido en el Parlamento. Pero fue positivo también, porque se trataron asuntos que debían ser comentados. En todo caso, en mi mente no visualicé McDonald’s en llamas ni nada eso. La cosa iba un poco más allá. Y ese es el tema: el punk degeneró en… Trivialidades. Un montón de tontainas sin talento haciendo el mismo ruido. Como suele decirse: los cántaros vacíos hacen más ruido. Si golpeas un tambor bien hueco, el estruendo será mayor [ríe].
No me gusta mucho la palabra, pero ¿opinas que algunos viejos amigos acabaron decepcionándote?
En 1989 escribí una canción que se llamaba precisamente “Disappointed”. Y cuyo estribillo dice [empieza a cantar] “Disappointed a few people / When friendship reared its ugly head / Well, isn’t that what friends are for?”. Y esa es la verdad. Uno tiene que aprender a perdonar. Si te comprometes a conocer de veras a otro ser humano, entonces tienes que aprender a tomar lo bueno y lo malo. Y si lo bueno pesa un poco más que lo malo, entonces hallaré un lugar en mi corazón para ellos. Pero si alguien es malo conmigo de verdad, a la tercera está expulsado. No tendría sentido seguir después de eso. Si alguien te roba, no es amigo tuyo. Si alguien trata de robar tu reputación, o miente a tus espaldas, no le necesitas. Bastante jodido es que tus amigos digan la verdad a tus espaldas [carcajada].
Opino que la verdad del punk aparece si mezclas todos los testimonios, pero según tú la verdad solo se encuentra en La ira es una energía.
Sí. Y me apoyo en el hecho de que no soy psicótico, ni bipolar, ¡ni esquizofrénico! [ríe] ¡Sí, es toda la verdad! Tiene que serlo. Tengo a mi abuela dentro de de mi cabeza aún, la recuerdo bien, y si digo alguna mentira me arrea un capón. Si te comprometes a algo en la vida, que sea para siempre. Por supuesto, si te das cuenta de que aquello con lo que te comprometiste no está bien, cámbialo por algo mejor. Esto le pasa a alguna gente: se aferran rígidamente a sus principios, pero esos principios son inútiles si no son transparentes, si no están abiertos a debate. Y eso es lo que debería hacer cualquier persona cuerda: declarar abiertamente qué son y en qué creen. Y estar preparado para que otra gente te lleve la contraria. Si tienes algo que decir que pueda mejorarme, soy todo oídos. No quiero pasar por esta vida engañándome a mí mismo, ni a los demás. En ese sentido, no soy nada rígido en mis procesos espirituales. No creo en la moral, porque me lo impide el subtexto religioso, pero sí creo en algunos valores.
No somos posmodernos. Los valores son cruciales.
Claro. En el pasado utilicé la palabra “anarquía”, pero el concepto de anarquía es una artimaña de clase media. La gente con pasta puede permitirse todos esos procesos mentales. Pueden regodearse en esas reflexiones porque están forrados. No tienen problemas reales, como pagar la factura del gas o alimentar a los niños. Uno tiene que poseer un cierto sentido común. Cualquiera que estructure su vida alrededor de la religión o la política es un completo memo.
Me pone negro la izquierda de clase media que siempre está sermoneando a la clase obrera sobre cómo tiene que ser, y afeándoles que no estén suficientemente “politizados”.
A mí también. Y te diré por qué: porque no deja espacio para nosotros. Porque nosotros no entramos en consideración. Creo que aún nos ven como una atracción de feria [carcajada]. Especialmente en el Reino Unido, donde el sistema de clases sigue siendo muy rígido. No importa las capas de barniz que le apliquen: ese sistema sigue vigente. Los que han ido a colegios privados miran por encima del hombro a todos los que no pudieron permitírselo. Ahí lo tienes. ¿Una cuestión monetaria? En efecto. ¡Dejad que la clase obrera haga dinero de la forma en que sabe hacerlo! Que generalmente es el crímen [ríe]. Pero vaya, si no van a permitirnos recibir una educación en términos de igualdad, que luego no se quejen. No somos idiotas. Ni soportamos a los idiotas con alegría.

Ira lydonROCK ON, LYDON: HUBO VIDA ANTES DEL PUNK
“Lo de que el punk rock salvó a la música popular es una mentira total. David Essex era lo más. Tenía un par de singles de los que yo estaba enamorado en 1973, como “Rock on”, que es rarísimo. Estaban hechos con mucha técnica de estudio, pero qué más da. El sonido era alucinante. Una de las razones por las que me gusta tanto T. Rex es la producción de Tony Visconti. Había un montón de música genial en mi infancia y juventud. ¡Alvin Stardust! ¡Gary Glitter! Todos sabemos en qué se convirtió Glitter, pero hizo grandes discos. Muy bailables. A la vez, yo escuchaba música folk turca y griega, y también irlandesa, porque era lo que se escuchaba en mi barrio. La cultura estaba muy mezclada allí, estabas expuesto a un montón de influencias musicales. Todos esos géneros eran para mí algo natural, no me puse a excavar en ellos. Siempre habían estado a mi alrededor, sonaban todo el día en el patio de vecinos. No tuve que buscarme un amigo negro para que me enseñara lo que era el reggae [ríe maliciosamente]. Aprendí a andar con reggae”.
La historia se reescribe acorde a la visión de unos cuantos académicos. Si la gente piensa en los 60’s ahora es como si solo hubiesen existido Cream o Grateful Dead. Pero en 1968 el Top 10 inglés era todo Desmond Dekker y Bob & Marcia.
“¡Sí! Pero no vayas diciendo eso, querido [ríe]. Eso es algo que nadie quiere escuchar. Para empezar, porque es la parte de clase obrera de los sesentas. Y no hace falta que te diga que antes de eso estaban los mods. Y antes que ellos estaban los teddy boys. Todas aquellas culturas tenían concepciones muy distintas de la música, desde luego alejadas de Cream. Cream me gustan, no me entiendas mal. Pero también me encantan todas las bandas mod originales, las de verdad. Y me encanta la influencia negra en la música callejera.”

Kiko Amat

(Entrevista aparecida originalmente en la revista Rockdelux de septiembre 2015)

Kiko Amat charla con Bob Stanley #4 (y despedida)

BOB-STANLEY-KIKO-AMAT-webEn el libro hablas también de psicodelia inglesa y americana. De cómo la primera es mucho más interesante, porque era un mercado de singles y por tanto utilizaba la contención y la brevedad, esenciales para el pop.
Hay muchos singles de psicodelia americana que son interesantes, pero los que recibían la publicidad y el presupuesto eran los que grababan álbumes. Lo interesante y particular del fenómeno San Francisco es que la escena más rara, más heterogénea, más insular, fue la que fichó en su totalidad por grandes corporaciones. Todas esas jug-bands, grupos de teatro callejero, los que hacían freak-outs de quince minutos, todos terminaron en multinacionales. Nadie empezó un sello independiente como Vanguard, o Elektra (que era de Los Angeles). Imagino que porque iban todos demasiado pasados, y a nadie se le ocurrió. Pero es triste y absurdo que todos aquellos grupos acabaran en Warner Brothers, solo porque estaba cerca, y en cambio odiaran a los grupos de Los Angeles por ser demasiado “comerciales”. Así que, en efecto, la psicodelia americana fue engullida casi de inmediato por todas las majors. Se habían perdido la primera ola de pop británico, así que las compañías americanas estaban decididas a no dejar escapar otra oportunidad de oro, y ficharon a cualquier grupo friki de San Francisco, aunque no tuviesen ningún hit ni potencial para hacerlo jamás. La psicodelia inglesa, por otro lado, era una cosa considerada efímera, sucedió en grandes compañías que tampoco pensaban destinarle un gran presupuesto, de modo que las bandas tenían que contentarse con singles. Y eso definió su sonido.
El single de vinilo es lo que define el pop. Su formato clave. Los 2’35” que podías enchufar en cada cara. Tu libro lo deja muy claro.
Hoy en día hay gente que se aferra a los álbumes, sin darse cuenta de que están muertos. Los álbumes pop no existen. ¿Cómo es el disco de Beyoncé? ¿Es un álbum o una mera colección de videos, uno detrás del otro? No es un álbum en sentido convencional del término, eso desde luego. No quiero ser un snob de los singles, porque al final de los sesenta y principios de los setenta muchos de los avances interesantes provienen de los álbumes. Si llego a centrarme en singles no podría haber hablado de Led Zeppelin, que son relevantes y me gustan (aunque no tanto como a otra gente) y no eran un grupo de singles. Del mismo modo, todo el movimiento folk-rock inglés -The Pentangle y Fairport Convention y todos los demás- no estaba orientado al single.
Me gustaría ahora que te ciscaras en el concepto de “rock clásico”, tal y como lo defines en Yeah Yeah Yeah. Porque el día en que se acuñó ese género fue un día aciago para la humanidad.
El término “Rock clásico” seguramente quiere decir cosas distintas en Inglaterra o Estados Unidos. Pero allí se acuñó cuando las estaciones de FM empezaron a despegar y se colocaron en competición con las emisoras de AM, que estaban programando a David Cassidy y cosas así. Porque en Gran Bretaña la radio popular duró hasta el año 1978, incluso después del punk. Así que la creación de esa idea de rock clásico aquí obedece a revistas como Q en los ochenta, y Mojo algo más tarde. Por definición, cualquier cosa etiquetada como “clásica” quiere decir que es “conservadora”, y por tanto que no acepta ningún tipo de progresión. “No, lo siento, es hasta aquí, ya está todo hecho y lo demás ya no importa”, esa es en cierto modo la actitud. Quizás por la prevalencia del término en Estados Unidos, al menos hasta finales de los setenta, fue más difícil que los grupos de los ochenta y noventa (en el hardcore, y el punk, y el grunge) se alejaran del rock. “Rock clásico” incluye a Led Zeppelin, hard rock, blues rock, algo de AOR, Doobie Brothers, Styx, alguna banda inglesa como Jethro Tull o los Moody Blues (ambos grupos, por cierto, tuvieron mucho más éxito en los Estados Unidos que en Inglaterra), quizás cosas cercanas al metal como Black Sabbath…
Creo que la clave del heavy metal es tomártelo en serio, si no resulta imposible. A la que le pierdes el respeto, puede ser cómico. Con el Oi! -que me encanta- sucede algo parecido.
Por supuesto. Y la línea es muy fina. Puedes mostrar una cierta ironía al hacer referencia al mundo del metal y sus temas, pero a la que pasas a ser un grupo cómico como The Darkness ya estás perdiéndole el respeto, es pantomima, y por tanto dejas de gustarle al público metal. Puedes pensar que el género es ridículo, incluso si eres fan, pero no puedes verbalizarlo. El hard rock, asimismo, tiene cosas buenas. El otro día miraba One day in September y de repente empezó a sonar una canción alucinante, muy poderosa. Era “Child in time” de Deep Purple. Así que, como decíamos antes, no le encuentro sentido a decir que toda esa música es una mierda, porque puesto en contexto y examinado como corresponde le encuentras cosas buenas al género. Despreciarlo por completo sería de snob, y yo soy un anti-snob.
Eso se percibe cuando hablas del siempre denostado glam rock, que es un estilo maravilloso. Pero siempre se habla mal de él porque era de clase obrera, y teatral, y bailongo.
Lo que más me irrita a la hora de hablar de glam rock es la distinción que hace alguna gente entre glam “de verdad” (Iggy, Roxy, Bowie…) y el glam zafio de Slade, o Mud. Ziggy Stardust o Electric Warrior son colecciones de grandes canciones inspiradas musicalmente en los 50’s y con nuevas letras sobre cohetes espaciales. Que en el fondo es lo mismo que hacían The Sweet. Me cabrea que la crítica que hizo The Guardian de mi libro lo reduzca todo a “prefiere The Sweet a Led Zeppelin”. Aunque, si te he de ser sincero, hay una parte de verdad en ello. Ves conciertos de The Sweet de la época y se te caen los pantalones, Eran un grupo increíblemente… “Engrasado” es la palabra que no quería usar (ríe). Pon “Hell Raiser” de The Sweet al lado del “Black Dog” de Led Zeppelin y verás que los primeros no eran un grupo de amateurs, o una banda de estudio. Pueden batirse con quien sea. Pero aún hoy te encuentras algún crítico de la vieja escuela que se ríe de ellos y no los considera un grupo respetable. ¡No puedo creer que aún digan cosas así, cuarenta años después! Decir que uno es mejor que el otro es otra chorrada, pero sí quiero defender a The Sweet. Porque nadie lo hace, entre muchas otras razones.

Fase C: Objeto alejándose de Bob Stanley

Apago la grabadora. Stanley y yo seguimos conversando durante un rato sobre temas de gran interés para ambos. Asuntos de vida o muerte. Como por ejemplo The Claim, un grupo de quien ambos somos super-fans (él llegó a sacarles un single en su sello Caff), y que no conoce ni el proverbial Tato.
Stanley se pone en pie de repente y dice:
– Bueno. Tengo que coger un tren. Voy a ver a mis padres. Estoy un poco borracho, qué vergüenza. Ha sido un placer.

Le despedimos. Dale y yo estamos bien en aquel bar victoriano, así que nos quedamos, bebiendo y hablando de pop y amigos comunes, una hora más. Dale tiene un acento indefinible, lo que viene a llamarse mid-Atlantic (medio británico, medio inglés), y suelta tremendos falsetes cuando explica algo hilarante, y tiene una cierta pinta de castor melancólico que echara de menos su árbol natal.
A la mañana siguiente. Llueve aún de forma inclemente. Paseo junto a Dale por los muelles de Greenwich, llenos de cuervos y fango y barcazas, un paisaje tan kitchen sink que estoy esperando ver a Rita Tushingham embarazada (o planeando un aborto; típico tema de novela 60’s) en cualquier momento.
Me calo hasta los huesos en el West End, buscando minions (los muñecajos de Gru, mi villano favorito) para mis hijos. Luego me siento en mi pub favorito, The Blue Posts, en Berwick St. y leo a Jonathan Ames y hago ver que es 1999. Lo cual me es extremadamente fácil, porque el pub está preservado en ámbar (por eso vengo aquí) y está igual que en 1999, 1989 y muy posiblemente incluso 1889 o la primera época eduardiana.

Y así estamos: me duele todo, mi recto es un calcinado cráter termonuclear, tengo los pies encharcados y la cabeza como un hormiguero rociado con napalm, Londres es la ciudad más hostil de Europa -te escupe de su boca, que diría la Biblia- sigue diluviando, el viento bárbaro que sopla ahora parece venir del Walhalla o la laguna Estigia, tengo que subir a un avión en tres horas (sigue sin agradarme demasiado volar), me he gastado 200 euros que no tengo en discos y regalos y malditos viajes (el transporte ha subido desde la última vez que estuve aquí), y pese a todo me sigue emocionando estar en esta ciudad y haber hecho lo que he hecho. Regresar a Londres y entrevistar a Bob Stanley. El pop te obliga a hacer cosas así. Valió la pena, diga lo que diga mi organismo. Kiko Amat

(Artículo publicado en su totalidad por la revista El Estado Mental #2. La ilustración -cliquen para ampliar y leer el cómic- es obra, claro, de Sergi Puyol)