Cosas Que Leo #189: UNCLE DYNAMITE, P.G. Wodehouse

UNCLE DYNAMITE by WODEHOUSE P. G.: bon Couverture souple (1966) | Le-Livre

“‘Brabazon-Plank? You interest me strangely. I was at school with a fellow named Brabazon-Plank. He still owes me two bob. Is your Brabazon-Plank a pear-shaped chap, rather narrow in the shoulders and very broad in the beam?’

‘Yes.’

‘Practically all backside?’

‘Yes.’”

Uncle Dynamite

P.G. WODEHOUSE

Penguin Books, 1966 (publicado originalmente en 1948)

250 págs.

Cosas Que Leo #118: LAS TRIBULACIONES DE WILT, Tom Sharpe

“Como de costumbre, los pensamientos de Wilt eran negros y misteriosos, y la circunstancia de no entender por qué le acuciaban los hacía aún más negros y misteriosos. Tenían que ver con extrañas fantasías violentas que fluían en su interior, con insatisfacciones que solo en parte podían explicarse por su trabajo, su matrimonio con una dinamo humana o el desagrado que le producía la atmósfera de Willington Road, donde todos eran gente importante en física de alta energía o en conductividad a baja temperatura y ganaban más dinero que él. Y tras todos estos explicables motivos estaba el sentimiento de que su vida carecía en general de significado, y que más allá de lo personal había un universo caótico, aleatorio, dotado sin embargo de una coherencia sobrenatural que él nunca llegaría a comprender.”

Las tribulaciones de Wilt

TOM SHARPE

Anagrama, 2020 (publicado originalmente como The Wilt Alternative en 1979, esta versión española forma parte de la antología completa Todo Wilt publicado en la colección Compendium)

Traducción de Marisol de Mora.

Cosas Que Leo #109: AMOR Y GALLINAS, P.G. Wodehouse

“La visión de la mesa cuando al fin desfilamos al comedor hizo correr por mi interior un escalofrío. Era una comida sólo para gente muy joven y muy hambrienta. La inflexible solidez y frialdad de las viandas era bastante para asustar a toda persona consciente de que su digestión requiere jugos. Había delante un queso inmenso que parecía mirarnos de una manera provocadora. No sé describirlo de otro modo. Tenía un aire fanfarrón, disoluto, de memo-me-impune-lacessit, y me di cuenta de que el profesor se estremecía solo de verlo. Junto a una gran hogaza de pan aparecían las sardinas, más aceitosas y repulsivas que nunca en su misma lata original. Había un jamón, reducido a su último tercio, y un pollo que había sufrido ya grandes desperfectos en otra salida a la mesa. Finalmente, al lado del plato de Ukridge se hallaba amenazadora una botella negra de whisky. El profesor parecía ser, por su parte, de aquellas personas que sólo beben rosado de un año determinado o nada.”

Amor y gallinas

P.G. WODEHOUSE

Anagrama, 1991 (publicado originalmente como Love among the chickens en 1906)

184 págs.

Traducción de Carlos Botet

**** Un Wodehouse al mes mantiene a Kiko alejado de la terapia electroconvulsiva.

Cosas Que Leo #62: EL CÓDIGO DE LOS WOOSTER, P.G. Wodehouse

“Saqué una mano de debajo de las sábanas y toqué el timbre para llamar a Jeeves.

–Buenas tardes, Jeeves.

–Buenos días, señor.

Esto me sorprendió.

–¿Es por la mañana?

–Sí, señor.

–¿Está seguro? Parece muy oscuro fuera.

–Hay niebla, señor. Si recuerda, estamos en otoño, época de neblinas y dulce fertilidad.

–¿Época de qué?

–De neblinas, señor, y dulce fertilidad.

–¿Eh? Sí. Sí, ya entiendo. Bueno, sea lo que fuere, deme uno de sus estimulantes, por favor.

–Tengo uno a punto, señor, en la nevera.

Desapareció, y yo me incorporé en la cama con la desagradable sensación que a veces se tiene de que uno se va a morir a los cinco minutos. La noche anterior, había ofrecido una pequeña cena en Los Zánganos a Gussie Fink-Nottle como amistosa despedida antes de sus próximas nupcias con Madeline, la única hija de sir Watkyn Bassett, comendador de la Orden del Imperio Británico, y estas cosas tienen su precio. En realidad, antes de que Jeeves entrara estaba soñando que algún sinvergüenza me clavaba clavos en la cabeza; no clavos ordinarios, como los utilizados por Jael, la esposa de Heber, sino clavos al rojo vivo.

Jeeves regresó con el regenerador de tejidos. Me lo eché al coleto y, después de experimentar el malestar pasajero, inevitable cuando uno bebe los revitalizadores matinales de Jeeves, esa horrible sensación de que la parte superior del cráneo sale disparada hasta el techo y los ojos salen de sus órbitas y rebotan en la pared opuesta como pelotas de ráquetbol, me sentí mejor. Sería exagerado decir que en ese momento Bertram volvía a estar en sazón, pero al menos había llegado al estado de convaleciente y por fin tenía fuerzas para conversar.

–¡Ah! –exclamé, recogiendo los globos oculares y colocándolos en su lugar–. Bueno, Jeeves, ¿qué sucede en el gran mundo? ¿Es el periódico lo que tiene ahí?

–No, señor. Es un poco de literatura de la agencia de viajes. He creído que a lo mejor le gustaría echarle un vistazo.

–¿Eh? –dije–. Usted lo ha hecho, ¿verdad?

Y hubo un breve y –si ésta es la palabra que quiero– elocuente silencio.

Supongo que cuando dos hombres de acero viven en íntima asociación, tiene que haber choques de vez en cuando, y recientemente se había producido uno en casa de los Wooster. Jeeves intentaba convencerme de que efectuara un crucero alrededor del mundo, y yo no quería. Pero a pesar de mis firmes manifestaciones al respecto, apenas pasaba un día sin que me trajera un fajo o ramillete de esos folletos ilustrados que los aficionados a los espacios abiertos reparten con la esperanza de fomentar esa costumbre. La actitud de Jeeves recordaba irresistiblemente la de algún podenco diligente que insiste en llevar una rata muerta a la alfombra de la sala de estar, aunque repetidamente se le indique, con la palabra y el gesto, que el mercado para ello es flojo o incluso inexistente.

–Jeeves –dije–, este asunto tiene que cesar.

–Viajar es sumamente educativo, señor.

–No soporto más educación. Me llenaron de ella hace años. No, Jeeves, sé lo que le pasa. Esa vieja vena vikinga suya ha aparecido otra vez. Usted añora el sabor de las brisas saladas. Se ve a sí mismo caminando por la cubierta de un barco con gorra de capitán. Posiblemente alguien le ha hablado de las bailarinas de Bali. Lo comprendo. Pero no es para mí. Me niego a ser trasegado a un maldito transatlántico y arrastrado alrededor del mundo.

–Muy bien, señor.”

El código de los Wooster

PG WODEHOUSE

(Anagrama 2010, publicado en el primer volumen del Ómnibus Jeeves junto a ¡Gracias Jeeves! y El inimitable Jeeves. The Code of The Woosters se publicó por primera vez en Gran Bretaña en 1938)

402 págs.

Traducción de Carme Camps.

***** PG Wodehouse es uno de mis escritores favoritos. Suelo leerle una vez al mes, o cada doce o trece libros, independientemente de si tengo algún libro suyo no leído entre manos o no. Quizás sea el autor que más he releído en mi vida. Esto, naturalmente, es también una relectura (la cuarta, si quieren saberlo).

Cosas Que Leo #22: ALMAS Y CUERPOS, David Lodge

Almas Lodge

«—¿Ese hombrecillo tan tímido que casó a Angela y a Dennis? —preguntó Miriam—.Nunca habría pensado que pudiera ser tan valiente.

—Por lo visto, leyó en público la carta pastoral de su obispo sobre la Humanae Vitae, que era bastante severa, y después le dijo a la congregación que ese asunto solo concernía a la conciencia de cada uno.

—¿Y eso es todo?

—Bueno, luego le concedió una entrevista a un reportero del periódico local, y dijo que personalmente creía que el papa estaba en apuros o algo por el estilo. Al parecer, algún parroquiano malintencionado le envió un recorte del artículo al obispo.

—¿Y qué quiere Adrian Comosellame que hagamos nosotros?

—Quiere que nos unamos al grupo de Católicos por una Iglesia Abierta, y que firmemos una carta pública al cardenal en defensa del padre Brierley y los demás sacerdotes suspendidos.

—Parece buena idea.

—A la dirección de la universidad no le va a gustar —dijo Michael, un tanto avergonzado.

—Que se vayan al diablo —exclamó Miriam.

—Sabes que están a punto de ascenderme, ¿verdad?

—Que se vaya al diablo eso también.

—De acuerdo —dijo Michael—. Le diré a Adrian que nos apuntamos.

Como siempre, la certeza moral de Miriam le pareció admirable. Fue como si ella le hubiera proporcionado una máscara de oxígeno; de repente, se sintió fuerte y temerario, y las posibilidades que ofrecía el grupo de Católicos por una Iglesia Abierta lo llenaron de una peculiar excitación. El espíritu de la protesta se había extendido por todas partes, pero Michael aún no había hallado una sola causa con la que identificarse. Era demasiado mayor para el movimiento estudiantil, demasiado apolítico para la Nueva Izquierda (Slant había acabado por aburrirlo), demasiado moral (o tímido) para la contracultura de las drogas, el rock y el sexo sin compromiso. Le parecía que lo empujaban hacia los márgenes de la década sin cesar, forzándolo a adoptar una postura conservadora y convencional que lo hacía sentirse como si su juventud estuviera desapareciendo a cada vez mayor velocidad, como la Tierra a los pies de un astronauta. La idea de desafiar a la autoridad eclesiástica y defender la causa de la satisfacción sexual de los cónyuges y la libertad de expresión de los sacerdotes le pareció una oportunidad excelente para participar de buena fe en el espíritu de la época. Por supuesto, Michael no analizaba sus motivaciones de esta manera, y no comprendió por qué, poco después de inscribirse en Católicos por una Iglesia Abierta, se compró unos pantalones de campana y el disco blanco de los Beatles, su primer álbum no clásico. Pensó que se trataba de unas meras compras impulsivas, pero en realidad acababa de incorporarse a los años sesenta, aunque fuera en el último suspiro.»

Almas y cuerpos

DAVID LODGE

Impedimenta, 2020 (publicado originalmente en 1980 bajo el título de How far can you go?)

385 págs.

Traducción de Mariano Peyrou

Cosas Que Leo #19: THE LITTLE NUGGET, P.G. Wodehouse

Little Nugget Wodehouse

“And presently the cab would roll away down the long drive, and my work would begin, and with it the soul-discipline to which I alluded.

‘Taking duty’ makes certain definite calls upon a man. He has to answer questions; break up fights; stop big boys bullying small boys; prevent small boys bullying smaller boys; check stone-throwing, going-on-the-wet-grass, worrying-the-cook, teasing-the-dog, making-too-much-noise, and, in particular, discourage all forms of hara-kiri such as tree-climbing, waterspout-scaling, leaning-too-far-out-the-window, sliding-down-the-banisters, pencil-swallowing, and ink-drinking-because-somebody-dared-me-to.

At intervals throughout the day there are further feats to perform. Carving the joint, helping the pudding, playing football, reading prayers, teaching, herding stragglers in for meals, and going round the dormitories to see that the lights are out, are a few of them.

I wanted to oblige Cynthia, if I could, but there were moments during the first day or so when I wondered how on earth I was going to snatch the necessary time to combine kidnapping with my other duties. Of all the learned professions it seemed to me that that of the kidnapper most urgently demanded certain intervals for leisured thought, in which schemes and plots might be matured.

Schools vary. Sanstead house belonged to the more difficult class, Mr. Abney’s constant flittings did much to add to the burdens of his assistants, and his peculiar reverence for the aristocracy did even more. His endeavor to make Sanstead House a place where the delicately nurtured scions of the governing class might feel as little as possible the temporary loss of titled mothers led him into a benevolent tolerance which would have unsettled angels.

Success or failure for an assistant-master is, I consider, very much a matter of luck. My colleague, Glossop, had most of the qualities that make for success, but no luck. properly backed by Mr Abney, he might have kept order. As it was, his classroom was a beargarden, and, when he took duty, chaos reigns.

I, on the other hand, had luck. For some reason the boys agreed to accept me. Quite early in my sojourn I enjoyed that sweetest triumph of the assistant-master’s life. the spectacle of one boy smacking another boy’s head because the latter persisted in making a noise after I had told him to stop. I doubt if a man can experience so keenly in any other way that thrill which comes from the knowledge that the populace is his friend. political orators must have the same sort of feeling when the audience clamours for the ejection of a heckler, but it cannot be so keen. One is so helpless with boys, unless they decide that they like one.

It was a week from the beginning of the term before I made my acquaintance of the Little Nugget.»

The Little Nugget

P.G. WODEHOUSE

Penguin Books, 1959 (publicado por primera vez en Methuen, 1913)

208 Págs.

DAVID LODGE: «En los años setenta, el infierno desapareció»

Ya pueden leer mi reciente entrevista con el autor británico David Lodge. Impedimenta acaba de reeditarle Almas y cuerpos (How far can you go? en el original), de 1980.

El texto me quedó divertido. Él parecía de mal café (la prensa inglesa no siempre le ha tratado bien; sospecho que va a las entrevistas con ánimo de condenado a la guillotina), pero las respuestas tienen la esperada enjundia.

Espero que les guste, de cabo a rabo. Me agradó inaugurar la pieza con una pequeña  invectiva anti-católica. Toda retribución, por pírrica que sea, es poca para los hijos de la violencia de los colegios católicos.

Cosas Que Leo #14: THE PRIME OF MISS JEAN BRODIE, Muriel Spark

PrimeOfMissJeanBrodie_MurielSpark

“Miss Mackay laid another scheme and the scheme undid her. There was a highly competitive house system in the Senior School, whose four houses were named Holyrood, Melrose, Argyll and Biggar. Miss Mackay saw to it that the Brodie girls were as far as possible placed in different houses. Jenny was put in Holyrood, Sandy with Mary MacGregor in Melrose, Monica and Eunice went into Argyll and Rose Stanley into Biggar. They were therefore obliged to compete with each other in every walk of life within the school and on the wind-swept hockey fields which lay like the graves of the martyrs exposed to the weather in an outer suburb. It was the team spirit, they were told, that counted now, every house must go all out for the Shield and turn up on Saturday mornings to yell encouragement to the house. Inter-house friendships must not suffer, of course, but the team spirit…

This phrase was enough for the Brodie set who, after two years at Miss Brodie’s, had been well directed as to its meaning.

“Phrases like “the team spirit” are always employed to cut across individualism, love and personal loyalties”, she had said. “Ideas like “the team spirit”, she said, “ought not to be enjoined on the female sex, especially if they are of that dedicated nature whose virtues from time immemorial have been utterly opposed to the concept. Florence Nightingale knew nothing of the team spirit, her mission was to save life regardless of the team to which it belonged. Cleopatra knew nothing of the team spirit if you read your Shakespeare. Take Helen of Troy. And the Queen of England, it is true she attends international sport, but she has to, it is all empty show, she is concerned only with the King’s health and antiques. Where would the team spirit have got Sybil Thorndike? She is the great actress and the rest of the cast have got the team spirit. Pavlova…”

The prime of Miss Jean Brodie

MURIEL SPARK

Penguin Books, 1965 (publicado originalmente en el Reino Unido por MacMillan, 1961. La editorial Pre-Textos la publicó en España como La plenitud de la señorita Brodie, 2006)

128 págs.

CAITLIN MORAN: «Una estatua del Britpop tendría 47 penes y 5 tetas»

Hacía unos años que no charlaba con Caitlin Moran. Desde aquella entrevista del 2015 que le hice para Rockdelux (y que publicaré íntegramente aquí cuando me dé la ventolera, un día de estos).

La semana pasada fui al hotel Condes de Barcelona y hablé con ella de Cómo ser famosa (Anagrama), su última novela, segunda parte de la autobiográfica Trilogía Johanna.

Pueden leer mi charla condensada con toda comodidad, aquí.

Kiko Amat entrevista a EDDIE IZZARD (la mega-entrevista)

Que me han publicado los caballeros de Omicron Persei hace muy poco. Y que está requetebién.

Para leerla golpeen repetidamente con la frente en este punto.

Kiko Amat entrevista a DAVID NICHOLLS (Nosotros)

Novela David Nicholls, rey de la rom-com literaria inglesa, narra en Nosotros / Nosaltres (Planeta / Empúries) la descomposición de un matrimonio en pleno Grand Tour europeo

David nichollsQue David Nicholls “lo está petando” (para usar la jerigonza de nuestros días) salta a la vista. El escritor inglés ya demostró sus aptitudes para la rom-com novelística en la audaz y amena Siempre el mismo día, y ha vuelto a hacerlo en Nosotros, su cuarta. Nicholls suele escribir sobre parejas en apuros: si en Siempre el mismo día hablaba de Emma y Dexter, destinados a amarse pero encontrándose y separándose a lo largo de 20 años, Nosotros narra otro tipo de bache, el del matrimonio en fractura. Nicholls pertenece a la escuela de David Lodge, Keith Waterhouse o Jonathan Coe: humor tristón inglés con pathos, pulcramente relatado y con amplio público potencial. Los cínicos le llaman “populista sentimental”, lo cual solo significa que a) vende un montón y b) describe de perlas los vaivenes románticos.
Douglas, protagonista del libro, es el antónimo de aquel Dexter vivalavirgen y lelo de Siempre el mismo día. Douglas es Basil Fawlty y el Lester de American Beauty, juntos; un square al borde del patatús. Leyéndolo me acordaba sin cesar del templado Jack (Alan Alda) en The Four Seasons (1981), que jamás da rienda suelta a sus emociones (“OK, that’s a problem I have. When I get angry, I overanalyze. You know why I do that?”).
El argumento de Nosotros es tan improbable como apetitoso: Connie decide divorciarse de Douglas, pero antes accede a embarcarse en el Grand Tour europeo que tenían planeado realizar junto a su hosco hijo púber, Albie. Douglas tramará utilizar esa cuenta atrás para recuperarla, pifiándola una y otra vez en el proceso (y entrando en una espiral de majadería según se acerca el final).
Nos citamos para comer con el autor en un céntrico hotel de la Diagonal, y antes de que nos traigan los entrantes ya le hemos soltado lo que sigue:
Los personajes de Nosotros no son tan atractivos como los de Siempre el mismo día: Douglas es muy estirado, Connie es arty y fiscalizadora, el padre de Douglas un robot sin emociones, Angelo es odioso, y Albie, el hijo de la pareja, puede ser un capullo. ¡Menudo reparto!
[ríe] Sí, me han comentado eso antes. Dexter, en Un día, también les resultó insoportable a muchos lectores, mucha gente decía que no entendían qué le veía ella. Cuando escribes guiones siempre te añaden esa nota que dice: “no sé si este personaje es suficientemente atractivo, él no cae muy simpático…”. Pero eso en novelas no importa. Creo que es necesario, de hecho. No estás ofreciendo un compañero de piso; son solo personajes de novela. Lo importante es que sean interesantes, no que nos caigan bien. También hay que apuntar que, a pesar de sus fallos y defectos, a pesar de la pretenciosidad y el mal humor de Albie, de la falta de sensibilidad de Connie… No son mala gente. Douglas, por ejemplo, es un hombre lleno de buenas intenciones, un tipo decente. Está lleno de amor que es incapaz de expresar, y de preocupaciones por los demás. Es un buen hombre que se comporta mal. O quizás “mal” no sea la palabra, sino tal vez “estúpidamente”. Uno, como escritor, tiene que equilibrar ese hecho, porque tampoco deseas que todos tus personajes sean odiosos. Pero sí me gusta que sean tipos difíciles.
Y sus tropiezos les hacen cercanos. Los humanos somos así: tropezamos, la cagamos, volvemos a intentarlo, y somos capaces de las mayores insensateces y de buenas acciones.
Por supuesto. Creo que la cosa cambiaría si, después de todo lo que le ha sucedido, Douglas continuase sin comprender a su hijo, sin ver sus errores, enfrascado en su infelicidad… Eso sería muy frustrante para el lector. No quiero ponerme demasiado estupendo, pero se trataba de que fuese un viaje de aprendizaje [sonríe]. Que emergiera de él cambiado. En los Estados Unidos, por ejemplo, el personaje que peor ha caído ha sido Connie: por ser demasiado dura, ocasionalmente mala e insensible.
Me temo que debo unirme a los yanquis en esa opinión. Yo la odié a primera vista. Una “artista” frustrada con opiniones petrificadas, empatía deficiente y complejo redentor es una receta infalible para el odio.
Creo que a los norteamericanos no les funcionaba que fuese tan dura. Les estropeaba la historia de amor. Pero yo necesitaba un personaje que no fuese tan estable y bueno y sabio como la Emma de Siempre el mismo día; que fuese algo más… Confuso, irresponsable, menos sensible, más egoísta.
Douglas demuestra tenerles bastante ojeriza a los padres hippies y enrollados. Incluso los utiliza como símil: “Ámsterdam es el padre moderno de las ciudades europeas: arquitecto, quizá descalzo y sin afeitar”.
Sí, yo me he topado con algunos de esos padres perfectos. Los que llevan el niño atado al abdomen en esa especie de cosa, y saben qué hacer en cada momento y se convertirán en amigos de sus hijos. Cuando yo era un niño nadie tenía la menor expectativa de que un padre tuviese que ser así. Que fuera algo más que una figura de autoridad, o que pudieses llegar a tener una conversación personal con él. Yo nunca tuve una conversación personal con mi padre, desde luego, ni hablamos nunca de miedos privados, o preocupaciones románticas; nada de eso. Cuando te conviertes en padre aparece esa visión del padre perfecto, pero nunca puedes hacerla realidad. Creo que soy más abierto respecto a mi hijo de lo que mi padre fue conmigo, ciertamente, pero todavía me siento aburrido y autoritario y convencional.
En la novela afirmas que Douglas no cometerá los mismos errores que su padre, pero está predestinado a cometer errores nuevos. O sea: que la vamos a cagar en algún momento, solo que no como nuestros padres. Vamos a innovar.
[Ríe] Exacto. Cuando iba a la universidad me quedó muy claro que todo el mundo sentía la obligación de quejarse de sus padres. De que si eran demasiado aburridos, o demasiado conservadores, o demasiado relajados e indiferentes. Todo el mundo tenía una queja. No recuerdo a nadie que llegase y dijera: “mis padres son la monda [ríe]. Lo hicieron perfecto, me cuidaron de maravilla, se aseguraron de que estuviese seguro y fuese feliz…”. Miro a mis propios hijos y me pregunto: “¿Cuál será su queja?”. Porque nos estamos dejando la piel para hacerlo bien, y asimismo sé que van a haber reproches.
nosotros okA veces me enfado con mis hijos, no porque no coman con educación o se dejen todos los garbanzos, sino porque me están obligando a repetir todos esos imperativos increíblemente aburridos sobre comer con educación o no dejarse los garbanzos.
[asiente] Ya. Creo que uno tiene que escoger muy cuidadosamente las peleas. Yo me muerdo la lengua a menudo, y me digo: “qué más da si miran la televisión durante 5 horas. No es el fin del mundo si utilizan el Ipad en el coche”. Pero a la vez sientes la obligación de forzarles a que separen la mirada de las pantallas de vez en cuando. Me sigue fascinando cómo los niños no demuestran el menor interés hacia el paisaje cuando vamos al campo. Los adultos llegamos a la cima de aquel monte y admiramos las vistas y nos quedamos atónitos, emocionados, aturdidos. A los niños eso se la trae al pairo [ríe]. Me paso la vida sugiriendo que miren esto o aquello por la ventanilla, y ni caso.
Creo que era Louis CK quien dijo que para un niño de hoy una manzana sabe a serrín.
Claro. Leí un artículo donde decían que los niños estaban diseñados genéticamente para rechazar la verdura. La razón por la que encuentran el calabacín detestable es porque necesitan comer lo que les gusta: carbohidratos, patatas, carne… Que la repulsión que sienten hacia las setas viene de su ADN. No sé. Escribiendo este libro me influenció mucho Danny el campeón del mundo, de Roald Dahl. Es un gran libro, e incluye al padre más perfecto de la literatura: un padre guay, que permite que su hijo corra aventuras, que es vivaz y chispeante a la vez que relajado y divertido. Cuando nació mi primer hijo pensé que este era el modelo a seguir: ser sabio a la vez que cachondo y divertido. Pero es agotador [ríe]. Es imposible. Ni lo intentes.
En la novela hablas mucho de cómo los padres de antes no expresaban sus sentimientos, y eran seres algo estancos. Pero creo que su opuesto, el padre molón que todo el día está hablando de sus sentimientos, también es una lata.
Es verdad. Yo soy bastante reservado como padre en algunos aspectos. No me gusta, por ejemplo, que mis hijos me vean preocupado por asuntos de trabajo, o por dinero o cosas así. No quiero que compartamos estas cosas. No me parece sano. Por tanto creo que no me parezco demasiado al padre hippy que comentábamos. En el libro se menciona el dilema del “Te quiero” [sonríe]. La gente les dice a sus hijos que les quieren tantas veces al día que la frase pierde todo significado, se convierte en una especie de “buenos días”. Pero en el extremo opuesto está gente como mi padre, que nunca jamás dijo algo parecido, y habría encontrado mortificante tener que hacerlo. Tiene que haber un punto medio: ser afectuoso y apaciguador sin volverte sensiblero y cursi [ríe].
Douglas rompe un viejo tabú cuando se atreve a confesar que a veces ser padre puede ser increíblemente aburrido. Creo que es cuando está empujando el columpio de Albie.
Sí, durante una época puede serlo. Creo que yo ya he pasado ese estadio, porque mis hijos ya tienen personalidades y responden a estímulos adultos. Pero muy a menudo sentí lo mismo paseando el cochecito, o empujando el columpio… Lo mismo le sucedía a mi mujer, quizás incluso más que a mí. Era algo que buscábamos compartir, para minimizar el resentimiento. Alguien me decía el otro día que estaba en el aeropuerto con tres niños dando voces, hambrientos y no sé qué más, y pensó: “esto no debería haber salido así. Nunca quise algo así. Esta situación es algo a lo que nunca aspiré. ¿Cómo he llegado hasta aquí?”. Y hay momentos así. Piensas en ello cuando reparas en la disminución de horas de lectura, por ejemplo. O cuando te das cuenta de que no vas a poder ver una película de principio a final. Eso resultaba desesperante para ambos.
Creo que es una postura valiente, la nuestra. Que rompamos el tabú y se lo gritemos al mundo: “Esto puede ser un muermo, tíos. Reducid las expectativas”.
[ríe] Se trata de ser como un zoólogo que va registrando todos los pequeños cambios y alteraciones, y comunicándoselos al mundo. Van a caminar en algún momento, no os preocupéis. Van a comer sólidos. No hay misterios ni sorpresas en el asunto. El lado bueno de todo ello es que yo, al carecer de tiempo libre como tal, me convertí en alguien que se tomaba mucho más en serio su trabajo. Era y soy más meticuloso, más concienzudo. Tener hijos me proporcionó una ética de trabajo que no existía cuando mi mujer y yo bebíamos cada mediodía y dormíamos durante todo un fin de semana [ríe]. Esa es la paradoja: que saco adelante mucha más faena ahora que cuando tenía todo aquel tiempo libre.
La dificultad de concentración se intensifica cuando tu hijo está tocando una pieza de improvisación dadaísta con un martillo en un piano desafinado.
[ríe] Sí. Y no son solo los hijos. Vivimos en una época de distracciones omnipresentes. No hay forma de meterte en algo sin que sientas en el hombro el tap-tap de las redes sociales.
Twitter, que utilicé durante solo dos semanas por imperativos laborales, quizás sea el invento más tonto y decepcionante de los últimos 100 años. Un gran pozo de vacío. Y acusicas. Vacío y acusicas.
Lo es. Es decepcionante. Y es verdad: parece estar basado en conflicto, en una gran parte. Te metas donde te metas, siempre hay alguien peleándose por alguna gilipollez. Y te sorprendes admirando la trifulca desde las gradas. Yo me siento como si hubiese topado con una riña callejera, y me quedara allí de espectador, sin involucrarme en ello. Esa tendencia, propia y ajena, la encuentro muy escuálida y vergonzosa. Yo también duré solo dos semanas en Twitter, es curioso.
¿Recuerdas Deconstruyendo a Harry, cuando Woody Allen desciende los círculos del infierno y va topando con toda la gente detestable del mundo? Creo que en el último piso están los comentadores anónimos de internet.
Eso es lo peor del universo, ¿verdad? Además: es inútil. Nunca cambiarás la mentalidad de alguien, y mucho menos así. Nunca jamás alguien ha entrado en un debate online y ha dicho: “Caramba, tienes toda la razón. Yo creía otra cosa pero me has convencido, colega. Gracias por tu perspicacia” [sonríe]. No va de eso. Va de pelearse, o admirar las peleas de otros mientras comes palomitas. Es indigno.
nosaltresdavidnichollsVolvamos a Douglas. Él es un tío normal, en el sentido más extenso de la palabra. Su completa normalidad se antoja horripilante en algunas ocasiones. Me recordó un poco a Reginald Perrin, el oficinista abúlico por excelencia.
Crecí leyendo a Jonathan Coe, David Nobbs, David Lodge… Y todos ellos suelen escribir sobre tipos normales y asalariados. Supongo que él es así, pero decidí escribirlo en primera persona para que el lector fuese consciente de que hay algo más en Douglas, que tiene más profundidad de la que aparenta. Si solo te enfrentases a su comportamiento y a las cosas que dice te resultaría insoportable, pero como tienes acceso a su mente… Esa es la mayor ventaja de escribirlo en novela y no en guión, porque tienes acceso a su vida interior y puedes ver la pasión, la preocupación y el cariño. Esa tradición inglesa de tío normal desquiciándose un poco está bien presente en Nosotros. Y también la tradición americana de El graduado, o las historias cortas de Cheever, o Mad Men, o Breaking Bad. Oficinistas, individuos normales, que llegan a un punto de ruptura y se desmoronan. Vi Breaking Bad mientras escribía Nosotros, y pensaba continuamente en ese tipo de hombre que tanto quiere a su familia, y sin embargo lo expresa de esa forma grotesca.
Has conseguido crear a alguien aún más normal que Reginald Perrin. Porque Reggie parecía un tipo convencional, pero en realidad estaba medio tarumba. Douglas es más estable.
Perrin tenía, en efecto, todas aquellas visiones y aquel mundo interior de fantasía. Y cuando sufre su depresión no es una sorpresa, porque todo en la novela nos encaminaba hacia esa ruptura. Pero Douglas no quiere cambiar. El cambio, la ruptura, son para él actos forzados, imposiciones del entorno.
No me gusta mucho la palabra square, pero Douglas es el perfecto square. Un tío cuadriculado.
Creo que esa es la razón por la que quise que Claire estuviese involucrada en arte y danza y música y todo eso. En Un día había una banda sonora que ambos protagonistas compartían, con las canciones favoritas de ambos, etc. La música era un paisaje más de la novela. En el caso de Douglas, él no necesita música. Le gusta Mozart, pero no lo registra. Quería hablar de un hombre apasionado que sin embargo no cree en la cultura. Que no entiende todo eso del arte. Desde luego no es un tipo cool. En gustos, en su cultura, en su ropa… No encaja y ya está. También me parecía gracioso lo de escribir narrativa sobre un señor a quien no le gusta la narrativa, y que a su manera consigue contar una historia de manera amena.
El lector se sorprende vitoreando su obsolescencia. Su actitud es un gran “A la mierda” a los enrollados del mundo.
[carcajada] Quizás me estoy haciendo viejo, pero siento lo mismo que Douglas, y la sensación va en aumento. Me siento un poco fuera de lugar. Antes no había un solo sitio en Londres donde me sintiese intimidado, no había un restaurante que fuese demasiado moderno o demasiado juvenil para mí. Pero hoy en día me veo obligado a aceptar que en algunos sitios no soy bienvenido [ríe]. O quizás se trate de mi crisis de los cuarenta, vete a saber.
En algún punto de nuestras vidas muchos descubrimos que el gusto era irrelevante. Que no había una relación directa entre los tíos más hilarantes o buenos que conocíamos y los discos que escuchaban o los libros que leían. Quizás por eso nos gusta Douglas.
El propio Douglas admite que cuando conoció a Connie todas sus conversaciones giraban en torno a películas favoritas, libros favoritos, discos favoritos… Es un periodo donde se presupone que la apreciación artística es una expresión de quién eres. Eso es muy importante cuando ellos se conocen. Y además hay intercambio cultural, porque él le habla de ciencia y ella le enseña cosas de arte a él. Pero con los años todo eso se vuelve insignificante, deja de tener importancia. No sé. Desde luego, como rasero para juzgar a la gente el gusto es completamente irrelevante. Pero a la vez, opino que ese participar en el visionado de los mismos filmes, y discutirlos luego, e ir a galerías de arte o museos, y hablar de ello después, se convierte en un catalizador de otras cosas. Por eso tantas parejas lo hacen. Es una conversación.
Una excusa para hablar del mundo y de ellos mismos.
Sí. Me gusta cuando mi mujer me lleva a una exposición y me habla de ella, porque sabe más que yo de estas cosas y es una provocación. Me obliga a pensar en otras cosas, fuera de mi zona de confort. Pero lo de llegar a casa de alguien y husmear en su colección de discos… Se me antoja irrelevante, en efecto.
Es un posicionamiento muy pasado de moda. Suena a Oscar Wilde diciendo alguna de esas memeces ofensivas como: “si quieres saber cómo es alguien, mírale los zapatos”.
Debería ser: “Si quieres ejercitar todos tus prejuicios y ser un fanático cerrado de mente, mira los zapatos” [ríe].
Mi punto de máxima irritación respecto a Connie llegó con su confesión de adulterio. O sea: ¿por qué la gente siente la compulsión de soltar toda esa “sinceridad estúpida”, como dicen en Peep Show?
Cierto. Ese adulterio es algo interesante de todos modos, porque el lector vería la misma tensión creciente entre ellos incluso si jamás hubiese tenido lugar. Supongo que lo dejé porque es una pista sobre la infelicidad que ella siente. Una infelicidad que siempre estuvo allí, desde el principio de todo, aunque en el fondo tuviesen un buen matrimonio. Ella siempre sentirá esa necesidad de novedad, de cosas frescas, de excitación. Creo que es más o menos adecuado que ella confiese. Desde la óptica del novelista, más aún, porque el lector necesita saber lo que sucedió [sonríe]. Creo que la reacción de él también es muy significativa: su desaprobación y pesadumbre por lo que ha sucedido no tienen tanto peso como su deseo de conservarla. Creo que eso no es una muestra de debilidad. Su rabia queda ahogada por su ansia de que todo vuelva a estar bien. Y le sale mal, porque ella al final se va, pero incluso así… Tienes razón en lo de Connie, pero sigue sorprendiéndome la cantidad de gente que no la soporta. Porque yo la quiero [sonríe]. Creo que es buena persona, que se casa pese a tener sus dudas, que comete varios errores a lo largo del periplo pero que en el fondo es bienintencionada. Si tuviese que reescribir la novela quizás la haría algo más considerada y cálida [ríe]. Pero a la vez me gustan su desapego y serenidad. Me gusta que sea algo cínica, que esté hastiada, que no sea melindrosa, que sea cariñosa pero no blanda.
Bueno: a cualquiera que haya abandonado su inclinación creativa innata para criar una familia o conservar un matrimonio podemos perdonarle un poco de amargura, ¿no? Connie aparca toda su ambición pictórica por su marido e hijo, no lo olvidemos.
Sin duda. Y a la vez, él es un tipo decente, pero exasperante. Muy exasperante. Y se frustra más según se va haciendo mayor. Cuando se conocen, ella cree que puede cambiarlo, y hasta cierto punto lo consigue. Pero la madurez le hace más controlador, y más estrecho de miras. Hasta que, por supuesto, tiene que replanteárselo todo tras la partida de ella.
Exasperante es la palabra. ¿Crees que esa incapacidad de Douglas para expresar sus sentimientos es inglesa por definición?
Quizás sí. La otra cara de eso es que, a pesar de que Douglas es muy convencional y algo estirado, se lo toma bastante a risa y es consciente de sí mismo y de su circunstancia. Quiero creer que si la incapacidad de expresar sentimientos es una característica británica, también lo es la ironía que por lo general la acompaña. Y el pitorreo hacia uno mismo, y la capacidad de autorridiculizarse. La ironía está en la diferencia entre lo que siente y en cómo decide expresarlo. Eso es británico. La manera en que sus sentimientos siempre se expresan discretamente, y con un cierto bochorno. Asimismo, como te decía, muchas de las influencias eran americanas, no inglesas, así que tampoco quería exagerar esos rasgos a lo Colin Firth que tiene el protagonista; a pesar de que esa es la voz que suene en tu cabeza cuando lo lees. Y por otro lado, si pienso en mis amigos ingleses de hoy en día, creo que todos son bastante abiertos, y cariñosos.
Quizás es un rasgo nacional que (por desgracia o por suerte) se ha ido perdiendo con el paso del tiempo, como un determinado acento local o un oficio obsoleto.
Tal vez. Douglas es un poco mayor que nosotros, pero tampoco tanto. Es también un tema de clase social. Él viene de una clase media almidonada, nada artística, de no resaltar… El término “clase media” en el Reino Unido puede significar un montón de cosas. Puede implicar un cierto tipo de bohemia respetable, o puede ser señal de ultraconservadurismo. Y Douglas es más del lado conservador. En estos momentos estoy trabajando en la adaptación de las novelas de Edward St. Aubyn sobre la clase alta inglesa, y me he dado cuenta de que a la nobleza no le quedó otro remedio que adaptarse a los nuevos tiempos. Porque en ellas nadie, nunca jamás, dice lo que piensa. No hay un solo momento de sinceridad, de franqueza, en ninguna de las cinco novelas de St. Aubyn. Nadie verbaliza cómo se siente en ningún momento. Y es una faena. Porque al realizar un guión solo puedes escribir lo que la gente dice, y ellos nunca dicen nada sobre ellos. Por eso decía que Douglas queda más simpático, porque lo que dice (que a menudo es terrible) queda atemperado por lo que piensa, que es mucho más profundo o sensible.
El tomarse a mofa a uno mismo quizás sea mi rasgo favorito del “carácter” inglés. Lo de no temer ridiculizarse, y quitarse solemnidad mediante la befa. Douglas lo hace continuamente.
Eso cambió mucho de la primera versión de la novela a la segunda. En el primer borrador, Douglas no pillaba por qué la gente se reía de él, no era capaz de racionalizar por qué era absurdo lo de sellar con cola instantánea el Lego de su hijo… Pero según progresó el borrador, se volvió más consciente de su circunstancia, y precisamente por ello mismo, más capaz de cambiar. Y también se convierte en alguien más divertido, por descontado.
Dice mucho del género femenino que a la hora de explicar por qué están con un hombre, la respuesta a menudo sea: “porque me hace reír”. Connie lo dice de Douglas. Eso le llena a uno de esperanza.
El libro se está leyendo ahora en clubes de lectura por toda la Gran Bretaña, y eso aparece a menudo. A pesar de que Connie es quien desea ser libre, y escapar, y empezar una nueva vida, muchas de las lectoras son del Equipo Douglas [ríe]. Se ponen de su lado porque es divertido, y cariñoso, atento y gentil y decente. Aunque uno se pregunta si en la vida real no se volverían locas al intentar compartir su vida con alguien como él. Muchas lectoras también me dicen: “Yo me casé con un Douglas”. Alguien que nunca dice lo que piensa, es controlador, siempre se preocupa por algo y es incapaz de relajarse. Parece que existen muchos Douglas sueltos.
En tu libro aparecen muchas obras de arte. Por lo común, las descripciones de cuadros o esculturas en las novelas me hace sentir ganas de escapar a las colinas, pero nunca sentí algo parecido con Nosotros. Quizás sea la voz no-pomposa e inexperta de Douglas.
Me daría mucho miedo escribir como un experto de arte, pero me siento perfectamente cómodo utilizando esa voz. La de alguien que se siente excluido del arte, que se pregunta “no sé si lo pillo, no sé si debería emocionarme, cuánto rato se supone que debo estar admirando esto”. No hay pavoneo alguno en este tipo de escritura sobre arte. Pero a la vez no quería que fuese anti-arte moderno, porque eso es un cliché terrible, “esto lo podría haber pintado un niño”, y tal.
“No sé mucho de arte, pero sé lo que me gusta”.
Exacto. Él nunca diría algo así. Solo siente que es un lenguaje que no controla. No lo desaprueba ni cree que es ridículo, pero tampoco sabe cómo descifrarlo. Es un lengua que no habla.
Eso también es una admisión muy humana. A mí me sucede con el teatro.
Y a mí con el ballet. Y en cierto modo lo que siento ahora por el ballet y la danza se parece mucho a lo que sentía por el arte. No empecé a ir a galerías de arte hasta bien entrada la veintena. Como el lenguaje no jugaba parte alguna, mis observaciones sobre las obras eran increíblemente banales. No sabía que decir ni que hacer, y era el que recorría el museo más rápido que los demás [ríe]. “No puedo pasar tres horas yendo de sala en sala”, me decía. ¿Tú vas a exposiciones de arte?
A veces. Si mi mujer me obliga. Pero por desgracia siempre me acuerdo de aquella frase lapidaria de Julie Burchill: “No conozco a nadie cuya vida haya cambiado tras mirar un cuadro”.
Ya. Lo mío siempre han sido los libros, las películas y la televisión. Ahora que entiendo lo suficiente de arte, entiendo que no es para mí [sonríe]. Y te lo diré susurrando: creo que me pasa lo mismo que a ti con el teatro. No soy un amante del teatro. Siempre encuentro las actuaciones demasiado afectadas, y las obras demasiado largas.
Es una pena, ¿verdad? Porque escritas están la mar de bien. Pero cuando veo a todos esos tipos afectados pegando berridos con mis frases favoritas…
Si. “¿Podéis hablar un poco más bajo, por favor?”. Y lo peor es cuando detecto que los propios actores se están aburriendo. Eso es algo que jamás sucede en el cine. Actores adentrándose en la rutina. Pero en el teatro se ve muy claro cuando empiezan a actuar de forma mecánica, sin ninguna pasión. Quizás soy capaz de detectarlo porque de joven actué bastante. Y soy capaz de percibir cuando los actores están pensando en el pub de después [ríe].

Kiko Amat

(Entrevista publicada previamente en formato breve en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 21 de marzo del 2015. esta es la versión extralarga, sin cortes, en exclusiva para Bendito Atraso)