Mi top 4 de libros de humor

Para esta primavera. Todo novedades. Lo publiqué en un artículo para Babelia de El País, que lo tituló “La sonrisa horizontal”, hace unos días. Me gusta esa pieza, no solo la selección sino también el par de párrafos introductorios, con los que me reí un buen rato. Conmigo mismo, sí.

Pueden leerla aquí, compartirla en rrss, hacerse un vistoso sombrero de papel, utilizarla para absorber los meados de su erizo doméstico, etc.

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Qué fue del siglo XX #3: Joaquín Rodríguez (Los Nikis)

Y ahí les va la tercera entrega de mi serie de entrevistas-ráfaga (amigable) a popistas españoles y catalanes de los 80 y 90. Con hit, a ser posible.

Esta es a Joaquín Rodríguez de Los Nikis, grupo ramoniano y cachondón, aunque también de clase bastante pudiente, y también madridista, y también ultra-normal (me lo ponen cada vez más difícil) de la década de gloria de mil novecientos ochenta.

Para leerlo sáquense un Nautimoc azul cielo (el del pie derecho) y láncenlo en perfecta parábola de pádel sobre este link.

Trevor Noah: racismo y rabia (con sonrisa accidental)

Resultat d'imatges de trevor noahHay gente que saca mucho de nada, y viceversa. Nuestras abuelas apañaban un caldo nutritivo con una patata chuchurrida, un diente de ajo centenario y un puñado de gravilla. Ernest Hemingway, por el contrario, condujo ambulancias en la Iª Guerra Mundial y fue herido en las piernas, y de ello solo extrajo una mundana novelita de besitos y cotorreo. Es curioso: cuando el destino le ofrece a uno una vida asombrosa, la parte difícil de la literatura parece resuelta, pero no siempre funciona así. ¿Qué determina, entonces, que la plasmación del itinerario vital devenga obra maestra, mero documento de interés histórico o ladrillazo? Lo de siempre: el viejo talento.

Eso nos lleva a Trevor Noah, presentador de The Daily Show (mordaz talk show norteamericano), cómico surafricano y autor de las memorias Prohibido nacer. Noah es hijo de madre xhosa, “muy negra”, y de padre suizo, “muy blanco”. Nació en Johannesburgo en 1984 de un color que no era ni chicha ni limoná, lo que le convirtió en el friqui del barrio (“yo era mestizo, pero no era de color. Tenía piel de persona de color, pero no su cultura”). Prohibido nacer cuenta una historia de innegable interés. En su autobiografía confluyen temas de calado como el apartheid, la pobreza, la violencia de género y la delincuencia del gueto. Noah lo pinta en un paisaje familiar más colorido, si cabe, que su entorno político-racial: su madre, tan amorosa como ultra-religiosa, le arreaba tundas correctivas a diario; su paliducho padre natural no podía ni saludarle por la calle (pues los matrimonios interraciales se pagaban con la cárcel); su madre dejó al segundo marido, un borracho insolvente y paranoico, y él casi la mata a tiros. Noah, asaz dañado por todo ello, encaminó su juventud hacia la pella universitaria, el planchado de cedés piratas (un “mini-imperio”) y la organización de fiestas en favelas: multitasking trapichero (“si yo hubiese invertido toda aquella energía en la universidad, me habría sacado un máster”). Todo ello manda su mestizo culo a la cárcel, como era de esperar. Allí, Noah decide cambiar su vida y todas esas cosas, a sabiendas de que en el futuro tendrá anecdotario para dar y vender.

Y así es. Si invitáramos a Trevor Noah a cenar, la sobremesa sería un monólogo de varias horas que el resto de comensales escucharía con la boca abierta. Y santiguándose. Las vio de todos los colores: su colega bailarín se llamaba Hitler (y la gente lo jaleaba así: “Ale, Hitler! Ale, Hitler!”); se hizo pasar (sobre un escenario) por el rapper americano Spliff Star; descubrió que el gobierno surafricano determinaba si alguien era blanco o negro mediante la “prueba del lápiz” (“si se te quedaba enredado en el pelo, eras negro”). Y más anécdotas de vida cotidiana en el Soweto de los 80, un lugar delirante donde, por ejemplo, nadie tenía coche pero todo el mundo construía su choza con parquing y entrada.

Por desgracia, no todo el anecdotario es así, ni el anecdotario lo es todo. Pese a que el subtítulo del libro es “memorias de racismo, rabia y risa”, de lo último hay lo justo. A pesar de que Noah es, en directo, un stand-up competente, su libro no alcanza la hilaridad, quizás porque rehúye la hipérbole y los gags despiden un cierto aroma a hoja parroquial. En segundo lugar, Noah, como suele sucederles a los archifamosos con infancia azarosa, cree que todo lo que emerge de su boca es oro de dieciocho quilates. Incapaz de decidir qué cautiva a la audiencia, otorga un número inmoderado de páginas a bagatelas como sus primeras citas con chicas o la vida y hábitos de su perra Fufi (era “supertraviesa”). El temario, así, rebota todo el rato entre lo asombroso y lo ultramundano, y vuelta a empezar. Para colmo, Noah chapotea de un modo imprudente en el populismo de estrella “humilde”: cuando nos confiesa que no se “arrepiente” de nada o que su comida favorita es aún “la mortadela”, suena como Rod Stewart. La tautología, los momentos de autoayuda y las bromas descafeinadas acaban convirtiendo un libro que podría haber sido memorable en nada más que recomendable. Kiko Amat

Prohibido nacer; memorias de racismo, rabia y risa

Trevor Noah

Blackie Books

324 págs.

Trad. de Javier Calvo

(Artículo publicado originalmente por el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 10 de febrero del 2018)

Kiko Amat entrevista a LUCÍA LIJTMAER

La escritora y periodista barcelonesa publica Yo también soy una chica lista (Destino, 2017) el manual feminista más divertido, faltoso, emotivo y confesional que se ha visto por nuestros lares. Todo el mundo debería tenerlo (hombres también).

 

https://i1.wp.com/www.ara.cat/2017/06/03/cultura/Lucia-Lijtmaer-No-feminazi-terrorific_1807629391_41277770_1500x1001.jpgLucía Lijtmaer (Buenos Aires, 1977) es barcelonesa, aunque nació en Argentina y tiene un árbol genealógico más mezclado que la sala de espera de Ellis Island en 1892 (lo que explica la diabólica J en mitad de su apellido). Es periodista pop y anticapitalista. También feminista, de la Escuela Caitlin Moran Para Chicas Cabreadas con Propensión a la Hilaridad. Lleva el sentido del humor de serie, pero no teme desenfundar cuando hay que plantar cara al malo. Escribe para ADN, Factual, Público, El País, Mongolia y Eldiario.es, y siempre está en muchos sitios, a menudo en eventos simultáneos, lo que ha originado teorías sobre su sobrenatural capacidad de omnipresencia. Comisaría un festival feminista en La Casa Encendida, el celebrado Princesas y Darth Vaders, en pos de su cuarta edición. También es traductora literaria (tradujo a jarvis Cocker) y profesora en centros como la Universitat de Vic. Ha publicado los libros Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora (Capitán Swing, 2015) y Casi nada que ponerte (Los Libros del lince, 2016), una semi-memoria sobre su infancia argentina. Su último libro es un manual tronchante y militante que plantea el feminismo de un modo natural y práctico, nada blandengue ni envarado.

 El Día del Golpe en la Cabeza es el momento en que se adquiere conciencia de vivir en un mundo injusto para las mujeres. ¿Cómo fue tu golpe?

Era un bar normal, y estábamos en plena reunión informal de trabajo. Primero me dijeron dónde sentarme, algo que en su momento naturalicé pero que no es nada natural. Algo más tarde me hicieron callar. Vi que mi opinión era menos importante que la del resto del grupo: todo hombres. Algo después se lo comenté a una amiga, por si me lo había imaginado yo, que soy susceptible, y me dijo (perpleja) “¿Como un profe en clase de mates?”. Y ese fue el inicio de algo que ya intuía: que las mujeres éramos de segunda clase. Que las cosas estaban peor para una parte de la población. Que en cultura, por mucho que lo intentemos, las mujeres jamás seremos tan guay como los hombres.

¿Recuerdas cómo pensabas antes de ese momento?

Yo creía que las feministas eran pesadas, quejicas… Me da mucha vergüenza acordarme de discusiones en que yo les decía a amigas militantes mucho más concienciadas que por qué tenían que hablar de “sus cositas”. Yo era una ferviente creyente en la meritocracia. Creía que el feminismo estaba superado, y que nosotras conseguiríamos llegar a donde teníamos que llegar por mérito propio. “Si somos buenas, triunfaremos”. Una idea completamente neoliberal que no tiene en cuenta nada de tu entorno ni tu realidad social, en suma. Pero ya me molestaban cosas, como la idea de la chica indie lánguida, de pose. Una feminidad que se compró mucho en el dos mil, y todo lo que se saliese de eso no existía culturalmente. Yo veía que yo no era eso, por ejemplo, pero no veía la idea más amplia: que no estaba en igualdad de condiciones.

Una cosa es ser quejica, y la otra es protestar.

Totalmente. Yo temía molestar. Además, soy tímida. No me hace una gracia especial lo de hablar de ciertas cosas en público. Pero, claro, lo de no molestar de repente entraba en contradicción con la violencia. Hacer callar a alguien es un acto de violencia. Por no entrar a hablar de todos los demás actos de violencia que, sin tener una vida especialmente difícil, te suceden constantemente y son aun peor que ese.

Propones intercambiar enunciados. Colocar la palabra “negro” en alguna frase referida a las mujeres para darte cuenta de lo ofensivo que resultaría.

Efectivamente. Lo chocante es, de nuevo, lo naturalizado que está el discurso machista. Que tú has de quedarte en tu sitio, no molestar… A mí me gusta unir ambos conceptos, de hecho: género y clase. Porque en el fondo van juntos. Ese es el discurso mediático habitual. Las cosas que dicen, no sé, Salvador Sostres, o Pérez-Reverte, sobre las mujeres y sobre el proletariado serían impensables si hiciesen referencia a raza. Me da impresión que todos esos discursos se están radicalizando: contra las mujeres, contra la clase obrera… Voces que justifican las barbaridades que dicen escudándose en que están “oprimidos”, que hay una censura de “corrección política”. Los varones blancos de clase alta están oprimidos, según se ve.

Yo creo que quizás también haya algo de efecto bumerán producto de años de izquierda cosmética. Hillary, Felipe, IU, etc.

Tal vez. Pero si es así, esas voces de derecha están utilizando ese efecto para pronunciar un discurso en el que siempre han creído. El fracaso de la socialdemocracia les viene perfecto para decir al fin lo que opinan: que el estado del bienestar no funciona, que lo que “ellas” dicen no es cierto… Por otra parte, es perfectamente comprensible que algunos discursos calen en momentos de crisis. Escuchas el discurso de los alcaldes del FN del sur de Francia y entiendes que aquello cale entre una población ya polarizada. Lo que sucede es que esa gente no debería tener un lugar desde el que hablar. Al igual que los machistas. ¿Por qué tenemos que soportar un discurso de odio?

Por otra parte, el discurso de algunos medios es más insidioso y perverso que el de un alcalde del FN. Hablo, por supuesto, de Friends.

La mayoría de sitcoms acaban en matrimonio y bebé. Hay contadas series que dibujen una alternativa que no sea parir o casarse. Que dos tías estén en un bar tomando un cóctel, y (ojo) hablando de cualquier cosa que no sea hombres [ríe], es radical. Elizabeth Moss, la productora de The Handmaid’s Tale, declaraba que no sabía si le dejarían hacer una serie en la que las mujeres fuesen las protagonistas. Imagina.

Uno se pregunta cómo permitieron que se filmara Thelma y Louise.  Aunque, naturalmente, hubiese sido más radical si en lugar de follarse a Brad Pitt hubiesen hablado de libros.

O follado entre ellas [ríe]. Thelma y Louise no ha vuelto a suceder. La experiencia femenina siempre es femenina, nunca es universal. Es un género en sí mismo: “pelis de mujeres”. El nicho de mercado son nuestras vaginas. Cuando hablamos de genérico hablamos de hombres que hacen cosas. Dos hombres y un destino no es una película “masculina”, pero no dejan de ser dos hombres todo el rato, haciendo cosas de hombres. Pero como no es de mujeres, es un “clasicón” [ríe].

https://www.planetadelibros.com/usuaris/libros/fotos/250/m_libros/portada_yo-tambien-soy-una-chica-lista_lucia-lijtmaer_201702201317.jpgSi una chica escribe un libro que hable de “haber degollado a toda la población de Huelva”, en la portada llevará un jarrón con flores y un filtro pastel.

Y otra cosa: si eres chica y escribes libros, aunque sean de ciencia ficción, siempre son “sobre ti misma”. Nunca le preguntan a Philip Roth, que claramente ha escrito muchas veces el mismo libro basado en su propia vida, si va “de él”. No. Lo suyo es “universal”. Siri Husvedt decía que cuando escribió un libro sobre infidelidad todo el mundo le preguntaba si estaba bien con Paul Auster. Si eres mujer no es ficción. Eres nicho de mercado. Hace poco, Errejón dijo que era “el día de estar con el colectivo de las mujeres”. Tuvo que salir alguien a recordarle que no somos un “colectivo”, sino la mitad de la población.

Revistas femeninas. ¿Quién escribe las paridas de Marie Claire? Tú dices que son mujeres a quien “les toca apechugar”, lo cual me suena un poco al “solo cumplía órdenes” de los juicios de Dachau.

A la vez, tengo varias amigas redactoras, y veo lo que están haciendo desde dentro para que no sea así. Colocar según que artículos en esas revistas es muy complicado, y lo están consiguiendo en algunos casos. Pero muchas abandonan, y con asco. ¿Por qué las periodistas siempre terminan en revistas femeninas? Porque son uno de los pocos espacios donde pueden ascender. No quería culpar a las trabajadoras. El problema son los anunciantes, la dirección…

Desde luego. Del mismo modo que el problema no es el chaval que compra el bono del Primavera Sound, sino del tipo que creó ese espacio.

Exacto. Por eso me interesa explicar por qué esas revistas son reductos de mujeres, cuando en una redacción normal las mujeres no pasamos del mileurismo, porque somos más baratas y nos quejamos menos. Dicho todo esto, es innegable que también hay muchas mujeres que no están concienciadas, y eso es un problema añadido. Nosotros dos hablamos de un entorno en que ha calado ese discurso, pero hay mucha gente que está encantada de estar en esos espacios, y que cree en esos discursos de belleza y en esos cánones, y que creen que hacen lo que hay que hacer.

Lo que tú denominas el “Letargo Eterno”, o etapa perpetua de no-concienciación.

El coma profundo [sonríe].

Las mujeres no concienciadas perpetúan un discurso de opresión. Hollywood y las películas de mujeres que se odian entre ellas, por ejemplo.

Totalmente, y esto es así. Pero intento no demonizarlas, porque entonces perpetuas el viejo “mira qué tonta”. Es muy fácil odiarse entre mujeres. Todo está preparado, y tú estás diseñada, para tener miedo de la tía que tienes al lado: porque te robará el novio, porque te quitará el empleo, porque es más guapa que tú… Peor tampoco es cuestión de irse al otro extremo, como buenas samaritanas. El concepto de solidaridad femenina también debería revisarse. Porque depende con quién… [ríe]. A mí que Cristina Cifuentes diga que es feminista, mientras está desahuciando a mujeres solteras en acogida por maltrato… Eso no me lo trago.

Gwyneth Paltrow y las “yummy mummys”, 24 horas al servicio de la über-maternidad, también es intragable.

Gwyneth es la primera estrella de Hollywood que compra y vende el discurso aspiracional. Algo que es una barbaridad. Existe un modelo de mujer, pero no existe un modelo de hombre. El modelo de mujer es alguien como Gwyneth. El capitalismo te vende que si no eres feliz es porque no eres como ella. Porque no tienes el horno de leña toscano y la crema de caviar y…

…Y las operaciones de bajos.

[ríe] Sí. Por alguna razón, tu coño nunca está bien. Y el súmmum de todo ello llegó con las madres mormonas. 25 años y 5 hijos. ¿Cómo me puedes vender que eso es feminista? Lo siento pero parir no es feminista. No es un logro del feminismo. Se plantea como una opción personal (“yo he decidido quedarme en casa y criar”) que tenemos que respetar. Y la respetamos. Pero que no nos vendan que la gran conquista social del 2010 es quedarte en casa y hornear magdalenas. Cuando el fenómeno Russian Red pasó lo mismo: de golpe todas las chavalas hacían ganchillo. A mí algo así no me parece casual. Que nadie optase por tocar la batería o aprender defensa personal, sino por hacer colchas [cara de asco].

Me angustia la dictadura de la belleza femenina. Este idolatrar la guapura me parece la cosa más obscena y banal del mundo. Nacieron así, por el amor del cielo. La belleza tiene cero mérito.

No es casual que haya muchas mujeres que entran en el feminismo cuando empieza a decaer su atractivo físico o poder sexual. O dejan de ser “deseables”. Nos enseñan que ese es nuestro motor de vida: atraer. Yo me pregunto si compramos ese discurso en todas partes, incluso en las que están de nuestro lado. Por ejemplo: Pussy Riot. ¿Habrían tenido tanta visibilidad si no pareciesen estrellas de Hollywood? Claro, al mismo tiempo no eran sujeto activo. La atención mediática lo fue. Ellas no tenían la culpa de parecer supermodelos. Por eso hablo del concepto de “gordibuena” en el libro como un mal de construcción mediática. Porque el “fofisano” tiene que estar solo sano, pero la “gordibuena” tiene que estar buena. Explicar hasta qué punto te afecta eso es un ejercicio de honestidad muy necesario. No conozco a ninguna mujer que sea inmune a ello. Caitlin Moran lo explica muy bien: todas queremos ser una versión más delgada de nosotras mismas. Tu ideal siempre pierde peso. Es muy fuerte. No se te pasa nunca.

Creo que ayudaría si los hombres dejaran de creerse en el derecho de puntuar los cuerpos de las mujeres.

Me gusta ver cómo algunos amigos han cambiado de mentalidad respecto a ese asunto. El otro día unos amigos le afearon la conducta a otro par que se puso troglodita a la hora de hablar de mujeres. Para los hombres es muy importante tener amigas. Si un hombre solo va con hombres, hay un problema. Yo me junto con hombres porque me interesan. Y me ilusiona ver cómo algunos comportamientos (el que habla fatal de su novia, por ejemplo) empiezan a parecerles mal, incluso cuando no hay mujeres delante. Solo juzgamos la violencia cuando es física, pero todos conocemos a gente que machaca a su pareja sistemáticamente. Cuando no hablamos, somos cómplices. Si creemos que lo personal es político, todos hemos vivido situaciones que sabíamos que no estaban bien, y en las que deberíamos haber intervenido. La frontera es difícil, pero lo es menos cuanto más reiterativa es esa conducta. Porque entonces queda claro que hay un patrón.

Como sucede con el fútbol, algunas conductas infames se toleran porque son mayoritarias. Como las fotos guarras en los chats.

Mira lo que sucedió con el caso de La Manada, la violación aquella en los Sanfermines. y cómo una mayoría de la sociedad lo vivió como algo normal y disculpó su comportamiento.  O luchamos contra esas cosas o somos cómplices, insisto.

En el libro lamentas que “a finales de los noventa no podías salir de casa sin tener una polla en la boca”. Que para parecer moderno y liberado tenías que estar todo el día hablando de porno y relatando gráficamente tu vida sexual.

Yo a lo de follar sí le puedo encontrar un deje político, con lo del post-porno, los cuerpos no-normativos, lo de que la exposición pública de ciertas prácticas no está asumida… Y me parece bien. Lo que me parece el demonio es la idea de consumo. Es decir: el sexo como capitalismo. Que de repente tengas que hablar de ciertas cosas con gente que no conoces de nada, y que eso suma puntos de guay, y que para colmo eso es feminista. Eso era puro tupper-sex. Se lanzó ese mensaje porque querían vendernos cosas. Dildos y un consumo pornográfico que se vendía como liberador. Ahora interesa que las tías vayamos depiladas porque eso es lo “guay”. La promiscuidad sexual no es siempre libre, a menudo es una imposición comercial. Es un modelo de consumo. Por eso quería tratar la pornografía. Porque para mí sería muy fácil decir que vale todo. Pero no es así. Diversidad sexual sí, pero hablemos de las condiciones en que se hace la pornografía. Me gusta que se estén haciendo documentales sobre eso. Si miramos de dónde viene la ropa que llevamos, cómo no vamos a querer saber de dónde sale el porno que consumimos.

Citas a la pornstar Stoya, quien afirma que su trabajo “no tiene nada de feminista”. Yo entrevisté una vez a una actriz porno, Amarna Miller, y tuve la sensación de que me estaba vendiendo un producto, de un modo muy calculado. Era un discurso articulado pero promocional.

A mí me parece interesante que Amarna Miller diga que ella es masoquista, y que eso forma parte de su imaginario, y que ella utiliza su cuerpo, y que esa es su herramienta. Yo soy partidaria de eso. Pero no puede afirmar que esa es la pornografía mainstream. Lo que ella dice contradice las estadísticas. El porno es muy neoliberal. A mí me gustaría que gente como Amarna Miller dijese: “señores, yo soy una privilegiada. Pero está pasando todo esto”. Y utilizara su voz como herramienta de protesta.

Un personaje de Vernon Subutex 2, de Virginie Despentes, dice “odia el porno. lo envilece (…), le llena la cabeza de guarradas a las que no está acostumbrado. No le piden su opinión, le meten porno en las narices a todas horas”.

Una amiga mía me dijo que había dejado de masturbarse fantaseando, y que ahora solo podía hacerlo con porno, y estaba cabreada. Decía que aquello le había roto la fantasía. A mí me parece bien que exista la pornografía, y puedo consumirla, pero he empezado a pensar de dónde sale e intento… Saber de dónde viene, como hago con el pollo [ríe]. Y por otro lado está lo de que el acto repetitivo de consumo genera problemas. Y nos estamos acostumbrando a imaginarios que dan miedo. Las categorías actuales del porno, si las lees enteras, dan miedo.

Sí. No me hace la menor ilusión que la primera imagen sexual que vean mis hijos tenga relación con bates de béisbol.

Lo primero que debería hacerse es limitar el acceso. Que pongas “bates de béisbol” y lo primero que aparezca, sin el menor filtro, sea una mujer, que en el fondo está siendo humillada… Internet lo ha democratizado (falsamente) todo. De golpe estás al mismo nivel que un tarado mental que vende cloroformo, que es algo con lo que me topé cuando investigaba la Deep Web.

El troleo en la red es 100% machista y abusón.

Es interesante ver cómo se construyen esas redes digitales. Hay redes que no permiten ese abuso. Twitter lo permite todo. Tendrías que cargarte a alguien para que te cerraran una cuenta. Es natural: la cúpula dirigente de Twitter, en su 90%, está formada por hombres blancos anglosajones de clase alta. Su realidad no entiende el abuso. Owen Jones dice lo mismo: háblale a alguien del establishment, que va de Eton al Parlamento o la Banca, sobre las ayudas sociales. Twitter perpetua el problema ofreciendo impunidad completa a los machistas o racistas. Luego vienen las amenazas físicas, y todo el mundo hace la vista gorda. Esto es un mal endémico de este país. Como cuando toleramos que el suplemento de El Mundo entrevistase a la líder de Hogar Social. Un medio de modernos le hace una entrevista estrella a una dirigente de ultraderecha como si fuese lo más normal del mundo.

En el libro citas la pancarta de aquella activista en Washington DC: NO PUEDO CREER QUE SIGA TENIENDO QUE MANIFESTARME POR ESTA MIERDA. ¿Tuviste tú algún momento de “No puedo creer que siga teniendo que escribir sobre esta mierda”?

A veces sentía que estaba diciendo obviedades. A ratos pensaba que quedaría blanda, como cuando lo de la tasa rosa. ¡Pero es que te están cobrando de más por un producto solo porque es de uso femenino! ¿Por qué los tampones están tasados como artículos de lujo? Tienen el mismo impuesto que el caviar. Son cosas obvias que han salido en los periódicos, pero hay que decirlas. Hablo mucho de filmes porque nuestro imaginario se cimentó en ellas. o en televisión. Cuando me tragué todos los realitys sobre bodas perfectas me di cuenta de lo potente que era su mensaje. Yo también quiero una epifanía como la de las novias de esos programas y su vestido blanco. Si el vestido blanco va a hacer que yo tenga una misión vital, voy a acabar comprándolo. Es más fácil que cambiarlo todo.

(Este es el corte del director -la charla entera- de la entrevista que realicé con Lucía Lijtmaer para El Periódico, y cuya versión breve y editada pueden ustedes leer aquí)

 

Kiko Amat entrevista a EDDIE IZZARD (la mega-entrevista)

Que me han publicado los caballeros de Omicron Persei hace muy poco. Y que está requetebién.

Para leerla golpeen repetidamente con la frente en este punto.

Mírate bien la calva: una entrevista con GARY SHTEYNGART

Gary Shteyngart, autor de las novelas Absurdistán (2006) y Una súper triste historia de amor verdadero (2010), entrega unas memorias autocrucificatorias, Pequeño fracaso, repletas de tristeza, cólera y humor.

gary-shteyngartSi ser honesto es arriesgarte a caerle inmundo a un montón de gente, entonces el escritor judío-ruso-neoyorquino Gary Shteyngart es el pájaro más sincero de la Tierra. En sus memorias Pequeño fracaso (Libros del Asteroide, 2015) resulta casi imposible no detestarle una pizca: “colérico, manipulador, embebido en el monstruoso narcisismo del niño falto de aprecio, incapaz de desprenderse del dinero”. No suena como mi próxima canguro, precisamente. Pero eh: ¡contexto! Heredero de una cultura totalitaria más bien piojosa e hijo de padres inmigrantes distantes y severos, receptor de un cuerpo fallido y un flagelante autoasco, matoneado/matoneador en el colegio, dueño de un estridente acento ruso en plena época de Amanecer rojo (1984) y unos rasgos faciales que parecen una caricatura antisemita del Der Stürmer… Demos gracias que no creciese para convertirse en tirano genocida. Gary Shteyngart transformó mucha de aquella rabia en humor. Pero no toda, amigos. No toda.

Hablas del humor en tu infancia como si se tratase de un asunto de pura autodefensa. ¿Funcionó?
Pues sí. El humor es una buena arma durante la adolescencia. Otra buena arma sería convertirte en un gran científico o matemático, aunque eso solo va a serte reembolsado treinta años más tarde. Con suerte. Pero el humor puede salvarte cuando eres muy joven, especialmente si te hallas en el tipo de ambiente donde los demás chicos pueden sentirse identificados con él. Para mí fue algo crucial, porque simultáneamente representó el comienzo de mi vida como angloparlante fluido. Hasta entonces solo había hablado en ruso. Cuando fui capaz de desarrollar bromas en inglés me di cuenta de que estaba más cerca del lenguaje adoptivo.
Al empezar a hablar un nuevo idioma uno es incapaz de bromear. Creo que eso dice algo sobre el sentido del humor. Algo elevado.
En Italia, donde también viví durante un breve periodo, no me dio tiempo a aprender el idioma, pero sí me di cuenta de que se trataba de mover mucho las manos y mirar al cielo [gesticula] “Oh, Madonna!”. Así que en muchos casos ni siquiera se trata de bromas orales. Es casi performance art, tienes que actuar de un modo que sea reconocible para tu nuevo entorno. En algunos lugares eso funciona mejor que en otros. En Inglaterra el humor es más sofisticado, tiene un componente de humor y sátira que lo hace más difícil de dominar. El humor americano es mucho más simple. Es mucho más físico.
Como demuestra la escena de las alubias en Sillas de montar calientes.
Exacto. Pedos constantes. Eso se considera la mar de divertido en Estados Unidos.
¿Es tu estilo de humor una cosa tuya por excelencia, o crees que te viene por línea directa del bagaje judío-ruso?
Ambas cosas. En Rusia la mayoría de cómicos eran judíos. Las dos cosas más importantes que me legaron mis padres fueron el amor a los libros y el hecho de que ambos bromeaban continuamente. Lo hacen incluso hoy. Su humor es políticamente incorrecto, y siguen siendo gente muy divertida. Crecer junto a ellos fue complicado en muchos sentidos, pero no en aquel. Ese sentido del humor heredado me fue de gran ayuda, y de hecho contribuyó a moldear el tipo de trabajo que terminaría realizando.
Su humor, en un porcentaje nada desdeñable y si juzgamos en base a tu libro, parece basado sobre todo en la humillación y el insulto.
En mis libros yo también ataco a determinados objetivos, como la industria del petróleo, y el sector tecnológico, y la política exterior rusa, y la política exterior americana. El humor no tiene por qué ser gentil. Dicho esto, nunca llamaría a mi hijo de la forma en que llamo a esas industrias, porque eso en Estados Unidos ya se considera abuso infantil y podría terminar en la cárcel [sonríe]. Pero en Rusia esa forma de hablarle a tu hijo forma parte de su educación. Constantemente le recuerdas al niño que no está dando el resultado esperado. Es tradición.
Quizás también se trate de humillaciones por amor. Tough love, que suele decirse.
Existe mucha ansiedad. El amor y la ansiedad siempre van mezclados. Te pasas la vida preocupado por si a tu hijo le pasará esto o aquello, así que decides protegerle. Según lo veo, ese trato tan duro tiene una cierta similitud con una vacuna. “El mundo va a insultarte, hijo, así que aquí tienes una pequeña dosis de esa medicina”. Se trata de una actitud muy propia de los judíos en la Unión Soviética: un lugar donde a los judíos les había ido bien económicamente pero donde toparon con antisemitismo gubernamental. El problema reside en que mi familia se mudó a los Estados Unidos, un país mucho más blando donde ya no necesitabas educar a tus hijos de ese modo. No hacía falta tratar a la gente así de mal [ríe], porque la sociedad es más benévola. Mis padres nunca efectuaron ese cambio de actitud. La mayoría de inmigrantes nunca lo hace.
Humillarte a ti mismo te vuelve invulnerable. Esa es mi experiencia.
Sin duda. Es un mecanismo de protección infalible. Cuando mi primer libro salió a la calle leí todas las críticas buenas, pero prefería concentrarme en las malas. Porque era lo que me resultaba familiar. El insulto. Me llevó un tiempo abandonar esa costumbre.
“El pasado es muy fuerte”, afirmas. ¿Miras hacia ese pasado con alivio, nostalgia, rabia?
Al escribir Pequeño fracaso mucha de la ira que sentía contra mis padres se transformó en tristeza, porque me di cuenta (viajando a San Petersburgo, por ejemplo) de las vidas de mierda que habían llevado. Así que esa rabia se ha esfumado, pero también lo ha hecho la nostalgia. A la gente le encanta esa idea de que “las cosas eran mejor antes” [mueca de estupidez] en esos “años dorados”, pero creo que las cosas siempre son más o menos igual. El mito americano es que uno cambia drásticamente, pero creo que no es así. Eres quien eres, y una parte considerable de quien eres está basado en la genética, y otra parte es puramente ambiental, y así vas tirando. Y al final te mueres.
He cambiado muchas veces de parecer sobre eso. Durante años creía que no cambiabas, luego pensé que tal vez era posible, y ahora vuelvo a estar de acuerdo contigo. Creo que la redención total no es posible. Lo único que puedes hacer es ser mejor persona y tratar de no cometer los mismos errores de siempre.
Sí. También puedes cambiar tu ambiente de forma radical, y largarte a vivir al Tíbet, en un monasterio. Pero me temo que el contenedor seguirá siendo el mismo. Lo que puedes intentar es ser algo más majo, como bien dices. Un amigo mío, que era un borracho medio loco y trataba a la gente de forma bastante horrible, un día dejó de beber. Y empezó a tratar a la gente de un modo decente. Pero yo, que le conozco, sé que allí debajo palpita el mismo tipo de misántropo. Simplemente, ahora, cuando siente esos impulsos, sabe que tiene que traducirlos en algo parecido a la bondad.
Existe una cadena de abuso imparable. Tus padres te trataban duramente, y tú terminaste tratando a patadas a algunos de tus amigos, como el John del libro.
Claro. Dime un caso en que eso no suceda. Mira a Putin: es el capullo más grande del mundo. Un fulano pequeñito y débil como él, criado en el lado más violento de Leningrado… Hay un porcentaje elevado de probabilidades de que termines convertido en el tipo de capullo que es Putin. Yo no era lo suficientemente duro como para convertirme en matón [ríe] así que la cadena de abuso fue amainando. Mi única arma fue el humor, como decíamos, así que lo fui trabajando hasta que se convirtió en lo que se convirtió.
Por frívolo que suene, la historia nos demuestra que muchos padres cabrones o severos acaban criando hijos con inclinaciones artísticas geniales.
Y eso sucede porque el niño cree que debe estar en un estado de constante auto superación. No solo para demostrarles algo a los padres, sino para demostrarle algo al mundo. En el mundo de las finanzas también sucede; en Google o en donde sea topas con esa motivación interminable. Ese tipo de padres producen hijos que van a hacer cosas grandes pero que nunca son felices. Si yo mismo tuviese que escoger entre ser Dostoievski o un planificador urbanístico americano en alguna ciudad de mierda, pero con la mente en paz, escogería lo segundo. Porque la vida es muy corta y uno solo quiere vivir decentemente. Si al morir nadie me lee, qué más da.
Solo importa no ser un alma torturada. Y encontrar a alguien que te quiera de verdad por lo que eres.
80 años de paz. Eso es lo que deseas.
arton1495En tus memorias hablas de releer tus primeros trabajos de ficción y quedarte estupefacto por la cantidad de verdad que contenían.
Sí. Lo que sucede es que en los Estados Unidos, si decides escribir unas memorias tienes que pasar por un proceso extenuante de comprobación de datos y fechas. Aquí en Europa escribes unas memorias y la gente te pregunta qué partes son verdad. En Estados Unidos todo tiene que ser verdad. Teóricamente. Y si resulta que algo no es verdad estás metido en un buen lío. James Frey fue humillado públicamente en el programa de Oprah Winfrey, en la televisión nacional, por haber escrito unas “memorias”, En mil pedazos, que contenían partes de ficción. Al público, en cualquier caso, le chiflan esos tipos de memorias con redención. Mi libro, por otro lado, no contempla la redención, pero sí intenta ser fiel a la verdad en la medida de lo posible. ¿Puedo haber recordado algo distinto a cómo sucedió? Sin duda. Pero como mínimo uno aspira a un 90% de verdad, mientras que una novela podría ser solo un 50%. O nada, por supuesto.
¿No temes quedarte maniatado en toda esa comprobación de datos? Si yo fuese como Richard Price y terminara con una mesa llena de post-its como la suya, estoy seguro que acabaría mandándolo todo al carajo.
El libro que estoy escribiendo ahora habla de fondos de cobertura, y es cierto que uno termina tomando un montón de notas y apuntando datos. Veo cómo me estoy deslizando hacia un modo de trabajar casi periodístico. Me preocupa si las cosas son ciertas o no. En Estados Unidos, como decíamos, existe una barrera entre ficción y no-ficción que es mucho más permeable y difusa.
¿Nunca temes que lo escrito resulte ofensivo a tu familia o amigos? Defines lo que hacías en aquellas novelas como “señalar una verdad, y luego salir corriendo en dirección opuesta”.
Czeslaw Milosz decía: “Cuando nace un escritor en una familia, se acabó la familia”. Pero si un escritor no hace eso, entonces no está entregando la faena. Lo primero que uno tiene que preguntarse es: “¿Por qué escribir unas memorias?”. Si no vas a contar toda la verdad, y no vas a intentar ser tan honesto como te sea posible, sobre el pasado o lo que sea, ¡escribe una novela! Y haz que tus personajes sean maorís en lugar de rusos, por ejemplo. Eso es lo que hace mucha gente: ambientar la acción en otro planeta. Uno de mis estudiantes en Columbia está escribiendo sobre dragones gay. Para hablar de su vida. Pues perfecto. Pero a mí me gusta esta forma narrativa, las memorias. Incluso cuando adopta el estilo de Habla, memoria de Nabokov. En Estados Unidos es una disciplina muy potente: The liar’s club de Mary Karr, Las cenizas de Ángela de Frank McCourt… Son libros muy potentes que solo habían sido escritos de un modo. Así que yo sentí la necesidad de escribir unas memorias escritas de un modo distinto.
Los padres siempre piensan que hablas de ellos, aunque hayas escrito sobre dragones gay.
No lo tengo tan claro. En Absurdistán, el protagonista, que pesaba 180 kilos, estaba construido a partir de un tipo que conocí en el instituto. Cuando me lo encontré me dijo: “me encantó el protagonista de Absurdistán. ¡Menudo capullo!”. Una gran parte de la vida es autoengaño, y mucha gente opta por verse de un modo distinto a cómo es en realidad. ¡Mucha gente cree que es maravillosa!
La vida es suficientemente asquerosa para no engañarte un poco a ti mismo. Nadie puede soportar eso sin cosmética.
Sin autoconocimiento no puedes escribir ningún tipo de literatura, porque la literatura es la diferencia entre realidad y auto percepción. Mira, el ascensor de este hotel tiene una disposición de los espejos bastante extraña, así que de repente he sido capaz de ver la terrible realidad de la calva en mi coronilla. Nunca antes la había contemplado así. Lo primero que pensé ayer fue: “mierda, vaya pedazo de calva”. Pero hoy ya me había acostumbrado a ella: “vaya, así que eso es lo que la gente ve de mí desde atrás…”. He aprendido algo nuevo sobre mí. Y ese es el proceso, me temo, para acabar estando en paz con uno mismo.
Dejando de lado la novedad de tu alopecia, das la impresión de ser harto autoconsciente en general.
Quizás el viaje del escritor consiste en conocer la realidad de quién es uno mismo. Por otro lado no creo que F. Scott Fizgerald, que era un gran escritor, llegase a comprender jamás quién era en realidad. Hemingway tampoco. Tenían el personaje público por un lado, pero en el interior moraba una criatura marchita.
Tuvo que ser agotador, lo de correr delante de los toros todo el día.
Tal vez la nueva idea de las memorias americanas sea que los autores hemos abandonado lo de correr delante de toros para demostrar algo [ríe].
cq5dam.web.1280.1280Aunque nos pintemos de forma desastrosa, muchos autores en primera persona todavía cortejamos la simpatía del lector. Queremos ser una catástrofe, pero maja. No es tu caso.
Para mí es importante la parte en que yo me convierto en el abusón de otro chico. Esa rabia siempre había estado dentro de mí. Creo que la narrativa de “sublimó todo aquello en humor y terminó saliendo victorioso” no es verosímil. Mucha de la rabia permanece, como sabemos. Esto es así con la mayoría de cómicos. Mira a Louis CK: salta a la vista de que está hirviendo por dentro. Lo que hace que su show sea brillante es que puede transformar esa ira y hacerla útil. La broma que culminaba las últimas series (“la escena de date rape”) era arriesgada, y mucha gente se ofendió, pero si no examinas cuáles son tus barreras, si no estás luchando por ver esa calva oculta en tu coronilla, lo que haces no es arte. Es otra cosa: propaganda, o auto promoción.
Es una autocrucifixión que practicas para el resto de la humanidad. Hay algo noble en eso, no jodamos.
Pues claro que sí. Es noble. Si el cristianismo ha optado por ese símbolo es porque se traduce y resuena así de bien con toda la humanidad. Hablamos de alguien que se desnudó delante del mundo entero. Por eso ves iconografía cristiana en iglesias coreanas. El sistema del martirio funciona espléndidamente allá donde lo lleves.
Me gusta que hayas confesado también lo de haber sido un bully. Los ex-nerds sabemos que cuando alguien caía un peldaño por debajo de nosotros en la jerarquía no mostrábamos la menor piedad.
Así es. En el mundo literario no te topas con mucha gente estable y equilibrada. Porque la gente equilibrada no necesita escribir. Ya tienen buenos matrimonios, y buenos planes de pensiones.
Nelson Algren decía que un escritor debía estar alienado, lleno de violencia. Que la literatura nacía del conflicto y la rabia.
Cuando enseño narrativa, el conflicto es la base de todo. Si temes al conflicto o eres incapaz de plasmarlo, vas a tener que encontrar otro empleo. Porque la literatura no es para ti.
A lo mejor está escrito muy lindamente, pero va a ser blando.
Y académico. O intelectual. Pero lo de escribir debería ser visceral y emocional, creo yo.
El psicoanálisis, que aparece de forma recurrente en tu libro, me intriga cosa mala. Yo asumía (en mi ignorancia) que alguien con tan elevado grado de autoconocimiento como tú ya no lo necesitaría.
Es útil, pero necesitas ser híper-articulado. Si no eres articulado no va a funcionar. La gente muy verbal sí le extrae un beneficio. Pero ese es un porcentaje cada vez más bajo de la población; la gente cada vez lee menos, y por consiguiente tiende menos a la introspección, porque se pasan todo el rato con esto [trastea con su Iphone]. Si seguimos con esa tónica imagino que el psicoanálisis terminará muriendo, porque los humanos necesitarán soluciones mucho más rápidas, como píldoras para la ansiedad y todo eso. El psicoanálisis para mí es como la literatura; una industria en vías de desaparición, por desgracia. Pero son complementarias del todo. En lo que a mí respecta ya he terminado con el tratamiento, porque he sacado de él todo lo que era posible, pero me fue de gran ayuda y jamás habría publicado mis primeros libros si no hubiese ido al analista. Habría tenido demasiado miedo de enviarlos a una editorial, por ejemplo.
Cuéntame cómo ayuda el psicoanálisis. En concreto. Estoy tomando nota con fines prácticos.
Lo que hace el psicoanálisis es agotar la obsesión con uno mismo, y desarrollar empatía por gente completamente distinta. Una de las mejores funciones de la literatura se basa en lo mismo. Ya veremos como me va en el futuro, pero de momento el psicoanálisis me permitió hallar algunas razones de mi ansiedad, y clasificarlas, y almacenarlas o usarlas, en lugar de que esa ansiedad fuese un oso que te salta encima y te arranca la cara a dentelladas. Porque en una gran mayoría de casos el autoanálisis es engaño, como sugeríamos antes. Y es muy difícil sobreponerse a uno mismo; casi imposible. Pero el deseo de conseguirlo, y la brecha que existe entre intentarlo y conseguirlo, es lo que hace que todo esto sea tan triste y tan divertido a la vez.
¿No temiste que el psicoanálisis te arrancara una neurosis que es indispensable para escribir (o vivir), como a aquel personaje de Un paseo por el lado salvaje?
No, porque la habilidad para hacer referencia a eso nunca desaparece. Cuando escribo sobre mis nueve años estoy reviviendo aquel tiempo, y del mismo modo la capacidad para reimaginar la pena o la ansiedad no se van. Solo pierdes la manera en que reaccionas a esa pena, como por ejemplo empezar a beber a las 11 de la mañana y tomar tranquilizantes para caballos. Eso es lo que el psicoanálisis elimina, y por tanto te aporta una forma de producir un trabajo más convincente. En todo caso, uno de los grandes mandatos del psicoanálisis es “uno no debería sufrir más de lo que ha sido programado en él”.
¡Pero sufrir es inevitable!
El sufrimiento mental y el físico están mucho más interrelacionados de lo que pensábamos años atrás. Si uno sufre un tremendo dolor de muelas no piensa “no tomaré calmantes porque para escribir necesito sentir todo ese dolor”. Creo que recordamos muy bien el dolor intenso de la última vez. Y eso es aplicable a otros aspectos de nuestra vida, también la esfera mental. No hace falta sufrirlos eternamente. Se trata de eso.
Yo tengo un mapa que llamo “Mapa de cringe”, y que concentra todos los puntos geográficos donde he hecho cosas que me avergüenzan. ¿Cuando tú observas algunas de las cosas embarazosas que has realizado, cuál es tu reacción?
Mientras escribía algunas de esas cosas tenía la fantasía recurrente de que me sucedería como en Regreso al futuro: que sería capaz de volver allí y ocuparme de aquello y darle un fuerte abrazo a aquella versión joven de mí mismo, y decirle “no te preocupes por todo esto, porque al final termina”. Esto es obviamente una fantasía, pero creo que es bastante común. Yo nunca comprendí quién era en el tiempo en que estaba viviendo. En la escuela hebrea no entendía en absoluto qué se esperaba de mí. Cuando llegué al instituto vi que todo el mundo era marxista, así que pensé que podía volver a mi Yo de seis años de Leningrado, y recanalizar mi amor por Lenin, y así encajar. Pero todo era muy cambiante. Llegué a los Estados Unidos en una época en que ser ruso era lo peor que uno podía ser. Algo más tarde, en la universidad, un blanco heterosexual nacido en los Estados Unidos era de golpe lo peor que se podía ser; así que me reinventé como ruso inmigrante. Pero siempre me costó entender las dinámicas sociales que imperaban en cada momento. Cuando te conviertes en escritor acabas siendo un conocedor de situaciones sociales. Es raro que te sientas fuera de lugar, porque sabes lo que se espera de ti. Y eso es triste, la verdad. Eso es lo que hecho de menos, y que sí me quitó el psicoanálisis: el sentirme desplazado. Así que tal vez debería ir a un partido de rugby, donde no entendiese una sola cosa, para volver a sentirme fuera de lugar.
Quizás deberías intentar ser el más serio de una situación llena de gente divertida; así volverías a sentirte desplazado.
Lo jodido es que en Nueva York siempre estás en habitaciones con gente divertida, con lo cual pasaría toda mi vida así. Y además es un entorno muy competitivo. Yo ahora paso la mitad del año en una casa de las afueras, y hago todas esas cosas típicamente americanas: ir al mall, comprar paquetes gigantes de servilletas, hablar con cajeras que tienen un acento estridente… Y allí vuelvo a sentirme como un pez fuera del agua. Vuelvo a pensar qué carajo hago allí. Y ¿sabes qué? Que me gusta. Y además es muy útil para escribir.

Kiko Amat

(Esta amena charla se realizó para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, y apareció publicada este pasado 21 de noviembre. Esa versión era más corta, claro. Este es el corte del director, que aquí les presento en exclusiva)

10 nazis chiflados que me hacen carcajear

Continuando con la tónica de aquel celebrado manual de autoayuda que escribimos para Jot Down (“¡No sea como Hitler!“), he aquí una estupenda lista (en dos cómodas entregas), que hemos pergeñado para los chicos de VICE (nuevos empleadores).

Va de 10 nazis locos y fascistas histéricos de ayer y hoy que siempre me han hecho reír, y la pueden leer primero aquí, y luego acá.