Kiko y Coe

ENTREVISTA-JONATHAN-COEYa está disponible mi entrevista con Jonathan Coe, más larga que un día sin pan (pero harto más amena que eso). La hallarán en el #10 de la revista Jot Down (edición impresa), ya en sus kioscos de confianza.

En la charla -tuvo lugar en el foyer del hotel Condes de Barcelona un congelado día de febrero- Jonathan Coe y yo hablamos durante más de una hora sobre estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo.

Y también tratamos su última novela Expo 58, una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones.

Vayan, apoquinen, lean.

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¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA!

Taller_musica_infants– ¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA! –dice el tipo.
-¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA! –gritamos todos al unísono, golpeando alternativamente nuestras cachas y pectorales.

Estoy en la clase abierta de un taller barcelonés de música para niños. He venido aquí contra mi voluntad y engañado por mi mujer, Naranja, quien dijo (la muy miserable) que solo nos explicarían de qué iba el curso, y luego todos a casa.
Una vez allí, un hombre con sonrisa desencajada de psicópata, shorts demasiado cortos para un adulto heterosexual no-tenista y peinado Eléctrica Dharma nos obliga a participar. Y yo odio que me obliguen a participar. Cuando voy a algún espectáculo y detecto algún indicio de futura interacción con el público no puedo concentrarme en lo que queda de función. Me paraliza el terror, como si se me acercara el colt de la ruleta rusa con 5 de las 6 balas, se crea un Iguazú en mis nalgas y solo quiero hundirme lentamente en mi asiento hasta la completa invisibilidad.

– ¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA! –grita de nuevo el demente de los rizos húmedos, cada vez más en su papel, mientras yo miro fijamente al suelo y simulo castigar mis muslos con similar enajenación rítmica.
– Pues a mí estas reuniones me gustan –me susurra al oído Naranja, que acaba de sorprenderme mordiéndome violentamente el labio y jurando denuestos espeluznantes, sin dejar de palmear sus jamones- Cuando me aburro, desconecto y pienso en mis cosas.
– ¡Yo también! –le susurro a gritos (cosa que es más difícil de lo que parece), sin parar de abofetear con saña mis pezones- Aún te diré más: jamás he participado en una maldita reunión del Ampa. Mi cuerpo estaba allí, solo que desdoblado astralmente. ¡Pero aquí es imposible! ¡Puede tocarme en cualquier momento! ¡Mira a ese tío! ¡Es pura inquina aleatoria, como en Auschwitz!
– No será tan terrible- me dice ella, Ming El Inclemente- El resto de la gente se lo está pasando pipa.

Realizo una mirada de barrido y, en efecto, todo el personal está enfrascado en repetir las impetuosas secuencias rítmicas del profesor chiflado. Un desdichado incluso se ha visto arrojado a un frenesí de improvisación free jazz, y está propinándose furiosos cachetes en partes de su cuerpo (carrillos, tobillos y culo) que no estaban en el programa. El resto de padres se autoaporrean musicalmente siguiendo una lujuriosa cadencia tribal, todos en su salsa, como si el Pum-pum-KA-KA-PUM-KA fuese algo que practican cada día tras la ducha. Todos parecen felices, y yo estoy aquí destrozándome el labio superior a dentelladas y luchando por no aporrear la cabeza del jipi percusionista contra el duro piano.
¿Por qué siempre tengo que ser el raro?
De hecho, esa es una pregunta que mi mujer me hace con alarmante regularidad:
– ¿Por qué siempre tienes que ser el raro, Kiko?

Bueno: esa es la cruz que acarreo, bella aunque asaz totalitaria mujer. Veo a toda esa gente maravillosa en las escuelas, en las manifestaciones, en las iglesias y en los festejos, veo a los demás padres disfrazados de pitufos y bailando el “Ai se eu te pego” en la función de “Pares amb Ritme” y quiero ser como ellos, pero no soy como ellos, y no hay nada que podamos hacer al respecto. Y una tristeza tremenda me inunda allí, en la escuela de música. La vieja tristeza de saber que siempre serás lo que eres, que lo que eras antes es lo que siempre serás, y nada en el mundo puede cambiarlo.
– ¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA! –dice el tipo, sonriendo como alguien que tuviese el cañón de un revólver incrustado en la nuca.
-¡Pum, pum, KA, KA, PUM-KA! –repito yo, lleno de abatimiento universal y rotundo asco hacia mi persona. Kiko Amat

(Este es el original extralargo del texto que escribí para la exposición “1 Dia 1 Foto” del Centre d’Arts Santa Mònica. No escribí yo solo; habían una sartenada de textos de otros autores. Allí retitulamos mi pieza como “Mayo”, para que encajara -suciamente- con la temática cronológica, pero este era el título primigenio)

Historias de kurorexia #1: Sweet little sixteen

O las locas aventuras de un adolescente mental enfrentado a su aterrorizadora edad verdadera

1950s-teensEstoy aguardando mi turno en el CAP Roger de Flor (no me sucede nada grave; que mis enemigos no pongan a enfriar el champán aún) cuando se sientan justo delante de mí dos chicas jóvenes. Muy jóvenes. El tipo de juventud que, de tener yo relaciones con ellas en algunos estados del Medio Oeste americano, se traduciría en veinte buenos años a la sombra y el descrédito entre mis feligreses y alusiones horribles grafiteadas en la puerta de mi mansión y la misma choza reducida a cenizas en un par de días más. Esa juventud. Juventud de haber estado jugando a la comba hace cuatro años, máximo.

Pero aguarden un momento. En realidad, ahora que lo pienso, no tengo ni la más remota idea de qué edad tienen. Soy ya tan mayor que no distingo ni un pijo a esa vastísima distancia cronológica. Digamos que si 27 –por decir una edad al tuntún- me parece ya una burrada de lozanía y bullanguera (y errática) mocedad, estas dos chicas son el equivalente de un óvulo recién fecundado. Ni eso. De un espermatozoide a medio recorrer la travesía a nado en pos de dicho embrión.
Pero me arriesgaré aventurando una cifra a lo loco: 16.
No, mejor 17.
Digamos que tienen 17 (¡diecisiete!) alucinantes e incomprensibles años, sí. ¿Es eso la ESO o ya Bachillerato? (me hago un enredo catastrófico con la nomenclatura actual).

No importa. Las observo bien, pero no tan bien como para que aparezca la policía, me apresen y se me lleven enmanillado. Llevan tejanos elásticos -deben asfixiar como si te hubieses envuelto las cachas y el culo con plástico de embalaje industrial-, Superga de imitación con suela extragruesa, piercings en lugares insospechados (el nódulo central del labio superior), jerséis de punto bolsudos, ojos pintarrajeados de sombra crepuscular y uñas bastante largas, barnizadas de laca transparente, en unos dedos vertiginosos que no cesan de whatsappear. La forma con la que ambas se conducen por el mundo adulto –y, por tanto, de la que han hecho gala al aparecer en la sala de espera de este CAP, donde la media de edad es de 170 años- es una mezcla de extraordinaria timidez y apuro, confusión y torpeza post-púber; sin ninguna de esas fantasías demacradas que solemos leer en libros de escritores guarros como Nabokov y Philip Roth. Los azorados andares de las mozas son más bien de patos extraviados; lo opuesto al flirteo y la lujuria y el coqueteo, vamos (lamento haber destrozado sus sueños, amigos viejos verdes).

– Perdona.
Estoy tan ocupado con mis cábalas que ni percibo que están dirigiéndose a mí.
– ¿Perdona? –repiten, algo más alto (pensando que debo padecer sordera terminal).
– ¿Sí?- respondo al fin, dando un brinco y volviendo a la realidad.
– ¿Sabes si aquí es donde visita la Doctora Manpiérrez?

Yo les contesto lo primero que se me pasa por la cabeza. No recuerdo muy bien qué les digo ni a dónde las dirijo, porque estoy tan ocupado haciéndome el joven que las palabras emergen de mi garganta en piloto automático y desmadrada propulsión. Estoy saboreando dulcemente el hecho de que no se hayan dirigido a mí con alguna expresión formal como “perdone” o “muy señor mío” o, peor, alguna alusión a mis avejentados huesos del estilo de “venerable anciano” o “Eh, tú, carcamal” o incluso “maldito despojo reumático e inservible, repugnante antigualla de la era glacial”.
No, han dicho “perdona”. No ha habido lugar para la duda o el titubeo. Se han dirigido a mí con una familiaridad que, si bien no hablaba de hermandad inter-púber, sí situaba nuestra breve relación conversacional en algún punto de proximidad. A medio camino entre nuestras edades (es broma; seguramente les he recordado a su maldito padre).

Trato entonces de recordar cómo era yo a los 16, y qué hubiese pensado entonces de un tipo de 43 años que estuviera sentado ante mí en el ambulatorio. Es una conjetura falseada, claro, porque en 1987 no existían los tipos como yo. La gente de 43 años, en mi pueblo natal por aquella época, ya tenía hijos post-adolescentes con barbas recias y tufarada axilar, y se preparaba de facto para la entrada a la tercera edad. Aquellos tipos (mi buen padre entre ellos) estaban ya dejando atrás el mundo adulto; solo imagina el obsceno horror de la mismísima idea. ¿Abandonando la juventud a los 43? Cielo santo.
En cualquier caso, hicieren lo que hicieren con sus indumentarias, seguro que aquellos hombres de 43 no deambulaban por el mundo con mis estrafalarias pintas de árbol de navidad beodo.
Ni con sudadera de capucha. Oh, sudadera de capucha, significante #1 de la juventud desde los primeros 80 hasta aquí. Mucha gente (yo inclusive) cree que una sudadera de capucha es el mantón de invisibilidad aquel de Harry Potter. Que, si te calzas una, vuelves de inmediato y mágicamente a los 18, y por tanto la gente será incapaz de reparar ya en los surcos de siembra que cruzan tu jeta y zona nasolabial como una embrollada intersección autoviaria de Los Ángeles.

Pero nada de esto engaña a mis dos contertulias. No se han sentado a mi lado a enseñarme el nuevo trend viral que está petándolo en su insti. Una vez satisfecha su cuestión, tras haber abrevado ambas en el manantial de mi sapiencia infinita, las dos se alejan de mí hacia la puerta de la Doctora Manpiérrez.
Saciaré ahora su curiosidad: les miro el culo, en efecto. Mientras marchan. No puedo evitarlo; es un gesto tan automático y atávico y tan masculino que uno lo practica sin reparar en ello. Pero quiero que sepan una cosa: quizás sea esta la mirada de trasero más asexuada que he realizado en toda mi santa vida. Tal vez no soy tan viejo verde, después de todo, pues:

a) Ningún pensamiento libertino ha cruzado mi mente, y
b) He pensado en sus madres.

No de forma indecente, entiéndanme. No va por ahí.
He pensado más bien en cómo sus madres estarán preocupadas por ellas, por aquellas niñitas que se comían los macarrones y leían tebeos y jugaban a la goma y se dejaban hacer la trenza cada mañana, y ahora, de forma casi inconcebible, tienen ya 16 años, y están andando por un mundo violento y cruel lleno de hijos de puta, un mundo en el que no encontrarán trabajo ni en sueños, y pienso en esas madres, y sé que yo no dormiría ya nunca más de la pura angustia, del deseo enloquecido de protegerlas de todo mal, de preservarlas de forma marsupial en mi regazo hasta que cumplan los 30, de no dejarlas andar por ahí sin cordón umbilical ni escudos ni mis puños defensores, a la merced de cualquier loco rufián de 43 años con ideas sospechosas.

Quizás desde ahora me sucederá lo mismo que a Louis CK (padre de dos niñas), quien ya no puede masturbarse con Girls Gone Wild porque es incapaz de dejar de pensar en las pésimas notas que van a sacar las chicas que se embadurnan las tetas de aceite en el video.
Quizás me sucederá eso. O quizás no. Solo hay una forma de averiguarlo. Kiko Amat

Librecambismo

Periodismo Cuatro libros dan perfiles distintos de Julio Camba (1884-1962), el genial columnista de Villanueva de Arousa, artista del humorismo breve y mordaz observador cotidiano. Incluyendo la etapa de fogoso ácrata y la antirrepublicana.

https://i2.wp.com/image.casadellibro.com/a/l/t0/85/9788415862185.jpgJulio Camba, escritor gallego que publicó desde 1903 a 1962 en Madrid, es uno de los mejores columnistas que ha dado España, precisamente por lo particular de su condición. Camba era un periodista inusual, si nos atenemos a la definición común del oficio. Como sucede con John Fante, uno sospecha que lo que le apetecía a Camba era hablar de sus cosicas, y a la vez comentar su entorno cercano de la manera más subjetiva, autobiográfica e irónica posible. Camba era un cronista de viajes cuestionable, por ejemplo, a pesar de que su reputación nació allí. Una rápida ojeada a sus textos sobre Alemania o Inglaterra dejan claro que Camba al principio no daba pie con bola. “Yo tengo una ignorancia enciclopédica que revela un gran españolismo”, se jactaba en “Yo no soy alemán” (Mis páginas mejores). Si le daba por preguntar algo, Camba no entendía ni jota de lo que le contestaban, fuese aquello Chicago o París. Así que, ni corto ni perezoso, interpretaba lo visto con perspicaz mala fe e imaginación a espuertas. Camba me recuerda a los camareros españoles con los que me topaba en Londres cuando yo vivía allí, emperrados en seguir llamando “guiris” a los ingleses pese a la flagrante inversión de roles que había tenido lugar. Uno se imagina a Camba así: deambulando por Berlín, bajito y regordete y racialmente ibérico, mofándose de los godos en su propia casa porque hablan a ladridos y no saben cocinar los garbanzos.

Y, sin embargo, los atributos de Camba son legión: su prosa mordaz y tronchante, su completa falta de pretensiones (siempre dijo que “toda pompa es fúnebre”), su sagacidad y visión, su estilo grácil y elástico, su aparente capacidad de escribir sobre cualquier cosa y que siempre resultara ameno. Camba era el rey de la columna diaria breve. “He adquirido la facultad de convertir todas las cosas en artículos de periódicos”, diría. Era también un fiero individualista, misántropo ocasional y “aristoácrata” huraño (como Jardiel) que se enemistó con la República no por ser requeté o devoto, sino (se sospecha) por algún desaire institucional.

Mis páginas mejores incluye sus famosos textos anti-republicanos, y algunas de las ideas del Camba adulto suenan hoy retrógradas y mezquinas (no lean “El divorcio” si no quieren que se les atragante). Buscando combatir la visión hostil que, precisamente por aquellas ideas, se tiene de Camba en la España moderna, Pepitas de Calabaza ha realizado una titánica recuperación de sus escritos anarquistas de juventud. ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno! aúna los textos que escribió entre 1903 y 1907 para diversas publicaciones libertarias, entre las que destaca su propio periódico, El Rebelde. La mayoría de estos trabajos fueron perseguidos sin tregua en la época, y Camba incluso fue a prisión por ellos, prueba de que comulgaba con genuino fervor revolucionario.

La única mácula de esta heroica selección es (¡ay!) precisamente dicho fervor creyente. En muchos de los escritos anarquistas el joven pontevedrés suena solemne y apostólico; serio, en una palabra. El Camba maduro aún no saca su sulfúrica lengua, así que leemos: “el combate nos llama. Hemos nacido para el combate como ha nacido el león para las selvas. Combatiremos, pues. Combatiremos con mayor energía que nunca, desnudo el pecho robusto y erguida al aire la frente soberana”. Buh. Como arenga jacobina está fetén, pero como texto del maestro… Según parece, el imberbe Camba de 1903 aún no había deducido lo de la “pompa fúnebre”.

Hacia 1906 empieza la fractura del predicador anarquista, y en 1907 escribe El destierro (glosa de su exilio bonaerense), uno de sus trabajos insignia. Camba habla aún como ácrata, pero ya emplea su audaz retranca, ya quita hierro a todo, ya se caricaturiza, ya salta al primer plano sin paracaídas (“El público se imaginará que yo soy únicamente el autor de esta novela, pero, en realidad, soy algo bastante más importante: soy el protagonista”). Unan eso a El matrimonio de Restrepo (1924), una mondante égloga novelada del celibato, y a la selección de sus textos de oficio Maneras de ser periodista, y el conjunto les mostrará a Camba en su inmensa grandeza. Con todos sus aciertos y morrones. Kiko Amat

“¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!”; los escritos de la anarquía
Pepitas de Calabaza, 2014

El destierro y El matrimonio de Restrepo
Prólogo de Ignacio Ruiz Quintano
Ediciones del Viento, 2014

Mis páginas mejores
Prólogo de Manuel Jabois
Pepitas de Calabaza, 2012

Maneras de ser periodista
Edición de Francisco Fuster
Libros del K.O., 2014

(Artículo previamente publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 22 de octubre del 2014)

Kiko Amat entrevistando en directo a Nick Hornby

Es la filmación de la entrevista, que tuvo lugar hace un año, en el festival La Risa de Bilbao del 2013.

El de la izquierda, descalcetinao y con hormigas en el trasero, soy yo. El otro es Hornby, sin duda.

La han colgado en YouTube recientemente (o yo acabo de enterarme, que para el caso es lo mismo), y por eso se la ofrezco a todos ustedes.