Mi vida sin Juníperos (una semblanza de Juniper Moon)

Varios grupos del indie rock español acarrean ya doce álbumes y veinte años de carrera en sus chepas, no sabe muy bien cómo ni con qué fin, mientras que JUNIPER MOON nos abandonaron jóvenes, dejando (eso sí) un cadáver asaz agraciado. Cuatro años de existencia (1999-2003) fue todo lo que les hizo falta para difundir el pop-punk más lozano, adherente y jovial que se había visto en el país desde Los Nikis (lo menos). Y saliendo de Ponferrada, que tiene más mérito.

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Residía yo en Inglaterra por aquel entonces. Pasé allí cuatro años, de 1998 al 2001, durante los cuales -mira tú qué curioso- nadie en España me telefoneó ni una sola vez para berrear en mi oído “¡Lo que te estás perdiendo, idiota!”. Algo me olía a excremento. Por lo general, nada entusiasma más a mis amigos que poder restregar por mi faz (a cobro revertido) aquella maravilla que me he perdido, idiota, por despiste o abulia. Ahora veo que existía un motivo para aquella afasia amical: no había mucho de lo que presumir. Pues, ¿qué me “perdí”, realmente, durante aquellos años? ¿El primer elepé de Sidonie? (risa hebefrénica) ¿La carpa electrónica del FIB? (se arranca la cabellera a jirones; solloza a berridos) ¿El Primavera Sound 2001? (se atiza en la frente con una sartén mientras jura en lenguas muertas). Sería un poco como si en 1348 un genovés atrapado en plena epidemia de la Peste Negra escribiese a sus parientes congratulándose del hedor a fiambre pocho.

Pero una cosa sí me supo mal: haber sorteado, sin querer, casi toda la carrera de Juniper Moon. No. Es más grotesco aún: llegué a verles, allá en su Ponferrada natal, teloneando a Los Fresones Rebeldes en la gira veraniega del 98. Pero entonces ¡zas! y desaparecieron de mi lado. Fue un contacto tristemente fugaz, tan acelerado como algunas de sus canciones. Asimismo, los recuerdo como un eufórico grupo de punk-pop sin miriñaques ni ornamentos: solo estribillos y letras chulas. Juventud y desparpajo certificados. Raquel, Sandra, Dado, Jaime e Iván: collares surferos y polos marca blanca, sin dárselas de nada. Digámoslo ahora: yo nunca comulgué con la segunda hornada española de pop fifí -los descendientes de Fresones Rebeldes eran más pijos y cursis que sus mentores- pero Juniper Moon se antojaban naturales, pueblerinos (como algo positivo; pienso en XTC, vamos) y limpios (de espíritu). Muy poco de figurar y hacer mohines, si entienden lo que trato de expresar.

The Life and times

Los Juníperos se habían formado en el año 1996 en Ponferrada (León), no en Shoreditch ni en el East Village. Ponferrada. Ahí tienen lo opuesto de una cuna cosmopolita vibrante. Iván, director de la banda y avezado productor de rimas consonantes, recuerda así su lugar de orígen: “En sitios como Ponferrada era una odisea hacer cualquier cosa, pero en aquella época era muy divertido, aún quedaban sitios donde se hacían conciertos regularmente y en ellos vimos un montón de grupos que nos marcarían. Aquel pueblo grande estaba dividido en dos escenas muy marcadas y diferenciadas, una muy indie y moderna y otra mucho mas clásica y conservadora. A nosotros nos gustaban las dos”.

Rocanrol e indie pop. Tunga-tunga y la-la-lá. Y monopatines, ridiela. En aquella época, según Iván, “todos los chavales estábamos influenciados por la hornada de grupos post grunge, por el hardcore melódico y las bandas de skate punk. Cosas que habían aparecido de la nada y se antojaban más frescas, divertidas y accesibles que la tradicional escena metal o rock. Aunque esa era la intención inicial, muy pronto descubrimos que no sabíamos tocar y que para sonar como NOFX había que tocar mucho”. Juniper Moon se bajaron rápido las bermudas pero mantuvieron los calzoncillos de punk-pop soleado, combinándolos con Los Planetas y noise pop patrio. A Iván no le tiembla la voz cuando apunta que “Los Planetas han sido el grupo Español mas influyente de los últimos veinte años. Nos gustaban mucho y ejercieron una fuerte influencia en nosotros. Creo que lo peor de ello es que, siendo jóvenes e influenciables como éramos, alguno de nosotros intentó imitar lo que suponíamos era su estilo de vida en algún momento. Y eso no fue bueno. En mi caso casi fatal, diría yo”.

Con o sin agentes intoxicantes, “aquella extraña mezcla de chavales aburridos”, como les define Iván, se consolidó como el gran grupo de punk-pop español de la década. Revisitando sus discos, salta a la vista que la mayoría de canciones tienen un extraordinario potencial de hit: de haber nacido en 1981, en plena Movida, se lo hubiesen comido todo. En su alboroto juvenil escucho hoy trazas de Parasites, Flop, Ash, Talulah Gosh, Helen Love o The Undertones. Iván asiente con inusitado vigor: “Todos los grupos que has nombrado. Manta Ray también nos parecían lo más,  veíamos Asturias como el centro del universo. Y grupos como Depressing Claim en Castellón. Dado [guitarra] era muy indie y trajo grupos americanos como Dinosaur Jr, Pavement o Sebadoh. Yo pasé mi adolescencia escuchando los discos 60’s y power pop de mi hermano mayor. La explosión de eclecticismo total se produjo cuando conocimos a Luis y Montse [de Elefant] y comenzaron a descubrirnos grupos alucinantes. Recuerdo a Luis sentado en el sofá de su antigua casa de Las Rozas pinchando singles y dejándonos con la boca abierta una y otra vez. Le debo todo el C-86 y el Shoegaze”.

Subidón de la década

Juniper Moon gozaron de un éxito razonable en mitad del erial nacional. No me necesitan a mí para hacer historia; existe una cosa llamada Google. Pero resumiendo: giraron, tocaron, fumaron, grabaron tres singles y un álbum (ver despiece), Steve Lamacq los pinchaba en su Evening Show, Rough Trade los incluyó en el recopilatorio Indie Pop 1 (Iván comenta al respecto con amargura que “generalmente la gente le empieza a hacer caso a tu grupo cuando tú ya estas cansado de él”) y pasaron cuatro años siendo adalides del mejor pop rápido español. Pese a su prisa congénita, los indie-poperos les amaban sin reservas. “Yo lo recuerdo con mucho cariño”, afirma Iván con alegría cautelosa, “tengo muy buenos amigos de esa época. Durante mucho tiempo habíamos intentado (sin éxito) ser aceptados por la escena punk clásica del momento. Para ellos éramos unos bichos raros y no nos hacían ni caso. Entonces Juan de Pablos comenzó a pincharnos, más tarde Luís en su programa, y comenzamos a tocar con Fresones o TCR  en fiestas que organizaba el fanzine Yo-Yo. Aunque seguíamos sintiéndonos demasiado punk para los pop y demasiado pop para los punks, lo cierto es que nos hacían sentirnos muy queridos e integrados en todo aquello”.

Bajón del año

Viene la nota triste: su chocante disolución. Peor: Iván ya no mantiene contacto alguno con los antiguos miembros de su banda. “Fuimos muy amigos”, recuerda, melancólico, “era un grupo de verdad, al menos para mí, y tal vez por eso, pasado el tiempo (aunque no le guardo rencor a nada ni a nadie en esta vida) hay cosas que aun recuerdo con dolor y tristeza, ese tipo de cosas que se atragantan de chaval y que, aunque superas con el tiempo, marcan tu personalidad y el resto de tu vida. Pero sí, creo que en general nos quisimos todos mucho los unos a los otros casi todo el tiempo, incluso cuando las cosas empezaron a ir mal”.

¿Cómo de mal? (es razonable preguntar). “Creo que Juniper Moon era un grupo abocado al desastre”, contesta, “como la primera relación sentimental, esa en la que aprendes que algunas veces por mucho que quieras no puede ser”. Iván continúa desgranando el clásico esquema de tensión disolutiva en todos los grupos incipientes: “Digamos que las prioridades siempre fueron distintas. Para mí lo único importante era tocar y hacer todo lo que se pudiera, ensayar cuanto más mejor y trabajar en el grupo. En ese sentido Juniper Moon siempre tuvo un rendimiento muy bajo en proporción a la cantidad de ofertas que tenía, nunca exprimió su suerte. Aquello me terminó minando: cancelar conciertos, no querer tocar, preferir un café con un amigo a un ensayo eran cosas que ni entendía entonces ni entiendo hoy. Llegó un momento, mientras preparábamos el segundo disco, en que yo ya no pude más con la frustración y decidí dejar el grupo y empezar de cero”. Ese de cero es, ustedes ya lo saben y yo acabo de caerme de un guindo, Linda Guilala. Pero se trata, claro está, de otra historia. Iván parece parafrasear a Los Flechazos cuando se despide con un escueto: “Lo conseguí, soy feliz”.

Máxima brevedad (discografía casi completa)

https://f4.bcbits.com/img/a0602250743_10.jpg¿Volverás? EP (Elefant 1999): Su debutazo (pese a la portada). Hay power pop eufórico a lo Bum o Dickies (como “XXX”, con su letra llena de “ojos vendados”, “calor húmedo” y “nuevas sensaciones” (ejem), producto obvio de un calentón pubescente), contagio del bacilo Los Planetas época Una semana en… (su proto-hit “¿Volverás?”) y otro de esos sensacionales himnos al viernes por la tarde (“Viernes por la tarde”) que son pieza capital del pop juvenil.

Basado en hechos reales EP (Elefant 2000): Juniper podían ser a la vez dulces y ácidos, como un Kojak. En este segundo EP lanzan otro hit imperecedero (la filo-oda al fetichismo “Tus pies”, que es “Who wrote holden Caulfield?” + Sugar + J Church), dos temas que rozan el medio tiempo spectoriano de 1962 (“Me siento mejor” y “Un sueño tan solo eso”) y, de premio, otra castaña de superpop noventero al modo Superchunk/Sugar (“16 de septiembre”). Máxima cantabilidad, enormes ganchos. Engañosamente fácil, como una novela de John Fante.

El resto de mi vida LP (Elefant, 2002):  Uno de aquellos discos de pop que se mudan al vecindario de la excelencia. Emociona y se adhiere a la piel con inclemente facilidad. Se sostiene en un deseable vórtice que cruza C86, tradición power pop americana (Pointed Sticks, Pezband, The Plimsouls) y punk-pop sobreacelerado y modorro inglés del 79-82. En mi opinión es casi una colección de singles, sin desechos ni sobrantes. “Maldita ciudad”, “Puro teatro”, “No te pongas el sombrero”, “Madrid”, “Quiero verte una vez más”, “JM y la furgoneta azul”… Así hasta las quince. Espléndido.

Solo una sonrisa EP (Elefant 2003): Su despedida (¡no os vayáis!). Tres canciones estupendas que abarcan de Talulah Gosh a The Stand GT hasta los Pavement más hiteros. “Superstar” sigue siendo de mis favoritas de su repertorio. Y por añadidura las letras estaban la mar de bien.

Kiko Amat

(Esta pieza se escribió para y se publicó en un Rockdelux, pero no recuerdo cuál. Uno de hace un par de meses, diría yo. Como no aparece en web, se lo incrusto yo aquí)

 

El vermut de Kiko Amat #13: NANDO CRUZ

Con ocasión de su librazo Pequeño Circo (contra 2015), una de las mejores historias orales publicadas en nuestro país.

Hemos tardado (la charla es de junio, por el amor del cielo; miren las mangas cortas de las fotos), y hemos llegado renqueando (obligaciones pecuniarias y graves desordenes de cariz psiquiátrico se interpusieron en su publicación), pero al final aquí la tienen. En Gent Normal, no podía ser de otro modo.

Espero que lo pasen estupendo leyéndola. Yo, con su permiso, voy a abrirme un buen botellín y a escuchar a The Dukes of Stratosphear y también algo de emo bien lloronsote y a leerme de cabo a rabo Marley estaba muerto, el nuevo de mi querido Carlos Zanón.

Que les aproveche.

Lydon, indie español y Svenonius: mis tres libros musicales para Sant Jordi

Si usted está tan frustrado como yo por no hacer nacido músico (y cada vez que ha empuñado una guitarra el sonido resultante se asemejaba a un cochinillo herido de muerte tratando de atravesar un arpa), este Sant Jordi adquiera –a modo de pírrica consolación- uno de estos tres libros:
libro-indi-2-507-680x5071) Pequeño circo; historia oral del indie en España, Nando Cruz (Contra)
Las mejores historias orales se leen como novelas: Edie, de Jean Stein, Mátame por favor, de Legs McNeil y Gillian McCain, Harto de todo de Jordi Llansamá… La prueba algodonesca es el sentimiento: uno tiene que empatizar con los protagonistas. Nando Cruz traza aquí la historia de un fenómeno minúsculo en cuanto a ventas o popularidad pero colosal en cuanto a ruido mediático e infiltración crítica. Está todo: el germen, nudo y desenlace (desazonador), así como la influencia post-mortem (inexistente), ordenado por ciudades y sumando voces. Hablan los bichos raros del génesis (Lagartija Nick, Los Bichos, Cancer Moon…); el grueso de las tropas (Penelope Trip, El Inquilino Comunista, Manta Ray…); la conexión Donosti (Le Mans y La Buena Vida); los inclasificables (Patrullero Mancuso, El Niño Gusano); los que perduran (Los Planetas, Sr. Chinarro); el tardo-indie condal (Los Fresones Rebeldes, Astrud…). No faltan los empresarios, los pequeños sellos que nunca pagaban (el working title era Por favor, págame), el tradicional flirteo con multis, los caídos y los pentiti, los fanzines cotillas, los hypes, las rencillas, los primeros festivales… Ustedes se preguntarán si, como sucede en las novelas, Pequeño circo tiene también sus villanos. Alguno hay, sin duda, pero el libro decepcionará a los que busquen vinagre y puñal. El tiempo ha obrado una implacable labor de autoexamen y benevolencia en los entrevistados, que tienden a mirar con simpatía crítica al fenómeno. De lo mejor en pop que se ha publicado aquí.
2) La ira es energía, John Lydon (Malpaso).
Las memorias de John Lydon, antes Johnny Rotten, ideólogo/vocalista de Sex Pistols y P.I.L. Ustedes se preguntarán: ¿Pero este pájaro no había sacado ya una autobiografía? En efecto: Rotten: no irish, no blacks, no dogs (Antonio Machado, 2007). Lydon debe ser el único artista que considera insuficiente tener un solo libro de memorias a su nombre. Pero La ira es energía es un trabajo notable. Lo mejor son las 100 primeras páginas sobre adolescencia, subcultura, familia y barrio. Desde allí, algunas cosas les resultarán familiares (el tragicómico circo de los Pistols), otras menos (la saga P.I.L.), otras serán nuevas. Por supuesto, algunas de las nuevas no eran, ejem, cruciales: le ofrecieron un papel en Critters, protagonizó anuncios de cerveza Schlitz, le encanta el primer disco de INXS, sufre problemas de dentadura, tiene miedo de su propia ropa interior… La última me la he inventado, pero ya ven por dónde voy. Para los fans de su ego y mal café, están todos los Lydonismos: él inventó el punk, el post-punk, el postmodernismo y quizás la penicilina; la mayoría de personajes del punk eran un camelo (menos él, se sobreentiende): Ari Up, Steve Jones, Jon Savage, The Clash… (la lista de calumniados es kilométrica); se declara inocente de todo lo espantoso (sus apariciones en celebrity shows, el anuncio de mantequilla aquel…). Hay un momento en que incluso empieza una frase así: “Jesucristo y yo…”. Se lo juro. Sin ironía alguna. Pero es Lydon, joder. ¿Qué se esperaban, Hello Kitty: mi vida entre las flores?
3) Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, Ian Svenonius (Blackie Books)
Ian Svenonius, flamígero performer de r’n’r dislocado con The Make-Up o Chain & The Gang, nos adoctrina en este manual para montar una banda de rock. La obra está dividida en dos secciones: una inicial sesión de espiritismo, donde se realizan encuentros con varios célebres difuntos (Jim Morrison, Mary Wells o Buddy Holly) y una segunda parte en la que se analizan los detalles indispensables a la hora de formar una banda: mánager, sello, cantante, groupies, críticos… Todo en este libro es ironía, pero también reflexiones de calado e inesperadas revelaciones (de fuentes insospechadas: Chuck Berry habla del rock’n’roll en contraposición a la amenaza de la URSS, Buddy Holly razona la influencia de las pandillas juveniles en el formato clásico de banda…). Tan erudito como mordaz, la lectura de Estrategias sobrenaturales… se les antojará gratificante como el mejor de los bailes.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 18 de abril del 2015)

Indie pero español

Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), de Nando Cruz, documenta al fin la pequeña gran historia del indie de aquí. Kiko Amat pugna por recordar dónde rayos estaba él cuando todo sucedió.

Pequeno-circo-nando-cruz1. Mi relación con el indie español es una de desconfianza intermitente, bañada muy de vez en cuando en la ocasional luz de la inspiración, y que termina con final feliz. Esa antipatía original hacia el indie es algo curioso, porque si he de serles sincero me perdí un alto porcentaje de su actividad primigenia. Tal inquina, así, era más la que de repente le agarras en un bar a un baranda a quien no conoces de nada, pero que te irrita por sus poses pretenciosas o voz de flautín, que la que le tendrías a un amigo íntimo que te hinca el puñal entre los omoplatos. Pero bajen la mano despacio y suelten el Twitter. El indie tuvo cosas malas y cosas buenas, y la intención de este artículo será dirimir con una cierta ecuanimidad cuáles fueron unas y otras.

Antes déjenme hablarles un poco de mí, para variar. Conviene establecer ciertas intersecciones ético-estéticas con el indie peninsular. De 1985 a 1990 yo fui mod (qué le vamos a hacer). En 1990, y a partir de mi decepción con el “movimiento” (entonces lo llamábamos así), empecé a bucear en zonas limítrofes: el punk rock, el hardcore y el northern soul; una ensalada de sonidos que, por un tiempo, parecía tener sentido solo en mi deslavazado magín. En efecto, de 1991 a 1995 yo era el único fulano de Barcelona que frecuentaba shows de hardcore y allnighters de northern soul, como si me hubiese dado un aire. En 1990, por añadidura, yo había dejado de comprar el Ruta 66, que empezaba a cerrar filas alrededor del rock “auténtico”, pero no pasé a Rockdelux. Lo que hice fue enclaustrarme aún más en mi enrarecido cubil, radicalizando la cerril postura anti-mainstream y cavando hondo en los asuntos subterráneos -y algo subnormales- que me pirraban.
Todo esto viene a cuento de que el indie español y yo circulamos durante años por carreteras paralelas, sin cruzarnos. Casi. Frecuentamos los mismos garitos barceloneses (Communiqué, KGB o Humedad Relativa) durante la misma época, pero no aparecíamos por allí el mismo día (yo iba los días de rollo mod o punk). Cuando llegó el momento de coincidir en celebraciones comunes (los primeros festivales musicales), a mí únicamente me interesaba mi lado del patio, y aprovechaba las actuaciones indies para mear, beber o morrear mozas. El Serie B de Pradejón o los primeros tres FIB de Benicàssim son ejemplos donde interseccionaban los míos y los suyos, con algún punto azul donde ambos convivíamos en paz: yo iba a ver a Thee Headcoats o Mega City Four, ellos a El Inquilino Comunista o My Bloody Valentine, y oriente y occidente nunca se encontrarán (que decía Rudyard Kipling).

Que hacia esa época yo tuviese algunos tiros pegaos tal vez explica mi original suspicacia hacia la escena. Para un fan de La Granja, Los Negativos, Los Enemigos, Brighton 64 o El Último de la Fila, el indie español –pese a sus ínfulas innovadoras- parecía un patente paso atrás. En el flamante Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), el periodista Nando Cruz fecha su nacimiento hacia 1988, cuando aparecieron grupos como Aventuras de Kirlian, Cancer Moon o Surfin’ Bichos. Por supuesto, también existirían caídos de entreguerras que no eran nueva ola ni nuevo indie: Lagartija Nick, Los Bichos o Pribata Idaho (“El indie nos pilló en tierra de nadie. Nos pudimos agarrar a Teenage Fanclub y a nadie más”, afirma Ernesto González, de los últimos). Y antes que ellos se plantó un fértil subsuelo mod, punk y pop que permitió florecer a los primeros sellos indies y grupos de “noise”. Nando Cruz acierta, y mucho, al incluir a Sex Museum, Romilar-D o Munster Records en las catacumbas de todo ello. Sin las bases que sentaron unos, los otros no hubiesen podido germinar.

2. La cosa es que hacia 1990 empezaba a andar un prototipo de “público indie” (aún minoritario) con unos referentes claros, una vaga estética similar y unos preceptos más o menos comunes. En pocos años (tras la gira Noise Pop ‘92 de Elefant Records), se formaría un circuito y una escena semi-cohesionada con nombres reconocibles: El Inquilino Comunista, Penelope Trip, Paperhouse, Manta Ray, Parkinson DC, Beef, Sexy Sadie, Sr. Chinarro, Patrullero Mancuso (que comían aparte), donostiarras como La Buena Vida o Le Mans (lo mismo), Los Planetas (los mejores de largo)… De repente, yo empecé a topar con ellos en fanzines, revistas y programas de salas de conciertos. Estaban por todas partes, como en La invasión de los ultracuerpos. Al principio les escrutaba de lejos, dudando entre catalogarles de amenaza o potencial aliado. Mentiría si les dijese que, durante unos años, no me decanté por la animadversión. Mi rechazo juvenil (a veces agilipollado, otras profético, hoy superado) nació de varios factores:

fib-cartel-1995a) El idioma: Cantaban en inglés. Y ni siquiera un inglés digno, sino una especie de pichinglis masticado, aplicado a cañonazos sobre letras pueriles y/o abstractas. En el indie español el mensaje era secundario (o ausente). Comprenderán que eso, para los que veníamos del 80’s pop en castellano -con sus himnos emblemáticos, silbables y tatuables- representara un handicap difícil de ignorar.
b) El universo: Era asaz limitado. Una analogía de esto es el binomio Beatles/Oasis. Los Beatles eran fans de Joe Orton, de la Motown y del viejo R&B, del music hall y The Goons, de Peter Blake y… Su hambre cultural era insaciable, tanto como inestimables eran sus enseñanzas. Oasis ya eran solo fans de los Beatles. Y aquí sucedió algo similar. Mientras que Sonic Youth bebían de Crime y el avantgarde y Minutemen y Glenn Branca y Harry Crews, los noiseros españoles bebían solo de Sonic Youth (como bien afirma Juan Cervera en Pequeño circo). Esto produjo unas ambiciones que eran por definición algo estrechas. Su mundo era un pueblito, recién pintado y con los márgenes alambrados.
c) Las pretensiones de “música avanzada”: Muchos grupos españoles injustamente tachados de “retro” habían acertado en los ochenta a crear sonidos autóctonos con letras adecuadas a su momento. El noise pop no siguió el mismo camino. Parkinson DC, por ejemplo, se apuntaban qué pedales llevaban Mercury Rev o Dinosaur Jr. en sus conciertos barceloneses, y los disponían tal cual en su siguiente disco. Ese era un proceso común al resto de grupos. Agarrar a dos o tres grupos insignia, y reproducirlos con la mayor fidelidad posible. El noise pop solo era nuevo en el sentido de que calcaba a nuevos grupos americanos, en lugar de a los Byrds. En todo lo demás, era tan imaginativo como Los Sírex. ¡Qué digo! Bastante menos que Los Sírex. El propio Tito Pintado (de Penelope Trip) afirma en el libro que no ve ninguna razón para comprarse hoy un disco de su banda. Te los saltas y vas directamente a Pavement.
d) Las pretensiones de “año cero”: Esto era mera boutade adolescente, pero en fin. Penelope Trip afirmaban que la música había empezado con el Psychocandy (1985) de The Jesus and Mary Chain. Algo se había perdido en la traducción, salta a la vista. Los grupos indies patrios escuchaban a ingleses como Felt o Primal Scream, cuyos referentes eran mayormente 60’s, pero despreciaban la música pre-1987. Adoraban al sello Creation (cuyo nombre homenajea al grupo mod de 1965) pero se obcecaron con ser anti-pasado. No sé: si de veras eres anti-rock, monta un grupo industrial o conviértete en crooner. Los grupos noise pop, paradójicamente, transformaron su (más que comprensible) odio al rockismo rutero en un canon que repetía los errores de visión de sus némesis malasañeras.
e) La nueva prensa musical: Debo admitir que antes de mi desconfianza hacia los grupos noise estuvo mi desconfianza hacia sus fanzines. Bueno, cuando dije desconfianza quise decir cósmico repelús. Nadie ha leído ni volverá a leer prosa más afectada que aquella. Manolo Martínez (de Astrud) cita en el libro una crítica aparecida en Malsonando: “Tengo veintidós años y [Sr. Chinarro] no tenéis derecho a sonar así. Dan ganas de sacarse los ojos de terciopelo”. Por desgracia, las revistas musicales del momento actuaron de forma exactamente opuesta a como yo esperaba: en lugar de prorrumpir en una sonora carcajada, y luego proceder a escalfar el alquitrán y seleccionar las plumas, les pusieron a todos en plantilla. En masa. Cuando me enteré, casi me arranco los ojos. No los de terciopelo; los de verdad.
f) El hype: Consecuencia directa del punto anterior. Una mini-escena harto elitista, críptica y estanca, sin mucho talento (en cuanto a hits pop) ni posibilidad popular alguna, copa de repente las primeras planas. El mimetismo con lo inglés vuelve a manifestarse aquí, cogiendo (como era costumbre) lo peor: la hinchazón crítica catapulta a grupos de cuarta fila a posiciones de liderazgo, y se ignora a grupos increíbles para dar cancha a, qué se yo, My Criminal Psycholovers. O Silvania.
g) Las canciones: No las hubo, al menos en el sentido super-pop de la palabra. Comparen con el periodo 1980-1990, cuando se construyó en España un cancionero fértil y memorable que ha sobrevivido hasta nuestros días. De 1990 en adelante, ¿qué queda? (en cuanto a hitazos, quiero decir): “Chup chup” de Australian Blonde, unas cuantas (bastantes) de Los Planetas y “Al amanecer” de Los Fresones Rebeldes. Vads, de Corn Flakes, lo dice clarito en Pequeño Circo: “no hay canciones”.

3. Pero no se impacienten: con el tiempo, algo de mi rechazo remitió, y capté la diferencia de oferta. Vi la ciclópea distancia que separaba a La Buena Vida de, no sé, Pequeñas Cosas Furiosas o Nothing. Desprevenido, bizqueé con el “H.E.L.L.O” de Le Mans (¿es una broma, o qué?) pero al poco comprendí, y mucho. Presencié de primera mano (ya como comprador) la aparición de Soidemersol de La Buena Vida, o el Entresemana de Le Mans. Canturreé feliz “La mujer portuguesa” de El Niño Gusano. Lucí camisetas de Siesta y Spicnic. Me hice fanísimo de Los Planetas, y compré todos sus singles según iban saliendo (luego me enteré

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

de que eran fans de Rain Parade o Syd Barrett, como yo). Me hice temprano seguidor del twee británico de Heavenly y Sarah Records etc., lo que hizo que mirara con un nuevo cariño a las propuestas de este tipo (si bien algo más pijas) que nacían aquí.
La mayoría de las comprensiones positivas me vinieron de mano de Felipe (de Los Canguros y Los Fresones Rebeldes), que había pasado –como yo- de lo mod y se había metido en el indie “hasta el hocico” (sus palabras), y también de Miguel López (otro futuro Fresón). Además, justo cuando me convertía en ultra-fan lunático de Los Fresones Rebeldes (me había ennoviado con su guitarra, para más inri, y transformado en –a todas luces- groupie oficial) y les acompañaba en sus primeras giras españolas, aparecían Astrud en Barcelona. Astrud me chiflaban. Era directamente mi grupo favorito en 1997 y asimismo, aunque su ideario y postura se antojaran lejanos de los indies previos, estaba claro que salían del público de la gira Noise Pop ‘92. Manolo Martínez lo ha afirmado más de una vez.

Conviene cerrar este capítulo, así, con una reflexión: no todo fue estéril en el indie pop. De su nido emergieron algunas lumbreras que aún encabezan el cancionero estatal más ilustrado, como Antonio Luque, Jota, Ibon Errazkin, Teresa Iturrioz, Nacho Vegas, Felipe o el propio Manolo Martínez (retirado); también algunos genios locos y excéntricos locales (Murky, de Patrullero Mancuso, David Beef o Genís de Hidrogenesse); y un puñado de discos inmortales (un 10% de su producción, pero aún así; mirémosle el lado bueno, leñe). Algunos de sus más latosos plumillas se arrepintieron de todo, un poco como Albert Speer en los cincuenta, y renegaron de las homilías arty declamadas en pleno subidón. Y, por lo que se desprende de las afectuosas voces que pueblan Pequeño circo, al menos la mayoría lo pasaron tremendo en un entorno de compañerismo y comunidad que, si bien no gestó tantas genialidades inmortales como la nueva ola pretérita, al menos proporcionó una dirección y un ideal (y una clara oportunidad de pasarlo pipa) a sus vidas. Y, no sé qué decirles, ¿a los dieciocho? Eso es exactamente lo que andas buscando.

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 11 de abril del 2015)