Mi vida sin Juníperos (una semblanza de Juniper Moon)

Varios grupos del indie rock español acarrean ya doce álbumes y veinte años de carrera en sus chepas, no sabe muy bien cómo ni con qué fin, mientras que JUNIPER MOON nos abandonaron jóvenes, dejando (eso sí) un cadáver asaz agraciado. Cuatro años de existencia (1999-2003) fue todo lo que les hizo falta para difundir el pop-punk más lozano, adherente y jovial que se había visto en el país desde Los Nikis (lo menos). Y saliendo de Ponferrada, que tiene más mérito.

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Residía yo en Inglaterra por aquel entonces. Pasé allí cuatro años, de 1998 al 2001, durante los cuales -mira tú qué curioso- nadie en España me telefoneó ni una sola vez para berrear en mi oído “¡Lo que te estás perdiendo, idiota!”. Algo me olía a excremento. Por lo general, nada entusiasma más a mis amigos que poder restregar por mi faz (a cobro revertido) aquella maravilla que me he perdido, idiota, por despiste o abulia. Ahora veo que existía un motivo para aquella afasia amical: no había mucho de lo que presumir. Pues, ¿qué me “perdí”, realmente, durante aquellos años? ¿El primer elepé de Sidonie? (risa hebefrénica) ¿La carpa electrónica del FIB? (se arranca la cabellera a jirones; solloza a berridos) ¿El Primavera Sound 2001? (se atiza en la frente con una sartén mientras jura en lenguas muertas). Sería un poco como si en 1348 un genovés atrapado en plena epidemia de la Peste Negra escribiese a sus parientes congratulándose del hedor a fiambre pocho.

Pero una cosa sí me supo mal: haber sorteado, sin querer, casi toda la carrera de Juniper Moon. No. Es más grotesco aún: llegué a verles, allá en su Ponferrada natal, teloneando a Los Fresones Rebeldes en la gira veraniega del 98. Pero entonces ¡zas! y desaparecieron de mi lado. Fue un contacto tristemente fugaz, tan acelerado como algunas de sus canciones. Asimismo, los recuerdo como un eufórico grupo de punk-pop sin miriñaques ni ornamentos: solo estribillos y letras chulas. Juventud y desparpajo certificados. Raquel, Sandra, Dado, Jaime e Iván: collares surferos y polos marca blanca, sin dárselas de nada. Digámoslo ahora: yo nunca comulgué con la segunda hornada española de pop fifí -los descendientes de Fresones Rebeldes eran más pijos y cursis que sus mentores- pero Juniper Moon se antojaban naturales, pueblerinos (como algo positivo; pienso en XTC, vamos) y limpios (de espíritu). Muy poco de figurar y hacer mohines, si entienden lo que trato de expresar.

The Life and times

Los Juníperos se habían formado en el año 1996 en Ponferrada (León), no en Shoreditch ni en el East Village. Ponferrada. Ahí tienen lo opuesto de una cuna cosmopolita vibrante. Iván, director de la banda y avezado productor de rimas consonantes, recuerda así su lugar de orígen: “En sitios como Ponferrada era una odisea hacer cualquier cosa, pero en aquella época era muy divertido, aún quedaban sitios donde se hacían conciertos regularmente y en ellos vimos un montón de grupos que nos marcarían. Aquel pueblo grande estaba dividido en dos escenas muy marcadas y diferenciadas, una muy indie y moderna y otra mucho mas clásica y conservadora. A nosotros nos gustaban las dos”.

Rocanrol e indie pop. Tunga-tunga y la-la-lá. Y monopatines, ridiela. En aquella época, según Iván, “todos los chavales estábamos influenciados por la hornada de grupos post grunge, por el hardcore melódico y las bandas de skate punk. Cosas que habían aparecido de la nada y se antojaban más frescas, divertidas y accesibles que la tradicional escena metal o rock. Aunque esa era la intención inicial, muy pronto descubrimos que no sabíamos tocar y que para sonar como NOFX había que tocar mucho”. Juniper Moon se bajaron rápido las bermudas pero mantuvieron los calzoncillos de punk-pop soleado, combinándolos con Los Planetas y noise pop patrio. A Iván no le tiembla la voz cuando apunta que “Los Planetas han sido el grupo Español mas influyente de los últimos veinte años. Nos gustaban mucho y ejercieron una fuerte influencia en nosotros. Creo que lo peor de ello es que, siendo jóvenes e influenciables como éramos, alguno de nosotros intentó imitar lo que suponíamos era su estilo de vida en algún momento. Y eso no fue bueno. En mi caso casi fatal, diría yo”.

Con o sin agentes intoxicantes, “aquella extraña mezcla de chavales aburridos”, como les define Iván, se consolidó como el gran grupo de punk-pop español de la década. Revisitando sus discos, salta a la vista que la mayoría de canciones tienen un extraordinario potencial de hit: de haber nacido en 1981, en plena Movida, se lo hubiesen comido todo. En su alboroto juvenil escucho hoy trazas de Parasites, Flop, Ash, Talulah Gosh, Helen Love o The Undertones. Iván asiente con inusitado vigor: “Todos los grupos que has nombrado. Manta Ray también nos parecían lo más,  veíamos Asturias como el centro del universo. Y grupos como Depressing Claim en Castellón. Dado [guitarra] era muy indie y trajo grupos americanos como Dinosaur Jr, Pavement o Sebadoh. Yo pasé mi adolescencia escuchando los discos 60’s y power pop de mi hermano mayor. La explosión de eclecticismo total se produjo cuando conocimos a Luis y Montse [de Elefant] y comenzaron a descubrirnos grupos alucinantes. Recuerdo a Luis sentado en el sofá de su antigua casa de Las Rozas pinchando singles y dejándonos con la boca abierta una y otra vez. Le debo todo el C-86 y el Shoegaze”.

Subidón de la década

Juniper Moon gozaron de un éxito razonable en mitad del erial nacional. No me necesitan a mí para hacer historia; existe una cosa llamada Google. Pero resumiendo: giraron, tocaron, fumaron, grabaron tres singles y un álbum (ver despiece), Steve Lamacq los pinchaba en su Evening Show, Rough Trade los incluyó en el recopilatorio Indie Pop 1 (Iván comenta al respecto con amargura que “generalmente la gente le empieza a hacer caso a tu grupo cuando tú ya estas cansado de él”) y pasaron cuatro años siendo adalides del mejor pop rápido español. Pese a su prisa congénita, los indie-poperos les amaban sin reservas. “Yo lo recuerdo con mucho cariño”, afirma Iván con alegría cautelosa, “tengo muy buenos amigos de esa época. Durante mucho tiempo habíamos intentado (sin éxito) ser aceptados por la escena punk clásica del momento. Para ellos éramos unos bichos raros y no nos hacían ni caso. Entonces Juan de Pablos comenzó a pincharnos, más tarde Luís en su programa, y comenzamos a tocar con Fresones o TCR  en fiestas que organizaba el fanzine Yo-Yo. Aunque seguíamos sintiéndonos demasiado punk para los pop y demasiado pop para los punks, lo cierto es que nos hacían sentirnos muy queridos e integrados en todo aquello”.

Bajón del año

Viene la nota triste: su chocante disolución. Peor: Iván ya no mantiene contacto alguno con los antiguos miembros de su banda. “Fuimos muy amigos”, recuerda, melancólico, “era un grupo de verdad, al menos para mí, y tal vez por eso, pasado el tiempo (aunque no le guardo rencor a nada ni a nadie en esta vida) hay cosas que aun recuerdo con dolor y tristeza, ese tipo de cosas que se atragantan de chaval y que, aunque superas con el tiempo, marcan tu personalidad y el resto de tu vida. Pero sí, creo que en general nos quisimos todos mucho los unos a los otros casi todo el tiempo, incluso cuando las cosas empezaron a ir mal”.

¿Cómo de mal? (es razonable preguntar). “Creo que Juniper Moon era un grupo abocado al desastre”, contesta, “como la primera relación sentimental, esa en la que aprendes que algunas veces por mucho que quieras no puede ser”. Iván continúa desgranando el clásico esquema de tensión disolutiva en todos los grupos incipientes: “Digamos que las prioridades siempre fueron distintas. Para mí lo único importante era tocar y hacer todo lo que se pudiera, ensayar cuanto más mejor y trabajar en el grupo. En ese sentido Juniper Moon siempre tuvo un rendimiento muy bajo en proporción a la cantidad de ofertas que tenía, nunca exprimió su suerte. Aquello me terminó minando: cancelar conciertos, no querer tocar, preferir un café con un amigo a un ensayo eran cosas que ni entendía entonces ni entiendo hoy. Llegó un momento, mientras preparábamos el segundo disco, en que yo ya no pude más con la frustración y decidí dejar el grupo y empezar de cero”. Ese de cero es, ustedes ya lo saben y yo acabo de caerme de un guindo, Linda Guilala. Pero se trata, claro está, de otra historia. Iván parece parafrasear a Los Flechazos cuando se despide con un escueto: “Lo conseguí, soy feliz”.

Máxima brevedad (discografía casi completa)

https://f4.bcbits.com/img/a0602250743_10.jpg¿Volverás? EP (Elefant 1999): Su debutazo (pese a la portada). Hay power pop eufórico a lo Bum o Dickies (como “XXX”, con su letra llena de “ojos vendados”, “calor húmedo” y “nuevas sensaciones” (ejem), producto obvio de un calentón pubescente), contagio del bacilo Los Planetas época Una semana en… (su proto-hit “¿Volverás?”) y otro de esos sensacionales himnos al viernes por la tarde (“Viernes por la tarde”) que son pieza capital del pop juvenil.

Basado en hechos reales EP (Elefant 2000): Juniper podían ser a la vez dulces y ácidos, como un Kojak. En este segundo EP lanzan otro hit imperecedero (la filo-oda al fetichismo “Tus pies”, que es “Who wrote holden Caulfield?” + Sugar + J Church), dos temas que rozan el medio tiempo spectoriano de 1962 (“Me siento mejor” y “Un sueño tan solo eso”) y, de premio, otra castaña de superpop noventero al modo Superchunk/Sugar (“16 de septiembre”). Máxima cantabilidad, enormes ganchos. Engañosamente fácil, como una novela de John Fante.

El resto de mi vida LP (Elefant, 2002):  Uno de aquellos discos de pop que se mudan al vecindario de la excelencia. Emociona y se adhiere a la piel con inclemente facilidad. Se sostiene en un deseable vórtice que cruza C86, tradición power pop americana (Pointed Sticks, Pezband, The Plimsouls) y punk-pop sobreacelerado y modorro inglés del 79-82. En mi opinión es casi una colección de singles, sin desechos ni sobrantes. “Maldita ciudad”, “Puro teatro”, “No te pongas el sombrero”, “Madrid”, “Quiero verte una vez más”, “JM y la furgoneta azul”… Así hasta las quince. Espléndido.

Solo una sonrisa EP (Elefant 2003): Su despedida (¡no os vayáis!). Tres canciones estupendas que abarcan de Talulah Gosh a The Stand GT hasta los Pavement más hiteros. “Superstar” sigue siendo de mis favoritas de su repertorio. Y por añadidura las letras estaban la mar de bien.

Kiko Amat

(Esta pieza se escribió para y se publicó en un Rockdelux, pero no recuerdo cuál. Uno de hace un par de meses, diría yo. Como no aparece en web, se lo incrusto yo aquí)

 

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La canción del viernes #7: “Love your shoes” FURNITURE

Aunque no sea viernes. Solo porque es una de mis canciones favoritas, y me vuelven tarumba la melodía y la letra (adjunta), por no decir ese video. Que vivan Furniture una y mil veces. Únanse conmigo, se lo ruego, en este gran karaoke cósmico. Oh, la sofisticación…

I love your shoes
And I know you say you want to sit this one out
But don’t refuse
I’m dressed to the nines and I really want to twist and shout

I know it’s going to rain on our party but
We musn’t let that get us down

I love your tongue
And I love the wicked things that it says
I’m all undone and ready to hear the error of my ways

I know it’s bound to rain on our party but
We musn’t let that get us down
We’re going to have the best time
The time of our worthless lives

I love your mind
It makes me want to stay right here in bed
I’m way behind you darling
And I never want to get ahead

I know there’s a thunderstorm coming but
We musn’t let that get us down
We’re going to have the best time
The time of our worthless lives

I love your shoes
And I love the stupid things that you say
So I don’t lose out
Not even when you run away

I know it’s going to rain on our party but
We musn’t let that get us down
We’re going to have the best time
The time of our worthless lives

You won’t shake me off
There’s nothing you can do
Because I love you
And I love your shoes

Lydon, indie español y Svenonius: mis tres libros musicales para Sant Jordi

Si usted está tan frustrado como yo por no hacer nacido músico (y cada vez que ha empuñado una guitarra el sonido resultante se asemejaba a un cochinillo herido de muerte tratando de atravesar un arpa), este Sant Jordi adquiera –a modo de pírrica consolación- uno de estos tres libros:
libro-indi-2-507-680x5071) Pequeño circo; historia oral del indie en España, Nando Cruz (Contra)
Las mejores historias orales se leen como novelas: Edie, de Jean Stein, Mátame por favor, de Legs McNeil y Gillian McCain, Harto de todo de Jordi Llansamá… La prueba algodonesca es el sentimiento: uno tiene que empatizar con los protagonistas. Nando Cruz traza aquí la historia de un fenómeno minúsculo en cuanto a ventas o popularidad pero colosal en cuanto a ruido mediático e infiltración crítica. Está todo: el germen, nudo y desenlace (desazonador), así como la influencia post-mortem (inexistente), ordenado por ciudades y sumando voces. Hablan los bichos raros del génesis (Lagartija Nick, Los Bichos, Cancer Moon…); el grueso de las tropas (Penelope Trip, El Inquilino Comunista, Manta Ray…); la conexión Donosti (Le Mans y La Buena Vida); los inclasificables (Patrullero Mancuso, El Niño Gusano); los que perduran (Los Planetas, Sr. Chinarro); el tardo-indie condal (Los Fresones Rebeldes, Astrud…). No faltan los empresarios, los pequeños sellos que nunca pagaban (el working title era Por favor, págame), el tradicional flirteo con multis, los caídos y los pentiti, los fanzines cotillas, los hypes, las rencillas, los primeros festivales… Ustedes se preguntarán si, como sucede en las novelas, Pequeño circo tiene también sus villanos. Alguno hay, sin duda, pero el libro decepcionará a los que busquen vinagre y puñal. El tiempo ha obrado una implacable labor de autoexamen y benevolencia en los entrevistados, que tienden a mirar con simpatía crítica al fenómeno. De lo mejor en pop que se ha publicado aquí.
2) La ira es energía, John Lydon (Malpaso).
Las memorias de John Lydon, antes Johnny Rotten, ideólogo/vocalista de Sex Pistols y P.I.L. Ustedes se preguntarán: ¿Pero este pájaro no había sacado ya una autobiografía? En efecto: Rotten: no irish, no blacks, no dogs (Antonio Machado, 2007). Lydon debe ser el único artista que considera insuficiente tener un solo libro de memorias a su nombre. Pero La ira es energía es un trabajo notable. Lo mejor son las 100 primeras páginas sobre adolescencia, subcultura, familia y barrio. Desde allí, algunas cosas les resultarán familiares (el tragicómico circo de los Pistols), otras menos (la saga P.I.L.), otras serán nuevas. Por supuesto, algunas de las nuevas no eran, ejem, cruciales: le ofrecieron un papel en Critters, protagonizó anuncios de cerveza Schlitz, le encanta el primer disco de INXS, sufre problemas de dentadura, tiene miedo de su propia ropa interior… La última me la he inventado, pero ya ven por dónde voy. Para los fans de su ego y mal café, están todos los Lydonismos: él inventó el punk, el post-punk, el postmodernismo y quizás la penicilina; la mayoría de personajes del punk eran un camelo (menos él, se sobreentiende): Ari Up, Steve Jones, Jon Savage, The Clash… (la lista de calumniados es kilométrica); se declara inocente de todo lo espantoso (sus apariciones en celebrity shows, el anuncio de mantequilla aquel…). Hay un momento en que incluso empieza una frase así: “Jesucristo y yo…”. Se lo juro. Sin ironía alguna. Pero es Lydon, joder. ¿Qué se esperaban, Hello Kitty: mi vida entre las flores?
3) Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, Ian Svenonius (Blackie Books)
Ian Svenonius, flamígero performer de r’n’r dislocado con The Make-Up o Chain & The Gang, nos adoctrina en este manual para montar una banda de rock. La obra está dividida en dos secciones: una inicial sesión de espiritismo, donde se realizan encuentros con varios célebres difuntos (Jim Morrison, Mary Wells o Buddy Holly) y una segunda parte en la que se analizan los detalles indispensables a la hora de formar una banda: mánager, sello, cantante, groupies, críticos… Todo en este libro es ironía, pero también reflexiones de calado e inesperadas revelaciones (de fuentes insospechadas: Chuck Berry habla del rock’n’roll en contraposición a la amenaza de la URSS, Buddy Holly razona la influencia de las pandillas juveniles en el formato clásico de banda…). Tan erudito como mordaz, la lectura de Estrategias sobrenaturales… se les antojará gratificante como el mejor de los bailes.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 18 de abril del 2015)

Kiko Amat entrevista a RODDY FRAME (Aztec Camera)

roddy-frameNunca me he tragado ese axioma cuestionable de que los artistas que te gustan son los que desearías llevarte a tomar una cerveza. Mi discoteca y biblioteca están pla-ga-das de artistas abominables, de gente odiosa y vil que me caería mal de forma automática, espantosos capullos que, por otra parte, han hecho ostentación a lo largo de los años de un talento remarcable para la creación de discos, filmes o libros sublimes. Pero cerveza con ellos, ni hablar. No les lanzaré una lista, pero digamos esto: un número tirando a elevado de mis artefactos predilectos fueron pergeñados por canallas y sociópatas a quien no daría ni los buenos días. Es así, y no hay nada que podamos hacerle.
Por el mismo baremo, conviene decir que lo contrario es también demostrable. Que algunos de mis álbumes y singles más queridos nacieron de la mano de tipos brillantes, achuchables y benignos con los que da (o daría) gusto merendar. No, tú no, Greil Marcus. Me refería más bien a tipos con el perfil de RODDY FRAME, de Aztec Camera. Barbilampiño cowboy escocés, faz semi-infantil del sello Postcard, country-rocker paliducho, popstar a regañadientes, proveedor de inesperado AOR lustroso a finales de los ochenta, desorientador de críticos y alma cambiante extraordinaria (parece tomar tenazmente los senderos que su audiencia menos se espera, el muy bribón), Frame es hoy un compositor pop de oficio, un señor maduro que toca canciones y no está por hostias. Nunca lo estuvo.
Roddy Frame está siendo justamente recuperado, en los últimos años. En el año 2013 Domino reeditó con gran fanfarria y sin escatimar serpentinas el High Land Hard Rain (cumbre de su carrera, en efecto), Edsel reeditó todos los álbumes de Aztec Camera, y Frame no cesa de tocar aquí y allá para un público que ha crecido y cambiado con él. Canciones propias y clásicos inapelables; un cancionero ilustre, y demencialmente precoz (miren esas fotos de querubín lánguido, de beldad barely legal del indie pop). En la charla que sigue hallarán a un Frame risueño, ingenioso y ocasionalmente carcajeante. Un caballero con quien da gusto platicar. Y tomar cervezas, todas las que desee y más. Ah, por cierto: esta es la segunda de dos conversaciones que mantuvimos. La primera quedó completamente inutilizada por cuestiones técnicas (e impericia mía), y Frame accedió a dejarse entrevistar por segunda vez. Lo que, no me jodan, dice mucho de él.

Ante todo, háblame del entorno musical de tu familia, de haberlo. ¿Era un hogar donde se escuchara o tocara música a menudo?
Mi padre no era un cantante profesional, pero era muy bueno. Tenía una gran voz. Las noches de fin de año los miembros de la familia íbamos realizando un periplo por las casas de los demás, y en aquellas celebraciones todo el mundo estaba obligado a cantar una canción, sin excusas. Mi padre siempre cantaba. Luego, cuando empezó a cantar también en workingmen’s clubs, me pidió que le acompañara para echarle una mano. Así que allí me tenías, con 10 años y acompañando a mi padre a la guitarra cada sábado por la noche. Tocábamos canciones pop del momento, pero tirando a anticuadas, nada demasiado arriesgado, también canciones populares y music hall. Este es un bagaje que comparto con otros miembros de mi generación. Un nuevo miembro de mi banda actual, Greg, me contó que él también venía de tocar en clubes sociales, en Newcastle. Es algo que se nota en la actitud de un músico. Siempre intercambiamos anécdotas de esa época. Me contó hace poco una historia buenísima: una de las últimas noches que tocó en un club de trabajadores se arrancaron con “Now that we’ve found love” de los O’Jays y Third World, y un hombre y una mujer empezaron a darse de hostias en mitad de la pista, rodando por el suelo [carcajada]. Y ellos siguieron tocando [más risas].
Claro. Eso hace que te crezcan pelos en el pecho, ¿no? Mira a los Beatles en el Kaiserkeller, tocando cuatro sets seguidos para marineros borrachos, delincuentes y putas…
Y que lo digas. Para empezar, desarrollas unos instintos distintos a los de un grupo que toca para una audiencia de conversos o fans incondicionales. Tocar en clubs sociales te daba intuición para saber qué tocar y cuando. Tienes que mantener un equilibrio entre tocar lo que te apetece y te hace feliz, y a la vez mantener a la audiencia contenta. No es tan fácil como parece, pero vas cultivando esa perspicacia a fuerza de experiencia. Piensa que en un club social la audiencia no está allí para verte, sino para pasarlo bien un sábado por la noche. Normalmente te encajaban entre un show de bailarinas y un cómico, y tenías que ganarte al público, que por norma general estaba ebrio para cuando tú hacías tu aparición. A veces me topo con bandas jóvenes que no están acostumbradas a tocar para una audiencia hostil o indiferente, y me parecen algo mimados [ríe]. Luego había grupos fantásticos que precisamente ponían el énfasis en no tocar para una audiencia, e ignorar (incluso despreciar) a su público, como The Fall de Mark E.Smith. Respeto eso.
Las iluminaciones pop vienen a menudo por vía de hermanos y hermanas mayores. Tengo entendido que ese también es tu caso.
En efecto. Mis hermanas eran mucho mayores que yo. En 1968 yo tenía 4 años y ellas 14, la edad perfecta para el pop, la edad idónea para escuchar a los Beatles o los Stones. De mi casa recuerdo siempre un montón de peleas y gritos, y también la radio sonando constantemente. Con música de todo tipo. Así que sabía que existían los Beatles y la música pop antes de los 5 años (aunque no entendía muy bien de qué iba el asunto). Un día, algo mayor, me topé con una foto de David Bowie en la habitación de mis hermanas, hacia 1972 o 1973, y salí corriendo a comprarme uno de sus singles. Por el maquillaje y eso creí que sería algo relacionado con una película de terror. Al poco tiempo vi a Roy Wood en el Top Of The Pops, creo que tocando “Forever”, y le dije a mi madre: “yo voy a trabajar de eso”. Ella solo me contestó: “No, no vas a hacerlo” [ríe]. Creo que ella esperaba que yo fuese conductor de ferrocarriles, o algo así. Con el tiempo fui comprendiendo qué era lo que representaba Bowie, aquella calidad de otro mundo, la otredad, la posibilidad de ser extraño. Fue el principio de todo. Para mucha gente.
Para tu generación, el camino evolutivo pasa inevitablemente por Bowie, primero, y luego por los Sex Pistols. Es un rito de pasaje multitudinario.
Sí. En este caso ya no vino por mis hermanas, a los Pistols los descubrí yo mismo. Creo que vi una foto suya en el NME cuando acababan de fichar por Virgin. Estaban en el vestíbulo de la discográfica, tonteando y empujándose. Me enamoré de ellos al instante. Tienes que pensar que los vi mucho antes de escucharlos, así que lo primero que me gustó fue su imagen. A la gente se le olvida que el punk empezó como una cosa de escuela de arte y de moda, antes de que fuese algo musical. Malcolm McLaren hablaba de los situacionistas y todo eso; y yo era muy fan de Malcolm. Luego, cuando escuché “Anarchy in the UK” me pareció el sonido más fuerte que había escuchado jamás. También Dr. Feelgood, un grupo que a veces se da por sentado, pero que en el momento fue crucial para mucha gente. Me aprendí todas las partes de guitarra de “Stupidity”. Quería ser capaz de cubrir todas las bases, como hacían Steve Jones o Wilko Johnson, con un sonido sólido. No tanto como Mick Ronson, que me encantaba pero tocaba demasiados solos y ocupaba demasiado espacio.
En nuestra fallida primera charla me dijiste que  lo que te gustaba de los Pistols era la “economía”. Me encanta esa concepción del pop como algo económico y amplio, que no intenta ocupar todo el espacio con virtuosismo estéril.
Sí, la economía es vital. Y no solo en música pop. Es lo que hace que la mayoría de cosas sean hermosas, en cualquier tipo de disciplina artística. Me disgusta sobremanera la sobreescritura y la ampulosidad. Me gustan las cosas bien escritas, concretas. Según me voy haciendo mayor aprecio más y más esa característica del oficio. Detesto todo lo que es deliberadamente vulgar, o recargado, o exagerado. Sobreescrito, como te decía. Por supuesto, mi bagaje es el punk y el indie, y eso marca mi visión de las cosas. Piensa en cosas como “Just like gold”, que Aztec Camera sacamos en 1981. Aquello se aguantaba con pinzas, se realizó con un presupuesto ridículo. Así que la forma y la producción eran económicas por pura necesidad. A la vez, intenté apretujar en aquella canción tantas cosas como fuese posible. Que resultara florido y elevado, pese a lo barato.
Me chifla el pop cuando es ambicioso pese a sus limitaciones. Que no se contenta con el “You really got me”, sino que intenta algo mucho más sofisticado, y la caga, y el resultado siempre es magnífico e interesante.
[Suelta un pequeño aullido] ¡Claro! Piensa en la evolución del punk. Yo descubrí a los Sex Pistols hacia 1977, y se habían disuelto antes de que pudieses pestañear. Hacia el final de 1977 todo aquello ya era un circo, el grupo estaba disuelto, estaba todo el vodevil de Sid Vicious… El punk en América había perdido todo el instinto, la ironía, y se había convertido en Dead Kennedys y mohicanos. Y de repente llegó la siguiente ola inglesa, lo que hoy llaman post-punk: las Slits, Raincoats, los grupos de Factory… Si ponías un single de las Raincoats, a los dos segundos sabías que aquello no iba a triunfar en la radio [ríe]. Sabías que estaba condenado al fracaso, que jamás escucharías lo de “Esos han sido ABBA, ¡y aquí tenemos a las Raincoats!” [carcajada]. Su técnica era limitada en extremo, pero su ambición era inmensa, tanto en musicalidad como en los temas que tocaban en las letras. Estaban tan alejados del cliché como uno puede estar. Es el mismo caso que Aztec Camera o Orange Juice: todos esos chavales intentando sonar a Tamla Motown, que es una música bastante compleja y sofisticada, con muchos arreglos. “Pillar to post” es mi intento de sonar como los Four Tops. Se trata de ir a por lo más alto, a ver qué sale.
aztec801208B2aswLos de Glasgow siempre estuvisteis muy atentos a la imagen de los grupos. Está bien documentado el rollo cowboy escocés, y el rollo gentleman campestre, y también el lado Gene Clark + soul boy que los grupos lucían… Pero quisiera que me describieses tus looks de absoluto principiante.
Sí. Había cierta confusión [ríe] Muy al principio llevaba una especie de crew cut, muy corto por los lados y algo más largo en la parte superior, ese estilo americano que ahora veo que vuelve a llevarse. El rollo punk era bastante lánguido, al comienzo. Yo llevaba los pantalones muy estrechos, odiaba a los hippies y llevaba una camiseta bondage que me hizo mi madre, porque no me alcanzaba para una de Vivienne Westwood. Es bastante punk, lo de llevar una prenda sadomaso cosida por tu madre [ríe]. Luego, no entiendo muy bien por qué, me dio por cortarme el pelo como Lee Brilleaux de Dr. Feelgood [carcajada gigante]. O sea, un mullet, básicamente.
Sí que es raro, sí. Precisamente le llamaban Brilleaux porque su pelo parecía un estropajo Brillo. Pero bueno, yo a los 14 llevé una foto de Bruce Foxton a mi peluquero, así que te entiendo perfectamente.
[ríe] Sí. No sé por qué lo hice. Cuando eres tan joven tomas todas esas decisiones sin sentido, pero que en el momento parecen fruto de la lógica más elemental. Luego me llegó el rollo indie de Mark E. Smith y The Fall. Imagino que su estilo era el equivalente de lo que ahora se denomina “normcore”. Él prefería llamarlo el “look de interior” [indoor look], todo sacado de mercadillos y car boot sales. Se trataba de lucir cuanto menos “punk” posible, rechazar toda elegancia. Empecé a llevar pantalones de campana, zapatos de plástico, abrigos de invierno en pleno verano, me dejé crecer el pelo… La cosa era escandalizar un poco a los que se preocupaban demasiado por ir bien vestidos.
Nunca he entendido el encanto de las sandalias de plástico de los soul boys. O sea, entiendo la idea pero me parecen más bien feas.
¡Yo tenía un par en rojo! Imagina. El efecto buscado era muy infantil y algo femenino. Era un claro desafío a la masculinidad, a las concepciones de masculinidad imperantes. [carcajada premonitoria] Me estaba acordando de una vez que me citaron para una entrevista de trabajo. En aquella época yo estaba cobrando el subsidio de paro, y no podías escaquearte de esas entrevistas de curro. Si fallabas tres de ellas te quitaban el subsidio. Así que me fui a la oficina del paro, vestido así: con el pelo teñido de negro y un flequillo ladeado a lo Phil Oakey de The Human League, pantalones de paramecios rosas, chaleco sin mangas a lo Mark E. Smith y sandalias de plástico rojas [ríe]. Y el tío de la oficina va y me dice: “tengo el trabajo perfecto para ti. Se trata de acarrear cemento en una obra” [carcajada]. No sé cómo conseguí escapar de aquello.
El albañil efebo.
Sí. Fue una época muy divertida, que conste. Mi panda era un grupo muy mezclado de gente: por un lado estaban los colegas de familia católica que escuchaban indie, como yo, y luego estaban los hooligans protestantes, que nos respetaban porque Bowie había dicho que lo nuestro molaba. La primera vez que fui a Top of The Pops, con “Oblivious”, llevé un look bastante femenino: chaqueta con flecos, cabello muy crepado… También salí así en la portada de Smash Hits, en 1983. Bueno, pues después de la filmación nos fuimos a un club, y habían acabado allí un montón de hooligans que salían de un partido, y fueron mis amigos protestantes los que me salvaron la vida. Pensaba que iba a morir en aquel lavabo [ríe]. Si no llegan a estar allí no lo cuento. En aquella época se llevaba una imagen muy conservadora, muy masculina, así que algunos de nosotros decidimos potenciar nuestra vulnerabilidad. Además, sabíamos que de cosas así siempre emerge música fantástica.
Tú no tuviste el momento de iluminación con Vic Godard, como tantos contemporáneos tuyos.
No, eso era algo más de Edwyn y su pandilla. Vi a Subway Sect en directo alguna vez, y me encantaron y me parecieron alucinantes y algo inquietantes. Aunque tocaban de cara al público parecía que en realidad estuviesen tocando de espaldas a él, ¿me entiendes?
Una cosa que me gusta de los grupos de Glasgow es que ya no hacían ningún esfuerzo para disimular su amor por los 60’s. El punk fue un poco hipócrita en ese sentido. Todos eran fans de The Who y Small Faces, pero aparentaban estar por el “año cero”. Fue refrescante ver de repente a todos los grupos escoceses declarando su amor por los Byrds, Al Green…
¡Sí! Mira, habíamos visto cómo acabó el punk. Es una gran ironía: los Pistols habían representado el gran desafío a la masculinidad de Inglaterra, y habían cambiado la mente de mucha gente con sus cabellos rosa y los pantalones bondage, pero no podían salir a la calle en Londres por culpa de los herederos del punk. Mucha gente tomó la idea incorrecta del punk, cogiendo lo peor. Hacia 1981 el punk ya era Oi!, estúpido Oi!, con toda esa gente que creía que ser punk era comportarse como un vándalo y un tarugo. A cada generación le toca hacer un descubrimiento, y el nuestro fueron los grupos que dices. Recuerdo cuando acabábamos de sacar “Just like Gold”, y Paul Morley dijo en su crítica para el NME algo así como “es obvio que estos chicos han estado escuchando a los Love de Arthur Lee”. ¿Cómo? ¡Nunca los había escuchado! Así que me fui zumbando a casa de mi hermano y le pedí prestado el Forever Changes… ¡Era yo! Mejor tocado, pero era yo [ríe] De allí fuimos conociendo a otros grupos de la Costa Oeste, como Buffalo Springfield. Cuando llegamos a Rough Trade para el High Land Hard Rain ya estábamos embarcados firmemente en un curso algo hippie, muy country rock. Y para cuando ya me fui a Norteamérica parecía un homeless melenudo [ríe]. Lo bueno del caso es que allí estaban esperando a un músico “new wave” [más risas].
roddy¿Sabes que me encanta de tu carrera? Que constantemente dieras pasos inesperados. Knife (1984) era ya muy poco indie pop (incluso estéticamente), y en algún sitio has declarado que quería ser un “a la mierda” al NME y la escena que paradójicamente habías contribuido a crear.
Cambiar es algo muy importante. Recuerda que cuando Aztec Camera empezaron yo tenía 15 años, y estaba componiendo todas aquellas canciones a los 16. Cuando salió Knife yo ya tenía 19 o 20 años. En términos adolescentes eso es media vida. ¿Quién querría vestir igual a los 19 que cuando tenia 14 años? ¿O escuchar la misma música? Solo alguien increíblemente aburrido no cambiaría de los 14 a los 19. O alguien que tuviese algún tipo de problema  de salud mental [ríe]. Yo progresé, como es normal, y avancé. A la gente le costó cierto tiempo adaptarse a aquellos cambios. Si quieres que te sea sincero, no se trataba solo de un “a la mierda” al NME. Era un “a la mierda” general. A la mierda todo. Estaba hasta las narices, y fiché por una multinacional, WEA. Por supuesto, Warner Bros y yo estábamos condenados a llevarnos mal. Pero no fue culpa de nadie. Simplemente yo era el artista equivocado para ellos. Mis habilidades sociales no estaban muy desarrolladas y, aunque lo intentaron, quedó claro muy pronto que no íbamos a entendernos. Era difícil entenderse conmigo pero, a ver, tenía 19 años y era famoso. ¿Qué se esperaban? [ríe]
Todo lo que dices me recuerda al documental aquel sobre Bill Withers, Still Bill. Allí él dice algo así como que no es el tipo de artista que está todo el día recordándole a la gente quién es.
[excitado] ¡Me encanta esa frase! Tengo que ver ese documental. Hay gente que es más exhibicionista, y que tiene siempre ese empuje. A mí me gusta ese empuje, pero en mi caso no se trata de algo constante, lo siento solo esporádicamente. A lo largo de extensos periodos de mi vida mi música y mi carrera estuvieron en un plano secundario, forma parte de cómo soy. Lo que decimos me recuerda también a Wingspan, el documental sobre los Wings de Paul McCartney y Linda. Alguna gente tiene esa visión de conjunto sobre su obra, y sobre cómo los percibe el público. Una narrativa. Pero yo carezco de esa mirada objetiva sobre mi vida. No tengo una narrativa artística. Hago lo que me apetece a cada momento, aunque resulte incoherente.
Knife está tan lleno de herejías indie… O sea: Mark Knopfler.
Ya. Hacia esa época yo había sufrido un gran shock cultural con Estados Unidos. Al principio no nos entendíamos. Yo acababa de casarme con mi mujer, vivía en New Orleans, me pasaba el día fumado… La idea que se tenía de mí allí era que era un músico “new wave”, pero ya sabes que esa palabra, para los americanos, puede decir cualquier cosa, de Elvis Costello a Huey Lewis and The News…
The Cars…
Exactamente. Y de repente cayó en mis manos el Infidels, de Bob Dylan. Qué disco. Estaba producido por Mark Knopfler, y en algunas canciones tocaban Sly & Robbie, por lo que el álbum tenía ese rollo algo fumeta, reggae pop drogata… Era perfecto para mí, porque en esa época estaba todo el día fumado [ríe]. Escuché ese disco una y otra vez. Para cuando empecé a componer nuevas canciones, ya lo hice pensando en Mark Knopfler como productor, elaborando canciones que pudiesen quedar bien con su forma de producir.
Me huelo yo que también debió ser para tocarles un poco las narices a los punks.
Tú me entiendes, Kiko [risas]. Algo de eso había, sí. Knopfler era el anticristo para alguna gente, lo que se suponía que no debía gustarte, al menos en el mundo de donde yo venía. Mira, te diré algo: con los años me he dado cuenta de que tengo una postura de oposición inmediata. No me gustan las cosas que son las que “tienen” que gustarme a cada momento. Me niego a recibir órdenes, y que alguien me diga qué es lo que me tiene que gustar y qué no. Ahora mismo estoy recibiendo mucha presión en casa para que vea Whiplash (2014), la película que “hay que ver”. No sé, seguramente iré para quedar bien y para que no se enfade mi mujer, pero…
Pero luego vomitarás en la privacidad de tu baño.
[Carcajada] ¡Eso es! Sí, iré, y luego vomitaré.
La gente que no había sufrido desmayos con Knife se encontró con otra bonita sorpresa en Love (1987).
1987 fue un periodo extraño de mi vida. Tomaba aún más drogas que en 1984, y lo que quería era hacer discos que estuviesen fuera del tiempo y de los estilos. Podría haber intentado cosechar los frutos del indie, pues en aquella época Inglaterra estaba llena de grupos con camisas a cuadros, tocando pop jangly, inspirados por el country rock… Pero eso es algo que yo había hecho de niño, ¿entiendes? Ya no me interesaba en absoluto. Y entonces me pasaron todas esas cosas fantásticas que te decía antes: me casé con una mujer americana (que para colmo trabajaba en Warner Brothers), y a través de ella empecé a escuchar el extremo pop del soul americano: el “Sugar free” de Juice, Alexander O’Neal, Michael Jackson, sin duda, el “Sexual healing” de Marvin Gaye, que incluso hoy creo que es el mejor single pop de la historia… Pop reluciente. También ideal para bailar fumado [ríe]. Me deshice de las guitarras, me compré una caja de ritmos y me fui a vivir al campo. Quería hacer un disco que sonara como algo de Jimmy Jam y Terry Lewis. R&B pop.
Me encanta que digas que en “Somewhere in my heart” querías hacer algo en plan Springsteen, pero el de “Tunnel of love” o “Hungry heart”, no el de Born to run o The River. Yo siempre he pensando lo mismo, pero hay gente que sufre ictus cuando lo digo.
Sí. Para mí es mucho mejor el Springsteen de “Tunnel of love”, mucho más pegadizo y potente. Mira, con esto del gusto… Según te haces mayor empiezas a pensar en gusto, en tus filias y fobias, y en por qué siempre has rechazado algunas cosas. El otro día, por ejemplo, escuché en la radio aquella canción tan famosa de Paul Young con Zucchero… ¿Cómo se llama?
¿“Senza una donna”?
“Senza una donna”, eso. Y me encantó, el tío canta muy bien. No sé, algunas canciones son buenas y ya está. Y la edad me ha enseñado a reconocer a los artistas que son de verdad. O sea, la gente que es sincera. Con los años he aprendido a detectar a los mentirosos en cualquier tipo de arte, y muy especialmente en el pop.
Creo que tus fans te aplicaríamos esa definición de inmediato. Que siempre has sido sincero y natural, y si a alguien no le gustaba, mala suerte.
Ese es, y te lo digo muy en serio, el mayor elogio que podías dedicarme.

(Esta entrevista se realizó el 27 de enero del 2015, y es una exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso)

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