5 de true crime para Babelia

Un top 5 despampanante de crónica negra para Babelia de El País, que he escrito yo mismo con estas manitas.

Sant Jordi se acerca, y nada mejor que unos cuantos libros sobre CRÍMENES ESPELUZNANTES y ABERRACIONES SIN NOMBRE para celebrar la festividad.

Pidan auxilio inútilmente aquí.

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True crime pt.1: Se ha escrito un crimen (verdadero)

El true crime literario es, según afirman los expertos, el género que está creciendo más rápidamente desde el inicio del nuevo siglo. Un género que agarra el “basado en una historia real” y le extirpa el “basado en”, y todo el mundo se arrea codazos para mirar, como harían ante el cordón policial de un crimen de verdad. Cultura/S se asoma a las alcantarillas de la crónica negra para ver qué rayos es tan interesante allá abajo, entre las ratas.

El true crime (o crónica negra) es un género de no-ficción que examina un crimen real y detalla acciones de gente real. El sobreuso de la palabra “real” en la frase no es fortuito, me temo. Todo en el true crime se basa en ese “true”. A la gente le encanta la fantasía desde que el primer sapiens inventó una parida improvisada sobre dioses genocidas, es cierto, pero también pierden el culo por lo veraz: lo posible y verificable y, a poder ser, que haya pasado cerca de su casa (pero no demasiado cerca, ya me entienden, sobre todo si se trata de crímenes horrendos). ¿Por qué mis hijos pueden ver un orco descuartizado, supurando humeante baba verdosa por las cuencas de los ojos, mientras mastican una madalena, sin pestañear siquiera, pero atisban la sombra difusa de un asesino de filme y duermen en mi cama, hincándome los pies en los testículos, una semana entera? Porque intuyen que lo segundo es real. Que ese matarife de repetición podría existir. Existió, vamos. Y ni siquiera tienes la excusa de lo fantástico. En el true crime no hallarás consuelo para tus pesadillas.

Revistas baratas americanas de los años 40 como True Detective -o su equivalente español setentero, el célebre semanario El Caso– despachaban miles y miles de ejemplares porque, después de todo, vendían segmentos de pura verdad (más o menos exagerada). Y a la gente le chifla la verdad. Solo echen un vistazo al listado de series actuales de Netflix o HBO basadas en casos reales: Mindhunter, Manhunt, American Crime Story… El true crime parece triunfar por las mismas razones que el porno Gonzo (cámara con párkinson, actrices con estrías, posturas de lumbago sobre un futón IKEA): porque nos muestra una cierta realidad sin miriñaques ni raptos líricos. En crudo. Lo “auténtico”, en contraposición a lo “inventado”.

Por supuesto, la “autenticidad” por sí sola es insuficiente. Quitando a los lectores de Karl Ove Knausgaard, nadie desea leer el auténtico periplo al auténtico Bonpreu de un auténtico padre de familia. La popularidad de la crónica negra se explica por una serie de argumentos adicionales, por definición delictivos, mejor aún si son sangrientos, que aderezan o ensucian lo cotidiano. Añadámosles el puro morbo fisgón (el true crime alimenta nuestra vena voyeurística, y leer una buena crónica negra es como aminorar la marcha al pasar junto a un siniestro de carretera); la obsesión que nuestra raza padece por la violencia y los factores que la desencadenan; y el puzle suspensero que suele acompañar a la resolución de un crimen (o como mínimo la antesala a este), cuanto más inusual mejor; y tendremos la receta de su éxito. Sin desdeñar el hecho que, históricamente, el true crime funcionaba en paralelo como cajón de sastre mayoritario, de quiosco, donde poder contar todas las historias marginales, todas las perversiones y subculturas, que por su propia naturaleza estaban vetadas en el mainstream. Colocar en portada a un Fu-Man-Chú drogado, puñal en mano y expresión de orate, te permitía hablar, ya en las páginas interiores, de casas baratas, madres solteras, prostitución y drogas y pandillas de pachucos.

El buen true crime es, así, como una pastilla de alimento astronáutico; una dieta completa: contiene clase de historia, placer lector novelístico, investigación detectivesca y proceso judicial y, de rebote, no poco chismorreo (“¿qué dices que hizo el hijo de la Eufrasia con la cabra? ¿Cómo, después de matarla?”). Por no decir que, en muchas ocasiones, la crónica negra es la única forma decente de leer sobre un hecho: algunos crímenes son, por factura y perfil, no-ficcionalizables. Conviene no pasar por alto este detalle, en mi opinión determinante a la hora de convencer al lector o juzgar un artefacto. La mayoría de crímenes que generan crónica negra exitosa (artística o comercialmente) suelen ser tan delirantes, o enrevesados, o repelentes, que desactivan la versión narrativa. ¿Para qué querría alguien perder el tiempo con una traducción fílmica o novelesca de los asesinatos Manson? No puedes exagerar la Family; para aumentar la realidad tendrías que meter a Charlie en un musical navideño de Andrew Lloyd Webber. Cantando “The age of Aquarius” mientras apuñala a Papá Noel. Ed Sanders, autor de The Family, afirmaba que el caso “lo tenía todo: rock and roll, el atractivo del Salvaje Oeste, la esencia de los 60 con su liberación sexual, su amor por el aire libre, su ferocidad y sus drogas psicodélicas. Tenía el hambre por el estrellato y el renombre; tenía religiones de todo tipo, conflicto armado y carnicería de producción local; todo mezclado en una tumultuosa historia de sexo, drogas y transgresión violenta”. Esa es la razón por la que numerosas versiones fílmicas de casos reales apestan como tumbas abiertas, y nunca mejor dicho. Empeoran una historia redonda. Si no me creen échenles un vistazo a Ted Bundy (2002) o The deliberate stranger (con Mark Harmon –wtf– en el papel del psychokiller).

Por supuesto, la naturaleza del caso o lo complejo de la investigación tampoco lo son todo: como siempre ha dicho Richard Price, hasta que no aplicas talento, la documentación “solo es una mesa llena de post-its”. Muchos libros de crónica negra son, digámoslo claro, un pedo. La mayoría parecen escritos por Danielle Steel tras una visita a la casa del terror del Tibidabo, todo frases adverbiosas y monstruos papel maché. Un notable porcentaje del true crime, solo hace falta echar un vistazo a la estantería homónima de los aeropuertos ingleses, es carnaza de encargo que un gran grupo editorial publica apresuradamente para capitalizar algún crimen espantoso y tener algo que arrojar a las fauces de los cotillas y/o pervertidos. Memorias de gángsters iletrados, esputos de celebrities en paro (alguien pensó que Ross Kemp, por su papel de malo en Eastenders, poseía suficiente currículum para incorporarse al género). Pulp con pretensiones realistas, escrito de forma bochornosa por gacetilleros iletrados cuya única visita a una comisaría fue cuando se sacaron el DNI.

Otros son, sencillamente, una memez. Como prueba presento cualquiera de los innumerables churros de subtítulo altisonante (¡CASE CLOSED! ¡MISTERY SOLVED!) que, año tras año, garantizan haber resuelto los crímenes de, por ejemplo, Jack the Ripper. Caso del risible Lewis Carroll: Light-hearted friend, donde Richard Wallace, tras balbucear una serie de trolas inconexas que desmontaría hasta una profa suplente de preescolar, anuncia que Jack El destripador era en realidad (¿sí?) el escritor de Alicia en el país de las maravillas (oh).

Es una maldita pena. Pues algunos libros de true crime podrían ser buenos (tienen la materia prima, el caso alucinante, la figura criminal perfectamente perversa), si no fuera porque están contados con una voz narcisista o narcoléptica (Norman Mailer y su elefantíaco, casi ilegible, La canción del verdugo), o se centran en la persona menos fascinante del elenco (como por ejemplo Mindhunter, equivalente periodístico de poner a hervir un chuletón de ternera gallega).

Cuando termina la criba, si quieren que les sea del todo sincero, no quedan tantos libros excelentes de crónica negra, al menos si los consideramos frente al alud de inmundicia que ofrece el género cada año. Eso sí, los brillantes son muy brillantes. Un poco más abajo les hablo de los mejores.

Una selección portátil de true crime

Helter Skelter, Vincent Bugliosi: Uno de los mejores libros de true crime. Lo escribió el fiscal del caso Manson, y por eso en ocasiones se entronca un poco en cansino puntillismo legalista (y el resultado es como ver Perry Mason en el Día de la Marmota). Pero por lo demás, una auténtica maravilla (y best-seller). Contra Editorial lo publicará en el año 2019, coincidiendo con la anunciada película de Quentin Tarantino. Imprescindible.

The Family, Ed Sanders: Su autor fue una reputada figura de la contracultura sixties (miembro de The Fugs), y la obra se centra más en los aspectos friquis y culturales de la Family que la versión “seria” de Bugliosi. Si consiguen pasar por alto algunos exabruptos de jerga caduca (te sientes teletransportado a una página de El Víbora, 1979), es el perfecto complemento para Helter Skelter. Yo lo leí de vacaciones en la Costa Brava y pasé una semana durmiendo con un cuchillo bajo el cojín (historia real).

Tor; tretze cases i un mort, Carles Porta (La Campana / Anagrama): Uno de los dos mejores libros de crónica negra autóctona. Se lee como una muy buena novela. Poca gente ha plasmado con tanto acierto la ferocidad rural y las inquinas centenarias entre familias, la envidia y la pequeñez hereditaria de los villorrios remotos. Si encima son ustedes habituales del monte pirenaico no cesarán de soltar “eh, yo pasé por allí el invierno pasado”. Ni de santiguarse, claro.

Des de la tenebra; un descens al cas Alcàsser, Joan M. Oleaque (Empúries / Diagonal): Aunque no reeditado, la historia de los crímenes de Alcàsser de este periodista valenciano es la cima del true crime nacional. No solo el crimen está muy bien narrado, sino que ahonda con sensibilidad y conocimiento de causa (Oleaque era paisano de Anglés) en la miseria y barbarie de una comunidad. Des de la tenebra es tanto tratado antropológico y novela de realismo social como crónica negra. Su tratamiento de la locura mediática que gestó la telebasura actual es también magistral. Una obra inigualable.

A sangre fría, Truman Capote (Anagrama): Clasicazo, rito de pasaje juvenil para los lectores españoles de los 70 y 80 (gracias, Compactos) y conocidísimo, pero todo el mundo debería leerlo. La narración del brutal asesinato de los cuatro miembros de una familia de Kansas es aún uno de los mejores ejemplos de true crime norteamericano (aunque lo de que Capote no tomara notas puede obligarnos a levantar la ceja).

El adversario, Emmanuel Carrère (Anagrama): Más raro que lo real. Carrère utilizó la crónica negra porque no había otra forma de explicar la historia de Jean-Claude Romand, aquel señor francés que en 1993 mató a su mujer, hijos y padres, para evitar que descubriesen que llevaba mintiendo desde los dieciocho años: ni era médico, ni trabajaba en la ONU, ni siquiera había terminado la carrera. Conciso, sobrio, duro y compasivo; un libro perfecto.

Más lecturas: One of Your Own: The Life and Death of Myra Hindley (Carol Ann Lee), Cries Unheard: Why Children Kill: The Story of Mary Bell (Gitta Sereny), So Brilliantly Clever: Parker, Hulme & the Murder That Shocked the World (Peter Graham), Jack The Ripper: The Final Solution (Stephen Knight), The Stranger Beside Me (Ann Rule).

Kiko Amat

(Esta pieza se publicó previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 20 de enero del 2018)

 

Kiko Amat entrevista a IAIN SINCLAIR (la charla completa)

SinclairMi cita con Iain Sinclair es en el bar del CCCB, una mañana soleada de mayo. Acaba de traducirse en nuestro país La ciudad de las desapariciones (Alpha Decay), con traducción, prólogo e impulso de Javier Calvo, quizás su mayor fan español. Sinclair tiene una quijada firme, casi una almena que sujeta el cráneo, y habla con un inesperado acento pijo-académico. Es un escritor y cineasta y psicogeógrafo y paseante místico inglés de 72 años. Muchas de las cosas que otros se han hecho famosos contando, él las desenterró primero. Antes que Alan Moore, antes que Peter Ackroyd, antes que Dan Brown. Si yo fuese algo más hippy, definiría al autor como una especie de chamán-detective de lo subterráneo, de las ondas psíquicas que permanecen en los chaflanes según pasan los siglos. Un sabio de lo oculto.

Antes de empezar desearía confesarme: cuando yo era niño y se realizaban sesiones de espiritismo a mí siempre me echaban. Por escéptico, aunque no hubiese abierto la boca. Y es esa parte de conocimiento oculto de tus textos lo que a veces me resulta algo difícil de digerir. Tengo un problema con Lo Oculto, vamos.
Eso es interesante. Porque ibas en contra del espíritu de los “creyentes”, ¿no? Mira, yo también tengo un problema con lo Oculto. Para mí nunca es algo literal, sino más bien se trata de una metáfora para hablar de los Años Thatcher. Nunca creí que Margaret Thatcher se recluyera en un sótano y empezara a trastear con sus pócimas y sus escobas [sonríe], pero su cuerpo era como un contenedor de mala voluntad, un receptáculo de maldad. Así que para exagerar esto al escribir utilicé lo Oculto, del mismo modo que Stewart Home, cuando empezó el periódico de la London Psychogeographical Society, utilizaba una retórica de Falso Ocultismo, hablando de los sacrificios rituales que realizaba el Príncipe Carlos en lo más alto de Greenwich. Eso le daba una cierta energía a determinado tipo de escritura.
Stewart Home me dijo que usaba lo Oculto porque era algo que nadie se había atrevido a “recuperar” (en el sentido situacionista del término). Que el destino de todas las vanguardias y todos los radicalismos era ser reusadas por el establishment, pero que no se atrevían a tocar el ocultismo, porque les parecía una porquería de lunáticos.
Bueno, eso dice Stewart. El único problema es que no es cierto; mucha otra gente estaba trabajando con ocultismo. Alan Moore, para empezar. Lo que hizo Home que sí era interesante es la mezcla de dos tradiciones: estaba reciclando el situacionismo y cierto tipo de visión de las artes y teorías conceptuales que venía de París, a la vez que reciclaba el gótico inglés de Aleister Crowley, la Golden Dawn Society y todo eso. Esa mezcla sí que es atractiva.
Me gusta que le hayas devuelto el significado práctico a la psicogeografía. Los situacionistas, con sus teorías pomposas y sus mensajes crípticos, lo habían arruinado durante un tiempo. Hablaban de ello como si se tratara de…
Una sociedad secreta.
Exacto.
Sí, en efecto. Se pasaban el día echándose de sus grupúsculos los unos a los otros. Es un comportamiento muy francés [ríe]. Mi versión simplemente aduce que cualquiera puede hacerlo. Es pura anarquía. Es un método muy fácil de probar. Por desgracia, ahora vuelve a estar arruinado, porque han convertido la psicogeografía en un parque temático. Se ha convertido en una marca. Incluso el nombre; no puedo escucharlo sin… Aagh [pone los ojos en blanco]. Pero cuando escribí este libro [Lights Out For The Territory] me fue muy útil.
Los términos e ideas más puras siempre acaban embarrados y reusados para banalidades mercantiles. Creo que es parte del proceso, y que hay que saber dejarlos ir a tiempo.
Sí, siempre sucede así. Si te fijas en todos los conceptos que aparecen en las novelas de Dan Brown, por ejemplo, solo tienes que descender tres o cuatro pasos para darte cuenta de que provienen de una serie de fotocopias que han ido perdido definición con cada nueva copia, y que al principio de todo había algo válido. Que en el inicio había un ermitaño, alguien insólito, realizando algún tipo de experimento interesante, y su experimento se ha ido copiando y re-copiando, y re-copiando, y re-copiando, y al final el libro de locura conspirativa que queda al final se acaba convirtiendo en un superventas. Porque ha vivido un proceso de sampleo a lo largo de varias generaciones.
Dices que utilizaste lo Oculto como metáfora, pero no sé si todo el mundo pilló que era tal cosa. En The Guardian afirmaban que creías realmente que la Thatcher era una bruja.
¡Es que lo creo! [ríe] Y encima, creo que lo de caminar en el sentido opuesto de las agujas del reloj por la M25 tenía algo de magia. Era una forma de contrarrestar la influencia maligna de la Milennium Dome. Esos actos tienen algo de mágico, pero de un modo absurdista. No deberían tomarse en su significado literal.
¿Podrías explicarme lo de los alineamientos, por favor? Las líneas Ley y todo eso. Creo que no acabo de pillarlo.
Sí. Los hippies de los 60 tenían una teoría que era muy popular, basada en el pensamiento de un hombre llamado Alfred Watkins, que trabajó mucho en las fronteras galesas, y que se dio cuenta de que algunas iglesias situadas en cimas de cerros estaban colocadas siguiendo una línea recta con megalitos de asentamientos del neolítico. Su teoría es que en el mundo existían esas series de cuadrículas, y que servían para que los viajeros del pasado se orientaran. Yo no creo en eso exactamente, pero sí creo que hay algún tipo de energías que se conectan, y que también están diseminadas por la ciudad. Durante una época trabajé de jardinero en Limehouse, cortando el césped de todas esas iglesias de Hawksmoor, y me di cuenta de que desde la cima de Grenwich Hill, justo en medio de las dos cúpulas del hospital de Greenwich, Saint Anne de Limehouse aparecía exactamente en medio. Exactamente. Si sigues esa idea de los alineamientos empiezas a distinguir esa serie de geometrías urbanas, que sin duda también tienen que ver con poder político y como se visibiliza. Cuando las Docklands crezcan, las torres de Canary Wharf destrozarán esas líneas, y por tanto anularán las energías de la zona. Y se convertirán en energía maligna. Me pareció que merecía la pena investigar esa noción. Mira: el cuerpo humano está lleno de líneas de energía y pasajes, que se pueden pulsar siguiendo las indicaciones chinas de acupuntura y todo eso. Y creo que la Tierra funciona de forma similar. Puedes pulsar determinados flujos, o ir contra corriente de esos flujos. Y enfermar como consecuencia de eso. La ciudad puede enfermar.
Sinclair¿Hablamos de energía que puedes sentir físicamente?
Sí, por supuesto. ¿Sabes lo que es un zahorí?
Sí, claro.
Pues yo acompañé a uno que siguió todo el curso subterráneo del Hackney Brook, sin ver el río en ningún momento, solo con un par de trozos de cable unidos que acababa de pillar en la fábrica Ford de Dagenham. Ni siquiera utilizó la vara típica en forma de horquilla de los zahorís. Eso me impresionó. En un momento dado dijo que la cosa iba a desbordarse, y de repente vimos a unos cuantos obreros trabajando en un punto donde el agua había empezado a brotar. O sea, que iba por el buen camino.
Esto de la fuerza maligna que permanece en un emplazamiento, ¿sucede de verdad o solo en las películas? Porque yo en 1998 estuve en todos los puntos exactos donde Jack El Destripador había apiolado a alguien, en el East End, y solo pillé una pulmonía.
Ya. Pero quizás si llegas a hacerlo a principios de los sesenta, por decir una fecha, sí que habrías sentido algo. Un poco más, al menos. Porque la zona no estaba tan cambiada, y algunos de esos lugares permanecían igual que en 1888. Ahora ese barrio está completamente cambiado. En segundo lugar, está toda esa gente haciendo esos terribles Tours de Jack El Destripador, y gradualmente toda la energía se desvanecerá. No sé si conoces la teoría de Aleister Crowley según la cual las posiciones de los cadáveres formaban una especie de diagrama oculto que podía otorgar invisibilidad. Yo también visité todos esos emplazamientos y sentí algo. No sé qué era, pero era inconfundible. Era una sensación negativa que te envolvía cuando estabas cerca de aquellos edificios. Escribí un libro llamado Whitechapel Scarlet Tracings que se ocupaba precisamente de esos lugares oscuros que permanecen a lo largo de la historia, y de cómo crímenes del pasado aún afectan a la gente que vive en el mundo contemporáneo.
Hablando de Jack. En La ciudad de las desapariciones no queda muy claro si hablas de Alan Moore –autor de From Hell– con respeto o con desdén.
Ninguna de las dos cosas. Bueno, o las dos [sonríe]. Respeto a Alan Moore, creo que es un personaje muy interesante, pero opino que ha canibalizado algo de ese material de una manera un poco… Cursi. Y tuvo un efecto mediático que sobrepasaba por completo el mensaje real de lo que decía.
Creo que Moore, al contrario que tú, se acercó al tema con espíritu de novelista.
Bueno, yo he intentado ser novelista. Considero que todos mis libros son en cierto modo novelas.
Sin duda. Pero me refería a que Moore consideró que era perfectamente lícito inventarse lo que le diese la gana, que para eso es narrador.
Por supuesto. Faltaría más.

Alan Moore, Capità Bruixot cap al Planeta Flipa

Alan Moore, Capità Bruixot cap al Planeta Flipa

Y tomó la versión de Stephen Knight. ¿Por qué? Porque pese a ser una completa chaladura, era la mejor teoría. O sea, la más divertida y fascinante.
Es una teoría conspirativa de lo más interesante, sí. Aparte de que se dio cuenta de que esa teoría le abría puertas para empezar hablando de una cosa y acabar hablando de muchas más cosas. Es una historia cierta en el sentido de que es una historia. No sabemos lo que sucedió. Es posible que nada de lo que cuenta Knight sea la explicación a los asesinatos. Bueno, seguro que no lo es. Pero no importa.
Tus obsesiones, por sanas o malsanas que sean, aparecen una y otra vez en tus escritos: Hackney, los Kray Twins, la M25, egiptología… Háblame un poco de ellas, por favor.
Bueno, mis obsesiones van cambiando con los años. Durante los años 60 y 70, mi obsesión con Jack El Destripador tenía mucho que ver con mi obsesión con el final de la era victoriana, y con una idea limítrofe que aparecía cuando pensaba en ello, que es la de Jekyll y Hyde. Jekyll y Hyde son la personificación de la idea victoriana: una casa cuya fachada parece respetable, donde entra el doctor y emerge por la puerta trasera rumbo al inframundo. Mediante una transformación química. Eso se convirtió también en una nueva forma de hablar de Londres. En una versión ficcionalizada de Jack El Destripador, el asesino es William Gull, cirujano oficial de la reina Victoria, como sabes. Eso encaja el patrón de Jekyll y Hyde, a la vez que coincide con las teorías de Sigmund Freud, que empezaba a comprender los impulsos ocultos del subconsciente y todo eso, sobre la misma época. Todos esos mitos pertenecen al mismo momento. Eso por un lado. Por otro están los Kray Twins en los años sesenta: su naturaleza misteriosa parecía también una forma ideal de describir la época. Porque los Krays se relacionaban con políticos, importaban artistas de Hollywood, tenían lazos con la mafia americana, y a la vez se movían en esa especie de bajo mundo gay al que pertenecían artistas como el pintor Lucien Freud, que tenía un montón de deudas de juego con ellos. Cuando utilizas a los Kray Twins de modelo empiezas a comprender las conspiraciones de la sociedad inglesa. Hacia la época en que se hizo la película The Long Good Friday en 1979, justo en el momento en que Margaret Thatcher llega al poder, esa descripción de la ciudad a través de los ojos de un gángster es perfecta. Y encima en la ecuación entra el republicanismo irlandés. La creciente corrupción de los republicanos en el ramo de la construcción en Hackney, y cómo se hacía desaparecer a todo aquel que intentase oponerse a los planes de los constructores. Los Kray Twins eran una obsesión mía que encajaba en el periodo. De ahí pasé a Margaret Thatcher, y luego a la idea del Milennium Dome y la M25 y todo eso. Cada una de esas obsesiones representa para mí una era muy concreta. Bueno, tú las llamas obsesiones pero en realidad eran métodos para identificar la naturaleza real de todas esas zonas. Creo en conspiraciones y energías que no se discuten abiertamente, y que acaban formando parte de la cultura del lugar.
También conectas esas conspiraciones y fenómenos a través de las décadas.
Sí, pienso que el tiempo es plural. Michael Moorcock lo llama multiverso: mundos dentro de mundos dentro de mundos que coexisten en el mismo espacio temporal, y que nunca desaparecen. El hecho que todas las historias que sucedieron en este espacio están presionándome, aunque yo no las sienta o las entienda. Y mi forma de entenderlas es pasear y meter mis narices por todas partes, y gradualmente de allí empieza a emerger un patrón obvio.
¿Son también cíclicos esos sucesos y fenómenos?
Bueno, esa es la teoría de Peter Ackroyd. No estoy completamente de acuerdo en lo que dice. Para él, algunos distritos tienen una historia cíclica por la cual algunas cosas pasan y vuelven a pasar una y otra vez a través de las generaciones. Creo que eso no es cierto.
Al mismo tiempo que estableces todas esas conexiones, te describes en el libro como “alguien incapaz de aceptar que exista la simple idea de “accidente”. Por tanto, algunas de esas conexiones podrían existir, pero otras obedecen más a tu naturaleza. Necesitas que existan.
[ríe] Es una enfermedad. Todo tiene que estar conectado, todo divaga de una cosa a otra, y todo se acaba convirtiendo en otra cosa, y todo se transforma. Es un tipo de locura. Pero una locura manejable. Debo decir que esa persona que proyecto en mis escritos es un tipo de actuación, parecida a cuando Stewart Home hace el pino y empieza a recitar sus textos. Creas esa proyección de ti mismo que no ilustra exactamente cómo es la persona en cuestión. La persona que está sentada delante de ti.
¿Una hipérbole de ti, quieres decir?
Sí, es una exageración. Según vas escribiendo libro tras libro va apareciendo ese personaje que es muy conveniente, porque te ayuda a escribir una novela a partir de ti mismo. Y la ciudad entera es una autobiografía.
Por supuesto. Yo también tengo un personaje; es inevitable.
Claro que sí. Percibo exactamente y de forma muy vívida el tipo de personaje que tienes tú.
Ya. Pero, del mismo modo, me he topado con gente cuyos personajes ficticios no tenían nada que ver con el humano real. Esto sucede mucho en internet. Mientras que en tu caso, sospecho que tu personaje se te parece horrores. Que esa es tu alma verdadera, vaya.
Creo que eso que dices es cierto, sí. Mi verdadera alma sale a la superficie en esos textos, más incluso que ahora, manteniendo esta conversación contigo. Porque uno trabaja mucho más intensamente para crear esos tipos de lenguaje.

William Blake

William Blake

Supongo que has creado una especie de… No alter ego, porque firma con tu nombre y vive en tu casa de Hackney, pero algo parecido.
[Sonríe] Claro. Ese personaje cuenta siempre un tipo muy concreto de historias, pero a la vez también deja fuera otras, porque no encajan con el personaje que he creado del hombre deambulando por la ciudad y desentrañando sus misterios. Yo lo veo como una novela detectivesca, donde el protagonista tiene que solucionar un caso. Hay ciertos escritores que aparecen una y otra vez en mi trabajo. De Quincey, Blake…
“Blakeano” es quizás el adjetivo más utilizado al hablar de tu obra. Y tú lo usas a destajo.
Par mí William Blake es un modelo. Y vivía en Londres. Blake tenía la noción de que debía crear su propia cosmología, y que esa cosmología debía salir de ciertas particularidades de la ciudad. No le importaba mucho ser famoso en vida. Para mí es como una especie de bandera verde que habla de independencia, anarquía y hacer las cosas a tu modo. Y se producía él mismo sus libros. Me refiero a físicamente. Me encanta esa voluntad de mantener el control sobre tu obra. Yo siempre le he tomado como modelo para hacer las cosas a mi manera.
Blake se había montado también su propio código moral. Era un hombre que perseguía sus…
Obsesiones. Claro que sí. Y a gran escala, además.
Bordeando la locura de vez en cuando.
Eso también. Él tuvo más éxito que yo con sus obsesiones, porque lograba ver ángeles, y charlaba con ellos. También me gusta que reescribiera Milton. Que se ocupara de Paraíso perdido como lo hizo. Blake creía que era un gran poema, pero no le gustaba mucho cómo lo había escrito Milton. Así que se metió en un intercambio genético con lo que había hecho Milton, y lo mejoró. Del mismo modo, mucho de lo que yo hago es canibalizar escritores antiguos y reconfigurarlos como nuevas entidades en mi obra.
En un fragmento del libro dices que “estamos tan cansados que ya vemos símbolos por todas partes”, pero sospecho que eres el tipo de persona que ve símbolos por todas partes siempre. ¿Te representa eso un problema?
[sonríe] No, para nada. Prefiero llamarlos “señales” más que “símbolos”. Son como pistas, pequeños elementos de una imagen mucho mayor, que va apareciendo gradualmente. La idea de estas expediciones es como una excursión de pesca en que vamos a buscar esas señales y símbolos. Que luego se descodifican e integran en un texto en proceso.
Déjame hacerte una analogía: cuando uno está enamorado, TODO son símbolos de ese amor. O sea: todo. Sin tomar drogas, yo diría que el enamoramiento es lo más cerca que uno puede estar de un estado alterado de conciencia.
Sí. Creo que yo siento lo mismo respecto a mi ciudad. La ciudad se ha convertido en mi enamorada. Lo he hecho todo con ella: la he pulido, la he cortejado, le he dicho palabras sucias… Tengo la sensación de que estamos prometidos, como si fuese una entidad orgánica. Y veo señales por todas partes. Incluso en sitios donde no he estado antes. Pasé tres días andando por Madrid, y hallé un montón de señales que me remitían a Hackney. Porque estoy andando el mismo sendero, durante el mismo tiempo, en el mismo segmento horario. Y, por Dios, no paraba de encontrarme cosas que eran exactamente iguales que las que había visto en mi barrio. Y cosas completamente distintas también. Porque así está configurado el mundo. Pero tiene que ver con lo que sugerías: tu amor está en todas partes. La ves reflejada en todas las superficies. Así me siento yo respecto a Londres.
Sí. pero hay una sutil diferencia: cuando uno está enamorado, algunas de esas señales obedecen a un esfuerzo propio de imaginación. Estás tan obsesionado con la otra persona que fuerzas a que aparezcan símbolos, pero algunos no son tales. Es solo tu chifladura, tomando las riendas.
Sí, sí, pero tú haces que sí existan. Eres tú, forzándolos a existir, y entonces de repente existen. Es pura voluntad humana. Alteramos la ciudad cada vez que la contemplamos. Es un camino de dos direcciones. No solo recoges impulsos, sino que constantemente estás proyectándolos. Tú estás cambiando el paisaje. Y si encima lo escribes, y consigues describirlo correctamente, harás que otras personas empiecen a ver también algunas de las señales que ves tú. Y la ciudad cambia. Contribuyes a que cambie, añadiéndote a ese enorme catálogo de gente que lo ha hecho antes que tú, y a todos los que te seguirán. Cuando paseo por la ciudad veo las marcas que han dejado los que me precedían, y que llevan muertos muchos años. Aquí veo a William Blake, alli está De Quincey, más allá está Dickens, también Alexander Baron, todos ellos. Sus frases y palabras se han entrelazado con el tejido de esas calles.
millenium-dome-dibujoDejando de lado lo de la magia y si la Thatcher era una bruja verdadera o no, lo que está claro es que ha habido una ofensiva de las clases altas. Una revolución, vaya. Una conspiración de clase, que puede o no analizarse (como tú haces) con referencias a dioses y fuerzas antiguas.
Sí. El objetivo del Milennium Dome es facilitar la entrada del capitalismo global en la ciudad, ni más ni menos. Las corporaciones realizan ese tipo de proyectos grandiosos, pero esos proyectos no tienen el menor significado ni entidad. No se hacen porque la gente que viva en esas áreas necesite mejoras. Todo lo contrario, de hecho: están siendo impuestos mediante un cierto tipo de magia. Me refiero a las realidades generadas por ordenador. Tienes un solar cerrado por vallas, no puedes ver qué sucede dentro, y un ordenador genera unas imágenes perfectas y las proyecta en esa valla, como si fuese una bola mágica. Pero esas imágenes no existen, representan un futuro que no existe; y la gente se lo cree. Esto se vio muy claro durante las olimpiadas del 2012 en Londres. Las únicas imágenes que se mostraron fueron cosas que no existían: una cámara sobrevolando un río azulísimo rodeado de bosque y árboles, primeros planos de encantadoras caras de gente blanca…
Siempre blanquísimos, eso sí.
Muy blancos. Personas blancas entre flores inexistentes. Y la gente se lo acabó tragando. Era pura hipnosis. Y en todos los proyectos de edificios que van apareciendo en los alrededores de la ciudad se ven esos parques perfectos, con parejas blanquísimas, o máximo una señora mayor un poco negra [ríe] tumbada en el césped de forma glamurosa, con todo Londres en segundo plano. Pero eso no es real. No existe tal lugar. Lo manipulan para que se vea de fondo Tower Bridge, y el Gherkin, y el Shard de London Bridge… ¡Pero no están allí! Al final te lo acabas creyendo. Esa es su anti-magia.
Eso es el capitalismo, en resumidas cuentas. Todo está en el aire. Nada es tangible.
Magia capitalista, eso es lo que es. Uno de los aspectos de lo que es. Para mí la realidad son las cosas locales que puedes tocar, patear, oler, saborear… Cosas que están hechas y existen.
¿Compararías St. Paul’s con el Dome? También es un edificio bravucón colocado solo para alardear de poder político y económico. E intimidar a los ciudadanos de a pie.
Por supuesto. St. Paul’s es una estructura colonial impuesta que representa ortodoxia religiosa, que sirve como marco para bodas reales y que está llena de iconografía militar y estatuas de héroes de guerra. Y vale mucho dinero entrar allí. De acuerdo, la efigie del poeta John Donne está en su interior, pero en general son todo estatuas de generales y almirantes. Y a pesar de todo lo que he dicho, al menos St. Paul’s es una realidad más grandiosa que la del Milennium Dome. El Dome es una broma irrisoria. No es más que una tienda de campaña sucia. Y dentro no hay nada. St. Paul’s al menos tiene un montón de cosas. Pueden no gustarte, pero existen. Es un edificio potente, y encima está edificado donde anteriormente había el Templo de Apolo de la época pre-Romana. Está rodeado de resonancias místicas. Además, está situado en un lugar que conserva una vista espléndida del río. El Dome, por otra parte, está colocado encima de una ciénaga tóxica [ríe]. En serio. Allí era donde ahorcaban a la gente. Y al lado había una fábrica de combustible. Hervían vejigas de ballena para fabricar el aceite de quemar que luego iluminaba Londres. Todo lo que rodea al Dome es así de feo y terrible. Y la razón auténtica por la que se construyó era para extender la City a lo largo de las Docklands y al otro margen del río. Y encima han construido una especie de telesilla que te transporta por encima del Thames, y que es completamente inútil, un desperdicio total de dinero. ¿Quién querría sobrevolar el río en un telesilla durante dos minutos? Lo que necesitamos son puentes. Puentes sólidos, no esas fantasías y locuras. Han transformado la orilla del río en una feria.
Y luego está Hawksmoor, el arquitecto. Esto es una pregunta demasiado grande para que puedas contestarla aquí, pero explícame qué diferencia ves entre St. Paul’s y las iglesias de Hawksmoor. Ambas dan bastante repelús.
Veamos: Hawksmoor se ha convertido en una especie de figura de culto gracias al libro de Peter Ackroyd y todo eso. Hawksmoor es alguien particular, porque era la típica figura de origen humilde que va subiendo por el escalafón. Era asistente de Christopher Wren. Wren estaba construyendo sus iglesias en la ciudad establecida y al amparo de la oligarquía, pero Hawksmoor estaba en mitad de la nada, le dejaron suelto en el East End, que era donde nadie quería ir, y allí construyó la mayoría de sus edificios. Su visión e ideas sobre arquitectura eran mucho más extremas y radicales que las de Wren. Le interesaba mucho el arte egipcio, y siempre trataba de incorporarlo a sus modelos. Creó todas esas estructuras monumentales que despiden un poder extraordinario; especialmente Christ Church en Spitalfields. Christ Church es como la historia de la arquitectura concentrada en un solo templo: empiezas con el templo romano en la base, encima de eso coloca el gótico, encima de eso coloca otra generación arquitectónica… Y todo encaja en un mismo sistema. Es un logro sorprendente. Otra cosa curiosa de las iglesias de Hawksmoor, y que descubrí cuando empecé a escribir sobre ellas, es que es muy difícil acceder al interior. Así que su papel es más el de esculturas que el de edificios. No hay una comunidad que los utilice, ¿sabes?
¿Cómo? ¿No se celebran oficios religiosos?
Muy pocos. Ahora empiezan a celebrarse. En la época nadie los utilizaba. Eran como estatuas, en realidad. Muy extraño. Y a su alrededor siempre se cometen crímenes. En parte, imagino, por cómo estaban construidas. Tenemos los asesinatos de Ratcliffe Highway de 1811, que inspiraron el libro de De Quincey Del asesinato considerado como una de las bellas artes, y luego están los asesinatos del Destripador, todos en la zona de Spitalfields. Es inevitable considerar las construcciones de Hawksmoor como parte de un sistema oscuro.
Y son deprimentes que no veas. Christ Church especialmente. Qué mal fario da esa iglesia, por Dios.
Sí. Concentran algún tipo de poder, eso está claro. Son estructuras que me dan que pensar. Los trabajos de Wren son elegantes y bonitos, pero sosos. No tienen ni la mitad de relación con la ciudad que las de Hawksmoor.
Todas estas ideas que me estás contando ha sido reutilizadas por gente que se ha hecho muy famosa, pero inicialmente se trataba de tus teorías.
Sí. Como antes decíamos, son fotocopias Xerox de algo que ya existía. El libro aquel de Dan Brown surge de un ensayo sobre Hawksmoor que se convierte en un best-seller de Peter Ackroyd que se transforma en un elemento del From Hell de Alan Moore.
¿No es eso la mar de irritante?
[Sonríe] No, hombre. Todo lo contrario. Es un proceso muy interesante. Cuando apareció la novela Hawksmoor de Ackroyd me quedé un poco perplejo. Pero según han ido pasando los años lo cierto es que la cosa me divierte.
¿Consideras que alguno de tus “discípulos” ha agarrado el testigo con enjundia? Bill Drummond, o el mencionado Stewart Home, o Grant Morrison…
[Niega con la cabeza] ¡Qué va! Lo que hacen todos ellos es rebuscar en mi obra, del mismo modo en que yo rebusco en la ciudad para encontrar ideas. El propio Alan Moore me dijo que había leído Lud Heat, una copia que le había pasado Neil Gaiman, y que lo que se contaba allí le pareció extraño e interesante. Pero él vive en Northampton [cara de perplejidad] No puede tener ninguna relación significativa con Londres. Lo que hace es coger un poco de aquí, un poco de allá, fumar un montón de droga, y de allí brota ese estofado asombroso. Y lo fantástico es que se convierte en algo global.
lowlifeDe tus libros siempre salgo con más libros; es un fastidio. Antes mencionabas a Alexander Baron, y en tu obra siempre hay esa cosmogonía de novelas raras y autores desaparecidos. No hace mucho prologaste la nueva edición del Wide boys never work de Robert Westerby, por ejemplo.
[Sonríe satisfecho] Pues sí. Y al poco tiempo recibí una carta de su mujer. Me contó sobre su vida en Hollywood, y cómo Westerby empezó a escribir guiones para Disney, poco después de haber terminado sus novelas de delincuencia, y cómo jugaba a ping pong con Charlie Chaplin… No era el tipo de vida que yo había imaginado para él, desde luego. Ganó bastante dinero y se compró una gran casa de campo en Inglaterra.
La cuestión es que siempre nos señalas esos autores raros.
Hay otro detalle curioso en todo esto, y que viene de la época en que yo trabajaba de comerciante con libros de segunda mano. Yo imprimía unos catálogos que explicaban un poco quiénes eran todos esos autores extraños que vendía: quién era Robert Westerby, Roland Camberton, todos ellos. Era una cosa muy básica y con una intención práctica: yo solo quería vender sus libros. Lo gracioso es que todos esos libros ahora valen enormes sumas de dinero, cuando yo los vendía por 5 libras.
[gemido de dolor] Yo nunca he visto una copia de Only lovers left alive de Dave Wallis, por ejemplo. O del Awake for mourning de Bernard Kops.
Uy, yo tenía múltiples copias de todos ellos. Te mandaré los catálogos, no te lo vas a creer.
Me encantaría que algún día hablaras del Soho de los años 30 a los 60. Yo soy Soho-ista. Me lo leo todo sobre ese periodo y lugar. ¿Lo harás?
Claro, conozco bien toda la mitología. McLaren-Ross, Bacon, todos ellos. Pero nunca he escrito sobre el tema (aunque me lo he leído todo). Cuando trabajaba con los libros de segunda mano todo lo que era temática Soho se lo vendía al cineasta Chris Petit, porque estaba inmerso en un filme sobre la historia del Soho. Aún no lo conocía bien, pero ya manteníamos largas conversaciones telefónicas sobre el tema. Al final Petit cambió de idea, y lo que hizo fue escribir Robinson, una novela ambientada en el Soho y la industria del porno. Luego haríamos juntos varios filmes, Petit y yo, como por ejemplo The cardinal and the corpse (1992) donde aparecen, de hecho, Stewart Home, Derek Raymond, Alexander Baron…
Lo cierto es que no sé por qué sigo con esto. Quiero decir, que ya he leído demasiado sobre el Soho. ¿Cuántas novelas de Frank Norman necesita un hombre?
Frank Norman. Menudo tipo. No era muy buen escritor, la verdad. Ahora nadie quiere saber de él, pero en los años 50 era una figura extremadamente popular. Yo vendía todos sus libros (algunos firmados por él). Esa es una historia fascinante, la de la mafia del Soho: el fotógrafo John Deakin, el pintor Lucien Freud, Francis Bacon… Freud era un tipo bastante horrible, una persona muy desagradable. Y (cómo no) se relacionaba a menudo con los Krays. En breve saldrá un libro sobre David Litvinoff, el hermanastro de Emmanuel Litvinoff, el novelista del East End. David era un consultor de la industria cinematográfica, y también era un asociado cercano a los Krays. Pertenecía al submundo gay de la época, estaba endeudado hasta el cuello, los Krays le cortaron la cara y le tuvieron colgando cabeza abajo de una ventana. Era amigo de Harold Pinter. Todo un personaje, y en breve saldrá su historia. Lucien Freud le pintó un retrato, llamado The procurer, porque esa era parte de su trabajo: procurarles (en asociación con los Krays) chicos jóvenes a determinados políticos. Así que tienes: submundo mafioso gay y miembros respetables del gobierno bebiendo con los Krays en cierto pub de Whitechapel. Menuda historia. Kiko Amat

(Esta es la versión kilométrica original de la charla que se publicó en formato más breve en el suplemento Babelia de El País del 15 de agosto del 2015. Pueden leer la versión para publicación justo aquí)

Tripa a la Victoriana

El suplemento Cultura/S de La Vanguardia de hoy, 5 de noviembre, lleva en portada y como tema central un articulote sobre Jack El Destripador que ha escrito aquí su fiel amigo Kiko Amat.

Se trata de la versión reducida y actualizada del desmesurado macro-dossier que algunos de ustedes (un centenar, no más) recordarán de La Escuela Moderna. Aquel era tan voluminoso que tuvimos que publicarlo en dos entregas, pero para La Vanguardia he realizado un Ripper encapsulado, con solo 8 de la treintena de sospechosos y mucho menos contexto. Y rechazando la trompeteada teoría Kosminski, que ha adquirido nueva relevancia después del descubrimiento del supuesto chal de Catherine Eddowes este pasado agosto del 2014.

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