Billy Childish y Kiko Amat hablan de JOHN FANTE

https://www.anagrama-ed.es/uploads/media/portadas/0001/16/c28e68c3302dc675a8ea148a2665f16e8e2ab544.jpeg¿Pues no se me olvidó decirles lo de este prólogo? El gran BILLY CHILDISH y yo mismo estuvimos de charla -via Skype; vean foto adjunta allá abajo- para celebrar la vida y óptica del escritor favorito de ambos: JOHN FANTE. Dicha charla aparece en formato íntegro en la presentación de esta flamante versión de la Tetralogía Bandini que recién ha publicado Anagrama en la nueva colección Compendium.

Son, naturalmente, las cuatro novelas que protagoniza Arturo Bandini: Camino de Los Ángeles; Espera a la primavera, Bandini; Pregúntale al polvo; Sueños de Bunker Hill.

La charla entre Childish y el menda empieza tal que así:

Lo primero que me gustaría que me contaras, Billy, es cómo entraste en el mundo de John Fante y a través de quién.

Veamos. Por aquel entonces yo estudiaba en la St. Martins School of Art, en Londres, en el año 1980. Peter Doig (un amigo pintor que estaba en mi mismo curso) y yo teníamos gustos muy parecidos en todo: pintura, libros, rock’n’roll… Este mismo amigo, que ahora es un artista muy famoso, me pasó un libro de un tal Charles Bukowski que me gustó bastante, así que fui a una pequeña librería alternativa que había en Covent Garden y empecé a buscar más libros del mismo autor. Tenían un par de copias de libros suyos en Black Spring Books, y también una copia de Pregúntale al polvo de un tal John Fante. Que, como ya sabes, llevaba la famosa introducción de Bukowski. Lo que yo solía hacer en aquella época para decidir qué me gustaba y qué no era ir pasando alfabéticamente por la sección de narrativa, ir cogiendo libros al azar y leer el primer párrafo a ver qué tal, para luego devolverlos a la estantería si no me acababan de convencer. Ocasionalmente leía más de un párrafo y acababa comprándolos. Eso fue lo que sucedió con Pregúntale al polvo. Creo que me lo leí casi entero en la bañera, una vez hube llegado a casa.

vlcsnap-2017-06-28-17h17m47s267¿Qué edad tenías cuando sucedió todo eso?

Diecinueve o veinte. En 1977 tenía diecisiete años, así que en 1980 ya habría cumplido los veinte. Soy disléxico, y siempre he tenido problemas con la lectura y la escritura. En aquella época yo trataba de escribir poesía, pero Pregúntale al polvo fue el libro que me hizo pensar que quizás también podría intentar escribir prosa, ya puestos. A lo mejor era un delirio mío [ríe], pero sentí que sí, que podía hacerlo. Para decirlo de un modo clásico: Fante me inspiró a escribir piezas de prosa. Lo que me encantaba del trabajo de Fante era sobre todo el aspecto cómico. Al poco tiempo leí también Espera a la primavera, Bandini. Bukowski me había inspirado, no lo niego, especialmente en cuanto a la poesía: me había mostrado cómo expresar cosas que yo no tenía ni idea de cómo expresar. Lo malo de Bukowski era que siempre daba la impresión de ser la estrella de una película de serie B. Había leído demasiado a Hemingway, está claro. Ese postureo de tipo duro es lo que menos me gustaba de él, incluso hoy, y creo que lo mismo le sucede a otra gente. Les causa rechazo su palabreo fardón. No me gustaba esa pose de Marlowe que se llevaba. ¿Quién escribió lo del Marlowe ese? ¿El detective duro de las novelas?

Raymond Chandler.

Ese. Veo ahora que Bukowski se fijaba mucho en Raymond Chandler, además de en otros autores del mismo estilo. Hard-boiled. Se nota en ese rollo serie B que te comentaba. Asimismo, nunca vi nada de eso en Fante. Leías sobre Arturo Bandini y te parecía estar mirando una película de Laurel y Hardy. Fante te está describiendo la clase de idiota que es ese fulano, Bandini, y la estupidez que está a punto de realizar, y tú como lector quieres que no la haga, del mismo modo que quieres que Laurel y Hardy no se metan en líos. Bukowski, por el contrario, te va a decir que todo el mundo es idiota, pero que él es un tío listo. Él es quien mola, quien sabe de qué va todo. Esa es una gran diferencia entre los dos autores, Fante y Bukowski, que alguna gente no ve. Por eso me parece tan interesante que Bukowski, quien supuestamente era un gran fan de Fante, no pillase la increíble fragilidad que desprenden los escritos del segundo, la que pone en boca de Bandini. Un chico con muchos defectos, Bandini, bombástico y bocazas, presuntuoso, muy ambicioso también, aunque a la vez siempre parece quedarse corto a la hora de realizar esas ambiciones. Creo que todo eso es encantador, hace de él alguien muy cercano. Dicho esto, con los años trabé amistad con Dan Fante, el hijo, y me contó que John no era así ni por asomo [carcajada]. Que el tío era un completo gilipollas. Me dijo: “John era un miserable, Billy”.

[La conversación continúa durante un buen puñado de páginas.

Compren, yo se lo ordeno, este espléndido pack Fante con prefacio flipante]

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“¡Este vendaje no tiene nada que ver con mi comportamiento!”

Todd-McEwenTal vez sepan que tenemos al maravilloso novelista TODD McEWEN de invitado extra en el Primera Persona 2015 que se celebrará este 8-9 de mayo en el CCCB. El maestro entre maestros abre la primera sesión del primer día, con un pequeño show de 10 minutos inspirado en su excelente libro sobre poglias y posturas sexuales y levantamientos hidráulicos Las cinco máquinas simples (Automática Editorial).

Para rendirle homenaje hemos decidido republicar la entusiasta (hasta la chifladura) crítica que escribimos en el 2013 sobre su tronchante y locatis Boston; sinfonía para violín sin cuerdas (Automática Editorial), la traducción con la que debutó en nuestro país. Fuimos (y somos) MUY FANS de ese libro. Tanto lo recomendamos que incluso llegamos a firmar algunos en aquel Sant Jordi; lo crean o no.

En cualquier caso, es ésta:

Si los libros fuesen clientes de un bar, Menos que cero sería el guaperas cuidadosamente desaliñado y de mirada lasciva que sorbe peripuesto su cóctel en la barra, y Boston; sonata para violín sin cuerdas sería el tarado que recorre el local con las manos en la cabeza, la minga asomando por la bragueta abierta, conversando con gente imaginaria, sangrando por la nariz y tratando a la vez de sofocar un pequeño incendio en su pernera. Sí, han captado mi audaz símil: Boston es un libro LOCO. No loco de “mirad lo loco de estas bermudas floreadas” sino loco de salir a comprar en bata y pantuflas, loco de manicomio, loco de ver a Jesucristo y amarle en una noche de pasión y luego perder la chaveta y dormir en parques y andar por ahí con hojarasca pegada al cabello.

9788415509127Ustedes dirán que la locura no tiene gracia. Se equivocan: la locura en narrativa es graciosísima, y Todd McEwen creó en 1983 a uno de los lunáticos más entrañables e hilarantes de la literatura. Si quieren imaginarlo, William Fisher (tomen nota, nerds: se llama como el protagonista de Billy Liar) es una mezcla del Basil Fawlty de The Germans, el Arturo Bandini de John Fante y el Reginald Perrin de David Nobbs. O sea, tres maníacos histriónicos al borde de la neurastenia, juntos y encerrados en un nuevo guión de La conjura de los necios.

La historia es simple pero convulsa: William Fisher deambula por un lago helado, ve a Thoreau atrapado debajo del agua (¡juá!), resbala y se parte la crisma. Ese accidente desencadenará una reacción en cadena de fatalidades quijotescas de un extremo al otro de Boston que incluyen: nudismo involuntario, beodez extrema, malentendidos vergonzantes, desacato a la autoridad, abandono del empleo, un omnipresente violín sin cuerdas, 12 valientes páginas de ortografía de borracho (“¿Dienes sidio bara dormir?”), sensacionales imágenes de hombres-deshechos-de-parranda (“dos sujetalibros” apoyados el uno contra el otro), violencia gráfica, indigencia fortuita y amistad con homeless, su ex-novia “besando a un mendigo” (“Quería volverse loco y escribir J.HARDY SE FOLLA MENDIGOS en la pared con salsa de tomate”), vagabundeo por la gran ciudad, una revuelta callejera, odio al hippie (“una sociedad organizada en torno a la levadura y la fotosíntesis”) y odio a los veganos/abstemios y odio al cine francés (¡viva!), desorientación vital extrema que desemboca en demencia y perdición, pero también pathos y emoción y pena. Y la magnífica belleza, humor y éxtasis que son consecuencia de todo ello.

En efecto: Boston parece un catálogo de mis cosas favoritas del mundo entero, por no decir un cartabón con el que medir el resto de novelas que caigan en mis manos en lo que me queda de vida. La prosa es un poco experimental, pero de forma tolerable (escasez de comas, diálogos sin guión, a lo nouveau roman); no va a hacerles bizquear, no pasen ansia. En general, lo pasé tan endiabladamente bien con el humor feroz y valiente y, sobretodo, inteligente de Boston que rezaba para que no terminara nunca, como cuando miraba dibujos animados de niño. La sorpresa editorial del último año, y me quedo corto.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en algún punto de octubre del 2013)

Zona franca: La Inmensa Minoría, de Miguel Ángel Ortiz

Miguel-Angel-Ortiz-portadaLa inmensa minoría es una casi perfecta novela de barrio. Importa poco si su joven autor, Miguel Ángel Ortiz (1982), vivió en sus laceradas carnes todo lo que se nos cuenta en el libro. Lo importante es la verdad que contiene, palpable y sólida; una franqueza innata que mucha gente desea utilizar en su prosa pero pocos poseen. En ese sentido, la “autenticidad” del paisaje no es vinculante a la hora de juzgar La inmensa minoría. ¿Vivió Ortiz en la Zona Franca en la época que se describe en el libro? Poco importa. Lo importante es que las situaciones, los personajes, las emociones, laten con La Gran Verdad Fanteana. Una honestidad que no tiene por qué ser biográfica; una pura verdad emocional. O la tienes, o no la tienes.
La inmensa minoría habla de una panda de adolescentes barceloneses de clase obrera a lo largo del 2010. Estos chavales se aburren, pelean, masturban, enamoran y desenamoran, cuernean y son cuerneados, van a clase y odian ir a clase, chutan balones en el equipo local (hay mucho balompié aquí), contemplan cómo sus padres se desloman en curros-de-mierda (olisqueando allí su futuro, sin duda) y terminan divorciándose, se meten en problemas, se emborrachan en bares de viejos y tratan de gestionar la ruptura definitiva con su infancia.

Chusmari (gitano), Pista (chuleta), Peludo (tímido) y Retaco (o Roger, el protagonista) están vadeando el fugaz trance de la adolescencia, velocísimo periodo de entreguerras donde las cosas empiezan a doler (pero simulas que no), donde nada se entiende (pero pretendes que sí) y todo escapa a tu control (pero vas de que “controlas”). El retrato de estos teenagers de ESO y sus cuitas está realizado como procede: la pena, sincera pero sin melindres (“Pensar me dolía. Recordar era una mierda. Y crecer también”); los conatos de violencia y locura púber, sin disculpas ni miriñaques; los momentos de emotividad, sin violines ni cámara lenta; referencias y citas, las justas (Extremoduro, a menudo); la acción, constante y bien narrada; el lenguaje, esbelto y ágil. Miguel Ángel Ortiz ha pintado, en suma, un imponente fresco de la experiencia adolescente de extrarradio, captando toda su rabia, brutalidad, ocasional romanticismo y humor. Una gran novela de la Barcelona no pija. Un digno heredero de la tradición de Marsé, Candel, Ledesma, Casavella o Zanón. Kiko Amat

La inmensa minoría
Miguel Ángel Ortiz
Literatura Random House
430 págs.

(Crítica aparecida originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 24 de diciembre del 2014)

La canción del viernes #5: SHUDDER TO THINK Red House

Será por Salad Days, pero paso estos últimos días escuchando sin cesar grupos de Dischord. Etapa 1985-1990, que son (vaya chasco) los que aparecen menos en el documental. Embrace (¡no los ingleses!), Rites of Spring, One Last Wish, 3 (nuestra primera canción del viernes), Soulside, Shudder To Think, los primeros Fugazi… Todos estos grupos me emocionan desde siempre, y disculparán mi chiste fácil.

Eran, en efecto, emotivos, melancólicos, sentimentales y a ratos casi histriónicos. Tíos eliminando sus barreras de macho ante tus atónitos ojos. Eso siempre me pareció inspirador. El canje testosterona por lágrimas, y a la mierda a quien no le guste. Hombres siendo valientes al admitir su debilidad; como hacía John Fante, por ejemplo.

Un pedazo de Salad Days me hizo carcajear: cuando Dave Grohl empezó a ver a chavales llorando en conciertos de One Last Wish, y asumió que era porque Guy Piccioto estaba hablando de ellos en las canciones. No era así. Solo estaban conmovidos por la cosa, por la atmósfera, por la desaparición de murallas y almenas, por todo el berenjenal, por los años de hacerse los duros en público.

Shudder To Think son de mis favoritos. Compartimos esa pasión con los Nueva Vulcano, y también con mi hermano Oriol, que a decir verdad fue quien me enseñó todo este sonido. “Red House” me chifla. Me recuerda a 1996, en Cricklewood, todo el día escuchando el Ten Spot y el Funeral At The Movies, todo el día con aquella melancolía anhelante (que ya nunca me he sacado de encima).

Shudder To Think eran raros. El cantante vestía como un loro loco, y cantaba como si le estuviesen estrujando las bolas en un torno de mecánico. Pero toda aquella emoción desfermada. Luego se pasaron a multi y regrabaron “Red House”, pero esta es la versión buena. Sus letras eran crípticas y algo galimatiescas, pero nunca se lo tuve en cuenta e interpreté “Red House” (y “On the rain”, y “Jade Dust Eyes”) como se me antojó. Y, en todo caso, siempre me ha gustado este fragmento: “She’s a buzzing bee / She’s a person see / Between you and me / Someone I want bad / But can’t have / I’m an overgrown / Little wanting boy / She’s my only joy / And covers come between us to clear“. Eran molones, los Shudder.