Cosas Que Leo #33:THE FURNISHED ROOM, Laura Del-Rivo

Furnished Del-Rivo

“Dyce inserted coins into the Auto-Snack, jabbing the red button. ‘I’m getting a ham sandwich. And for you?’

The thought of food nauseated Beckett, tightening his stomach. ‘I’m not hungry.’

‘I’ll get two packets, anyway. I’ve been to an awful dance. It’s like playing tennis, dancing with some those hefty hearty deb girls. Still, they provide some decent food and drink, and you get to know people.’ Dyce gave him the cellophane-wrapped sandwiches. ‘Hang on to these, will you?’ He slapped his pockets. ‘I came here for cigarettes. Run clean out. Now where the hell is the-’

‘Machine over there.’

‘Fine.’ Dyce strode forward, saying: ‘Yes, I passed the waiting-room and happened to see you in there. What on earth were you doing? Not travelling anywhere, are you?’

The cigarettes bought, they started for Dyce’s car, which was parked outside.

‘I lost my room. I’m broke. I had to stay somewhere.’

Dyce stopped, and gave him a hard, long look, like a recruiting officer assessing men for physical fitness and psychological stability. Finally he said: ‘You look a wreck, man. Your nerves are all gone to pieces. I’ve never seen anyone degenerate as quickly as you have.’

‘That’s not so. I’m stronger than you think. There’s a core of hardness inside me, a hard core inside me.’ Under the influence of the pills, Beckett’s words were like an express train. ‘Some things do not touch me, they are nothing to do with me. For instance, if I have a job, it is nothing to do with me. If I owe rent, it is nothing to do with me. If I stole five pounds, it would be nothing to do with me. For me, the only sins, the only things I feel moral about, are the things which soften my centre. For instance, laziness, boredom, wasting my time in trivialities, I regard as sins.’

Dyce opened the car doors. They got in and sat talking in the parked car. ‘How did you get in such a state, anyway?’”

The furnished room

LAURA DEL-RIVO

New London Editions, 2011 (publicado originalmente en 1961 por Hutchinson & Co.)

245 págs.

NPG x132739; Laura Del Rivo - Portrait - National Portrait Gallery

**** Esta de aquí arriba es Laura Del-Rivo, en una de las muchas (míticas) fotografías que tomó de ella Ida Kar. Laura fue una de las grandes escritoras bohemias y beatnicosas del Soho de los sesenta. The furnished room es una mezcla de Absolute Beginners y Ritual in the Dark de Colin Wilson y algo de Camus. Si les hacen falta más conexiones, en 1963 Michael Winner convirtió la novela en thriller criminal de soho-explotation con guión del gran Keith Waterhouse -y aparición de la diva Morrisseyana Diana Dors- retitulada como West 11 (vean el trepidante trailer aquí). La Del-Rivo sigue viva y avispada, por cierto. Pueden verla en este inspirador video reciente, hablando de su vida, de su longevo puesto de quincalla de segunda mano en Portobello Market y de su arte y visión del mundo. Te amo, Laura.

La rebelión discreta: Kiko Amat entrevista a JONATHAN COE

p7914webConozco bien a fondo la obra de Jonathan Coe (Bromsgrove, 1961). He leído de cabo a rabo sus diez novelas hasta la fecha, y de premio devoré la biografía de B.S. Johnson, Like a fiery elephant, que Coe escribió en el 2004. Por eso puedo decir que… ¿Cómo verbalizarlo? Me da la impresión de que los críticos ingleses no toman muy en serio a Coe, pues sus novelas reciben a menudo críticas tirando a tibias, y ocasionalmente incluso le llaman cosas feas como “el rey de la digresión”. Y asimismo el novelista inglés goza de gran éxito en Francia, Italia y Alemania (algo menos en España, pese a los titánicos esfuerzos de su editor y fan, Jorge Herralde). No, Coe no es el proverbial profeta en su tierra ni, por lo que parece, tampoco en la nuestra. Y eso que algunos apasionados lectores y forofos de su narrativa no hemos parado ni un solo día de dar la lata sobre lo suyo.

Coe acaba de publicar Expo 58, de nuevo en Anagrama, su hogar natural. Una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones. En la charla que sigue -tuvo lugar en el foyer del hotel Condes de Barcelona un congelado día de febrero- Jonathan Coe y yo hablamos de estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo. Y mucho más.

¿Cómo es tu familia?
No acostumbro a hablar demasiado del tema. Mi padre murió hace dos años, por eso le dedico Expo 58. Justamente murió cuando estaba a media lectura del libro, y le estaba gustando mucho, cosa que no era muy corriente; normalmente no le gustaban demasiado. Mi madre tiene ahora 81 años y todavía vive en Birmingham, en la misma casa que compraron juntos en 1956, hace ya 59 años. Crecí en un entorno muy tranquilo, estable, provincial y residencial. De hecho, cuando me preguntan por qué escribí Expo 58, si es que quería revivir los años 50, a veces contesto en broma que en mi casa, a lo largo de los años 60 y 70, todavía parecía que fueran los 50. Y, de hecho, aún da esa sensación. Aún hay rincones como esos en la campiña inglesa: mi madre va a comprar la carne a su carnicero de confianza, conoce a todo el mundo en el pueblo… Cuando murió mi padre, hace dos años, mi madre me preguntó cómo funcionaba un cajero automático, pues nunca había usado uno, me preguntó cómo se ponía gasolina en el coche… Hasta ese momento su vida había sido la de una ama de casa tradicional de los años 50, en el rol clásico de esposa. Y, hablando de mí, llevo casado 26 años, desde el 1989, y tengo dos hijas.
Hablas de esa Inglaterra inmutable en el tiempo, pero en La espantosa intimidad de Maxwell Sim escribes precisamente sobre los cambios que sufre la vieja Inglaterra.
Es que Inglaterra está cambiando, pero aún hay pequeños rincones muy chapados a la antigua, supongo que igual que en todos los países, y es algo que me fascina y sobre lo que no se habla en las novelas o en las noticias. Esos cambios sociales que se dan en la historia de los países son algo que me encanta. Gran parte de la cotidianeidad no-dramática es inmutable o, al menos, cambia muy lentamente. Una de las cosas que me entristecerán cuando fallezca mi madre es que perderé todo contacto con esa parte de Inglaterra: ella no usa ordenador ni tableta, todavía escribe cartas, cuando la llamo y está viendo la televisión no sabe que puede apretar un botón y pausar el programa… Y encima no se lo cree cuando se lo digo.
Le debe de sonar a ciencia-ficción, como una especie de distopía enloquecida. El mundo al revés.
Sí. Pero a ella le encanta ese mundo, se mantiene lejos de toda innovación. Y eso, allá donde vive ella, no es particularmente complicado.
¿Eras hijo único?
No, tengo un hermano mayor que tiene ahora 56 años. Y me inspiré en él para el personaje de Maxwell Sim. Más la idea del personaje que la personalidad como tal, porque es un comercial que viaja por trabajo y pasa gran parte de su tiempo en autopistas, comiendo en áreas de servicio…
Aún no ha empezado a conversar con su GPS, espero.
[sonríe] Pues no lo sé, no se lo he preguntado. Esa idea para el libro se me ocurrió hace mucho tiempo, a principios de los años 90, incluso antes de escribir ¡Menudo reparto! (1994). Durante esa época acompañé a mi hermano en algunos viajes para ver cómo era su día a día en el trabajo, y en aquellos tiempos aún no existían los GPS. No sé, quizá ahora haya empezado una intensa relación con su GPS, vete a saber [sonríe]. No tenemos mucha relación, mi hermano y yo, nuestros mundos no convergen demasiado: no lee narrativa, le gustan mucho los deportes… Realmente tengo un pasado muy poco común para ser escritor, pues mi madre lee, pero no lo hace para entender el mundo, como hago yo, sino que lo hace para distraerse. Toda mi familia piensa que lo que hago es bastante extraño.
Ya sé que tu juventud no fue precisamente como la de Irvine Welsh, pero ¿tuviste una época rebelde?
Mirándolo en retrospectiva, diría que mi adolescencia fue muy solitaria, pero en aquella época no me lo parecía. Quizá porque no conocía nada más. Vivíamos a seis o siete millas del centro de Birmingham, casi en el campo, en una parte del país muy tranquila. No recuerdo que mis padres se pelearan jamás, no recuerdo ni un solo grito, los desacuerdos se dejaban sin resolver, no se hablaba de sentimientos… Evidentemente había amor, pero no se veía a simple vista.
Muy al estilo de los años 50.
Exacto. Como mi colegio estaba en el centro de Birmingham todos mis amigos estaban repartidos por toda la ciudad, así que no nos veíamos después de las clases. Mi vida familiar era toda mi vida. Y hablamos de los años 70, así que había tres canales de televisión, no existía internet, las tiendas y pubs cerraban los domingos… Era una vida muy tranquila.
¿Algo triste, quizá?
No, no la encontraba triste, porque tenía la tele, música, libros… Era un mundo diferente. Recuerdo los nervios de los domingos por la mañana al recibir The Sunday Times, ya que eran noticias del mundo exterior, un boletín que nos llegaba desde el mundo real, y aquello era un acontecimiento en sí mismo. Recuerdo que yo devoraba las reseñas de televisión, libros y películas. Luego no veía esas películas ni leía esos libros, pero me gustaba esa sensación de saber que había un mundo ahí afuera, un mundo que de otra manera jamás entraba en nuestro día a día. Era un entorno perfecto para convertirme en alguien introvertido que pasara mucho tiempo dentro de su propia cabeza, inventando historias; y eso es precisamente lo que empecé a hacer.
Por la manera como lo explicas parece lógico que acabaras siendo escritor. Como si todo hubiese conspirado para ello.
Hacia el final de Expo 58 empiezas a ver qué estoy haciendo en ese libro, porque nace el hijo de Thomas Foley, David. Thomas ya es un profesional respetado y se ha mudado a Birmingham, a la calle Monument Lane, que está justo al lado de la casa de mis padres en la vida real. Así que su hijo, David Foley, se convertirá en mí. Él nace en 1960 y yo lo hice en 1961, pero al margen de eso lo he dejado todo preparado por si quiero escribir mi autobiografía, mi bildungsroman; he creado mi alter ego. Aún no sé si voy a hacerlo, pero si lo hago, todo está listo para ello. En el pasado he tenido otros alter egos como Benjamin Trotter, pero David es el definitivo.
En todos tus libros hablas mucho de música. No sé si te viene de tu hermano; he descubierto que es una figura bastante común entre los ingleses. Siempre hay una hermana mayor que entra en casa con un disco de los Beatles, o Bowie…
[ríe] Ya. Mi hermano tenía unos gustos musicales bastante particulares. Compraba muchos discos de King Crimson, y eso fue mi introducción al rock progresivo, que me acabó gustando mucho. Pero él ha dejado esa etapa atrás, y es irónico que ahora viva en un pueblo de las Midlands y sea vecino de Robert Fripp. Le dije que el guitarrista del grupo que tan loco le volvió durante un tiempo vive en su misma calle, ¿y sabes qué? No mostró ningún interés [risas]. Ha dejado todo eso atrás. El primer disco que me compré (esto va a sonar a prehistoria), lo compré en una pequeña tienda que vendía periódicos, conservas, productos de parafarmacia… Un poco de todo, pero era una tienda muy pequeña, como un colmado, y tenía un expositor giratorio de discos. No sé por qué vendían elepés, pero recuerdo que eran muy baratos, costaban 75 peniques. Y el primero que me compré fue un Grandes Éxitos de Bill Haley and his Comets. No sé por qué lo hice, porque en 1969 ya nadie los escuchaba.
¿Quizás pasaron por televisión la película aquella, Blackboard Jungle, donde aparecía tocando “Rock around the clock”? En 1968 había una especie de rock revival en Inglaterra.
No, no. Jamás la vi. Fue una compra muy extraña. La primera música que recuerdo que me gustó fue el rock and roll. Compré discos de Bill Haley, de Chuck Berry, de Little Richard… Y ese tipo de música tampoco sonaba en casa de mis padres, ellos salían de copas a principios de los años 50, antes de que el rock and roll apareciera.
Cuando empecé a leerte no sabía muy bien dónde colocarte. Era obvio que no pertenecías a la generación más punk, como Welsh y toda la panda, pero tampoco encajabas bien en la escena más académica y “seria” de Martin Amis, Hitchens o Julian Barnes.
Cierto, cierto. Estoy en un lugar intermedio. Vengo del medio de la clase media-media, y del medio justo de la Inglaterra media: no podría ser más del medio. Mis padres no podrían haber sido más convencionales y conservadores. Con minúscula en el caso de mi madre y con mayúscula en el de mi padre: siempre votó por los Tories y por Margaret Thatcher. Podría haberme adaptado a ese mundo muy fácilmente, pero los libros y la música me arrancaron de él. Supongo que ese proceso empezó a finales de los años 60. El primer fenómeno cultural que recuerdo amar y que mis padres no aprobaban fue Monty Python. Me entusiasmaron inmediatamente, y mis padres se preocuparon inmediatamente, porque veían que, en algunos aspectos, aquello era subversivo. Y lo que me encantaba es que era formalmente subversivo, que no solo se reían de los convencionalismos sociales, sino también de los televisivos. Era irónico, como algo que se comenta a sí mismo. Empecé a buscar libros que hicieran algo parecido, y así es como llegué a escritores no solo como David Nobbs, sino también B.S. Johnson o Flann O’Brien, escritores inquietos con la forma, inconformistas que querían replantearse y subvertir la narrativa. Todo eso me venía por vía Monty Python. ¿Es Spike Milligan conocido en España?

Spike Milligan en modo Wehrmacht

Spike Milligan en modo Wehrmacht

No, aquí no le conoce casi nadie. Solo un puñado de anglófilos locos. Tampoco a The Goons.
Es interesante, porque Spike Milligan y Peter Cook son, para mí, las dos figuras más importantes de la comedia británica después de la guerra. Y Monty Python, naturalmente, pero no podrían haber hecho lo que hicieron sin Spike Milligan y Peter Cook. De hecho, lo que hicieron fue una fusión entre lo que hacían ambos. Es curioso que Monty Python sean famosos en todo el mundo y los otros dos sean un fenómeno exclusivamente británico.
Me da la sensación de que Monty Python eran como la rebelión de la clase alta, el pijo que se porta pésimo en el colegio privado y empieza a mearse por las esquinas…
Es completamente cierto. No es algo aplicable a Spike Milligan, pero sí al resto de cómicos subversivos de los años 60 y 70, todos provenían del establishment. Era el establishment atacándose a sí mismo. En cierta manera, para que te resulte fácil mofarte del establishment primero tienes que entenderlo, y para entenderlo tan bien tienes que formar parte de él. El humor de la clase media y la clase trabajadora de los años 60 y 70 no era tan subversivo, porque le daba miedo serlo.
Probablemente lo más rompedor de Monty Python no era tanto el comentario social sino la forma absurda que aquel tomaba. Y creo que por eso no les gustaban a tus padres, ni pretendían gustar a los padres en general.
Mucha gente no recuerda que Monty Python empezaron en un programa infantil. Se llamaba Do Not Adjust Your Set, en la ITV en 1968, y era a la hora de la merienda, a las cinco de la tarde, cuando los niños están mirando la tele. Ahí salían Eric Idle, Michael Palin y Terry Jones. Ahí fue donde les vi por primera vez. Era una llamada directa a lo infantil y a ese amor juvenil por lo absurdo. Mis padres lo veían como algo… Inmaduro, supongo.
Me has comentado que no fuiste especialmente rebelde, pero tus padres eran votantes Tories, y en varias de tus novelas encontramos política, enfocada desde la izquierda. ¿Cuándo te diste cuenta de que tus ideas políticas y sociales diferían de las de tus padres?
Probablemente cuando estuve en Cambridge. Hay una tradición de radicalización en Cambridge, pero no creo que fuera por Cambridge en concreto, supongo que me habría pasado en cualquier universidad a la que hubiera ido. Fue simplemente salir del núcleo familiar, conocer a gente que pensaba como yo y tener las conversaciones que se tienen cuando eres un estudiante, que cambian tu manera de ver las cosas. Lo que sí me sorprendió de Cambridge fue ver que algunos me miraban por encima del hombro, cosa que nunca me había pasado. El colegio al que fui en Birmingham era muy competitivo académicamente, si ibas allí significabas que formabas parte de una especie de elite, y lo notabas. Recuerdo vivamente esa sensación. Pero cuando llegué a Cambridge me di de morros con el clasismo inglés, y a lo grande. Había gente de Eton, de Harrow, de Westminster… de esas escuelas tan prestigiosas de las que había oído hablar. Y eran muy esnob conmigo: yo venía de Birmingham, de clase media, de una escuela de la que nunca habían oído hablar (y yo que creía que era una de las escuelas más famosas del país…). Durante aquellos tres años aprendí mucho sobre Inglaterra y su sistema de clases sociales. Y no ha cambiado nada. De hecho, ha involucionado a como era antes.
Claro. No hay más que mirar a George Osborne. No se puede ser más pijo que eso. Uno lo imagina siempre en la caza del zorro, o azotando lacayos.
[sonríe] Sí, Osborne es un cliché andante, pero a la vez es del todo real. Puedes pensar lo que quieras de Margaret Thatcher y John Major, pero intentaron hacer algo sobre la lealtad de clase de los tories. Las diferencias con lo de hoy, en todo caso, son superficiales. El alcalde de Londres, Boris Johnson, es de Eton, el primer ministro es de Eton, George Osborne es de Saint Paul’s…
Son The Eton Rifles, como cantaban The Jam…
Sí. Es increíble que estos tipos manden y que salgan cada día por la tele y la radio diciendo que no tenemos que gastar tanto dinero y que estamos todos juntos en esto. Y sobre eso habla precisamente mi nuevo libro.
Owen Jones se mofa de aquella vez en que David Cameron trató de adivinar cual era el sueldo medio inglés, y soltó una salvajada como 70.000 libras o así.
Sí. Otro ejemplo sería… ¿Alguna vez has estado dentro de las Casas del Parlamento?
No.
Pero tienes una idea de cómo es.
Sí.
Bien, pues ayer emitieron un documental en la tele sobre ese edificio, con esos techos tan altos, las paredes recubiertas de roble… Y David Cameron dijo: “Te recuerda al colegio, ¿verdad?”. Hombre, quizá sí recuerda al colegio al que él fue, pero no al que asistió la mayoría de la gente. Viven muy alejados de la realidad.
coe-expo58Así, no recuerdas discusiones de política con tus padres, sobre inmigración o lo que fuese. Fue más algo de la universidad.
No. De todo eso me di cuenta mucho más tarde. En los 70 me parecía normal, era el aire que respiraba. Tan pronto como salí de casa -aunque me encontrase en otro entorno cerrado, como era Cambridge- me bastaba con mirar a mi alrededor para decirme: caramba, así es cómo funciona el mundo. ¿Cómo puedo no haber reparado en ello? A partir de allí mi izquierdismo se convirtió en un asunto de puro sentido común, y ya nunca me ha abandonado.
¿Te convertiste en militante?
No. El Partido Laborista de 1983 estaba bastante a la izquierda. Cuando estaba liderado por Michael Foot tenía un manifiesto que se dio a llamar “La nota de suicidio más larga en la historia electoral” [sonríe] porque proponía cosas por las que la mayoría del país no votaría jamás, como el desarme nuclear universal. Durante los 80 y 90 fui votante de Labour. Fui a manifestaciones contra Thatcher cuando estuve en la Universidad de Warwick, fui a las marchas del CND [Comité para el Desarme Nuclear]. Cosas bastante normales para alguien de izquierdas.
Volvamos momentáneamente a la escritura. Martin Amis, con su grandilocuencia habitual, dice que cuando empezó a escribir sabía que sería para siempre. ¿Tú también pensabas que escribir era tu destino?
Nunca tuve una sensación de destino, no. En todos los aspectos de mi vida tiendo a pensar a corto plazo, puedo pensar en el próximo libro y quizá en el siguiente, nada más. Como ya sabes, en mis novelas los planes siempre salen mal, frecuentemente de la manera más inesperada y cómica, así que nunca hago planes. Si me lo hubieras preguntado cuando tenía quince años quizá te hubiera dicho que quería ser escritor, pero más que una sensación de destino habría sido una esperanza. Simplemente me gusta escribir historias, desde que era pequeño. Empecé cuando tenía ocho o nueve años, y a los quince o dieciséis ya estaba escribiendo novelas enteras. Y parecía una tontería no enviarlas a una editorial. ¿Para qué escribirlas si no? ¿Qué otro motivo puede haber? Todo sucedió de una manera bastante improvisada, así que nunca he pensado que mi destino era ser escritor. De vez en cuando, al levantarme por la mañana, miro a mi alrededor y no me puedo creer que eso sea a lo que me dedique y que eso sea mi vida. Unas veces me resulta familiar, otras muy extraño. Podría haber acabado fácilmente de profesor. A finales de los años 70 incluso trabajé en un banco, así que ahora podría ser el encargado. El encargado socialista de un banco [sonríe].
¿Así es como te ves cuando te planteas los escenarios “Y si…”?
Sí. Poder vivir de escribir es una gran suerte, mucha gente querría hacerlo, pero muy poca puede. Más que haber seguido un plan prefijado, me veo como alguien con suerte. Podría haber terminado de oficinista.
Pienso en tu obra y me viene a la cabeza la letra de aquella canción de Johnny Mercer, “I’m old fashioned / but I don’t mind it”. Nunca han parecido importarte las modas literarias. Tus gustos están un poco pasados de moda (y digo esto como elogio).
[sonríe] Creo que mis gustos son bastante clásicos, sí. Más que pasados de moda diría clásicos. Me gustan las cosas bien hechas, me enfado bastante cuando veo que algo es una chapuza, que se ha hecho sin amor en unos pocos minutos. Si pienso en películas mis gustos también son clásicos. Las películas que me gustan de verdad son las de los años 40, 50 o 60. Me gustan las películas de ahora, pero creo que hay un clasicismo que está desapareciendo en el cine, en la música clásica y en el pop y en la novela, y eso me hace sentir una cierta nostalgia.
Nunca te ha infectado el posmodernismo literario, al contrario de lo que sucedió con muchos de tus contemporáneos.
Me gusta la literatura posmoderna, y creo que en mis libros las autorreferencias van en aumento. En los últimos hay personajes de mis primeras novelas que vuelven a aparecer, y cosas así. Asimismo, me he dado cuenta de que muchas veces el posmodernismo cabrea a los lectores. Lo noté mucho en Maxwell Sim, cuando a mucha gente le desagradó visceralmente el último capítulo. Monty Python, The Goons, Flann O’Brien o B.S. Johnson eran extremadamente posmodernos en su forma, y ese es uno de los aspectos que me gusta de ellos. Esencialmente, lo que hago como escritor es realismo. Creo un mundo sólido y, mientras lo leen, los lectores sienten que pueden vivir y creer en él. Para mí fue una sorpresa descubrir que eso era lo que le gustaba a mis lectores, porque cuando escribo hay una parte de mi cerebro que no se lo cree lo que está sucediendo, porque estoy allí, sentado a la mesa con el papel delante, y lo estoy creando. Así que sé que no es real.
Como un mago, tú conoces el truco.
Sí, pero una de las cosas que aprendí con la publicación de Maxwell Sim es que mucha gente desea y disfruta con esa ilusión de realidad, y si vas a romper esa ilusión tienes que ir con mucho cuidado con cómo lo haces. Ahora soy más consciente de ello.
p7955webHablabas de la larga nota de suicidio de Michael Foot, pero el final de Maxwell Sim era bastante suicida, también. Literariamente hablando.
[ríe] Sí. Ahora me doy cuenta.
Una de las cosas que me disgustan del posmodernismo es que en ocasiones es puramente pirotécnico. La historia y los personajes pasan a un segundo plano y quien toma el protagonismo es el escritor demostrándonos los truquitos fantásticos que sabe realizar. Eso me irrita.
Muy cierto. A la vez, me interesa el posmodernismo como medio para representar y entender la realidad contemporánea, que está plagada de espejos, trucos e ilusiones. Lo puse en práctica por primera vez en ¡Menudo reparto! y fue uno de los motivos por los que el libro fue un éxito. Era posmoderno en cuanto a que mezclaba diferentes géneros, era muy paródico y, aún así, la gente veía por qué lo hice así, vio que estaba intentando representar la realidad de los años 80 con más precisión. Si vuelvo al posmodernismo, esa debería ser la estética que lo motivara.
La lluvia antes de caer es tu libro más triste, el que es menos “tú”. No tiene traza alguna de humor.
Mi libro más popular en España, por alguna razón.
Quizá precisamente por eso, porque eliminaste todo el humor. He ahí una fórmula que puedes repetir si quieres volver a ser exitoso en España.
[ríe] Bueno, es más fácil explicar por qué he vuelto al humor que por qué lo abandoné. En cierto modo, La lluvia antes de caer es uno de mis libros más posmodernos, porque es casi un pastiche de novelas de Rosamond Lehmann y esas otras escritoras británicas de los años 20 y 30 que reeditaba Virago Modern Classics y, para conseguir eso tuve que deshacerme de mi lado satírico y paródico. Porque en aquellas escritoras no encuentras nada de eso. Es algo bastante paradójico, porque es un libro muy personal –los paisajes de Shropshire que describo en el libro son los de mi infancia, es una parte del país donde vivían mis abuelos y que yo iba a visitar con cierta frecuencia…- y, a la vez, desde la perspectiva actual, veo que el libro es una especie de pastiche. Mientras que en Expo 58, que está lleno de parodia y de escenas de espías y guiños de ciencia-ficción, es mi verdadera voz la que escribe.
No sé qué dicen las ventas, pero da la sensación de que los críticos continentales siguen apreciándote más que los británicos. Quizá no han sabido ver que esa es tu voz real, que no es algo impostado, ni una parodia forzada.
Los críticos británicos nunca pillan cuándo estoy siendo sincero y siempre están buscando en mis libros un nivel extra de parodia que no existe. Pero mis libros no tienen que leerse fijándose mucho, no los escribo así, los escribo de manera que los puedas leer en unas pocas horas, y lo que ves es lo que hay. Puedes reflexionar sobre el libro, puedes releerlo y ver otras cosas, pero la primera interpretación acostumbra a ser la correcta. En Expo 58 estoy recreando un pastiche de películas de Hitchcock y series de televisión como Los Vengadores. Y lo hice simplemente para darme el gusto de hacerlo, no para demostrar nada sobre el género o la ficción. Supongo que hacer una reseña de mis novelas es algo frustrante para los críticos, ya que no encuentran demasiado donde morder. Escribo los libros para los lectores, no para los críticos. En cierta manera es los mismo que le pasaba a Billy Wilder con los críticos de Cahiers du cinéma, que le menospreciaban porque no hacía películas de género. Si hacías un western o una película de cine negro el crítico sabía a qué agarrarse y podía presumir de ver cosas en las que nadie más había caído. En mis libros cualquier lector puede ver qué hay, no necesita a ningún crítico que se lo explique. Quizá eso haga que las críticas de mis libros sean innecesarias, en cierto modo. Supongo que el crítico se siente redundante.
Dwarves of death coe¿Cómo te afectan las críticas negativas?
El número de críticas positivas o negativas que he leído en los últimos veinte años y me han hecho reflexionar y ver cosas en las que yo no había caído, o que han dado en el clavo de lo que yo pretendía, es muy pequeño. No creo que, en este sentido, los críticos sean demasiado útiles para un escritor. Pero es un ruido de fondo con un volumen bastante alto, es muy complicado no oírlo, y si encima son críticas destructivas y malintencionadas realmente te tocan los huevos. Tienes que intentar bloquearlas.
¿Alguna vez te has sentido tentado, como Jonathan Lethem hizo aquella vez con James Wood, a escribirle una carta de respuesta a un crítico?
La verdad es que no. Cuando era muy joven y se publicó The dwarves of death le envié una postal a alguien que había escrito una crítica negativa y es algo de lo que me arrepiento, fue una estupidez. Así que no, no le veo el sentido; el escritor casi siempre se rebaja si lo hace.
The dwarves of death, ahora que la mencionas, me gustó como novela, pero también como ejemplo de cómo escribir una novela.
¿De verdad? [ríe con rictus de curiosidad]
A mí me fue muy útil. Fue como una especie de manual. Me sentí como cuando leí a Richard Brautigan, quien me hizo sentir por vez primera que aquello era algo que se podía intentar: la estructura, el ritmo, el humor, la brevedad, las referencias puntuales…
Evidentemente, The dwarves of death no es una obra maestra. Las obras maestras pueden ser bastante desalentadoras, lees Guerra y paz y dices: “A la mierda, no vale la pena ni que lo intente”; pero veo qué quieres decir con The dwarves of death. Me gusta que le hayas sabido encontrar esa utilidad. Releer mis libros me resulta extraño. Tengo cuenta en Twitter y recibo muchos mensajes elogiosos, sobre todo hablando de ¡Menudo reparto!, en los que me explican cuánto les ha gustado el libro y que lo han releído cuatro o cinco veces. Pero yo no puedo leer una sola página de ese libro sin pensar: “Oh Dios, ojalá hubiese resuelto eso de otro modo” o “Qué frase tan horrible”. No hay ninguno de mis libros al que me gustaría regresar y releer, los cambiaría todos de arriba a abajo.
Pero quizá, aunque no estén escritos cumpliendo tus expectativas actuales, en ellos se intuye el entusiasmo juvenil. El entusiasmo del que empieza a escribir, que no creo que hayas perdido aún.
Sí, en eso tienes razón. Siempre pienso que lo voy a perder un día de estos, pero (toco madera) hasta el momento cuando me pongo a escribir un libro me doy cuenta de que estoy disfrutando de ello. El que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, fue muy duro en los primeros meses, no me transmitía ningún furor ni pasión, pero en las últimas semanas todo está colocándose en su sitio y estoy tan metido en él que entre dos entrevistas me he escapado un cuarto de hora al hotel y he escrito media página; estoy enganchado a él. Y cuando eso sucede es fantástico, y más si ya vas camino de los sesenta años.
Hanif Kureishi me dijo que una de las ventajas que tiene es que es capaz de soportar la soledad, y que eso es algo imperativo en un escritor. Porque (esto lo digo yo, no Kureishi) cuando empiezas con un libro sabes que tienes por delante, si eres afortunado, un mínimo de dos años de trabajo.
Hanif es afortunado y, en ese sentido le envidio un poco, porque tiene otra vida como guionista, escribiendo a dos manos con Roger Michell. Imagino que esa es la combinación perfecta de escritura sin soledad. Pero me gusta estar solo, y tampoco soy una persona particularmente sociable, así que una profesión que me permita estar solo en una habitación ocho horas al día ya me va bien. Dicho esto, la sensación de tener que escalar una montaña cada vez que empiezas un libro no disminuye con los años; de hecho se vuelve peor. Tengo la suerte de que mis libros son lo que da de comer a mi familia. Como dijo Samuel Johnson, “solo un mendrugo escribiría por motivos que no fuesen el dinero”. Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y me ponga a escribir.
Las fechas límite de entrega del manuscrito.
Las fechas límite, los recibos de los bancos, las facturas… Cada vez necesito un mayor impulso inicial, pero una vez lo he recibido el entusiasmo acaba llegando siempre. Al menos hasta ahora.
Voy a lanzarte una teoría un poco a lo loco, que se me ha ocurrido cuando has citado a Samuel Johnson. Antes te referías a tus gustos clásicos, y creo que una de las razones por las que algunos críticos no te toman en serio es porque tu canon no es su canon. Nunca citas a Beckett, pero sí a Keith Waterhouse, David Nobbs o Patrick Hamilton; autores semi-olvidados que los críticos consideran “menores”.
Muy cierto. Cuando menciono a David Nobbs en Gran Bretaña nadie sabe de quién estoy hablando. Creo que todo eso que comentas es parte de mi subversión silenciosa, mi rebelión discreta. Una rebelión que, me temo, irrita a alguna gente porque ni tan solo la presento como tal. Para mí –y remarco que para mí, porque cada vez me doy más cuenta de que todo es altamente subjetivo en la Literatura- Henry Fielding es un escritor más importante que Charles Dickens. Decir eso en Gran Bretaña es casi una herejía, pero no quiero decir que el canon de la literatura inglesa esté mal, sino que no me interesa. Desde un punto de vista puramente egoísta, no me llama. No me dice nada. Para mí eso no es nada grave, pero quizá en el fondo sí sea algo grave para según quién. Quizá soy un cliente más raro de lo que parezco.
Quizá porque algunas de esas novelas de los años 50 no han envejecido bien. Estoy pensando en Colin Wilson, por ejemplo. Su obsesión con llevarse a una mujer al catre es muy de los años 50. Da la sensación de que la única motivación del libro es la frustración por no haberse encamado con nadie aún. Y digo esto como fan; imagina si no eres fan.
[ríe] Sí, tienes razón. Las políticas sexuales han cambiado mucho en los últimos cincuenta años, y a mejor. Y a muchos de los escritores de esa época no se les entiende desde la perspectiva actual. La definición de un verdadero clásico es un libro que te gusta pese a que los valores sociales que refleja hayan quedado obsoletos. Y probablemente Colin Wilson o Kingsley Amis no superan esa prueba. Pero como lector soy bastante indulgente si alguien realmente me gusta. Las políticas sexuales en B. S. Johnson son intolerables, es uno de los escritores más agresivamente sexistas de su época, pero se lo perdono; aunque quizá mucha otra gente no esté dispuesta a hacerlo.
Solo parecen existir dos extremos: o son muy sexistas como B. S. Johnson o son muy remilgados, como Patrick Hamilton en Los esclavos de la soledad. Esa novela parece escrita por una señora de 80 años.
[risotada] Una gran verdad.

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

The Life and Death of Colonel Blimp (Powell-Pressburger, 1943)

Ya has comentado que te gustan los años 50, pero leyendo tus novelas parece que también disfrutas con el vocabulario y el argot de la época. Old boy, crikey, y todo eso.
A finales de los años 60, cuando yo era un chaval, en la televisión pasaban constantemente películas de los 50, eran filmes relativamente recientes y yo crecí con ellos, todos los de la factoría Ealing, los de los Boulting Brothers como I’m Alright Jack, las cosas de The Archers, y luego había una película que era increíblemente famosa, Genevieve, de Henry Cornelius, que iba sobre un rally automovilístico entre Londres y Brighton, y que expresaba fielmente el sentir de su tiempo, 1953. Las palabras de todas aquella películas se quedaron en mi cerebro. Pero no confiaba en mi memoria, así que volví a ver esas películas para comprobar si realmente hablaban así. Y sí, lo hacían [sonríe]. Totalmente. Así que para mí fue un placer doble, poder escapar de lo contemporáneo y escribir usando esas expresiones tan pasadas de moda, y además fue muy fácil, me salía natural.
Las situaciones de choque cultural entre ingleses y norteamericanos que abundan en Expo 58 parecen sacadas de A Matter of Life and Death o The Life and Death of Colonel Blimp, de Powell-Pressburger.
Ya, no fue algo intencionado, pero es algo que llevo en el ADN por haberlo visto de pequeño tantas veces. Gran Bretaña no es un país especialmente cinéfilo, y Powell-Pressburger están muy subestimados. Muchos críticos les conocen, pero no diría que se tomen demasiado en consideración. Para mí, sin embargo, los dos filmes que mencionas son los grandes productos culturales británicos de los años 40, no las novelas escritas en la época. Las calificaría como el culmen del arte británico del siglo pasado. Como he dicho, están en mi ADN, así que puedes entrever en cada página de Expo 58 mi amor por sus películas y, en particular, por las películas británicas de Hitchcock. Muchos críticos ven a Evelyn Waugh en la Expo 58, a Kingsley Amis, a Graham Greene, y claro que todo eso está allí, pero lo realmente importante es la influencia de esas películas. A Gran Bretaña siempre le costará hacer buenas películas; ocasionalmente saldrá alguna, pero no lo llevamos en la sangre, como sí pasa, por ejemplo, en Francia, donde se toman el cine muy en serio. En Gran Bretaña no es así. Por eso se marchó Hitchcock.
¿Conoces novelas españolas? Me han obligado a hacer esta pregunta, que conste. Conozco a suficientes ingleses para saber la respuesta de antemano.
[Sonríe] No, la verdad es que no, y es algo que me avergüenza. Sería absurdo hablar de Don Quijote, porque aunque es un gran libro ha habido mucha literatura española desde entonces, pero necesito hacer algo respecto a mi ignorancia en ese aspecto respecto a los escritores contemporáneos y los grandes escritores españoles del siglo XVIII y XIX. Tendrías que darme una lista de lectura.
Lo haré, te lo prometo. Pero quizá también es algo cultural inglés, en el sentido de que no se traducen tantos libros foráneos.
Nos llegan muchos libros americanos, así que no es que nos opongamos a leer libros de otros países ni que no nos gusten las traducciones, sino más bien que no estamos interesados en el resto de países europeos. Esa es la triste verdad.

Kiko Amat

(Entrevista publicada anteriormente en el #10 de la revista Jot Down. Las dos imágenes de la entrevista son exclusivas de Alberto Gamazo).

Extra fotográfico:

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Jonathan Coe, Kiko Amat y Laura Fernández (los dos últimos en modo groupie)

Kiko Amat entrevista a DAVID NICHOLLS (Nosotros)

Novela David Nicholls, rey de la rom-com literaria inglesa, narra en Nosotros / Nosaltres (Planeta / Empúries) la descomposición de un matrimonio en pleno Grand Tour europeo

David nichollsQue David Nicholls “lo está petando” (para usar la jerigonza de nuestros días) salta a la vista. El escritor inglés ya demostró sus aptitudes para la rom-com novelística en la audaz y amena Siempre el mismo día, y ha vuelto a hacerlo en Nosotros, su cuarta. Nicholls suele escribir sobre parejas en apuros: si en Siempre el mismo día hablaba de Emma y Dexter, destinados a amarse pero encontrándose y separándose a lo largo de 20 años, Nosotros narra otro tipo de bache, el del matrimonio en fractura. Nicholls pertenece a la escuela de David Lodge, Keith Waterhouse o Jonathan Coe: humor tristón inglés con pathos, pulcramente relatado y con amplio público potencial. Los cínicos le llaman “populista sentimental”, lo cual solo significa que a) vende un montón y b) describe de perlas los vaivenes románticos.
Douglas, protagonista del libro, es el antónimo de aquel Dexter vivalavirgen y lelo de Siempre el mismo día. Douglas es Basil Fawlty y el Lester de American Beauty, juntos; un square al borde del patatús. Leyéndolo me acordaba sin cesar del templado Jack (Alan Alda) en The Four Seasons (1981), que jamás da rienda suelta a sus emociones (“OK, that’s a problem I have. When I get angry, I overanalyze. You know why I do that?”).
El argumento de Nosotros es tan improbable como apetitoso: Connie decide divorciarse de Douglas, pero antes accede a embarcarse en el Grand Tour europeo que tenían planeado realizar junto a su hosco hijo púber, Albie. Douglas tramará utilizar esa cuenta atrás para recuperarla, pifiándola una y otra vez en el proceso (y entrando en una espiral de majadería según se acerca el final).
Nos citamos para comer con el autor en un céntrico hotel de la Diagonal, y antes de que nos traigan los entrantes ya le hemos soltado lo que sigue:
Los personajes de Nosotros no son tan atractivos como los de Siempre el mismo día: Douglas es muy estirado, Connie es arty y fiscalizadora, el padre de Douglas un robot sin emociones, Angelo es odioso, y Albie, el hijo de la pareja, puede ser un capullo. ¡Menudo reparto!
[ríe] Sí, me han comentado eso antes. Dexter, en Un día, también les resultó insoportable a muchos lectores, mucha gente decía que no entendían qué le veía ella. Cuando escribes guiones siempre te añaden esa nota que dice: “no sé si este personaje es suficientemente atractivo, él no cae muy simpático…”. Pero eso en novelas no importa. Creo que es necesario, de hecho. No estás ofreciendo un compañero de piso; son solo personajes de novela. Lo importante es que sean interesantes, no que nos caigan bien. También hay que apuntar que, a pesar de sus fallos y defectos, a pesar de la pretenciosidad y el mal humor de Albie, de la falta de sensibilidad de Connie… No son mala gente. Douglas, por ejemplo, es un hombre lleno de buenas intenciones, un tipo decente. Está lleno de amor que es incapaz de expresar, y de preocupaciones por los demás. Es un buen hombre que se comporta mal. O quizás “mal” no sea la palabra, sino tal vez “estúpidamente”. Uno, como escritor, tiene que equilibrar ese hecho, porque tampoco deseas que todos tus personajes sean odiosos. Pero sí me gusta que sean tipos difíciles.
Y sus tropiezos les hacen cercanos. Los humanos somos así: tropezamos, la cagamos, volvemos a intentarlo, y somos capaces de las mayores insensateces y de buenas acciones.
Por supuesto. Creo que la cosa cambiaría si, después de todo lo que le ha sucedido, Douglas continuase sin comprender a su hijo, sin ver sus errores, enfrascado en su infelicidad… Eso sería muy frustrante para el lector. No quiero ponerme demasiado estupendo, pero se trataba de que fuese un viaje de aprendizaje [sonríe]. Que emergiera de él cambiado. En los Estados Unidos, por ejemplo, el personaje que peor ha caído ha sido Connie: por ser demasiado dura, ocasionalmente mala e insensible.
Me temo que debo unirme a los yanquis en esa opinión. Yo la odié a primera vista. Una “artista” frustrada con opiniones petrificadas, empatía deficiente y complejo redentor es una receta infalible para el odio.
Creo que a los norteamericanos no les funcionaba que fuese tan dura. Les estropeaba la historia de amor. Pero yo necesitaba un personaje que no fuese tan estable y bueno y sabio como la Emma de Siempre el mismo día; que fuese algo más… Confuso, irresponsable, menos sensible, más egoísta.
Douglas demuestra tenerles bastante ojeriza a los padres hippies y enrollados. Incluso los utiliza como símil: “Ámsterdam es el padre moderno de las ciudades europeas: arquitecto, quizá descalzo y sin afeitar”.
Sí, yo me he topado con algunos de esos padres perfectos. Los que llevan el niño atado al abdomen en esa especie de cosa, y saben qué hacer en cada momento y se convertirán en amigos de sus hijos. Cuando yo era un niño nadie tenía la menor expectativa de que un padre tuviese que ser así. Que fuera algo más que una figura de autoridad, o que pudieses llegar a tener una conversación personal con él. Yo nunca tuve una conversación personal con mi padre, desde luego, ni hablamos nunca de miedos privados, o preocupaciones románticas; nada de eso. Cuando te conviertes en padre aparece esa visión del padre perfecto, pero nunca puedes hacerla realidad. Creo que soy más abierto respecto a mi hijo de lo que mi padre fue conmigo, ciertamente, pero todavía me siento aburrido y autoritario y convencional.
En la novela afirmas que Douglas no cometerá los mismos errores que su padre, pero está predestinado a cometer errores nuevos. O sea: que la vamos a cagar en algún momento, solo que no como nuestros padres. Vamos a innovar.
[Ríe] Exacto. Cuando iba a la universidad me quedó muy claro que todo el mundo sentía la obligación de quejarse de sus padres. De que si eran demasiado aburridos, o demasiado conservadores, o demasiado relajados e indiferentes. Todo el mundo tenía una queja. No recuerdo a nadie que llegase y dijera: “mis padres son la monda [ríe]. Lo hicieron perfecto, me cuidaron de maravilla, se aseguraron de que estuviese seguro y fuese feliz…”. Miro a mis propios hijos y me pregunto: “¿Cuál será su queja?”. Porque nos estamos dejando la piel para hacerlo bien, y asimismo sé que van a haber reproches.
nosotros okA veces me enfado con mis hijos, no porque no coman con educación o se dejen todos los garbanzos, sino porque me están obligando a repetir todos esos imperativos increíblemente aburridos sobre comer con educación o no dejarse los garbanzos.
[asiente] Ya. Creo que uno tiene que escoger muy cuidadosamente las peleas. Yo me muerdo la lengua a menudo, y me digo: “qué más da si miran la televisión durante 5 horas. No es el fin del mundo si utilizan el Ipad en el coche”. Pero a la vez sientes la obligación de forzarles a que separen la mirada de las pantallas de vez en cuando. Me sigue fascinando cómo los niños no demuestran el menor interés hacia el paisaje cuando vamos al campo. Los adultos llegamos a la cima de aquel monte y admiramos las vistas y nos quedamos atónitos, emocionados, aturdidos. A los niños eso se la trae al pairo [ríe]. Me paso la vida sugiriendo que miren esto o aquello por la ventanilla, y ni caso.
Creo que era Louis CK quien dijo que para un niño de hoy una manzana sabe a serrín.
Claro. Leí un artículo donde decían que los niños estaban diseñados genéticamente para rechazar la verdura. La razón por la que encuentran el calabacín detestable es porque necesitan comer lo que les gusta: carbohidratos, patatas, carne… Que la repulsión que sienten hacia las setas viene de su ADN. No sé. Escribiendo este libro me influenció mucho Danny el campeón del mundo, de Roald Dahl. Es un gran libro, e incluye al padre más perfecto de la literatura: un padre guay, que permite que su hijo corra aventuras, que es vivaz y chispeante a la vez que relajado y divertido. Cuando nació mi primer hijo pensé que este era el modelo a seguir: ser sabio a la vez que cachondo y divertido. Pero es agotador [ríe]. Es imposible. Ni lo intentes.
En la novela hablas mucho de cómo los padres de antes no expresaban sus sentimientos, y eran seres algo estancos. Pero creo que su opuesto, el padre molón que todo el día está hablando de sus sentimientos, también es una lata.
Es verdad. Yo soy bastante reservado como padre en algunos aspectos. No me gusta, por ejemplo, que mis hijos me vean preocupado por asuntos de trabajo, o por dinero o cosas así. No quiero que compartamos estas cosas. No me parece sano. Por tanto creo que no me parezco demasiado al padre hippy que comentábamos. En el libro se menciona el dilema del “Te quiero” [sonríe]. La gente les dice a sus hijos que les quieren tantas veces al día que la frase pierde todo significado, se convierte en una especie de “buenos días”. Pero en el extremo opuesto está gente como mi padre, que nunca jamás dijo algo parecido, y habría encontrado mortificante tener que hacerlo. Tiene que haber un punto medio: ser afectuoso y apaciguador sin volverte sensiblero y cursi [ríe].
Douglas rompe un viejo tabú cuando se atreve a confesar que a veces ser padre puede ser increíblemente aburrido. Creo que es cuando está empujando el columpio de Albie.
Sí, durante una época puede serlo. Creo que yo ya he pasado ese estadio, porque mis hijos ya tienen personalidades y responden a estímulos adultos. Pero muy a menudo sentí lo mismo paseando el cochecito, o empujando el columpio… Lo mismo le sucedía a mi mujer, quizás incluso más que a mí. Era algo que buscábamos compartir, para minimizar el resentimiento. Alguien me decía el otro día que estaba en el aeropuerto con tres niños dando voces, hambrientos y no sé qué más, y pensó: “esto no debería haber salido así. Nunca quise algo así. Esta situación es algo a lo que nunca aspiré. ¿Cómo he llegado hasta aquí?”. Y hay momentos así. Piensas en ello cuando reparas en la disminución de horas de lectura, por ejemplo. O cuando te das cuenta de que no vas a poder ver una película de principio a final. Eso resultaba desesperante para ambos.
Creo que es una postura valiente, la nuestra. Que rompamos el tabú y se lo gritemos al mundo: “Esto puede ser un muermo, tíos. Reducid las expectativas”.
[ríe] Se trata de ser como un zoólogo que va registrando todos los pequeños cambios y alteraciones, y comunicándoselos al mundo. Van a caminar en algún momento, no os preocupéis. Van a comer sólidos. No hay misterios ni sorpresas en el asunto. El lado bueno de todo ello es que yo, al carecer de tiempo libre como tal, me convertí en alguien que se tomaba mucho más en serio su trabajo. Era y soy más meticuloso, más concienzudo. Tener hijos me proporcionó una ética de trabajo que no existía cuando mi mujer y yo bebíamos cada mediodía y dormíamos durante todo un fin de semana [ríe]. Esa es la paradoja: que saco adelante mucha más faena ahora que cuando tenía todo aquel tiempo libre.
La dificultad de concentración se intensifica cuando tu hijo está tocando una pieza de improvisación dadaísta con un martillo en un piano desafinado.
[ríe] Sí. Y no son solo los hijos. Vivimos en una época de distracciones omnipresentes. No hay forma de meterte en algo sin que sientas en el hombro el tap-tap de las redes sociales.
Twitter, que utilicé durante solo dos semanas por imperativos laborales, quizás sea el invento más tonto y decepcionante de los últimos 100 años. Un gran pozo de vacío. Y acusicas. Vacío y acusicas.
Lo es. Es decepcionante. Y es verdad: parece estar basado en conflicto, en una gran parte. Te metas donde te metas, siempre hay alguien peleándose por alguna gilipollez. Y te sorprendes admirando la trifulca desde las gradas. Yo me siento como si hubiese topado con una riña callejera, y me quedara allí de espectador, sin involucrarme en ello. Esa tendencia, propia y ajena, la encuentro muy escuálida y vergonzosa. Yo también duré solo dos semanas en Twitter, es curioso.
¿Recuerdas Deconstruyendo a Harry, cuando Woody Allen desciende los círculos del infierno y va topando con toda la gente detestable del mundo? Creo que en el último piso están los comentadores anónimos de internet.
Eso es lo peor del universo, ¿verdad? Además: es inútil. Nunca cambiarás la mentalidad de alguien, y mucho menos así. Nunca jamás alguien ha entrado en un debate online y ha dicho: “Caramba, tienes toda la razón. Yo creía otra cosa pero me has convencido, colega. Gracias por tu perspicacia” [sonríe]. No va de eso. Va de pelearse, o admirar las peleas de otros mientras comes palomitas. Es indigno.
nosaltresdavidnichollsVolvamos a Douglas. Él es un tío normal, en el sentido más extenso de la palabra. Su completa normalidad se antoja horripilante en algunas ocasiones. Me recordó un poco a Reginald Perrin, el oficinista abúlico por excelencia.
Crecí leyendo a Jonathan Coe, David Nobbs, David Lodge… Y todos ellos suelen escribir sobre tipos normales y asalariados. Supongo que él es así, pero decidí escribirlo en primera persona para que el lector fuese consciente de que hay algo más en Douglas, que tiene más profundidad de la que aparenta. Si solo te enfrentases a su comportamiento y a las cosas que dice te resultaría insoportable, pero como tienes acceso a su mente… Esa es la mayor ventaja de escribirlo en novela y no en guión, porque tienes acceso a su vida interior y puedes ver la pasión, la preocupación y el cariño. Esa tradición inglesa de tío normal desquiciándose un poco está bien presente en Nosotros. Y también la tradición americana de El graduado, o las historias cortas de Cheever, o Mad Men, o Breaking Bad. Oficinistas, individuos normales, que llegan a un punto de ruptura y se desmoronan. Vi Breaking Bad mientras escribía Nosotros, y pensaba continuamente en ese tipo de hombre que tanto quiere a su familia, y sin embargo lo expresa de esa forma grotesca.
Has conseguido crear a alguien aún más normal que Reginald Perrin. Porque Reggie parecía un tipo convencional, pero en realidad estaba medio tarumba. Douglas es más estable.
Perrin tenía, en efecto, todas aquellas visiones y aquel mundo interior de fantasía. Y cuando sufre su depresión no es una sorpresa, porque todo en la novela nos encaminaba hacia esa ruptura. Pero Douglas no quiere cambiar. El cambio, la ruptura, son para él actos forzados, imposiciones del entorno.
No me gusta mucho la palabra square, pero Douglas es el perfecto square. Un tío cuadriculado.
Creo que esa es la razón por la que quise que Claire estuviese involucrada en arte y danza y música y todo eso. En Un día había una banda sonora que ambos protagonistas compartían, con las canciones favoritas de ambos, etc. La música era un paisaje más de la novela. En el caso de Douglas, él no necesita música. Le gusta Mozart, pero no lo registra. Quería hablar de un hombre apasionado que sin embargo no cree en la cultura. Que no entiende todo eso del arte. Desde luego no es un tipo cool. En gustos, en su cultura, en su ropa… No encaja y ya está. También me parecía gracioso lo de escribir narrativa sobre un señor a quien no le gusta la narrativa, y que a su manera consigue contar una historia de manera amena.
El lector se sorprende vitoreando su obsolescencia. Su actitud es un gran “A la mierda” a los enrollados del mundo.
[carcajada] Quizás me estoy haciendo viejo, pero siento lo mismo que Douglas, y la sensación va en aumento. Me siento un poco fuera de lugar. Antes no había un solo sitio en Londres donde me sintiese intimidado, no había un restaurante que fuese demasiado moderno o demasiado juvenil para mí. Pero hoy en día me veo obligado a aceptar que en algunos sitios no soy bienvenido [ríe]. O quizás se trate de mi crisis de los cuarenta, vete a saber.
En algún punto de nuestras vidas muchos descubrimos que el gusto era irrelevante. Que no había una relación directa entre los tíos más hilarantes o buenos que conocíamos y los discos que escuchaban o los libros que leían. Quizás por eso nos gusta Douglas.
El propio Douglas admite que cuando conoció a Connie todas sus conversaciones giraban en torno a películas favoritas, libros favoritos, discos favoritos… Es un periodo donde se presupone que la apreciación artística es una expresión de quién eres. Eso es muy importante cuando ellos se conocen. Y además hay intercambio cultural, porque él le habla de ciencia y ella le enseña cosas de arte a él. Pero con los años todo eso se vuelve insignificante, deja de tener importancia. No sé. Desde luego, como rasero para juzgar a la gente el gusto es completamente irrelevante. Pero a la vez, opino que ese participar en el visionado de los mismos filmes, y discutirlos luego, e ir a galerías de arte o museos, y hablar de ello después, se convierte en un catalizador de otras cosas. Por eso tantas parejas lo hacen. Es una conversación.
Una excusa para hablar del mundo y de ellos mismos.
Sí. Me gusta cuando mi mujer me lleva a una exposición y me habla de ella, porque sabe más que yo de estas cosas y es una provocación. Me obliga a pensar en otras cosas, fuera de mi zona de confort. Pero lo de llegar a casa de alguien y husmear en su colección de discos… Se me antoja irrelevante, en efecto.
Es un posicionamiento muy pasado de moda. Suena a Oscar Wilde diciendo alguna de esas memeces ofensivas como: “si quieres saber cómo es alguien, mírale los zapatos”.
Debería ser: “Si quieres ejercitar todos tus prejuicios y ser un fanático cerrado de mente, mira los zapatos” [ríe].
Mi punto de máxima irritación respecto a Connie llegó con su confesión de adulterio. O sea: ¿por qué la gente siente la compulsión de soltar toda esa “sinceridad estúpida”, como dicen en Peep Show?
Cierto. Ese adulterio es algo interesante de todos modos, porque el lector vería la misma tensión creciente entre ellos incluso si jamás hubiese tenido lugar. Supongo que lo dejé porque es una pista sobre la infelicidad que ella siente. Una infelicidad que siempre estuvo allí, desde el principio de todo, aunque en el fondo tuviesen un buen matrimonio. Ella siempre sentirá esa necesidad de novedad, de cosas frescas, de excitación. Creo que es más o menos adecuado que ella confiese. Desde la óptica del novelista, más aún, porque el lector necesita saber lo que sucedió [sonríe]. Creo que la reacción de él también es muy significativa: su desaprobación y pesadumbre por lo que ha sucedido no tienen tanto peso como su deseo de conservarla. Creo que eso no es una muestra de debilidad. Su rabia queda ahogada por su ansia de que todo vuelva a estar bien. Y le sale mal, porque ella al final se va, pero incluso así… Tienes razón en lo de Connie, pero sigue sorprendiéndome la cantidad de gente que no la soporta. Porque yo la quiero [sonríe]. Creo que es buena persona, que se casa pese a tener sus dudas, que comete varios errores a lo largo del periplo pero que en el fondo es bienintencionada. Si tuviese que reescribir la novela quizás la haría algo más considerada y cálida [ríe]. Pero a la vez me gustan su desapego y serenidad. Me gusta que sea algo cínica, que esté hastiada, que no sea melindrosa, que sea cariñosa pero no blanda.
Bueno: a cualquiera que haya abandonado su inclinación creativa innata para criar una familia o conservar un matrimonio podemos perdonarle un poco de amargura, ¿no? Connie aparca toda su ambición pictórica por su marido e hijo, no lo olvidemos.
Sin duda. Y a la vez, él es un tipo decente, pero exasperante. Muy exasperante. Y se frustra más según se va haciendo mayor. Cuando se conocen, ella cree que puede cambiarlo, y hasta cierto punto lo consigue. Pero la madurez le hace más controlador, y más estrecho de miras. Hasta que, por supuesto, tiene que replanteárselo todo tras la partida de ella.
Exasperante es la palabra. ¿Crees que esa incapacidad de Douglas para expresar sus sentimientos es inglesa por definición?
Quizás sí. La otra cara de eso es que, a pesar de que Douglas es muy convencional y algo estirado, se lo toma bastante a risa y es consciente de sí mismo y de su circunstancia. Quiero creer que si la incapacidad de expresar sentimientos es una característica británica, también lo es la ironía que por lo general la acompaña. Y el pitorreo hacia uno mismo, y la capacidad de autorridiculizarse. La ironía está en la diferencia entre lo que siente y en cómo decide expresarlo. Eso es británico. La manera en que sus sentimientos siempre se expresan discretamente, y con un cierto bochorno. Asimismo, como te decía, muchas de las influencias eran americanas, no inglesas, así que tampoco quería exagerar esos rasgos a lo Colin Firth que tiene el protagonista; a pesar de que esa es la voz que suene en tu cabeza cuando lo lees. Y por otro lado, si pienso en mis amigos ingleses de hoy en día, creo que todos son bastante abiertos, y cariñosos.
Quizás es un rasgo nacional que (por desgracia o por suerte) se ha ido perdiendo con el paso del tiempo, como un determinado acento local o un oficio obsoleto.
Tal vez. Douglas es un poco mayor que nosotros, pero tampoco tanto. Es también un tema de clase social. Él viene de una clase media almidonada, nada artística, de no resaltar… El término “clase media” en el Reino Unido puede significar un montón de cosas. Puede implicar un cierto tipo de bohemia respetable, o puede ser señal de ultraconservadurismo. Y Douglas es más del lado conservador. En estos momentos estoy trabajando en la adaptación de las novelas de Edward St. Aubyn sobre la clase alta inglesa, y me he dado cuenta de que a la nobleza no le quedó otro remedio que adaptarse a los nuevos tiempos. Porque en ellas nadie, nunca jamás, dice lo que piensa. No hay un solo momento de sinceridad, de franqueza, en ninguna de las cinco novelas de St. Aubyn. Nadie verbaliza cómo se siente en ningún momento. Y es una faena. Porque al realizar un guión solo puedes escribir lo que la gente dice, y ellos nunca dicen nada sobre ellos. Por eso decía que Douglas queda más simpático, porque lo que dice (que a menudo es terrible) queda atemperado por lo que piensa, que es mucho más profundo o sensible.
El tomarse a mofa a uno mismo quizás sea mi rasgo favorito del “carácter” inglés. Lo de no temer ridiculizarse, y quitarse solemnidad mediante la befa. Douglas lo hace continuamente.
Eso cambió mucho de la primera versión de la novela a la segunda. En el primer borrador, Douglas no pillaba por qué la gente se reía de él, no era capaz de racionalizar por qué era absurdo lo de sellar con cola instantánea el Lego de su hijo… Pero según progresó el borrador, se volvió más consciente de su circunstancia, y precisamente por ello mismo, más capaz de cambiar. Y también se convierte en alguien más divertido, por descontado.
Dice mucho del género femenino que a la hora de explicar por qué están con un hombre, la respuesta a menudo sea: “porque me hace reír”. Connie lo dice de Douglas. Eso le llena a uno de esperanza.
El libro se está leyendo ahora en clubes de lectura por toda la Gran Bretaña, y eso aparece a menudo. A pesar de que Connie es quien desea ser libre, y escapar, y empezar una nueva vida, muchas de las lectoras son del Equipo Douglas [ríe]. Se ponen de su lado porque es divertido, y cariñoso, atento y gentil y decente. Aunque uno se pregunta si en la vida real no se volverían locas al intentar compartir su vida con alguien como él. Muchas lectoras también me dicen: “Yo me casé con un Douglas”. Alguien que nunca dice lo que piensa, es controlador, siempre se preocupa por algo y es incapaz de relajarse. Parece que existen muchos Douglas sueltos.
En tu libro aparecen muchas obras de arte. Por lo común, las descripciones de cuadros o esculturas en las novelas me hace sentir ganas de escapar a las colinas, pero nunca sentí algo parecido con Nosotros. Quizás sea la voz no-pomposa e inexperta de Douglas.
Me daría mucho miedo escribir como un experto de arte, pero me siento perfectamente cómodo utilizando esa voz. La de alguien que se siente excluido del arte, que se pregunta “no sé si lo pillo, no sé si debería emocionarme, cuánto rato se supone que debo estar admirando esto”. No hay pavoneo alguno en este tipo de escritura sobre arte. Pero a la vez no quería que fuese anti-arte moderno, porque eso es un cliché terrible, “esto lo podría haber pintado un niño”, y tal.
“No sé mucho de arte, pero sé lo que me gusta”.
Exacto. Él nunca diría algo así. Solo siente que es un lenguaje que no controla. No lo desaprueba ni cree que es ridículo, pero tampoco sabe cómo descifrarlo. Es un lengua que no habla.
Eso también es una admisión muy humana. A mí me sucede con el teatro.
Y a mí con el ballet. Y en cierto modo lo que siento ahora por el ballet y la danza se parece mucho a lo que sentía por el arte. No empecé a ir a galerías de arte hasta bien entrada la veintena. Como el lenguaje no jugaba parte alguna, mis observaciones sobre las obras eran increíblemente banales. No sabía que decir ni que hacer, y era el que recorría el museo más rápido que los demás [ríe]. “No puedo pasar tres horas yendo de sala en sala”, me decía. ¿Tú vas a exposiciones de arte?
A veces. Si mi mujer me obliga. Pero por desgracia siempre me acuerdo de aquella frase lapidaria de Julie Burchill: “No conozco a nadie cuya vida haya cambiado tras mirar un cuadro”.
Ya. Lo mío siempre han sido los libros, las películas y la televisión. Ahora que entiendo lo suficiente de arte, entiendo que no es para mí [sonríe]. Y te lo diré susurrando: creo que me pasa lo mismo que a ti con el teatro. No soy un amante del teatro. Siempre encuentro las actuaciones demasiado afectadas, y las obras demasiado largas.
Es una pena, ¿verdad? Porque escritas están la mar de bien. Pero cuando veo a todos esos tipos afectados pegando berridos con mis frases favoritas…
Si. “¿Podéis hablar un poco más bajo, por favor?”. Y lo peor es cuando detecto que los propios actores se están aburriendo. Eso es algo que jamás sucede en el cine. Actores adentrándose en la rutina. Pero en el teatro se ve muy claro cuando empiezan a actuar de forma mecánica, sin ninguna pasión. Quizás soy capaz de detectarlo porque de joven actué bastante. Y soy capaz de percibir cuando los actores están pensando en el pub de después [ríe].

Kiko Amat

(Entrevista publicada previamente en formato breve en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 21 de marzo del 2015. esta es la versión extralarga, sin cortes, en exclusiva para Bendito Atraso)