Il poverello: vida y milagros de San Francisco de Asís

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Una aproximación burlesca al popular santo italiano del siglo XII, fundador de los Franciscanos y amante del averío.

1 San Francisco de Asís era el santo más venerado en mi casa. Cuando digo “más” lo que quiero decir es “único”, y cuando digo “venerado”, lo que quiero decir es que teníamos un tablón para llaves con su efigie en la puerta. Un bibelot de hierro con la figura del santo en incómoda pose oratoria, y la leyenda: “San Francesco proteggi la nostra casa”. No la protegió muchísimo, que digamos, pero eso ahora no viene al caso.

Tell it to the birds, Frankie

San Francisco de Asís había sido designado Guardián de las Llaves del Piso porque, cuatro generaciones atrás, alguien decidió que todos los primogénitos varones de la familia seríamos ungidos con su nombre y, es de suponer, arropados en su halo. Yo fui el cuarto, y en mi carnet de identidad aún puede leerse “Francesc d’Assís”. No quise laicizarlo; no sé muy bien por qué. Tal vez porque me iba bien ser asociado a un santo cuyos atributos y valores eran el perfecto opuesto de los míos (empezando por la humildad y terminando con el perdón; lo de la pobreza sí coincidía, muy a mi pesar). Tal vez porque San Francisco de Asís fue uno de los santos más friquis de todo el tinglado, y yo empezaba a transitar esa senda.

Ustedes dirán que todos los santos eran friquis, y tendrán parte de razón. Los había bizarros, volcánicos, sicalípticos, masoquistas (casi todos), homicidas, homoeróticos, incluso andaluces. Pero San Francisco de Asís era friqui de un modo muy particular. Una especie de nerd ultramotivado y asmático que nunca paraba quieto: un día entregaba sus ropas a un leproso, el otro te levantaba una iglesia, al tercero montaba una banda y al cuarto impartía doctrina a unos pajarracos. Hoy en día alguien así, por descontado, sería diagnosticado con Trastorno Bipolar. No se rían: los trastornos graves de personalidad eran un requisito laboral indispensable para los cristianos old school[1]. Cualquier definición estándar sobre sintomatología bipolar suena a currículum vitae de San Francisco: “excitación excesiva, percepción de grandeza, irritabilidad, falta de sueño, aumento notable de energía, pérdida de energía, verborrea, tristeza, ansiedad, llanto incontrolable, cambios en el apetito y pensamientos suicidas”. Pero en época de nuestro santo no sabían un carajo de psiquiatría elemental, así que le santificaron.

2 San Francisco de Asís no era un segundón. Era más tipo Rolling Stones que tipo Los Brincos. Algunos incluso lo definen como “el santo más popular del mundo cristiano”. Ya en su tiempo le conocía todo el mundo, y tenía más alias que un gánster siciliano: “el poverello”, “el hermano seráfico”, “Bird-Talking Frankie”[2]

Nació en el siglo XII de familia noble, un hecho que en aquellos tiempos extendía considerablemente la esperanza de vida. Su madre, Domina Pica, le dio a luz en el año 1182, bautizándole con el nombre de Giovanni (Juan). Su padre era Pietro Bernardone -definido por los historiadores como “vendedor de telas”; una especie de Amancio Ortega avant la lettre– y estaba de viaje por Franconia (Francia) cuando nació el bebé. Lo primero que hizo Bernardone a su regreso fue cambiarle el nombre al niño, por sus patriarcales cojones. Le llamó Francisco, un nombre “hasta entonces inexistente”, como nos cuenta Santiago de la Vorágine en La Leyenda Dorada[3]. De la Vorágine procede, con su verborrea habitual, a citar las siete razones (inventadas) por las que su padre le llamó así, pero a nosotros solo nos interesa saber la verdadera: que era un afrancesado.

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Francis en su etapa pija, saliendo del Up&Down con Piluca Ordóñez-Watterson

Los primeros años de vida de François se leen como un cuadro de costumbres del pijerío umbriense del momento. Francisco “vivió entregado a las vanidades del mundo” y, según Herman Hesse (quien escribió su biografía en el año 1904), “con tempestuoso afán se lanzó a la vida”. Lo que significa que no dejó lupanar sin arrasar, infiel sin ensartar ni lechón relleno sin vomitar. “Se ejercitó en el uso de armas y en el canto, gastaba mucho dinero y vivía en todo como un perfecto joven de la nobleza”. Según todas las fuentes consultadas, Francisco se pasaba el día bailando, folgando, escuchando el hit parade (“las dulces y poderosas canciones de los trovadores francófonos”) y practicando esgrima. No pegaba palo al agua. Parecía un borbón.

Las cosas se torcieron para François cuando, a los veinte años, “el Señor lo castigó con el azote de una enfermedad”. De la Vorágine es parco en prognosis médica, pero de la vaguedad de sus palabras, y conociendo la afición del muchacho por el asueto genital, solo podemos colegir que pilló la sífilis (adecuadamente conocido como “mal francés”). Un poco cabizbajo por el estado de sus colgajos, Francisco “empezó a notar que de una vida de permanente jolgorio no podía nacer ninguna satisfacción ni calma interior”. Así y todo, una vez curado, se marchó raudo a guerrear y prostibulear junto a un tal Walter de Brienne, conde, en defensa del Papa legal, y contra esos sinvergüenzas de Perugia. Los perusinos no tardaron en apresarles y arrojarles a todos, condes o no, de morros a la más inmunda mazmorra.

Allí topamos con el primer síntoma de inestabilidad mental del futuro santo: mientras sus compañeros de cautiverio lloraban y se quejaban de las penalidades del meko, él iba por allí cantando y danzando como un enajenado, tal vez creyendo que se hallaba en una suite del Trump Plaza repleta de camellos, raperos y furcias. Cuando los otros reos, tan preocupados por sus cabales como irritados por el hilo musical, le preguntaron qué narices canturreaba, Francisco, en un arrechucho prima donna digno de Freddie Mercury, les espetó (declamando, posiblemente en francés) que “seré santo, y como santo se me dará culto en el mundo entero, siglo tras siglo” (vaya con la “humildad” del amigo).

3 Tras un año de cautiverio, una vez liberado, Francisco escuchó la “voz de Dios”. No se conservan registros de la conversación, pero Dios le debió leer la cartilla de un modo temible, porque el chico llegó a casa febril, sin armadura (se la había regalado a un mendigo) y más deprimido que un makinero en martes.

Sus amigachos duelistas, que le habían montado un comité de recepción despampanante, le dijeron que se animara, leches, que de perdidos al río (“esperaban volver a llevar con él una vida regalada a costa de sus despilfarros”), incluso prepararon un festín en su honor. Dicho y hecho: allí “se empinó el codo con júbilo y estrépito”, y, cuando estaban todos “borrachos y locos de contentos”, según Hesse, se dispusieron a realizar el típico vía crucis beodo “por las callejuelas dormidas”, con posible linchamiento final de plebeyo, que tanto divertía a los señores feudales del momento.

Aquella misma noche, los amigotes de Francisco se dieron cuenta de que su colega y patrocinador se había quedado atrás, y se pusieron a buscarlo. Cuando lo hallaron, en pleno bajón, tirado de cualquier manera en una calleja, Francisco les soltó a sus amigos, con mirada melancólica, que estaba buscando novia. Los compadres estaban ya lanzando vivas y planeando el acopio de narcóticos para la despedida de soltero, cuando Francisco les dejó lívidos al añadir que su novia sería “la pobreza”, y que por la presente renunciaba a su vida anterior. Adiós Lobo de Wall Street, hola santurrón abstemio. Muchos se rieron y sacudieron la cabeza “como si se tratara de un loco”, que es exactamente lo que su amigo era, pero Francisco se “arrojó con renovado ardor amoroso al seno de Dios”. Quizás incluso exigió que le devolviesen la visa, y de malas maneras. The party was over.

Sí, son Closet. No, yo ya no los quiero, tío. Todos tuyos.

4 El modus operandi de San Francisco, la exuberante enajenación vital y espiritual que le haría famoso, empezó tras aquella fatídica noche de parranda abortada. Las secuelas del brote se hicieron visibles en la nueva triada de aficiones de nuestro hombre: morrear leprosos, comer con indigentes y canjear su ropa con mendigos. Naturalmente, se trataba de manía bipolar pura y dura. También regaló la mayoría de sus pertenencias, caballo incluido, al cura de una capilla ruinosa, la de San Damián, a quien no conocía ni de hola y adiós. Nuevas alucinaciones esquizoides se sucederían: el Cristo crucificado de dicha capilla estaba locuaz aquel día y de golpe le soltó: “Francisco, como ves, mi casa está a punto de desmoronarse; repárala” (en este punto es imposible no imaginar al párroco agachado bajo el altar, megáfono en boca). Como un acólito de la secta Moon, Francisco obedeció sin chistar al nazareno de madera y vendió el resto de su patrimonio, incluso echó mano (con bastante desfachatez) de parte del de su padre.

Don Bernardone, que ya era el hazmerreír de Asís por el comportamiento alelado de su hijo, cuando le vio aparecer por el pueblo sin un centavo ni un presupuesto de obras aceptable, y para colmo acompañado por una turba choteante (“llegó bajo el griterío y las burlas del pueblo”), montó en cólera. Según De la Vorágine “lo encerró en casa y lo sometió a vigilancia muy estrecha”; según Hesse “lo pegó y torturó y encerró en un oscuro rincón de su casa”. Creamos a quien creamos, es indudable que al mozallón se le cayó el pelo.

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¿Qué pasa, papaíto? Estaba en la ducha.

No satisfecho con aquello, el padre, quien durante el embarazo de su señora tal vez había consultado el libro del Dr. Estivill, cogió y denunció al hijo ante un tribunal religioso. Nuestro Francisco, drama queen extraordinario, vio allí una oportunidad de oro para teatralizar todos sus delirios de una sola tacada: en mitad de la vista se puso en pelota picada y, entre grandes aspavientos, le devolvió toda la ropa a su padre[4]. Sin lavarla antes. Como imaginan, salió vivo de allí de milagro (ver el fresco de Giotto correspondiente). Luego “cubrió su desnudez con un saco que le servía al mismo tiempo de vestido y de cilicio” (a cada paso que daba, la basta arpillera debía ir raspando prepucio de un modo atroz) y se volvió a la capilla ruinosa para empezar a poner pladur y azulejos (en el biopic de Franco Zefirelli de 1972, Hermano sol, hermana luna, este era el momento en que empezaba a sonar de fondo la vomitiva canción homónima).

Para él ya era imposible volver atrás. Ese nuevo Francisco (ornitófilo, poeta místico, predicador internacional, mago, zahorí amateur) era el Peter Parker post-picadura araña: un nuevo ente. Mucho más perturbado, no hace falta decirlo. Adquirió superpoderes, se fabricó un nuevo traje, escogió el peinado más locatis del catálogo (roscón capilar de reyes con cúpula rasurada), abandonó el uso regular de calzado confortable y, quijotescamente, decidió ir por el mundo a deshacer entuertos y soltarles filípicas a las oscuras golondrinas (que presumiblemente habían vuelto de su balcón sus nidos a colgar).

5 Al igual que Manson con Death Valley, Francisco buscó y halló un refugio: la pequeña iglesia de la Porciúncula, a donde le siguió una docena de fans (su Family). A esos nuevos Commitments que acababa de reclutar, Francisco les llamó Joculatores Domini, que suena a obscenidad tipo Semen-Up pero que no significa nada más que Juglares de Dios. Junto a ellos trabajó la tierra, peregrinó por los alrededores ofreciendo “bondad y consuelo”, oración y “alegres canciones” (que yo imagino exactamente igual que las de Mocedades). Hesse nos apunta que de esas “andanzas”, la pandilla siempre regresaba a la Porciúncula para regocijarse “de todo corazón en su mutuo cariño y amistad”. Así es.

Y asimismo, a Francisco, pese a que tenía “mentalidad sencilla de niño” (Hesse no se atreve a decirlo más claro), no se le escapaba que, por mucho menos de lo que estaba montando él con sus doce magníficos en la Porciúncula, la Santa Sede había quemado a miles de personas, incluso a algún país entero. Para colmo, las malas lenguas empezaban a chasquear: lo tachaban de “seductor de la juventud” (la pedofilia era una entrañable costumbre eclesiástica, ya entonces) e “infamador del amor filial”.

Notando el tufo a chamusquina en su saco de arpillera, Francisco, acompañado de su Big Band, decidió ir a ver al Papa Inocencio III para que legalizara su partido. Corría el año 1210. Su viaje hasta Roma debió estar plagado de premoniciones ominosas y descomposición intestinal, pues Francisco sabía que a Inocencio III (“un violento luchador”) jamás le había temblado el pulso a la hora de saquear ciudades (Constantinopla, dos veces), sofocar movimientos herejes (los cátaros, a quien sometió en varias matanzas durante la Cruzada Albigense) y montarse su particular anschluss genocida (repetidas cruzadas en Tierra Santa y tierras hispanas).

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No, no, es fascinante. Continúa, hijo mío.

Pero una vez allí, contra todo pronóstico, Inocencio III (quien, según Hesse, era “en casi cada cosa lo opuesto a Francisco”) decidió, tras mucho cavilar, no flamear a Francisco y sus alegres muchachos, y bendijo su quehacer. Mi teoría es que les venció por aburrimiento. El fresco de Giotto adyacente[5], aunque plasma otra visita Papal (la que le hizo a Honorio III), nos da una idea del efecto que debía tener la chispeante retórica de Francis en todos aquellos Papas y cardenales copiosamente almorzados.

De vuelta a Asís, la Family se instaló en una “choza” llamada Rivotorto y, según iba corriendo la voz de que su doctrina no era punible con hoguera, sus filas empezaron a aumentar. Cuando el Rivotorto ya parecía el festival de Woodstock en el día fuerte, Francisco decidió hacer ampliación de capital, y transformó los Joculatores Domini en una hermandad masiva, que bautizaría con el nombre de Orden de los Frailes Menores. Dejó de ser punk rock y fichó por multinacional, por decirlo en términos pop. Incluso estableció franquicias femeninas (las Clarisas, en 1212, bajo el mando de Clara de Asís) y, como U2, se embarcó en un tour mundial (a Tierra Santa, cómo no). A su regreso decidió también reducir aún más las dificultades que entrañaba la pertenencia a su orden y montó una versión edulcorada del tema, rebajando ayunos, celibato e incómodos latigazos, a la que llamó Terciarios. Por si todo esto no fuese suficientemente extenuante, en un raro momento de ocio decidió sacarse de la manga una flamante tradición cristiana, y montó un belén. De verdad; viviente, no metafórico.

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Salvatore, en una escena descartada de El Nombre de la Rosa

6 En el periodo comprendido entre su arrebato exhibicionista y la fundación de los Terciarios, nuestro Francisco, no haría falta decirlo, realizó infinidad de milagros, como el Santo en ciernes que era. Algunos de ellos fueron obras prodigiosas, y la mano que los conjuró llega a nuestros ojos como una mezcla de Cocodrilo Dundee y Ángel Cristo[6]. Otros emitían un hedor inconfundiblemente low cost e improvisado (aunque no tanto como los de Don Bosco, alias “multiplicador de castañas” y “sanador de miopes”). Otros más eran solo majaradas inexplicables. Les cuento solo uno de esta índole: en una ocasión, el diablo probó suerte suscitando en él una “fuerte tentación carnal”. Francisco, al sentir “el aguijonazo de la concupiscencia”, se despojó de su túnica (lo del nudismo era realmente un tic cargante de este hombre), tomó en sus manos “una soga muy dura” y comenzó a azotarse, mientras berreaba: “¡Hala, hermano burro, esto es lo que necesitas: ramalazos y más ramalazos!”. Aquello solo sirvió para una cosa: provocar la risa en el lector moderno. El asta de Francisco seguía izada aquel día, y nuestro santo no vio otra solución que abalanzarse sobre la nieve y hacer la croqueta, a ver si así remitía el priapismo. Nada: su masculinidad seguía sacando la cabeza de entre la nieve por mucho que la enterrara, como un embarazoso periscopio cárnico. Finalmente, Francisco, entrando ya un momento decididamente Psicosis, construyó “siete grandes monigotes” de nieve y se puso a simular que eran su familia y criados, procurándoles ropa y comida. De la Vorágine nos relata que el diablo se marchó “confuso y avergonzado”, pero yo lo imagino más bien emitiendo sonoras carcajadas y dejándolo por imposible.

7 Hablemos de soledad. En mi opinión, la soledad es un bien maravilloso con el que Dios quiso premiar a los misántropos del mundo, pues suyo será el reino de los cielos. La soledad es la forma que tiene Dios de decirnos que aprueba lo de que mandemos a los pesados y los cursis a freir espárragos. Siguiendo ese razonamiento, debemos colegir que quizás Dios no veía con tan buenos ojos los “quehaceres” de Francisco. Tal vez incluso consideraba sus métodos “absurdos”, como decían en Apocalypse Now del Coronel Kurtz. Les contaré el porqué de mi hipótesis:

Estamos en el año 1224. San Francisco había llegado al fin a la misma conclusión que los hippys desencantados de los años sesenta: las comunas son una idea excelente sobre el papel. Nada más. Francisco, que se había convertido en “padre de miles”, empezaba a estar hasta las mismísimas gónadas de aquella muchedumbre piojosa que se le comía los yogures (incluso los que había marcado claramente con su nombre) y que trataba de acompañarle cada vez que se excusaba en busca de una mínima paz. “Su asediado corazón”, nos dice Hesse, “huía con más frecuencia e ímpetu que antes hacia el silencio y la soledad”.

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¡Llamas a mí!

Como el Brian de La vida de Brian, Francisco decidiría al fin tomar las de villadiego, insistiendo en que, por el amor de lo más sagrado, dejasen de darle la vara todos ellos de una maldita vez. Los hombres le obedecieron, pero no así Dios. O Él no pilla las indirectas o, como sugería, buscaba darle un escarmiento. Francisco se internó en el bosque del monte Alverno y, justo cuando se acuclillaba tras un olmo y suspiraba de satisfacción al prever el primer movimiento intestinal privado del que había disfrutado en años[7], se le apareció “el Crucificado”[8]. Hooo-liiiii. San Francisco metió lo que estaba haciendo hacia dentro otra vez, pero el altísimo, no contento con haberle truncado el tránsito y casi provocarle un fatídico ataque al corazón, le confirió allí mismo “los sagrados estigmas”. Sí: las llagas de la crucifixión, desde entonces “permanentemente impresas en sus miembros”. Menuda bromita. La cosa le alegró tanto, a Francisco, que se quedó ciego “de tanto llorar”. Alguna gente le espetó (de forma bastante sensata) que si las lágrimas eran la causa directa de la ceguera tratase pues de reprimirlas, pero él les dijo que no y que no; que estaba sonando su canción.

Sus seguidores parecían no estar muy familiarizados con el significado de la palabra “no”. Seguían allí, plantados y “ayudando”. Viendo que el viejo empeoraba a ojos vista, y que incluso estaba empezando a componer poesía[9], decidieron llevarlo, a rastras si era necesario, a Monte Colombo y a Rieti. Se acerca una de mis historias favoritas de la biografía: en un pasaje que es mitad medioevo salvaje, mitad Miguel Strogoff, los médicos “no supieron hacer más que quemarle la frente con un hierro candente”. Muy civilizado. Francisco previó sus repugnantes intenciones cuando los vio entrar en la cabaña “con la espantosa herramienta”, pero no se arredró, porque se le acababa de ocurrir un plan infalible. Cuando notaba la cercanía del espadón al rojo vivo, soltó esto: “¡Oh, hermano fuego, bello eres entre todas las criaturas! Siempre te quise, así que sé misecordioso ahora tú conmigo”. El fuego aquel debía ser un poco duro de oído, pues “el terrible punzón” procedió de inmediato a carbonizarle la faz. Tanto Hesse como De la Vorágine eluden comentar sobre el resultado de la operación, pero podemos deducir la forma en que emergió del quirófano nuestro santo amigo al leer en el siguiente párrafo que Francisco “sentía cercana su muerte” y “se hizo llevar con gran suplicio hacia su ciudad natal de Asís”. Gracias, medicina moderna.

Ya en Asís, Francisco, hecho un Ecce Homo, con las cejas echando humo y comprensiblemente molesto con su médico de cabecera, pidió a sus acólitos que le tumbaran en el “desnudo suelo” y se dispuso a esperar la muerte. Cuando al fin la vio acercarse, incapaz de mantener la boca cerrada ni en esas acíagas circunstancias, abrió los brazos y soltó: “¡Oh, hermana muerte, bienvenida seas!” (Francisco usaba más “hermanos” al hablar que un miembro de los Black Panthers en 1969). El truquito, en todo caso, le funcionó igual de bien que con el Hermano Fuego y, según De la Vorágine, falleció allí mismo.

Hideputas, ni muerto me dejan en paz

8 Herman Hesse nos regala una escena post-créditos: cuenta que Francisco, antes de expirar, alcanzó a pedir un cambio de billete in extremis, esta vez de vuelta a la Porciúncula (“su lugar preferido”). Allí sí murió de una vez, el día 3 de octubre de 1226. Cubierto de “una gran bandada de alondras”, cómo no, lo cual le debía costar otra fortuna al ayuntamiento en costes de eliminación de excrementos. Se sucedió el habitual piromusical cristiano con la subida del santo al cielo: serafines alados, carros de fuego, truenos y relámpagos, rúas de drag queens, etc.

Su santificación llegaría mucho antes de lo habitual, en julio del 1228, solo dos años después de su muerte. Gregorio IX[10] entendió que, si no le santificaba de inmediato, San Francisco pasaría a la historia como un majara inofensivo-nudista o un babieca cenizo con discutibles hábitos higiénicos, y se apresuró a darle el título.

De la Vorágine, incapaz de dejar las cosas como están, nos dedica en La leyenda dorada dos páginas más de milagrería post-mortem. Un listado de todos los prodigios que realizaron de un lado al otro del globo la inexplicable cantidad de reliquias que se sacaron del santo, así como agua bendecida por él, medallones y estatuillas. No deja testimonio en ningún lado de los posibles atributos milagreros del tablón de llaves de la vieja casa de mis padres. Como sospechábamos.

Kiko Amat

[1] Pablo de Tarso, Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”: brote sicótico de manual.

[2] Me he inventado el último, de acuerdo.

[3] Famosa selección de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago (o Jacobo) de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del XIII. Aparecen 180 santos y mártires. El libro fue un best-seller de la Edad Media (aunque no era una época de alfabetización universal, precisamente).

[4] Yo en esta escena, en mi biopic mental, visualizo a Roberto Benigni en el papel de Francisco.

[5] En la mencionada película de Zefirelli, un Alec Guinness con pinta de Saruman en pleno viaje de LSD representa el papel del Papa bendecidor.

[6] Un domador de otra era, milennials.

[7] Esto es una deducción mía.

[8] Otras fuentes hablan de “un serafín con seis alas”. En el cuadro de Giotto parece más bien un villano de Spiderman.

[9] Su hit indiscutible: el “Canto al sol”.

[10] Otro criminal de guerra, aunque no tanto como su predecesor Inocencio III. Este era más de la escuela Milosevich que de la escuela Hitler, por decirlo de algún modo.

(Este artículo se publicó previamente en papel en la revista El Mon d’Ahir).

Nik Cohn revisitado: aquella (terrible) carta de amor del 2003

Esto de aquí abajo me da un poco de vergüenza, pero lo adjunto a modo de testimonio histórico y como prueba de mi devoción hacia NIK COHN (y también, naturalmente, promoción de su próxima visita al festival Primera Persona, el 10-11 de mayo del 2019).

Se trata del primer artículo que me publicó un periódico mayoritario, La Vanguardia, en el año 2003. Yo acababa de publicar mi primera novela, El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama) y, al poco tiempo de debutar, Jordi Costa y Jordi Balló me ficharon para el suplemento Cultura/S. Con gran alborozo por mi parte (aún me costaba de creer lo de la novela).

No tardé mucho en decidir que mi primera pieza para un periódico grande tenía que estar dedicada a Nik Cohn, uno de mis ídolos literarios absolutos desde que tenía uso de razón. Hasta entonces solo había escrito artículos para fanzines (aunque cientos de ellos) y eso tal vez explique el tembleque debutante que se aprecia en el escrito. Auch. Sí, en algunas líneas casi puede escucharse como se me rompe la voz, de la emoción y el más puro canguelo escénico. Observen esas nalgas prietas, como aguantándome la caca. Declamando un poco, en modo verset de Nadal, porque quería que todo el mundo viese lo LISTO que era el chaval. Sin hacer ninguna broma, porque me aterrorizaba que en el Cultura/S descubriesen que acababan de fichar a un patán con el sentido del humor de un niño de seis años.

Cuando me puse a reunir artículos para aquel loco libro Chap chap, que me sacó incomprensiblemente Blackie Books en el 2015, y que compraron solo 2500 colgados de entre mis fans más jarcore (os llevo en el corazón, chorbos) supe que este, precisamente, no iba a ser seleccionado. Porque es malísimo, digámoslo claro. Al final decidí incluirlo solo como imagen, al final, casi ilegible (para curarme en salud) si no llevabas una lupa.

Pero, qué se yo, aunque no funcione la voz, ni la prosa, y aunque esté lleno de incorrecciones voy-a-poner-esto-porque-me-suena-guachi (“Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell”, WTF. Dos de los lechuguinos más exhibicionistas de la historia. ¿Qué cojones farfullas, Kiko?), sirve, como decía, para recordar por qué es tan GUAY Nik Cohn, y me ha recordado a mí mismo la de tiempo que llevo siendo fan absoluto, copiándole (al principio) como una bestia, usándole de faro artístico.

Ah, el título que le puse al artículo también me da ganas de vomitar. Y la cita a Lautréamont. Y la imagen mierdosa de la “bandera arriada”.

 

Nik Cohn

7 pulgadas, 7 palabras

Su nombre puede distinguirse tras el “Based on a story by” de los créditos de Saturday Night Fever. También escribió la primera historia del pop doblemente pop. Su legado fue saqueado por David Bowie y los Who. Pero hay más, mucho más.

I am Still the Greatest Says Johnny AngeloNo hay nada más feo que las deudas impagadas, y sin embargo en el campo de la creación artística éstas abundan. Las influencias se esconden como algo prohibido, y todo es culpa de un incomprensible horror al plagio. Pero “el plagio es necesario; el progreso lo implica”, decía Lautréamont. Y en casos de plagio sano hay que pagar las deudas. Hay que nombrar a los maestros.

En los campos del pop, un nombre se esconde con la bandera arriada: Nik Cohn. Rodeado de una aureola de secretismo, el escritor que mejor ha plasmado la intensidad de una canción de tres minutos huye de la historia. Gentleman primigenio y uno de los periodistas más copiados de poplandia, Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell, uno de los primeros dandies. De él diría en su ensayo “Today there are no gentlemen”: “Brummell era obsesivo. Tal vez creía en la discreción, pero también en sufrir, en trabajar en cada detalle hasta que todo era perfecto”.

En el Museo de Epifanías mundiales hay cientos de vitrinas. En cada una el momento crucial que cambió el futuro de alguien. Nacido en Londres en 1946, Nik Cohn pasa su adolescencia en Irlanda del Norte, en Londonderry; es allí donde verá por primera vez a algunos teddy boys bailando rock’n’roll, y la impresión que este encuentro deja le acompañará siempre. “(Los teds) eran, en todos los sentidos, no-personas. Y sin embargo, aquí en The Strand, bajo la luz de neón del rock’n’roll, eran heroicos (…) hacían que la realidad fuera irrelevante”, diría en su relato “In Derry”.

Aquel hecho transformaría la vida de Nik Cohn. A los diecisiete se traslada a Londres con la intención de ser escritor; su primera novela, Market, está fechada en esa época. Tres años más tarde publica I am still the greatest says Johnny Angelo e inventa la narrativa pop. La historia de un adolescente que consigue ser una estrella del R’n’R, no es tanto su linea argumental lo importante –aunque David Bowie declararía que influenció la idea de Ziggy Stardust- como la forma en que está escrita. Con su brevedad, su flash, sus detalles, Johnny Angelo es el pop. Nik Cohn lo vivía desde dentro, y el nervio se traducía en palabras cortantes, inspiradas. “Bailando en una rampa, bajando por una tubería, se retorcía y agitaba y temblaba, se movía por todas partes y esto es lo que quería decir: Que os jodan”.

A los veintidós se desplaza de nuevo a Irlanda y desde allí publica lo que será su obra magna Awopbopaloobop Alopbamboom. Muchas cosas separan esta historia del pop de intentos posteriores; no solo fue la primera, sino que además fue escrita sin prestar atención a hechos o cifras. Nik Cohn escribe el libro como Pete Townshend escribía canciones pop, en la cabeza y con el estómago. Al mismo tiempo Awopbop… se construye como un obituario: acabado en 1968, el autor se despide del rock’n’roll, que considera en plena decadencia. “Mis opciones eran claras. Podía mantener la fe de aquellos teddy boys en Derry. Mantenerme fiel al rock como un romance condenado, un golpear contracorriente, un instante. O podía aburrirme. Rico, sin duda, y brutalmente adulado. Pero en el fondo un traidor”, diría. Bill Haley, los Monkees, Phil Spector y los Who; todo lo que hay que saber sobre el pop está ahí.

A pesar de ello, Awopbop… dista de ser su último proyecto. Ya instalado en NY el escritor continuaría una carrera brillante de relatos y ensayos. En todos ellos se percibe lo que Norman Mailer definiría como “autores para los que todo debe encajar”, gente con una visión que establece paralelismos y funda un universo coherente. Kevin Pearce, confeso discípulo de Cohn, diría que “las conexiones lo son todo”. Esa frase resume la esencia del trabajo de Cohn, pues sería éste el primero en comparar lo incomparable, describir canciones con metaforas físicas, palpables. Y mientras, sembrar deudas: “Arfur” (1970), el relato del jugador de pinball como icono pop, inspiraría el Tommy de los Who. “Another Saturday Night” (1975), la historia – basada en los mods londinenses- de un gang de portorriqueños enamorados de la música disco, lo haría a su vez con Saturday Night Fever, el hit fílmico. En su novela de 1992 The heart of the world, las bandas de delincuentes juveniles de Moscú tienen nombres de grupos pop: los John’s Children, los Action, los Troggs. Cada pincelada un punto de color en su universo de conexiones.

“Cohn es un dandy en una época de gacetilleros. Posee un sentido ardiente del presente pero no se dobla con los vientos de la moda. Es único. Es suficiente” declararía de él Gordon Burn. Cierto. Siempre mejor lo intenso que lo extenso. Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el Cultura/S de La Vanguardia, en no sé qué mes del 2003).

Amnèsia gremial

Es el título de mi columna del pasado viernes para el suplemento Play del Ara. Basada en hechos reales y plagada de nombres y apellidos que lo demuestran. Si les apetece leerla no tienen más que emulsionar un lapo semi-sólido y escupirlo con todas sus fuerzas aquí.

Aquellos veranos cachumbos

Kiko Amat realiza una mirada satírico-naturalista parcial a los veranos de los 70 y 80, cuando un agosto duraba más que el Reich de los Mil Años, la televisión era “didáctica” (o sea, plomiza), la selección española era el equipo más risible del cosmos (como hoy, de hecho), no existía internet y la sociedad no se hallaba abocada al armagedón espiritual. Un momento: ¿o sí?

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“Mira esto, no tiene valor”, aducía con visionario olfato el malo de En busca del arca perdida, “diez dólares en cualquier vendedor de la calle. Pero si lo cojo y lo entierro en la arena durante mil años, entonces ya no tiene precio. Como el Arca”. El mismo procedimiento parecen esgrimir los nostálgicos respecto al pasado reciente de este país: enterramos las décadas de nuestras (agridulces) infancias y (castas) juventudes en la arena, y ahora que hemos cavado para exhumarlas y vuelve a darles el aire, resulta que son rubíes y maravedís, no la deprimente cordillera de estiércol que recordábamos.

Aquí donde me ven en toda mi insignificancia no soy inmune a la nostalgia, ni siquiera a su vertiente Todo a 100. Soy tan propenso como cualquier hijo de vecino a caer en la remembranza melancólica con tintes cripto-épicos: aquellos eran buenos tiempos, ya no se hacen películas como esas, las manzanas sabían a manzanas, y todo eso. Pero creo que como comunidad nacional, como volk más bien aturdido, y aunque nuestro talante sea la sangre caliente y el alboroto genital, urge detenerse a tiempo. Pues la racionalización fuera de contexto, combinada con salpicaduras de populismo y virutas de conceptualización falaz, puede hacer que cualquier insensatez del ayer suene razonable. Incluso inspiradora (si mienten lo suficiente).

A modo de ejemplo: Un Pingüino En Mi Ascensor. Acabo de leer una entrevista reciente con su instigador, y me he hecho más mala sangre que un vampiro hemofílico. Porque si uno no acude raudo a Youtube a atestiguar la palmaria falsedad artística de lo aseverado en ese texto, lo allí descrito suena razonable, incluso (ejem) inspirador. Por supuesto, no era así; Un Pingüino En Mi Ascensor era vomitivo. Puro excremento banal, y no banal-del-bueno, como “¡Gabba Gabba Hey!”, Chiquito de la Calzada o las bromas caca-céntricas de mi hijo menor.

Y por eso mismo, empapado de inflamable indignación en una playa ampurdanesa, me veo forzado a revisitar una vez más, al modo Betjemanesco (melancolía + repelús), los verdaderos entresijos de los veranos del pasado reciente para ustedes, fieles lectores de Cultura/S.

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  1. “Lo importante no es el destino, es el viaje”, afirmaba el poeta Kavafis, quien nunca fue invitado a subirse al 124 de mi padre durante el tórrido verano de 1979. Aquellos VIAJES familiares Sant Boi-Gandesa, cuyo trayecto sitúa hoy Google Maps en unas irrisorias 2h 15 min., se me antojaban entonces como algo salido del Pentateuco. Un Gran Éxodo, una de esas migraciones desesperadas en pos del Nuevo Mundo, cuando el grupo que llegaba a la orilla Oeste era uno completamente distinto del que salió del Este tres generaciones atrás, y un 85% del grupo original había fenecido por inserción de flecha Sioux en tráquea. Sí: eso era un paseíto a Gandesa en 1979. ¿Cómo? ¿Que cuanto tardábamos en llegar? No sé decírselo en horas, porque nosotros lo calculábamos con vomitonas: unas cinco (L’Escala eran dos). Supongo que algunos mozalbetes granujientos de hoy en día solo habrán viajado a la velocidad de la luz en el Lexus de papá, pero para mí la normalidad tenía esta pinta: cinco infelices hacinados en un vehículo que era, esencialmente, un motor de Scalextric envuelto en papel de plata, sin aire acondicionado, respirando los Chesters encadenados que fumaba el pater familias, cuyo humo se mezclaba en el coche con el hedor acre de mis regüeldos lácteos y el Tulipán Negro de las axilas maternas. Peleándonos a puñetazos. Con mi padre al volante, tratando de restaurar el orden filial a base de ciegos guantazos al asiento trasero mientras luchaba por mantener la vista fija en una carretera comarcal con más curvas que un intestino delgado. Y de fondo, en la radio, la versión española del “Chiquitita” de ABBA. La peor canción de la historia.
  1. https://i0.wp.com/img11.nnm.ru/6/4/f/c/3/284a851dec84628e2eaea757c53.jpgDe un tiempo a esta parte se ha puesto de moda entre algunos críticos musicales lo de criticar la preponderancia de cierta música “anglo” en nuestras ondas. En plan: ¿por qué nos rendimos a la música pop anglosajona, con la de delicias sónicas que imperaban en la península? A todos estos críticos amnésicos y algo demagógicos me limitaré a ofrecerles una lista muy somera de lo que se escuchaba entre julio y septiembre de 1982 en los chiringuitos, discopafs y taxis del país: “Amor de hombre” de Mocedades, “Un toque de locura” de José Luís Rodríguez, “Despiértate mujer” de José Velez, “Felicidad” de Al Bano y Romina Power, “Las leandras” de Luís Cobos (la zarzuela como himno de un régimen totalitario en una terrorífica distopía futurista), “Oh Gaby” de Iván, “Ebony and ivory” de Paul McCartney (una canción más mendaz y sensiblona que Jennifer Aniston vestida de Teletubby), “Eye in the sky” de Alan Parsons Project, el aborrecible “Moonlight shadow” de Mike oldfield (que mis hermanos y yo cantábamos diciendo “VADUEIII DE VILADESAII”)… Lo único que redime a 1982 es que, contra todo pronóstico, Leño llegaron al #1 con “Que tire la toalla”. Pero visto esto, y considerando que en una isla vecina el #1 indiscutible del verano de 1982 era el “Come on Eileen” de Dexy’s Midnight Runners, lo raro no es que acabase imperando lo “anglo” por aquí. Lo raro es que no tuviese lugar una emigración en masa. Lo raro es que no clamáramos por una invasión definitiva. Lo raro es, vaya, que este periódico no esté en inglés.
  1. Quizás fue la insolación. Es un hecho de sobras conocido y comentado en ascensores y tertulias de sobremesa con los suegros, pero supongo que aún sufren pesadillas con el tipo de PROTECCIÓN SOLAR que utilizábamos (por imperativo paterno) los niños de los 70’s. ¿Cómo es posible que no muriésemos todos, adultos e infantes, reducidos a humeantes rescoldos en cualquier playa del litoral catalán? Mi madre, en 1977, se empastifaba de algo llamado Crema de Zanahoria, un anaranjado “potenciador” del bronceado sin filtros de ningún tipo que actuaba en la dermis como Patfuego lanzado a lo loco en una barbacoa de borrachos. A los niños, claro está, aquel engrudo pirobronceante nos estaba prohibido, pues podía provocar que chisporrotearan nuestras delicadas pielecitas. Por eso nos sepultaban en vulgar Nivea hidratante, una crema sin propiedades protectoras conocidas por la ciencia.
  2. Para cubrirnos del inclemente astro rey estaba la ROPA de verano. A juzgar por los peinados y atavíos que lucían mis padres, y si mis viejas fotos no mienten, en 1975 tuvo lugar una terrible tormenta que encogió todos los bañadores a talla taparrabil y chamuscó todos los peinados (se trataba de una tormenta eléctrica). Nuestros padres no deberían haberse confiado, pues al poco tiempo un nuevo huracán acabó de arrancarles de la piel los ya de por sí exiguos pedazos de nylon que cubrían su catálogo de colgajos. Sí: estoy hablando de NUDISMO, amigo lector. Mis padres, y los de muchos de ustedes, decidieron apostar por la causa del despelote del mismo modo en que muchos otros se abalanzaron a los juzgados cuando se aprobó la ley del divorcio de 1981: por pura sed de libertad, y a lo cafre. Por desgracia, también decidieron exhibir sus escrotos y felpudos en el preciso instante en que yo empezaba a almacenar recuerdos, y unos diez años antes de que yo tuviese el primer pensamiento sexual. Por eso aún hoy me despierto sudando en medio de la noche. Por eso mi sueño de la desnudez en público no es una paparrucha freudiana, sino un recuerdo certificable.
  1. Lo que no ha cambiado son los CAMPINGS. Quiero decir los campings de 1ª categoría: esos están igual que como los dejé en 1991 (mi último año de vigilante campinguero). Aunque conviene recordar que el camping es como el chóped: por mucho que pagues más, continúa siendo chóped. Añadirle sofisticación a un camping es como añadirle violines al “Ladillas” de los Mojinos Escozíos. Por eso muchísimos empresarios de los setenta optaron por fundar campings low cost, sabedores de que la turba cariada y muñonosa de allá fuera no echaría de menos los ornamentos parcelísticos ni los retretes sin plagas. El lugar escogido para tal fin no fue otro que el litoral del Llobregat, vertedero-para-todo de la época (aún me sorprende que no pusieran una central nuclear en pleno Viladecans), que durante las décadas de esplendor 80’s albergó a siete campings de baja cuna pero alta ocupación. Como La Tortuga Ligera, que era (me autocito) “un camping de 2ª, y por tanto tu parcela se regía por tu ley, como una ciudad-estado mesopotámica (…) Menos colocar a las puertas de tu terreno un nido de ametralladoras o a un hereje enjaulado para su escarmiento público, en La Tortuga Ligera podías instalar los extras que se te antojaran: un huerto de hortalizas para consumo familiar, foso con puente levadizo, fuentes decorativas, almenas para arqueros, perímetro vallado o una réplica 1/1 de los jardines de las Tullerías”. Quienes veraneábamos allí –y en La Ballena Alegre, y en El Toro Bravo…- éramos clase obrera con certificado de despiojado al día, pero de vez en cuando divisabas por ahí a un fulano con haiga Mercedes y caravana de feriante, lo que te hacía dudar de tus propios ojos, así como de su cordura. Quiero decir: ¿por qué un hombre rico desearía veranear como un pobre? A mí eso no me entraba en la cabeza. O era obsceno slumming it (camuflarte entre la common people para que te invitaran a copetines del PSUC) o una falacia (plazos del Mercedes a pagar hasta el 2043) o al caballero aquel le faltaba un hervor. En fin: los campings chabolísticos catalanes de nuestra niñez cerraron en el año 2005, y allí se cerró otro entrañable capítulo de nuestro pasado reciente sin que nadie le haya puesto un museo nostálgico o un nombre de plaza. Está claro que hay culturas que son más culturas que otras, que podría haber dicho Orwell.
  1. Uno de los elementos veraniegos que más nostalgia feroz despierta, asimismo, es la televisión. Es mencionar Mazinger-Z o Verano Azul y comprobar como de inmediato el interlocutor, que dos minutos antes estaba obsequiándonos con una interminable perorata hegeliana sobre la “hipnosis colectiva de los medios de comunicación de masas en el siglo XX”, se transforma en una especie de osito manga con retina centelleante y sonrisa de pitufina. Oh, la tele de nuestra niñez, cuando a la sazón todos mirábamos la misma caca lava-cerebros a la misma hora, como el sueño húmedo de algún dictador chiflado. Nadie parece inmune a la nostalgia televisiva. Excepto yo, quiero decir. Como cronista de objetividad probada he acudido a las dos series mencionadas para ratificar su valor específico. Y lo que he hallado, tras tragarme un número de capítulos que habrían mandado a las celdas acolchadas a cualquier otro columnista con menos temple, es lo siguiente:

 a) Verano Azul: La serie que firmó Antonio Mercero en 1981 es, como aduce Mercedes Cebrián en su atinado Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la transición (Alpha Decay), un “referente cultural de primer orden”, uno de los mejores símbolos de la llamada Cultura de la Transición (CT) y una “sinécdoque utópica” (esto tuve que buscarlo) “de como se desearía que fuesen las cosas” en aquel carpetovetónico país circa 1981. Es una pena que de entre todas las brillantes teorías que esgrime su libro, Cebrián olvide la que para mí es crucial: Verano azul era escalofriante. La autora del ensayo la clava al fijarse en que ninguno de nosotros jugaba a Verano azul, pero me temo que no era porque resultara “pecaminoso, como jugar a concelebrar una misa”. Uy, qué va. Era, simplemente, un asco de serie. El elenco era más pedestre y desesperanzador que… Que el alumnado hurga-napias y culo-mugriento de mi propia clase de EGB en 1981, ahora que lo pienso. ¿Y quién querría ver su miasmática vida infantil postfranquista representada a tiempo real en la televisión de la época? No, por Dios: la mayoría de nosotros jugábamos a ser caballeros Jedi, policías corruptos con métodos brutales, piratas o brutos mecánicos, pero no a “hacer ver” que éramos una pandilla veraniega de españolitos cursis en shorts ultraprietos. Los niños 70’s, o cuanto menos los catalanes de raigambre proletaria, nacimos de la derrota política, la opresión religiosa y la aniquilación sexual, y crecimos en un mundo monocromático y reprimido. Lo último que queríamos era realismo social, y lo que más deseábamos era evasión por cualquier método a nuestro alcance. Preferentemente galáctico.

Y Verano azul era progresista, en efecto, solo que de ese Modo Transición, timorato y cenizo, que solo los españoles parecen considerar un atributo. Sí, Verano azul le explicó pacientemente a la carcundia de antaño que una mujer podía tener hijos sin estar casada (eso sí, subrayando que “el cauce normal para tener hijos es el matrimonio”, no fuese que los del sable repitieran el 23-F), que la especulación inmobiliaria era mala, que la violencia era inútil (no fuese que los perdedores de la Guerra Civil se acordaran del pogromo) y que, bueno, no había que meterse con las chicas que llevaban ortodoncia. Pero nos ofreció estas enseñanzas de un modo que daba ganas de saltarse la tapa de los sesos. Verano Azul era la UCD, Carlos Saura, Ana Belén, “Don Bosco nos dice que tenemos que estar alegres” y el “Libertad sin ira” de Jarcha. Como también me sucede con la serie americana Mozart in the jungle, me resulta imposible ver un capítulo de Verano Azul sin desearles una muerte grotesca a todos los personajes que aparecen. Sí, a Quique también, aunque yo no recuerdo quién era, y ustedes tampoco.

 https://kikoamat.files.wordpress.com/2016/09/8f24f-52_sayaka_y_koji_tienen_una_pelea-avi_000239572.jpgb) Mazinger Z: Es la prueba irrefutable de que vislumbrar el pasado a través de lentes rosáceas produce imágenes distorsionadas por el afecto, el anhelo o la añoranza. Yo mantengo un estrecho lazo afectivo con Mazinger-Z, el anime que protagonizaba el homónimo bruto mecánico, y que se emitió en España durante el verano de 1978. Padecía yo por aquella época una hepatitis aguda que me mantuvo prostrado en cama más de un mes, y me tragué todos los programas de TV del verano, entre plato y plato de macarrones hervidos. Mi favorito era Mazinger-Z, y desde el plegatín improvisado en casa de mis abuelos (mis padres y hermanos se habían ido de vacaciones sin mí, convirtiéndome en novelista de un plumazo), con los ojos amarillentos y los meados musgosos, seguí las aventuras de Koji Kabuto y su robot a través de los 32 capítulos que se pasaron en España. Fueron mis siete años de edad y mi imaginación supletoria, qué duda cabe, los que impidieron que reparara en lo que hoy, a mis cuarenta y cinco recién cumplidos, es ineludible: Mazinger-Z era más mala que la sífilis. Dejando de lado sus censurables enseñanzas morales, como que las niñas son débiles y bobas (Koji incluso le cruza la cara a Sayaka en el capítulo #7), nada en Mazinger-Z supera un análisis superficial: las tramas, pueriles y estólidas a más no poder, incluso para una mente de mameluco como la mía; las domingas volantes de Afrodita A, dignas de Esteso & Ozores; la machacona insistencia en las aplicaciones positivas de la “energía fotónica”, pese a que capítulo tras capítulo solo la vemos empleada en mortíferos monstruos de metal y ciudades arrasadas; la cantidad infernal de tiempo-por-capítulo que Koji y su panda emplean yendo arriba y abajo con las amotos; los sicarios del Dr. Hell, quienes en plena época de armamento futurista, “huracán corrosivo” y “fuego de pecho”, van armados solo con espadas (y en minifalda)… La única conclusión posible es que Mazinger-Z era una chapuza infumable. Dicho esto, se la estoy pasando a mis dos hijos (a modo de cruel experimento médico) y me maravilla comprobar que no le ven pega alguna, de lo que podemos deducir que los niños no tienen criterio, y que se les puede engañar como nos plazca. No les hablo, por cierto, de Más vale prevenir, La clave o las mierdatones de siete horas de Fórmula Uno de nuestra infancia, porque me darían ganas de viajar al pasado; solo que no para matar a Hitler, sino a Calviño, director de TVE de aquella época. Y también porque le restaría espacio a este último clásico:

  1. El Mundial ’82. Recuerdo con notable cariño el único mundial de fútbol celebrado en España, tal vez porque aquella sería una de las últimas ocasiones en que compartí afición con el resto del país. Sí, en 1982 formé parte del zeitgeist y del mainstream, en lugar de ser lo que soy en la actualidad: un descastado que los escruta desde fuera mientras se rasca las nalgas con rictus de babieca (o echando espumarajos por la boca). Lo curioso es que a mí el deporte me la traía completamente al pairo. Lo que me atraía del circo aquel eran los mitos, las rencillas, las rarezas nacionales, las historias, el salto de un solo pie de Kevin Keegan (mi ídolo), la edad bíblica de Dino Zoff, portero de la selección italiana a punto de entrar en la senectud (en realidad solo tenía cuarenta y dos años) y también el que la mitad de los futbolistas seleccionados hubiesen aparecido un año antes en Evasión o Victoria. No los españoles, por descontado: la “roja” fue la rechifla del mundial, y dejó al país en su tradicional rol de zopenco iletrado que no sabe utilizar los cubiertos; nuestro destino en lo universal. El resto del Mundial ‘82 fue típicamente patrio: sonaron las sevillanas soeces de Pepe Da Rosa; se dieron dos escándalos vergonzantes (Alemania y Austria pactaron un empate para pasar a la final; el hermano del dictador de Kuwait “persuadió” a un arbitro para que anulara un gol de Francia); Kevin Keegan sufrió una dolencia en la espalda y casi no pudo jugar (“la lesión de Keegan es ya tan larga como misteriosa”, anunciaba La Vanguardia del 25 de junio de 1982); el alemán Schumacher dejó inconsciente y sin dos dientes (como lo oyen) al francés Battiston y no le picaron falta; y no sé si he mencionado el sensacional ridículo que hizo la Selección Española.

Les contaré otra cosa que quizás no sepan, y que es también muy spanish 80’s: a la Selección Italiana la alojaron, con grandes aspavientos de prodigalidad, en Sant Boi (quizás como penalización por el caprichoso cambio de bando que efectuó Italia durante la Segunda Guerra Mundial), en un hotel más o menos aparente que sin embargo solo tenía vistas espléndidas al cenagoso extrarradio industrial barcelonés. A mí esto me hace aún una gracia muy tremenda, porque demuestra de forma diáfana que en los 80 todo se hacía sobre la marcha y de oídas, y que si en aquella época llegan a venir a Barcelona los Rolling Stones los meten en un bungaló con goteras de El Toro Bravo.

En todo caso los de mi clase y yo fuimos al hotel aquel a ver si conseguíamos avistar la barba hasta los pies del venerable Zoff, pero nos echaron con cajas destempladas y sin que hubiésemos podido siquiera tirarle a Paolo Rossi una moneda de 25 pts al colodrillo. Para colmo (preparen risa), los italianos no pudieron entrenar en el campo del FC Santboià, porque estaba hecho una piltrafa y plagado de cascotes (rían ahora), y se marcharon al de uno de nuestros rivales históricos, Gavà. Pese a todos estos contratiempos, Italia ganó el mundial, cosa que yo ni siquiera recordaba (estaba convencido de que había sido Brasil).

Lo que nadie es capaz de olvidar, sin embargo, es a Naranjito, la conspicua mascota del mundial ‘82, una especie de cítrico fatty de supuesto origen valenciano con una mueca facial más petrificada que el zapato de un cadáver en un accidente alpino. No se engañen más: eso es 1982, eso es el verano de nuestra infancia: Naranjito El De La Sonrisa Inquietante. Y por mucho que lo entierren y esperen mil años seguirá siendo la misma catástrofe churrosa e impresentable de entonces.

(Artículo de carácter “refrescante” que escribí para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en el mes del año en que todo el mundo lo usa para envolver churros. Salió el 13 de agosto, a todo color. Lo pasé pipa escribiéndolo, pero no se si había alguien ahí fuera para leerlo).

 

Humillación en el restaurante con ínfulas

Me cuentan que este texto no lo leyó casi nadie, solo 400.000 personas (hace varios días; quizás ahora sean más; cómo rayos voy yo a saberlo). A ver si esos 400.000 fulanos se leen también la oda a The Business. O compran Chap chap. Si todos compran Chap chap me hago un traje de lamé dorado y me tatúo a Deadpool haciendo el pino en una nalga y me llevo a mi familia de vacaciones a New Hampshire (porque suena opulento; en realidad no sé ni dónde carajo para).

Apareció como la primera parte de una serie de aventuras de escritores en restaurantes, que decidió inaugurarse en El Comidista de El País cuando yo presenté este texto la mar de gracioso.

Léanlo aquí y sean el lector turista 400.001.

El zapping de la muerte de Kiko Amat

Un pizpireto texto que pergeñé para Omicron Persei, otro de mis numerosos empleadores habituales. Está justo acá.

Lo escribí con cariño, con una buena dosis de rabia ciega, con algo de incredulidad (no puede estar sucediendo esto) y con las perennes ganas de reírme en mitad del infortunio.

Se trata simplemente de un breve y oneroso periplo por la programación televisiva actual. Supongo que me lo encargaron a mí porque nunca veo televisión, para ver mi cara desencajada al enfrentarme al horror catódico.

Disfruten y aléjense despacito del aparato de plasma, sin hacer movimientos bruscos.

¿Canon? ¿Qué Canon? (un curso de Kiko Amat)

Soy yo hablando de libros durante muchas horas, y sacándome de la manga con gran soltura una teoría para justificar lo que me gusta y lo que no. Yo tengo razón y los demás están equivocados, que se dice en Calvin & Hobbes.

Pueden ver de qué va la cosa aquí. Apuntarse en el mismo sitio. La cosa da inicio a mitades de enero del 2016, y tiene lugar en el Ateneu Barcelonès.

Esta es la perorata demagógica que he pergeñado para atrapar a los más incautos de ustedes:

“¿Canon? ¿Qué canon? Precisamente. Este curso de Kiko Amat busca establecer (o, cuanto menos, mostrar) un canon alternativo. Un universo paralelo donde Henry Fielding es más importante que Flaubert, donde Limónov le arrea una patada en el trasero a Philip Roth y en el que campan a sus anchas humoristas, rebeldes, chiflados, freaks y rockandrollers. Y aún peor: científicos. Porque el canon es personal por definición. Porque se trata de cómo te afectan las cosas. Porque el humor es el rasgo más elevado de la condición humana (y la literaria). Porque nos gusta la emoción, no el posmodernismo. Porque nos gusta la frase limpia y dura, no el galimatías afectado. Porque nos gustan las tramas y los personajes, y en nuestra casa los modernistas nunca pusieron los pies. Porque en los suplementos culturales siempre se habla de los mismos. Porque la Alta Cultura no es necesariamente nuestra cultura. Porque queremos rescatar a los olvidados, a los que terminaron mal, a los que no fueron incorporados al canon de la cultura seria, a los que se arrearon el morrón y a los que hacen reír. A los no-afectados y a los no-pomposos.
Bienvenidos al anti-canon.”

Hablaré, ya podrían imaginárselo (mis convicciones lectoras son más firmes que la determinación no-industrial de un amish) de John Fante, JP Donleavy, Don Carpenter, Ed Bunker, Malcolm Braly, Harry Crews, David Nobbs, Richard Brautigan, Ken Kesey, Joe Heller, Nelson Algren, Kurt Vonnegut, Hubert Selby Jr., Richard Price, Jim Dodge, Keith Waterhouse, Evelyn Waugh (pre-catolicismo), Wodehouse y un largo etcétera (que incluye a algunos escritores patrios, que sí). Y también de mí mismo, oh, ese lamentable bípedo ventoseante.

Hagan el favor de apuntarse, porque:

a) De otro modo seré yo hablando solo en una aula sobre-calefactada.

b) Tengo hijos que piden pan y zapatos con suela.

c) Será la mar de divertido, no hay exámenes y no me molestaré si algún día hacen rabona (con una excusa plausible).