Aquellos veranos cachumbos

Kiko Amat realiza una mirada satírico-naturalista parcial a los veranos de los 70 y 80, cuando un agosto duraba más que el Reich de los Mil Años, la televisión era “didáctica” (o sea, plomiza), la selección española era el equipo más risible del cosmos (como hoy, de hecho), no existía internet y la sociedad no se hallaba abocada al armagedón espiritual. Un momento: ¿o sí?

https://i1.wp.com/images.delcampe.com/img_large/auction/000/222/739/363_001.jpg

“Mira esto, no tiene valor”, aducía con visionario olfato el malo de En busca del arca perdida, “diez dólares en cualquier vendedor de la calle. Pero si lo cojo y lo entierro en la arena durante mil años, entonces ya no tiene precio. Como el Arca”. El mismo procedimiento parecen esgrimir los nostálgicos respecto al pasado reciente de este país: enterramos las décadas de nuestras (agridulces) infancias y (castas) juventudes en la arena, y ahora que hemos cavado para exhumarlas y vuelve a darles el aire, resulta que son rubíes y maravedís, no la deprimente cordillera de estiércol que recordábamos.

Aquí donde me ven en toda mi insignificancia no soy inmune a la nostalgia, ni siquiera a su vertiente Todo a 100. Soy tan propenso como cualquier hijo de vecino a caer en la remembranza melancólica con tintes cripto-épicos: aquellos eran buenos tiempos, ya no se hacen películas como esas, las manzanas sabían a manzanas, y todo eso. Pero creo que como comunidad nacional, como volk más bien aturdido, y aunque nuestro talante sea la sangre caliente y el alboroto genital, urge detenerse a tiempo. Pues la racionalización fuera de contexto, combinada con salpicaduras de populismo y virutas de conceptualización falaz, puede hacer que cualquier insensatez del ayer suene razonable. Incluso inspiradora (si mienten lo suficiente).

A modo de ejemplo: Un Pingüino En Mi Ascensor. Acabo de leer una entrevista reciente con su instigador, y me he hecho más mala sangre que un vampiro hemofílico. Porque si uno no acude raudo a Youtube a atestiguar la palmaria falsedad artística de lo aseverado en ese texto, lo allí descrito suena razonable, incluso (ejem) inspirador. Por supuesto, no era así; Un Pingüino En Mi Ascensor era vomitivo. Puro excremento banal, y no banal-del-bueno, como “¡Gabba Gabba Hey!”, Chiquito de la Calzada o las bromas caca-céntricas de mi hijo menor.

Y por eso mismo, empapado de inflamable indignación en una playa ampurdanesa, me veo forzado a revisitar una vez más, al modo Betjemanesco (melancolía + repelús), los verdaderos entresijos de los veranos del pasado reciente para ustedes, fieles lectores de Cultura/S.

https://i1.wp.com/bright-cars.com/uploads/seat/seat-124-d/seat-124-d-05.jpg

  1. “Lo importante no es el destino, es el viaje”, afirmaba el poeta Kavafis, quien nunca fue invitado a subirse al 124 de mi padre durante el tórrido verano de 1979. Aquellos VIAJES familiares Sant Boi-Gandesa, cuyo trayecto sitúa hoy Google Maps en unas irrisorias 2h 15 min., se me antojaban entonces como algo salido del Pentateuco. Un Gran Éxodo, una de esas migraciones desesperadas en pos del Nuevo Mundo, cuando el grupo que llegaba a la orilla Oeste era uno completamente distinto del que salió del Este tres generaciones atrás, y un 85% del grupo original había fenecido por inserción de flecha Sioux en tráquea. Sí: eso era un paseíto a Gandesa en 1979. ¿Cómo? ¿Que cuanto tardábamos en llegar? No sé decírselo en horas, porque nosotros lo calculábamos con vomitonas: unas cinco (L’Escala eran dos). Supongo que algunos mozalbetes granujientos de hoy en día solo habrán viajado a la velocidad de la luz en el Lexus de papá, pero para mí la normalidad tenía esta pinta: cinco infelices hacinados en un vehículo que era, esencialmente, un motor de Scalextric envuelto en papel de plata, sin aire acondicionado, respirando los Chesters encadenados que fumaba el pater familias, cuyo humo se mezclaba en el coche con el hedor acre de mis regüeldos lácteos y el Tulipán Negro de las axilas maternas. Peleándonos a puñetazos. Con mi padre al volante, tratando de restaurar el orden filial a base de ciegos guantazos al asiento trasero mientras luchaba por mantener la vista fija en una carretera comarcal con más curvas que un intestino delgado. Y de fondo, en la radio, la versión española del “Chiquitita” de ABBA. La peor canción de la historia.
  1. https://i1.wp.com/img11.nnm.ru/6/4/f/c/3/284a851dec84628e2eaea757c53.jpgDe un tiempo a esta parte se ha puesto de moda entre algunos críticos musicales lo de criticar la preponderancia de cierta música “anglo” en nuestras ondas. En plan: ¿por qué nos rendimos a la música pop anglosajona, con la de delicias sónicas que imperaban en la península? A todos estos críticos amnésicos y algo demagógicos me limitaré a ofrecerles una lista muy somera de lo que se escuchaba entre julio y septiembre de 1982 en los chiringuitos, discopafs y taxis del país: “Amor de hombre” de Mocedades, “Un toque de locura” de José Luís Rodríguez, “Despiértate mujer” de José Velez, “Felicidad” de Al Bano y Romina Power, “Las leandras” de Luís Cobos (la zarzuela como himno de un régimen totalitario en una terrorífica distopía futurista), “Oh Gaby” de Iván, “Ebony and ivory” de Paul McCartney (una canción más mendaz y sensiblona que Jennifer Aniston vestida de Teletubby), “Eye in the sky” de Alan Parsons Project, el aborrecible “Moonlight shadow” de Mike oldfield (que mis hermanos y yo cantábamos diciendo “VADUEIII DE VILADESAII”)… Lo único que redime a 1982 es que, contra todo pronóstico, Leño llegaron al #1 con “Que tire la toalla”. Pero visto esto, y considerando que en una isla vecina el #1 indiscutible del verano de 1982 era el “Come on Eileen” de Dexy’s Midnight Runners, lo raro no es que acabase imperando lo “anglo” por aquí. Lo raro es que no tuviese lugar una emigración en masa. Lo raro es que no clamáramos por una invasión definitiva. Lo raro es, vaya, que este periódico no esté en inglés.
  1. Quizás fue la insolación. Es un hecho de sobras conocido y comentado en ascensores y tertulias de sobremesa con los suegros, pero supongo que aún sufren pesadillas con el tipo de PROTECCIÓN SOLAR que utilizábamos (por imperativo paterno) los niños de los 70’s. ¿Cómo es posible que no muriésemos todos, adultos e infantes, reducidos a humeantes rescoldos en cualquier playa del litoral catalán? Mi madre, en 1977, se empastifaba de algo llamado Crema de Zanahoria, un anaranjado “potenciador” del bronceado sin filtros de ningún tipo que actuaba en la dermis como Patfuego lanzado a lo loco en una barbacoa de borrachos. A los niños, claro está, aquel engrudo pirobronceante nos estaba prohibido, pues podía provocar que chisporrotearan nuestras delicadas pielecitas. Por eso nos sepultaban en vulgar Nivea hidratante, una crema sin propiedades protectoras conocidas por la ciencia.
  2. Para cubrirnos del inclemente astro rey estaba la ROPA de verano. A juzgar por los peinados y atavíos que lucían mis padres, y si mis viejas fotos no mienten, en 1975 tuvo lugar una terrible tormenta que encogió todos los bañadores a talla taparrabil y chamuscó todos los peinados (se trataba de una tormenta eléctrica). Nuestros padres no deberían haberse confiado, pues al poco tiempo un nuevo huracán acabó de arrancarles de la piel los ya de por sí exiguos pedazos de nylon que cubrían su catálogo de colgajos. Sí: estoy hablando de NUDISMO, amigo lector. Mis padres, y los de muchos de ustedes, decidieron apostar por la causa del despelote del mismo modo en que muchos otros se abalanzaron a los juzgados cuando se aprobó la ley del divorcio de 1981: por pura sed de libertad, y a lo cafre. Por desgracia, también decidieron exhibir sus escrotos y felpudos en el preciso instante en que yo empezaba a almacenar recuerdos, y unos diez años antes de que yo tuviese el primer pensamiento sexual. Por eso aún hoy me despierto sudando en medio de la noche. Por eso mi sueño de la desnudez en público no es una paparrucha freudiana, sino un recuerdo certificable.
  1. Lo que no ha cambiado son los CAMPINGS. Quiero decir los campings de 1ª categoría: esos están igual que como los dejé en 1991 (mi último año de vigilante campinguero). Aunque conviene recordar que el camping es como el chóped: por mucho que pagues más, continúa siendo chóped. Añadirle sofisticación a un camping es como añadirle violines al “Ladillas” de los Mojinos Escozíos. Por eso muchísimos empresarios de los setenta optaron por fundar campings low cost, sabedores de que la turba cariada y muñonosa de allá fuera no echaría de menos los ornamentos parcelísticos ni los retretes sin plagas. El lugar escogido para tal fin no fue otro que el litoral del Llobregat, vertedero-para-todo de la época (aún me sorprende que no pusieran una central nuclear en pleno Viladecans), que durante las décadas de esplendor 80’s albergó a siete campings de baja cuna pero alta ocupación. Como La Tortuga Ligera, que era (me autocito) “un camping de 2ª, y por tanto tu parcela se regía por tu ley, como una ciudad-estado mesopotámica (…) Menos colocar a las puertas de tu terreno un nido de ametralladoras o a un hereje enjaulado para su escarmiento público, en La Tortuga Ligera podías instalar los extras que se te antojaran: un huerto de hortalizas para consumo familiar, foso con puente levadizo, fuentes decorativas, almenas para arqueros, perímetro vallado o una réplica 1/1 de los jardines de las Tullerías”. Quienes veraneábamos allí –y en La Ballena Alegre, y en El Toro Bravo…- éramos clase obrera con certificado de despiojado al día, pero de vez en cuando divisabas por ahí a un fulano con haiga Mercedes y caravana de feriante, lo que te hacía dudar de tus propios ojos, así como de su cordura. Quiero decir: ¿por qué un hombre rico desearía veranear como un pobre? A mí eso no me entraba en la cabeza. O era obsceno slumming it (camuflarte entre la common people para que te invitaran a copetines del PSUC) o una falacia (plazos del Mercedes a pagar hasta el 2043) o al caballero aquel le faltaba un hervor. En fin: los campings chabolísticos catalanes de nuestra niñez cerraron en el año 2005, y allí se cerró otro entrañable capítulo de nuestro pasado reciente sin que nadie le haya puesto un museo nostálgico o un nombre de plaza. Está claro que hay culturas que son más culturas que otras, que podría haber dicho Orwell.
  1. Uno de los elementos veraniegos que más nostalgia feroz despierta, asimismo, es la televisión. Es mencionar Mazinger-Z o Verano Azul y comprobar como de inmediato el interlocutor, que dos minutos antes estaba obsequiándonos con una interminable perorata hegeliana sobre la “hipnosis colectiva de los medios de comunicación de masas en el siglo XX”, se transforma en una especie de osito manga con retina centelleante y sonrisa de pitufina. Oh, la tele de nuestra niñez, cuando a la sazón todos mirábamos la misma caca lava-cerebros a la misma hora, como el sueño húmedo de algún dictador chiflado. Nadie parece inmune a la nostalgia televisiva. Excepto yo, quiero decir. Como cronista de objetividad probada he acudido a las dos series mencionadas para ratificar su valor específico. Y lo que he hallado, tras tragarme un número de capítulos que habrían mandado a las celdas acolchadas a cualquier otro columnista con menos temple, es lo siguiente:

 a) Verano Azul: La serie que firmó Antonio Mercero en 1981 es, como aduce Mercedes Cebrián en su atinado Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la transición (Alpha Decay), un “referente cultural de primer orden”, uno de los mejores símbolos de la llamada Cultura de la Transición (CT) y una “sinécdoque utópica” (esto tuve que buscarlo) “de como se desearía que fuesen las cosas” en aquel carpetovetónico país circa 1981. Es una pena que de entre todas las brillantes teorías que esgrime su libro, Cebrián olvide la que para mí es crucial: Verano azul era escalofriante. La autora del ensayo la clava al fijarse en que ninguno de nosotros jugaba a Verano azul, pero me temo que no era porque resultara “pecaminoso, como jugar a concelebrar una misa”. Uy, qué va. Era, simplemente, un asco de serie. El elenco era más pedestre y desesperanzador que… Que el alumnado hurga-napias y culo-mugriento de mi propia clase de EGB en 1981, ahora que lo pienso. ¿Y quién querría ver su miasmática vida infantil postfranquista representada a tiempo real en la televisión de la época? No, por Dios: la mayoría de nosotros jugábamos a ser caballeros Jedi, policías corruptos con métodos brutales, piratas o brutos mecánicos, pero no a “hacer ver” que éramos una pandilla veraniega de españolitos cursis en shorts ultraprietos. Los niños 70’s, o cuanto menos los catalanes de raigambre proletaria, nacimos de la derrota política, la opresión religiosa y la aniquilación sexual, y crecimos en un mundo monocromático y reprimido. Lo último que queríamos era realismo social, y lo que más deseábamos era evasión por cualquier método a nuestro alcance. Preferentemente galáctico.

Y Verano azul era progresista, en efecto, solo que de ese Modo Transición, timorato y cenizo, que solo los españoles parecen considerar un atributo. Sí, Verano azul le explicó pacientemente a la carcundia de antaño que una mujer podía tener hijos sin estar casada (eso sí, subrayando que “el cauce normal para tener hijos es el matrimonio”, no fuese que los del sable repitieran el 23-F), que la especulación inmobiliaria era mala, que la violencia era inútil (no fuese que los perdedores de la Guerra Civil se acordaran del pogromo) y que, bueno, no había que meterse con las chicas que llevaban ortodoncia. Pero nos ofreció estas enseñanzas de un modo que daba ganas de saltarse la tapa de los sesos. Verano Azul era la UCD, Carlos Saura, Ana Belén, “Don Bosco nos dice que tenemos que estar alegres” y el “Libertad sin ira” de Jarcha. Como también me sucede con la serie americana Mozart in the jungle, me resulta imposible ver un capítulo de Verano Azul sin desearles una muerte grotesca a todos los personajes que aparecen. Sí, a Quique también, aunque yo no recuerdo quién era, y ustedes tampoco.

 https://kikoamat.files.wordpress.com/2016/09/8f24f-52_sayaka_y_koji_tienen_una_pelea-avi_000239572.jpg?w=320&h=235b) Mazinger Z: Es la prueba irrefutable de que vislumbrar el pasado a través de lentes rosáceas produce imágenes distorsionadas por el afecto, el anhelo o la añoranza. Yo mantengo un estrecho lazo afectivo con Mazinger-Z, el anime que protagonizaba el homónimo bruto mecánico, y que se emitió en España durante el verano de 1978. Padecía yo por aquella época una hepatitis aguda que me mantuvo prostrado en cama más de un mes, y me tragué todos los programas de TV del verano, entre plato y plato de macarrones hervidos. Mi favorito era Mazinger-Z, y desde el plegatín improvisado en casa de mis abuelos (mis padres y hermanos se habían ido de vacaciones sin mí, convirtiéndome en novelista de un plumazo), con los ojos amarillentos y los meados musgosos, seguí las aventuras de Koji Kabuto y su robot a través de los 32 capítulos que se pasaron en España. Fueron mis siete años de edad y mi imaginación supletoria, qué duda cabe, los que impidieron que reparara en lo que hoy, a mis cuarenta y cinco recién cumplidos, es ineludible: Mazinger-Z era más mala que la sífilis. Dejando de lado sus censurables enseñanzas morales, como que las niñas son débiles y bobas (Koji incluso le cruza la cara a Sayaka en el capítulo #7), nada en Mazinger-Z supera un análisis superficial: las tramas, pueriles y estólidas a más no poder, incluso para una mente de mameluco como la mía; las domingas volantes de Afrodita A, dignas de Esteso & Ozores; la machacona insistencia en las aplicaciones positivas de la “energía fotónica”, pese a que capítulo tras capítulo solo la vemos empleada en mortíferos monstruos de metal y ciudades arrasadas; la cantidad infernal de tiempo-por-capítulo que Koji y su panda emplean yendo arriba y abajo con las amotos; los sicarios del Dr. Hell, quienes en plena época de armamento futurista, “huracán corrosivo” y “fuego de pecho”, van armados solo con espadas (y en minifalda)… La única conclusión posible es que Mazinger-Z era una chapuza infumable. Dicho esto, se la estoy pasando a mis dos hijos (a modo de cruel experimento médico) y me maravilla comprobar que no le ven pega alguna, de lo que podemos deducir que los niños no tienen criterio, y que se les puede engañar como nos plazca. No les hablo, por cierto, de Más vale prevenir, La clave o las mierdatones de siete horas de Fórmula Uno de nuestra infancia, porque me darían ganas de viajar al pasado; solo que no para matar a Hitler, sino a Calviño, director de TVE de aquella época. Y también porque le restaría espacio a este último clásico:

  1. El Mundial ’82. Recuerdo con notable cariño el único mundial de fútbol celebrado en España, tal vez porque aquella sería una de las últimas ocasiones en que compartí afición con el resto del país. Sí, en 1982 formé parte del zeitgeist y del mainstream, en lugar de ser lo que soy en la actualidad: un descastado que los escruta desde fuera mientras se rasca las nalgas con rictus de babieca (o echando espumarajos por la boca). Lo curioso es que a mí el deporte me la traía completamente al pairo. Lo que me atraía del circo aquel eran los mitos, las rencillas, las rarezas nacionales, las historias, el salto de un solo pie de Kevin Keegan (mi ídolo), la edad bíblica de Dino Zoff, portero de la selección italiana a punto de entrar en la senectud (en realidad solo tenía cuarenta y dos años) y también el que la mitad de los futbolistas seleccionados hubiesen aparecido un año antes en Evasión o Victoria. No los españoles, por descontado: la “roja” fue la rechifla del mundial, y dejó al país en su tradicional rol de zopenco iletrado que no sabe utilizar los cubiertos; nuestro destino en lo universal. El resto del Mundial ‘82 fue típicamente patrio: sonaron las sevillanas soeces de Pepe Da Rosa; se dieron dos escándalos vergonzantes (Alemania y Austria pactaron un empate para pasar a la final; el hermano del dictador de Kuwait “persuadió” a un arbitro para que anulara un gol de Francia); Kevin Keegan sufrió una dolencia en la espalda y casi no pudo jugar (“la lesión de Keegan es ya tan larga como misteriosa”, anunciaba La Vanguardia del 25 de junio de 1982); el alemán Schumacher dejó inconsciente y sin dos dientes (como lo oyen) al francés Battiston y no le picaron falta; y no sé si he mencionado el sensacional ridículo que hizo la Selección Española.

Les contaré otra cosa que quizás no sepan, y que es también muy spanish 80’s: a la Selección Italiana la alojaron, con grandes aspavientos de prodigalidad, en Sant Boi (quizás como penalización por el caprichoso cambio de bando que efectuó Italia durante la Segunda Guerra Mundial), en un hotel más o menos aparente que sin embargo solo tenía vistas espléndidas al cenagoso extrarradio industrial barcelonés. A mí esto me hace aún una gracia muy tremenda, porque demuestra de forma diáfana que en los 80 todo se hacía sobre la marcha y de oídas, y que si en aquella época llegan a venir a Barcelona los Rolling Stones los meten en un bungaló con goteras de El Toro Bravo.

En todo caso los de mi clase y yo fuimos al hotel aquel a ver si conseguíamos avistar la barba hasta los pies del venerable Zoff, pero nos echaron con cajas destempladas y sin que hubiésemos podido siquiera tirarle a Paolo Rossi una moneda de 25 pts al colodrillo. Para colmo (preparen risa), los italianos no pudieron entrenar en el campo del FC Santboià, porque estaba hecho una piltrafa y plagado de cascotes (rían ahora), y se marcharon al de uno de nuestros rivales históricos, Gavà. Pese a todos estos contratiempos, Italia ganó el mundial, cosa que yo ni siquiera recordaba (estaba convencido de que había sido Brasil).

Lo que nadie es capaz de olvidar, sin embargo, es a Naranjito, la conspicua mascota del mundial ‘82, una especie de cítrico fatty de supuesto origen valenciano con una mueca facial más petrificada que el zapato de un cadáver en un accidente alpino. No se engañen más: eso es 1982, eso es el verano de nuestra infancia: Naranjito El De La Sonrisa Inquietante. Y por mucho que lo entierren y esperen mil años seguirá siendo la misma catástrofe churrosa e impresentable de entonces.

(Artículo de carácter “refrescante” que escribí para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, en el mes del año en que todo el mundo lo usa para envolver churros. Salió el 13 de agosto, a todo color. Lo pasé pipa escribiéndolo, pero no se si había alguien ahí fuera para leerlo).

 

Humillación en el restaurante con ínfulas

Me cuentan que este texto no lo leyó casi nadie, solo 400.000 personas (hace varios días; quizás ahora sean más; cómo rayos voy yo a saberlo). A ver si esos 400.000 fulanos se leen también la oda a The Business. O compran Chap chap. Si todos compran Chap chap me hago un traje de lamé dorado y me tatúo a Deadpool haciendo el pino en una nalga y me llevo a mi familia de vacaciones a New Hampshire (porque suena opulento; en realidad no sé ni dónde carajo para).

Apareció como la primera parte de una serie de aventuras de escritores en restaurantes, que decidió inaugurarse en El Comidista de El País cuando yo presenté este texto la mar de gracioso.

Léanlo aquí y sean el lector turista 400.001.

El zapping de la muerte de Kiko Amat

Un pizpireto texto que pergeñé para Omicron Persei, otro de mis numerosos empleadores habituales. Está justo acá.

Lo escribí con cariño, con una buena dosis de rabia ciega, con algo de incredulidad (no puede estar sucediendo esto) y con las perennes ganas de reírme en mitad del infortunio.

Se trata simplemente de un breve y oneroso periplo por la programación televisiva actual. Supongo que me lo encargaron a mí porque nunca veo televisión, para ver mi cara desencajada al enfrentarme al horror catódico.

Disfruten y aléjense despacito del aparato de plasma, sin hacer movimientos bruscos.

¿Canon? ¿Qué Canon? (un curso de Kiko Amat)

Soy yo hablando de libros durante muchas horas, y sacándome de la manga con gran soltura una teoría para justificar lo que me gusta y lo que no. Yo tengo razón y los demás están equivocados, que se dice en Calvin & Hobbes.

Pueden ver de qué va la cosa aquí. Apuntarse en el mismo sitio. La cosa da inicio a mitades de enero del 2016, y tiene lugar en el Ateneu Barcelonès.

Esta es la perorata demagógica que he pergeñado para atrapar a los más incautos de ustedes:

“¿Canon? ¿Qué canon? Precisamente. Este curso de Kiko Amat busca establecer (o, cuanto menos, mostrar) un canon alternativo. Un universo paralelo donde Henry Fielding es más importante que Flaubert, donde Limónov le arrea una patada en el trasero a Philip Roth y en el que campan a sus anchas humoristas, rebeldes, chiflados, freaks y rockandrollers. Y aún peor: científicos. Porque el canon es personal por definición. Porque se trata de cómo te afectan las cosas. Porque el humor es el rasgo más elevado de la condición humana (y la literaria). Porque nos gusta la emoción, no el posmodernismo. Porque nos gusta la frase limpia y dura, no el galimatías afectado. Porque nos gustan las tramas y los personajes, y en nuestra casa los modernistas nunca pusieron los pies. Porque en los suplementos culturales siempre se habla de los mismos. Porque la Alta Cultura no es necesariamente nuestra cultura. Porque queremos rescatar a los olvidados, a los que terminaron mal, a los que no fueron incorporados al canon de la cultura seria, a los que se arrearon el morrón y a los que hacen reír. A los no-afectados y a los no-pomposos.
Bienvenidos al anti-canon.”

Hablaré, ya podrían imaginárselo (mis convicciones lectoras son más firmes que la determinación no-industrial de un amish) de John Fante, JP Donleavy, Don Carpenter, Ed Bunker, Malcolm Braly, Harry Crews, David Nobbs, Richard Brautigan, Ken Kesey, Joe Heller, Nelson Algren, Kurt Vonnegut, Hubert Selby Jr., Richard Price, Jim Dodge, Keith Waterhouse, Evelyn Waugh (pre-catolicismo), Wodehouse y un largo etcétera (que incluye a algunos escritores patrios, que sí). Y también de mí mismo, oh, ese lamentable bípedo ventoseante.

Hagan el favor de apuntarse, porque:

a) De otro modo seré yo hablando solo en una aula sobre-calefactada.

b) Tengo hijos que piden pan y zapatos con suela.

c) Será la mar de divertido, no hay exámenes y no me molestaré si algún día hacen rabona (con una excusa plausible).

10 de (mis) miedos en extinción

Pene1) Al sexo: Voy a contarles un secreto que está a punto de dejar de serlo: cuando abandoné el colegio salesiano en 1985, tras mi octavo curso, yo aún temía mearme dentro de una señora a la hora de hacer el amor. Como lo oyen: MEARME. Creía que lo de cambiar conductos o usos (urinario por reproductor) era una decisión consciente, y que era perfectamente posible que acabaras utilizando a tu pareja de orinal si te despistabas una pizca durante el acto. Ajá. Así de bien me enseñaron aquellos curas fatídicos todo el embolado de la educación sexual. Y es que, en fin, eran curas; ¿quién leches les puso al mando? Después de todo, uno no montaría un equipo de bobsleigh en Kingstown Town (ejem). El resultado de todo aquello, en todo caso, es que los niños de los 70’s crecimos tan primordialmente amilanados por el sexo como todas las generaciones anteriores desde Adán y Eva (o el primer trilobite zumbón). Era una longeva tradición: la de tenerle un miedo espantoso a lo de la “primera vez”. Un miedo que hoy solo sirve para entender mejor las novelas inglesas de los años 40 y 50, donde los protagonistas sufren 347 páginas de terrores del averno antes de magrear un burdo pezón. Ningún adolescente actual (avezado a hacerlo cuando le place, y sin remordimientos de ningún tipo, y encima confiando en un nivel razonable de proficiencia por ambos lados), podría comprender las simas miasmáticas de angustia a las que el primer sexo nos arrojaba en 1987. Por ende, superado el lamentable trance de la desvirgación, uno pasaba entonces unos cuantos meses (o años) de patente ineficacia sexual. Oh, Dios. 1987: Sensación de Morir. Aquello no parecía mejorar jamás, y nadie tenía ni idea de qué debía hacerse con los órganos esenciales, cómo levantarlos/humedecerlos, ni qué maldito resultado esperar del pringoso ensamblaje. Que estabas en la inopia, caramba. Que veías sangre en la sábana después de haber yacido con moza y te ponías a buscar la cabeza de caballo cortada de El Padrino. Por añadidura, lo que uno hacía en la alcoba en los años de aprendizaje se parecía en maldita la cosa a lo que uno atisbaba -con ojos achinados y creciente rampa de bíceps- en los filmes gorrinos de Serenna o Private. ¿Y me preguntan por qué aún estoy lleno de furia ciega? Es muy sencillo: los malditos jóvenes de hoy han crecido en Spring breakers, y yo en una maldita novela de Jane Austen: todo miraditas y labios de pitiminí, cortejo centenario y pacato recato a la que uno accedía al fin a la horizontalidad. ¿Cómo se puede ser nostálgico de esa época, con lo malfollaos que íbamos? Sería como ser nostálgico de la peste negra. O de la época en que para ser de izquierdas tenías que escuchar a Quilapayún.

2) Al apocalipsis: Tienen que ponerse, si me hacen el favor, en modo Edad Media. Piensen que la tradición profética juanina (la del Apocalipsis atribuido a San Juan, quiero decir) esperaba que el mundo terminaría en un pestañeo. Como dice Norman Cohn, “para el pueblo medieval el formidable drama de los últimos días no era una fantasía sobre un futuro remoto e indefinido, sino una profecía infalible que podría cumplirse en cualquier momento”. Santa Hildegarda de Bingen, una abadesa que dependiendo como le daba la luz del claustro se parecía a Vanessa Redgrave o al Dr. Zaius (orangután jefe en El planeta de los simios), tuvo la visión del Anticristo como “una bestia con monstruosa cabeza negra como el carbón, ojos llameantes, orejas de asno y un abierto vientre con dientes de hierro”. Esa supermodelo era lo que la gente del Medioevo esperaba encontrar en mitad de su ciénaga cada mañana al levantarse del jergón; y, admítanlo, como ejemplo de canguelo matutino suena bastante peor que sintonizar la COPE mientras te lavas los dientes. El lado bueno de todo ello, supongo, era que si superabas la fase inicial de julepe paralizante ya solo te quedaba abandonarte a un loco “erotismo anárquico” (como los alegres mozallones de la Herejía del Libre Espíritu), al insensato bandidaje y la más estremecedora borrachez. Y a-la-mierda-todo. O sea: el mundo iba realmente a terminar MAÑANA. No era como para empezar a preocuparse de la hipoteca del yurt, o de si la recolección y cata de estiércol era una empresa con futuro. Ríanse ustedes del punk; esto sí debió ser nihilismo flamígero y No Future calcinamundos. Lo de las hambrunas y la fiebre bubónica y el derecho de pernada vis a vis la señora de uno debía ser una lata, lo admito, pero por otra parte imaginen las infinitas posibilidades liberadoras que esconde lo de Creer Que No Va a Haber Un Maldito Mañana. He ahí un miedo que tal vez convendría devolver a la actualidad, amigos míos.

3) Al hambre: La gente ha puesto a caldo a Yuval Noah Harari por decir que la revolución agrícola fue el gran timo de la historia de la humanidad, pero algo de razón tenía el pibe. Me pregunto quién debió ser el imbécil que decidió que estar encadenado a un secarral rezando para que brotara el primer nabo pocho era mejor que triscar por los bosques recolectando frambuesas y ensartando al ocasional pecarí rollizo. Y follando con doncellas (otro cantar es que esas doncellas pareciesen familia de Chewbacca). Pero en fin: lo hecho, hecho estaba, y a partir de esa calamitosa decisión curricular el hombre pasó el resto de su existencia intentando mitigar el hambre a base de demente arado de dehesa y sembrado ineficaz de tubérculos, ad eternum y de sol a sol. Es difícil imaginar lo prevalente y cotidiana que era no hace tanto la posibilidad de quedarte sin un mal chusco de pan que echarte al maxilar. Y generalizada, además. El capitalismo es una estafa, sin duda, pero algo (una pizca) hemos mejorado en lo de la producción de alimentos y la idea del Estado del Bienestar. Antes, todo orbitaba alrededor al miedo a carecer de manduca y MORIR. Está en todas partes, sean cuentos centroeuropeos o novelas sujetapuertas sobre la Gran Depresión norteamericana. Cuando les leo a mis rorros fábulas de gigantes pelirrojos en los bosques negros de Silesia, la parte que no comprenden no es la del ogro piloso que goza desmembrando humanos, sino la de la familia hambrienta que penetra en la cueva buscando desesperadamente una patata con gusano. Los dos chavales no pueden asimilar que, antes, los hard times eran lo normal. Y cuando digo antes no me refiero a 1260, sino a 1954, leches. Occidentales, no del Tercer Mundo. Voy a terminar diciéndoles a mis vástagos lo mismo que me decía mi abuela a mí: “No saps que és passar gana”. Con una sutil diferencia: ella sí lo sabía, mientras que yo sigo sin tener ni pajolera idea (si no contamos la criptoanorexia que sufrí en 1996; y créanme: mejor no la contamos).

taekwondo4) A otras razas: En mi pueblo había un chino. La anécdota termina aquí, y la culminación del chiste está implícita en el cómputo: UN chino. Solo había uno. Y era coreano, ahora que lo pienso (regía un gimnasio de Taekwondo). No que yo hubiese sido capaz de captar el matiz racial y sociocultural entonces, pero incluso así. De 90.000 ciudadanos amontonados a la orilla más pestilente del Llobregat, en Sant Boi, solo un puñado infinitesimal eran emigrantes internacionales. El tío más exótico de mi colegio lo era por huérfano, no por venir de la Micronesia. El “gueto” en Sant Boi era un Entresuelo Segunda donde vivía una familia de Azuaga, y los únicos “ecos” que nos llegaban de él eran joticas extremeñas. Antes dije miedo, pero es que no era ni eso: no sabíamos ni qué eran las otras razas (más allá de lo que intuíamos en recurrentes seriales de TV como Kung Fu o Raíces). Cuando veo a la pandilla de mi hijo menor, que parecen los Guardianes de la Galaxia o un anuncio particularmente abigarrado de Benetton, pienso en lo soporíferamente uniforme y homogénea que fue nuestra infancia. Los amigos de la clase de mi hijo mayor son un celebrable potaje de sangre brasileña, irlandesa, pakistaní, rusa y filipina. Cágate lorito. Los de la mía, en EGB, venían de Azuaga, Teruel y Villena. Toma ya tutti-fruti multicultural: maños, bellotos y catalanes. Está claro que esto no puede parar de mejorar. Que no hay color.

5) A la guerra: “Por lo menos no estamos en guerra”. ¿Soy yo el único ciudadano que pasa el día pensando (y, a veces, mascullando en voz alta y con ojos de hipnotizador en el metro) esta frase? Sí, mis queridos amigos: pese a lo negro que pinta el futuro, al menos no estamos enzarzados en una holocáustica conflagración bélica civil o internacional. A la que uno lee más y más historia cae en la cuenta que lo de estar en tiempo de paz es una cosa sumamente rara. Una aberración histórica, y nunca mejor dicho. Antes, lo normal era que cada generación pasara por una guerra, como mínimo. Si tenías una mala suerte excepcional incluso era posible que te zamparas dos de ellas seguidas (pregúntenselo a los boches o ingleses que lucharon en la Iª y IIª Guerra Mundial; vaya merdoso jackpot). Muriendo de forma horrible, para más inri. No había forma de relajarse. Cada vez que te abrochabas la bata boatiné y alumbrabas la pipa, aparecía por la radio un demente condecorado echando espumarajos por la boca y exigiendo de malas maneras la “movilización total” y la anexión de esto o aquello. Uno no podía bajar a comprar la baguette matutina sin presenciar una nueva entrada de tanques y cañones por la calle ancha. Y hablando de tanques: hace un año estuve en Santiago de Compostela, y un camarero moteado por lamparones Pollock y aparentemente experto en la “cuestión catalana” se manifestó al respecto con esta declaración inequívoca: “Allí tendrían que entrar los tanques” (“allí” quería decir “en Catalunya”). Va, ¿en serio, cerdoso camaruta? En primer lugar: nunca es deseable que entren tanques en ningún lugar, julay. Solo cosas malas pueden resultar de esta decisión precipitada. Antes de mandar tanques envía un whatsapp, o un mail severo, o algo vistoso de Interflora. Agota las posibilidades; eso es lo que intento decir. En segundo lugar, los tanques españoles jamás lograrían “entrar” en Barcelona. Tal y como están las cosas (presupuestariamente, digo) sufrirían una avería mucho antes de cruzar la frontera, y la invasión se postergaría eternamente mientras unos cuantos cabos chusqueros tratan infructuosamente de cambiar una rueda en alguna estación de servicio de Los Monegros. Pero al camarero gallego no le dije nada de esto, claro (y mucho menos lo de “cerdoso camaruta”). Solo tomé de su mano el plato de codillo con pimientos y balbuceé un “muchas gracias” del que, casualmente, había desaparecido cualquier tipo de acento o inflexión catalana.

6) A una muerte violenta: De nuevo, me es imposible no andar silbando el tema principal de Mary Poppins (“Con un poco de azúcar y la píldora…”) por las calles, arrancándome con el ocasional saltito con golpeteo de talones en el aire, cada vez que pienso en lo poco posible estadísticamente es el que yo vaya y sufra una muerte violenta antes de los 50. De haber nacido en 1860 en lugar de en 1971 yo ya no estaría aquí, y ustedes estarían leyendo una página vacía de Jot Down. Siendo como soy de extracción proletaria, a los dieciséis ya me habrían apuñalado por la espalda unos facinerosos del arrabal por medio caliqueño y un caramelín de menta, o en plena huelga general habría sido aplastado bajo los cascos de un corcel de la guardia de asalto, o me habrían condenado al garrote vil por robar un pedrusco de carbón usado; qué se yo. Admitámoslo: estamos en un mal momento y urge un cambio total de paradigma, pero antes se estaba mucho peor. ¿“Antes” cuándo, escucho que preguntan? Todos los “antes”. Cualquier tiempo pasado fue infinitamente más excrementicio. Y si no eres caucásico, muchísimo peor que eso. Como dice Louis CK, “la gente negra no puede trastear con máquinas del tiempo. Cualquier época antes de 1980 es: “¡no, gracias!”.

7) A las enfermedades venéreas: Excepto el Sida, no jodan. Pero en todas las demás: qué mejora, troncos y troncas. En 1890, quedarte sin nariz por culpa de la sífilis era un percance más o menos común. Todo el mundo en el barrio conocía al menos a un caballero desnarizado por haber hecho guarraditas en alguna patatona tiznada. No me digan que ese no es el peor porvenir posible: con el pito hecho un chili jalapeño y supurando goterones de pus, sin nariz, y encima completamente chiflado (la sífilis acababa desembocando en enfermedad mental, como quizás ya sepan). Supongo que lo de la locura es el último gesto de consolación del altísimo: ya que tu minga se asemeja a un chucho de crema recién escaldado, y acaba de caérsete la probóscide al suelo tras intentar sonarte en una gala benéfica, lo mínimo que puedes pedirle a Dios es que te vuelva chalupa del todo, para así seguirte viendo pastao a Paul Newman. Suerte que finalmente llegó la penicilina, acompañada de algo más de información médica sobre los microbios y los mínimos requisitos exigibles de higiene en los bajos, y la gente pudo relajarse de nuevo en el catre. ¡Gracias, era moderna! ¡Adiós, miedo visceral a los chancros!

8) A la paternidad: Ya pasó. He ahí un pavor que puedo atestiguar que ha sido desintegrado de mi psique, por este simple motivo: ya lo soy. Ya soy padre, quiero decir. Es bien sabido que lo peor de un terror es la premonición infausta e hiperbólica, especialmente si está completamente cercenada de una realidad certificable. Imaginar el asunto como asaz peor de lo que es en realidad, vaya. Les confieso que yo, en las épocas inmediatamente previas al nacimiento de mi primer hijo, veía la natalidad como EL FIN DEL MUNDO (tal y como lo había conocido hasta entonces). Un armagedón emocional y social que, como la lluvia aquella de meteoritos del Cretácico-Terciario o la primera Edad del Hielo, acabaría drásticamente con una serie de felices ritos y costumbres personales (beber, follar, salir, hacer lo que me viniese en gana en cada punto de mi existencia…) e inauguraría otro estadio. Que yo imaginaba igualito que la esclavitud y el Pasaje Medio, no hace falta decirlo. Me alegra decir que resultó no ser así, y el Oficio de Padre se reveló como algo más gratificante y elevado que la catatonia mental y la servidumbre cotidiana que yo había visualizado -sudando cubitos de hielo en mitad de la terrible noche- en el periodo anterior a que mi hijo mayor asomara su apanochada cabeza por un igualmente apanochado orificio de salida. Pero tampoco quiero hacer propaganda del tema, pues luego mis amigazos me echan en cara que siempre pinté esta basura como mucho más armoniosa y poética de lo que es en realidad; amargando su vida en el proceso. Pido perdón. Yo soy así, qué le voy a hacer: siempre recordando lo majo, y olvidando a cañonazos lo oprobioso y patético. Que lo hay, y a montones.

9) A mi locura: Qué narices digo: sigo acobardado por mi propia demencia. Me aterra mi confusa mente, y desearía estar en PAZ. Como siempre le digo a mi amigo David (un fulano tan neurasténico como yo mismo): para nosotros, la tranquilidad es sinónimo de contentura. Cuando no estoy tranquilo, cosas espantosas suceden. Las puedo ver en la distancia, solidificándose de forma ominosa como los nubarrones cachumbos que preceden un chaparrón. No es en absoluto la calma antes de la tormenta, como decía aquella sensacional canción de The Bats, sino el caos que la anuncia. Es el primer trueno, el primer tic en la ceja, el primer espasmo en el brazo, el bobo olvido que, sin embargo, anticipa el fatal alzheimer. Y hay que detenerlo, de cualquier modo al alcance de uno. Porque una vez la bola empieza a rodar ladera abajo, nadie puede pararla, y hay que llevar el asunto a su consecución natural (ni pregunten). Esas crisis de chaladura pasajera deben ser cercenadas en su primer brote, de veras se lo digo; cuando ves asomar la habichuela. Lo que sucede es que nunca atino a hacerlo y, cuando reparo al fin en lo que está sucediendo, el tronco de las habichuelas ha crecido hasta destrozar el techo y las paredes de mi hogar, y solo me queda trepar por él hasta la guarida del OGRO. No puedo hacer una metáfora más explícita que esa (la guarida del ogro es mi lado peor, por si necesitan aún más indicaciones). En fin, que casi preferiría tener la sífilis; no sé cómo decírselo, maldita sea.

10) A volar: Yo ya no tenía miedo a volar, después de muchos años desasosegado por el tema. Era un ejemplo clásico de puro miedo cerval superado a fuerza de madurez, sentido común y testicular perseverancia. Por supuesto, ha dejado de ser así. Si ustedes siguen -aunque sea por encima- la actualidad internacional no requerirán que me extienda demasiado en la razón por la cual ese particular terror ha regresado a mi psique. Por culpa del trotante depresivo alemán, los montes picudos y el segundo oficial pegando hachazos a la puerta de la cabina, vuelvo a estar MUERTO DE MIEDO. Y vuelo a París mañana, con toda mi familia. Lo bueno de esto último es que -por narices- tendré que dominar mi tembleque, y lo malo es, obviamente, que VAMOS A MORIR TODOS ENGULLIDOS POR LAS LLAMAS EN UNA TUMBA VOLADORA. Sí, lo dije gritando y haciendo jirones la camisa que llevo. Así que consideren esta lista como mi carta de despedida, mi nota de suicidio. Cuando lean esto, yo ya no estaré aquí. Sr. Juez. Todo eso. Adiós, lectores de Jot Down. Adiós para siempre.

Kiko Amat

(Esta pieza me entretuvo durante un encomiable periodo entre-oscuridades-aterradoras, y la escribí para el Jot Down #11, la de papel que uno encuentar en kioskos. Espero que les agrade y les haga reír un ratín)

Operación sol: Chap Chap en Puerto de Santa María

PRES_chapchap_PDSMQuiero que agarren todos las partituras y eleven su canto al cielo como si se tratase de una sola voz: “Qué tío, vaya PELOTAS, si parece-e-e-n…”

Pues ese ente sobrenatural que conocemos por Kiko Amat agarra los portantes y la emprende con las últimas fechas de su loco tour a lo Arthur Gordon Pym.

El jueves 22 de octubre, a las 19h, Kiko Amat IV El Piyuli estará en el Edificio Constitución 1812 de Cádiz para hablar de eso que hace. Le entrevistará Ignacio F. Garmendia dentro del marco de las “Presencias Literarias” de la Universidad de Cádiz. El autor hablará de todo y más, incluyendo su primera comunión con extremo detalle, el pub-rock y por qué mola, estadísticas de la anfetamina en 1988 y escritores menores del Soho.

El viernes 23 de octubre, el insensato, empapuzado de tortilla de camarones y eructando hurta a la roteña como si no hubiese un mañana, realizará la presentación como tal de CHAP CHAP en Puerto de Santa María. Será en el Suzette (c/ Vírgen de los milagros ACC 122) a las 20:30, y le entrevistará José Ramón Vaca. Se hablará sin tapujos de la clase de graves desórdenes psicológicos que pueden llevar a un adulto a confeccionar algo como ese libro.

Esa misma noche, y unas horas después, Kiko Amat pondrá canciones en La Chicha Ye-Yé (c/ Cañas 1). Todo discos manoseables (solo por él), música 100% no intelectualizable y de la que apela a gónadas + rótulas.

Espero que acudan a jalearle en tropel a los tres eventos, fans, stalkers y lectores serios. Aunque el muy ceporro lo haya anunciado tan solo un puto día antes de la fecha.