Blues del delta: nacidos en el Baix

Kiko Amat explora la relación sentimental que tienen con su comarca cinco artistas originarios del Baix Llobregat: David “Beef” Rodríguez, David y José Muñoz (Estopa), Maria Guasch y Clara Segura. Pero antes analiza la suya propia, para que no se diga.

Resultat d'imatges de +BM (Barcelona Más Metropolitana)

Yo nací en el Baix Llobregat y me marché del Baix Llobregat. No suelen perdonárseme ninguna de las dos cosas. Para los urbanitas de Barcelona soy siempre sospechoso de garrulismo periférico. No importa si voy por ahí declamando a Maragall en pose de estatua de Llimona: los barceloneses me olisquean, tratando de detectar al quinqui latente que, faca en mano, se agazapa tras mi impostura condal. En mi comarca me sucede lo opuesto: soy un emigrado, uno de los que se dejaron embaucar por el dudoso encanto de “Barna”. Un traidor, en cierto modo. La responsabilidad de probar que no soy un cursi metropolitano, que aún soy de los suyos, siempre cae a mi lado de la verja. Y encima soy escritor: doble ultraje. Cuando entrevisté a David “Beef” Rodríguez, su primera frase fue “Hablas siempre del Baix, pero tú te fuiste, ¿no?”. Miré al suelo, mortificado, y mascullé un “sí” inaudible. Sí, me fui (le canté, poniéndome en pie), merecía aquello pero no lo quería, así que me fui-i-í.

Y, sin embargo, en mi niñez no quería irme nunca del Baix. Mi sangre es puro delta. El Baix Llobregat de los 70 y 80 es mi paisaje, el único que me conmueve (y tiene peso en mis novelas): torres eléctricas, cañaverales polvorientos, pinedas dejadas, solares a medio hacer; polígonos y aviones; uralita, tierra roja, malas hierbas, olor a mar y pedo industrial; aiguamolls y cementerios de coches; el parquing del Carrefour; campings, pafs musicales, bares extremeños, espiguillas en los pantalones, montes achaparrados. Una tierra inter-Media. En las memorias Otro planeta, Tracy Thorn definía así su villa natal: “era un pueblo y no era un pueblo. Rural pero no rural. Una parada en la línea, un espacio entre dos paisajes que tenían mayor pedigrí: la ciudad, y el campo. Un territorio fronterizo, un estado intermedio y accidental”. Los pueblos del Baix Llobregat sufren de la misma esquizofrenia territorial. Tuvimos mucha inmigración (pueblos extremeños enteros trasladaron su censo aquí), también turismo (aunque sospechabas que aquellos holandeses habían llegado por error), pero la duda permanece: ¿somos la comarca que la gente atraviesa?

“Si llega el metro, es Barna”, decíamos. Y a Sant Boi solo llegaban los Ferrocarriles Catalanes. La escritora Maria Guasch afirma que “los del Baix somos culturas de tren”. Un recuerdo (posiblemente apócrifo) de mi juventud: mi panda y yo, bajo la luz de una farola de la estación, bebiendo latas de cerveza, viendo como se aleja el último ferrocatas a Barcelona (y no vamos en él). El tren definía los límites. Aquel trayecto, representación física de la distancia, avivaba el incendio de nuestros anhelos: nadie ha romantizado tanto Barcelona como los habitantes del Baix. Y nadie se ha decepcionado tanto con ella como nosotros.

No recuerdo en qué momento empecé a fantasear con marcharme de Sant Boi, convertirme en un Judas del delta. Debió ser a los catorce, cuando el tumorcillo de la anglofilia había devenido metástasis incontenible. En mi descargo debo decir que al final engañé al Baix con Londres, no con Barcelona (lo cual es como decirle a la esposa que le has sido infiel, sí, pero con la Patricia Arquette de Amor a quemarropa, no con la vecina).

Da lo mismo: allá donde fui, el Baix Llobregat se vino conmigo. El hecho de marcharme solo había incrementado su hechizo. Aquel “otro lugar” avalaba mi existencia, que diría Philip Larkin. Aún me persigue. Si cierro los ojos nunca estoy en Londres o Gràcia: estoy andando calle abajo por Jaume I, un mediodía de agosto. Sant Boi está vacío, hay golondrinas en el cielo, el aire huele a menta y cemento y malas hierbas quemadas, ni un coche a la vista. Mis amigos y yo nos hemos quitado las camisetas por el bochorno, vamos bebidos y gritando “You’re wondering now”. Atrapados en el delta, en un estado emocional que mezcla la jactancia, el complejo de inferioridad y el rencor. Siempre seré de aquel lugar, y de aquel momento.

 

 DAVID “BEEF” RODRÍGUEZ (Sant Feliu de Llobregat)

Resultat d'imatges de david rodríguez músico la estrella de davidYo no soy un cantante de abstraerse. Cuento las cosas que conozco. He vivido 44 años en Sant Feliu, y hablo de mi pueblo. Al principio, en Beef, como cantaba en “wuachiwey”, no se entendía. Luego, en la promoción, sí que sacaba lo santfeliuense, para distanciarme del melanoma barcelonés. Ejercía de habitante del Baix Llobregat. Quería poner distancias. Y hacerme el interesante.

Jamás me fui del Baix Llobregat. Me quedé aquí. No me siento extraño en la comarca. Lo he pasado mal aquí, he estado deprimido, pero nunca he pensado en marcharme. Mis padres eran desertores del arado, de Ornacho, un pueblo de Badajoz. Venían de la miseria. Me inculcaron el miedo a la aventura, a largarme. Nunca me planteé nada más allá de tener un trabajo fijo. Ni siquiera irme a Barcelona. Cuando me pegué una hostia en coche en la primera gira Noise Pop me indemnizaron, y lo primero que hice fue comprarme un pisito en Sant Feliu. Siempre he sido un malcriado. Mi madre venía a limpiarme la casa. Y cuando ella dejó de venir empezó a venir mi padre.

Aquí me dejan en paz. Me siento más anónimo en Sant Feliu que si me voy al Nasti de Madrid. Eso era lo que más me gustaba de estar aquí. Yo no tenía conciencia de clase, pero veía que en mi entorno nadie tenía veleidades artísticas. Ahora vivo en Madrid, y es al revés: no conozco a nadie normal allí: todo el mundo que frecuento es artista. Eso para mí es un gran hándicap artístico y humano.

En mi pueblo yo siempre había sido la mascota. El friqui graciosillo. El rarito. Tenía fama de estar zumbado, de autista, iba por ahí con los auriculares, a mi bola… Kiko Veneno dijo que su padre siempre se había reído de él, y ahora que tenía 50 años le daba la razón. A mí me ha sucedido algo parecido. Al final, perseverando, me he ganado el respeto del pueblo. No es que les guste mi música, pero he calado, como la gota malaya.

Sant Feliu ha cambiado. No es que se haya convertido en una gran ciudad, pero antes era más gueto. De niño me atracaban cada dos por tres. Ahora veo un cierto aburguesamiento, esas gafas de pasta catalanas, ese alquitranarlo todo…

El cambio de cinturón rojo a cinturón naranja lo veo consecuente. Da pena y asco, pero va con los tiempos. Sant Feliu tenía un movimiento vecinal muy potente, cortábamos carreteras para que nos pusiesen el instituto, o el ambulatorio… Se ha pasado mucho de la gente de aquí. El “procés” los ha ignorado.

(David Rodríguez es músico. Formó parte de Bach Is Dead, Beef, Telefilme, La Bien Querida y, ahora, La Estrella de David. Acaba de publicar su último disco, Consagración)

 

ESTOPA (Cornellà)

Resultat d'imatges de estopa cornellàNuestros padres eran de un pueblo al sudeste de Badajoz. Zarzacapilla. Mucha gente de allí emigró a Cornellà, Sant Boi i L’Hospitalet. Era un pueblo pequeño, de 600 habitantes. Debieron venir todos. Al primero que vino le llamaron Juanito Barcelona. Eran como pioneros. Nuestro padre vino en 1963 con trece años. Él solo. Tenía aquí a su tío. Vivían en plan camas calientes, con familiares. Igual que los inmigrantes que vienen ahora. Nos entristece ver a gente que fue inmigrante, y ahora se queja de los nuevos. Ellos, que estuvieron doce personas en un piso de 60 metros. Supongo que es como la mili, que te putean y luego vas tú a putear.

Nuestra madre también era de Zarzacapilla. Vino a Cornellà con su madre y su hermana. Tenía quince años cuando empezó a salir con mi padre. Mis padres recuerdan aquella época con cariño, aunque fuese dura. “Había mucho trabajo”, te dicen. Claro, en el pueblo había una crisis agraria total. Señoritos que no explotaban la tierra. Un abuelo era jornalero, y el otro vendía sardinas. Arturo, se llamaba. Era tartamudo. Tuvo la primera moto del pueblo, pero no sabía pararla, así que estuvo dando vueltas a la aldea hasta que se le acabó la gasolina.

Nuestro padre llevó varios bares. David nació en el bar Nuevo, y yo [José] en el siguiente, La Española. Aprendí a dibujar allí, a jugar al ajedrez, a sumar. Me enseñaban los clientes. Se aprenden muchas cosas en el bar. Yo [David] salía del colegio a la una y me iba al bar: con mi bolsa de patatas, mi Kas naranja, y el Sport. De niños ya ayudábamos: fregando, poniendo cafés. Era como un juego. Estopa venimos de cultura de bar. Los humanos somos seres sociales. Todo lo que fomente la socialización va a ser popular, pese a sus contraindicaciones. En el Baix Llobregat hay muchos bares. Son el foro romano, el baño turco, de aquí.

A Barcelona nunca íbamos, de jóvenes. Barcelona era la periferia, para nosotros; no al revés. Íbamos a Sant Boi, a la discoteca Jardí. Como no te dejaban entrar con bambas, uno de nosotros entraba con zapatos, se los quitaba en el váter y nos los íbamos pasando. Ir a Sant Boi era una odisea: íbamos andando por la vía, o nos colábamos en los ferrocarriles. También íbamos al Amnesia, el Music Palace, el Axioma, el Tijuana. Al Daniel’s iban los “pijos”. Pijos de Cornellà, imagínate lo pijos que eran. Íbamos por ahí solos todo el día. Me sorprende que no nos pasara nada. Nos íbamos a las vías del tren y metíamos monedas y palos para que los chafara el tren al pasar.

Nuestros padres solo escuchaban rumba catalana. Era la biodramina natural que nos ponían para los viajes en coche. Cantábamos a pelo en la plaza “Maracaibo”. No nos daban de comer, nos traían Xibecas. Picaban al interfono para que bajáramos con la guitarra, y entreteníamos a los colegas. Así fuimos aprendiendo.

Nunca nos hemos querido ir del Baix Llobregat. Mi sitio está aquí [David]. No me iría a Tokyo ni a Miami. Si de jóvenes no nos íbamos ni a Horta, cómo nos vamos a ir ahora al Japón. Hay algo de pertenencia a la tierra. No es nacionalismo: es barrismo. Nuestros amigos están desperdigados entre Cornellà y Sant Boi. No nos gusta alejarnos. Nos hemos hecho un estudio en Sant Feliu para poder grabar discos sin tener que irnos a Madrid. Y eso que nos encanta Madrid. Pero no es mi casa. Mi casa es esto [David].

Nuestro cinturón rojo ahora es exrojo, o eso dicen. Los partidos se creen que todos los que les votan son de los suyos, igual que algunos grupos se creen que porque vayas a un concierto ya eres ultrafan. Que Cornellà se haya vuelto naranja no significa nada. Es un voto de protesta.

(Estopa son los hermanos David y José Rodríguez. Están preparando un nuevo álbum que conmemorará veinte años de carrera)

 

MARIA GUASCH (Begues)

Resultat d'imatges de maria guasch escriptoraCrecí en Begues, un pueblo que está alojado en un valle tras las montañas de Gavà y Castelldefels, y solo se puede acceder a él mediante una carretera con muchas curvas. Ha crecido, se ha vuelto más residencial, pero sigue siendo recóndito. Por la afluencia de veraneantes, y que la mayoría de familias viniesen de pagesia local, Begues parecía distinto.

En mi vida hay tres zonas. Mi pueblo: primera zona. El instituto en Gavà: segunda zona. A los dieciocho, Barcelona: tercera zona. Allí todo el mundo parecía encajar. Me creó una sensación de no pertenecer, echaba de menos la cosa extrarradial. Estos niveles se ven desde Begues: las curvas, Gavà, Barcelona y el mar.

Pasábamos noche tras noche mirando las luces de Barcelona. Es una imagen muy Hollywood: nuestras curvas eran Mulholland Drive. Recuerdo un compañero de clase barcelonés que, por una calle, ya no formaba parte de Horta sino de El Carmel. Su sueño era moverse una calle más allá y ser de Horta. Yo pensaba: ¡pero da igual, eres de Barcelona! En Begues mi madre revestía a los veraneantes barceloneses de un glamour que no tenían. Eran gente de clase obrera, pero solo por ser de Barcelona mi madre ya les ponía una aura “de ciudad”.

De niña la comarca me hacía soñar: ir a Barcelona significaba atravesar Gavà, Viladecans y Castelldefels. Castelldefels me parecía glamuroso, intentaba imaginar cómo serían las vidas de los compañeros de EGB que vivían allí. Pasaba en coche y veía pisos playeros muy pequeños, del desarrollismo, y envidiaba sus vidas, tan cerca del mar.

Mi universo literario sigue siendo del Baix Llobregat. Ese mundo de pueblos costeros medio abandonados pide a gritos ser narrado. Playafels en invierno es fantasmagórico. La vibración de los años setenta se ha transformado en melancolía espeluznante. Para un escritor es una mina.

En Begues, lo común es irte a vivir una época a Barcelona. No se interpreta como traición. Eso sí: todo el mundo vuelve. Yo he sido la única de mis amigos que no lo ha hecho. Eso me descasta. Me siento extraña allí, y durante mucho tiempo me sentí extraña en Barcelona. Y ahora que empiezo a sentirme en mi casa en la ciudad, algo en mí me dice que estoy cometiendo algún tipo de traición. Aun ando por Barcelona y me digo: eras de allí, pero ahora eres de aquí. Eres de los dos sitios.

Me identifico con el tren de Rodalies. Los del Baix somos cultura de tren. Pasamos media vida en el tren, atravesando la comarca. Cuando llego al destino, sea Barcelona o Begues, vuelvo a sentirme extraña, pero mientras estoy en el vagón pertenezco. El paisaje del tren de Rodalies es otra mina literaria: todas las no-zonas, la mezcla entre solares y aiguamolls, zona salvaje y naves industriales, pared con pared. El trayecto es el lugar. Somos gente de trayectos. El shock es más grande viajando de Sants a Gavà que de Sants a Madrid.

(Maria Guasch es novelista. Publicó su tercera novela, Els fills de Llacuna Park, en el año 2017)

 

CLARA SEGURA (Sant Just Desvern)

Resultat d'imatges de clara segura actriuSant Just parecía muy lejos de Barcelona, aunque está a 12 kilómetros. Mi abuela fue a parar a Sant Just porque mi tío se puso enfermo y le recomendaron que el aire de “montaña” le iría bien. Era un pueblo-pueblo. Parece no tener entidad propia porque está demasiado cerca de Barcelona, pero a la vez parece más pueblo porque, al contrario que otros del Baix, no tiene tren. Eso marca una diferencia. Lo hace más caro, los futbolistas se mudan aquí. Se ha convertido en un pueblo residencial.

En el Baix no tenemos grandes monumentos ni grandes paisajes. Las particularidades del Baix, de haberlas, hay que buscarlas en la gente. Si hablo con Jordi Évole, o con Santi Balmes [ambos del Baix] tenemos algo en común. No son infancias de Barcelona. Conocías a todo el pueblo. Aunque seamos “área metropolitana”, crecimos en un pueblo. Íbamos en bici al monte. No eras del Montseny, no te conocías todos los tipos de árboles, pero tampoco eras urbanita.

Yo soñaba con Barcelona. Viví doce años allí, y la pude conocer a fondo, para bien y para mal. No diría que me decepcionó, pero sí la encontré más pequeña de lo que había imaginado. Más manejable. Supongo que tiene que ver con la edad. Cuando eres niño vas al Zoo y te parece un mundo. Los del Baix tenemos algo con el agua, entre el río y el litoral. Somos del delta. Y así como el río va a parar al mar, los del Baix Llobregat somos arrastrados a la gran urbe. Pero nunca eres del todo de allí, como tampoco eres del todo de aquí. Hay una parte agradable en esto, porque puedes sentirte de todas partes. Vives siempre en esa eterna contradicción.

Sant Just, como otros pueblos del Baix, está sufriendo el síndrome de vivir de cara al exterior. Arreglarlo todo, poner muchas rotondas, que todo quede polit. Empiezan a haber muchas alarmas, se vive de cara adentro. Hay una parte más abierta y más cerrada: hay más gente nueva pero más recelo. También creo que es una tendencia global. Hay miedo a perder lo que tenías por ese nuevo flujo de población. Por eso ganan las derechas.

Lo del cinturón naranja lo llevé fatal. Vi que el miedo se puede utilizar de forma oportunista. Hablamos de un partido político que jamás defenderá a la gente con riesgo de exclusión social, la gente con más riesgo laboral… Me sorprende que la gente vote a alguien así. Queda mucha faena por hacer, mucha educación que dar. Se ha cultivado lo material, el ascenso social más fachenda.

En el Baix se había hallado un discurso perfecto entre catalanes y castellanos, todos éramos lo mismo y yo estoy muy orgullosa de mi bilingüismo. Pero alguien ha mezclado las cosas y se ha cargado los puentes. Lo digo por unos y por otros. La culpa no es solo del cinturón naranja. No se ha hecho bien. Hemos regresado a unas cosas que yo creía superadas. La convivencia es ejemplar, pero queda una herida interna.

(Clara Segura es actriz. La bona persona de Sezuan se representa en el TNC hasta el 17 de marzo. En abril estrena Les noies de Mossbank Road en la sala Villarroel)

Kiko Amat

(Esta pieza se publicó originalmente, y especialmente, para el suplemento +BM Barcelona Más Metropolitana, de La Vanguardia, el sábado 30 de marzo del 2019)

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

Some Product #6: Generation X, Sex Museum, Cala Vento y más

https://i2.wp.com/munster-records.com/static/thumbs/images/productimage-picture-sweet-revenge-830_jpg_382x5000_q100.jpgGENERATION X

Sweet revenge

Munster Records

Decía Dave Eggers sobre The June Brides que, habiendo completado su discografía, pasó la siguiente década buscando en el cajón de la J, por si aparecía algún improbable nuevo disco del grupo (ya disuelto). A mí me sucedió lo mismo con Generation X, mi segunda banda predilecta del punk 76-79: pasé parte de mi juventud husmeando en la G, a sabiendas de que ya había completado su material: 3 álbumes y siete singles. Pero: ¡milagro! El guitarra original de la banda, Bob Andrews, guardó los másteres de un álbum perdido, el hoy llamado Sweet Revenge. Se grabó en julio de 1979, y estaba destinado a ser su tercer elepé, tras el potable Beyond the valley of the dolls. Los fans sabemos ahora la verdad: Derwood abandonó la banda y Billy Idol regrabó varias de esas canciones para el aerodinámico y radiofónico Kiss me deadly, ya como Gen X. Sweet revenge, sin embargo, no es una colección cacofónica de maquetas pachuchas. Se escucha como un álbum casi listo: la versión cruda, sin pintar al aerosol, de Kiss me deadly. Comparte varios hits (la persistente “Dancing with myself”, “Triumph”, “Revenge”, en formato más rudo, menos nueva ola) y añade varios temazos que se perdieron en el camino: “Modern boys”, “Girls girls girls”, “Flash as hell”, todos de retórica y empuje 100% Generation X. Punk coreable, estribillos pop, letras de mocedad exaltada y tremenda chulería en la voz de Idol. Muy necesario, y no solo para completistas.

CALA VENTO

Cala Vento

BCore

Cala Vento son como si dos de Superchunk se hubiesen ido al súper, y los dos miembros restantes se hubiesen quedado en el local grabando maquetas, con menos medios pero iguales ganas. Cala Vento son dos chavales empordanencs de pueblo y pastizal que llegan a la Ciudad Condal y, abrumados por su belleza y dimensiones, incorporan su espíritu –real o idealizado- a la dialéctica de sus canciones (como cuando Weller se mudó de Woking a Londres, y se puso a hacer canciones con London en el título). Cala Vento son románticos, inocentes y precoces a la vez, dominan la lírica pop española como si llevasen en esto bastante más tiempo del que llevan, y afirman (adecuadamente) recoger una antorcha de manos de predecesores con mucha ventaja (Nueva Vulcano) o poca (Vàlius). Cala Vento son de lo mejor de aquí: sentimentales, víricos, tempranos y llenos de empuje pop. No paro de cantarles.

 SEX MUSEUM

Fuzz face

Independence

Sex Museum 30 Aniversario

Sex Museum ya son una institución. Los madrileños llevan 30 años dándole, lo que me alegra mucho y fastidia sobremanera, pues implica que TODOS somos unos vejestorios. Sí, usted también. Haciendo gala de su irreductible espíritu autárquico, Sex Museum no esperan la llamada de Sony y reeditan sus propios elepés. Fuzz face es su debut mod-garajero de 1987, y en él parecen los hermanos granujientos y procaces de sus aplicados primos barceloneses Los Negativos. Gamberrería pueril-teen en canciones como “Big cock” y “Sexual beast” (obsesión pubescente), versiones 60’s punk que ahora suenan manidas pero en 1987 no lo eran (“C.C.Rider” y “Psycho”) y solo una canción en castellano, “Ya es tarde” (cúspide del álbum). La portada es tan alucinante que el contenido –garaje rock de papel cebolla- quizás decepcione a los profanos. Independence (1989) es un disco mucho más entero, además de una declaración de principios en toda regla (independencia, leñe). Contiene su hit inapelable y en mi opinión mejor canción de su carrera, “Friends”, así como la pegadiza “I’m moving”. Algunos fruncieron el ceño por su evolución al sonido Detroit y hard rock, melenas cortinaje y chalecos de cuero (sin camisa), y los mods les abandonaron más o menos en masa, pero salta a la vista que esa nueva dureza les dio empuje, alas, ideas y gónadas. Lástima que no incluya el pepinazo “Where I belong”, single predilecto de los fans.

KIM FOWLEY

I’m Bad

Vinilissimo / Munster

Fowley es un jerarca loco del pop: hijo de actores del Hollywood 30’s, niño dañado por antonomasia, compositor por encargo de maravillosa basura sixties (The Seeds, Gene Vincent, The Rivingtons…), productor chiflado de un montón de grupos (¡The Runaways!), automitólogo incansable y celebrable excéntrico, Fowley tiene también en su haber tres decenas de álbumes. El semi-célebre es Outrageous, de 1968 (fue el único que entró en los charts), pero toda la producción sesentera y setentera merece la pena. I’m bad, grabado en 1972 para Capitol Records, es un ejercicio sexy de glam rock/Bowie/T.Rex/Slade con un montón de riffs stonianos la mar de macarras, donde Fowley canta (simulando carraspera de gángster) sobre chicas malas, navajas automáticas y fornicación, y viene repleto de fusiladas al “Queen bitch”. Incluye auténticos hits chicle de discoteca de barrio y futbolín, como “Queen of stars”, la sensacional “I’m bad” o “It’s great to be alive”. Fowley es maravilloso, y escuchar sus discos lo más divertido que uno puede hacer con los pantalones puestos. El mundo será un lugar mucho más gris y deprimente cuando él desaparezca.

 https://i2.wp.com/www.deejay.de/images/xl/3/5/137035.jpgLEN BRIGHT COMBO

The Len Bright Combo presents… The Len Bright Combo by The Len Bright Combo

Combo Time!

Fire

La odisea de Wreckless Eric (Eric Goulden) tiene tela. Talento precoz del punk deslavazado, firmante del clásico “Whole Wide World” para Stiff Records, Goulden acabó alcoholizado y hecho unos zorros hacia 1980, tras tres discos brillantes. Pero en 1984 se mudó a Kent, donde proliferaban los grupos de mod-garaje-punk como The Milkshakes y The Prisoners. Fue amor a primera vista. Goulden se unió a Russ Wilkins y Bruce Brand (ex-Milkshakes) y juntos formaron el mítico trio The Len Bright Combo. Grabaron dos álbumes oscuros, no ensayaron jamás y se forjaron un fiel ejército de fans. Los dos elepés, de 1985 y 1986, son pura diversión, un certero rechazo de todo lo que Wreckless Eric había sufrido en su etapa popstar. Abunda el sonido The Who, feedbacks ensordecedores, espléndida lírica a lo Ray Davies, tensión Velvetiana (en los tom-toms de Brand) y atmosfera marciana estilo Joe Meek. Ambos discos contienen su cuota innegable de nuevos hits: “You are gonna screw my head off”, “Comedy time” o la diatriba anti-yuppie “Young, Upwardly mobile… and stupid”. El grupo se disolvió en 1987 tras un accidente de furgoneta, pero esta doble reedición aplaude su impulso, emoción y alma.

RENALDO & CLARA

Fruits del teu bosc

Bankrobber

Lindísimo álbum de debut el de Renaldo & Clara. Remite de inmediato a Le Mans y el Donosti Sound, con The Softies, Alison Statton, la Margo Guryan del Take a picture y el soft-pop de Laurel Canyon enhebrados en la fórmula. Compone y canta Clara Viñals, con una voz de melancolía dominical y un balsámico acento leridano que pueden fundir casquetes polares, y la acompañan mandolinas bien utilizadas (no cansinas), pausadas baterías jazz y contrabajos de voz grave. Cuando se disparan, como es el caso de “Veueta”, clavan medios tiempos optimistas y sentidos como los de aquel “Bar-Comedor” de La Buena Vida hacia 1993. Todo bonito, sutil y elevadizo, y con letras por encima de la media. Si les juntáramos en un concierto con Coach Station Reunion las guerras cesarían de inmediato y la humanidad empezaría a enmendarse.

SKIN-DEEP

More Than Skin-Deep

THE BURIAL

A day on the town

Keep On Keepin’ Records

Nadie recuerda al ska 80’s. Quizás sea porque su antecesor inmediato, la 2-Tone, movía multitudes y millones, y en comparación los grupos de 1985 parecen unos desgraciaditos. O quizás sea porque de sus filas no salieron grupos tan versátiles y de atractivo universal como Madness, The Specials o The Beat. Pero había color, había color. The Burial y Skin-Deep, ingleses ambos, son lo mejor de una cultura que legó algunos discos asombrosos. Skin-Deep eran skins de Doncaster (más de pueblo que un tractor) y sin embargo no le daban mucho al ska (solo el “Come into my parlour” de Bleechers) y menos aún al Oi! o el punk. Lo suyo era una mezcla de The Housemartins y Redskins, pop trotante y sentimental, trompetas asmáticas, caras aniñadas pero melancolía precoz, cantos a la juventud perdida (cuando aún no se ha marchitado, como en “All the fun”) y un montón de hits grabados en lo que parece una caja metálica de galletas andorranas. Curiosidad para frikis: uno de sus integrantes acabaría en los Babyshambles de Pete Doherty (ugh). The Burial les van a la zaga. Pese al nombre cenizo (El Sepelio), lo suyo era puro skinhead pop –no es un oxímoron- escuela 1988 con toques Stiff Little Fingers/The Undertones, algo de calypso (la inolvidable “Sheila”), e incluso un par de lentas en modo protesta Billy Bragg. Todo bailable y cantable, muy working class (“A day in the town” es una viñeta de ocio proletario en la vena de los mejores Kinks), bien sentimental y subcultural. Ambas reediciones incluyen hoja interior y fanzine para coleccionistas.

(Estas son algunas críticas de álbum que han ido apareciendo en los últimos meses en Cultura/S de La Vanguardia. Nunca alcanzo a recordar dónde y cuando han salido -si exceptuamos la de Generation X, que apareció el sábado 10 de septiembre-. Otras tienen año y medio, pero imagino que a alguien pueden resultarle útiles aún)

Zona franca: La Inmensa Minoría, de Miguel Ángel Ortiz

Miguel-Angel-Ortiz-portadaLa inmensa minoría es una casi perfecta novela de barrio. Importa poco si su joven autor, Miguel Ángel Ortiz (1982), vivió en sus laceradas carnes todo lo que se nos cuenta en el libro. Lo importante es la verdad que contiene, palpable y sólida; una franqueza innata que mucha gente desea utilizar en su prosa pero pocos poseen. En ese sentido, la “autenticidad” del paisaje no es vinculante a la hora de juzgar La inmensa minoría. ¿Vivió Ortiz en la Zona Franca en la época que se describe en el libro? Poco importa. Lo importante es que las situaciones, los personajes, las emociones, laten con La Gran Verdad Fanteana. Una honestidad que no tiene por qué ser biográfica; una pura verdad emocional. O la tienes, o no la tienes.
La inmensa minoría habla de una panda de adolescentes barceloneses de clase obrera a lo largo del 2010. Estos chavales se aburren, pelean, masturban, enamoran y desenamoran, cuernean y son cuerneados, van a clase y odian ir a clase, chutan balones en el equipo local (hay mucho balompié aquí), contemplan cómo sus padres se desloman en curros-de-mierda (olisqueando allí su futuro, sin duda) y terminan divorciándose, se meten en problemas, se emborrachan en bares de viejos y tratan de gestionar la ruptura definitiva con su infancia.

Chusmari (gitano), Pista (chuleta), Peludo (tímido) y Retaco (o Roger, el protagonista) están vadeando el fugaz trance de la adolescencia, velocísimo periodo de entreguerras donde las cosas empiezan a doler (pero simulas que no), donde nada se entiende (pero pretendes que sí) y todo escapa a tu control (pero vas de que “controlas”). El retrato de estos teenagers de ESO y sus cuitas está realizado como procede: la pena, sincera pero sin melindres (“Pensar me dolía. Recordar era una mierda. Y crecer también”); los conatos de violencia y locura púber, sin disculpas ni miriñaques; los momentos de emotividad, sin violines ni cámara lenta; referencias y citas, las justas (Extremoduro, a menudo); la acción, constante y bien narrada; el lenguaje, esbelto y ágil. Miguel Ángel Ortiz ha pintado, en suma, un imponente fresco de la experiencia adolescente de extrarradio, captando toda su rabia, brutalidad, ocasional romanticismo y humor. Una gran novela de la Barcelona no pija. Un digno heredero de la tradición de Marsé, Candel, Ledesma, Casavella o Zanón. Kiko Amat

La inmensa minoría
Miguel Ángel Ortiz
Literatura Random House
430 págs.

(Crítica aparecida originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 24 de diciembre del 2014)