Ring Literario #13: Mark Twain vs. Brett Harte

En el que van dos autores (uno mucho más brillante que el otro) y se hacen amigos y se ponen a escribir una obra de teatro juntos y todo se va a la remierda.

Brett Harte (izq.) y Mark Twain (dcha.). Subalterno y BOSS (está todo en los ojos)

Cuando dos escritores intiman suele invadirles al poco tiempo la compulsión de colaborar artísticamente, como si lo de mantenerse en términos amistosos no fuese suficiente milagro. Haruki Murakami siempre dice que dos literatos no pueden ser amigos, y el caso de Brett Harte y Mark Twain parece darle la razón.

Harte era el mayor: poeta, periodista, cuentista y editor del magacín donde colaboraba el joven Twain. Este, lenguaraz de biografía exótica y carácter indócil, admitía que Harte pulió su estilo y le hizo pasar de “torpe productor de groserías grotescas” a escritor. Deberle cosas a la gente es una mala casilla de salida, que no puede sino emponzoñarse cuando uno de los dos (Twain) es mucho mejor que el otro, y encima la pareja, embriagada por el bromance, decide adaptar un poema del malo (Harte) a obra de teatro. Y a dos manos.

La idea era una mierda, pero aún podía remenarse para que hiciese más pudor. En 1876, en pleno proceso de redacción, Harte le pidió un cuantioso préstamo a su socio. Twain le contestó que ni en broma, y añadió que máximo podría pagarle 25$ por semana para escribir con él una nueva obra. Harte, en un raro momento de aplomo, se limpió el trasero con la oferta.

Desde ese momento, los examigos cesaron de estar en lugares a la vez. Lo que habían pergeñado a desgana (Ah Sin, una floja comedieta sobre racismo anti-chino) se ensayó con la presencia de Harte y la ausencia de Twain. La première fue justo lo contrario. Daba igual quien estuviese. La obra se la pegó, como el hijo no deseado que era.

Esta historia podía haber terminado ahí, pero Twain quería venganza. Por sus rictus de cómico estupor, lectores, deduzco que no son ustedes novelistas; pues lo que hizo MT a continuación se antoja, desde mi punto de vista, de lo más razonable. Escribió al presidente de la nación, James Garfield, para impedir que le otorgase a Harte un puesto diplomático (“Harte es un mentiroso, un ladrón, un estafador, un snob, un borracho, un gorrón, un tramposo y traidor hasta la médula”). Le dijo a un periodista que Harte no tenía conciencia, y que “le pediría los ahorros de toda la vida a una lavandera”. A Henry James, quien preguntó sobre el innombrable, solo le contestó: “Sí, conozco al hijo de perra”. Harte murió en 1902, pero Twain fue incapaz de permitirle descansar en paz y aplicó sus temblonas nalgas a la fría lápida, afirmando en sus memorias que, aunque Harte “le cayó bien al principio”, luego vio que era “malo, malo de verdad (…), carecía de conciencia y sentimientos”.

Ustedes se preguntarán qué hizo Harte a lo largo de veintiséis años de vilipendio. Pues mantuvo lo que muchos críticos literarios definen como “digno silencio”, pero que en mi pueblo siempre hemos llamado de otro modo. Harte es, hoy en día, el típico autor passé que solo resucita fugazmente en escritos mofantes. Como el que acaban de leer. Kiko Amat

(La treceava entrega del Ring Literario, por alguna razón misteriosa, salió en papel pero no online, así que carece de link. La cuelgo aquí entera para que tengan ustedes toda la cole. Hallarán el resto de rings en la versión web de El Periódico de Catalunya)

Muckrakers: rastrillando la corrupción

¡Extra, extra!, una excelente recopilación de textos de protesta de los periodistas muckrakers americanos de principios del siglo XX, espléndidamente editada por Vicente Campos.

muckraking_cartoonLos gestos de desafío deben ser analizados en su justo contexto. Incluso actividades bobas como echarse un bailecito pueden resultar radicales –y heroicas- si se desempeñan en el marco incorrecto (pregúntenles a los Swing Kids de la Alemania nazi). Les digo esto a cuento de los muckrakers, el grupo no cohesivo de periodistas americanos de principios del siglo XX que acertó -por vez primera en el Nuevo Mundo- a denunciar la corrupción, los abusos empresariales (el “latrocinio a gran escala”), el aberrante laissez faire de los trusts, las inmundas condiciones laborales, la atroz situación de la vivienda y un extenso etcétera. Su bautizo hay que agradecérselo a “Teddy” Roosevelt, el presidente de la nación, quien en un discurso de 1906 les afearía, en modo regañina condescendiente, que se fijaran en lo malo en lugar de participar en la gran fiesta de la democracia. Los comparó a aquel “hombre del rastrillo” de El progreso del peregrino, siempre removiendo la basura y olvidando mirar a las estrellas. Los muy aguafiestas.

Eran tiempos jodidos. El editor Vicente Campos subraya cómo vivía en verdad el 1% (los crasos patricios) de 1910. “Nunca, ni siquiera hoy en día”, recalca, “la brecha que separaba ricos y pobres había sido tan amplia”. La ostentación zafia de los nuevos ricos del primer XX, villanos de opereta como los Vanderbilt, Carnegie o Rockefeller, batió nuevos records de vileza. Y eso es lo primero que se les puede echarles a la cara a los viejos muckrakers. “Vistos los extremos de opulencia y de miseria (…) sus denuncias rezuman, vistas hoy, una asombrosa ecuanimidad” (Campos). Nadie se había atrevido antes a toserle al establishment como lo hicieron ellos, vale, pero los muckrakers –tomados en conjunto- quizás se le antojen al lector moderno como algo apocados, “escrupulosos y comedidos”, un poco santurrones.

Muchos muckrakers nunca fueron muy de izquierdas, vaya eso por delante. Un sector fundamental del grupo estaba obcecado con “los hechos”, la “objetividad” (roban los ricos, pero –ejem- también los pobres) y la neutralidad. Por supuesto, nada emocionante o útil ha salido jamás de la neutralidad, como demuestran Suiza o la UCD. Lo peor de los muckrakers está allí, en ese pacato cuidado-que-no-mancho: el “ecuánime” Ray Stannard Baker, el “sensiblero” y racista Jacob A. Riis o el tremendo demágogo Norman Hapgood, de Collier’s (a su lado una madre superiora sonaría como Marat). Otro caso típico: Ida Tarbell listó (detallando hasta el desmayo) las condiciones infrahumanas de los pisos de inmigrantes, sí, pero en el último momento olvidó señalar a las empresas culpables.
Era la época, quizás tengan razón. Tomemos como muestra el artículo “¿Es verdad La Jungla?” de Upton Sinclair, donde el autor de la célebre novela de protesta demuestra con pruebas irrebatibles las condiciones laborales y sanitarias de los mataderos industriales de Chicago. El revuelo que causó su pieza alteró las condiciones higiénicas de las factorías cárnicas, sí, pero “los trusts siguieron intactos” y los peones continuaron en su penoso estado de “semiesclavitud”.

En medio de todo aquello existieron unos cuantos muckrakers con gónadas y certera mala leche. Son, ya lo sospechan, mis favoritos. Will Irwin, aplaudiendo un cierto tipo de amarillismo vocinglero y metomentodo; Lincoln Steffens, faltándole con nombres y apellidos (y escribiendo muy bien) al alcalde corrupto de Minneapolis, “Doc” Ames, y acabando con su mandato; David Graham Phillips y su campaña contra el senador Aldrich, a quien llamaba “el principal intrigante y manipulador al servicio de los expoliadores”; el tenaz Edward Russell; la admirable reina del stunt Nelly Bly. Ellos son, en mi opinión, lo mejor del muckrakerismo. Los inflamables e incorruptibles, nunca neutrales, perpetuamente airados.

No quisiera concluir esta pieza sin mencionar a dos outsiders que Campos incluye, con gran tino, en la selección. Uno es el “maldiciente padre putativo” de los muckrakers, Ambrose Bierce, una bomba de relojería andante, anti-lumpen, misántropo, hater y agrio como él solo, pero que sin embargo firma una de las crónicas más brutales de la época, con perlas como: “se ha visto merodeando por esta ciudad a la cabeza de dromedario del [magnate del ferrocarril] señor Huntington, con su doble joroba –codicia y egoísmo- proyectando su sombra como montaña de doble pico sobre su mejor órgano, perdido en el valle intermedio” (rían ahora). Y por último está el grandioso Mark Twain, ilustre pariente lejano de los muckrakers, que realizó el camino opuesto a la mayoría de vejetes y se fue tornando más y más de izquierdas según encanecía. Admirable actituda la suya, lectores. Ojalá hubiesen tomado ejemplo los más cautos plumillas del centro muckraker.

ALGUNOS MUCKRAKERS

Lincoln_SteffensLincoln Steffens: El menos pactista. La lió parda con su serie “La vergüenza de las ciudades”, donde le sacaba los colores a una urbe tras otra. No exculpaba al pueblo ni a los reformistas; pilló todo quisqui. Como pueden distinguir en la foto, era un guaperas. Y encima escribía lindo.
Nelly Bly: A los 27 años ya se había hecho pasar por loca en un manicomio, dado la vuelta al mundo en menos de 80 días, tocado la corneta en una banda y muchas más proezas de stunt reporter de pura raza. De prosa sentimental, empática y algo amarillista, su biografía es la más trepidante del muckrakerismo.
Will Irwin: Era el periodista de los periodistas, y el primero que observó con lupa su propia profesión. Su texto “Expansión y decadencia del periodismo amarillo” condena y luego absuelve a cierto tipo de sensacionalismo tocahuevos. El tono es: estos buenos modales no nos están llevando a ninguna parte; vamos a insultar.

ALGUNOS VILLANOS

USArockefellerJohn D. Rockefeller: Si la cara es el retrato del alma, John D. estaba más podrido que Dorian Gray. Rockefeller era tan, pero tan, vil que parece un malo de la Marvel. Scrooge y el señor Burns son ositos de peluche al lado de este mezquino millonetis. Casi todos los muckrakers le arrearon alguna colleja en un momento u otro.
“Teddy” Roosevelt: Populista y mendaz como una combinación de Il Duce y Lerroux, el varonil Teddy fue una de las grandes bête noire de los muckrakers. Este reaccionario arrogante, “imperialista sin complejos”, de retórica siempre incendiaria (nunca contra los holdings) bautizó al fenómeno; con bastante mala baba.
W.R. Hearst: El verdadero Ciudadano Kane. Hearst, genuino inventor del amarillismo (y del periodismo moderno), gran mogul de la prensa, fue villano y benefactor a partes iguales. Aunque fuese por puro ego, y antes de volverse chalupa del todo, emprendió numerosas campañas contra “el poder” que darían alas a los muckrakers.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de enero del 2016)