Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

La canción del viernes #24: THE SAINTS, “Gypsy woman”

La escuché por primera vez en 1989, en la cinta sin créditos de unos mods alemanes. Varios años más tarde (seguía en la inopia, y no podía entrar en una máquina buscadora mágica) descubrí que había aparecido en una recopilación australiana -un poco barrecha insensata- del sello mod Countdown Records, hacia 1986. Y hace muy poco descubrí que la jodida era una versión de un grupo beat australiano de 1966 llamado The Allusions.

Yo prefiero muy fuertemente la de los Saints.

Mose Allison (1927-2016): hurra por el blues de todos

Murió uno de mis músicos favoritos de toda la vida, MOSE ALLISON, y le escribí otro sentido artículo para Babelia de El País. Les ordeno que lo lean. ¡Ahora!

Un pequeño fragmento de este artículo ya había aparecido en el capítulo sobre Allison de mi libro Mil violines, que estoy seguro que todos ustedes tienen. Bueno, 2000 de ustedes, más o menos (no cuento los que lo mangaron de bibliotecas).

Aprovecho la ocasión para endilgarles una de mis canciones favoritas (himno personal) de Mose.

Quiero ver a todos los mods con banda negra en el bíceps durante medio año, mínimo.

Sam Selvon: Esto es Londres, esto es la vida

Releí con gusto grande la nueva edición de un viejo favorito personal: Solos en Londres, de Sam Selvon. Un excelente rescate de Automática, una pelotuda traducción de Enrique Maldonado y, aquí, en el Babelia de El País, mi crítica bailonga de todo ello.

La canción del viernes #10: NEWTOWN NEUROTICS “The mess”

O sea, “el lío”. NEWTOWN NEUROTICS eran algo asombroso. Punk-rockers del 1983 -formados en el glorioso año 1979- de aquellos que parecían medio mods por osmosis, como Dogs, Rudi o The Donkeys (supongo que por lo fanísimos que eran de los Jam, todos ellos). Creo que algún loco reeditó hace poco el Beggars can be choosers, un disco que es la pera (y yo tengo, ejem, en original, MUAHAHAHAHA), el vórtice exacto donde topan The Purple Hearts y The Ruts. Dicho original lo sacó Razor Records, un sello cuyo catálogo era para volverse medio loco y empezar a aullarle a la luna con el pito tieso: los Purple Hearts del Pop-ish Frenzy!, Menace, Adicts, Long Tall Texans, el Kickstart de The Lambrettas, Cock Sparrer, la recopilación aquella de The Saints y paro antes del patatús.

Además, para colmo, Newtown Neurotics eran ultra-macro-izquierdosos. Más de pub que de panfleto, por fortuna. Y tenían un hit con trompetazos, también: “Suzi”. Que llevo media vida pinchando en comuniones y orgías.

“The mess” siempre me ha encantado, porque consigue la proeza de explicar cada acontecimento de mi adolescencia en Sant Boi en tan solo 3 minutos. Solo falta la adquisición de anfetamina por cauces no legales y aquello que pasó con el yonki y una botella de champán.

I’m wasted, just look at the mess I am in. Spent half of the night walking the streets
looking for a party that never existed
every week is just the same
well we talked about sex but never of love
we bragged about girls with which we’d had fun
oh but the thing that’s really sad
we never had.

La-lo-li. El álbum contiene también otro favoritazo personal, “Agony“, que habla de un fulano que desearía poder llorar tranquilo en lugar que tenerle que arrearle una buena tunda a un imbécil. Joder, sé de qué me habláis, Neurotics. Lo sé bien.

Indie pero español

Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), de Nando Cruz, documenta al fin la pequeña gran historia del indie de aquí. Kiko Amat pugna por recordar dónde rayos estaba él cuando todo sucedió.

Pequeno-circo-nando-cruz1. Mi relación con el indie español es una de desconfianza intermitente, bañada muy de vez en cuando en la ocasional luz de la inspiración, y que termina con final feliz. Esa antipatía original hacia el indie es algo curioso, porque si he de serles sincero me perdí un alto porcentaje de su actividad primigenia. Tal inquina, así, era más la que de repente le agarras en un bar a un baranda a quien no conoces de nada, pero que te irrita por sus poses pretenciosas o voz de flautín, que la que le tendrías a un amigo íntimo que te hinca el puñal entre los omoplatos. Pero bajen la mano despacio y suelten el Twitter. El indie tuvo cosas malas y cosas buenas, y la intención de este artículo será dirimir con una cierta ecuanimidad cuáles fueron unas y otras.

Antes déjenme hablarles un poco de mí, para variar. Conviene establecer ciertas intersecciones ético-estéticas con el indie peninsular. De 1985 a 1990 yo fui mod (qué le vamos a hacer). En 1990, y a partir de mi decepción con el “movimiento” (entonces lo llamábamos así), empecé a bucear en zonas limítrofes: el punk rock, el hardcore y el northern soul; una ensalada de sonidos que, por un tiempo, parecía tener sentido solo en mi deslavazado magín. En efecto, de 1991 a 1995 yo era el único fulano de Barcelona que frecuentaba shows de hardcore y allnighters de northern soul, como si me hubiese dado un aire. En 1990, por añadidura, yo había dejado de comprar el Ruta 66, que empezaba a cerrar filas alrededor del rock “auténtico”, pero no pasé a Rockdelux. Lo que hice fue enclaustrarme aún más en mi enrarecido cubil, radicalizando la cerril postura anti-mainstream y cavando hondo en los asuntos subterráneos -y algo subnormales- que me pirraban.
Todo esto viene a cuento de que el indie español y yo circulamos durante años por carreteras paralelas, sin cruzarnos. Casi. Frecuentamos los mismos garitos barceloneses (Communiqué, KGB o Humedad Relativa) durante la misma época, pero no aparecíamos por allí el mismo día (yo iba los días de rollo mod o punk). Cuando llegó el momento de coincidir en celebraciones comunes (los primeros festivales musicales), a mí únicamente me interesaba mi lado del patio, y aprovechaba las actuaciones indies para mear, beber o morrear mozas. El Serie B de Pradejón o los primeros tres FIB de Benicàssim son ejemplos donde interseccionaban los míos y los suyos, con algún punto azul donde ambos convivíamos en paz: yo iba a ver a Thee Headcoats o Mega City Four, ellos a El Inquilino Comunista o My Bloody Valentine, y oriente y occidente nunca se encontrarán (que decía Rudyard Kipling).

Que hacia esa época yo tuviese algunos tiros pegaos tal vez explica mi original suspicacia hacia la escena. Para un fan de La Granja, Los Negativos, Los Enemigos, Brighton 64 o El Último de la Fila, el indie español –pese a sus ínfulas innovadoras- parecía un patente paso atrás. En el flamante Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), el periodista Nando Cruz fecha su nacimiento hacia 1988, cuando aparecieron grupos como Aventuras de Kirlian, Cancer Moon o Surfin’ Bichos. Por supuesto, también existirían caídos de entreguerras que no eran nueva ola ni nuevo indie: Lagartija Nick, Los Bichos o Pribata Idaho (“El indie nos pilló en tierra de nadie. Nos pudimos agarrar a Teenage Fanclub y a nadie más”, afirma Ernesto González, de los últimos). Y antes que ellos se plantó un fértil subsuelo mod, punk y pop que permitió florecer a los primeros sellos indies y grupos de “noise”. Nando Cruz acierta, y mucho, al incluir a Sex Museum, Romilar-D o Munster Records en las catacumbas de todo ello. Sin las bases que sentaron unos, los otros no hubiesen podido germinar.

2. La cosa es que hacia 1990 empezaba a andar un prototipo de “público indie” (aún minoritario) con unos referentes claros, una vaga estética similar y unos preceptos más o menos comunes. En pocos años (tras la gira Noise Pop ‘92 de Elefant Records), se formaría un circuito y una escena semi-cohesionada con nombres reconocibles: El Inquilino Comunista, Penelope Trip, Paperhouse, Manta Ray, Parkinson DC, Beef, Sexy Sadie, Sr. Chinarro, Patrullero Mancuso (que comían aparte), donostiarras como La Buena Vida o Le Mans (lo mismo), Los Planetas (los mejores de largo)… De repente, yo empecé a topar con ellos en fanzines, revistas y programas de salas de conciertos. Estaban por todas partes, como en La invasión de los ultracuerpos. Al principio les escrutaba de lejos, dudando entre catalogarles de amenaza o potencial aliado. Mentiría si les dijese que, durante unos años, no me decanté por la animadversión. Mi rechazo juvenil (a veces agilipollado, otras profético, hoy superado) nació de varios factores:

fib-cartel-1995a) El idioma: Cantaban en inglés. Y ni siquiera un inglés digno, sino una especie de pichinglis masticado, aplicado a cañonazos sobre letras pueriles y/o abstractas. En el indie español el mensaje era secundario (o ausente). Comprenderán que eso, para los que veníamos del 80’s pop en castellano -con sus himnos emblemáticos, silbables y tatuables- representara un handicap difícil de ignorar.
b) El universo: Era asaz limitado. Una analogía de esto es el binomio Beatles/Oasis. Los Beatles eran fans de Joe Orton, de la Motown y del viejo R&B, del music hall y The Goons, de Peter Blake y… Su hambre cultural era insaciable, tanto como inestimables eran sus enseñanzas. Oasis ya eran solo fans de los Beatles. Y aquí sucedió algo similar. Mientras que Sonic Youth bebían de Crime y el avantgarde y Minutemen y Glenn Branca y Harry Crews, los noiseros españoles bebían solo de Sonic Youth (como bien afirma Juan Cervera en Pequeño circo). Esto produjo unas ambiciones que eran por definición algo estrechas. Su mundo era un pueblito, recién pintado y con los márgenes alambrados.
c) Las pretensiones de “música avanzada”: Muchos grupos españoles injustamente tachados de “retro” habían acertado en los ochenta a crear sonidos autóctonos con letras adecuadas a su momento. El noise pop no siguió el mismo camino. Parkinson DC, por ejemplo, se apuntaban qué pedales llevaban Mercury Rev o Dinosaur Jr. en sus conciertos barceloneses, y los disponían tal cual en su siguiente disco. Ese era un proceso común al resto de grupos. Agarrar a dos o tres grupos insignia, y reproducirlos con la mayor fidelidad posible. El noise pop solo era nuevo en el sentido de que calcaba a nuevos grupos americanos, en lugar de a los Byrds. En todo lo demás, era tan imaginativo como Los Sírex. ¡Qué digo! Bastante menos que Los Sírex. El propio Tito Pintado (de Penelope Trip) afirma en el libro que no ve ninguna razón para comprarse hoy un disco de su banda. Te los saltas y vas directamente a Pavement.
d) Las pretensiones de “año cero”: Esto era mera boutade adolescente, pero en fin. Penelope Trip afirmaban que la música había empezado con el Psychocandy (1985) de The Jesus and Mary Chain. Algo se había perdido en la traducción, salta a la vista. Los grupos indies patrios escuchaban a ingleses como Felt o Primal Scream, cuyos referentes eran mayormente 60’s, pero despreciaban la música pre-1987. Adoraban al sello Creation (cuyo nombre homenajea al grupo mod de 1965) pero se obcecaron con ser anti-pasado. No sé: si de veras eres anti-rock, monta un grupo industrial o conviértete en crooner. Los grupos noise pop, paradójicamente, transformaron su (más que comprensible) odio al rockismo rutero en un canon que repetía los errores de visión de sus némesis malasañeras.
e) La nueva prensa musical: Debo admitir que antes de mi desconfianza hacia los grupos noise estuvo mi desconfianza hacia sus fanzines. Bueno, cuando dije desconfianza quise decir cósmico repelús. Nadie ha leído ni volverá a leer prosa más afectada que aquella. Manolo Martínez (de Astrud) cita en el libro una crítica aparecida en Malsonando: “Tengo veintidós años y [Sr. Chinarro] no tenéis derecho a sonar así. Dan ganas de sacarse los ojos de terciopelo”. Por desgracia, las revistas musicales del momento actuaron de forma exactamente opuesta a como yo esperaba: en lugar de prorrumpir en una sonora carcajada, y luego proceder a escalfar el alquitrán y seleccionar las plumas, les pusieron a todos en plantilla. En masa. Cuando me enteré, casi me arranco los ojos. No los de terciopelo; los de verdad.
f) El hype: Consecuencia directa del punto anterior. Una mini-escena harto elitista, críptica y estanca, sin mucho talento (en cuanto a hits pop) ni posibilidad popular alguna, copa de repente las primeras planas. El mimetismo con lo inglés vuelve a manifestarse aquí, cogiendo (como era costumbre) lo peor: la hinchazón crítica catapulta a grupos de cuarta fila a posiciones de liderazgo, y se ignora a grupos increíbles para dar cancha a, qué se yo, My Criminal Psycholovers. O Silvania.
g) Las canciones: No las hubo, al menos en el sentido super-pop de la palabra. Comparen con el periodo 1980-1990, cuando se construyó en España un cancionero fértil y memorable que ha sobrevivido hasta nuestros días. De 1990 en adelante, ¿qué queda? (en cuanto a hitazos, quiero decir): “Chup chup” de Australian Blonde, unas cuantas (bastantes) de Los Planetas y “Al amanecer” de Los Fresones Rebeldes. Vads, de Corn Flakes, lo dice clarito en Pequeño Circo: “no hay canciones”.

3. Pero no se impacienten: con el tiempo, algo de mi rechazo remitió, y capté la diferencia de oferta. Vi la ciclópea distancia que separaba a La Buena Vida de, no sé, Pequeñas Cosas Furiosas o Nothing. Desprevenido, bizqueé con el “H.E.L.L.O” de Le Mans (¿es una broma, o qué?) pero al poco comprendí, y mucho. Presencié de primera mano (ya como comprador) la aparición de Soidemersol de La Buena Vida, o el Entresemana de Le Mans. Canturreé feliz “La mujer portuguesa” de El Niño Gusano. Lucí camisetas de Siesta y Spicnic. Me hice fanísimo de Los Planetas, y compré todos sus singles según iban saliendo (luego me enteré

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

de que eran fans de Rain Parade o Syd Barrett, como yo). Me hice temprano seguidor del twee británico de Heavenly y Sarah Records etc., lo que hizo que mirara con un nuevo cariño a las propuestas de este tipo (si bien algo más pijas) que nacían aquí.
La mayoría de las comprensiones positivas me vinieron de mano de Felipe (de Los Canguros y Los Fresones Rebeldes), que había pasado –como yo- de lo mod y se había metido en el indie “hasta el hocico” (sus palabras), y también de Miguel López (otro futuro Fresón). Además, justo cuando me convertía en ultra-fan lunático de Los Fresones Rebeldes (me había ennoviado con su guitarra, para más inri, y transformado en –a todas luces- groupie oficial) y les acompañaba en sus primeras giras españolas, aparecían Astrud en Barcelona. Astrud me chiflaban. Era directamente mi grupo favorito en 1997 y asimismo, aunque su ideario y postura se antojaran lejanos de los indies previos, estaba claro que salían del público de la gira Noise Pop ‘92. Manolo Martínez lo ha afirmado más de una vez.

Conviene cerrar este capítulo, así, con una reflexión: no todo fue estéril en el indie pop. De su nido emergieron algunas lumbreras que aún encabezan el cancionero estatal más ilustrado, como Antonio Luque, Jota, Ibon Errazkin, Teresa Iturrioz, Nacho Vegas, Felipe o el propio Manolo Martínez (retirado); también algunos genios locos y excéntricos locales (Murky, de Patrullero Mancuso, David Beef o Genís de Hidrogenesse); y un puñado de discos inmortales (un 10% de su producción, pero aún así; mirémosle el lado bueno, leñe). Algunos de sus más latosos plumillas se arrepintieron de todo, un poco como Albert Speer en los cincuenta, y renegaron de las homilías arty declamadas en pleno subidón. Y, por lo que se desprende de las afectuosas voces que pueblan Pequeño circo, al menos la mayoría lo pasaron tremendo en un entorno de compañerismo y comunidad que, si bien no gestó tantas genialidades inmortales como la nueva ola pretérita, al menos proporcionó una dirección y un ideal (y una clara oportunidad de pasarlo pipa) a sus vidas. Y, no sé qué decirles, ¿a los dieciocho? Eso es exactamente lo que andas buscando.

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 11 de abril del 2015)