Prólogo para EDWARD BUNKER

portada-la-educacion-de-un-ladron_cdf3yqrCompren ya este libro. Es la autobiografía de Edward Bunker, es la puta remonda (su mejor libro, junto a Little Boy Blue), y es de Sajalín (best publishers in town) y encima ostenta un prólogo de Kiko Amat. Cuánta suerte puede tener un hombre, díganme.

Les incluyo la primera página del prólogo para que produzcan saliva y salgan raudos a comprar un ejemplar de esta macanuda novela vivencial:

EDWARD BUNKER: LA MUECA FEROZ
Verdad, alienación y violencia en La educación de un ladrón

1. Estoy en cama una noche de marzo del 2015, en pleno Alt Camp. Bastante mamado de cava, si tengo que serles del todo honesto. Noto un pedrusco de pesadumbre atascado en mitad del gaznate (indeciso entre subir o bajar), y acabo de preguntarle a mi mujer, Naranja, qué leches me pasa (ella suele acertar el diagnóstico, si entienden por dónde voy). La cosa es que he pasado la última hora de una cena con amigos en completo y agraviado silencio, cabizbajo, ocupado en domar una imparable ola de malhumor que crecía dentro de mí con la determinación orgánica de un feto. Ofendido por algo (en mi familia somos muy de ofendernos; la susceptibilidad corre por nuestras venas turbia y sulfúrica como un vertido químico del río Llobregat) y deseando partirle la cabeza con un taburete a uno de mis interlocutores. Amigo mío, para más señas.
– Anímate, Kiko –me suelta ella- Míralo de otro modo: tu mayor problema es también tu mayor ventaja. Esa negrura que llevas dentro. La carga de resentimiento que arrastras. Sin eso no se puede escribir.
– ¿Tú crees? –contesto, volviendo la cabeza, en busca de consuelo. De cualquier tipo de consuelo.
– Pues claro. Te lo digo yo, que conozco a un montón de escritores equilibrados que escriben pésimo. Por supuesto, eso también es lo que te hace un hijo de puta, a veces. Y un amargado de mierda. Y un cabrón malhumorado que acaba de arruinarnos a todos la cena sin razón aparente. Y un paranoico loco e impredecible, huraño y antipático. Es lo que hay. No se puede tener todo. Búscale el lado bueno, va.
– ¿Sabes qué? –le contesto, aún tragando con cierta dificultad y luego subiéndome el edredón hasta las rodillas- Que creo que tienes razón. Aunque tu respuesta me haya deprimido tanto, joder.
Esto es algo desazonador pero es así y no de otro modo, y cuanto antes lo admitamos, mejor iremos (y yo estoy aquí para expiar sus pecados, como JC): la escritura va con la violencia. No me refiero meramente a la violencia física, tangible, de pulverizarle la sien a otro fulano (no todos los escritores tenemos que ser matones de cuarta, quebrantahuesos a sueldo; no se trata de eso, aunque ayudaría de cara a nuestras demandas contractuales con la editorial). Quería decir una cierta violencia de espíritu. Nelson Algren afirmaba en Nonconformity: “No escribes una novela por pura lástima, del mismo modo que no revientas una caja fuerte por un vago anhelo de ser rico. La compasión está muy bien, pero la venganza es la verdad que Faulkner olvidó (…) Una cierta crueldad y un sentido de alienación respecto a la sociedad es tan esencial para la escritura creativa como lo es para robo a mano armada”.

Muchos escritores imaginativos y de pluma hábil son también asaz blandengues. Buenazos. Cursilones, incluso. No me cabe la menor duda de que son buenas personas y mejores vecinos, pero en su prosa no se distingue conflicto ni lucha, uno intuye allí falta de marejada, de alboroto y confusión y puta-mala-baba. ¿Dónde fueron a parar la rabia, el rencor, el sentimiento de venganza, el anhelo de desquite, eh? Encantados de conocerse, felices con ellos mismos, la psique en estado de plácido reposo (¡y cómo les envidio!), la obra de esos novelistas adolece de los mismos males (o atributos, si hablamos de vida civil) que su personalidad: carece de rincones oscuros. Es mullida y amable. Es benigna y tragable; simpática. Pero la literatura no debería ser así; simpática. Un autor –o, cuanto menos, un determinado tipo de autor- debería estar siempre boxeando consigo mismo, siendo su peor enemigo, ahuyentando sus demonios, quemándolo todo: puentes, flota de barcos y malas hierbas. Un autor debería estar en perpetua guerra civil interna, en modo autocrucifixión, y no digo esto en el sentido maldito ni víctima del asunto. Su contienda podría transformarse perfectamente en literatura humorística, pero de la piel pa’dentro debería escucharse el fragor de la contienda fratricida (egocida, más bien), la chifladura y el remordimiento y el autorepelús. Edward Bunker mismo: he ahí un tipo que no se antoja simpático, y cuya obra es un gran desquite. Un “vais a ver” en la cara del mundo, un desplante a las cartas que le sirvieron, un rechazo al destino marcado y el “camino de la podredumbre” (que se decía en Papillon). Una mueca feroz.

(…)

(Compren ahora el libro, corcho)

 

Comentario al comentario sobre nuestro comentario (sobre Hipsters, etc.)

Ay: la historia, a estas alturas, es tan familiar como un catarro otoñal. Pues siempre ha sido así, desde mi más temprana mocedad. En mi instituto, en 1988, los plúmbeos del POSI ya nos llamaban “contrarrevolucionarios” y “enemigos de la clase obrera”, solo porque nos mofábamos (una miaja) de ellos. De sus rancias consignas, de sus pancartas, de sus aires mesiánicos, de sus trasnochadas nociones de lo que era “el pueblo”, de su completa falta de sentido del humor, de sus pintas y espíritu ceniciento, carente de dicha y fervor juvenil. Pero, ¿cómo íbamos a ser enemigos de nuestra propia clase? ¿Y éramos “enemigos” solo porque llevábamos tejanos blancos y nos negábamos a aceptar órdenes y nos moríamos de tedio en las manifestaciones? Los estalinistas españoles durante la Guerra Civil utilizaban el mismo hurta-el-cuerpo-y-señala-algo-abstracto con los anarquistas, cuando los segundos les reprochaban sus jerarquías, su catecismo cerril, su obediencia ciega a un ideal absoluto, su irritante paternalismo. A esa gente le interesa confundir la parte con el todo: te mofas del kommissar y ya eres un traidor a la causa. Te ciscas en sus diezmos y ya estás con el invasor. Los de la FAI estaban “a sueldo del fascismo”. Nosotros somos hipsters, burgueses pederastas anti-proletarios patea-caniches y cisca-en-baldosas porque hemos señalado, y bien señalado, el discurso ridículo de un libro que no es más que un panfleto monolítico de autolavado moral. Y porque trata de canjear una hegemonía por otra; y las dos dan bastante repelús.

Seré breve, porque tengo cosas al fuego y luego me urge inspeccionar las caballerizas: criticar Hipsters etc. (me niego a transcribir entero ese título espeluznante) no es ser enemigo de la clase obrera, como sugiere la robótica respuesta a nuestro comentario. Es ser un enemigo del discurso totalitario y delirante que exhibe el librejo de marras, y de la visión engañosa, idealizada y pastoril, que utiliza para describir a la clase obrera (recordemos: nuestra clase). Y de la McCarthyana perspectiva “si no estás conmigo estás contra mí” que se desprende de sus penitentes páginas.
Me pregunto, ya que estamos, quién ha votado a Lenore como interlocutor legítimo del “barrio” (el día que le votaron yo debía estar en el retrete). No dudo que Lenore esté escuchando algunos ecos del gueto, pero me da a mí que el eco es más bien apagado, y que ha ido perdiendo significado manzana a manzana, viajando en taxi de una parte a otra de la ciudad. No me entiendan mal: yo tampoco sería el interlocutor adecuado, pues me paso el día reclinado en la vasta chaise longue de mi céntrico pisito del Eixample, y, aunque no soy de clase media, sí estoy en la clase media (como dijo Nelson Algren) desde hace unos buenos diez años. Pero, ¿Lenore? ¿No se presentó nadie más, o qué? Y en cualquier caso: eso de que una persona de autoridad se encargue de dilucidar qué es cultura callejera y qué no, ¿no les suena un poco a los viejos Papas medievales, los únicos que tenían potestad para dialogar con El Altísimo, y luego transmitir sus explícitas órdenes al vulgo? Francamente sospechoso, todo eso.
¿Y qué sucede si no encajas en el corsé “proletario” de Lenore? ¿Y si eres de un pueblo industrial de extrarradio pero resulta que quien te inspira es, precisamente, Red House Painters? ¿o Felt? ¿o la música Oi!? ¿o Los Planetas? ¿o el glam rock? ¿o los putos niños cantores de Viena? ¿Y si te chifla leer a Wodehouse, cuyas historias se centran exclusivamente en torpes lechuguinos de clase muy alta? No respondan. Sé bien lo que sucede: la excomunión. El destierro. La retirada del carnet working class fidedigno y autentificado con doble timbre y sello. ¡La ignominia y el oprobio! Bah. ¿Somos niños, o qué?
Me imagino a Emma Goldman dirigiéndose a Lenore:

EMMA (presentándose en el puesto de mando): Si no puedo bailar no es mi revolución, tronco.
LENORE: De acuerdo, camarada. Adelante.
EMMA: Guay. Pues ya que estoy aquí me gustaría poner este disco (saca disco de pizarra de entre los pliegues de su faldón) para echar unos bailesitos.
LENORE (abochornado pero inflexible): Uy, no, ese no va a poder ser.
EMMA (perpleja): ¿Cómo dice?
LENORE: Que ese (señalando con cara de asco) no puede usted bailarlo, Sra.Goldman. Tiene que bailar este de aquí, que es el que hemos aprobado en el último comité.
EMMA: Anda y que te zurzan, colega.

El comentario a nuestro comentario sugiere ahora que somos enemigos de los “chonis”; lo que faltaba. Como quedaba bien claro en mi texto, escrito por mí mismo con estas cansadas manos, lo que me parece lamentable es que unos cuantos caballeros autodesignados hayan erigido un nuevo canon de lo que es la izquierda libertaria y anticapitalista actual (se parecen de forma alarmante a aquellos militantes desclasados de los años ochenta: los salvadores del pueblo, los que se iban a Nicaragua pero jamás habían entrado a un maldito bar obrero). Eso me parece lamentable, y también risible. Y también me parece muy cuestionable la visión grotescamente idealizada, vista desde las alturas y utilizando prismáticos, de cualquier clase.

En mi primer comentario ya les dije que Hipsters y toda esa ralea infame que no somos nosotros seis, de Víctor Lenore, me parecía un espanto. Lo mantengo, y si se empeñan lo repetiré aquí: es un libro de moral dudosa, repleto de acusaciones alucinantes (de alguien bastante alucinado, quiero decir), resentido y sermoneante y de tono catequista, y preferiría que me arrancaran de cuajo una muela del juicio a tener que releerlo. Me llena de perplejidad que intenten equiparar a Hipsters etc. con Chavs, el libro de Owen Jones. Como si fuesen la misma cosa. Quizás sus escasos fans imaginan que si repiten lo suficiente los dos nombres juntos, el público va a terminar equiparándolos. Como si yo fuese por la calle canturreando “Kiko Amat, Paul Newman” por la calle, confiando en que el binomio se implantara en el subconsciente de la peña. Pero, por desgracia para Lenore, eso no funciona así. Nada así. La clase obrera está demonizada y hay que defenderla siempre, seas de la clase que seas; Owen Jones está en lo cierto. Pero Owen Jones no ha montado una checa cultural e intelectual para servir a sus propios fines, como sí ha hecho muy gustosamente Lenore.

Para terminar, solo añadir dos o tres cosas relevantes para solaz del público lector:
a) Lenore afirma que ha escrito su libro para “crear debate”, pero no ha entrado a “debatir” ninguna de las numerosísimas y firmes réplicas (David Morán en Rockdelux, Manu González en Blisstopic…) que su libelo ha recibido, del uno al otro confín. Lo que sí ha hecho Lenore, por el contrario, es ovillarse en su viejo bunker y deshacerse de toda crítica agrupándola en un “todos van contra mí” paranoico y miope y trémulo que reúne (rían aquí) al director del Primavera Sound y a mí mismo, por ejemplo; almas gemelas, claro está. La visión de la réplica es la misma que la de Hipsters etc. Si allí juntaba por arte de magia a la reina Letizia, Diplo, Sr.Chinarro, Javier Calvo y Jan Martí de Blackie Books, por decir solo cinco, aquí vuelve a materializarse un gang de enemigos anti-lenoristas sedientos de sangre, barbudos y ricos y modernos y anti-proletarios (su creación frankensteiniana del hipster perverso suena bastante parecido a los protocolos de Sión), que solo existe en su mente.
b) Cuando Lenore se digna a contestar mis acusaciones y emerge (algo mareado) del bunker, va y publica la respuesta de otro señor. Por Dios bendito: ¿Ni siquiera luchamos las propias batallas, Víctor?
c) Y cuando llega la contestación, qué decepción: es un nuevo panfleto; envarado, aburrido, falto de humor y semi-ilegible (y este ajeno, que es aún peor). Y cuyo mensaje, una vez más, es de nuevo el cataclísmico “si no estáis conmigo, estáis contra mí. Todos vosotros”. Lenore (bueno: su portavoz) nos exige solidaridad interclasista -que la tenemos, y a capazos- pero si se fijan bien no es eso lo que reclama. Lo que reclama es que claudiquemos frente a su idea única de “solidaridad”. You’re free to do as we tell you (que decía Bill Hicks). Lo que está diciendo es que, si no aceptamos el catecismo homogéneo de su insignificante grupo de “solidarios”, entonces estamos con la gentrificación, los macrofestivales, la oligarquía, los policías antidisturbios y el neoliberalismo. Quizás también con Hitler, Belcebú, La Trinca y Tipper Gore. Igualito, pero igualito, que lo que decían aquellos estalinistas avejentados de mi juventud.
Algunas cosas no cambian jamás, ¿verdad?

No: si esa es tu revolución, Víctor, ya puedes contarme fuera de ella.

Kiko Amat

Kiko Amat entrevista a GEORGE PELECANOS

Un cara a cara de dos tíos con camisetas imperio. Uno mayor (en todos los sentidos), el otro menor.

Dos hombres hablando de cosas de hombres: redención, lealtad, honor, violencia, escudos, lazos de sangre… Pero también de la hermana de aquel colega suyo que bailó el “Whola lotta love” en bragas, y de zapatos molones, y de volver a ser quien eras a los 19, y de coches, y de Curtis Mayfield, y de atacar nazis con bates de béisbol, y de bailar, y de decepcionar (o no) a tus padres.

Dos tíos hablando y riendo. Kiko Amat entrevista aquí a George Pelecanos. Para Jot Down.