Acné, paranoia y speed: pesadillas psicodélicas adolescentes 1966-1989 (una conferencia de Kiko Amat)

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Había olvidado citarles a esto. Pero ahora lo he recordado, y tengo que decírselo antes de que se me vuelva a olvidar:

Este lunes 05 de noviembre estaré en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, a las 19:30, en la sala Gómez de la Serna, hablando de psicodelia, a mi maner-a-a-a-a. La entrada es libre. Es una conferencia ligada a una exposición: Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972. Yo daré una charla magistral sobre psicodelia tal y como la veo yo (que no es necesariamente la misma mirada que la de algunos historiadores del rock). También pondré algunas canciones.

La cosa irá por aquí:

«Existe una psicodelia que no habla de incienso, pipermint y flores. Que no se confeccionó en la Vieja Tienda de Té de la Señora Maples. Que tiene poca paz, y el único amor que conoce es obsesivo, despechado y vengativo (“I never loved her!”). Que no va de teatro performance, pasotes triposos de 15 minutos, caras pintadas ni elepés conceptuales. Que articula el odio universal como única “canción protesta”. Un Big Mod Hate Trip, como dirían Halo of Flies, que aparecían en una portada con pistolas y bates de béisbol, pillando el ángulo procedente.

Lo escribió Julian Cope en su célebre artículo de 1983 “Tales from the drug attic”: psicodelia es la primera vez que oyes hablar de sexo en el colegio (“el barco se hunde y con él toda tu cordura”). Un vómito tecnicolor. Porque existe otra psicodelia: la del mal rollo, la violencia y la confusión; la de los millares de niños con acné soñando con ser Jagger y masturbándose (y llorando) furiosamente con fotos de Jayne Mansfield en la tierra de los mil párkings, mientras la mitad de sus amigos mueren en Cam Lo (o llevan collares de orejas humanas y decapitan niños); la de los feos y obesos, impopulares y antipáticos, que maquinan venganza contra el guapo de la clase, montando grupos de R&B desvencijado, versionando a Them a toda hostia en los bailes del instituto; la psicodelia pop y showbiz de L.A. versus la psicodelia universitaria y tabarrera de San Francisco; la psicodelia inglesa de 45 revoluciones (mod, agresiva, popular) versus la psicodelia americana de 33rpm (intelectualoide, melindrosa y académica); y todas las reverberaciones futuras del asunto: el recopilatorio Nuggets, los Undertones versionando el “Let’s talk about girls”, Television enamorados de los 13th Floor Elevators, los grupos de psicodelia proletaria inglesa de los 80 (Biff Bang Pow!, The Dentists, The Stingrays), el revival psicodélico de 1985-1989, las bandas antipódicas de Flying Nun y allegados (pocas cosas hay más psicodélicas que el mal viaje homicida de “Pink Frost”, de The Chills) o las guitarras helicoidales del llamado Paisley Underground (Rain Parade, The Bangles y todos los demás). Una psicodelia paranoica, anfetamínica, potencialmente criminal y asqueada de nacimiento. Un manicomio lisérgico. Odio, erecciones y desorientación. La antítesis de lo hippie; el sonido anti-padres definitivo. Bienvenidos a mi psicodelia».

Si esto les ha maravillado, vengan a verme al Círculo de Bellas Artes.

Kiko Amat charla con Bob Stanley #4 (y despedida)

BOB-STANLEY-KIKO-AMAT-webEn el libro hablas también de psicodelia inglesa y americana. De cómo la primera es mucho más interesante, porque era un mercado de singles y por tanto utilizaba la contención y la brevedad, esenciales para el pop.
Hay muchos singles de psicodelia americana que son interesantes, pero los que recibían la publicidad y el presupuesto eran los que grababan álbumes. Lo interesante y particular del fenómeno San Francisco es que la escena más rara, más heterogénea, más insular, fue la que fichó en su totalidad por grandes corporaciones. Todas esas jug-bands, grupos de teatro callejero, los que hacían freak-outs de quince minutos, todos terminaron en multinacionales. Nadie empezó un sello independiente como Vanguard, o Elektra (que era de Los Angeles). Imagino que porque iban todos demasiado pasados, y a nadie se le ocurrió. Pero es triste y absurdo que todos aquellos grupos acabaran en Warner Brothers, solo porque estaba cerca, y en cambio odiaran a los grupos de Los Angeles por ser demasiado “comerciales”. Así que, en efecto, la psicodelia americana fue engullida casi de inmediato por todas las majors. Se habían perdido la primera ola de pop británico, así que las compañías americanas estaban decididas a no dejar escapar otra oportunidad de oro, y ficharon a cualquier grupo friki de San Francisco, aunque no tuviesen ningún hit ni potencial para hacerlo jamás. La psicodelia inglesa, por otro lado, era una cosa considerada efímera, sucedió en grandes compañías que tampoco pensaban destinarle un gran presupuesto, de modo que las bandas tenían que contentarse con singles. Y eso definió su sonido.
El single de vinilo es lo que define el pop. Su formato clave. Los 2’35” que podías enchufar en cada cara. Tu libro lo deja muy claro.
Hoy en día hay gente que se aferra a los álbumes, sin darse cuenta de que están muertos. Los álbumes pop no existen. ¿Cómo es el disco de Beyoncé? ¿Es un álbum o una mera colección de videos, uno detrás del otro? No es un álbum en sentido convencional del término, eso desde luego. No quiero ser un snob de los singles, porque al final de los sesenta y principios de los setenta muchos de los avances interesantes provienen de los álbumes. Si llego a centrarme en singles no podría haber hablado de Led Zeppelin, que son relevantes y me gustan (aunque no tanto como a otra gente) y no eran un grupo de singles. Del mismo modo, todo el movimiento folk-rock inglés -The Pentangle y Fairport Convention y todos los demás- no estaba orientado al single.
Me gustaría ahora que te ciscaras en el concepto de “rock clásico”, tal y como lo defines en Yeah Yeah Yeah. Porque el día en que se acuñó ese género fue un día aciago para la humanidad.
El término “Rock clásico” seguramente quiere decir cosas distintas en Inglaterra o Estados Unidos. Pero allí se acuñó cuando las estaciones de FM empezaron a despegar y se colocaron en competición con las emisoras de AM, que estaban programando a David Cassidy y cosas así. Porque en Gran Bretaña la radio popular duró hasta el año 1978, incluso después del punk. Así que la creación de esa idea de rock clásico aquí obedece a revistas como Q en los ochenta, y Mojo algo más tarde. Por definición, cualquier cosa etiquetada como “clásica” quiere decir que es “conservadora”, y por tanto que no acepta ningún tipo de progresión. “No, lo siento, es hasta aquí, ya está todo hecho y lo demás ya no importa”, esa es en cierto modo la actitud. Quizás por la prevalencia del término en Estados Unidos, al menos hasta finales de los setenta, fue más difícil que los grupos de los ochenta y noventa (en el hardcore, y el punk, y el grunge) se alejaran del rock. “Rock clásico” incluye a Led Zeppelin, hard rock, blues rock, algo de AOR, Doobie Brothers, Styx, alguna banda inglesa como Jethro Tull o los Moody Blues (ambos grupos, por cierto, tuvieron mucho más éxito en los Estados Unidos que en Inglaterra), quizás cosas cercanas al metal como Black Sabbath…
Creo que la clave del heavy metal es tomártelo en serio, si no resulta imposible. A la que le pierdes el respeto, puede ser cómico. Con el Oi! -que me encanta- sucede algo parecido.
Por supuesto. Y la línea es muy fina. Puedes mostrar una cierta ironía al hacer referencia al mundo del metal y sus temas, pero a la que pasas a ser un grupo cómico como The Darkness ya estás perdiéndole el respeto, es pantomima, y por tanto dejas de gustarle al público metal. Puedes pensar que el género es ridículo, incluso si eres fan, pero no puedes verbalizarlo. El hard rock, asimismo, tiene cosas buenas. El otro día miraba One day in September y de repente empezó a sonar una canción alucinante, muy poderosa. Era “Child in time” de Deep Purple. Así que, como decíamos antes, no le encuentro sentido a decir que toda esa música es una mierda, porque puesto en contexto y examinado como corresponde le encuentras cosas buenas al género. Despreciarlo por completo sería de snob, y yo soy un anti-snob.
Eso se percibe cuando hablas del siempre denostado glam rock, que es un estilo maravilloso. Pero siempre se habla mal de él porque era de clase obrera, y teatral, y bailongo.
Lo que más me irrita a la hora de hablar de glam rock es la distinción que hace alguna gente entre glam “de verdad” (Iggy, Roxy, Bowie…) y el glam zafio de Slade, o Mud. Ziggy Stardust o Electric Warrior son colecciones de grandes canciones inspiradas musicalmente en los 50’s y con nuevas letras sobre cohetes espaciales. Que en el fondo es lo mismo que hacían The Sweet. Me cabrea que la crítica que hizo The Guardian de mi libro lo reduzca todo a “prefiere The Sweet a Led Zeppelin”. Aunque, si te he de ser sincero, hay una parte de verdad en ello. Ves conciertos de The Sweet de la época y se te caen los pantalones, Eran un grupo increíblemente… “Engrasado” es la palabra que no quería usar (ríe). Pon “Hell Raiser” de The Sweet al lado del “Black Dog” de Led Zeppelin y verás que los primeros no eran un grupo de amateurs, o una banda de estudio. Pueden batirse con quien sea. Pero aún hoy te encuentras algún crítico de la vieja escuela que se ríe de ellos y no los considera un grupo respetable. ¡No puedo creer que aún digan cosas así, cuarenta años después! Decir que uno es mejor que el otro es otra chorrada, pero sí quiero defender a The Sweet. Porque nadie lo hace, entre muchas otras razones.

Fase C: Objeto alejándose de Bob Stanley

Apago la grabadora. Stanley y yo seguimos conversando durante un rato sobre temas de gran interés para ambos. Asuntos de vida o muerte. Como por ejemplo The Claim, un grupo de quien ambos somos super-fans (él llegó a sacarles un single en su sello Caff), y que no conoce ni el proverbial Tato.
Stanley se pone en pie de repente y dice:
– Bueno. Tengo que coger un tren. Voy a ver a mis padres. Estoy un poco borracho, qué vergüenza. Ha sido un placer.

Le despedimos. Dale y yo estamos bien en aquel bar victoriano, así que nos quedamos, bebiendo y hablando de pop y amigos comunes, una hora más. Dale tiene un acento indefinible, lo que viene a llamarse mid-Atlantic (medio británico, medio inglés), y suelta tremendos falsetes cuando explica algo hilarante, y tiene una cierta pinta de castor melancólico que echara de menos su árbol natal.
A la mañana siguiente. Llueve aún de forma inclemente. Paseo junto a Dale por los muelles de Greenwich, llenos de cuervos y fango y barcazas, un paisaje tan kitchen sink que estoy esperando ver a Rita Tushingham embarazada (o planeando un aborto; típico tema de novela 60’s) en cualquier momento.
Me calo hasta los huesos en el West End, buscando minions (los muñecajos de Gru, mi villano favorito) para mis hijos. Luego me siento en mi pub favorito, The Blue Posts, en Berwick St. y leo a Jonathan Ames y hago ver que es 1999. Lo cual me es extremadamente fácil, porque el pub está preservado en ámbar (por eso vengo aquí) y está igual que en 1999, 1989 y muy posiblemente incluso 1889 o la primera época eduardiana.

Y así estamos: me duele todo, mi recto es un calcinado cráter termonuclear, tengo los pies encharcados y la cabeza como un hormiguero rociado con napalm, Londres es la ciudad más hostil de Europa -te escupe de su boca, que diría la Biblia- sigue diluviando, el viento bárbaro que sopla ahora parece venir del Walhalla o la laguna Estigia, tengo que subir a un avión en tres horas (sigue sin agradarme demasiado volar), me he gastado 200 euros que no tengo en discos y regalos y malditos viajes (el transporte ha subido desde la última vez que estuve aquí), y pese a todo me sigue emocionando estar en esta ciudad y haber hecho lo que he hecho. Regresar a Londres y entrevistar a Bob Stanley. El pop te obliga a hacer cosas así. Valió la pena, diga lo que diga mi organismo. Kiko Amat

(Artículo publicado en su totalidad por la revista El Estado Mental #2. La ilustración -cliquen para ampliar y leer el cómic- es obra, claro, de Sergi Puyol)