MICK GEGGUS (COCKNEY REJECTS): “¿Por qué el puto rock’n’roll tiene que ser tan serio?” (2013)

My holidays: Mick Geggus of the Cockney Rejects - NZ Herald

Siempre he sido fan de los Cockney Rejects. O “cuckni”, como se les conocía en mi pueblo natal (donde eran más populares que Elton John). Incluso en (mi) barbilampiña adolescencia mod me pirraban “Bad man” y New song”: compré el single (una de las grandes dobles caras A del punk rock) y lo escuchaba a todas horas. Me emocionaba “Bad man”; me emociona aún, de hecho. En muchos sentidos su sonido me parecía y parece aún más cercano a The Jam, Rudi o The Purple Hearts (mod ochentas musculoso, punk pop nuevaolero) que al elemento más limitado del Oi! (no es una teoría tan implausible; en muchas fotos de época se ve a Stinky Turner con camiseta de The Jam; aunque también de Nazareth, ahora que lo pienso). Los Rejects, en todo caso, eran divertidos, ruidosos, feroces, nada sospechosos de afiliaciones mefíticas (se zurraron más de una vez con neonazis de grada), insultantemente jóvenes (Stinky Turner empezó a cantar con la banda a los quince, menor de edad perdido), más de barrio que el Centro Social de Marianao y desde luego, en lo musical, los melódicos del género.

Realicé esta entrevista con Mick Geggus, guitarra y fundador de la banda, en el año 2013, cuando se estrenó East End Babylon, el documental sobre ellos. La realicé por fanatismo y amor al arte, y por alguna razón nunca vio la luz. Así que van a leerla en primicia, suertudos lectores.

Tras ver East End Babylon lo de los Sex Pistols parece una película Disney. Lo tuvisteis más jodido que el resto de grupos punks, quizás más que cualquier otra banda del período.

Obviamente lo tuvimos peor que la primera ola de punks de escuela de arte; ellos hacían posturitas y posaban y jugaban con temas violentos que estaban a kilómetros de distancia de la realidad de sus vidas de clase media, mientras que nosotros estábamos familiarizados con la violencia de una forma u otra desde edades tempranas. Era una parte cotidiana de venir de donde veníamos. Estoy totalmente en contra de la violencia innecesaria, pero en aquella época de nuestras vidas era necesaria a menudo, qué puedo decir. Ni lo apruebo ni lo rechazo, pero sigo estando orgulloso de la forma en que nos mantuvimos unidos y guardando las espaldas de los demás, compartiendo un vínculo que continúa hasta hoy.

Cockney Rejects - Discography

Vuestra historia está llena de errores de juicio. Salir en Top Of The Pops cantando el himno del West Ham, por ejemplo, casi acaba con vuestra carrera (e integridad física). ¿Haríais las cosas de otro modo hoy?

¡Por supuesto que lo haríamos de otro modo! Además de ser un producto de nuestro entorno, también éramos un producto de la época, y el prejuicio de clase abundaba en la industria de la música en ese momento. A menudo sentíamos (a veces correctamente, a veces no) que mucha gente, especialmente en los medios, nos miraba por encima del hombro, y eso nos cabreaba un montón. Si combinas juventud, temperamentos irritables, resentimiento de clase y un montón de bebidas alcohólicas y hierba, lo que obtienes es una mezcla de lo más volátil. De ahí lo de Top Of The Pops. Tuvimos peleas en cada concierto desde aquella aparición. No fue una gran idea.

Otras bandas del llamado Oi! sonaban igual de rabiosas, pero vosotros parecíais ser los únicos que lo pasaban bien. En el material de archivo se os ve como niños en plena jarana (hasta que se torció la cosa, quiero decir).

Lo pasamos en grande. Nos mofábamos de todo lo que se movía y arrastraba, incluso de nosotros mismos. ¿Cómo puedes no divertirte tocando la guitarra y dando botes en un escenario? Todavía me siento así cada vez que toco. También debes recordar que esta banda nunca se consideró Oi!. Éramos, simple y llanamente, una banda punk.

Una cosa que me encanta de los Rejects es que parecíais tener a todos los semanarios musicales en contra. La prensa de clase media os detestaba.

Mientras que la mayoría de las bandas se conformaban con recibir órdenes de compañías discográficas y se sentían tan privilegiados por que les ofreciesen una entrevista que estaban dispuestos a tragar con cualquier mierda y abuso de la prensa, nosotros éramos el polo opuesto. Nuestros padres nos habían educado para no tragar mierda de nadie. ¿Porque deberíamos soportarla de unos cuantos periodistas amargados?

CockneyRejectsSoundsEn el filme tu hermano y tú afirmáis que erais apolíticos, y que lo único que pretendíais era poner al West Ham en el mapa. Pero por narices teníais que tener alguna visión política, aunque fuese mero anti establishment, o rabia de clase.

Éramos apolíticos y punto. Nos hicieron pregunta estúpida tras pregunta estúpida sobre lo que considerábamos un tema totalmente aburrido, y siempre dábamos la misma respuesta: ¿Por qué el puto rock’n’roll tiene que ser tan serio? Si Joe (Strummer) y compañía querían pontificar y predicar, buena suerte, pero eso no era para nosotros. Tal vez las clases medias angustiadas sufrían algún tipo de auto culpabilidad que tenían que sacarse del pecho, pero nosotros no sentíamos esa carga. Y en cuanto a detestar a la policía, si tu pregunta iba por ahí, no era algo motivado políticamente. Los odiábamos porque era intrínseco en nosotros. Desde el nacimiento sabíamos que eran el enemigo, además de los hijos de puta que nos llevaban a comisaría.

Fútbol. Como deporte-escéptico, lo cierto es que no le veo el atractivo a la cosa. ¿Podrías darme algunos consejos prácticos para apreciarlo?

En aquella época el fútbol era el deporte definitivo de la clase obrera, totalmente irreconocible hoy en día. No se parecía en nada a esa máquina de dinero actual, cuando es una moda y un negocio, nada más. Las clases medias lo han tomado; ex seguidores de clubs de rugby y ejecutivos de bancos afirman que son fanáticos del fútbol de toda la vida. Mis cojones. Me gustaría verlos durante horas bajo la nieve en una grada helada en enero de 1977, por decir un año, para un pésimo partido de segunda. Imposible. Ahora el fútbol se ha convertido en una moda, una cosa del zeitgeist, si quieres llamarlo así, y parece que si no «amas» el fútbol ya no eres un enrollado. Pero no se trata de ser enrollado o no. El West Ham United nace de pertenencia, familia y tradición. Es un amor incondicional, o lo entiendes o no. Lo que seguro que no puedes hacer es comprarlo.

Sobrevivisteis a muchos ataques, pero no a aquella emboscada televisiva (donde os acusaron de ser de extrema derecha) y el posterior veto del ayuntamiento londinense, que os impidió tocar en la zona durante una temporada.

Una época horrible. ¿Por qué aquellos llamados “progresistas” de clase media estaban tan empecinados en destruir a un grupo de niños de clase obrera? ¿Acaso no éramos exactamente el tipo de gente que deberían estar defendiendo? Era una cuestión cosmética. Aquellos tíos eran venenosos, egoístas cabrones y presuntuosos que deberían agachar la cabeza de pura vergüenza por las mentiras que contaron sobre la banda. Los odiaré hasta que muera.

Por otra parte, sí habían algunos elementos inquietantes en los márgenes del Oi! Algunos de los cuales aún deben cojear tras la tunda que les metisteis en la batalla campal del Cedar Club, por cierto.

Siempre he detestado a esos cabrones y todo lo que representan. No voy a perder el tiempo aquí discutiendo sobre esos elementos, es un desperdicio de tiempo y espacio. Pero ten la seguridad de que en el Cedar Club les metimos tal somanta de palos que los que aún pululan por el planeta lo recordarán hasta el final de sus días.

Cockney1

¿Cuál es tu opinión sobre los graves incidentes de Southall en 1981 entre jóvenes asiáticos y el público, mayormente skinhead, de aquel concierto Oi!?

Yo sabía que algo malo iba a suceder en Southall, y traté de advertir a ciertas personas de que aquel concierto era una mala idea. Había sucedido no hacía mucho lo de Blair Peach en una manifestación antinazi [un manifestante asiático murió en manos de la policía], y las cosas estaban calientes. Por desgracia, nadie me escuchó, y un puñado de agitadores políticos (tanto de izquierda como de derecha) capitalizaron la situación y crearon lo que querían, un puto motín racial. Conozco a algunos de los chicos de las bandas implicadas, algunos de ellos siguen siendo buenos amigos más de treinta años después (como The Business), y te aseguro que eran sólo niños sin un miligramo de politización en sus cuerpos. Los utilizaron como carne de cañón (junto a otro montón de niños asiáticos) para impulsar una determinada agenda política. ¡Y te preguntas por qué odio la política!

Es innegable, insisto, que algunas bandas del Oi! tardío eran sospechosas. Y el fiasco de Nicky Crane, célebre miembro de Blood & Honour, apareciendo en la portada del recopilatorio Strength Through Oi!, no ayudó.

Como he dicho antes, no desperdiciaré espacio de esta entrevista hablando de esos tipos. Sé que algunos de los gilipollas que mencionas estaban involucrados en mierda de extrema derecha, pero nosotros ya estábamos a un millón de millas de todos ellos, tocando heavy metal del bueno.

Cockney Rejects 3 | POP ROCK PHOTOS

Ahora que lo mencionas, ese renacimiento como banda heavy resulta aún desconcertante.

No hay motivo para el desconcierto. Yo mismo, Jeff y Vince éramos fans del rock y el metal durante años, antes de que comenzara el punk. El primer álbum que compré fue Led Zeppelin II, seguido por el primer álbum de Queen. Compaginábamos cosas de Sabbath, Nazareth, Joe Walsh, Aerosmith y ZZ Top con cosas de punk, cuando llegó. Era todo música fuerte de guitarra. Para nosotros, el buen rock y el buen punk eran lo mismo. Además, si hubiésemos sacado otro álbum punk de relleno, sin creer ya en ello, hubiésemos sentido que estábamos estafando a los fans, algo que no estábamos dispuestos a hacer. Bandas como Pistols y Damned no supieron crecer y experimentar; por eso murieron. The Clash evolucionaron hacia el art-reggae, y habría sido un timo si hubiesen continuado regurgitando punk de segunda que, además, nunca iba a igualar la calidad de sus primeros discos, y lo mismo sentimos nosotros. Es solo que nos decantamos hacia lo que nos vino naturalmente: el metal. Esos álbumes, por cierto, están a punto de ser reeditados en una caja remasterizada que saca Cadiz Music. Estoy orgulloso de ellos.

Has mencionado a otras bandas punk. ¿Qué grupos te gustaban más en la época?
Sham 69 estaban bien, pero no me gustaba ninguno de los demás grupos de nuestra época. Lo que sí que nos encantaba era la primera ola: Pistols, Clash, Stranglers, Generation X… Me daba igual si sus credenciales de clase trabajadora eran un poco endebles, escribían grandes canciones y punto. Y por supuesto, nos encantaba todo el rock duro, como te decía antes:  los primeros Queen, Led Zep, Van Halen, Aerosmith … Siempre nos había gustado. Para nosotros todo era gran rock’n’roll. No distinguimos entre los dos.

Jimmy Pursey, de Sham 69, y Gary Bushell, vuestro manager. Dos viejos compañeros de viaje de los Rejects, solo que con carreras chocantes. Uno terminó de bailarín, el otro de columnista monárquico.

Jimmy era un chaval majo, de pueblo, de clase media, con mucha jeta y mucha ambición, quien creó una buena banda que a la vez no estaba preparada para toda la mierda (fútbol, ​​nazis, skinheads) que cayó sobre ellos. Finalmente los destruyó y Jimmy perdió contacto con la realidad a pasos agigantados. Sin embargo, siempre tuvo un buen corazón, y todavía le estoy agradecido por la ayuda que nos prestó a los Rejects al principio de todo. Garry Bushell es un chico de clase trabajadora del sur de Londres, un gran escritor y un buen hombre. Va por ahí con el corazón en la mano y siempre ha hecho todo lo posible por promover el punk rock desde las raíces. Ha sido un buen amigo durante 35 años y estoy orgulloso de conocerlo.

Documentary tells story of East End rockers the Cockney Rejects ...

La historia de Cockney Rejects es también la historia de dos hermanos. Resulta increíble que tú y Stinky os hayáis mantenido unidos a lo largo de toda una carrera.

Todavía nos peleamos por cualquier chorrada. Por supuesto que nos dábamos de hostias todo el día cuando éramos niños. ¿Qué hermanos no lo hacen? Pero seguimos siendo una familia muy unida, y doy gracias por de haber tenido el privilegio de tocar junto a uno de los mejores frontman que han salido del rock’n’roll. Y punto.

Tu familia: cuéntanos algo sobre tu madre y tu padre. Él era un tío duro local y portero de fútbol, ¿no es así?

No, el tío duro era mi abuelo, Jack, el padre de mi padre. Mi papá, Fred, era un hombre de pocas palabras, pero nunca se dejó pisotear por nadie en toda su vida, una filosofía que impartió al por mayor a sus chavales. Mi madre era una chica de la vieja escuela del East End quien era, y sigue siendo aún, la mejor madre que se puede desear. Y lo digo desde el fondo de mi corazón.

¿De qué manera dirías que tu barrio natal, el East End londinense, ha moldeado tu visión del mundo, actitud y ética?

El viejo East End nos hizo lo que éramos y lo que somos ahora. Aunque a veces podía ser un lugar peligroso, mucha gente vivía en base a un verdadero sentido de comunidad, y cosas como fiestas en la calle eran habituales para eventos de importancia nacional. Dicho esto, la calle donde yo nací contenía una buena proporción de hijoputas maliciosos, Y a pesar de eso, en esos días previos a internet y los móviles, nos montábamos nuestro propio entretenimiento callejero. Era una buena época para estar vivo (si bien algo espartana).

¿A quién culpas por la desaparición de viejas comunidades obreras como el East End?

Una vez más, a los políticos. Y culpo a uno en particular: Tony Blair. Ha existido inmigración gradual durante siglos en el East End y, en goteo, gente de partes pobres del mundo han establecido su hogar entre los indígenas, integrándose, intercambiando ideas, construyendo un vínculo común y un verdadero sentido de comunidad. Entonces, ¿qué hace ese basura? Abre las compuertas y permite que gente de todo el planeta inunden el lugar sin ningún tipo de control, alterando el frágil equilibrio que se había logrado mantener y haciendo que cualquier espíritu de comunidad compartida se rompa. Y todo por unos cuantos votos. No se puede culpar a nadie por venir aquí a buscar una vida mejor, pero, en mi opinión, ese idiota de Blair y sus compinches, en su odio a la tradición, buscaron deliberadamente destruir cualquier vestigio del sentimiento compartido inglés que sentía aquí gente de muchos orígenes étnicos, alienando a millones de personas en el proceso y creando guetos étnicos donde antes no existía ninguno. Si se suma a eso que Blair fue el proveedor de la mayor mentira de la historia moderna (las armas de destrucción masiva) y envió a muchos de nuestros jóvenes a morir en campos extranjeros sin razón alguna, si existiese verdadera justicia el hombre se estaría enfrentando a cargos de crímenes de guerra en La Haya, y a la perspectiva muy real de colgar de una soga. Y Cameron tampoco es mejor. ¡Políticos! ¡Me cago en ellos!

Una última pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que estuviste en una pelea?

Hace mucho tiempo que no me lío a puñetazos. Tengo artritis en ambas rodillas y un músculo subraespinoso roto en mi hombro, por todos los años que pasé levantando pesas. Así que si alguien me molesta ahora lo único que hago es meterle una bala entre los ojos. Es broma, hombre.

Kiko Amat

(Esta entrevista se realizó en el año 2013. Es propiedad de Kiko Amat, pero él es un tío molante y seguro que se la presta si lo piden bien.).

Un panegírico para Limónov

Лимонов мертв. Que quiere decir «Limonov ha muerto». Uno de mis autores predilectos y faro en mis tinieblas la ha espichado. Mierda y remierda. Para homenajearle, y lanzar algún tipo de vacuna contra las paridas monumentales que se van a escribir sobre él en todas partes, escribí este enérgico panegírico para, cómo no, El Periódico de Catalunya. Me encanta, aunque esté feo que lo diga yo.

Compártanlo de uno al otro confín. Enchúfenlo en las redes. Digánselo a los compas (por Skype). Limónov… ¡Presentes!

 

Kiko Amat entrevista a Donita Sparks (L7)

Sí, entrevisté a Donita Sparks, de L7, y lo publiqué en Babelia de El País.

No estoy seguro de que alguien haya leído esta charla, a decir verdad. ¿Seré el último fan de L7 que queda en este buen mundo?

Si quieren demostrarme lo contrario, plántense aquí.

La canción del viernes #28: LA SOURIS DEGLINGUEE «Saint Saveur»

Una de mis canciones favoritas de los Souris. Es del mini-album de 1984, La cité des Anges. Punk rock francés rojeras al 100%, con mucho rollo mod y Oi! y dub, muy «de manada» (como dice Virginie Despentes, que fue quien me los presentó), puro sonido de mediados de los 80. Con botas. Eran los Clash galos, solo que sin la deshonestidad. Una cause a rallier, y nunca mejor dicho. Para bailar agarrao (a una alegre muchedumbre).

Jon Savage en el CCCB: el videoclip

Este es el despelotante video de promoción del show de JON SAVAGE que han ensamblado los hechiceros de audiovisuales del CCCB para nosotros, en base a nuestras precisas indicaciones.

Vidéenlo y compártanlo a placer. También pueden jugar a identificar subculturas y movimientos juveniles.

 

Kiko Amat entrevista a VIV ALBERTINE (The Slits)

El País fletó un avión para que yo entrevistase a una ídola de siempre: Viv Albertine, de The Slits, ahora con librazo de memorias recién traducido y editado en Anagrama.

Pa’ londres que me fuí de ida y también vuelta, ya con un entrevistazo de órdago en el saco. Esto de aquí que pueden linkar es la entrevista que todos ustedes leyeron (a miles de millares) en Babelia de El País, para leer en el metro o mientras discuten con su pareja o perplejos ante la programación televisiva actual.

Lo que les cuelgo a continuación es la entrevista sin cortes, director’s cut, en exclusiva para todos aquellos de ustedes que han conservado la fe en Bendito Atraso, y que pueden llevarse al baño si padecen de fatigoso tránsito intestinal, por ejemplo. Porque es muy larga. Y muy buena, qué leches. De las mejores que he hecho, a decir verdad.

Viv Albertine (The Slits)

“La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida”

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Del Manual Básico para Entrevistadores: no dejes el suelo del entrevistado hecho un asco. Desoyendo ese mandamiento elemental me presento en el estudio londinense de la artista Viv Albertine con unas botas que destiñen. Ella no las ha admirado, pero lo hará en cinco minutos, al ver que mi (espasmódico) andar arriba y abajo de su cocina ha dejado unas pisadas horribles. Mi anfitriona me pide si podría no hacer eso, por favor. Al mirar veo que las huellas forman un patrón negro. Mientras Viv friega el estropicio (y yo me fundo en excusas) pienso que aquellas manchas podían representar los abruptos pasos de baile de alguna canción de The Slits.

Viv Albertine es una de las figuras improbables del pop, y su banda (cuatro mujeres) la más radical de la época. The Slits eran todo lo no-rock que un grupo puede ser sin hacer canto gregoriano. Una amalgama de dub, pop, punk, baile Ubangui y discordancia que parecía no tomar un solo consejo del libro del rocanrol –ni en pose ni sonido- y desmontó cada cliché de la industria.

No fue divertido, pero sí excitante. Su memoria Ropa, música, chicos (Anagrama) habla con cruda candidez de lucha y pasión creativa en una vida sin domesticidad. Para ella, “feliz” es una palabra fea, “normal” un insulto. Interrogamos a la mente más despierta y la heroína más reticente del punk rock.

Empecemos con una pregunta rompehielos: ¿Qué has hecho hoy? ¿Cuál es tu rutina?

No tengo una. Empiezo el día quedándome en la cama más tiempo del necesario. Me encanta la cama. Me despierto y me quedo allí una hora, pensando. No de forma muy concentrada, solo pensamientos al azar. De vez en cuando surge una idea, o algo que me preocupa sube a la superficie. He vivido una vida bastante rápida; ahora me gusta la tranquilidad y la quietud. No le tengo miedo a la calma. Ni siquiera escucho música. Solo silencio, o el sonido de la ciudad. En los setenta teníamos aburrimiento, y ese aburrimiento gestó algo que ha sobrevivido cincuenta años. No soy la primera en decir que los chavales de hoy no saben aburrirse. El aburrimiento es muy importante para la creación de arte, como también lo es la frustración.

Los que venís del punk siempre habláis del aburrimiento y la mediocridad de los setenta, pero leyendo tu libro he vuelto a pensar que los años cincuenta de tu infancia eran aún peor.

Sí. Londres parecía estar aún en los 40’s [sonríe]. Nuestros padres habían vivido la IIª Guerra Mundial y tenían una lista de prioridades distinta. Para cuando llegaron los sesenta lo único que queríamos nosotros era ser felices, pasarlo bien, ser jóvenes para siempre. Nuestros padres se perdieron todo eso. Ellos vieron a gente morir, vivieron el racionamiento, mi madre nunca cogió un taxi, no comía azúcar (mientras que nosotros nos hinchábamos de chocolate). Hubo un gran cambio entre generaciones. Nosotros éramos más Yo, Yo, Yo. Y asimismo, se nos pegó algo de la austeridad paterna. A menudo me entrevista gente que tiene veinte años menos que yo, y una de sus preguntas siempre es: “¿Eres feliz?”. De niña nadie me preguntó eso. Nunca tuve la esperanza de ser feliz. No era algo que entrara en la ecuación. Mis padres habían vivido dos guerras. Nadie esperaba acceder a un estadio de felicidad ininterrumpida. Nuestra generación tampoco. Yo no esperaba ser feliz. Esperaba tener una vida interesante. La felicidad está sobrevalorada. Es una expectativa falsa, o no del todo deseable. Mi imagen de la felicidad es un estado estático: estar sentado en el sofá comiendo bombones.

Nice is a cup of tea, que decía Lydon.

Sí. Es un estado de sedación. La felicidad no me interesa. «¿Estás alerta?» me parece una pregunta mucho más interesante. ¿Te enteras de lo que pasa en el mundo? ¿Estás despierto? No puedo contestar “sí” a la pregunta de si soy feliz. Por otro lado, si contesto que no, el interlocutor siempre dobla el cuello así [realiza el gesto de condescendencia que uno haría con un bebé] y responde: Ooooh. Lo mismo cuando me preguntan si estoy soltera. Dios mío. Vivir en pareja: qué completa pérdida de tiempo. Me sorbía el alma. Toda la energía que tienes que dedicar a ser pareja de alguien, visitar a los suegros, por qué no me llama, por qué llega tarde… En los últimos seis años en que he estado soltera he completado el trabajo de cinco personas. Soy una artista egoísta.

Un artista tiene que ser egoísta. De otro modo nunca haríamos nada de provecho.

O si lo hacemos sería falso. Porque para ser un artista honesto tienes que decir lo que piensas, y eso daña a otros. Hasta hace muy poco los hombres lo tenían mejor, porque podían hallar a una pareja a la que no le importara ser la “musa”, la “facilitadora”, la que ayudaba al hombre a crear. Nunca hallabas a un hombre que aceptara ponerse en la posición inversa. A la mujer siempre se le dice que no debe dañar a los niños, que no debe dañar al hombre, a sus padres… Pero no puedes ser artista y no dañar a nadie. Aún diría más: para ser artista tienes que ser un poco desagradable. Tener una visión afilada. Y todo eso no encaja con lo que se espera de ti como mujer. “Anímate, cariño, vaya cara más larga, por qué no sonríes un poco más…” [ríe] Cuando empecé a dirigir para televisión yo era una de las pocas mujeres de la BBC, y siempre sonreía a todo el mundo en las escaleras. Nadie me sonreía de vuelta. Era un mundo muy competitivo. Y yo ahí, sonriendo como una secretaria. Intenté dejar el hábito, pero es difícil [ríe].

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De niña aprendiste que la vida era injusta y que, como decías, el aburrimiento era una energía. Así como la rabia.

La rabia y el aburrimiento han sido los motores de mi vida. Vengo de una familia de clase obrera, nada bohemia, sin dinero pero también sin libros en las estanterías, sin contactos molones ni nada parecido. La generación de mi madre fue aplastada, tuvieron que abandonarlo todo. Salían de la guerra y no las dejaban trabajar (para conseguir un empleo tenías que quitarte el anillo de casada). Solo se las conminaba a ser amas de casa y criar niños. Lo escuchas a menudo: “si no llega a ser por que naciste tú habría sido bailarina”. Eran una generación de mujeres frustradas, y nos convirtieron en militantes. Somos la segunda ola feminista, nacimos de su amargura. Yo solo tenía la rabia de mi madre y mi propio aburrimiento [sonríe]. Estaba siempre indignada, por lo que le habían hecho a aquella mujer tan inteligente. Veía la televisión y me ponía furiosa (aún lo estoy). Yo no era muy guay, ni muy inteligente. El cabreo era mi gasolina.

Hablabas de padres bohemios, siempre tan irritantes para los que nacimos de padres normales, nada intelectuales ni enrollados. Por desgracia, todo apunta a que nosotros somos ahora los padres bohemios. No puedo evitar un cierto autoasco.

[ríe] Sí. Creo que lo que va a suceder es que nuestros hijos van a querer ser normales. Mi hija tiene diecisiete años y está muy centrada. Es trabajadora, constante, toca en un grupo pero solo para divertirse, quiere estudiar inglés en la universidad… Creo que yo le he aportado esa estabilidad. Le he dado la parte de clase obrera, sin pretensiones, sin gilipolleces, y también le he mostrado los libros y el arte. No querría que mi hija estuviese tan desequilibrada como yo. Que fuese tan rabiosa y violenta.

En el fondo deseas que tus hijos sean feli… Perdón. Que sean estables emocionalmente. A la vez sabes que no crearán ningún tipo de arte válido, porque solo los neuróticos y magullados y alienados crean arte que tenga algún valor.

¿Sabes qué? Creo que el arte ha acabado. Si hablamos de occidente, a lo largo del último siglo ha sido la clase obrera la que ha marcado el ritmo visual, del pop y de casi todo. Ahora son los hijos de las clases altas los que están marcando el ritmo, pero nunca harán arte rebelde, porque son los hijos de los gobernantes. A la mierda el arte. Nuestros hijos serán ayudadores, serán facilitadores. Tendrán egos más pequeños. Todo eso de subir a un escenario y hacer poses con la guitarra, esperar a que la gente aplauda cada tres minutos… Es patético.

Desde luego el rock actual está del todo estancado. No puedo comprender cómo puede fascinarle a alguien de quince años.

Estancado es la palabra. ¿Y lo de convertir a uno de esos gilipollas en Dios, solo porque ha hecho dos canciones que riman? El género era radical en mi tiempo, pero ahora ha perdido todo el sentido. Si yo tuviese diecisiete años no pensaría que lo radical es estar en un grupo. Me parecería la opción más cómoda y aburrida. Preferiría ser un activista, o un abogado de derechos humanos, un estudiante de química… Cualquier cosa, en realidad. Yo hice lo que hice porque no tenía nada y estaba llena de resentimiento, y mi único camino creativo fue el que existía. Pero hoy no haría eso.

Puestos a admirar a alguien, admiremos a los profesores de la escuela de nuestros hijos, no al gilipollas ese de Kasabian.

Exacto. Mucha gente me sigue preguntando qué bandas escucho, qué grupos me gustan. Yo siempre contesto que me interesan muchísimo más los cereales del desayuno que los grupos de rock.

En el libro mencionas cómo todos aquellos músicos fueron tus maestros. Los que te señalaron los libros que merecían la pena, los discos que cambiarían tu vida…

Lo fueron. Comprendí lo que era Vietnam gracias los músicos americanos. Supe del Che Guevara gracias a la cultura pop. Me enteré de lo que eran las drogas por las canciones. Se trataba de gente que iba ahí fuera, lo experimentaba y luego venía a contártelo. Ahora, con internet y los viajes low cost ya no necesitas que nadie viaje para contártelo luego. Los músicos de antes eran como trovadores, que iban arriba y abajo del país contando la historia de la gente. Y no eran dioses, o al menos muchos de nosotros no los adorábamos de ese modo. Para empezar, eran gente interesante, espabilada, los veíamos como emisarios, como mensajeros… Yo viví un tiempo en que la música era el vehículo principal de la excitación y la rebeldía. Era peligrosa. No puedo entender cómo hoy se glorifica a unos cuantos pijos con tatuajes recién salidos del colegio privado. Siempre le digo a mi hija que intente distinguir en quién es radical y quien se hace el radical. Una chica rapeando en Afganistán: eso es radical. Arriesga su puta vida.

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Del punk me encanta una palabra que ha caído en desuso: poseur. Era muy útil. Posturero. Hay tantos ahí fuera…

Sí. Y otra que también se usaba mucho era careerist (arribista). Posturero y arribista eran las dos peores cosas que podías decir de alguien. El otro día estuve con dos músicos jóvenes que no paraban de decir “mi carrera esto, mi carrera lo otro”. Me dije: estos dos fulanos pertenecen a una especie distinta a la mía. Podrían ser contables, ya puestos, tanto hablar de su mierda de carrera. La música es algo que va abrir tu mente, transportarte hacia delante, ver las cosas de otro modo. Para estos chicos, la música es solo un modo de empezar empresas. En los sesenta toda la cultura era de clase obrera. Los ricos no participaban en las artes más que como mecenas o mánagers. En los ochenta decidieron empezar a trabajar, pero no en trabajos de mierda. Querían los glamurosos. Qué listos.

Es muy fácil dar por sentado algo que era radical cuando emergió. Hemos visto tantas copias de Hemingway que es difícil explicar lo revolucionaria que era su forma de escribir entonces. Lo mismo sucede con el rock’n’roll.

Desde luego. El contexto es muy importante. Es fácil meterse con Germaine Greer, decir que lo que hizo está pasado de moda, pero en su momento aquello era insólito. Internet tiene una tendencia a reescribir la historia con alteraciones. Por eso decidí escribir el libro en primera persona. Hay demasiados libros de hombres que no estuvieron allí, hablando de los tipos de guitarras que utilizaba no sé qué individuo. Es como un hobby de nerds.

Lo de la ropa también ha perdido sentido. En el libro explicas que te ayudó a “reconocer a un hermano” (en el caso de Mick Jones). Pero la estética se ha banalizado por completo.

Habrá feministas actuales que objetarán al título del libro. Chicos, ropas, música, qué poco feminista. Pero los chicos que yo conocí estaban muy politizados, eran gente muy sensible e interesante. Y en cuanto a la ropa, en aquella época decía quién eras. Te separaba. Te arriesgabas a que te violaran, que te atacaran, con cierta ropa. Hoy puedes ir a Primark y vestirte de punk, a la mañana siguiente de rocanrolera 50’s, a la otra de estudiante pija… Cada día adoptas un personaje, cosa que en el fondo me parece bien. Pero que quede claro que no tiene nada que ver con lo que te sucedía si te vestías de punk en 1976. No es comparable. Para nosotras la ropa era una especie de panel de anuncios. Especialmente en el caso de The Slits, porque mezclábamos en nuestra imagen todo lo que se esperaba de una mujer, solo que revuelto: un poco de sadomaso, un poco sexy, un tutú de ballet, zapatos de tío, chaqueta de delincuente… Y la gente lo odiaba. Sabían que nos estábamos mofando de todos los estereotipos.

El mundo de The Slits era uno donde un colega punk podía venir a decirte: “nosotros también queremos a un pibón en la banda”. Y no señalo a nadie.

[ríe] Pobre Paul Weller. Aquello era el mayor elogio que podía imaginar. Y él era buen tío, nada abusón ni maleducado. Es un buen ejemplo de lo arraigadas que estaban ciertas costumbres. Hoy me he acordado de mi padre, de cuando volví a verle después de muchos años separados, y andando por la calle no paraba de señalar a otra mujeres, mira esa, qué fea, mira esa qué buena está… Todos los hombres se creían con el derecho de hacerlo, ni siquiera era algo arriesgado. Las mujeres estaban para que tú las juzgaras. Yo le dije: “deberías echarte un vistazo antes de ir por ahí juzgando a las mujeres”. Mi padre se quedó de piedra. Jamás habría imaginado que lo que hacía fuese reprobable. Todos los chicos con los que salí tenían algún comentario que hacer sobre mi cuerpo: “tienes el típico cuerpo de pera inglés”, “tu nariz esto”, “tu barbilla hace eso otro cuando ríes”… Al final estás tan cohibida que ni te atreves a desnudarte. Los chicos de hoy son diferentes, según me cuenta mi hija. Mucho más considerados. Pero en la época aquella mierda asesinó mi sexualidad. Me agotó. The Slits estuvimos juntas menos de siete años, y aún me siento agotada por todo aquello. Siete años de pelea constante.

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En el libro no aparentas ser feliz en ninguna foto, hasta la página en que sales sosteniendo a tu hija. En todas las fotos de la banda, o de la época punk, apareces preocupada o triste.

Es interesante que lo veas así. Nunca tuve un solo momento de gozo, o felicidad, es del todo cierto. Inspiración sí, satisfacción artística también, pero nunca alegría. Tampoco de niña. Quizás si me hubiese dedicado activamente a la búsqueda de la felicidad la habría terminado hallando, pero no era eso lo que quería. Quería retos. Pero a la vez todas las puertas se me cerraban porque era una chica sin estudios y sin un duro. Nunca pensé en ir a la universidad, o formar un grupo. Todo se me presentaba como imposible. Todo era lucha.

En el libro dices algo parecido a lo que Steve Jones afirmaba en The filth & the fury: creía que los músicos caían del cielo.

Y tanto. Por eso cuando vi a los Pistols pensé: he aquí algo que yo podría hacer. Son exactamente igual que yo, solo que son chicos. De clase obrera, de la misma zona, mismos colegios, mismas voces, misma falta de títulos, misma impericia musical. Por primera vez vi que gente como yo podía hacer algo. Que no tenías que ser una cantautora glamurosa como Joni Mitchell, o una chica sexy y desacomplejada como Suzi Quatro o The Runaways. El único salto que tuve que realizar fue de chico a chica.

Lydon ayudó a vencer complejos, sin duda, con su inseguridad física y su timidez.

Sí, y creo que se estableció una cadena, en la que nosotras adoptamos ese papel para otras chicas. No éramos glamurosas, ni ricas, ni intelectuales ni veníamos de familias cool. No éramos la jodida Laura Marling, que es hija de un puto conde. Cuando regresé a la música a mis cuarenta años mucha gente me venía a decir que yo era una “leyenda”. Nunca nadie me había dicho algo así, y desde luego no me sentía como tal. En mi libro traté de deconstruir eso de la “leyenda”, para que cualquier chico, o chica, o transexual, o chaval de clase obrera, viese que no hace falta ser un guay de nacimiento como los nuevos artistas. Que puedes ser todo lo mierda, y todo lo tímido, y todo lo inepto que desees, igual que yo. E incluso así hacer algo con tu vida.

Los músicos que me hablan a mí tienen una cosa en común: están muy poco cómodos en su propia piel. Vic Godard, Wreckless Eric, Lydon, Bill Withers, Ray Davies, tú misma… Siempre parecían desear estar en otro lugar.

Creo que lo raro es sentirte cómodo con el espectáculo. Desconfío de la gente para la que estar ante los focos es lo natural. Vas a cualquier concierto ahora, de cualquier banda de tercera, y el espectáculo es fastuoso. Me parece incomprensible. Para hacer arte que sea relevante a cualquier nivel tienes que tener los pies en el suelo y dudar de ti mismo durante todo el proceso. Si vas a estar allí arriba, en el escenario, aporreando un trozo de madera durante tres minutos, con un estribillo a repetir cada dos, al menos tienes que ser consciente de que lo que haces es como el Mago de Oz. Que hay un elemento de timo en ello. En caso contrario no eres un buen artista.

Lo de The Slits, si uno no conoce su historia, podría parecer un proyecto científico planeado al milímetro: cojamos algo de dub, algo de free jazz, una pizca de punk, pillemos a una alemana de 14 años que baila como una mantis… Cuando en realidad era todo accidental.

Todo partía de ideas muy abstractas, muy espontáneas. Veo a grupos que están muy preparados, que han estudiado muy bien su camino, que casi parecen musicólogos. Han ido a colegios de música, y lo saben todo de estructura, pero tienen una visión muy limitada del mundo. Por el contrario, todos los músicos de los sesenta y setenta habían ido a la escuela de arte. Casi nadie sabía tocar, pero se valoraban todos tus talentos. Todos los que no querían un trabajo manual o una carrera formal iban a la escuela de arte. Allí tuvo lugar una fertilización cruzada. Se juntaba la música, las artes plásticas, el cine, el teatro… No había otra cosa. Hoy esto se ha puesto en compartimentos separados, es mucho más aburrido. Vas a la escuela de música y estudias música.

Si agarras un Quién Es Quién del pop de los sesenta o del punk te das cuenta de que toda la gente interesante venía de la escuela de arte.

Si tenías cierta edad, un temperamento artístico y no sabías qué hacer con tu vida te enrolabas en la escuela de arte. Todos tus artistas favoritos habían ido allí. Yo no tenía ni idea de qué iba a aprender. Solo que pasaría tres años sin trabajar, besuqueando a un montón de chicos y haciendo cosas fascinantes. Desde luego no era un paso pensado para conseguir algún tipo de ocupación fija, o una carrera. ¿Carrera? Eso es lo último que se me pasaba por la cabeza. Ahora voy a dar charlas a escuelas de arte y todos los estudiantes apuntan lo que digo en sus libretas. Lo tienen todo planeado para que esos tres años den un fruto rentable. Para montar sus negocios. Pero hace unas décadas nadie lo vivía así. Era algo tan hermoso, lo de vivir al día, sin la menor perspectiva de futuro… Y si algo interesante se te cruzaba por delante, lo cogías. Y si luego había otra disciplina que te atraía más, cambiabas de idea. Se fomentaba la espontaneidad. Todo lo que aprendí en la escuela de arte lo llevé a The Slits: cómo trabajar lo visual, cómo hacer que nuestros cuerpos fuesen lienzos, que todo lo que llevamos y los colores que usamos tuviese un significado, que los signos dijesen algo. Cogimos todo lo que se suponía que tenías que hacer con una guitarra, y la postura que tenías que usar, y cómo tenía que sonar, y lo desmontamos en muchos pedazos, y luego lo volvimos a montar. Nos lo inventamos por el camino. Eso era lo mejor, no formar parte de la tradición del rock’n’roll. Incluso gente como Steve Jones, que es adorable, había pasado horas delante del espejo haciendo posturitas de rockero. Pero The Slits no. Nunca esperamos que haríamos algo así. Todo era nuevo.

En el libro dices que cuando empezabas a tocar te planteaste “cómo sonaría yo si fuese un sonido de guitarra”. Dudo que nadie en el rock se haya preguntado eso, jamás.

Es cierto. Lo siento, pero los grupos de chicas del punk eran mucho más radicales que los grupos de chicos. Ellos todavía pensaban en Buddy Holly, en Keith Richards… Por mucho que estuviesen en el punk tenían esos modelos a seguir de los que no podían zafarse. Nosotras no. Nunca copiamos a los hombres. Tuvimos que inventar otro lenguaje, porque no existía.

Y si os fijabais en alguien era en Sun Ra, o Max Romeo.

O Don Cherry. O Mary Poppins. Nuestros modelos eran extraños, no nos daba ninguna vergüenza coger de todas partes. Y Ari era tan joven… No le había dado tiempo a que la sociedad le jodiese la mente. Era alemana, había pasado media infancia en un internado, en cierto modo era como si su mente estuviese inmaculada, era como una niña salvaje. Parecía Kaspar Hauser.

Como decíamos antes, los artistas no tienen por qué ser “majos” de un modo convencional.

Ari era muy difícil. No sé qué habría sido de ella de no ser por el punk. En serio. Le salvó la vida. Le proporcionó una válvula de escape y una dirección para toda aquella energía demencial. Todos éramos gente rara, todos veníamos de familias jodidas. No había internet, no había revistas que hablaran de nosotros, gravitamos hacia el punk porque era el único sitio que nos aceptaba. Todos padecíamos trastornos de personalidad en uno u otro grado. Ahora se utiliza el término “apareamiento concordante”: un determinado tipo de gente se junta por un factor determinado. Acabamos en la tienda de Malcolm y Vivienne porque éramos el mismo tipo de gente. Hoy en día sucede algo interesante y millares de personas se enteran al momento. Pero entonces tenías que tener una mente determinada para acceder a aquello. Era una voz que se filtraba a través de las generaciones, pero que se mantenía a salvo del pensamiento común. Ahora hay una exposición punk en Londres. Horrible. Y me alegra que no haya nada allí. No tienen nada que mostrar. Porque en realidad era una actitud, no algo físico.

Siempre he visto el punk americano como una cosa más enrrollada, más rocanrolera. Mientras que el punk inglés nació de un puñado de inadaptados con mala dentadura. Chavales vírgenes y patizambos.

Yo opino lo mismo. Creo que el punk americano es una cosa distinta. Eran gente mucho más sofisticada y callejera. Navajas automáticas, chupas de cuero. En los Ramones había chaperos, por ejemplo. En sus círculos había prostitutas, heroína. Patti Smith venía de la poesía. El punk inglés era muy inocente, comparado con aquello.

El sexo en el punk inglés siempre es desastroso. En tu libro hay varios ejemplos de sonrojante impericia. Tu mamada a Lydon es quizás el momento del libro que da más dentera.

[ríe] Las mamadas eran cosa de americanos. Los americanos llevaban años y años practicando felaciones a diestro y siniestro, era como una tradición nacional. Según he leído, muchas madres americanas recomendaban la felación como sustituto al coito, para evitar embarazos no deseados. Pero aquí eso ni existía. No teníamos ni porno. Ni videos. Si querías ver películas porno tenías que ir a un cine X, pero nadie lo hacía, era una cosa de viejos salidos. Así que lo que todos practicábamos era una especie de sobeteo absurdo durante horas. Una cosa sin sentido. Al final perdías interés.

Todo era tan excitante que follar era la última de las prioridades. “Sexo son dos minutos de sonidos chapoteantes”, como dijo John Lydon.

Sí. Nadie pensaba mucho en ello. Y todo lo de la ropa sadomaso era una cosa extrañísima, nadie había visto jamás esos artilugios. Aquello era algo que alguna gente (gente rica) utilizaba en la más estricta privacidad. Nosotros lo usábamos para ir por la calle y resultaba escandaloso, pero lo más interesante no era eso. Lo interesante es que nos hacía parecer que estábamos al tanto del rollo sexual, cuando no lo estábamos en absoluto. Había dos chicas de toda la movida que se prostituían, pero eran una rareza. Y en cuanto a los chicos, tenían todos diecisiete, máximo dieciocho. No tenían casi experiencia. Hacían lo mismo que los niños en el patio: meterse con todo aquello que no tienen o no pueden hacer. La frase de Lydon viene de ahí. Se hicieron famosos a la vez que descubrían el sexo. No eran mujeriegos, precisamente. Aparte de Steve Jones [ríe].

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Hablando de Steve Jones, tu libro se añade a una larga lista de memorias punk. Exceptuando la de Jah Wobble, que insiste en que Lydon es una sabandija inmunda, las demás tienden a coincidir en pintar a Lydon como el tío brillante y a Sid como el cenutrio bizqueante. Tu libro cambia un poco esa visión.

Sid se hacía el tonto, que es muy distinto. Para llevar la contraria. Y era uno de los miembros más dañados psicológicamente del punk. Su madre era yonqui. Si consideramos en qué tipo de hogar creció aún puede decirse que le fue más o menos bien. Porque estaba maldito desde que nació. Su madre era una mujer inteligente, pese a todo, y él también lo era.

Sid opinaba que tener una opinión sobre algo era “pretencioso”.

Veía más allá. Estaba rodeado de gente que no paraba de hacer afirmaciones palmarias sobre esto o aquello otro, pero que en realidad estaban en la inopia. Él podría haberlo abrazado todo, cualquier opción. Sid era un hombre interesante que acabó destruido.

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Tu libro habla de él con un cariño palpable.

Mira esas fotos: era solo un niño desvalido. Me rompe el corazón ver alguna de esas filmaciones donde da cabezadas por culpa de la heroína, y no para de disculparse. Por otro lado, él y yo éramos distintos. Él siempre había soñado en ser una estrella del rock. Él y John. Estudiaban los ritos del rocanrol. Eran los niños que se vestían como Bowie e imitaban a Bolan ante el espejo. Pero las Slits no éramos así. Nacimos de la más absoluta nada, sin ningún tipo de bagaje rock. Y eso, por supuesto, también acabó con nosotras.

En todas las biografías del punk y post-punk hay un trozo en donde saca la cabeza Vic Godard. En la de Tracey Thorn era como ídolo, en la tuya es más como…

Un cómplice, sí. Subway Sect eran el grupo con el que nos sentíamos más identificadas musicalmente. Pasábamos mucho tiempo juntos, yo me acostaba con Rob [Symons], éramos uña y carne, íbamos al cine juntos. E incluso así, eran chicos blancos que habían acabado el bachillerato, y que venían de familias más privilegiadas. Es mucho más fácil desperdiciar tu talento y confianza en ti mismo si naciste con él. Yo no tuve ninguna. No quería desperdiciar lo poco que tenía.

El entorno tampoco era el más amigable. Describes un momento en que fuiste a ver a tu amigo Sid Vicious para que te echara de los Flowers of Romance después de que tu exnovio Johnny Thunders te convenciese para meterte heroína.

Todo el mundo estaba muy jodido. Yo creía que Thunders estaba siendo amable, pero era solo una estrategia de manipulación yonqui. Los yonquis buscan acólitos. Él sabía que yo estaba triste, y tenía jaco en casa. Me puso en una posición vulnerable para que no pudiese decir no. Es un viejo truco de control, pero me llevó veinte años darme cuenta de ello.

Es un libro muy honesto. No solo por lo que dices de los demás, sino por lo que afirmas de ti. Tu resentimiento hacia Ari Up, por ejemplo, porque decías que te copiaba. Podrías haberte puesto en el papel de mentor benevolente, que siempre es más agradecido, pero decides decir la verdad.

Fue difícil poner eso en palabras. Durante todo el libro lo pasé fatal a la hora de explicar que había sido deshonesta, o que había engañado a alguien, o explicar mis necesidades corporales. Me daba miedo pensar en que iba a publicarse. Pensaba que iba a ser troleada sin compasión, que la gente iba a decir que mi cuerpo daba asco y mi personalidad aún más. Pero necesitaba ser honesta. Asumí que no iba a tener novios nunca más, y que perdería a los amigos que aún tenía. Sufrí una crisis nerviosa al terminarlo. Pasé tres meses sin salir de casa. No sabía ni si estaba bien escrito.

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La segunda parte del libro (la de después del punk) es una historia de renacimiento. ¿A dónde vas desde allí? Mucha gente pierde el norte después de haber sido precozmente audaz en su juventud.

Sin duda. Las cosas también han cambiado en ese sentido. Hace cincuenta años la segunda parte de tu vida se parecía mucho a la primera, porque trabajabas en el mismo sitio hasta que morías. Pero hoy ya no es así, no solo para los artistas. A lo largo de mi vida he tenido cinco o seis viajes, y creo que eso no es una excepción. Probé muchas cosas.

Tras haber agarrado una guitarra sin tener ni idea y hacer lo de The Slits, supongo que no era un salto de fe tan insólito pensar que podías dirigir un filme.

En cierto modo no. Pero tampoco creía que podía ser una cirujano. O astronauta. Ni siquiera abogada [ríe]. Para mí no se trata del medio. No quiero mitificar lo de la música, ni el cine. La plataforma me da un poco igual, mientras pueda comunicarme. No pongamos en un pedestal el tema de la música, la pintura, la poesía… hay que escuchar lo que nos cuentan. Agarrar una guitarra y subir a un escenario no tiene nada de heroico o interesante si no tienes maldita cosa que decir. La gracia del punk era precisamente que daba un poco igual la forma en que decías algo, si tenías algo que contar. Y si no lo tienes, estate calladito durante diez años, luego vuelve y di algo.

Cuando tú regresaste de tu exilio familiar tuviste que volver a aprenderlo todo. A tocar la guitarra también.

Me aterrorizaba lo de presentarme a veladas de micrófono abierto en pubs, pero algo me empujaba a hacerlo. Era como una especie de locura. Como si no fuese yo. Muy raro. Una fuerza tiraba de mí. Porque no era la Viv pensante la que decidió meterse en aquello. Era otro tipo de criatura que vivía en mí la que me dijo: “da igual si haces el ridículo, o eres vieja, o eras malísima. Vas a presentarte a ese micro abierto”. ¿De dónde salió eso? Vas a joder tu matrimonio de 17 años, tu hija te necesita en casa… Las razones para no hacer lo que hice eran enormes. Pero si consigues sintonizar con… No sé como llamarlo. Yo lo siento como un río subterráneo que fluye en mi interior. Si logras conectar con eso, te dominará. Harás lo que haga falta. Mi marido creía que era un acto de supremo egoísmo. Que no tenía sentido después de haber pasado nueve años en casa cuidando de mi hija. Asimismo, hay un momento en que tu hijo tiene ocho o nueve años y tú, como padre o madre, vuelves a mirar al exterior. Porque tu hijo ya es una persona. Muchas mujeres se separan en ese preciso momento. Se les abre el cielo. Tu cría ya puede alimentarse sola. Es algo animal. Al mismo tiempo me pregunté qué tipo de ejemplo quería yo representar para mi hija. Ella ya no necesitaba una niñera. Empezaba a necesitar un ejemplo a seguir. Y conseguí que me viese así. Un día yo era parte del mobiliario. Al otro era una persona que salía y tocaba la guitarra y escribía letras y le pedía la opinión. Y eso puede parecer egoísta durante unos años, porque quizás estás haciendo menos cenas, pero germina en algo que es mucho más importante para un niño. En una madre que merece la pena, en suma.

Tu exmarido queda como un completo capullo. Con perdón.

El pobre se asustó. No era así al principio. Es una paradoja, creo que común en algunos hombres. La razón por la que se enamoró de mí fue lo que le fue distanciando de mí con el tiempo. No intentó formar parte de ello. Algo le dijo que si yo continuaba con la música él iba a quedar al margen. No era cierto, pero él estaba tan convencido de ello y se opuso tanto a mi camino que al final sus miedos se hicieron realidad.

Tuviste una época de retiro absoluto en la que solo eras madre, las 24 horas. Permíteme que te pregunte esto: ¿cómo aguantaste tanto tiempo haciendo ver que eras normal, con los otros padres y madres normales? En una ocasión le hice esta misma pregunta a Tracey Thorn y se lo tomó fatal, dijo que ella no miraba a la gente de ese modo. No sé si estaba siendo sincera.

Quizás sí, y para ella esto era fácil, porque es una persona normal [ríe]. Pero para mí fue un suplicio. Me sentí un fraude total. Una absoluta automarginada. Fue agónico. No comprendía como aquella gente tan centrada y normal podía dejar que sus hijas se quedaran en mi casa. Me esforcé tanto para parecer normal, para que mi hija tuviese amigas y nadie pensara que era una friqui… Pensé que si nadie se enteraba que yo era la guitarra de The Slits las madres de las amigas de mis hijas las dejarían quedarse a pasar la tarde. Y me sentía forzada a ser doblemente buena. Que nunca hubiese el menor riesgo, porque ya era riesgo suficiente que estuviesen al cuidado de alguien con mi pasado. Nadie sabía de ello, porque yo llevaba el apellido de mi marido. Fueron años de sentirme como un pez fuera del agua. Quizás Tracey Thorn no necesitaba el camuflaje, porque encajaba de perlas en medio de todas aquellas mamás, pero para mí fue una pesadilla. Lo peor es que seguro que me equivocaba, que a nadie le hubiese importado. Pasaron años, hasta que mi niña tenía siete años o así, en que se lo confesé a alguien. Mi hija ya iba a una escuela secundaria de Camden, y allí sentí que había una mayor afinidad con algunos padres. Mi consejo para futuros padres es: si vas a llevar a tu hijo a la escuela y no eres demasiado normal, no lo lleves a un sitio que es el epítome de la normalidad. Porque a tu hijo va a resultarle raro que te comportes de forma tan distinta en casa y en el colegio [sonríe].

Dicho esto, no hay nada peor que los colegios donde todos los niños son hijos de directores de cine, actores y músicos rock. En Barcelona hay unos cuantos. Puag.

No, claro. Mi hija va a una secundaria típica. Hay de todo. Desde la hija de un mandamás de The Guardian hasta los hijos de casas de protección oficial de la zona. Los hijos de artistas famosos en colegios como los que mencionas llevan vidas enrarecidas y muy aisladas. No comprenden los problemas que tiene la gente trabajadora, porque no van a la clase con los hijos de esa gente. Vivirán siempre la vida en la crema, en lugar de en la leche.

Tu vida está plagada de golpes de suerte pero también de impactos de tremenda mala suerte. Plenitud artística y maternidad se alternan con cáncer y violencia de género de un modo que parece novelístico. Tienes algo bueno y de golpe te lo arrebatan.

Creo que es otra consecuencia de haber crecido en una familia disfuncional, con un padre con graves trastornos psicológicos. Tiendo a gravitar hacia la dificultad. No puedo evitarlo. Es como si me sintiese atraída por las naturalezas abusivas. Supongo que también es culpa de mi falta de autoestima. Nunca crees que merezcas algo, así que acabas mezclándote con lo peor. No culpo a los demás. Tampoco a mí. Es otra de las razones para no estar en pareja. No se trata de que todos sean malos, sino que yo no sé escoger a los buenos. Me parece una razón de peso para dejar de buscar. No es tan grave si eres joven, puedes sacudirte los malos tratos de encima con más facilidad. Pero a los cuarenta o cincuenta, con una hija, ese escenario es una cosa seria. No me importa que se metan conmigo en las artes, es un mundo cruel y estoy acostumbrada (además, tiendo a ambicionar cosas que están por encima de mis posibilidades, lo que me hace tropezar y exponerme a la crítica mucho más a menudo que otros). Pero en mi vida privada eso es distinto. No quiero que me traten mal.

Las novelas negras se equivocaban. La culpa no es del mayordomo, sino de los padres.

Mi nuevo libro va de padres disfuncionales en los años cincuenta. Es una búsqueda de qué me convirtió en la persona que cogió la guitarra. Y cuando descubrí lo que me hizo así, vi que era jodido. Todos estábamos jodidos. Por eso hicimos lo que hicimos. Porque estábamos medio locos. Pero a la vez ese camino no para de llevarte a precipicios y caminos sin salida. Yo me he hallado en muchos de esos. El cáncer me vino de eso, estoy convencida.

¿De la parte emocional?

Sin duda. No es que me culpe de ello, pero tuve cáncer por la forma en que viví mi juventud. El tiempo era el que era y no hubiese podido hacerlo de otro modo. Pero aquella angustia tuvo sus consecuencias. Podría haber llevado una vida tranquila, conocer mi lugar, no salirme de la fila, quedarme con los de mi clase social… Pero no era lo que yo buscaba.

El escritor Harry Crews siempre decía que tu destino como artista de clase obrera es estar perpetuamente alienado: de la clase de la que te extirpas, y de la clase “artística” a la que desembocas. Nunca encajarás.

¡Muy cierto! Jamás formarás parte de nada. Es tu destino. Y yo he hecho las paces con ese destino. He decidido hablar de mi familia, de mis parientes. Muy pocos artistas hacen eso, diciendo toda la verdad. Yo lo he hecho. Mi padre tenía Asperger, pero jamás le diagnosticaron así. Nadie utilizaba la palabra entonces. Mi hermana y yo también estamos en el espectro autista.

¿Te han diagnosticado así?

No. Lo sé y ya está. No necesito que me lo ratifiquen. Mi padre, mi hermana y yo padecemos lo mismo los tres. A mi padre le zurraban porque creían que era estúpido, que no prestaba atención. Ni siquiera a Ari Up, que era Asperger total, la trataron como tal. En los setenta no existía el término. Eras raro y ya está. O antipático. O maleducado. Saberlo a los diez u once me hubiese ayudado, claro, pero ahora, ¿de qué coño me sirve ese diagnóstico? Un hecho interesante es que la investigación del autismo en chicas está muy poco avanzado, porque cuesta muchísimo más detectar los casos, incluso hoy. Y eso sucede porque las mujeres son grandes observadoras, saben instintivamente cómo camuflar sus taras, como comportarse en público, y han conseguido disimular sus patologías durante décadas. Es obvio que mi comportamiento en los setenta era obsesivo compulsivo. Mi obsesión con ciertas canciones. No podía salir a la calle si tenía una arruga en la falda. Intentaba ser amable pero me salía al revés, y decía cosas horribles sin ninguna mala intención. No hace falta ser un genio para ver lo que me pasaba.

(Ambas entrevistas, en formato corto y kilométrico, son propiedad de aquí el menda, Kiko Amat).

La canción del viernes #21: PATRIK FITZGERALD «Tonight»

Mi canción super-favorita de Patrik Fitzgerald, y himno deprimente #1 de mi discografía. Siempre me emociona ese tono sombrío, la visión pesimista, la voz dañada. Un digno lamento a la soledad y la otredad, y la incapacidad de comunicación de muchos de nosotros, los armadillos.

Feeling bored, that’s no fun
Being out of touch with everyone
Click my fingers, crack my toes
Kick the dog, and break it’s nose
I intelectualize it all
To prove my mind’s still on the ball

Esta filmación es de mi película/documental punk favorito de toda la vida, Rough Cut and Ready Dubbed. La voz real de los chicos con botas 79-81, pillada por otro par de chicos con botas.

 

 

Kiko Amat entrevista a MARKY RAMONE

Mi entrevista a Marky Ramone. Para Jot Down. La hice el año 2016 en unas circunstancias personales que hoy, releyéndola, se me antojan particulares. Pero la entrevista salió bien, es una de esas charlas donde les pregunto desde el primer pañal p’adelante, y el entrevistado colabora. Me acuerdo del día, de lo que llevaba puesto (un jersey verde manzana espantoso), de que pululaba por allí Ken Stringfellow (con las guedejas teñidas de rubio peróxido; estaba en la banda de Marky), de cómo salí del estudio del Poble Nou y de cómo mandé la fotografía que nos hicieron juntos a los amigos de siempre. Aún me hace reír la parte de «A quién copiaron los Beatles?».

JOHN LYDON: Esto es un bosque (una entrevista con Kiko Amat)

Sí, es él. Lydon. Rotten. Johnny. John. Rey del punk y padre del post-punk, voz (y cerebro) de los Sex Pistols y eje de P.I.L. Protagonista de un anuncio de mantequilla e improbable invitado del programa de telebasura I’m a celebrity, get me out of here! Un ser mítico y poliédrico que es aún el niño meningítico, fan de Can y Doctor Alimantado, que creó el punk en el norte de Londres. La ira es una energía (Malpaso, 2015) traza toda la curva de aprendizaje Lydoniana, de la cuna a la madurez.

John-Lydon2Fue así: yo iba preparado para una buena barahúnda dialéctica, atándome los guantes de boxeo con los dientes, pero John Lydon realizó el equivalente de cachearme en la puerta de un club: morirse de risa. Eso me desarmó, claro. ¿Por qué creí yo que iba a conversar con un ser huraño y solitario, borde como él solo? Quizás porque leí aquella biografía de Jah Wobble, su compañero en P.I.L., donde le pintaba como medio tarado por el ego (no caí en la cuenta de que Wobble no está muy fino). O quizás sea que a Lydon siempre le he visto en formación de combate, defendiéndose a dentelladas de sus críticos, y no estoy demasiado familiarizado con su cara apacible. Fuere como fuere, el John Lydon que me agarró el teléfono era un animal muy distinto al que suelen pintarnos. Aunque no podía verle, le imaginé hablando desde su casa en la playa (no tengo ni idea de si tiene una casa en la playa, pero me complació visualizarlo así), mirando el mar y preguntándose cómo carajo llegó aquel chavalín pelirrojo de cuestionable higiene dental, mueca fácil y postura corporal de Ricardo III a esto. A la cima del pop.

Has necesitado dos autobiografías para explicar tu vida. ¿A qué obedece La ira es una energía, si ya existía Rotten?
Estaba satisfecho con Rotten, pero con el tiempo me di cuenta de que necesitaba llenar los vacíos que existían sobre la época que precede a mi juventud. Hay mucho de mi infancia que no estaba allí, y no pude apretujarlo todo en un solo volumen. Para mí es muy importante que la gente entienda cómo fue mi niñez, porque allí se fabrica la personalidad que hoy conocemos como YO [ríe fuerte]. Quiero que el lector comprenda que no fui creado como una sensación del pop. Ya era un personaje hecho y derecho cuando aquello sucedió, y muchas de las calamidades que me sucedieron en la infancia contribuyeron a crear mi personalidad.
¿Eres aún aquel chaval de diecisiete años de Finsbury park?
Soy aquel chaval de seis años de Finsbury Park [ríe]. Los primeros años de tu infancia van a moldearte para el resto de tu vida. Cómo interpretas los escenarios que te rodean de niño es la base de tu formación como ser humano. En ese sentido, puedes dejar que la pobreza te deprima y venirte abajo, o puedes ponerte manos a la obra y sobreponerte. Que es lo que yo hice. Pero no quiero decir que yo fuese especial. Todo el mundo en mi barrio hacía lo mismo. Vivíamos en casuchas baratas, y era lo que había. Solo cuando mirabas la televisión te dabas cuenta de que no todo el mundo vivía del mismo modo. Supongo que sobre esa época empieza a colarse la conciencia política. Tuve mucha suerte de nacer cerca del Arsenal, porque la hinchada era 100% multicultural. Era una cosa excelente de veras. Una comunidad muy familiar. Allí crecimos, en Arsenal-landia. Todos los otros grupos de supporters iban por ahí berreando “Sieg Heil” como nazis gilipollas. Nosotros no. Estas cosas son importantes, no son paridas. Miras atrás y te das cuenta de que aquello te hizo así. Por eso he escrito este libro. De golpe me di cuenta de que las cosas de mi infancia de las que nunca había hablado eran en realidad las más importantes. Eso sucede en la vida: intentas olvidar, o simplemente olvidas, algunas cosas. Pero algunos de esos malos recuerdos son vitales para mí.
Posees también otra conciencia fundamental además de la política, que es la autoconciencia. En el libro afirmas: “nadie puede escribir nada sobre mí que yo no haya pensado antes”.
Soy mi peor crítico, y eso me ha hecho un bien incalculable. Cuando pierdes por completo lo memoria, que es lo que me pasó a mí cuando tuve meningitis a los siete años, y estuve hasta los ocho en un hospital después de un coma, despiertas y no reconoces a nadie. Ni a mis padres, ni desde luego a mí mismo. Así que empecé a utilizar un montón de autoanálisis. Me vi obligado a cuestionar todo lo que se me decía, y tuve que reaprender todo lo que sabía hacer antes de la meningitis. Pero de ello surgieron una gran cantidad de cosas buenas. Lo que mis padres consideraron una gran tragedia también me había convertido en un ser humano muy astuto. Detecto de inmediato cuando la gente me miente, y no me gusta nada. No veo que exista ninguna necesidad para la mentira. Siempre ha sido vital para mí contar algo como realmente es. Cuando pierdes la memoria durante un periodo tan largo de tiempo, la verdad importa. Importa mucho.
La deshonestidad y la hipocresía siempre te han asqueado.
Sí, y tanto. Asimismo, a mi lado irlandés le encanta contar una buena historia [sonríe], lo que imagino que me llevó a escribir canciones. Yo jamás había cantado hasta que me ofrecieron el puesto de cantante de los Sex Pistols. Hay varias razones para ello, pero una de las obvias es, por supuesto, la existencia de los curas católicos. No deberías dejar nunca a tus hijos cerca de ellos. Siempre existía ese miedo, de que si entrabas a formar parte del coro el párroco acabaría teniendo contacto “directo” contigo. Por tanto, cantar en el coro era una imposibilidad. Ya de muy niño sabía que la actitud de los curas iba a ser vampírica. Lo de reaprender a hablar y escribir se tornó algo muy importante para mí. Y por eso cuando entré en los Sex Pistols no me quedé en cantante, sino que empecé a ser el artífice de sus palabras. Según lo veo, mi forma de pensar y mi ingenio son las únicas cosas para las que estoy armado y blindado de veras. Opino que, tras nacer, fui rehecho, fui reconstruido para terminar haciendo esto.
Lydon longhairedHablas del ingenio de tu panda juvenil como táctica de supervivencia. Dices que erais “gatitos manchados” que tuvieron que desarrollar la rapidez oral como autodefensa.
¡Por supuesto! Por eso me encantan las comedias inglesas. Todas las películas y programas de televisión que vimos en aquella época, y que existían de la IIª Guerra Mundial en adelante, eran para mí la salvación. Una educación completa. Con ellas aprendí que el humor te proporciona un acercamiento mucho más directo a la verdad que cualquier filósofo. Aún diría más: creo que el único intelectualismo sincero es la comedia.
Te vitoreé cuando en The filth and the fury te ciscabas en las teorías situacionistas que algunos intelectuales habían metido a cañonazos en el punk, y afirmabas que para ti el punk venía de la comedia inglesa y de hacer el ganso con tus colegas.
¡Yupi! ¡Bien por mí! [se autojalea, riendo]. Lo jodido es que el mundo es como es, y aún quedan un puñado de esos intelectuales pontificadores que siguen escribiendo chorradas sobre el punk. ¿Cómo te diría? A mucha gente los árboles no le dejan ver el bosque. Para mí era de una obviedad cegadora que tenía que plantarme allí y decir: “esto es un bosque” [ríe]. Admito que para mí hacer esto es un tipo de pasatiempo muy disfrutable. Recordarles a esas personas de inteligencia “superior” que se equivocan la mayoría de veces.
The Clash se explican en tu libro como un grupo sin el menor sentido del humor. Lo cual, por supuesto, es cierto. Todas aquellas solemnes llamadas a la “revolución”…
The Clash eran angustia sobreactuada, nada más. Asimismo, eran excelentes personas y les quiero. Me encantan Paul Simonon y Mick Jones, les tengo en gran consideración. Como seres humanos. Sencillamente nunca me interesó ni me interesa su música. ¿Por qué debería? Yo tampoco espero que a ellos les guste la música que hago yo. Si fuésemos todos fontaneros en lugar de músicos no estaríamos admirando las reparaciones de retrete que han hecho los demás. Esto es un problema, porque mucha gente (críticos musicales, en particular) no es capaz de comprenderlo, y automáticamente respondería “¿Por qué odias a The Clash?”. Pero no odio a The Clash. Qué gilipollez. Para mí, el ser humano va mucho antes que el resto de consideraciones.
Lo más irritante de ellos, supongo, es lo que defines como su faceta de “socialismo abstracto”.
Bah, era puro fingimiento. Una farsa. No era genuino. ¿Por qué querría alguien hacer ver que viene de la parte pobre de la ciudad cuando no es cierto? Créeme, lo de crecer en un sitio que no tiene váter dentro de casa no es ninguna bicoca. No es algo glorificable. Toda mi primera infancia fue así, y resiento amargamente a cualquiera que pretenda haber compartido esa experiencia cuando no es verdad. Yo no simulo haber ido a la universidad de Oxford. De hecho, la única vez que he puesto mis pies allí dentro ha sido para dar una conferencia [ríe]. Que no a recibir una, ojo.
Es curioso cómo algunas estrellas del pop han acabado siendo amigos tuyos. Gente que en el pasado no parecía tener nada que ver contigo, como Simon Le Bon. Gente que odiabas, quizás.
No, no. Es lo mismo que decíamos de The Clash. Quizás odié lo que hacían Duran Duran, pero no a ellos como personas. La gente es muy distinta del empleo que realiza. Mucha gente de la industria musical la ve, de hecho, como una industria. Como un trabajo. Crean personajes públicos de sí mismos, y luego tienen que estar a la altura de lo que han creado. Para enriquecerse, básicamente. Yo soy distinto, pero no espero que nadie sea como yo. Para mí, mi obra surge de mi experiencia cultural, e intento relacionar la una con la otra. Lo que hacemos esa gente y yo es muy distinto, pero bueno… Soy un tío muy clemente. Hablaría con el diablo si fuese simpático.
john-lydon3Es un puto drama que el punk rock terminara siendo algo tan blanco y homogéneo.
Sí, aún hoy me pregunto cómo llegó a suceder eso. Pero sucedió, es cierto. Muchos periodistas se lo agenciaron, supongo, y como siempre tomaron de ello la parte equivocada. Se exageró muchísimo en la prensa, y se transformó en una especie de fábrica del odio. Y eso es lo que acabé odiando yo. Solo pintaron la violencia y el pensamiento negativo. Dios sabe cómo coño llegaron a concebir los Sex Pistols como algo negativo, porque éramos lo opuesto. Una banda muy positiva. Atacamos a los problemas que nos rodeaban: las instituciones, la iglesia, los políticos, los gobiernos.. Yo me metí con todos ellos, y eso tiene que ser positivo por narices. Incluso cuestioné “God save the Queen”. Y mira cómo acabó todo eso. Con mi grupo siendo debatido en el Parlamento. Pero fue positivo también, porque se trataron asuntos que debían ser comentados. En todo caso, en mi mente no visualicé McDonald’s en llamas ni nada eso. La cosa iba un poco más allá. Y ese es el tema: el punk degeneró en… Trivialidades. Un montón de tontainas sin talento haciendo el mismo ruido. Como suele decirse: los cántaros vacíos hacen más ruido. Si golpeas un tambor bien hueco, el estruendo será mayor [ríe].
No me gusta mucho la palabra, pero ¿opinas que algunos viejos amigos acabaron decepcionándote?
En 1989 escribí una canción que se llamaba precisamente “Disappointed”. Y cuyo estribillo dice [empieza a cantar] “Disappointed a few people / When friendship reared its ugly head / Well, isn’t that what friends are for?”. Y esa es la verdad. Uno tiene que aprender a perdonar. Si te comprometes a conocer de veras a otro ser humano, entonces tienes que aprender a tomar lo bueno y lo malo. Y si lo bueno pesa un poco más que lo malo, entonces hallaré un lugar en mi corazón para ellos. Pero si alguien es malo conmigo de verdad, a la tercera está expulsado. No tendría sentido seguir después de eso. Si alguien te roba, no es amigo tuyo. Si alguien trata de robar tu reputación, o miente a tus espaldas, no le necesitas. Bastante jodido es que tus amigos digan la verdad a tus espaldas [carcajada].
Opino que la verdad del punk aparece si mezclas todos los testimonios, pero según tú la verdad solo se encuentra en La ira es una energía.
Sí. Y me apoyo en el hecho de que no soy psicótico, ni bipolar, ¡ni esquizofrénico! [ríe] ¡Sí, es toda la verdad! Tiene que serlo. Tengo a mi abuela dentro de de mi cabeza aún, la recuerdo bien, y si digo alguna mentira me arrea un capón. Si te comprometes a algo en la vida, que sea para siempre. Por supuesto, si te das cuenta de que aquello con lo que te comprometiste no está bien, cámbialo por algo mejor. Esto le pasa a alguna gente: se aferran rígidamente a sus principios, pero esos principios son inútiles si no son transparentes, si no están abiertos a debate. Y eso es lo que debería hacer cualquier persona cuerda: declarar abiertamente qué son y en qué creen. Y estar preparado para que otra gente te lleve la contraria. Si tienes algo que decir que pueda mejorarme, soy todo oídos. No quiero pasar por esta vida engañándome a mí mismo, ni a los demás. En ese sentido, no soy nada rígido en mis procesos espirituales. No creo en la moral, porque me lo impide el subtexto religioso, pero sí creo en algunos valores.
No somos posmodernos. Los valores son cruciales.
Claro. En el pasado utilicé la palabra “anarquía”, pero el concepto de anarquía es una artimaña de clase media. La gente con pasta puede permitirse todos esos procesos mentales. Pueden regodearse en esas reflexiones porque están forrados. No tienen problemas reales, como pagar la factura del gas o alimentar a los niños. Uno tiene que poseer un cierto sentido común. Cualquiera que estructure su vida alrededor de la religión o la política es un completo memo.
Me pone negro la izquierda de clase media que siempre está sermoneando a la clase obrera sobre cómo tiene que ser, y afeándoles que no estén suficientemente “politizados”.
A mí también. Y te diré por qué: porque no deja espacio para nosotros. Porque nosotros no entramos en consideración. Creo que aún nos ven como una atracción de feria [carcajada]. Especialmente en el Reino Unido, donde el sistema de clases sigue siendo muy rígido. No importa las capas de barniz que le apliquen: ese sistema sigue vigente. Los que han ido a colegios privados miran por encima del hombro a todos los que no pudieron permitírselo. Ahí lo tienes. ¿Una cuestión monetaria? En efecto. ¡Dejad que la clase obrera haga dinero de la forma en que sabe hacerlo! Que generalmente es el crímen [ríe]. Pero vaya, si no van a permitirnos recibir una educación en términos de igualdad, que luego no se quejen. No somos idiotas. Ni soportamos a los idiotas con alegría.

Ira lydonROCK ON, LYDON: HUBO VIDA ANTES DEL PUNK
“Lo de que el punk rock salvó a la música popular es una mentira total. David Essex era lo más. Tenía un par de singles de los que yo estaba enamorado en 1973, como “Rock on”, que es rarísimo. Estaban hechos con mucha técnica de estudio, pero qué más da. El sonido era alucinante. Una de las razones por las que me gusta tanto T. Rex es la producción de Tony Visconti. Había un montón de música genial en mi infancia y juventud. ¡Alvin Stardust! ¡Gary Glitter! Todos sabemos en qué se convirtió Glitter, pero hizo grandes discos. Muy bailables. A la vez, yo escuchaba música folk turca y griega, y también irlandesa, porque era lo que se escuchaba en mi barrio. La cultura estaba muy mezclada allí, estabas expuesto a un montón de influencias musicales. Todos esos géneros eran para mí algo natural, no me puse a excavar en ellos. Siempre habían estado a mi alrededor, sonaban todo el día en el patio de vecinos. No tuve que buscarme un amigo negro para que me enseñara lo que era el reggae [ríe maliciosamente]. Aprendí a andar con reggae”.
La historia se reescribe acorde a la visión de unos cuantos académicos. Si la gente piensa en los 60’s ahora es como si solo hubiesen existido Cream o Grateful Dead. Pero en 1968 el Top 10 inglés era todo Desmond Dekker y Bob & Marcia.
“¡Sí! Pero no vayas diciendo eso, querido [ríe]. Eso es algo que nadie quiere escuchar. Para empezar, porque es la parte de clase obrera de los sesentas. Y no hace falta que te diga que antes de eso estaban los mods. Y antes que ellos estaban los teddy boys. Todas aquellas culturas tenían concepciones muy distintas de la música, desde luego alejadas de Cream. Cream me gustan, no me entiendas mal. Pero también me encantan todas las bandas mod originales, las de verdad. Y me encanta la influencia negra en la música callejera.”

Kiko Amat

(Entrevista aparecida originalmente en la revista Rockdelux de septiembre 2015)

Kiko Amat entrevista a JOHN LYDON

Pero ustedes no van a poder leerlo, listorros, si no adquieren la revista Rockdelux de septiembre. Ahí está mi charla con Mr. Rotten. Tres PAGINAZAS de música pop, mofa a los Clash, clase obrera a tope, infancia y bagaje, decepciones y autoconciencia.

No es por decir, pero es una buena entrevista.

2015-09-15 13.39.04

Soul Boys del mundo moderno: Kiko Amat entrevista a SPANDAU BALLET

Para Babelia. Dentro-fuera. Una conversación fugaz de 25 minutos a la que le exprimimos todo el jugo imaginable, agarrándoles de las guerreras para que no se largaran tan pronto. Charlamos de subcultura, de clase obrera, de soul boys, de hedonismo y de punk rock; hablamos incluso de mods.

Este, su escritor de cercanías favorito, ex-detractor convertido en groupie, incluso se hizo una tremebundaza foto con ellos (que ya les mostraré otro día).

Léanla con pasión, justo acá. To cut a long story short: I lost my mind.