Kiko Amat entrevista a JOHN LYDON

Pero ustedes no van a poder leerlo, listorros, si no adquieren la revista Rockdelux de septiembre. Ahí está mi charla con Mr. Rotten. Tres PAGINAZAS de música pop, mofa a los Clash, clase obrera a tope, infancia y bagaje, decepciones y autoconciencia.

No es por decir, pero es una buena entrevista.

2015-09-15 13.39.04

Indie pero español

Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), de Nando Cruz, documenta al fin la pequeña gran historia del indie de aquí. Kiko Amat pugna por recordar dónde rayos estaba él cuando todo sucedió.

Pequeno-circo-nando-cruz1. Mi relación con el indie español es una de desconfianza intermitente, bañada muy de vez en cuando en la ocasional luz de la inspiración, y que termina con final feliz. Esa antipatía original hacia el indie es algo curioso, porque si he de serles sincero me perdí un alto porcentaje de su actividad primigenia. Tal inquina, así, era más la que de repente le agarras en un bar a un baranda a quien no conoces de nada, pero que te irrita por sus poses pretenciosas o voz de flautín, que la que le tendrías a un amigo íntimo que te hinca el puñal entre los omoplatos. Pero bajen la mano despacio y suelten el Twitter. El indie tuvo cosas malas y cosas buenas, y la intención de este artículo será dirimir con una cierta ecuanimidad cuáles fueron unas y otras.

Antes déjenme hablarles un poco de mí, para variar. Conviene establecer ciertas intersecciones ético-estéticas con el indie peninsular. De 1985 a 1990 yo fui mod (qué le vamos a hacer). En 1990, y a partir de mi decepción con el “movimiento” (entonces lo llamábamos así), empecé a bucear en zonas limítrofes: el punk rock, el hardcore y el northern soul; una ensalada de sonidos que, por un tiempo, parecía tener sentido solo en mi deslavazado magín. En efecto, de 1991 a 1995 yo era el único fulano de Barcelona que frecuentaba shows de hardcore y allnighters de northern soul, como si me hubiese dado un aire. En 1990, por añadidura, yo había dejado de comprar el Ruta 66, que empezaba a cerrar filas alrededor del rock “auténtico”, pero no pasé a Rockdelux. Lo que hice fue enclaustrarme aún más en mi enrarecido cubil, radicalizando la cerril postura anti-mainstream y cavando hondo en los asuntos subterráneos -y algo subnormales- que me pirraban.
Todo esto viene a cuento de que el indie español y yo circulamos durante años por carreteras paralelas, sin cruzarnos. Casi. Frecuentamos los mismos garitos barceloneses (Communiqué, KGB o Humedad Relativa) durante la misma época, pero no aparecíamos por allí el mismo día (yo iba los días de rollo mod o punk). Cuando llegó el momento de coincidir en celebraciones comunes (los primeros festivales musicales), a mí únicamente me interesaba mi lado del patio, y aprovechaba las actuaciones indies para mear, beber o morrear mozas. El Serie B de Pradejón o los primeros tres FIB de Benicàssim son ejemplos donde interseccionaban los míos y los suyos, con algún punto azul donde ambos convivíamos en paz: yo iba a ver a Thee Headcoats o Mega City Four, ellos a El Inquilino Comunista o My Bloody Valentine, y oriente y occidente nunca se encontrarán (que decía Rudyard Kipling).

Que hacia esa época yo tuviese algunos tiros pegaos tal vez explica mi original suspicacia hacia la escena. Para un fan de La Granja, Los Negativos, Los Enemigos, Brighton 64 o El Último de la Fila, el indie español –pese a sus ínfulas innovadoras- parecía un patente paso atrás. En el flamante Pequeño circo; historia oral del indie en España (Contra, 2015), el periodista Nando Cruz fecha su nacimiento hacia 1988, cuando aparecieron grupos como Aventuras de Kirlian, Cancer Moon o Surfin’ Bichos. Por supuesto, también existirían caídos de entreguerras que no eran nueva ola ni nuevo indie: Lagartija Nick, Los Bichos o Pribata Idaho (“El indie nos pilló en tierra de nadie. Nos pudimos agarrar a Teenage Fanclub y a nadie más”, afirma Ernesto González, de los últimos). Y antes que ellos se plantó un fértil subsuelo mod, punk y pop que permitió florecer a los primeros sellos indies y grupos de “noise”. Nando Cruz acierta, y mucho, al incluir a Sex Museum, Romilar-D o Munster Records en las catacumbas de todo ello. Sin las bases que sentaron unos, los otros no hubiesen podido germinar.

2. La cosa es que hacia 1990 empezaba a andar un prototipo de “público indie” (aún minoritario) con unos referentes claros, una vaga estética similar y unos preceptos más o menos comunes. En pocos años (tras la gira Noise Pop ‘92 de Elefant Records), se formaría un circuito y una escena semi-cohesionada con nombres reconocibles: El Inquilino Comunista, Penelope Trip, Paperhouse, Manta Ray, Parkinson DC, Beef, Sexy Sadie, Sr. Chinarro, Patrullero Mancuso (que comían aparte), donostiarras como La Buena Vida o Le Mans (lo mismo), Los Planetas (los mejores de largo)… De repente, yo empecé a topar con ellos en fanzines, revistas y programas de salas de conciertos. Estaban por todas partes, como en La invasión de los ultracuerpos. Al principio les escrutaba de lejos, dudando entre catalogarles de amenaza o potencial aliado. Mentiría si les dijese que, durante unos años, no me decanté por la animadversión. Mi rechazo juvenil (a veces agilipollado, otras profético, hoy superado) nació de varios factores:

fib-cartel-1995a) El idioma: Cantaban en inglés. Y ni siquiera un inglés digno, sino una especie de pichinglis masticado, aplicado a cañonazos sobre letras pueriles y/o abstractas. En el indie español el mensaje era secundario (o ausente). Comprenderán que eso, para los que veníamos del 80’s pop en castellano -con sus himnos emblemáticos, silbables y tatuables- representara un handicap difícil de ignorar.
b) El universo: Era asaz limitado. Una analogía de esto es el binomio Beatles/Oasis. Los Beatles eran fans de Joe Orton, de la Motown y del viejo R&B, del music hall y The Goons, de Peter Blake y… Su hambre cultural era insaciable, tanto como inestimables eran sus enseñanzas. Oasis ya eran solo fans de los Beatles. Y aquí sucedió algo similar. Mientras que Sonic Youth bebían de Crime y el avantgarde y Minutemen y Glenn Branca y Harry Crews, los noiseros españoles bebían solo de Sonic Youth (como bien afirma Juan Cervera en Pequeño circo). Esto produjo unas ambiciones que eran por definición algo estrechas. Su mundo era un pueblito, recién pintado y con los márgenes alambrados.
c) Las pretensiones de “música avanzada”: Muchos grupos españoles injustamente tachados de “retro” habían acertado en los ochenta a crear sonidos autóctonos con letras adecuadas a su momento. El noise pop no siguió el mismo camino. Parkinson DC, por ejemplo, se apuntaban qué pedales llevaban Mercury Rev o Dinosaur Jr. en sus conciertos barceloneses, y los disponían tal cual en su siguiente disco. Ese era un proceso común al resto de grupos. Agarrar a dos o tres grupos insignia, y reproducirlos con la mayor fidelidad posible. El noise pop solo era nuevo en el sentido de que calcaba a nuevos grupos americanos, en lugar de a los Byrds. En todo lo demás, era tan imaginativo como Los Sírex. ¡Qué digo! Bastante menos que Los Sírex. El propio Tito Pintado (de Penelope Trip) afirma en el libro que no ve ninguna razón para comprarse hoy un disco de su banda. Te los saltas y vas directamente a Pavement.
d) Las pretensiones de “año cero”: Esto era mera boutade adolescente, pero en fin. Penelope Trip afirmaban que la música había empezado con el Psychocandy (1985) de The Jesus and Mary Chain. Algo se había perdido en la traducción, salta a la vista. Los grupos indies patrios escuchaban a ingleses como Felt o Primal Scream, cuyos referentes eran mayormente 60’s, pero despreciaban la música pre-1987. Adoraban al sello Creation (cuyo nombre homenajea al grupo mod de 1965) pero se obcecaron con ser anti-pasado. No sé: si de veras eres anti-rock, monta un grupo industrial o conviértete en crooner. Los grupos noise pop, paradójicamente, transformaron su (más que comprensible) odio al rockismo rutero en un canon que repetía los errores de visión de sus némesis malasañeras.
e) La nueva prensa musical: Debo admitir que antes de mi desconfianza hacia los grupos noise estuvo mi desconfianza hacia sus fanzines. Bueno, cuando dije desconfianza quise decir cósmico repelús. Nadie ha leído ni volverá a leer prosa más afectada que aquella. Manolo Martínez (de Astrud) cita en el libro una crítica aparecida en Malsonando: “Tengo veintidós años y [Sr. Chinarro] no tenéis derecho a sonar así. Dan ganas de sacarse los ojos de terciopelo”. Por desgracia, las revistas musicales del momento actuaron de forma exactamente opuesta a como yo esperaba: en lugar de prorrumpir en una sonora carcajada, y luego proceder a escalfar el alquitrán y seleccionar las plumas, les pusieron a todos en plantilla. En masa. Cuando me enteré, casi me arranco los ojos. No los de terciopelo; los de verdad.
f) El hype: Consecuencia directa del punto anterior. Una mini-escena harto elitista, críptica y estanca, sin mucho talento (en cuanto a hits pop) ni posibilidad popular alguna, copa de repente las primeras planas. El mimetismo con lo inglés vuelve a manifestarse aquí, cogiendo (como era costumbre) lo peor: la hinchazón crítica catapulta a grupos de cuarta fila a posiciones de liderazgo, y se ignora a grupos increíbles para dar cancha a, qué se yo, My Criminal Psycholovers. O Silvania.
g) Las canciones: No las hubo, al menos en el sentido super-pop de la palabra. Comparen con el periodo 1980-1990, cuando se construyó en España un cancionero fértil y memorable que ha sobrevivido hasta nuestros días. De 1990 en adelante, ¿qué queda? (en cuanto a hitazos, quiero decir): “Chup chup” de Australian Blonde, unas cuantas (bastantes) de Los Planetas y “Al amanecer” de Los Fresones Rebeldes. Vads, de Corn Flakes, lo dice clarito en Pequeño Circo: “no hay canciones”.

3. Pero no se impacienten: con el tiempo, algo de mi rechazo remitió, y capté la diferencia de oferta. Vi la ciclópea distancia que separaba a La Buena Vida de, no sé, Pequeñas Cosas Furiosas o Nothing. Desprevenido, bizqueé con el “H.E.L.L.O” de Le Mans (¿es una broma, o qué?) pero al poco comprendí, y mucho. Presencié de primera mano (ya como comprador) la aparición de Soidemersol de La Buena Vida, o el Entresemana de Le Mans. Canturreé feliz “La mujer portuguesa” de El Niño Gusano. Lucí camisetas de Siesta y Spicnic. Me hice fanísimo de Los Planetas, y compré todos sus singles según iban saliendo (luego me enteré

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

En una prueba de sonido de Los Fresones Rebeldes, Siroco (Madrid) 1997

de que eran fans de Rain Parade o Syd Barrett, como yo). Me hice temprano seguidor del twee británico de Heavenly y Sarah Records etc., lo que hizo que mirara con un nuevo cariño a las propuestas de este tipo (si bien algo más pijas) que nacían aquí.
La mayoría de las comprensiones positivas me vinieron de mano de Felipe (de Los Canguros y Los Fresones Rebeldes), que había pasado –como yo- de lo mod y se había metido en el indie “hasta el hocico” (sus palabras), y también de Miguel López (otro futuro Fresón). Además, justo cuando me convertía en ultra-fan lunático de Los Fresones Rebeldes (me había ennoviado con su guitarra, para más inri, y transformado en –a todas luces- groupie oficial) y les acompañaba en sus primeras giras españolas, aparecían Astrud en Barcelona. Astrud me chiflaban. Era directamente mi grupo favorito en 1997 y asimismo, aunque su ideario y postura se antojaran lejanos de los indies previos, estaba claro que salían del público de la gira Noise Pop ‘92. Manolo Martínez lo ha afirmado más de una vez.

Conviene cerrar este capítulo, así, con una reflexión: no todo fue estéril en el indie pop. De su nido emergieron algunas lumbreras que aún encabezan el cancionero estatal más ilustrado, como Antonio Luque, Jota, Ibon Errazkin, Teresa Iturrioz, Nacho Vegas, Felipe o el propio Manolo Martínez (retirado); también algunos genios locos y excéntricos locales (Murky, de Patrullero Mancuso, David Beef o Genís de Hidrogenesse); y un puñado de discos inmortales (un 10% de su producción, pero aún así; mirémosle el lado bueno, leñe). Algunos de sus más latosos plumillas se arrepintieron de todo, un poco como Albert Speer en los cincuenta, y renegaron de las homilías arty declamadas en pleno subidón. Y, por lo que se desprende de las afectuosas voces que pueblan Pequeño circo, al menos la mayoría lo pasaron tremendo en un entorno de compañerismo y comunidad que, si bien no gestó tantas genialidades inmortales como la nueva ola pretérita, al menos proporcionó una dirección y un ideal (y una clara oportunidad de pasarlo pipa) a sus vidas. Y, no sé qué decirles, ¿a los dieciocho? Eso es exactamente lo que andas buscando.

Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 11 de abril del 2015)

THE ORCHIDS: los chicos “malos” de Sarah

Si van de inmediato a la web de Rockdelux hallarán allí la entrevista de Kiko Amat con Chris Quinn, el batería de THE ORCHIDS. En ella se habla de los calzones de The Sea Urchins, la poll tax, la capacidad de odiar a otros grupos, lo de ser una banda de clase obrera y emborracharse de manera exuberante. Y más asuntos de interés. No se la pierdan, hagan el favor. Incluye nuestros 4 momentos favoritos de la banda.

3 discos para el 30 aniversario de Rockdelux: TSC, Dexys y Prefab Sprout

El mes pasado, la revista Rockdelux celebraba su 30 aniversario con un número especial que listaba (y comentaba) los 300 discos más importantes del período 1984-2014. Nuestra modesta aportación fueron estas tres críticas a tres álbumes que nos chiflan desde siempre. Esta es la edición original sin cortes:

The-Style-Council-Café-BleuTHE STYLE COUNCIL
Café Bleu
Polydor, 1984
Un soulero salto al vacío con fallos estrepitosos y gloriosos aciertos. Lo más mod de Weller está aquí. Ambicioso y pretencioso (como atributo).
Café Bleu es un disco audaz y valiente. Por supuesto, la valentía puede ser también ridícula, especialmente si tras el arrojo acabas de bruces en un montón de estiércol. Weller ya había alienado de forma imprudente a su audiencia en Introducing, el mini-lp que precede a este, con todos los guiños, sonidos y trucos anti-rock posibles: abandonando la guitarra, hablando de Modern Jazz Quartet, haciéndose fotos en París, incluyendo un Club Mix (de “Long Hot Summer”, que para colmo venía con video homoerótico), abrazando el funk y luciendo pintorescos mocasines con borlas. Pero es Café Bleu el que definitivamente echó a patadas a la sección más pollina de fans de The Jam. Está lleno de instrumentales de órgano (“Mick’s blessings” o “Council Meetin’”), baladas rompecorazones de confesión exhaustiva (“My ever changing moods” o “You’re the best thing”), varios uptempos optimistas de viva-la-vida y aúpa-el-amor (“Headstart for happiness” o “Here’s one that got away”), emotiva protesta de clase envuelta en frágil folk moderno (“The whole point of no return”), incluso un rap, “A gospel”. Espantoso, pero ese no es el asunto. El asunto es el coraje para hacer todo eso, para citar a Marat y llevar calcetines blancos y mordisquearle las orejas a tu teclista, cuando los compradores de tus álbumes reclamaban riffs The Who.

Dexys_Midnight_Runners_Don't_Stand_Me_DownDEXY’S MIDNIGHT RUNNERS
Don’t Stand Me Down
Mercury, 1985
Rowland de chivo expiatorio de sí mismo. Todos sus miedos y anhelos y dudas y odios en un solo álbum. El disco más valiente de los 80.
Don’t Stand Me Down ha adquirido estatus con los años. En su momento, la mayoría de gente salió huyendo de él, como si fuese un leproso a las puertas de un villorrio. A los que esperaban petos y hits obvios, les azotó con trajes Brooks Brothers, soul refinado y canciones de nueve minutos. El sector subcultural tampoco obtuvo un retorno a los manifiestos apasionados o el orgullo de gang estibador. Nadie quedó contento: ni siquiera Kevin Rowland, por supuesto, que (en un arranque de pánico y testarudez sin parangón) se negó a extraer single del álbum, pisoteando así cualquier posibilidad comercial. Pero a quién le importa: Don’t Stand Me Down es puro Dexys. Ahí está todo lo que Rowland anhelaba decir. Un acto impoluto de expiación y denuncia; de autocrucifixión y virulenta animosidad. “This is what she’s like” suena a declaración de amor, pero solo es una excusa para listar a los tipos de gente que odia. “The occasional flicker” es bipolar: un intento de redención personal, a la vez que una bravuconada autoafirmativa. En “One of those things” pelea a la vez con los flácidos del nuevo romanticismo y los charlatanes socialistas de clase media, y en “Knowledge of beauty” se atreve a hablar con orgullo de su herencia irlandesa. Un hombre lleno de dudas que está a punto de tocar fondo, pero antes quiere sincerarse, arrancar corazas y renacer en otro.

StevemcqueenPREFAB SPROUT
Steve McQueen
CBS / Kitchenware, 1985
Una cara excepcional y la otra no, pero incluso así es su álbum perfecto. Pop casi cursi, casi excesivo, siempre inolvidable y emocionante.
Steve McQueen requirió un esfuerzo, y de los que extenúan. Si uno venía de la nueva ola y el punk y lo mod (mi caso), el primer álbum de Prefab Sprout no parecía a simple vista acarrear ninguno de los atributos deseables en 1985. Los arreglos eran un ejemplo de los peores excesos 80’s, la banda iba ataviada con el sospechoso look hard times (acuñado por Robert Elms) de jeans rotos y chupas de aviador (que en breve usarían inmundicias como Bros) y, aunque la foto de portada homenajeaba al Steve McQueen de La Gran Evasión, era imposible no mirar a la banda y pensar en los pijos de tu propio instituto. Pijos que, no está de más decirlo, se abalanzaron sobre Prefab Sprout del mismo modo que se acababan de abalanzar sobre The Housemartins: con avidez y usándolos de blasón, como si fuesen suyos. Son cosas que no deberían importar pero importan; y más cuando tienes dieciséis años.
Por fortuna, con el tiempo todo lo enumerado dejaría de importar. Una parte de ese contexto forzoso y forzado pasaría como “agua bajo el puente” (que dicen los ingleses), y solo quedarían las canciones y el genio de Paddy McAloon. Porque se trata de eso, después de todo: de las canciones. Steve McQueen contiene una cantidad tan elevada de canciones perfectas que parece imposible. McAloon había ido perfeccionando su arte desde 1982, cuando sacaron aquel fenomenal single “Lions In My Own Garden: Exit Someone” (que hoy versiona a menudo en directo Bart Davenport), una cosa no particularmente pegadiza (al modo clásico del pop) pero bien hermosa, con armónica y xilofón y una letra tirando a enigmática. Luego sacaron disco de debut en Kitchenware (la discográfica de Hurrah!: ¡conexiones!), Swoon, que era la mar de lindo (perenne “I never play basketball now”) pero se ve hoy como una toma de impulso para el disco grande. Un buen álbum, solo que sin singleazos estruendosos para el resto de una vida.
¿Qué tiene Steve McQueen, así, que no tuviese Swoon? Estribillotes. Estribillos como buques majestuosos a los que ves regresando entre la bruma, una y otra vez. Estribillos que son anclas, y que encadenan la composición para siempre en el espíritu de uno. Estribillos en los que puedes confiar, demonio, que son como motores antiguos de motocicletas clásicas: nunca te dejan tirado en medio de la carretera. Están en todas partes, esos malditos estribillos. En “Faron Young”, con su aire de rockabilly sutil y su “you give me Faron Young four in the morning”; en “Appetite”, mi eterna favorita del álbum, excesiva y almibarada como ella sola, soberbia y bonita y afectada que no veas, como una pizpireta veinteañera haciéndose la dura (“Then I think I’ll name you after me / Yes I think I’ll call you appetite”); en esa maravilla que es “Bonny” (estribillón: “Bonny don’t live at home”), y que podría ser la más buena de un buen álbum de The Go-Betweens; en el primer single extraído del disco, “When love breaks down”, que ya presentaba armas y definía las intenciones de McAloon y compañía: pianos al borde del melindre; percusiones electrónicas que parecían fabricadas en un laboratorio del Entreprise; la voz balsámica a la vez que rotunda de Paddy; los coros overdubbeados que susurraba, insinuante y de esquinillas, Wendy Smith; campanillas y parones de pura radiofórmula soul; y la producción encerada -a todas luces excesiva- de Thomas Dolby (ni siquiera el Rumours de Fleetwood Mac está tan sobreproducido). Y, finalmente, “Goodbye Lucille #1”, rebautizada “Johnny Johnny” un año después, con su medio-afectado-medio-estremecedor aullido a mitad de canción y su insistente coro-estribillo de “Johnny Johnny oooh” y su emoción en ascensión. “Goodbye Lucille #1” es como un libro de Fante: no teme ser sentimental. No teme desnudarse. Es una canción que da rienda suelta a las pasiones, y que está estructurada como una lista de consejos de los que siempre ha estado plagado el pop (“Oooh, Johnny Johnny Johnny, I advise you to forget her”).
Los prefabristas veteranos habrán captado que he citado solo canciones de la cara A. Es cierto, y no ha sido por pereza. Sucede que Steve McQueen es como aquel lanzador de jabalina de Las doce pruebas de Astérix, que luce un brazo muchísimo más fornido que el otro. Este disco es así: todas sus canciones son buenas, pero las excepcionales se agolpan en el lado A del vinilo. Prefab Sprout harían muchas más canciones de altura (“Cars and girls” o “The king of rock’n’roll”) pero esto era, cómo negarlo, irrepetible. Kiko Amat