Il poverello: vida y milagros de San Francisco de Asís

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Una aproximación burlesca al popular santo italiano del siglo XII, fundador de los Franciscanos y amante del averío.

1 San Francisco de Asís era el santo más venerado en mi casa. Cuando digo “más” lo que quiero decir es “único”, y cuando digo “venerado”, lo que quiero decir es que teníamos un tablón para llaves con su efigie en la puerta. Un bibelot de hierro con la figura del santo en incómoda pose oratoria, y la leyenda: “San Francesco proteggi la nostra casa”. No la protegió muchísimo, que digamos, pero eso ahora no viene al caso.

Tell it to the birds, Frankie

San Francisco de Asís había sido designado Guardián de las Llaves del Piso porque, cuatro generaciones atrás, alguien decidió que todos los primogénitos varones de la familia seríamos ungidos con su nombre y, es de suponer, arropados en su halo. Yo fui el cuarto, y en mi carnet de identidad aún puede leerse “Francesc d’Assís”. No quise laicizarlo; no sé muy bien por qué. Tal vez porque me iba bien ser asociado a un santo cuyos atributos y valores eran el perfecto opuesto de los míos (empezando por la humildad y terminando con el perdón; lo de la pobreza sí coincidía, muy a mi pesar). Tal vez porque San Francisco de Asís fue uno de los santos más friquis de todo el tinglado, y yo empezaba a transitar esa senda.

Ustedes dirán que todos los santos eran friquis, y tendrán parte de razón. Los había bizarros, volcánicos, sicalípticos, masoquistas (casi todos), homicidas, homoeróticos, incluso andaluces. Pero San Francisco de Asís era friqui de un modo muy particular. Una especie de nerd ultramotivado y asmático que nunca paraba quieto: un día entregaba sus ropas a un leproso, el otro te levantaba una iglesia, al tercero montaba una banda y al cuarto impartía doctrina a unos pajarracos. Hoy en día alguien así, por descontado, sería diagnosticado con Trastorno Bipolar. No se rían: los trastornos graves de personalidad eran un requisito laboral indispensable para los cristianos old school[1]. Cualquier definición estándar sobre sintomatología bipolar suena a currículum vitae de San Francisco: “excitación excesiva, percepción de grandeza, irritabilidad, falta de sueño, aumento notable de energía, pérdida de energía, verborrea, tristeza, ansiedad, llanto incontrolable, cambios en el apetito y pensamientos suicidas”. Pero en época de nuestro santo no sabían un carajo de psiquiatría elemental, así que le santificaron.

2 San Francisco de Asís no era un segundón. Era más tipo Rolling Stones que tipo Los Brincos. Algunos incluso lo definen como “el santo más popular del mundo cristiano”. Ya en su tiempo le conocía todo el mundo, y tenía más alias que un gánster siciliano: “el poverello”, “el hermano seráfico”, “Bird-Talking Frankie”[2]

Nació en el siglo XII de familia noble, un hecho que en aquellos tiempos extendía considerablemente la esperanza de vida. Su madre, Domina Pica, le dio a luz en el año 1182, bautizándole con el nombre de Giovanni (Juan). Su padre era Pietro Bernardone -definido por los historiadores como “vendedor de telas”; una especie de Amancio Ortega avant la lettre– y estaba de viaje por Franconia (Francia) cuando nació el bebé. Lo primero que hizo Bernardone a su regreso fue cambiarle el nombre al niño, por sus patriarcales cojones. Le llamó Francisco, un nombre “hasta entonces inexistente”, como nos cuenta Santiago de la Vorágine en La Leyenda Dorada[3]. De la Vorágine procede, con su verborrea habitual, a citar las siete razones (inventadas) por las que su padre le llamó así, pero a nosotros solo nos interesa saber la verdadera: que era un afrancesado.

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Francis en su etapa pija, saliendo del Up&Down con Piluca Ordóñez-Watterson

Los primeros años de vida de François se leen como un cuadro de costumbres del pijerío umbriense del momento. Francisco “vivió entregado a las vanidades del mundo” y, según Herman Hesse (quien escribió su biografía en el año 1904), “con tempestuoso afán se lanzó a la vida”. Lo que significa que no dejó lupanar sin arrasar, infiel sin ensartar ni lechón relleno sin vomitar. “Se ejercitó en el uso de armas y en el canto, gastaba mucho dinero y vivía en todo como un perfecto joven de la nobleza”. Según todas las fuentes consultadas, Francisco se pasaba el día bailando, folgando, escuchando el hit parade (“las dulces y poderosas canciones de los trovadores francófonos”) y practicando esgrima. No pegaba palo al agua. Parecía un borbón.

Las cosas se torcieron para François cuando, a los veinte años, “el Señor lo castigó con el azote de una enfermedad”. De la Vorágine es parco en prognosis médica, pero de la vaguedad de sus palabras, y conociendo la afición del muchacho por el asueto genital, solo podemos colegir que pilló la sífilis (adecuadamente conocido como “mal francés”). Un poco cabizbajo por el estado de sus colgajos, Francisco “empezó a notar que de una vida de permanente jolgorio no podía nacer ninguna satisfacción ni calma interior”. Así y todo, una vez curado, se marchó raudo a guerrear y prostibulear junto a un tal Walter de Brienne, conde, en defensa del Papa legal, y contra esos sinvergüenzas de Perugia. Los perusinos no tardaron en apresarles y arrojarles a todos, condes o no, de morros a la más inmunda mazmorra.

Allí topamos con el primer síntoma de inestabilidad mental del futuro santo: mientras sus compañeros de cautiverio lloraban y se quejaban de las penalidades del meko, él iba por allí cantando y danzando como un enajenado, tal vez creyendo que se hallaba en una suite del Trump Plaza repleta de camellos, raperos y furcias. Cuando los otros reos, tan preocupados por sus cabales como irritados por el hilo musical, le preguntaron qué narices canturreaba, Francisco, en un arrechucho prima donna digno de Freddie Mercury, les espetó (declamando, posiblemente en francés) que “seré santo, y como santo se me dará culto en el mundo entero, siglo tras siglo” (vaya con la “humildad” del amigo).

3 Tras un año de cautiverio, una vez liberado, Francisco escuchó la “voz de Dios”. No se conservan registros de la conversación, pero Dios le debió leer la cartilla de un modo temible, porque el chico llegó a casa febril, sin armadura (se la había regalado a un mendigo) y más deprimido que un makinero en martes.

Sus amigachos duelistas, que le habían montado un comité de recepción despampanante, le dijeron que se animara, leches, que de perdidos al río (“esperaban volver a llevar con él una vida regalada a costa de sus despilfarros”), incluso prepararon un festín en su honor. Dicho y hecho: allí “se empinó el codo con júbilo y estrépito”, y, cuando estaban todos “borrachos y locos de contentos”, según Hesse, se dispusieron a realizar el típico vía crucis beodo “por las callejuelas dormidas”, con posible linchamiento final de plebeyo, que tanto divertía a los señores feudales del momento.

Aquella misma noche, los amigotes de Francisco se dieron cuenta de que su colega y patrocinador se había quedado atrás, y se pusieron a buscarlo. Cuando lo hallaron, en pleno bajón, tirado de cualquier manera en una calleja, Francisco les soltó a sus amigos, con mirada melancólica, que estaba buscando novia. Los compadres estaban ya lanzando vivas y planeando el acopio de narcóticos para la despedida de soltero, cuando Francisco les dejó lívidos al añadir que su novia sería “la pobreza”, y que por la presente renunciaba a su vida anterior. Adiós Lobo de Wall Street, hola santurrón abstemio. Muchos se rieron y sacudieron la cabeza “como si se tratara de un loco”, que es exactamente lo que su amigo era, pero Francisco se “arrojó con renovado ardor amoroso al seno de Dios”. Quizás incluso exigió que le devolviesen la visa, y de malas maneras. The party was over.

Sí, son Closet. No, yo ya no los quiero, tío. Todos tuyos.

4 El modus operandi de San Francisco, la exuberante enajenación vital y espiritual que le haría famoso, empezó tras aquella fatídica noche de parranda abortada. Las secuelas del brote se hicieron visibles en la nueva triada de aficiones de nuestro hombre: morrear leprosos, comer con indigentes y canjear su ropa con mendigos. Naturalmente, se trataba de manía bipolar pura y dura. También regaló la mayoría de sus pertenencias, caballo incluido, al cura de una capilla ruinosa, la de San Damián, a quien no conocía ni de hola y adiós. Nuevas alucinaciones esquizoides se sucederían: el Cristo crucificado de dicha capilla estaba locuaz aquel día y de golpe le soltó: “Francisco, como ves, mi casa está a punto de desmoronarse; repárala” (en este punto es imposible no imaginar al párroco agachado bajo el altar, megáfono en boca). Como un acólito de la secta Moon, Francisco obedeció sin chistar al nazareno de madera y vendió el resto de su patrimonio, incluso echó mano (con bastante desfachatez) de parte del de su padre.

Don Bernardone, que ya era el hazmerreír de Asís por el comportamiento alelado de su hijo, cuando le vio aparecer por el pueblo sin un centavo ni un presupuesto de obras aceptable, y para colmo acompañado por una turba choteante (“llegó bajo el griterío y las burlas del pueblo”), montó en cólera. Según De la Vorágine “lo encerró en casa y lo sometió a vigilancia muy estrecha”; según Hesse “lo pegó y torturó y encerró en un oscuro rincón de su casa”. Creamos a quien creamos, es indudable que al mozallón se le cayó el pelo.

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¿Qué pasa, papaíto? Estaba en la ducha.

No satisfecho con aquello, el padre, quien durante el embarazo de su señora tal vez había consultado el libro del Dr. Estivill, cogió y denunció al hijo ante un tribunal religioso. Nuestro Francisco, drama queen extraordinario, vio allí una oportunidad de oro para teatralizar todos sus delirios de una sola tacada: en mitad de la vista se puso en pelota picada y, entre grandes aspavientos, le devolvió toda la ropa a su padre[4]. Sin lavarla antes. Como imaginan, salió vivo de allí de milagro (ver el fresco de Giotto correspondiente). Luego “cubrió su desnudez con un saco que le servía al mismo tiempo de vestido y de cilicio” (a cada paso que daba, la basta arpillera debía ir raspando prepucio de un modo atroz) y se volvió a la capilla ruinosa para empezar a poner pladur y azulejos (en el biopic de Franco Zefirelli de 1972, Hermano sol, hermana luna, este era el momento en que empezaba a sonar de fondo la vomitiva canción homónima).

Para él ya era imposible volver atrás. Ese nuevo Francisco (ornitófilo, poeta místico, predicador internacional, mago, zahorí amateur) era el Peter Parker post-picadura araña: un nuevo ente. Mucho más perturbado, no hace falta decirlo. Adquirió superpoderes, se fabricó un nuevo traje, escogió el peinado más locatis del catálogo (roscón capilar de reyes con cúpula rasurada), abandonó el uso regular de calzado confortable y, quijotescamente, decidió ir por el mundo a deshacer entuertos y soltarles filípicas a las oscuras golondrinas (que presumiblemente habían vuelto de su balcón sus nidos a colgar).

5 Al igual que Manson con Death Valley, Francisco buscó y halló un refugio: la pequeña iglesia de la Porciúncula, a donde le siguió una docena de fans (su Family). A esos nuevos Commitments que acababa de reclutar, Francisco les llamó Joculatores Domini, que suena a obscenidad tipo Semen-Up pero que no significa nada más que Juglares de Dios. Junto a ellos trabajó la tierra, peregrinó por los alrededores ofreciendo “bondad y consuelo”, oración y “alegres canciones” (que yo imagino exactamente igual que las de Mocedades). Hesse nos apunta que de esas “andanzas”, la pandilla siempre regresaba a la Porciúncula para regocijarse “de todo corazón en su mutuo cariño y amistad”. Así es.

Y asimismo, a Francisco, pese a que tenía “mentalidad sencilla de niño” (Hesse no se atreve a decirlo más claro), no se le escapaba que, por mucho menos de lo que estaba montando él con sus doce magníficos en la Porciúncula, la Santa Sede había quemado a miles de personas, incluso a algún país entero. Para colmo, las malas lenguas empezaban a chasquear: lo tachaban de “seductor de la juventud” (la pedofilia era una entrañable costumbre eclesiástica, ya entonces) e “infamador del amor filial”.

Notando el tufo a chamusquina en su saco de arpillera, Francisco, acompañado de su Big Band, decidió ir a ver al Papa Inocencio III para que legalizara su partido. Corría el año 1210. Su viaje hasta Roma debió estar plagado de premoniciones ominosas y descomposición intestinal, pues Francisco sabía que a Inocencio III (“un violento luchador”) jamás le había temblado el pulso a la hora de saquear ciudades (Constantinopla, dos veces), sofocar movimientos herejes (los cátaros, a quien sometió en varias matanzas durante la Cruzada Albigense) y montarse su particular anschluss genocida (repetidas cruzadas en Tierra Santa y tierras hispanas).

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No, no, es fascinante. Continúa, hijo mío.

Pero una vez allí, contra todo pronóstico, Inocencio III (quien, según Hesse, era “en casi cada cosa lo opuesto a Francisco”) decidió, tras mucho cavilar, no flamear a Francisco y sus alegres muchachos, y bendijo su quehacer. Mi teoría es que les venció por aburrimiento. El fresco de Giotto adyacente[5], aunque plasma otra visita Papal (la que le hizo a Honorio III), nos da una idea del efecto que debía tener la chispeante retórica de Francis en todos aquellos Papas y cardenales copiosamente almorzados.

De vuelta a Asís, la Family se instaló en una “choza” llamada Rivotorto y, según iba corriendo la voz de que su doctrina no era punible con hoguera, sus filas empezaron a aumentar. Cuando el Rivotorto ya parecía el festival de Woodstock en el día fuerte, Francisco decidió hacer ampliación de capital, y transformó los Joculatores Domini en una hermandad masiva, que bautizaría con el nombre de Orden de los Frailes Menores. Dejó de ser punk rock y fichó por multinacional, por decirlo en términos pop. Incluso estableció franquicias femeninas (las Clarisas, en 1212, bajo el mando de Clara de Asís) y, como U2, se embarcó en un tour mundial (a Tierra Santa, cómo no). A su regreso decidió también reducir aún más las dificultades que entrañaba la pertenencia a su orden y montó una versión edulcorada del tema, rebajando ayunos, celibato e incómodos latigazos, a la que llamó Terciarios. Por si todo esto no fuese suficientemente extenuante, en un raro momento de ocio decidió sacarse de la manga una flamante tradición cristiana, y montó un belén. De verdad; viviente, no metafórico.

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Salvatore, en una escena descartada de El Nombre de la Rosa

6 En el periodo comprendido entre su arrebato exhibicionista y la fundación de los Terciarios, nuestro Francisco, no haría falta decirlo, realizó infinidad de milagros, como el Santo en ciernes que era. Algunos de ellos fueron obras prodigiosas, y la mano que los conjuró llega a nuestros ojos como una mezcla de Cocodrilo Dundee y Ángel Cristo[6]. Otros emitían un hedor inconfundiblemente low cost e improvisado (aunque no tanto como los de Don Bosco, alias “multiplicador de castañas” y “sanador de miopes”). Otros más eran solo majaradas inexplicables. Les cuento solo uno de esta índole: en una ocasión, el diablo probó suerte suscitando en él una “fuerte tentación carnal”. Francisco, al sentir “el aguijonazo de la concupiscencia”, se despojó de su túnica (lo del nudismo era realmente un tic cargante de este hombre), tomó en sus manos “una soga muy dura” y comenzó a azotarse, mientras berreaba: “¡Hala, hermano burro, esto es lo que necesitas: ramalazos y más ramalazos!”. Aquello solo sirvió para una cosa: provocar la risa en el lector moderno. El asta de Francisco seguía izada aquel día, y nuestro santo no vio otra solución que abalanzarse sobre la nieve y hacer la croqueta, a ver si así remitía el priapismo. Nada: su masculinidad seguía sacando la cabeza de entre la nieve por mucho que la enterrara, como un embarazoso periscopio cárnico. Finalmente, Francisco, entrando ya un momento decididamente Psicosis, construyó “siete grandes monigotes” de nieve y se puso a simular que eran su familia y criados, procurándoles ropa y comida. De la Vorágine nos relata que el diablo se marchó “confuso y avergonzado”, pero yo lo imagino más bien emitiendo sonoras carcajadas y dejándolo por imposible.

7 Hablemos de soledad. En mi opinión, la soledad es un bien maravilloso con el que Dios quiso premiar a los misántropos del mundo, pues suyo será el reino de los cielos. La soledad es la forma que tiene Dios de decirnos que aprueba lo de que mandemos a los pesados y los cursis a freir espárragos. Siguiendo ese razonamiento, debemos colegir que quizás Dios no veía con tan buenos ojos los “quehaceres” de Francisco. Tal vez incluso consideraba sus métodos “absurdos”, como decían en Apocalypse Now del Coronel Kurtz. Les contaré el porqué de mi hipótesis:

Estamos en el año 1224. San Francisco había llegado al fin a la misma conclusión que los hippys desencantados de los años sesenta: las comunas son una idea excelente sobre el papel. Nada más. Francisco, que se había convertido en “padre de miles”, empezaba a estar hasta las mismísimas gónadas de aquella muchedumbre piojosa que se le comía los yogures (incluso los que había marcado claramente con su nombre) y que trataba de acompañarle cada vez que se excusaba en busca de una mínima paz. “Su asediado corazón”, nos dice Hesse, “huía con más frecuencia e ímpetu que antes hacia el silencio y la soledad”.

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¡Llamas a mí!

Como el Brian de La vida de Brian, Francisco decidiría al fin tomar las de villadiego, insistiendo en que, por el amor de lo más sagrado, dejasen de darle la vara todos ellos de una maldita vez. Los hombres le obedecieron, pero no así Dios. O Él no pilla las indirectas o, como sugería, buscaba darle un escarmiento. Francisco se internó en el bosque del monte Alverno y, justo cuando se acuclillaba tras un olmo y suspiraba de satisfacción al prever el primer movimiento intestinal privado del que había disfrutado en años[7], se le apareció “el Crucificado”[8]. Hooo-liiiii. San Francisco metió lo que estaba haciendo hacia dentro otra vez, pero el altísimo, no contento con haberle truncado el tránsito y casi provocarle un fatídico ataque al corazón, le confirió allí mismo “los sagrados estigmas”. Sí: las llagas de la crucifixión, desde entonces “permanentemente impresas en sus miembros”. Menuda bromita. La cosa le alegró tanto, a Francisco, que se quedó ciego “de tanto llorar”. Alguna gente le espetó (de forma bastante sensata) que si las lágrimas eran la causa directa de la ceguera tratase pues de reprimirlas, pero él les dijo que no y que no; que estaba sonando su canción.

Sus seguidores parecían no estar muy familiarizados con el significado de la palabra “no”. Seguían allí, plantados y “ayudando”. Viendo que el viejo empeoraba a ojos vista, y que incluso estaba empezando a componer poesía[9], decidieron llevarlo, a rastras si era necesario, a Monte Colombo y a Rieti. Se acerca una de mis historias favoritas de la biografía: en un pasaje que es mitad medioevo salvaje, mitad Miguel Strogoff, los médicos “no supieron hacer más que quemarle la frente con un hierro candente”. Muy civilizado. Francisco previó sus repugnantes intenciones cuando los vio entrar en la cabaña “con la espantosa herramienta”, pero no se arredró, porque se le acababa de ocurrir un plan infalible. Cuando notaba la cercanía del espadón al rojo vivo, soltó esto: “¡Oh, hermano fuego, bello eres entre todas las criaturas! Siempre te quise, así que sé misecordioso ahora tú conmigo”. El fuego aquel debía ser un poco duro de oído, pues “el terrible punzón” procedió de inmediato a carbonizarle la faz. Tanto Hesse como De la Vorágine eluden comentar sobre el resultado de la operación, pero podemos deducir la forma en que emergió del quirófano nuestro santo amigo al leer en el siguiente párrafo que Francisco “sentía cercana su muerte” y “se hizo llevar con gran suplicio hacia su ciudad natal de Asís”. Gracias, medicina moderna.

Ya en Asís, Francisco, hecho un Ecce Homo, con las cejas echando humo y comprensiblemente molesto con su médico de cabecera, pidió a sus acólitos que le tumbaran en el “desnudo suelo” y se dispuso a esperar la muerte. Cuando al fin la vio acercarse, incapaz de mantener la boca cerrada ni en esas acíagas circunstancias, abrió los brazos y soltó: “¡Oh, hermana muerte, bienvenida seas!” (Francisco usaba más “hermanos” al hablar que un miembro de los Black Panthers en 1969). El truquito, en todo caso, le funcionó igual de bien que con el Hermano Fuego y, según De la Vorágine, falleció allí mismo.

Hideputas, ni muerto me dejan en paz

8 Herman Hesse nos regala una escena post-créditos: cuenta que Francisco, antes de expirar, alcanzó a pedir un cambio de billete in extremis, esta vez de vuelta a la Porciúncula (“su lugar preferido”). Allí sí murió de una vez, el día 3 de octubre de 1226. Cubierto de “una gran bandada de alondras”, cómo no, lo cual le debía costar otra fortuna al ayuntamiento en costes de eliminación de excrementos. Se sucedió el habitual piromusical cristiano con la subida del santo al cielo: serafines alados, carros de fuego, truenos y relámpagos, rúas de drag queens, etc.

Su santificación llegaría mucho antes de lo habitual, en julio del 1228, solo dos años después de su muerte. Gregorio IX[10] entendió que, si no le santificaba de inmediato, San Francisco pasaría a la historia como un majara inofensivo-nudista o un babieca cenizo con discutibles hábitos higiénicos, y se apresuró a darle el título.

De la Vorágine, incapaz de dejar las cosas como están, nos dedica en La leyenda dorada dos páginas más de milagrería post-mortem. Un listado de todos los prodigios que realizaron de un lado al otro del globo la inexplicable cantidad de reliquias que se sacaron del santo, así como agua bendecida por él, medallones y estatuillas. No deja testimonio en ningún lado de los posibles atributos milagreros del tablón de llaves de la vieja casa de mis padres. Como sospechábamos.

Kiko Amat

[1] Pablo de Tarso, Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”: brote sicótico de manual.

[2] Me he inventado el último, de acuerdo.

[3] Famosa selección de relatos hagiográficos reunida por el dominico Santiago (o Jacobo) de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del XIII. Aparecen 180 santos y mártires. El libro fue un best-seller de la Edad Media (aunque no era una época de alfabetización universal, precisamente).

[4] Yo en esta escena, en mi biopic mental, visualizo a Roberto Benigni en el papel de Francisco.

[5] En la mencionada película de Zefirelli, un Alec Guinness con pinta de Saruman en pleno viaje de LSD representa el papel del Papa bendecidor.

[6] Un domador de otra era, milennials.

[7] Esto es una deducción mía.

[8] Otras fuentes hablan de “un serafín con seis alas”. En el cuadro de Giotto parece más bien un villano de Spiderman.

[9] Su hit indiscutible: el “Canto al sol”.

[10] Otro criminal de guerra, aunque no tanto como su predecesor Inocencio III. Este era más de la escuela Milosevich que de la escuela Hitler, por decirlo de algún modo.

(Este artículo se publicó previamente en papel en la revista El Mon d’Ahir).

Il poverello: vida y milagros de San Francisco de Asís

Es el título inexacto que le he colocado a un artículo para los señores y señoras de la revista El mon d’ahir.

Pues se trata de su vida y “milagros”, en efecto (las comillas son mías), pero no como los han leído en otros lugares. Hace mucho tiempo que leo sobre hagiografía (vidas de santos) y torturas a mártires, y el resultado de tanto leer ese tipo de cosas ha sido este reprensible reportaje.

Mi pieza, de gran salacidad, razonada mordacidad y desbocada comicidad, empieza de este jaez:

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“Si os aburro me decís que pare, ¿vale?”

“1. San Francisco de Asís era el santo más venerado en mi casa. Cuando digo “más” lo que quiero decir es “único”, y cuando digo “venerado”, lo que quiero decir es que teníamos un tablón para llaves con su efigie en la puerta. Un bibelot de hierro con la figura del santo en incómoda pose oratoria, y la leyenda: “San Francesco proteggi la nostra casa”. No la protegió muchísimo, que digamos, pero eso ahora no viene al caso.

San Francisco de Asís había sido designado Guardián de las Llaves del Piso porque, cuatro generaciones atrás, alguien decidió que todos los primogénitos varones de la familia seríamos ungidos con su nombre y, es de suponer, arropados en su halo. Yo fui el cuarto, y en mi carnet de identidad aún puede leerse “Francesc d’Assís”. No quise laicizarlo; no sé muy bien por qué. Tal vez porque me iba bien ser asociado a un santo cuyos atributos y valores eran el perfecto opuesto de los míos (empezando por la humildad y terminando con el perdón; lo de la pobreza sí coincidía, muy a mi pesar). Tal vez porque San Francisco de Asís fue uno de los santos más friquis de todo el tinglado, y yo empezaba a transitar esa senda.

Ustedes dirán que todos los santos eran friquis, y tendrán parte de razón. Los había bizarros, volcánicos, sicalípticos, masoquistas (casi todos), homicidas, homoeróticos, incluso andaluces. Pero San Francisco de Asís era friqui de un modo muy particular. Una especie de nerd ultramotivado y asmático que nunca paraba quieto: un día entregaba sus ropas a un leproso, el otro te levantaba una iglesia, al tercero montaba una banda y al cuarto impartía doctrina a unos pajarracos. Hoy en día alguien así, por descontado, sería diagnosticado con Trastorno Bipolar. No se rían: los trastornos graves de personalidad eran un requisito laboral indispensable para los cristianos old school[1]. Cualquier definición estándar sobre sintomatología bipolar suena a currículum vitae de San Francisco: “excitación excesiva, percepción de grandeza, irritabilidad, falta de sueño, aumento notable de energía, pérdida de energía, verborrea, tristeza, ansiedad, llanto incontrolable, cambios en el apetito y pensamientos suicidas”. Pero en época de nuestro santo no sabían un carajo de psiquiatría elemental, así que le santificaron.

[1] Pablo de Tarso, Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”: brote sicótico de manual.”

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