Kiko Amat y Santiago Lorenzo en el Ja! Bilbao

Flipado de lo suyo como siempre, Kiko Amat regresa a Bilbao, centro del universo, esta vez acompañado de SANTIAGO LORENZO. Ambos compartirán escenario en el festival Ja!, el jueves 1 de octubre a las 19:00h, y cascarán de los libros respectivos (cada uno del del otro) y de su visión de la literatura, la diversión, la juguetería de calidad y los alegradores artificiales.

Esto debería ser la penúltima fecha de la gira kamikaze de Chap chap. Última oportunidad de ver a un piernas en descenso imparable hacia el morrón definitivo. Fascinante desde un punto de vista antropológico, créanme.

¡Allá voy, Bilbao! (traigan el árnica, si me hacen el favor).

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Kiko Amat charla (de nuevo) con SANTIAGO LORENZO

1425574027_958902_1425588230_noticia_normalSantiago Lorenzo (Portugalete, 1964) es uno de los autores más audaces de la literatura española, y también el menos pelma. Su mundo parece surgir de la genuina ansia de entretener (enseñando), mediante humor triste, pathos y una celebrable mala baba. Sus lecturas son blasones: los Plinios de García Pavón, Ayala, el Valle-Inclán de Los cuernos de Don Friolera, el Miau de Galdós. Azcona, Jardiel, Mihura. Sus protagonistas son pobres, feos y precarios, gente dañada que trata de no hundirse en esta ciénaga llamada mundo. Lorenzo ha firmado películas como Mamá es boba o Un buen día lo tiene cualquiera, juguetes imposibles y tres novelas. Conversamos con él a raiz de Las ganas (Blackie Books), otro puro triunfo de lo No-Aburrido.

“Benito, de guapo, tenía poco”, afirmas en Las ganas. Yo siempre pienso en la injusticia de la fealdad. Los Sírex se equivocaron: ¿Que se mueran los feos? Que se mueran los guapos, más bien. Que lo tienen todo de cara, esos malnacidos.
Se liga con cualquier cosa menos con la cara. Yo he tenido novias que me han hecho absolutamente feliz, y que eran más feas de cara que una Virgen románica. Y te voy a decir algo muy españolazo: también he tenido la suerte de salir con unas tías tremendas, y que eran un coñazo [ríe]. Lo que sí te permite la literatura, al contrario que sucede con el cine, es sacar a feos. Tú llegas con un feo al cine y, a no ser que produzcas tú, te dirán que qué cojones estás haciendo. Recuerdo el casting de Mamá es boba, donde yo quería una pareja de gente normal. Es decir, fea. Porque por lo común somos más feos que guapos [ríe]. Y por aquellos días iba a producirla una productora (al final la acabé produciendo yo mismo) y aparecieron unas chicas muy feas. Una de ellas [se pone muy serio] no cabía en la silla. Y el productor, con un hilillo de voz, me preguntó: “Luego vienen más, ¿no?”. O sea: “luego vienen las guapas, ¿no?” Al final cogimos a una, Faustina Camacho, que lo hizo cojonudamente.
El único consuelo que nos queda es que, tras años de adulación mema, los guapos y guapas se vuelven tontos rematados.
O tenderán a creerse que no valen pa’nada. Que son rubias tontas. Siempre acabamos encontrando una faceta en la que podemos ser matones. El bully, el bullero, el abusón. Siempre hay una parcela en la que coges a uno y lo matoneas. Te das cuenta en los comentarios de los periódicos. A mí me han matoneado hasta aburrir. No me han matoneado más porque era aburrido. Pero luego me doy cuenta de que alguien dice una burrada (normalmente con faltas de ortografía bastante bestias), y tú contestas en un post, y de golpe te das cuenta de que estás matoneando a gente que tiene ideas (a veces muy idiotas) y que no tienen facilidad para escribir, y tú te has convertido en su puto bully.
No sé si sigo tu razonamiento, querido Lorenzo.
Quería decir que tendemos a acabar encontrando la parcela en la que la injusticia cae a nuestro favor. En la que nos vemos medio guapos. En la que Natura nos compensa por la fealdad. Por ejemplo, saber ortografía permite ir de sobrado en los comentarios en periódicos, y permite matonear al tío que opina algo deplorable con la cosa de que no sabe poner la uve o la be. Vamos, que siempre te acaba tocando una papeleta de guapez, aunque seas más feo que eructar al recibir la Comunión.
Bueno, el perfil básico del comentador online anónimo, en todo caso y mejorando lo presente, es el mismo del que hacía pintadas calumniosas (también anónimas) contra chicas del instituto. “Merche puta”, y tal. Un cobarde, básicamente.
[ríe] Ya. Es verdad. Pero de repente un día estás leyendo Libertad Digital (que es una cosa que yo hago mucho) y no vas a comentar nada, pero de repente lees algo y te dices: “pero tú cómo puedes ser tan mal tío. Y me jode que encima vayas de patriota, tío, si estás pegando patadas a nuestro principal motivo de patriotismo, que es el castellano”. Así que al final lo insultas. Pero volviendo a los guapos y los feos: yo conocía a una chica que no era especialmente guapa, y que era perfectamente capaz de llegar a un bar y elegir a uno al que tirarse, como si fuese un casting. Y luego iba y culminaba. Cuando pasaron varios años, hasta se me tiró a mí [risotada]. Fíjate hasta donde llega la locura. Vivíamos juntos en una casa, piso compartido, y nunca se me hubiese ocurrido liarme con ella; era como si fuera mi hermana. Hasta que dejamos de compartir casa y un día me dije, al cabo de varios años: ahí va, tirarse a esta tía, qué morbo ¿no? Pues eso [ríe más], que fui víctima… Bueno, víctima no, qué coño. Me eligió a mí, ese día. Podría haber sido cualquiera, pero fui yo.
En una ocasión anterior te dije que las dos novelas que habías escrito eran celebraciones del desgraciado. En negocios, en amores, en suerte… Y sin embargo están llenas de esperanza y simpatía por aquel tipo. Las ganas vuelve a ser así.
[Sonríe feliz] Pues qué de puta madre. Pues sí, Benito es un desgraciao. Vamos, como la gente con la que voy [carcajada]. Te juro por Dios, Kiko, que no paro de acordarme de cosas que he visto y no me había vuelto a acordar, a cuenta de las entrevistas que estoy dando, y he pensado en la primera vez que hablé con una tía. Hablar. Yo tenía 16 años. O sea: hablar. Yo ya me estaba preocupando, porque iban pasando los 14, luego los 15, y la gente del colegio (yo estaba en un colegio del Opus Dei) iban todos hablando con una tía ahora, luego con otra… Y yo me estaba quedando atrás. Y un día, en la punta del faro de Portugalete, mi pueblo, le pregunté a una chica si tenía fuego. Y nos pasamos la mañana hablando. Y a la semana le pregunté si quería salir conmigo y me dijo que no. Por teléfono. Claro, eso es un poco loser. Y uno tiene biografía para eso y para más.
los-huerfanitos-cubiertaLas hostias son necesarias. Endurecen y enseñan. Tú mismo lo dices en Las ganas: “los trastazos están muy bien”.
Yo siempre me acuerdo de La Gran Evasión. Hacen una comedia partiendo de una situación horrorosamente chunga. La película no acaba nada bien; solo sobreviven tres. Y hay una frase que dice Richard Attenborough antes de que le maten: “Nunca me lo he pasado tan bien”. Mira, Kiko [me muestra los ojos humedecidos de emoción]. Mira, yo tengo un amigo que, por una serie de circunstancias, ha eliminado todos los problemas de su vida. Y lo tiene todo arreglado, en orden, todo perfectamente colocadito. Y el tío nota que necesita problemas. Al menos uno. Putadas. Y de repente le da con que los vecinos meten ruido. “mira qué ruido meten”, y tal. Y nada, los vecinos, en silencio total. Pero el tío necesita un conflicto. El hombre está incapacitado para vivir en esa perfecta horizontalidad. Yo cada vez lo creo más.
Tropezar es inevitable. Al menos vamos a tomarlo con humor.
Antes decías que era una injusticia la fealdad. Es triste lo que te voy a decir, pero creo que esa incapacidad para reírse de los tropezones es una cuestión electroquímica. Es como la guapura: hay gente a quien le pasa y gente a quien no le pasa. Pues debe ser que viene por aquí un conducto [se señala la sien] y se obtura antes o se obtura después. Gracias, Dios, pues ya que no nos diste belleza, que al menos estemos en el grupo de los que segregamos ese fotón en medio del occipital. En mi casa nos pasa eso.
La última vez que hablamos me citaste a tu padre: “Qué poco somos de deprimirnos en casa”.
Pues eso. Era mi madre. Y creo que va por ahí. Y he conocido a gente a quien le sucede lo contrario: que se deprime por nada. Y no se por qué, a esa gente nunca les pasan problemitas: sino siempre cosas superchungas. Con lo cual peor todavía.
Lo pones en términos darwinistas. Como si los feos y gilipollas del culo hubiésemos evolucionado a un estadio superior.
[Risas] Sí, es una suerte. Yo me acuerdo de los palos que me han dado y me entra la risa. Soy muy afortunado.
En Las ganas te cagas lo tuyo en los padres de Benito y Teresa. ¿Tu familia real se parece más a los Susmozas de Los huerfanitos, o a los Bernal de Las ganas, o qué?
Somos cinco hermanos. Fíjate el mapa de dónde vivimos: La Coruña, Madrid, Pamplona, Sevilla, y yo que me he ido a vivir a un pueblo ahí en mitad de la nada. Todos majísimos, ¿eh? Yo tengo un hermano arqueólogo, otro que tal, pero no nos vemos nunca. Hablamos y tal, pero no tenemos ni idea de lo que hace el otro. Lo que sé es que todos son excelentes en sus ocupaciones. Mi hermana Raquel sí viene cuando hago algo en Madrid, siempre se ha portado de puta madre.
Quieras o no siempre heredas algo de código genético de tus padres. Algo suyo habrá por ahí dentro. Aunque hayas intentado rechazarla.
Sin duda. Es una línea sucesoria. Pero tampoco me acuerdo de mucho, no te creas. Mi padre murió cuando yo tenía 18 años, y mi madre es uno de los mejores dialoguistas involuntarios que me he encontrado en mi vida. Te voy a contar una: un día se compró una lámina, la Ana María aquella de Dalí, la que mira por la ventana, para ponerla en un marco. Y como primer paso tenía que darle un barniz que ya te venía en el kit de montaje. Y mi madre se puso a aplicar el barniz, pero algo hizo mal, y se empezó a ondular toda la lámina. Y según pasaban los minutos la lámina iba haciendo cada vez más olas [ríe]. Y, ¿sabes que me dijo? “Llegas a haber tenido tú la culpa y te pego una paliza…” [ríe] Tengo un amigo en Bilbao, que sus padres debieron ser los primeros que se divorciaron en el año 80. Estaban allí a las ocho de la mañana del día en que aprobaron la ley [carcajadas]. Y me dijo una cosa flipante, mi amigo: “yo me di cuenta muy pronto que a mí mis padres no me habían hecho falta para nada”. Me pareció un poco triste, pero es que es así. Sientes tristeza por eso, pero lo compartes. Mi madre y yo… Es como si no nos interesáramos el uno al otro, ¿sabes? Otra frase genial: acababa de estrenar yo la película de Un buen día lo tiene cualquiera, y mi madre me dijo: “Ayer estuve mirando el periódico y he visto que no está entre las diez más vistas” [sonrisa] Y es así todo el tiempo.
Joder. Suena como un villano Bond.
Ya, pero es mi madre, joder. Ayer pusieron la de El Cebo (1958), y allí sale una madre mala que no te la crees. Mira, yo tenía una productora, y me llegaban currículums a casa, y mi madre decía: “esta pobre gente, que te manda currículums a ti…” [ríe]
La madre de Mamá es boba era muy mala.
Sí, pero de otro tipo. Mi madre no se parece en nada a la de Mamá es boba. Es otro perfil. Al Benito de la novela en un momento dado de su vida le llaman El Cacas, y luego se entera que se lo pusieron los padres. Y Las ganas no puedo presentarla en Valladolid. Yo siempre me he ocupado que mis novelas y cosas se presenten en Valladolid en algún momento, y mi madre siempre viene con sus amigas y tal, pero Las ganas no. Huelga decir que mi madre es el típico producto Nacional-Católico. No voy a ir allí a hablar de follar y no se qué marranadas. En serio: en esa situación, mi madre MUE-RE. Mira, yo tenía una novia hace muchos años, cuando mi madre estaba aún trabajando. Mi madre trabajó toda su vida, era maestra y llegaba a casa a las seis. Y un día estaba yo a las cinco y media con una novia en casa. Y habíamos acabado de follar, pero estábamos vestidos, y llegó mi madre. Y se notaba que no habíamos estado haciendo los deberes. Y te juro que la cara que se le quedó… La mera posibilidad de que en su casa, su hijo hubiese hecho algo así…
santiago-lorenzo2_280612_1340866058_10_Como si se hubiese topado con Belcebú en bolas en el recibidor, vamos.
Sí. Mira: yo, cuando estaba todo el día pedo, tenía miedo de llegar a casa y encontrarme a una vaca en casa. En un quinto piso.
Repite eso, por favor.
Sí. Yo, cuando estaba en Madrid, vivía en un quinto piso, en una buhardilla. Y tenía la idea de que iba a llegar y me iba a encontrar una vaca. Frisona. No sé por qué. Pues mira, si hubiese aparecido la vaca, la cara que se me hubiera quedado habría sido la misma que se le quedó a mi madre.
Hablemos de follar y de las ganas de hacerlo. Yo también fui a un colegio católico hasta los catorce, pero milagrosamente conseguí perder la virginidad a los 17. Aún no sé ni cómo.
Yo a los 21 [pone cara de horror]. Tardé tanto porque me daba mal rollo lo del coito. Tenía relaciones sexuales no-coitales. Era muy moderno. Era un feminista, pero en tío: “no, si es que el coito es una imposición machista”, y tal.
Nada de esto es así ya, por fortuna. Lo nuestro es como de otro siglo.
Yo tengo la impresión de que la juventud de ahora tiene las relaciones sexuales que los de mi generación nos creíamos que teníamos en los ochenta. La libertad sexual que era puramente nominal en los ochenta existe ahora. En los ochenta: y una mierda. Y más nos vale aceptarlo. Porque si aceptamos que de verdad hubo una gran libertad sexual en los ochenta estamos aceptando que el Franquismo fue inane. Y yo eso no estoy dispuesto a aceptarlo. Una de dos: o aceptas que el Franquismo era un cortapijas o no lo aceptas. Yo estaba en una ciudad bastante triste para ese tipo de actividades. Valladolid (al igual que otras mil ciudades españolas) está lleno de hombres y mujeres que están aún en una edad mental adolescente porque han sufrido una educación castrante. Claro, joder: por eso me fui a Madrid. No me fui a estudiar ni hostias. Madrid era el despelote.
Casi todos mis autores favoritos de los años cincuenta estaban medio chiflados de ansias de follar no satisfechas. Colin Wilson, por ejemplo. Y Las ganas va de eso. La tragedia del dolor de huevos, para decirlo finamente.
[Sonríe] Quizás nosotros crecimos bajo una influencia catolicona. Y eso nos da derecho a escribir sobre nuestras experiencias. Además, los que nacimos en los sesenta o setenta somos muchos más que los que han nacido en los ochenta o los noventa. O sea: ganamos. Luego también sucede que uno se cree que ya ha pasado esa obsesión por el sexo, y de repente aparece un poco de escote de Catherine Zeta Jones… Mejor explicado: unos tíos que saben un montón de marketing, allá en Palo Alto, deciden que hay que bajar un poco el escotito de Catherine Zeta-Jones. Y tú te dices: “Pero qué más dará eso. A ver si se creen que la gente se va a empalmar por esa chorrada”. Y ellos, que no: “¡que me bajas el escotito!” [grita con voz aflautada] Y tú vas y lo miras, no sabes ni por qué. O sea, que no sabemos si estamos en la fase de trogloditas o en la de precursores. Ahora dicen que a lo mejor será ilegal follar por debajo de los dieciséis. O sea que a lo mejor volvemos a la época en que se leía a Felipe Trigo [carcajada], ese macarra. “Tus senos turgentes…”, y todo el mundo ahí machacándosela. Aquello era el máximo porno del 1900.
Ese punto de vista desacomplejado se aplica al gusto, también. Creo que las generaciones jóvenes no van a tener toda la carga de locos prejuicios que teníamos nosotros. Les gusta Rihanna y los Beach Boys, y les importa una mierda todo lo demás. Eso me parece sano.
Hay una fórmula musical para eso que se conoce genéricamente como “rock”, y que dice que te permite treinta años de gloria. Cuando en el 92 empiezan a coger canciones de la Motown y a ponerle el tunda-tunda por debajo… El colmo del vómito era esa del unga-chaka-unga. Yo no sé qué les pasará a ellos con la música, pero por fortuna a nosotros ya no nos pilla [simula lavarse las manos]. El que venga detrás que arree [risas] Los jóvenes también comen Nocilla todos los días, que yo solo tomaba en cumpleaños [carcajada].
La última vez que hablamos te inventaste un género maravilloso para las novelas que intentamos hacer: “No aburrido”. Yo la cursilería y el aburrimiento no se los tolero ni a mi padre. Y me llena de gozo que tus novelas sean tan no-aburridas y no-cursis.
Te lo agradezco la intemerata. Y las películas aburridas son aún peor. Y eso que duran mucho menos… La paz que Rohmer proponía en sus películas sólo la alcanzamos cuando se murió [risotada].
A mí me fastidia mucho la gente pesada. Y aburrida. Dar la lata es una forma de abuso pasivo-agresivo.
¿Cómo debe ser, darte cuenta de que eres un pesado? La gente que mola es la que está continuamente diciéndose que es un pesado, porque precisamente son esos quienes no lo son. ¿Y escribiendo? Nos haría falta algún ejemplo de pesado de libro para que se entendiera. ¡Ja! Pesado. De Libro. [se troncha él solo con el juego de palabras involuntario]
¿James Joyce? Ese era un buen latoso.
Yo a ese ni lo he leído. Ni pienso hacerlo. Ni me he acercado al Marcel Proust [lo pronuncia en castellano] ese. Y de aquí me están viniendo a la cabeza algunos nombres, que entran ganas de decirles: “pero tú, ¿ de qué vas?”. O sea.
¿Del pasado o del presente?
Del presente. Lo justo es que los pesados españoles del pasado han sido olvidados. No los encuentras en ningún sitio. Lo más jodido es que, ¡qué demonios!, habrá millones de personas que cojan un libro tuyo o un libro mío y digan: “esto es un coñazo. No se entiende nada”. Un día leí un comentario en Internet: “Leí Los Huerfanitos. Me aburrió” [ríe]. Yo tengo una vecina en el pueblo que se porta de puta madre, muy maja, y el otro día le dije que me iba a Barcelona porque había sacado un libro. Y me imaginé regalándole el libro, y me dije: “para qué. Ni se te ocurra”. Eso se carga la relación, porque parecería como que me tiene que dar su opinión. Y tú sabes que no va a entender nada. Siempre tendrás clientes en cuanto que tío aburrido. Siempre habrá gente que te comprará, involuntariamente, tu facilidad para aburrir. Pero a nosotros nos hace gracia todo eso, como lo de tu personaje ese que va con la E de Barcelona subida al carrito, con el viento y la hostia, ahí al lado del mar… De repente te dices: “¡pero que te vas a caer!”
Un colega de ciencias me dijo: “Además es imposible. La E esa no cabe en el carrito del súper”. Bueno, vete a la mierda, tío. Permíteme una ligera licencia poética.
[ríe] Hay gente que dirá también que lo nuestro es simple que te cagas. Hay un personaje en Las ganas que se llama Yureni, que es una tía, y llega a una casa sin muebles. Y se cree que los muebles son de metacrilato y que por eso no se ven. O sea, una tía que no sabe nada de nada de nada. Que se ha escrito en una hoja lo de “la vida es un espejo: te sonríe si tú le sonríes”. Esa tía, si leyese este mismo libro, o Cosas que hacen BUM, bostezaría. Y de esas tías y tíos hay un huevo. Nosotros no nos esforzamos para resultar no-aburridos, pero lo que hacemos es para un segmento determinado de lector. La calle esta llena de gente que… ¿Pero cómo se puede ser tan zopenco? Por eso acabas escribiendo comentarios en los artículos digitales. Por esa gente que dice “Si ya lo sé, pero es que tiene una gracia…”, y está hablando de Esperanza Aguirre. Pues a esa gente espero resultarle aburrido. Porque si yo le divierto a ese, voy muy mal. A mi, por ejemplo, me parece muy aburrido ver una película de Mariano Ozores. Pero horrorosamente aburrido. O me parecen aburridas esas pelis en que, como decía un amigo mío, a una chica en Malasaña se le estropea una moto, y entonces aparece el actor que quieras, y los dos son dos caracteres contrarios, y esa peli es un puto coñazo, seguro. Insufrible. Pero va a haber gente que diga lo contrario: que el que no haga algo así es un pesao. Lo que nos salva a ti y a mí es que escribimos para gente normal. No para subnormales [carcajada]. Y la ironía de esto es que cuando digo “normales” lo que quiero decir es: gente como tú y como yo [triple carcajada]. El patrón somos nosotros. Y si no te gusta el libro no te lo compras. Me parece un buen detalle darle pistas a un posible cliente para que no compre un libro que, quizá, no le vaya a gustar.

Kiko Amat

(El corte del director. Entrevista originalmente aparecida en formato reducido en Babelia de El País del 30 de mayo del 2015-vayan allí y likeen y twiteen igualmente si no quieren que me despidan)

Kiko Amat entrevista a SANTIAGO LORENZO (rescatamos la charla del 2012)

Hace unos días entrevistamos a Santiago Lorenzo para Babelia de El País con ocasión de su estupenda nueva novela, Las ganas (Blackie Books 2015). Como aquí somos muy fans, y aún faltan unos días para que esta flamante entrevista del 2015 vea la luz, y algunos de ustedes han manifestado que la vida no tenía ya ningún sentido desde que aquella vieja entrevista nuestra del 2012 dejó de estar disponible en internet, hemos decidido republicar la antigua charla. Como una kina con arbequinas que les servimos de aperitivo (y recordatorio) antes de que llegue el nuevo y opíparo menú.

santiagoUna de las múltiples lecturas que puede hacerse de Los huerfanitos es que es un canto a la búsqueda de la perfección mediante la artesanía. “Para que le enseñe cómo hay que hacer las cosas para que salgan bien y para que salgan bonitas”, como sugiere el propio libro.
Ese comentario me salió como de padre, ¿no? Mi madre hacía las cosas bastante mal, así que debe venirme de mi padre. Pero bueno, mira la Estación de Atocha: dos entradas en el mismo punto. Todo el mundo se pierde, eso sí es una cosa mal, mal, mal hecha, pensada para poner tiendas y tirarse el pisto en vez de para que la gente común se desplace.. Por otro lado, mira la solidez del puente de Portugalete. O ver cómo trabaja Mar García, o Eduardo de Armiñan, o Luis Arrizabalaga. Los ves en acción y te dices: “Eso es hacer las cosas bien”. Es una gozada.
En cualquier caso lo de “hacer las cosas bien” es un concepto que suena pretérito, como de otra época.
Sí, es un concepto de antes. El otro día mi novia trató de arreglar un aparato que se nos había estropeado (el router), y cuando lo abrió no había tornillos. No se podía desmontar. Así que la idea de hacer las cosas bien es una cosa antigua, como los tornillos. De la época de los tornillos (ríe).
Tu libro también desprende un aire a anti-individualismo. Defiende hacer las cosas en equipo, y se alinea firmemente a favor de la colaboración entre humanos y el estrechamiento de lazos. Al “heroísmo doméstico, familiar, artesanal”.
Incluso los hermanos Susmozas se juntan, aunque sea en república federal. Resuelven un problema a base de federalismo: cada uno haciendo lo que sabe hacer: el alemán, la ciencia jurídica, la inventiva ingenieril…
En cambio, la faena del escritor es de una espantosa soledad. Carece por completo de esa resolución de problemas prácticos en equipo que es tan reconfortante. “¿Cómo pasamos este sofá por esa puerta?”, y tal.
El cine es el trabajo de equipo por antonomasia. Es como una de esas películas de guerra en que los mandos medios son los que hacen el trabajo sucio, y a la cabeza de todo está un generalito que no se entera de nada. Están por un lado los tíos brillantes y efectivos (que suelen ser los sargentos y tenientes), y luego por otro lado está el Pentágono. Pues el cine es así.
En De aquí a la eternidad Burt Lancaster se niega a ser ascendido porque si deja de ser sargento no podrá llevar la compañía eficazmente.
Pues eso. Pero yo soy director de teatro. Titulado, ¿sabes? (ríe). Tengo el carné. Así que en teoría mandaba yo.
De eso se deduce que Los huerfanitos es un libro de extracción completamente vivencial y de primera persona, pues está basado en la puesta en escena de una obra de teatro.
Sí, pero lo que he hecho de verdad es cine. El teatro casi ni lo caté. Hice unas mierdas… La verdad es que tenía gracia por lo mal que salía todo. La gente iba a vernos para ver cuándo la íbamos a cagar. Era como en Los productores de Mel Brooks, pero sin querer. Así que Los huerfanitos sí es vivencial, en cierto modo. Lo que pasa es que cambias cosas. Hitchcock hacía películas de tíos que eran lo opuesto de él: guapos, ocurrentes, divertidos… Yo no. En 1997 se me acumularon 39 millones de pesetas en deudas (de una película) y me dieron cuatro meses para arreglar la papeleta. Eso está en el libro, más o menos.
Pero tú no te pusiste a estrenar una obra de teatro en el Pigalle.
No. En la vida real, lo que sucedió fue un final terrible. Quiero decir, que de pasar eso en un libro, todo el mundo hubiese dicho: “Pues vaya mierda de final le ha puesto”. Lo que sucedió es que llegó alguien (el padre de mi novia) y puso el dinero. Así de fácil. Pero lo pasé fatal durante una época.
En Los millones, tu primera novela, exponías lo que casi parecían recetas para sobrevivir a la pobreza. A ratos es como un manual práctico para sobrevivir sin un duro.
Eso está bien, porque así funcionará también como libro de autoayuda, que siempre se venden más que las novelas. La clave está en reaprovechar cosas, como también hacen los Guajardos en Los huerfanitos. Yo he sido muy pobre. La amenaza de la pobreza siempre suele estar hanging over me. Ahora se me ha ocurrido una huerfanada para salir de la última crisis. Otra vez.
Has declarado alguna vez que la pobreza ennoblece.
Sí. Lo que no ennoblece son las cremas faciales. O la enología. Ahora todo el mundo es columnista de El País, todo el mundo es muy fino. (Afecta voz cursi) “El hotel estaba muy bien, pero los pomos de las puertas eran muy ásperos”. “¿Podría ver la carta de almohadas del hotel?”. Vete a tomar por culo, hombre.
Has mencionado a los Guajardos, mis personajes favoritos de la novela. Me encanta la idea de que sean especialistas en algo, no aficionados. “Hombres y mujeres que, a fuerza de años de aprender, eran maestros a la hora de enseñar”. Gente que sabe hacer algo muy bien, y la gente tiene que ir a pedirles consejo. Eso también suena a concepto anticuado. Hoy en día todo el mundo cree saber hacerlo todo.
A veces tengo yo el miedo de ser uno de esos gilipollas que se creen que saben de todo, pero luego lo pienso y concluyo que no, que yo no soy así. La culpa es del cine. En ese mundo, al director le convencen de que ha de saber de todo. Los productores creen saber de todo. En ese sentido me gusta la dimensión puramente manual de Los huerfanitos: “Esos tíos saben poner luces”. Es lo que saben hacer.
Desgraciadamente, por dedicarte a un par o tres de disciplinas, imagino que a menudo deben adjudicarte el término “multidisciplinar”. A los periodistas culturales les encanta que un artista se dedique a un montón de cosas distintas, aunque todas sean una puta mierda. No es tu caso, claro.
Peor que multidisciplinar es “hombre del renacimiento” (ríe).
los-huerfanitos-cubiertaTanto Los millones como Los huerfanitos son libros altamente compasivos. Como en las novelas de Nelson Algren, las tuyas se alinean con los desgraciados, los pobres, los feos, los dejados de lado a la hora de pavimentar el éxito y el progreso.
Volvemos a lo vivencial. Hablo de mí mismo, por eso mis personajes son unos desgraciaos. Es más cómodo hacerlo así. Todo el material lo tienes en tu propia casa. Solo has de mirarte un poco, y te ahorras mucho trabajo de documentación. Y si lo tuyo no basta, bajas a la calle y ahí tienes todo lo que te falta.
¿Te sientes anacrónico? ¿O es el mundo que cambia cuando no debería?
Mis historias empiezan y acaban, y eso es tan crónico como anacrónico. Hace poco me pidieron que hiciese una lista de cosas cañí, pasadas de moda, que me molaban, y empecé a pensar que había mucho cañí que molaba y muchos otros que me daban muy mal rollo. Creo que tú lo dijiste una vez, mencionando a Naranjito y la nostalgia mal entendida, el recuperar lo peor. Hay cosas cutres del pasado que no merece la pena rescatar. Así que hay un cañí bueno y un cañí malo. El malo será algo como Esperanza Aguirre, pero el cañí bueno será afirmar verdades como que el ventilador es mucho mejor que el aire acondicionado. O el botijo mejor que el frigorífico.
Hay conceptos que son eternos, y no pueden prescribir. En tus libros hablas de los bares, los amigos, el esfuerzo, la compasión, la pena, el vino…
Sí, hay cosas inmutables. Luego tienes por otro lado la dirección de arte de la novela, que es intentar que no aparezcan anacronismos físicos. Que si estamos en 1986 no aparezca un tamagotchi.
Tus lecturas se intuyen harto viejas. Y castellanas.
Siempre me comparan a Jardiel Poncela. Ya me gustaría. Quizás me parezco a él en el ansia por decir paridas. No sé si es en La tournee de Dios o en cual, porque todas las novelas de Jardiel son iguales y me confundo, que el personaje de Zambombo está metido en un problema de pelas (Amor se escribe sin hache, ed.). Así que Jardiel decide colocar un Deus Ex Machina y hace que un tipo le entregue los millones que necesita. Lo que decíamos antes: pues vaya mierda de final. Pero a Jardiel le funciona. Además, como el favor que le ha hecho el otro es tan grande, Zambombo decide inventarse una palabra de agradecimiento, pues “gracias” le resulta insuficiente. Lo que se le ocurre es “Carchofas” (ríe). Si me das fuego, te doy las gracias. Si me das cien millones, te digo Carchofas. También soy fan de Valle-Inclán (solo las obras de teatro), de Galdós, de Ramón Pérez de Ayala y de un novelista de los sesenta que se llamaba García Pavón. Tiene una serie de libros sobre un guardia civil de Tomelloso (él era de allí) llamado Plinio que, acompañado de una especie de Watson –el veterinario del pueblo-, tiene que resolver los crímenes de la aldea, sean robos de jamones o asesinatos. Mihura no me gusta mucho, pero me siento obligado a decir que sí porque Miqui Otero lo dijo en la frase de la faja del libro. Luego lo cambió por Jardiel.
También se intuye un amor por las novelas de aventuras clásicas, de Salgari a Verne.
Eso es el mayor elogio que se le puede decir a un escritor.
Vete a saber. De Cosas que hacen BUM un fulano dijo que eran como novelas de vaqueros e indios ambientadas en la ciudad. Yo me lo tomé como un cumplido, pero tal vez pretendía ser un insulto.
¡Es un cumplido! Es el mayor cumplido que pueden hacerte. El nombre incluso suena a Far West: Cosas que hacen BUM. Es como cuando el malo dice: “Que hablen las armas”. Malcolm Scarpa, que también sacó un libro que eran todo paridas, me dijo que sería fenomenal leer un libro de Marcial Lafuente Estefanía que se llamara Guarida de subnormales (ríe). Pero se trata de eso, al fin y al cabo: Aventurillas urbanas, en ciudades grandes.
Antes mencioné el vino. El vino tiene cierta importancia en tu novela, con la aparición de los ex-alcohólicos Vocaciones. Pero no es óbice para que digas cosas lindas, como que el vino proporciona “el calor de la intimidad con uno mismo, la más legítima de las intimidades”.
El veintiocho de febrero del año 2005 tomé la decisión de arrinconar para siempre el consumo de alcohol, que ya había dado varias vueltas al marcador. Así que en eso también iba documentado de sobras.
Pero no se te intuye arrepentido.
A los que dicen “mi hijo bebe demasiado” hay que decirles: Bebe poco. Hay que hacerle beber más, porque solo lo dejará cuando reviente. No es algo que yo sienta que hay que rechazar. Han pasado siete años y medio, pero me acuerdo todos los días de los buenos tiempos que pasé.
Hay gente que tiene mejor y peor bebida.
Bueno, yo nunca me saqué la chorra o hice el gilipollas por la calle.
Yo sí.
(Se carcajea) Lo que quiero decir es que nunca hice nada verdaderamente malo, como violar a una tía, o algo así.
Un amigo mío dice que nunca será alcohólico, porque beber le gusta demasiado y quiere seguir haciéndolo toda la vida. Así que se modera. Su adicción le modera.
Es como uno que ama a Dios, pero se guarda de amarle demasiado, porque entonces pensará en él todo el día, y empezará a cuestionarse su existencia y al final tendrá que hacerse ateo. O acabará de monje en el monasterio de Poblet. Un buen cristiano ama a Dios con cautela. Un mal cristiano se va a Filipinas a predicar y le acaban colgando como un julay. Los Vocaciones están en la fase de la abstinencia. No sé les ve beber ni cuando beben: hay una elipsis y vamos directos al mega-pedo. Malcolm Scarpa escribió un libro llamado Qué te debo, José, donde se ve a muy poca gente bebiendo, pero que es puro alcoholismo.
Las mejores cosas se forjan en el aislamiento. ¿Te sientes aislado del resto de novelistas y tendencias literarias?
Con mis amigos novelistas siempre hablamos de intentar que nadie se aburra. Me gustaría pertenecer al club de gente que pretende no aburrir al escribir.
Género: no aburrido.
Exacto.
Quizás no lo hayas pretendido, pero sí eres una rareza. Tus libros, por lo clásicos, son hoy altamente originales y extraños. Parecen provenir de otro mundo.
a) Estoy de acuerdo en eso.
b) Me gusta lo que acabas de decir
c) Pero eso lo tienen que decir los lectores, no yo. Son los otros los que tienen que decir si escribes guays, si eres un puto mainstream… Es como el cineasta aquel que dice: “Yo hago mierdas”. Y el periodista le contesta: “Eso lo tenemos que decir nosotros, no tú”. Lo de ser escritor también te lo tienen que decir los otros. La única respuesta posible a la frase “yo soy actor” es: Eso ya lo veremos.
En tus dos libros hay humor. Mucha gente no le pilla el punto adecuado al humor: o pergeñan una astracanada pedorrera sin pathos ni emoción, o un ladrillazo petrificado de seriedad. En un libro no se puede hacer Aterriza como puedas, por muy fan que yo sea. Creo que tiene que existir también una cierta búsqueda de elevación, como tú haces.
Aterriza como puedas es una película mucho más pura de lo que la gente cree. Es imposible de reproducir en otro medio que no sea el cine. No es adaptable al teatro, por ejemplo. Eso la hace un artefacto mucho más puro que algunas películas de Griffith, y encima tiene gracia. La segunda de Aterriza como puedas, siendo floja como es, vale mucho más que cualquier cosa de Yolanda García Serrano. Julio Medem hace comedias de puta madre. Es solo que, cuando terminan, no sale nadie diciendo “¡Que esto no iba en serio!”. De hecho, la gente incluso lloriquea. Pero me estoy despistando. Los millones va de un tío que las pasa canutas, de un tío que está muy solo. A mí me daba una pena tremenda, pero a todo el mundo le hacía gracia. En Los huerfanitos, en cambio, sí busqué ser cómico. Me dije: (afecta voz presuntuosa) “Voy a hacer comedia”. Qué le voy a hacer, las cosas feas me las acabo tomando a coña. Es como una disposición fisiológica. Mi padre me dijo el otro día: “Que poco dados a deprimirnos somos en esta casa”.
Los millones ilustra una soledad terrible.
Hombre, en eso también nos hemos documentado, qué te voy a decir.

Kiko Amat, junio del 2012