Cosas Que Leo #158: EL CASTIGADOR: BIENVENIDO, FRANK, Garth Ennis / Steve Dillon

El Castigador: Bienvenido, Frank

GARTH ENNIS / STEVE DILLON

Marvel / Panini, 2021

296 págs.

Cosas Que Leo #144: KINGDOM COME, Mark Waid & Alex Ross

Kingdom come

Mark Waid & Alex Ross

Ecc Cómics 2019 (publicado originalmente en 1996)

232 págs.

Cosas Que Leo #99: MASACRE MATA AL UNIVERSO MARVEL, Cullen Bunn/Dalibor Talajic

Masacre mata al universo Marvel

CULLEN BUNN / DALIBOR TALAJIC

Marvel / Panini Comics, 2012

104 págs.

Cosas Que Leo #77: THE BOYS Vol.3, Garth Ennis y Darick Robertson

The Boys, Vol.3

GARTH ENNIS y DARICK ROBERTSON

Norma Editorial, 2010

192 págs.

Cosas Que Leo #31: BLACK HAMMER; ORÍGENES SECRETOS, Jeff Lemire, Dean Ormston

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Black Hammer 1: Orígenes secretos

JEFF LEMIRE, DEAN ORSTON

Astiberri, 2017

184 págs.

¡KIMOTA! (vuelve Miracleman)

Tras veinte años de enrevesadas disputas legales se reedita en tres volúmenes el aún increíble Miracleman, de Alan Moore, el cómic que en 1982 puso del revés el género superheroico. Una alucinante antesala a Watchmen (que también era de Moore, por supuesto)

https://i0.wp.com/static.comicvine.com/uploads/original/4/40498/1137381-m4.jpgDicen que Alan Moore revitalizó el género de los superhéroes, pero yo creo que más bien le pegó el tiro de gracia. Lo que el tipo hizo en Miracleman fue tan extremo y tan definitivo que, una vez hubo terminado con ello, no hubo manera de volverlo a utilizar; como cuando de joven prestabas una Private y te la devolvían pringosa. Lo raro es que, pese a que Moore había dado con la fórmula TOTAL para situar la figura del superhéroe en un entorno realista, la mayoría del mundo del cómic decidió no aplicar sus hallazgos. La postura de la industria frente a Miracleman fue igual que si, enfrentados a la electricidad, los sabios del XIX hubiesen dicho: “uy quita; nos quedamos con las lámparas de aceite”. Pero lo comprendo: Alan Moore se había pasado, como se dice en lengua vernácula, tres pueblos.

Cuando Alan Moore lo cogió por banda en 1982, Miracleman era aún Marvelman, y se trataba de una copia pastel, anglificada, del Capitán Marvel americano. Lo había creado Mick Anglo, y era el típico fulano con capa que deshacía entuertos inocuos mediante superpoderes (de energía atómica); que por descontado derrochaba de la forma más pueril; como si descubriésemos la vacuna del sida y la usáramos de agua oxigenada, o algo así. Su yo humano era Michael Moran y su palabra mágica “¡kimota!” (atomic al revés). Hasta ahí el típico superpavo con mentalidad de Dora La Exploradora y enemigos medio gilipollas, que bajó a gatos de árboles desde 1954 hasta 1963.

Alan Moore no era famoso cuando recibió el encargo, aunque empezaba a hacerse un nombre. Trabajaba para las revistas Warrior y 2000AD, así como Marvel UK, y había creado ya un par de burradas cambia-género en DR & Quinch, The Ballad of Halo Jones y el nuevo Captain Britain. Pero en Miracleman aplicó el realismo a los superhéroes sin ninguna mesura y de forma terminal. Aplicó el máximo realismo, vaya. Por supuesto, tenías que aceptar un par de supuestos fantásticos, como que un hombre normal pudiese transformarse en ente superior. Pero una vez firmado ese pacto, lo que sucedía era lo lógico. Y así como el Dr. Manhattan de Watchmen cobraba superpoderes y empezaba a pasar olímpicamente de los hombres (los átomos eran más interesantes), Miracleman tomaba el camino natural para alguien de su recién adquirida talla.

Moore lo explicó así: Michael Moran y Miracleman son cuerpos distintos. El gobierno inglés ha descubierto la forma de intercambiar seres (adaptando la tecnología de un alien estrellado en los años 50), y que uno de ellos sea una súper-arma viviente y volante (era la Guerra Fría). El superhéroe naíf de la época dorada (es decir, el babieca de Miracleman pre-Moore) es la parida que dicho gobierno introduce en la mente de sus superhéroes para darles una identidad y que no entren en shock. De ahí el pasado más bien chorra de Miracleman.

A partir de allí, todo lo que sucede desde que Michael Moran recupera a su otro-yo (en estado durmiente hasta 1982) es lo que sucedería si algo así tuviese lugar ahora: el armagedón más malparido. El götterdämerung, el p*** crepúsculo de los dioses. Cuando el malo, Kid Miracleman, llega a Londres, no acontece una peleíta tipo Godzilla en una ciudad deshabitada de papel maché: todo el jodido mundo muere, porque esos dos son Dioses invulnerables dándose superleches en mitad de un amasijo de frágiles huesos y carne triturable. “¡Devoraré a todo ser vivo y me cagaré en sus calaveras!” es la intención manifiesta de dicho villano, que (por primera vez en los cómics) es malo de verdad: el hijo de zorra que acaba con todos nosotros. No como Thanos o Galactus, o el pringado de Lex Luthor, que mucha labia pero luego nada.

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Otra de las ideas de Moore sigue pasmando hoy. Una vez aplastada aquella forma particular de mal, y con la Tierra en estado de súper-trauma y la mitad de la población criando malvas, Miracleman hace lo que haría cualquier Dios en sus zapatos: se pone a ordenar a la raza humana, pero de veras, y sin pedir permiso. ¿Toda la faena que el gandulazo de Superman jamás realizaba, esgrimiendo excusas de mi-perro-se-ha-comido-los-deberes? Miracleman lo solventa, y por la fuerza. La desigualdad, el capitalismo, las guerras, el hambre… Mi página favorita es la que muestra a Miracleman reunido con el gobierno Thatcher para explicar su plan de reconstrucción post-apocalipsis, y la primera ministra le suelta “Esto es absurdo (…) Jamás podremos permitir este tipo de injerencias en el libre mercado”, a lo que Miracleman, lleno de curiosidad zoológica y algo de perfidia, solo le espeta: “¿Permitir?”. Pues para él aquello es el equivalente de que a nosotros un piojo de la cabeza de nuestros hijos nos suelte: “¡No permitiré que me eches Filvit, tío!”.

https://kikoamat.files.wordpress.com/2016/09/99cac-bitch.pngDespués de décadas de batallas legales por los derechos (un gran hombre, Neil Gaiman, contra un miserable, Todd McFarlane) Miracleman volvió a Marvel en el año 2009, y desde el 2014 hasta hoy se han ido reeditando todos los números, incluyendo la etapa The Golden Age que retomó Neil Gaiman. Aún deben quedar disputas por saldar, por cierto, pues el nombre de Alan Moore, su único creador, aparece sustituido aquí por “El Guionista Original”.

Miracleman fue un camino sin retorno. Lo leí en 1990, a los diecinueve años, y me arrancó de chorradas para párvulos como sus contemporáneos Secret Wars o Crisis en tierras infinitas. Solo la negrura y la ultraviolencia y la confusión y la demencia pudieron, desde aquel punto, ilustrar el género superheroico para mí, y para muchos otros lectores. Kiko Amat

Miracleman

Vol.1: El sueño de volar

Vol.2: El síndrome del rey rojo

Vol.3: Olimpo

Guión: Alan Moore

Dibujos de: Garry Leach, Alan Davis, Rick Veitch, Chuck Austen y John Totleben.

Panini Comics / Marvel

(Esta pieza se publicó originalmente y a toda página el domingo 25 de septiembre del 2016 en Mas Periódico, de El Periódico)

 

Superaventura en leggings

Superhéroes en cine y TV Celebrable (y a ratos cuestionable) avalancha de títulos superheróicos en la caja tonta y en la gran pantalla. Algunos causan rechifla, otros lo clavan y se queda clavado. Activamos el leotardómetro de Cultura/S.

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Las mallas lo joden todo. Uno está dispuesto a creerse lo de la superfuerza, y la telequinesis, incluso (ya puestos) lo de ser un alien inmigrante bienvenido en USA, pero a la que se enfundan los maillots Rock’n’Rios, la burbuja explota y solo queda un fulano dando brincos en leotardos. Con los calzoncillos por fuera. Eso es lo que trato de decirles: estamos más dispuestos a tragarnos lo de la invulnerabilidad que lo de un hombre adulto enfundado en ese extravío con capa.

Tomen Arrow, por ejemplo. La serie de WB sobre el arquero de DC Comics, viejo aliado de Batman en la lucha contra el crimen, que se viene emitiendo desde el 2012. Su trama resulta familiar: el playboy millonario Oliver Queen naufraga en una isla desierta (flashback del amigo: look Robinson Crusoe con torera Bosé) y allí desarrolla habilidades suprahumanas. Nos lo creemos. No nos explican cómo aprende ruso allí (¿quizás en una academia?) pero también lo creemos. Cinco años después regresa a la civilización. Cinco años mascando raíces y bebiéndose sus meados en un peñasco en mitad del Pacífico y aún parece una especie de Brad Pitt grunge, pero le creemos. Su familia y amigos son todavía unos pijazos superficiales y bellísimos (sabes que una serie es ponzoña cuando todos los actores podrían anunciar lencería íntima), pero él ya no: él solo quiere dar tabarra mística y estopa justiciera. Nos lo creemos. Pero entonces va y se viste de Robin Hood en su etapa leggings, y la negación de la realidad se resquebraja. Y cuando un testigo dice “Llevaba capucha. Una capucha verde” te entra la risa tonta (“Llevaba tutú. Un tutú rosa”) y ya no puedes parar.

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Anuncio andante de Calvin Klein en el bosque de Sherwood

Algunos de nosotros venimos amando a los superhéroes desde la infancia y, con franqueza, las hemos visto de todos los colores (las mallas). Pero miren ustedes qué casualidad: los momentos cúspide de la historia artística del género (desde su invención a mediados de los treinta) coinciden con aquellos donde los mutantes, aliens o ratas de gimnasio de turno padecían y caían y se alzaban en un mundo parecido al nuestro, con cuitas más o menos terrenales. El Daredevil sin traje de Born Again, destrozado y airado, habiéndolo perdido todo; renacido. El hastío y coraje pensionista del Batman yayo en Dark knight. El Constantine taja y asqueado de Hellblazer, ciscándose en todos los demonios del Hades. Miracleman, en cada una de sus encarnaciones. El Joker loco-lúcido de La broma asesina.

Existe una razón por la que esos cómics son cimas creativas, y es la plausibilidad de emoción. No importa si alguna premisa es asaz improbable (como los sentidos superagudizados de Daredevil): aquel picapleitos panocha y ciego reacciona ante su nuevo estado de un modo creíble, humano. O sea: con asco, confusión, ira ciega o volviéndose medio chalupa. No es extraño que el Daredevil y la Jessica Jones de Netflix hayan triunfado.

Daredevil es puro drama callejero televisivo, The Wire con antifaces, tiene una trama oscura como el betún y malos tridimensionales al modo Los Soprano. Maldita sea, si incluso simpatizas con el archienemigo Kingpin, pese a que sus métodos te parezcan cuestionables (vale: repugnantes). Sucede que no hay una sola malla a la vista (Daredevil luce un pañuelo atado a modo máscara, y unas botas “compradas en Internet”), y por eso la temporada #2 es algo decepcionante. La culpa es del flamante traje. El p*** traje de lycra con cuernitos, la perpetua broma inconsciente de los superhéroes, el moco colgando en pleno discurso de boda. No. Hacía. Falta.

Jessica Jones (la primera temporada) me pirró por eso, de hecho. La premisa es la más prometedora del superheroismo seriado moderno: una tipa ordinaria (aunque medio demente) adquiere poderes superiores al resto de los terráqueos, vale, pero no pasados de vueltas (saltar de un 2º piso sí; volar no; detener un coche sí; lanzarlo a la estratosfera no) y monta una agencia de detectives. Por añadidura, bebe como John Belushi y rezonga más one-liners sardónicos por minuto que el George Constanza de Seinfeld, y ¡no lleva leotardos! Jessica Jones es más Joan Jett que Wonder Woman, y por eso la amamos. El malo ayuda: Kilgrave, überstalker maníaco cuyo don es el control mental total, creando el más hijoputil caos a su paso. Observemos ahora el leotardómetro del casting: un cero absoluto. Lo único supermanesco en toda la serie son los abdominales de Luke Cage (Mike Colter), pero pueden simular no haberlos visto.

El camino a la excelencia es ese, en resumen: tramas crepusculares, violencia brutal pero semi-creíble, culpa a tutiplén, humor bien dosificado y ni un solo panty azul eléctrico a la vista. Ahora sí, súpers.

Algunas series y filmes colosales o inmundas:

DR.STRANGE, EL TAMARIZ DE MARVEL

Los magos dan risa. Por eso será difícil no mofarse del Doctor Extraño, con su cháchara ocultista, su capa de rúa de Reyes y su manía de cambiar de dimensión como un zapeador compulsivo. Dicho esto, el film tiene buena pinta: Strange parece un Ra’s al Ghul perdido en The Matrix. Y protagoniza Benedict “Cabbage Patch” Cumberbatch.

DEADPOOL: SUPERCABRÓN AUTOREGENERATIVO

Es Monty Python y Evil Dead III. Es la película más tronchante y vertiginosa del año, como una fusión de El ultimatum de Bourne y Aterriza como puedas. Deadpool (Masacre) es lo más. Splatter gratuito, procacidad a mansalva, bromas sobre masturbación… Desde Lobo no se veía a un superfulano tan jeta, tan loco, tan salvaje.

SUICIDE SQUAD: TODOS-LOS-CHUNGOS-DEL-MUNDO

Es el sueño de todo matoneado en la ESO: tener a los chungos de tu lado (con su chunguez intacta; no redimidos). El gobierno USA decide reunir a “la gente más peligrosa del planeta” en un cuerpo especial para luchar contra gente aún más malota. Están todos los hijoperras del planeta, incluyendo al Joker. Estrena en agosto.

JESSICA JONEShttps://i0.wp.com/pbs.twimg.com/media/CAzkMl_UQAAiGXp.jpg: ALPISTE, CUERO Y TROMPAZOS

Interpreta Krysten Ritter, la flipada novia de Jesse en Breaking Bad. Pero aquí no le atiza al crack hasta el patatús cerebral, sino que se dedica a aporrearles duro a los cacos. Con superpoderes que son como cerveza marca blanca: cumplen su cometido, sí, pero sin fardar. Kilgrave, violador mental con acento BBC, es su espeluznante némesis.

ARROW: SENSACIÓN DE VIVIR EN LEOTARDOS

La calidad de la actuación es más Falcon Crest que Fargo. El casting entero podría ser portada del Playboy de Julio. Oliver Queen (Stephen Amell), el Green Arrow televisivo, ostenta unos pómulos demasiado cortantes como para que cuele su lado “torturado”. Y va vestido de Douglas Fairbanks vestido de Robin Hood, por el amor de Dios.

DAREDEVIL: EL HOMBRE SIN CANGUELO

La mejor serie de superhéroes. Oscuridad atroz, diálogos chispeantes, bromas buenas pero también suplicio mental, villanos con los que casi-simpatizas (Kingpin, ex-chorreado por padres y bullys; hoy reventando cabezas con puertas de coche) y –al fin- un héroe retorcido, rabioso y creíble. ¡Y no va enfundado en neopreno! (hasta la #2).

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 4 de junio del 2016)