“Confesiones dolorosas”: 5 recomendaciones memorísticas para Babelia

Colaboré en el Babelia especial sobre la Feria del Libro de Madrid con cinco recomendaciones de autobiografía y memorias (todo novedades). Lo hice en calidad de director del festival Primera Persona. Tres les sonarán de recomendaciones previas, otro par son nuevas.

Léanlas acá. Duelen, pero es dolor bueno.

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La familia que asesina unida permanece unida: un podcast mansonita

Pueden escucharlo aquí. El periodista valenciano Javier Cavanilles y yo mismo, Kiko Amat, esq., le damos a la sin hueso durante 45 minutos del ala. El tema, naturalmente, son los asesinatos Manson, que vuelven a la proverbial palestra gracias a la reedición de Helter Skelter de Vincent Bugliosi & Curt Gentry (con prólogo de su vecino y amigo Kiko Amat) y Once upon a time in Hollywood, el nuevo filme de Quentin Tarantino.

Una charla prolija, rebosante de trivia friqui y análisis coyuntural, así como de un buen número de lúdicas paridas y comparaciones audaces. Lo pasé muy bien realizándola.

FLAKO: “En este país no hay mayor ladrón que un banquero”

El mítico butronero madrileño, apodado “el Robin Hood de Vallecas”, publica sus memorias Esa maldita pared (libros del K.O) y sube al podio de la crónica negra nacional.

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Flako atracaba bancos que era un primor. Nació en Vallecas, y aprendió el oficio de butronero (acceso por cloacas + boquete en tapia) de su padre, artista del gremio. Aquel hombre le mostró no solo la parte técnica del tema, sino el indispensable decálogo deontológico y ético que debe acompañar a toda carrera delictiva que se precie (como Dexter, para entendernos, pero sin convertir a nadie en albóndigas). Siguiendo sus especificaciones, y añadiendo algún avance de cuño propio, Flako consiguió butronear un número asombroso de sucursales bancarias. Inevitablemente, al final le pillaron (ante las cámaras de televisión). Lo acusaron de siete atracos, cumplió condena por dos y actualmente disfruta de tercer grado penitenciario. En Soto del Real empezó una relación epistolar con el cineasta Elías León Siminiani, y de esa amistad nacería el documental Apuntes para una película de atracos. El propio Elías le instó a escribir su historia en primera persona. El resultado, Esa maldita pared, es una autobiografía criminal llena de violencia, humor y familia, que recuerda tanto a Edward Bunker o Rififí como al “Corre corre corre que te van a echar el guante”

Te llamaban “el Robin Hood de Vallecas”, pero la parte de dar a los pobres se te olvidaba un poco…

La verdad es que sí. Eso sucedió en el robo de la calle Alcalá 74, el banco de Santander, por el que estoy cumpliendo condena. En un momento del atraco la gente se empezó a poner nerviosa, y yo también me puse nervioso, y esa fue mi forma de calmar a la gente, haciendo una broma. También fue en parte homenaje a mi padre, que tras sus atracos sí ayudó muchísimo a la gente y a sus amigos. Fue algo simbólico. Yo he ganado dinero y he ayudado a mi familia y a los míos. No daba para más.

Los criminales, y algunos escritores, tenemos un “estrecho círculo de empatía”. Podías compaginar el afecto extremo hacia tu familia y amigos con el desprecio puntual hacia víctimas o testigos.

Atracar un banco es un oficio que requiere violencia. No es lo mismo atracar que robar (cuando entras por la noche, coges el dinero y te vas). Atracar requiere intimidación física. A la hora de empuñar un arma real estás desprendiendo violencia, aunque no la utilices. Yo he pedido perdón a las víctimas, que no tenían la culpa de que a mí se me cruzaran los cables por la mañana y decidiese que me tocaba atracar un banco y arrasar con lo que se me pusiese por delante. Esta disculpa es sincera: las víctimas de mis atracos no tenían culpa de mi locura. A la vez, dentro de lo que cabe, siempre he intentado utilizar el mínimo posible de violencia, y ser el máximo de educado posible, a la hora de realizar un atraco. Parece contradictorio, pero es así. En mí último atraco, el Bankia de la calle Pilarica nº23, donde me detuvieron, en el sumario se especifica que uno de los atracadores, de complexión gruesa, que se declara líder de la banda, da las gracias a los allí presentes por su colaboración y les pide perdón por las molestias ocasionadas. Pero a la vez no vas a atracar un banco con una barra de pan. Entras con una pistola y cagándote en Dios y amenazando con matar al que no se ponga firmes. Pero es más teatro y paripé que otra cosa. Igual que en las películas.

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Bertoldt Brecht dijo que “el robo de un banco no era nada comparado con fundar uno”, y tú dices que “atracar bancos es un oficio honrado”. Solo dañaste a corporaciones.

Totalmente. Que les den por el culo. En el atraco del Bankia retuvimos a empleados del banco y a algunos clientes, y a nadie le desapareció nada. Todos llevaban carteras, collares, y salieron de allí como habían entrado. En el atraco del Bankia había sobre el mostrador una bandolera tipo hippy que contenía unos 2000 euros en billetes y paquetes de monedas, y como era de una clienta no nos lo llevamos. Una empleada nos ofreció su cartera y la rechazamos. Solo queríamos lo de Bankia. Íbamos a por las preferentes, y así se lo dijimos. Yo nunca he robado un coche ni una moto, nunca he tenido una televisión robada, no he comprado móviles robados. Mi única forma de delinquir ha sido el atraco de bancos. En este país no hay mayor ladrón que un banquero o un político. Cristina Cifuentes solo llegó a robar unas cremas, porque la pobre no daba para más. Yo robaba bancos.

¿Percibes que la gente, sea en la cárcel o en la calle, te quiere más por haber sido atracador de bancos, en lugar de caco callejero o ladrón de pisos?

En la calle sí. Sobre todo cuando los vecinos se enteran gracias al documental o el libro. Un vecino mío da la casualidad de que había sido director de sucursal bancaria, y el tío me dijo que había hecho bien. En la presentación del libro una anciana me dijo también que muy bien hecho. La gente mayor, especialmente los de izquierda, o los que han sido engañados por los bancos, me felicitan. Pero en la cárcel es distinto: hay mucha envidia, y mucha comparación entre delitos: si alguien lleva más tiempo en prisión por un delito que considera menor al tuyo, te cogen ojeriza. Los funcionarios de prisión no: ellos me decían que tendría que haber robado más bancos.

Tu libro es una memoria delictiva, pero también una carta de amor a tu padre, “El Peque”. Le dedicas muchos elogios, pero debía ser angustiante para un niño vivir con un criminal de personalidad volátil.

Mi padre era muy bajito y campechano, pero tenía un pronto que asustaba. A veces era proporcionado, pero a veces dejaba ir una violencia extrema. A mi padre le gustaba mucho ir a ver al Rayo, y una vez en que estaba en una plazoleta con sus amigos, que eran gente mayor, unos del Sevilla se metieron con él por la bufanda del Rayo que llevaba. En la trifulca que siguió, mi padre le rajó la cara a uno con un botellín, lio un cipote de la hostia. Pero en el día a día no era así. Su arranque jodido era ocasional. Yo, como ya le conocía, siempre le intentaba tranquilizar. Mi padre tenía muchos más cojones que yo.

Los niños se amoldan muy rápido a la excepcionalidad o la rareza. Para ti debía ser normal que tu padre apareciese con dos ladrillos de coca…

Todo fue sucediendo de una manera muy llevadera. Yo de niño había escuchado la palabra “butrón”, y mi madre me había insinuado a que se dedicaba mi padre. Pero como vestía muy bien, siempre iba con zapatos Martinelli, sus vaqueritos y chaqueta de cuero, a mí me costaba creerlo. No le veía abajo en las cloacas lleno de mierda. Me chocaba. Pero luego, con el tiempo, lo fui aceptando. Lo de la coca, al principio, fue un poco por casualidad. Unos amigos suyos cayeron presos en la época del famoso intento de asesinato del abogado Rodríguez Menéndez aquel. Mi padre empezó a mover su producto para echarles una mano mientras estaban dentro. Cuando hubo vendido lo que tenían dijo que ya no seguía. Yo era muy pequeño cuando sucedió aquello. Luego, ya de adolescente, lo volví a ver en la época del bar Driver, que llevaba mi padre, y ya me pareció normal. Me pareció tan normal que me puse yo mismo a hacerlo.

A los dieciséis estás hasta el cuello de atracos, farlopa y malandrismo. No sé si esa euforia, que tan bien comunica tu libro, pierde sentido cuando la contrastas con los momentos trágicos (tu detención, el ingreso en la cárcel cuando tu mujer está embarazada…)

Yo me arrepiento de cosas que no he hecho, pero no de lo que ya hice. A lo hecho pecho, y ya está. Pero igual debería haber sido más precavido. Supongo que por lo que pasé yo merece la pena si sales después de cuatro años y estás forrado y ya no te hace falta trabajar, tienes cuatro pisos entre Vallecas y Moratalaz, un coche majo, dos negocios, cuatro plazas de garaje y a vivir… Pero para seguir trabajando… [ríe] Yo soy mileurista. Mira lo que habré sacado con mis atracos que sigo currando.

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Me da la impresión de que los criminales son como los pescadores, tienen cierta tendencia a magnificar sus gestas. Pero lo tuyo se antoja sincero.

Sí. La gente suele aumentar botines y delitos. Yo si no quiero contar algo no lo cuento, pero no digo mentiras. La gente que conoce mi historia la leería y vería que no estoy diciendo la verdad. Yo más que exagerar mis hazañas he tenido que esconder cosas. Y otras veces me he quedado corto. Cuando escribía en el libro sobre lo de trapichear con drogas, hablaba de una cantidad mucho menor que la vendíamos realmente. Un día mi primo Chispi, hablando de ello, me dijo la cantidad real, y me quedé de piedra. Otras anécdotas que parecían exageraciones quedaron fuera del libro. Cuando aún teníamos el cuartel general de la droga en casa de mi primo, salíamos con un cuarto de kilo de cocaína cada uno de su casa, tres veces por semana: él lo llevaba en unos libros, que dejaba en la guantera del coche, a la vista, y yo los metía en los bolsillos de un chándal que llevaba en una percha, no puesto. Alguna gente diría que eso es muy peliculero, pero fue así.

¿Cómo llevaban vuestras madres, abuelas y tías todo ese ir y venir de cocaína y actividades sospechosas?

Mi madre, hacia el final de mi carrera, ya se imaginaba lo que estaba haciendo. Por la gente con quien me juntaba, por lo que salía en televisión. Cuando veía que cuatro encapuchados habían entrado por las cloacas a un banco del barrio de Salamanca, se olía que tenía que ver conmigo. Mi abuela paterna también. Se imaginaban cosas pero no el alcance. Mi abuela me veía con mucho dinero y de viaje, pero no sospechaba que atracaba bancos. Me decía: “ten cuidado de que no salga nuestro nombre por ahí, que con tu padre ya la tuvimos”.

Me sorprende que con tanto despiporre no te engancharas a la cocaína, en plan Lobo de Wall Street.

La droga nunca entró en mi día a día. Lo utilizaba para ir de fiesta de tanto en cuando, con los colegas, pero yo tenía un trabajo fijo que no quería perder, me duchaba, hacía la comida… Nunca llevé ese tipo de vida. Para mí era un aperitivo, lo que me ponían con las copas. Pero si no tomo copas, no me meto rayas. No va con mi carácter. Además, ahora no podría ni aunque quisiera, porque estoy con la condicional.

Edward Bunker dice en todos sus libros, con diferentes frases, que “la culpa era de la sociedad”. La sociedad le trató con una violencia terrible, y le obligó a dejar de ser un niño.

Bueno, Bunker estuvo enganchado a la heroína inyectada. En aquella época no era tan fácil encontrar hipodérmicas, lo hacían con una aguja y un cuentagotas. Era otra época, y su familia estaba más desestructurada que la mía. Salvando la separación de mis padres, y lo de que mi padre fuese atracador de bancos, crecí en una infancia que quizás podría haber sido mejor, pero que no fue infeliz. Podría haber recibido una mejor educación, eso sí, podría haber estudiado… Pero no creo que a mí me hiciese así la sociedad. A mí me hizo así mi padre. Pagar con cárcel, estar separado de mi hijo, me ha hecho recapacitar bastante.  Si no tuviese un hijo quizás hubiese salido de la cárcel rebelde y con ganas de más guerra.

Una pregunta de neófito: con la de atracos que perpetraste, ¿por qué en el libro solo aparece el primero (abortado) y el último (cuando te trincaron)? ¿Es una decisión consciente, lo de omitir las victorias?

[ríe] Hombre, no. Es que yo estoy cumpliendo condena por esos dos. La policía me imputó siete. Pero solo puedo hablar de aquellos por los que fui condenado. De lo que no fui condenado, como no he sido, no puedo hablar. Se parecen mucho a los atracos que yo he cometido, eso sí. Pero los testimonios de los testigos no encajan con mi fisonomía, y los atracadores iban encapuchados, según se ve, así que tampoco pudieron identificarme en ninguno de los siete.

Resultat d'imatges de flako paredCuando yo era niño, en los años setenta, todo el día veía atracos por la televisión. Parecía el deporte nacional. No sé qué sucede, pero ya no se ven tanto.

Yo también lo recuerdo así. En Barcelona, sobre todo, había muchos atracos a bancos. También a furgones blindados, a joyerías… Yo te lo explico. En los años setenta, mi padre iba a tomar un café al bar, y de vez en cuando se encontraba a un amigo suyo  que le decía: “me voy a atracar un banco”. Y él tío iba, saltaba el mostrador, se llevaba siete millones de pesetas, y luego se iba a casa. O se iba al centro de Madrid, se hacía un banco y se llevaba catorce millones. Esto ahora es imposible. La seguridad ha aumentado. Antes el dinero estaba en los cajones, y las cajas fuertes iban con llave. Cogías al director o al interventor, le hacías abrir la caja, te llevabas el dinero y te ibas. Lo que antes se conocía como “un metesaca”. Pero entonces empezaron a colocar cámaras de seguridad y retardos en las cajas fuertes. Un retardo de una caja fuerte podía ser de unos diez minutos, en que tal vez tienes que retener a gente. Eso incrementa los riesgos y la exposición a un peligro, que es que te detengan. Siguieron habiendo metesacas, pero ya había menos dinero en los cajones. Cada vez hay menos dinero a disposición del cliente. Incluso existen códigos que tienen que mandar desde la central para validar operaciones como sacar 3000 euros. Todos esos impedimentos han conseguido que sea casi imposible atracar un banco. Es una razón técnica. Los retardos han aumentado hasta la media hora. ¿Tú sabes lo que es media hora encerrado en un banco reteniendo a gente? Una eternidad. La vez en que me detuvieron, en el Bankia de Pilarica 23, estuve casi 40 minutos encerrado allí dentro, con rehenes, registrando a los clientes. La gente que necesita dinero rápido ahora va a un salón de juegos o una gasolinera, pueden hacer 5000 o 6000 euros rápidos, pero nunca a un banco. Es un suicidio.

Un comisario os llamó “profesionales” y tú siempre has afirmado que robar bancos es un talento. ¿Qué le dirías al señor ese de Gandía de 62 años que hace poco ha atracado un banco a punta de pistola y se ha llevado 900 euros?

Al pobre hombre ese le diría que cómo se le ocurre ir a por dinero a un banco. Allí no hay dinero, ya lo he dicho antes. Se ha jugado de 4 a 6 años en prisión, por 900 euros. ¡A mí me metieron 4 años por un atraco en que recuperaron el dinero!

Otros criminales han dictado sus historias a otros para que las escribiesen. Pero tú, como Edward Bunker o Malcolm Braly, la has escrito tú mismo. Debes sentirte orgulloso.

Pues sí. Mi editor, Emilio Sánchez, una gran persona y amigo, me dice que tengo que seguir leyendo y seguir escribiendo como escribo. Sin mucha técnica, pero como me salen las palabras. Porque eso el lector lo valora muchísimo, me dice. Yo fui mejorando según iba escribiendo el manuscrito, gracias a los libros que me pasaban Emilio y Elías León Siminiani. Tomé estructuras de algunos libros que me pasaron ellos, pero contando mi historia. Aprendí a contar las cosas con más fuerza. Ahora estoy escribiendo una novela que va sobre el último atraco de mi padre, el que no llegó a hacer. Lo que no lo puedo hacer físicamente, me lo invento. Imaginación a tope.

Kiko Amat

(La versión abreviada y editada de esta entrevista se publicó originalmente en El periódico de Catalunya. Esta es la versión sin cortes. Copyright de Kiko Amat, compartan a placer, citen citando la fuente, etc.)

5 de true crime para Babelia

Un top 5 despampanante de crónica negra para Babelia de El País, que he escrito yo mismo con estas manitas.

Sant Jordi se acerca, y nada mejor que unos cuantos libros sobre CRÍMENES ESPELUZNANTES y ABERRACIONES SIN NOMBRE para celebrar la festividad.

Pidan auxilio inútilmente aquí.

Kiko Amat entrevista al FLAKO

También conocido como el “Robin Hood de Vallecas”, ex butronero de pro y autor de la fabulosa memoria delincuente Esa maldita pared (nuevo favorito de true crime nacional).

Lean mi entrevista para El Periódico aquí, si gustan. Difúndanla luego, y todo eso que se suele hacer.

Helter Skelter is coming (con un prólogo de Kiko Amat)

Antes de que acaben de contar “1,2,3,4,5,6,7, all good children go to heaven” ya habrá salido a la venta la esperadísima traducción española de Helter Skelter, de Vincent Bugliosi. Mejor libro de true crime anglosajón que he leido (y releído: cinco veces) en mi vida, descatalogado en España desde… 1976.

Esta obra maestra de la crónica negra escalofriante, best seller mundial inapelable, lleva, para colmo de la maravilla, en su nueva edición de Contra Editorial, un prólogo que ha escrito you-know-who.

Yo, hombre. Quiero decir yo. Quién va a ser. El prologuista enloquecido.

Tamaña genialidad estará en las librerías el 10 de abril. Comprénselo, y prepárense para dormir con una lucecita infantil encendida en su habitación de adultos hasta que pase el verano, lo menos.

True crime Pt.2: Charles Manson o el anticristo de los sesenta

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Los asesinatos rituales de Charles Manson y su “Familia”, en agosto de 1969, son una de las historias más hiperbólicas y tenebrosas del siglo XX. Dos libros de crónica negra (Helter Skelter, de Vincent Bugliosi, y The Family, de Ed Sanders) los narraron de forma tan reveladora como inquietante. El fallecimiento de Manson, así como una futura película de Quentin Tarantino prevista para el 2019 (y la edición española de Helter Skelter prometida para el mismo año), los devuelven a la palestra.

El día 9 de agosto de 1969, la policía de Los Ángeles respondió a una llamada en el 10050 de Cielo Drive, una remota casa residencial de Hollywood, y halló allí los cuerpos sin vida de cinco personas: la actriz y modelo Sharon Tate (mujer de Roman Polanski, embarazada de ocho meses); Abigail Folger, rica heredera de un imperio cafetero; su pareja, Wojciech Frykowski, aspirante a guionista; el peluquero de las celebridades, Jay Sebring; y Steve Parent, un estudiante de dieciocho años. Los cuatro primeros (Tate residente, los demás de paso) habían sido asesinados con una ferocidad que pedía a voces la etiqueta “crimen ritual”: las cabezas de las víctimas cubiertas con fundas de almohadón; sogas atadas al cuello uniendo a dos de ellas; un mensaje garabateado con sangre en una puerta (“PIG”); heridas de arma blanca demasiado numerosas. Un solo día después el LAPD se enfrentaba a un crimen similar no muy lejos de allí, en el 3301 de Waverly Drive: el opulento matrimonio LaBianca, Leno y Rosemary, yacía bañado en sangre, apuñalado de forma despiadada (12 veces él, 41 veces ella), las cabezas cubiertas con fundas de almohadón e indicios de chocante liturgia en el m.o. (profusión de grafiti sanguinolento: “Rise” y “Death to pigs” en las paredes, “Healter [sic] Skelter” en la nevera, “WAR” en el abdomen de Leno LaBianca, de donde sobresalía un tenedor hincado).

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Usted, lector inteligente del suplemento más audaz, a estas alturas del texto ya habrá conectado ambos crímenes. Podría hacerse sin consultar otra cosa que el Manual de los Jóvenes Castores y medio Agatha Christie. Y sin embargo, los pies planos de Los Ángeles, en una metida de pata que pasaría a los anales de la ineptitud policial, tardaron cuatro meses en, primero, relacionar los dos homicidios, y, segundo, dirigir la acusación hacia un fulano llamado Charles Manson, especie de profeta chaparro y chuloputas de pies mugrientos que llevaba meses delinquiendo por la zona junto a una zarrapastrosa secta campestre llamada “The Family”. Correremos aquí un telón puntual ante la ineficiencia policial para centrarnos en lo que, aunque tarde y medio por casualidad, destaparon los superdetectives de Hollywood en los ranchos Barker y Spahn, remotos zulos de la Familia.

Juntos como hermanos, miembros de una secta

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/0/00/Charles-mansonbookingphoto_%28enlarged%29_1971.jpgLa Family era un monstruo belicoso nacido de la razón hippy. El yang chungo de la Era de Acuario. Toda la superchería pseudo-zen, la majadería antipsiquiátrica, el barboteo infantil de los flower children de los 60 y su vulnerabilidad congénita, quizás generacional, se encontraban patas arriba en la familia Manson, como un reflejo maligno no solo del haz-lo-que-quieras de los sesenta, sino también de la sociedad del espectáculo y la molicie yanquis. “Solo soy un reflejo de vosotros”, anunció Manson en una de las vistas del juicio. Sus acólitas, como de costumbre, corearon un “amen”. Sí: los discípulos de la Family, en su mayoría prófugas adolescentes de hogares de clase media, más unos pocos cazurros reclutados entre lo más tirado de la escena motora local, parecían besar los antihigiénicos pinreles de aquel media cerilla manipulador y verborreico: Charles Manson, alias “Jesucristo” y “Dios” (como él mismo, en un momento de humildad, se bautizó al ser arrestado).

A los futuros miembros debió sonarles bien: una microsociedad basada en la paz, la fraternidad y el fornicio, alejada de la alienación y las guerras. Muy bien, vaya, si juzgamos por la cantidad de jóvenes que abandonaron a sus familias o maridos, arrastrando con ellos a niños (y algún padre, como Dean Moorehouse, el párroco de 47 años renacido en mansonita triposo) hacia aquel conciliábulo pagano donde todo era de todos, reinaba el sexo libre y el niño era considerado rey. No tardarían en descubrir que lo poco que había era más bien de Charlie, que el “sexo libre” eran orgías infamantes y que el niño Rey tenía un cierto parecido al Damien de La Profecía.

Because happiness is a warm gun, mama

Ustedes se preguntarán cómo pudo Manson, ratero de cuarta, swami de pacotilla y hippy enanito, erigirse en omnipotente Mesías de aquella patulea de extraviadas Janis Joplins y moldearlas en homicidas sin corazón. El error habitual empieza con tildar a Charlie de hippy, cuando en realidad era un delincuente común de mediana edad que había pasado entre rejas la mitad de su vida (perdiéndose los 60), y a quien liberaron en el apogeo del Verano del Amor. Charlie, cual coyote a dieta de colesterol que de repente dejan suelto en un gallinero, no tardó en coscarse de que podía aplicar la labia de proxeneta, los métodos de control mental (aprendidos en prisión), las veleidades artísticas (se las daba de cantautor) y la vena violenta para llevarse al huerto a una bandada de edípicas exmajorettes rebotadas de la cuna.

Sanders le describe al principio como “un mugriento hombrecillo con labia y una guitarra que sableaba a las chavalas mediante misticismo y cháchara de gurú”. Hasta ahí todo en orden; California estaba llena de pájaros así. Lo que diferenciaba a Manson del resto de charlatanes eran su sociopatía, su amoralidad, su esencia camaleónica (se llamaba a sí mismo “el hombre de las mil caras”; su discípula Ouisch le describió como “un cambiante”) y, por encima de todo, su “credo”, que sonaba más o menos así: “la raza negra se alzará un día y pasará a cuchillo a los CERDOS (la raza blanca); hay que empujar a los negros a que hagan eso, ¿vale, troncos?, porque la sociedad carroza está corrompida, kaput, y tal; cuando el Helter Skelter (o armagedón) llegue a su fin, una panda elegida (nosotros) emergerá del Agujero Sin Fondo (una jauja subterránea donde debemos multiplicarnos hasta ser 144.000 miembros, o sea que iros poniendo en fila, chatas) y subyugará a los negros, que son, emm, una raza inferior. ¿Cómo sé todo eso? Me lo han dicho los Beatles. No, en persona no. A través del White Album. Resulta que son los cuatro jinetes del Apocalipsis. Sí, Ringo también. Que sí, leches, que está todo en el disco: los “cerditos” van a morir en el “helter skelter”, a manos de un “pájaro negro”, cuando llegue la “revolución”. O algo así. ¿No? Bueno, hay que leer entre líneas, hermana. Abre tu mente. Y tus piernas”.

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De izquierda a derecha: Squeaky, Sandy Good, Ouisch y Cappy, de vigilia en la entrada del juzgado, 1970

La monserga mansonita, ya ven, mezclaba Beatlefilia con jeta, lascivia, locura, cienciología y enseñanzas pseudobíblicas, que su “Dios” tangible impartía mediante tácticas de desorientación realmente admirables (desde un punto de vista técnico). Como afirmó Bugliosi en Helter Skelter, Manson “tenía un talento especial para capitalizar los traumas y anhelos de la gente”. A las chicas nuevas las iniciaba con un infalible cóctel de guantazos, coitos degradantes, aislamiento forzoso y drogas por un tubo (repartía LSD como el que pasa el bol de Conguitos). Cuando las pobres chiquillas se hallaban ya en estado “sugestivo”, CM les impartía charlas de extensión fidelcastriana sobre “rendir su ego” y “dejar de existir”. Tras varias peroratas de ese jaez, las adolescentes no sabían dónde terminaban ellas y empezaba el tipo aquel. Si alguna expresaba dudas, el gurú reiniciaba el ciclo, salpimentándolo con alguna de sus tranquilizadoras máximas: “el sinsentido tiene sentido”, “la paranoia total es la lucidez total”, “la muerte es el mejor amor” y, hablando claro, “begep flagaggle vaggle veditch-waggle bagga” (sic).

¿Y que hacían las chicas de Charlie, una vez programadas? Más allá de ejercer de harén 24/7, su margen no era muy amplio: le tejían chaquetas, recolectaban basura comestible de supermercados, engendraban criaturas de nombres extravagantes (“Zezozose Zadfrack Glutz”), se sometían a sus jueguecitos jode-mentes o rondaban por las colinas asustando al vecindario (los famosos “creepy crawlies”). Y mataban, naturalmente. Los hasta cierto punto inofensivos creepy crawlies degenerarían en los asesinatos Tate y LaBianca, cuando Manson instó a sus discípulos a pasar a la acción y desencadenar el “Helter Skelter” (el nombre de, ejem, un tobogán inglés, aunque nadie osó corregirle). Es indudable que CM creía de veras en aquella mamarrachada, pero la selección de algunas víctimas se hizo por motivos más terrenales: Manson apuntó hacia Cielo Drive, por ejemplo, porque allí había residido Terry Melcher, el productor pop de los Beach Boys que se negó a convertirle en superestrella.

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Atkins, Krenwinkel y Van Houten, pasándolo de fábula

Los Beach Boys. Han leído bien. Su batería Dennis Wilson tuvo a La Familia de gorra en su mansión, de hecho (gastó con ellos 100.000 dólares, aparte de pagarles “la factura médica por gonorrea más alta de la historia”), y ofició de valedor de Manson ante la aristocracia del pop angelino. Es esa conexión pop-bizarra, tan friqui y sesentera, la que hace de la saga Manson algo incomparable: el papel de los Beatles (CM llegó a intentar llamarles por teléfono; no se sabe si dejó recado); el espíritu ario-paleto-biker de La Familia; su aberrante machismo (las mujeres “no tenían alma”, eran “esclavas super-conscientes” que servían a los machos); las prohibiciones estrambóticas (ni gafas, como en la Camboya de los jemeres rojos, ni libros); los ritos seudocristianos (Manson gustaba de representar las estaciones de la cruz cuando todo el mundo -menos él- iba de tripi); los tests de obediencia y los “milagros” (que CM siempre realizaba, menuda casualidad, tras distribuir cantidades generosas de LSD: “resucitó” a un motora a quien había ordenado “morir”, o “regeneró” su propio pene tras habérselo “cortado” con un machete). Y un extenso y pero-qué-me-estás-contando etcétera.

El anticristo de los 60

No necesitan que les recuerde cómo terminó el embrollo que pondría el clavo definitivo en el ataúd de los 60’s. La justicia condenó a cadena perpetua a los seis miembros de la Familia que habían participado de forma directa en las atrocidades de Cielo y Waverly Drive: por el lado femenino, la famosa tríada de Mansonettes cuyas imágenes de época, todo cánticos enajenados y sonrisas hebefrénicas, aún provocan escalofríos en la cerviz: Susan “Sadie Mae” Atkins (Chiflada #1 del cotarro), Patricia Krenwinkel y Leslie Van Houten. Y por el masculino, “Clem” Grogan, que tenía el coeficiente intelectual de un berberecho no muy sagaz, y el apolíneo “Tex” Watson. Linda Kasabian, la séptima participante, sin delitos de sangre en su haber (solo conducía el coche), gozaría de inmunidad tras identificar a los asesinos, y su apellido se convertiría con los años en sinónimo de apestoso rock inglés.

El célebre arresto en el Spahn Ranch, en agosto de 1969.

Las reverberaciones, tanto de los crímenes y juicios como de las actividades de la Familia no encarcelada, así como de las numerosas secuelas, precuelas y crímenes paralelos que se les irían atribuyendo durante la década de los 70, se extenderían hasta el siglo siguiente y más allá (culminando hace unas pocas semanas con la muerte de su lidercito), y son demasiado complejas para analizarlas aquí. Mencionemos solo que la pelirroja de armas tomar (y nunca mejor dicho) Lynette “Squeaky” Fromme trataría de pegarle un tiro al presidente Ford en 1975 (envuelta en una túnica roja y un gorro de… ¿elfo?) y jamás renunciaría a Manson. Y, sépanlo, campa libre aún por un pueblo del Estado de New York (aunque tiene 70 años; sería fácil reducirla). Lo demás está en esos dos maravillosos libros. Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, 20 de enero del 2018)