Huracaneando, Pt.2

Y seguimos con más entrevistas y reseñas que han ido apareciendo sobre Antes del Huracán. Les incluyo solo algunas de mis preferidas, y entre las que cuelgan de la red. Iñaki Ezquerra nos hizo una espléndida reseña en El Correo Español, por ejemplo, pero por desgracia no está disponible online.

Esta es la doble pagina que nos dedicó Rafa Tapounet en El Periódico. En la versión online no se ve que era una doble página, naturalmente. Pero lo era, y de lo más fastuosa. Grandes preguntas, además.

Esta es la de Matías Néspolo en la sección de cultura de El Mundo, edición para toda España.

Esta es una buena entrevista que me hicieron para el Arainfo, el diario libre de Aragón, a mi paso por Zaragoza.

Esta es una de las mejores entrevistas que me han hecho recientemente. Muy íntima, muy bien transcrita. Nunca adivinarían donde salió, ni de que modo. Se lo diré: a página completa en el Sport. Posiblemente la entrevista sobre Antes del huracán que más leída ha sido en los bares del Baix.

Nunca hubiese creído que llegaría a pasarlo bien en un late show. Me visualizaba más como Harvey Pekar en modo cangrejo ermitaño (faltoso) cuando aparecía en el show de Letterman. Pero inopinadamente, y para sorpresa de mis allegados, heme aquí pasándolo pipa, desenvuelto como un pachá intoxicado y contando historias de pajas junto a David Broncano en La Resistencia.

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Antes del huracán en la librería Cálamo (Zaragoza)

¿Tengo lectores zaragozanos y aragoneses? Santo cielo, espero que sí.

En todo caso lo voy a comprobar en mis magulladas carnes mañana mismo, jueves 17 de Mayo, cuando me presente en la librería Cálamo para hablar de Antes del huracán. En esta ocasión me presenta julio José Ordovás.

Los detalles de la cosa están en este pasquín tan elegante:

Librotea: las ocho lecturas que hicieron Antes del huracán

Los de Librotea acaban de publicar la lista de lecturas que, al margen de todo lo que ya residía en mi azotea, hicieron al Huracán. Pueden leer la selección final aquí, espléndidamente editada para el formato de la web (y con una foto mía del 2007, lo que siempre resulta más agradable de ver que el rostro actual).

Si desean cotejar y exegetizar el texto original, no tienen más que seguir leyendo. Pues esto es lo que les mandé (solo para completistas, cotillas, bibliómanos y locos de las listas):

1) El club de los mentirosos, Mary Karr

Las peripatéticas desventuras sureñas de dos hermanas, un padre noblote y una madre bohemia al borde del brote psicótico. Me ayudó a contar el desvarío materno y la angustia infantil de la sección de Antes del huracán que transcurre en 1982 sin histrionismos ni autocompasión ni cursiladas. Frase limpia. Ni juicio ni opinión del autor. Entiendes a la madre, incluso cuando está a punto de apuñalar a Mary. Leí este libro hace tiempo, justo después de terminar el Mientras escribo de Stephen King (quien decía que El club de los mentirosos era, poco más o menos, la mejor memoria jamás escrita). Hemos sido inseparables desde entonces, y la relectura de la reciente traducción española (en Errata Naturae / Periférica) no hizo más que confirmar lo que ya sabía.

2) The elements of style, William Strunk Jr. & E.B. White

Es un manual de estilo norteamericano de 1959. Vonnegut lo adoraba, siempre decía que contenía todo lo que había que saber sobre estilo, y es cierto. Me ayudó a recordar cosas como: “la escritura vigorosa es concisa”. “Omite palabras innecesarias”. “No sobre-escribas”. “Evita las palabras ornamentales”. “Sé claro”. “No opines”. “No expliques demasiado”. “Escribe con verbos y nombres, no con adjetivos y adverbios”. Y para mí el mandamiento decisivo, y que hace unos años cambió radicalmente mi modo de escribir: “Colócate al fondo” (o, dicho de otro modo: que tu temperamento y estado de ánimo -o gustos personales- no se inmiscuyan en la novela).

3) Elling. El baile de los pajaritos. Ingvar Ambjornsen

Es la segunda parte de una trilogía tragicómica sobre un enfermo mental, Elling. Su vida en la institución psiquiátrica y su relación con su amigote, el grandullón y simplón Kjell Barne, y la forma triste y dulce en que se explica, fueron una de las primeras inspiraciones de Antes del huracán. Luego cambió, cuando entró la idea de Plácido, el mayordomo, que naturalmente saqué de…

4) El código de los Wooster, P.G. Wodehouse

Y de toda la serie Jeeves-Bertram. Aunque en realidad Wodehouse también lo sacó de otra tradición, de origen quijotesco. El amo pirado y el sirviente capaz. Es un arquetipo universal. Y su relación de cariño, de apreciación mutua, que les lleva a través de sus cuitas y pesares. Antes del huracán quiso ser, al principio, un libro de humor leve al modo Wodehouse. Pero entonces apareció la infancia de Curro, y secuestró el 70% del libro, y lo volvió todo mucho más triste.

5) Pelo de zanahoria, Jules Renard

Con él aprendí a contar a una familia sin miedo a que sus integrantes resultaran poco simpáticos. Ni siquiera el protagonista, el pelirrojo que le da nombre a la novela, se salva. Son todos pequeños, mezquinos y rabiosos; juntos empeoran, como los zumos de frutas macrobióticos. Mirar a una madre y un padre con ese desapasionamiento descarnado, solo observando, sin que interfiera el buenismo o las ganas de romantizar o dejarles mejor de lo que son… Todo eso es Renard. Y una de las dos citas iniciales de Antes del huracán es de aquí, claro.

6) Vida de este chico, Tobias Wolff

Me ayudó de dos maneras. Por un lado, remachó una vez más en mi cabeza la idea de narrar la familia, y al niño, sin grandilocuencias ni victimismo: contándolo como es, sin opinar. En segundo lugar, ayudó a arrancarme de encima, de una vez por todas, todos los tics pop y las inercias literarias que arrastraba de mi juventud. Frase limpia, y el párrafo que siempre termina dos frases antes de lo que dictaría la lógica. Siempre abierto. Mucho espacio. Nada de pirotecnia.

7) La hermandad de la uva, John Fante

En mis novelas anteriores predominaba la influencia del Fante de la época Bandini: más exclamatorio y excesivo, más opinador, con esa primera persona entrometida, esa voz histérica, hilarante, de la que no escapas. En Antes del huracán, sin embargo, influyó el Fante tardío, calmado y comedido. La forma en que el protagonista mira al padre -con dureza, rabia, odio y amor simultáneos- configuró la mirada hacia el padre de mi novela.

8) Harry Crews

En general. No solo por la forma en que cuenta cosas tremendas y brutales con esa voz sencilla, cortante, apasionada y contenida a la vez, sino también por su coraje narrativo, y por cómo pinta la lucha de escribir. Cuando me fallaba el empuje siempre pensaba (y pienso) en Crews. Un hombre solo, escribiendo cada día, sin desfallecer ni cesar, involucrado en un combate demencial contra sí mismo, sin prestar atención a nada de lo que sucede allí fuera. Crews siempre me alienta a seguir, contra toda oposición. Es mi vacuna contra el desánimo.

Connerland y el asombro: una carta abierta a Laura Fernández

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Querida Laura:

Hace un par de semanas terminé de leer Connerland. Siento no haberlo hecho antes, pero estaba escribiendo la mía y preferí mantener ambas cosas separadas. Ya sabes cómo es eso. Las sensaciones que me causó la lectura de tu nueva novela fueron varias, entre ellas la admiración, la maravilla, el júbilo y el extravío. Y una sensación adicional: el deseo de poner por escrito todas aquellas ideas, para que no se me olvidasen con el tiempo. O para que no se me olvidase decírtelas, tal vez. Así que ahí van.

Connerland me parece un libro gigantesco. Un rascacielos, de los neoyorquinos, de los que te desnucas escrutando, tratando de abarcar su altura con la mirada. Bizqueando, jurando. Es una novela de ambición literaria inabarcable. Desde luego una liga en sí misma, pese a ser Vonnegutiana hasta el delirio, Pynchonista hasta decir basta. Pero lo que coges de esos dos lo coges como los yanquis tomaron del cricket para montarse lo suyo en el béisbol. Haciendo algo nuevo, algo rápido y reluciente, quizás incluso aumentado, para otro tipo de gente en un mundo nuevo. Inventando reglas flamantes por el camino. Convirtiendo tus influencias en un pariente lejano de quien ya no esperas cartas.

Me parece, por añadidura, el libro más autobiográfico que has escrito. En la página 337 incluso se te escapa toda tu weltanschauung de la literatura y la vida, y casi confiesas en primera persona, olvidando por un momento que quien hablaba era un personaje, lo difícil que te ha resultado encajar en este mundo; a ti, personalmente: Laura Fernández. “Toda aquella sensación de que para todos los demás todo parecía tan fácil y para  mi era tan difícil”. Esa parte me conmovió, también porque te vi a ti en ella, naturalmente. Porque vi la forma en que creciste: un poco sola, un poco marginada de las cosas, sin mucha presencia familiar, sin un millón de amigos, un poco a tu bola, perdida en Terrassa: como uno de esos cactus recalcitrantes que casi no necesitan nada para sobrevivir. Solo libros, en tu caso. Solo un puto mundo dentro de la cabeza. Mucho mejor que el real, eso no hace falta decirlo. Se te vuelve a escapar en la página 231: “en realidad, ella siempre tuvo suficiente con aquel puñado de páginas. Aquel puñado de páginas era lo único que le importaba”.

Creo que nadie en este país podría haber escrito un libro como Connerland. Es una locura de novela. Se dice a menudo, lo de la “locura de novela”, casi se ha convertido en cliché, pero en este caso no podría ser más cierto. Es una obra exuberante, desaforada como ella sola, impredecible como un esquizofrénico en pleno ataque de furia berserk. Es una obra desorientadora también, supongo que de un modo buscado. Por eso creaste miles de personajes y tramas y subtramas. Yo había leído en algún lado por dónde iban los tiros en Connerland, así que me adentré en la novela como Willard en el Mekong: perdido, anhelante y, en ocasiones, temeroso de lo que iba a hallar entre la espesura. A mí, ya lo sabes, la desorientación en novelas no me encanta. Nunca he sido capaz de disfrutar a Pynchon (y le he dado cuatro oportunidades, o sea que por mí: caso cerrado). Lo que me gusta es la frase limpia, las costillas a la vista, la visión no juiciosa, la ausencia de apotegmas y aforismos ingeniosos. Sin adornos, sin laberintos y, por descontado, sin bustos de su creador a cada recodo.

Pero en Connerland esas desorientación y abundancia selvática (ocasionalmente hostil) me hacían maravillar: pensaba en el proceso de escritura, y lo diabólicamente complejo que debía resultar organizar ese jaleo de gente y hechos y mundos y nombres y apellidos extraños. Y sobre todo pensaba en la mente laberíntica y embrollada en sí misma que había levantado todo aquello de la nada; donde antes no había una maldita cosa. O una “cosa del demonio”, que escribirías tú. Solo la mente de alguien que “estuviera, en algún sentido, condenado a no encajar”, como afirmas en el libro, podría haber levantado algo como Connerland. Alguien con el alma triste, chamuscada de soledad y separación, que pasó demasiadas tardes observando con una mezcla de abatimiento y odio la alegría fácil de los normales. Alguien que decidió inventar un mundo, ya que no le permitían pasar al “normal”. Un mundo que estaba en todas aquellas páginas.

Resultat d'imatges de laura fernández escritoraA ratos, lo admito, mientras avanzaba con la lectura sufría yo algún conato de confusión airada, porque no recordaba algún personaje o aparecía alguien de quien no recordaba el pasado, o sus motivaciones, o simplemente el nombre. Pero eso ya es mi patología. Por eso nunca leo a los rusos: hay demasiados transeúntes; es una habitación demasiado llena, una fiesta donde has invitado a media ciudad por si al final no venía nadie. Y sin embargo mi sensación prevalente al leer esta, tu última novela, era el aplauso y la reverencia constantes. Incluso jaleé de pie en algún momento (lo admito), bailé una pequeña jiga de pleitesía, de respeto, de cómo-leches-ha-hecho-eso. En determinadas páginas, al observar un quiebro, una nueva revelación, me sorprendí carcajeándome de puro asombro, perplejo y contento, como si acabara de ver algún truco de magia de esos que te dejan de pasta de boniato porque desafían todas las leyes físicas. ¿Dónde ha ido el tractor? ¡Hace un momento estaba debajo de la tela! Connerland es así. Un truco muy bestia y muy trabajado, que no puedes entender de dónde carajo sale. Que no quieres entender de dónde sale.

Al igual que la magia, la escritura tiene unas normas y unos trucos. Unas instrucciones de uso, basadas en el sentido común y la intención de claridad y legibilidad. A mí, también lo sabes, me gustan esas fórmulas. Me gusta que existan maneras probadas de desbrozar el sendero, de ponérselo fácil al que viene detrás (el lector, quiero decir). Pero también me gusta que de repente venga alguien y exclame que no nos preocupemos, que prefiere andar por entre los cardos. “Pero, pero, ¿y los demás? ¿y los que vienen detrás?” (sería mi balbuciente pregunta). Los demás ya se apañarán, que ya son mayorcitos (sería tu tajante respuesta). Vete a saber: quizás adoran andar entre cardos. O topar con cruces de caminos y encrucijadas y laberintos. O perderse. O darse de narices con gente nueva, desconocida, a cada recodo. Quien ha escrito Connerland es alguien que conoce las fórmulas, que ha devorado los consejos del Maestro King en Mientras escribo, pero que a la hora de ponerse a escribir ha decidido ignorar un buen puñado de ellos. ¿Cuidado con los adverbios? Tú has moldeado un coloso a base de ellos. Decididamente. Dolorosamente. Estupendamente. Otro autor se hubiese matado con todos esos -mentes. Tú no. Tú no te la pegaste porque tú habías creado un nuevo tipo de lenguaje. Porque los consejos de los maestros ya no te servían. Porque habías pasado demasiadas horas en habitaciones cerradas, sola, para atender ya a las fórmulas de otros.

Voy a repetir algo que dije un poco más arriba: nadie en este país podría haber escrito un libro como Connerland. En un mundo literario de copiones, mediocres, columnistas-con-novelita y blandos y, peor aún, normales (puaf), Connerland es un triunfo de la demencia, la rareza, la pena del no encajar, el mundo privado que se convierte en un universo que lo devora y lo incluye todo. Un libro que se ha escrito siguiendo unas propias normas y atendiendo a unos propios héroes, sin mirar a la actualidad o a los vecinos o a lo que está literariamente en boga. Aislados, siempre aislados.

Pero aislados en un punto superior. Te hablo del cambio de liga y de categoría, pese a lo mucho que me asquea y deprime el deporte. Te hablo del momento en que un artista hace algo que nadie esperaba, el sprint, el doble mortal, el solo de guitarra, la desaparición del tractor bajo la tela. Y solo el público se asombra, arrea codazos, aplaude con ojos como faros antiniebla. Porque ellos creen que eso sale de la nada, que ha brotado mágicamente. Pero tú, el perpetrador, sabes que tu desmarque viene de muy atrás: de horas y horas enclaustrado en aquella habitación cerrada, desoyendo a la prole y a las redes sociales y también a los ritos sociales, mejorando, depurando tu estilo, tomando notas, escribiendo. Mientras las demás mamás se juntan en los parques infantiles tú vas alimentando a tu ambición. Recluida en el torreón de tu cabeza. Y entonces sales de la habitación y muestras esto. Y hay Ooohs y Uuuuhs. Otros autores de tu misma generación podrían haber escrito La chica zombie (y era un libro excelente). Pero Connerland… Bien, Connerland es otra cosa. Con esa ya no te pillan. Los has dejado atrás, tosiendo entre la polvareda.

Ya casi he terminado. Quiero expresar una sola cosa más: a menudo leo libros que me golpean en la nariz, que me enamoran y sacuden, porque hablan con una voz que es la mía, porque utilizan unas herramientas sacadas de un cobertizo que se parece al mío. Porque vienen de mi país mental; son paisanos, por decirlo de algún modo. Pero otras veces, las que menos, leo un libro que no se parece en nada a nada de lo que hago. Que pese a brotar de la misma separación, del mismo aislamiento y alienación, de la misma rabia y frustración de periferia, utiliza otros códigos, transita por otros parajes, levanta otro tipo de casas. Connerland es así. Una maravilla que viene a mí de un país lejano, algo que me han traído los conquistadores del otro lado del océano. Y aunque lo sostengo en mi mano con cara de perplejidad, porque aquello ha escupido algo en su idioma pagano, o ha bailado una danza sincopada de la que desconozco los códigos, no dudo ni por un momento de que poseo una maravilla. Una cosa preciosa y muy rara que sale de la mente más inusual de por aquí.

Connerland es lo mejor de tu generación. Con enorme diferencia. Me llena de orgullo y alegría que alguien, que tú, hayas escrito algo así. Algo tan… grande.

Te felicito y te mando un beso. Y una ovación, de las de pie.

Tuyo,

Kiko Amat

MIKITA BROTTMAN: “La mayoría de los clásicos son terriblemente aburridos”

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Los lectores no son mejores personas. Los escritores menos aún. Leer puede ensanchar horizontes, pero también puede encerrarnos en una mazmorra mental. Los clásicos del canon suelen causar migraña. Se puede ser infeliz en una habitación llena de libros. Todo esto y más en Contra la lectura, de Mikita Brottman.

El pintor y escritor Wyndham Lewis justificaba la superioridad de su gusto artístico afirmando que coincidía con el de Dios. “Aquello venía a decir”, diría John Carey, “que sus preferencias culturales no eran meras preferencias, sino el equivalente a leyes cósmicas”. Lewis creía en la atemporalidad de los valores estéticos y la superioridad intrínseca de la “gran literatura”. Siguiendo ese razonamiento, negar la calidad de los clásicos o afirmar que son aburridos, o incomprensibles, o que “solo sirven para envolver pescado” (como se decía en Yo, Claudio) rozaría la herejía. La lectura de “buena” literatura es buena para ti, y punto.

Mikita Brottman desafía dicho mandato. Doctorada en Lengua y Literatura inglesa en Oxford, esta inglesa ha desmontado las supersticiones asociadas a la lectura en Contra la lectura (Blackie Books). En él afirma que los clásicos “suelen resultar poco satisfactorios, están sobrevalorados y es improbable que ofrezcan algo más que un dolor de cabeza”. Que “no hay libros que “debamos” leer”. Y que los Cuentos de Canterbury son “como un episodio de El show de Benny Hill de ambientación medieval”. Herejía pura y dura.

En tu libro afirmas que los libros te inculcaron “absurdas ideas sobre el romance”, aumentaron tu separación del mundo…

Creo que eso es algo que no le sucede a todo el mundo, y yo formo parte de una minoría, pues fui una lectora muy precoz. Estoy segura de que el analfabetismo es un problema mayor que los problemas derivados de la lectura. Lo que sucede es que de lo segundo nunca se habla. El énfasis siempre se pone en la lectura por sí misma, pero no se habla de qué libros lees. El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente, todo el romance victoriano, Jane Austen… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias.

Proponer un argumento “contra la lectura” es escandaloso, incluso en nuestros días. Algunas cosas aún parecen intocables.

Para mí es más fácil hacerlo, porque soy profesora de literatura. Tengo más margen para decir que odio ir a representaciones de Shakespeare, que nunca he terminado Finnegan’s Wake. Muchos profesores de literatura no se atreverían a confesar eso, porque son la gente que decide cuáles son los “clásicos”, y si la fetichización de Finnegan’s Wake viene de alguien es de ellos. Pero ¿cuánta gente es realmente capaz de disfrutar la lectura de Finnegan’s Wake? Quizás algún día seré capaz de apreciar el lenguaje y abarcar la intención de Joyce, pero quizás no. Quizás sea un esfuerzo inútil. Joyce no es para todo el mundo, y pretender lo contrario es una insensatez. La mayoría de clásicos no son solo difíciles en términos de lenguaje, sino increíblemente aburridos. Nunca sucede nada en ellos. Me cuesta entender por qué a tanta gente le gusta (o dice que les gusta) Don Quijote. A mí nunca me ha gustado lo más mínimo. Con los “clásicos” ha sucedido lo mismo que con el concepto de “familia”: se ha sacralizado. No puedes decir nada en contra de la familia. Es un pecado gravísimo. Creo que eso es una degeneración del liberalismo, de intentar construir una sociedad mejor, llena de gente más culta, que disfrute de la cultura y las artes. Pero si miras a los ejemplos de forma individual te das cuenta de que no son particularmente enriquecedores. A nadie le gustan de verdad, pero nadie se atreve a decirlo.

Resultat d'imatges de "mikita brottman" contra la lectura

Nick Hornby se queja de que se ha universalizado la idea de que los libros “difíciles” son mejores, y que a no ser que estés rompiéndote la cabeza no estás recibiendo conocimiento.

A mucha gente nunca le ha sucedido lo de estar absorto en un libro, y no ser capaz de dejarlo, y estar deseando leer qué sucederá en el siguiente capítulo, porque los únicos libros que han leído son los que les obligaron a leer en la escuela. Y por supuesto nunca los disfrutaron. Así que jamás han escogido un libro ellos mismos, jamás han accedido a la experiencia de amar un libro. Y eso es algo muy triste, porque al final se trata solo de eso: de que te gusten. Para eso sirven los libros: para disfrutar. Los libros tienen el potencial de proporcionarte más placer que cualquier otro tipo de medio, incluyendo el cine o la música. Se pone mucho énfasis en que la literatura posee innumerables cualidades positivas potenciales además de proporcionar placer. Como si dar placer no fuese suficiente. Se dice que una educación humanística ayuda a la gente a entrar en Silicon Valley, o en ingeniería, o lo que sea, en lugar de decir: hey, quizás esto solo va de placer y punto. A lo mejor no tiene aplicaciones externas. A lo mejor solo deberías estudiar literatura porque te lo pasas bien. ¿Todo tiene que retrasar el Alzheimer, o afectar las neuronas de tu cerebro, o ser “bueno” para ti?

“Los libros no te hacen mejor persona”, es algo que repites a menudo en el libro. Hitler leía mucho.

Los libros no son el autor. Muchos libros, por lo que dicen sus páginas, te dan ganas de conocer a quién los escribió, pero aprendes pronto a disociar ambos conceptos. En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James [ríe]. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos.

Yo era un freak antes, lo admito, pero escribir novelas solo ha hecho que aumentar mi friquidad. Me ha metido hacia dentro, en lugar de hacia fuera.

Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un sicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan.

Lo de que deberías leer tal libro siempre suena a amenaza encubierta, como el “consejo” de una madre pasivo-agresiva.

“Deberías leer” es, en efecto, una orden. No mereces pertenecer a una sociedad culta hasta que leas esto o aquello. Pero eso no solo sucede con los clásicos. También se da en esos libros que se ponen de moda en un momento dado, como los de Karl Ove Knausgaard o Elena Ferrante. Tiene lugar una presión mediática y social para que todos leamos lo mismo. Pero yo no los leo. El hecho de que se hable tanto de ellos me causa rechazo. Quizás los lea en diez años, cuando ya no estén de moda. La presión social me desalienta.

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El canon de la alta cultura me parece clasista y elitista.

Sin duda. Pero nunca se verbaliza de ese modo. Siempre se disfraza de filantropía y justicia social. Lo peor es cuando se te dice que te “encantará” ese libro, pero tú sabes que no va a ser así. Te lo dicen porque a ellos les gusta, y ellos asumen que eres como ellos, o como mínimo deberías serlo, porque ellos son los cultos y sofisticados y sus gustos deberían ser los tuyos. Es algo que se te impone. Mucha gente se horroriza al escuchar que leo libros de terror, y biografías de celebridades, en lugar de alta literatura. Es absurdo. La gente debería leer lo que les proporciona placer. Tememos que nos pillen leyendo algo inapropiado para nuestro personaje, o imagen pública. Dejamos sobre la mesilla del salón los libros que queremos que los invitados vean que estamos leyendo. Es una forma muy anticuada de pensar.

Existe un problema añadido con los clásicos: no solo estás obligado a leerlos, sino que debes leerlos de la forma “correcta”.

Y en la edición adecuada. Y no te saltes las descripciones. Ni se te ocurra escucharlo en un audiolibro. O traducido. A menudo me preguntan si me gustó un libro concreto, y cuando digo que no, la conversación pasa a otro tema. Pero a mí me gustaría hablar largo y tendido sobre por qué no me gustó. Especialmente si no me gustó en absoluto. Me encanta ese tipo de conversación. Las razones por las que no nos gusta algo a menudo son más interesantes que las que esgrimimos cuando algo nos gusta. Pero alguna gente se toma ese desagrado como un fallo por tu parte: algo que no pudiste hacer. En realidad lo interesante es cuando encuentras algo que odiar en una obra de literatura, y no solo lo engulles sin más. Odiar positivamente es muy interesante.

A mí me enerva cuando escuchan las abundantes razones sobre por qué odias ese libro, pero al final te espetan que no puede ser. Que lo has leído “mal”.

Cuando te dicen eso suena como si hubiesen descubierto que tienes un fallo de carácter. Antes de descubrir que Guerra y paz te parecía un ladrillo pensaban que eras un tipo decente, pero ahora que has confesado… Se te ha visto la tara. Conozco a alguien que hace exactamente eso cuando le digo que no he leído algo. Desorbita los ojos y luego exclama: “¿Que no te has leído Guerra y paz?” O sea, horrorizado. Explotando de indignación, como si fuese la cosa más espantosa que han escuchado jamás, y que tienes que solucionar de inmediato.

Si yo fuese psiquiatra diría que eso es un complejo de inferioridad que sobrecompensa, por pura inseguridad cultural.

Tiene también un punto de dominación, de marcarte un punto. Pero desde luego es inseguridad cultural disfrazada, de eso no cabe duda.

¿Tus argumentos contra la lectura podrían aplicarse a cualquier actividad solitaria llevada a un extremo? Quizás leer doce horas al día sea malo para ti, pero también lo sería hacer pulsos.

Sí, pero la gente no se pasa el día diciendo que hacer pulsos es bueno para ti [sonríe]. O que hacer pulsos te hará crecer como persona. Las campañas contra la lectura me tocaron la fibra de una forma particular, porque hablaban de la actividad que yo practico de un modo que no reconocía. Pero tienes razón: todas las actividades llevadas a extremos, incluso las que teóricamente tienen que sentarte bien, como el yoga, o ir a la iglesia, o ayudar a ancianas, pueden aislarte del resto del mundo.

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Mucha gente utiliza la palabra “escapismo” de un modo derogatorio, como si escapar de este mundo a través de la fantasía fuese condenable. Pero John Carey dice que “el escapismo es una necesidad humana básica”.

Es cierto. Por añadidura, existen muchas formas perniciosas de escapismo, como el alcohol y las drogas. La lectura, por comparación, es mucho mejor. Es relativamente barata, no es adictiva… Es un vicio que puedes llevar demasiado lejos, como digo en mi libro, pero hay vicios mucho peores. La gente necesita escapar de la realidad. Llevé un club de lectura en cárceles de máxima seguridad, y te aseguro que escapar a través de la lectura era esencial para los presos. Para ellos los libros son una forma de escape imprescindible. Muchos de ellos no saben ni qué es internet. Ellos me enseñaron el valor de cualquier libro que te permita evadirte de tu realidad. Los libros de viajes, o de aventuras… Imagina el efecto que puede tener eso en una mente presa.

Tu libro establece un punto fundamental: que aquellos “clásicos” fueron escritos por y pensados para gente muy distinta a nosotros, en un mundo radicalmente distinto.

Me parece chocante que nunca se hable del contexto histórico, que es lo primero que tendría que considerarse antes de leer un clásico. Dickens era la cultura pop de su tiempo, y la mayoría de sus trabajos aparecían serializados en revistas: él era las series de Netflix de entonces. Tenía que extender artificialmente sus novelas porque le pagaban por palabra. Incluía personajes, y no paraba de adjudicarles nuevos rasgos, y de hacerlos aparecer y desaparecer, porque quería que duraran el máximo posible. Lo mismo con Joseph Conrad, que publicaba en revistas juveniles. Es difícil de imaginar, porque sus trabajos tienden a ser complicados y reflexivos, pero para empezar la gente tenía otro gusto, y además, como he dicho, estaban serializados. Solo leías una decena de páginas de golpe, y entonces esperabas al siguiente episodio. Nadie leía esos libros de 700 páginas de Dickens del tirón. Además, se asumía que los lectores, que eran de una clase social determinada, gozaban del tiempo libre suficiente para disfrutar de descripciones de paisajes o interiores de casas que duraban varias páginas. La gente leía así. Del mismo modo que un par de siglos antes la forma habitual de lectura era la obra de teatro en verso, y el público lector no esperaba leer en prosa. Nosotros, lectores modernos, deberíamos juzgar todos esos clásicos como artefactos históricos. No debería esperarse que se lean o disfruten como un libro de Stephen King. Son otra cosa.

Me gustaría comentarte una serie de clásicos canónicos que en mi opinión están sobrevalorados, o sacralizados, o son un latazo, para conocer tu opinión. Mi caballo ganador y candidato #1 es, cómo no, el Ulises de James Joyce.

Hace cinco años traté de leerlo por enésima vez. Me compré otra copia, para volverlo a intentar, porque las veces anteriores no había pasado de las primeras dos o tres páginas. Para mí era un galimatías, simple y llanamente. Pero a mi pareja le encanta, un amigo mío bautizó a su perro con el nombre de un personaje del libro… Así que decidí volver a probar. Duré veinte páginas. Era inútil: nada se me quedaba en la cabeza, el estilo me parecía forzado y farragoso, no había trama, la historia era inexistente y no me daba ningún placer. Ulises siempre se vota como la novela #1 de la humanidad, pero me encantaría saber a cuánta gente le encanta. ¿Quién está ahí fuera votándolo?

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En segundo lugar está Virginia Woolf. Es un problema personal y político, más que literario. Su personalidad (si exceptuamos lo feminista) me parece tan reprobable, y era tan clasista, y fue tan horrible con Arnold Bennett, y excomulgó a Daniel Defoe… Que me siento incapaz de disfrutar de sus libros.

Lo comprendo. A mí me caía fatal, siempre me ha caído fatal Virginia Woolf. Pero recientemente he regresado a sus novelas y he empezado a ver lo que hacía desde otra perspectiva. Estoy de acuerdo que su forma de ver el mundo es elitista, y muy distinta a la mía, pero supongo que he desarrollado otra sensibilidad. Quizás me he vuelto elitista [ríe]. La cosa es que ahora me interesa. En esta no estamos de acuerdo.

El #3 me encantaría que me gustara, porque es autor favorito de muchos de mis autores favoritos. Me refiero a William Faulkner, y muy especialmente El ruido y la furia. Sus raptos líricos me arrancan carcajadas en momentos serios.

Nunca he comprendido el atractivo de Faulkner. Sus lectores deben saber algo que no me están diciendo. Nunca he podido terminar un libro suyo. Escribe declamando. Se parece a Joyce en el sentido de que su prioridad es el juego con el lenguaje, y ese juego se entromete en la lectura todo el tiempo. Pero a mí no me interesa el juego con el lenguaje, en absoluto. Doble suspenso para Faulkner.

Mi #4 es problemático. Hemingway inventó una forma de escribir, lo que no es poca cosa. Pero, como sucede con la mayoría de inventos, los prototipos no volaban. Adiós a las armas es insustancial hasta un extremo exasperante. Carson McCullers dijo que Hemingway no tenía nada que decir, y creo que tenía razón.

[carcajada]  Lo peor es que en novelas donde en apariencia suceden tantas cosas (corridas de toros, guerras, pesca submarina…) en realidad no suceda nada. El paisaje es dramático y exagerado, pero la trama es plana, inerte, los personajes no dicen nunca nada de interés, las conversaciones amorosas son de risa, ni siquiera el estilo de la prosa está vivo. De acuerdo que quiso prescindir de los ornamentos, pero a ratos escribe como si estuviese bajo los efectos de un sedante. ¿Dónde está la acción? Hombres van a pescar atunes. Hombres van a corridas de toros. Hombres van a la guerra. Y entonces… Nada. Sus peores defectos son esos: solo aparecen hombres, y esos hombres no realizan ninguna actividad de interés.

Me parece una proeza lo de conseguir que sea soporífero, y monótono, un libro cuyo protagonista conduce ambulancias en plena Iª Guerra Mundial.

Es uno de los escritores que peor ha descrito la guerra, el alcoholismo y el ímpetu sexual. Y eran sus temas favoritos. Cualquier otro escritor supo aprovecharlos mejor. Hemingway nunca es explícito sobre nada. ¡Y las vivió! ¿Cómo puede alguien vivir experiencias como las de Hemingway y describirlas con tan poco interés?

Mi candidato #5 es una nacionalidad: los rusos. Me reí mucho con tus argumentos contra la novela rusa.

Oh, Dios. Todos esos rusos. Todos esos motes confusos. Y los campesinos…

Y médicos. Sus mujeres siempre miran mucho por la ventana. Y ese maldito… ¿Cómo se llama? Samovar.

[ríe] Solo me gustan las historias cortas de Chéjov. Pero cuando escribe novela larga, en el momento en que un personaje tiene más de un nombre, ahí empiezo a perderme. Y entonces aparecen los campesinos. Y el samovar ya no está solo dentro de la casa, sino que lo sacan al exterior, y beben té en los campos, y hablan de cultivos, y de Rusia. Siempre de Rusia. Es una pena, porque algunas partes de Tolstoi, y algunas partes de Dostoyevski, me encantan, pero no puedo con el todo. Y esos libros tan largos, con tantos personajes… Tolstoi debería haber tenido un editor severo. Son autores cuyas novelas hoy en día serían editadas a la mitad por cualquier editor solvente.

A veces sueño con un Moby Dick de 250 páginas, donde Ahab aparece todo el rato y no nos cuentan cómo se desuella una ballena, paso a paso.

Y hay demasiado mar. No me gusta que Melville hable tanto del mar. Quitemos todo lo relativo a la caza de la ballena, quitemos todas las ballenas que no son Moby Dick, quítale todo ese mar y las descripciones del agua y las olas, y casi todos los personajes, y quédate solo con Ahab y sus diálogos y dos o tres personajes principales, y mantiene la aventura, y sería un clásico moderno. Lo leería todo el mundo.

Y a pesar de todo lo que hemos dicho: los libros son lo mejor, ¿no?

[sonríe] Por supuesto. No hay nada mejor. Solo hay que ser honesto sobre ellos, y no convertirlos en fetiche o manía. Porque no hace falta. No hace falta otorgarles cualidades extra. Ya son magníficos. No pretendamos que encima tienen poderes mágicos. Kiko Amat

Contra la lectura

Mikita Brottman

Blackie Books

153 págs.

Trad. de Lucía Barahona

(Esta pieza se publicó originalmente en El Periódico del 5 de mayo del 2018. La que acaban de leer es la charla sin cortes. Pueden leer la versión editada acá).

Qué fue del siglo XX #6: Juanma Del Olmo (Los Elegantes)

La quinta entrega de la serie, esta vez protagonizada por Juanma del Olmo, de Los Elegantes. Que me hagan el favor de disfrutarla. ¿Cómo? Comiendo de la seta, disminuyendo de tamaño y metiéndose por este agujero.

Me sigue encantando Ponte ya a bailar, aunque suene a lata y microondas. Yo diría que fue la tercera o cuarta cinta que tuve, en 1º de BUP. Sí, lo que he dicho: en 1º de BUP.