En éxtasis

https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/09/798e2-20905567_1907092499617525_2921055481902399488_n.jpg?w=268&h=268Como ya les previne, el 10 de octubre saldrá a la venta la traducción al español del mitiquísimo libro de Joan M. Oleaque En éxtasis; el bakalao como contracultura en España (Barlin libros).

Hoy mismo he podido ojear una flamante copia que acababa de caer en mi buzón. Ha quedado la mar de elegante, y el texto es la pera, y mi prólogo, permítanme que les diga, no está pero que nada mal. Ha sido uno de los buenos; está claro.

Fans de la subcultura, lo tribal, los fenómenos juveniles 80’s y los libros de rocanrol: yo os conmino a haceros con un ejemplar. Y regalar unos cuantos más por ahí. Es un gran libro.

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La canción del viernes #29: GRANT HART “2541”

Mi favorita de Grant Hart, con o sin Hüskers. La versión del 12″, no la del Intolerance.

En mi obituario de Grant Hart para El País, que ustedes, visitantes del futuro, ya habrán leído, digo esto para que quede:

“Mi canción favorita de Grant Hart es también una de las mejores odas a un sitio físico y un tiempo marchito que existen. Hart rememora, con una mezcla de alegría y pesar, la casa donde vivían y ensayaban Hüsker Dü en su mejor momento: “2541 / Grandes ventanas por donde entraba el sol”. Es una canción casi optimista, pese a que habla de cosas que no volverán; Hart vocaliza como si supiese que en aquella dirección tuvo su momento de luz, y que nunca volverá a ser tan feliz como allí; que la mudanza trajo la caída. Esa canción le rompe el corazón a uno cada vez”.

Y tiene uno de los mejores comienzos de la historia del pop:

Jimmy gave me the number
Jerry gave us a place to stay
And Billy got a hold of a van
And man we moved in the very next day“.

Kingsley y el bacalao

https://static.fnac-static.com/multimedia/Images/ES/NR/f2/2c/15/1387762/1507-1.jpgEsta reentré van a aparecer dos libros con prólogos de su amigo y vecino Kiko Amat. Uno de ellos es el mítico En éxtasis, de JM Oleaque, exploración mega-pionera del bacalao que Barlin libros recupera (traducido al castellano) para su solaz lector. El otro es el polémico Stanley y las mujeres, que Kingsley Amis publicó en 1984 y que lanza por primera vez en España Impedimenta.

El primero saldrá en breve, el segundo está al caer (o ya en las librerías; no he mirado).

Les avanzo los tres primeros párrafos de mi prólogo para el viejo Kingsley, por si les sirve de acicate y les entran las ganas:

Kingsley Amis y Stanley y las mujeres: un caso clínico

O: cómo escribir un libro de divorcio, inventar la novela borde, suicidarte artísticamente y molestar a tus enemigos (pero también a tus amigos


1. Stanley y las mujeres es la novela más extraña de Kingsley Amis. Su existencia está enmarcada entre dos sucesos clave, que la sujetan como un sándwich por detrás y por delante: una rebanada es el divorcio holocaustico de su segunda mujer, la actriz y escritora Elizabeth Jane Howard; la otra rebanada, la posterior, es la siguiente novela que escribió, The old devils (1986), que fue premiada con el Booker Prize y que algunos consideran su mayor logro (junto a, claro está, Lucky Jim, su cegador debut de 1954). En esa posición tan poco agraciada, tan poco cómoda, Stanley y las mujeres puede considerarse como lo que tal vez sea: un esputo verdoso, purulento, que Amis alojaba en su garganta y que necesitaba sacarse de dentro para poder seguir adelante, para volver a escribir desde la cordura y la compasión.

En música pop se habla a menudo de discos de divorcio: álbumes que se grabaron en mitad de separaciones agrias, a las puertas de juzgados; discos que eran cartas de despecho, recriminación y revancha al cónyuge. Rumours, de Fleetwood Mac (un grupo formado por dos parejas; un disco grabado en mitad de dos divorcios), el Blood on the tracks de Bob Dylan o el Here, my dear de Marvin Gaye. Elepés oscuros y abismales, descarnados, que eran a la vez documentos del viaje por la sima que atravesaba el artista. Stanley y las mujeres debe, y solo puede, leerse bajo la misma luz. Como un libro de divorcio.

Ese divorcio -acerbo y sangriento y ulcerante- es la pupa donde se gestó Stanley y las mujeres. Un lugar angosto, sin ventanas, a ratos irrespirable, dominado por miasmáticas corrientes de rencor y dolor, que moldeó al Amis más agrio que se había visto hasta la fecha. El autor jamás había sido un angelito, vaya eso por delante, era orgulloso y arrogante y tenía una boca grande[1], por lo que jamás andaba escaso de detractores y enemigos personales (Evelyn Waugh le llamó “escoria”, para gran regocijo del propio Kingsley). Sí, Amis era un tipo ácido hasta el punto de corrosión, le encantaba ser odiado por la gente que él odiaba[2] y estaba siempre arremangado para la trifulca. No era un cursi, o un pusilánime; desde luego no era un blando. Pero incluso así, Stanley y las mujeres es una nueva vuelta de tuerca; tal vez la definitiva. Era un paso radical incluso para Kingsley Amis. El autor no volvería a estar jamás tan cegado por la rabia, su máquina de escribir no volvería a dejar el charco de veneno humeante que dejó tras la escritura de este, en cierto modo, temible libro.

[1] Para colmo, había ido escorándose hacia la derecha cada vez más. Para cuando escribió Stanley y las mujeres sus tiernos años de comunista quedaban muy lejos. Amis defendía la intervención estadounidense en Vietnam y la existencia de las armas nucleares. Y el fin de los subsidios culturales o artísticos.

[2] “En su vida pública, Kingsley siempre había sido alguien “a la contra”, alguien que cortejaba la impopularidad. Ahora trataba de llevar su arte al foro” (de Experiencia, de Martin Amis)

 

Flamin’ Groovies: fuera del tiempo, baby

Es el título del hermoso artículo sobre la banda que escribí para El Periódico el pasado sábado, y que pueden leer lanzando un botín cubano sobre este link. Y no, no puedo proporcionarles la ominosa fotografía de 1993 que menciono en el penúltimo párrafo, lo siento.

Glam rock: un motín con colorete

Ninguneado y despreciado (por puro clasismo) durante décadas, el glam rock recupera su justo lugar como primera zurribanda adolescente de los 70 y gran eslabón perdido del pop. El último libro de Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra) canta sus virtudes, lo dignifica y da palmadas al ritmo.

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Ningún dogma ha sufrido una alteración mayor que la concepción de los años 70 como desierto musical. Y sin embargo, cuando yo era púber y pasaba la vida entre el baño y la pista de baile, mi credo era que todo lo excitante del pop había muerto en 1966, y que aquella excitación no había regresado hasta diez años después, cuando el punk rock la resucitó con un caritativo chasqueo de dedos. En lo que a mi tribu concernía, entre el The Who Sell Out (1967) y el Down by the Jetty de Dr. Feelgood (1975) no había NADA. En mi mente, la década de los 70 era un gran espacio en blanco, como los confines del mapa en El Planeta de los Simios. Algo ni explorado ni explorable, territorio de hippies, cantautores-para-divorciados y odioso blues-rock. Música adulta, música para catedráticos. Genesis. Vangelis. Sífilis.

Hoy sabemos que no es así; el punk nos mintió. El punk tenía un hermano mayor que se lo había enseñado todo, pero de quien se avergonzaba por las pintas y el rímel: el glam rock. Así que escondió sus fotos. El glam es el Trotsky del pop; el gran silenciado. Al no haberlo degustado de primera mano (cuando los de 1971 llegamos a los futbolines allí solo sonaban Los Chichos), la prognosis del punk nos pareció fiable, y aquel eslabón perdido, Homo Purpurinus, quedó sumergido en una no-zona crítica, un limbo subcultural. Nadie se acordó de él.

Pero, ¿que és el glam rock?

El glam son muchas cosas, por eso el nuevo libro del crítico inglés Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI, ocupa 691 páginas. El glam es el primer despiporre adolescente de los setenta. El glam es diversión, revuelta juvenil, ropa delirante y actitud camp, androginia y estribillos. Un género estridente y bailongo (no en vano se le consideraba parte del sonido “disco”) que se metastatizó por el mundo de 1971 a 1974. A la vez el glam es como el Peronismo: tiene dos cabezas polarmente distintas: una es arty y la otra… Bueno, nada arty. Este artículo se centra en la segunda cabeza, por la sencilla razón de que se acerca otra exposición Bowie, y los críticos con diploma citarán solo el Berlin y Roxy y el rock-como-forma-de-arte, y mis matones travestidos favoritos quedarán sin nombrar. Pero no esta vez, si puedo evitarlo.

Oído, pero ¿qué es el glam rock?

Voy. El glam es artificial, y orgulloso de ello. Celebra “la ilusión y las máscaras”. Es una parodia del glamour, como si te vistieses de nazi para ir al carnaval de tu pueblo (nadie pensaría que lo eres en serio). El glam quiere que se sepa que es falso. Incluso cuando va de lujoso y decadente, es un poco cutre y guiño-guiño. Glam son los Slade con uniforme de gala al lado de unos desagües de retrete (ver foto). Es “titánico, idólatra, demente, teatro de artificio desembozado y escenario de grandes gestos”, aduce Reynolds. El glam rock rechaza el falso realismo Springsteen, y ofrece en su lugar una pantomima que, por su histerismo y calidad venusiana, se convierte en una declaración mucho más honesta de intenciones.

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El glam es un rechazo. Su ethos se pasa por el forro el consenso de 1970. Es un corte de mangas a los grupos de blues-rock campestre con letras de “gente normal”, chupas tejanas y pelo facial. El glam es anti-seriedad. Se mea en el rock “conceptual”, la música madura y el arte “de verdad”. Su existencia acabó, de un solo riff neandertal, con lo que Reynolds califica como “el largo y melenudo invierno del rock de elepés”.

El glam es chocante, como antes lo fueron Elvis o los Stones. Pero el glam vio que cada vez era más difícil epater les burgeois. Para lograrlo, el género tenía que lanzarse a por lo más pirado: plataformas rascacielos, purpurina a manguerazos, homoerotismo rampante y vodevil marciano. Steve Priest de The Sweet apareció por televisión ataviado de “recluta gay de las SS”. Dave Hill de Slade parecía una mezcla de Samuel Pepys, Vegeta de Bola de Drac y paje medieval. En cuanto a Gary Glitter… Era como si David Hasselhof se hubiese calzado el traje de obispo dadá de Hugo Ball.

Lo chocante no eran solo los trapitos. El glam es reaccionario. Se niega a aceptar el zeitgeist. Nik Cohn en Awopbobalobop… acotaba el pop y se negaba a ir más allá de 1968. El glam comparte su visión totalitaria. ¡Little Richard y cierra el glam!, parece gritarnos mientras carga entre una nube de confeti. Sus artistas miran sin complejos al rockabilly cincuentero y al agresivo mod-beat sesentas. Para el glam, el Sgt Pepper’s nunca existió. Ni el Rubber Soul. Reynolds define a Slade como “unos Beatles atascados de por vida en 1964”. El glam va directo al riff y a la brevedad de los sixties. No es casual que algunos de sus ídolos fuesen malogrados has-beens de los 60 en modo Segunda Venida: Bowie y Bolan, claro, pero también Paul Raven (Gary Glitter), Jesse Hector de The Gorillas, Shane Fenton (Alvin Stardust), Slade o Mott The Hopple.

A la vez, el glam era moderno. Nunca fue “revival”. Trevor-Roper llamó a Hitler “el terrible simplificador”, porque leyó mucha historia y de ella extrajo unas cuantas nociones inamovibles. Quitando lo odioso, lo mismo podría decirse del glam. El glam depura el sonido beat, quita lo sobrante, anaboliza lo anémico (baterías flojuchas, letras verbosas, solos alardeantes) y crea un invencible bruto mecánico. Todo es estribillo e impacto y melodrama. Reynolds cita la pionera tarea de productores como Chinn & Chapman, doctores Frankenstein del Gran Sonido. El ranga-ranga es puro Who, pero el boop-beep anticipa el tecno. T. Rex eran “los 50 si estos hubiesen llegado después de 60”. Música vieja con tecnología joven.

El glam es rebeldía adolescente. Su revolución es de tebeo, de grafiti faltoso, pedorretas al profesorado y pitillos en el váter. Sus letras son llamadas abstractas al desorden y el deslengüe. La media de edad de los fans de T.Rex era de 15 años; los de Alice Cooper no llegaban a 12. Reynolds cita las protestas de 1972 en el marco del Pupil Power, cuando 800 niños londinenses se manifestaron contra la “dictadura de los maestros”, para luego dirigirse a los estudios de Top Of The Pops y saludar con el puño en alto el “School’s Out” de Alice Cooper. ¿Y T. Rex qué? Sus detractores decían que aquello no “era para https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/08/5bc62-mudrock.jpg?w=288&h=279adultos”. Y tanto que no. Es pop para la edad del pavo, alucinante y alucinado, barbilampiño, libre como un sábado por la mañana. Se la traen al pairo la paz, el medio ambiente y los tapices tejidos a mano. Es como el punk, en suma, solo que sin los panfletos.

Al igual que el punk, el glam formó tribu. Una élite “autocreada”, no basada en apellidos compuestos, fortuna o poder, sino conocimiento y afiliación. Una sociedad secreta, solo que no era nada secreta, porque sus ídolos eran archifamosos, sus ritos se difundían a través de la prensa de kiosko y los fans iban vestidos de lagarterana espacial. La militancia se demostraba a base de audacia, esfuerzo y coraje: quién se arriesgaba a salir de casa de aquel modo o quién se había leído los libros de los que hablaba Bowie. El glam era andrógino y afeminado pero, para chasco de sus enemigos, requería mucha valentía.

Know who you are

El glam rock era de clase obrera. Igual que toda la música popular de posguerra, me dirán ustedes. En efecto, pero el glam, en su rama no-arty, lo era de un modo farruco. Se negaba a citar a Marcuse o hablar de koljoses para ser aceptado por la clase media. Celebraba el sábado noche, las trifulcas, el pandilleo y lo tórrido. ¿Escapista? Tal vez. Pero en ambiente proletario, el escapismo siempre ha sido una opción digna. Trabajo ocho horas en la rectificadora, de acuerdo, pero a ver quién es el guapo que me impide vestir de mutante homosexual para ir al disco-pub.

Pues el glam era bailable. El ritmo no era consecuencia sino fin. Gary Glitter y su productor Mike Leander (“gran visir del glitter”) buscaban un “white disco sound”. Algo autóctono, futurista y rocanrol que competiese con la música negra en los clubes ingleses. Porque el glam es inglés. Los americanos tenían a New York Dolls. Y Suzi Quatro. Y Alice Cooper, vale. Pero el glamur de fregadero de Slade no cuajaba en yanquilandia. Chavales aplicándose rímel a espaldas de sus padres para ir a bailar al gimnasio del centro católico: eso es glam, y en el ambiente liberado de Los Angeles parecía una insensatez. Reynolds apunta otra teoría: la “sima” que separaba la FM de la AM en la radio americana. FM era el underground melenudo, AM el pop pulido. El glam inglés estaba justo en medio. T.Rex eran superpop bizarro, demasiado pop para los freakies, demasiado flipado para los squares.

Y asimismo, el glam reinó triunfal del 71 al 74. Cuatro años de mandato, que terminarían cuando Bowie se pasó al soul y, luego, a lo alemán; Bolan perdió el talento y murió (en un Mini, que es una muerte bastante glam); The Slade, The Sweet y los demás se fueron achicando poco a poco. Pero mientras existió, el glam fue espléndido. Una erupción eléctrica y rebelde cuyos discos están a la altura de lo mejor de la era mod y la nueva ola. Visto desde dicha perspectiva, resulta chocante que la prensa adujese que el pub rock y el punk habían rescatado al rock del tedio. ¿Tedio? ¿Qué tedio?

Un Top 5 del glam rompepistas inglés

MUD: Querían ser camp, pero no les salía muy bien. En las fotos lucen como estibadores portuarios forzados a travestirse. “No había nada delicado o élfico en el sonido de Mud”, dice Reynolds. Bailaban como teddy-boys borrachos (aunque sincronizados), y en “Dyna-mite” sonaban como si los Archies hubiesen grabado en el gol sur. Decían palabras soeces y, al menos en una famosa imagen dominguera y anti-cool, anticiparon a los Decibelios de Vacaciones en El Prat.

T. REX: Ya les conocen. Un exmod convertido a folkie tolkeniano que se deshizo de la capa hippy y se remodeló, ya definitivamente, en rey del boogie e inventor del glam rock. Marc Bolan se colocó una boa y espolvoreó purpurina en sus (cincelados) pómulos, convirtió su música en un reducido de Eddie Cochran del espacio exterior y adelgazó sus letras para que solo acarrearan un par de mensajes básicos sobre amores calientes, danzarines cósmicos, guerreros eléctricos y gurús metálicos. El glam es Bolan.

SLADE: Se autodenominaban “supervándalos”. Celebraban a los chavales “que dejaban los estudios a los quince años” y a la clase obrera en primera persona del plural. Vestían como semi-skinheads + prestamistas dickensianos + luchadores grecorromanos. Sus discos estaban llenos de palmadas y pateos (su marca de fábrica). Tuvieron una porrada de números uno pero jamás evolucionaron (“convirtieron los inicios de los Beatles en su destino”). Eran todo ritmo, velocidad, farra y baratura (grababan los álbumes en dos días). Uno de los más grandes grupos del rock’n’roll. Incluyo mi super-favorita de ellos, pese a que no es la más típica de su sonido (y canta Jim Lea).

THE SWEET: Los Monkees del glam. Un grupo prefabricado que tomó las riendas de su carrera. Una máquina de hits en mallas, con camp de lo más convincente. Combustión rocanrol pero lacado pop con letras melodramáticas, riffs huracanados y armonías vocales. “Ballroom Blitz” es Bo Diddley danzando música militar extraterrestre. No hay solos ni baladas ni asomo de blues (gracias al cielo). Puro disco-rock blanco para la disco del viaje de fin de curso de octavo. Queen lo copiaron todo de aquí.

SUZI QUATRO: “Can the can” fue el primer hit glam que escuché en mi vida. Febril trum-patrum castrense, aullidos rompe-gargantas, guitarras de dos acordes, palmadas de hinchada. En aquel momento no me convenció, hoy marcho a su ritmo. Suzi era punk antes del punk. Iba de chica mala, y era un personaje, pero su personaje se parecía mucho a la de verdad. Era de Detroit, calzaba traje elástico a lo Catwoman, se negaba a ser blanda (o una “señorita”) e inspiró a muchos fans. Joan Jett, sin ir más lejos.

Apéndice #1: Glam de trapería

Sucede en todos los géneros: unos cuantos suertudos son vanguardia, innovan, se hacen famosos y alcanzan la “fase imperial” (reconocimiento público + cénit creativo). Es la primera división. En un escalón inferior se halla la segunda: grupos que iban a remolque, con menos talento; grupos que tuvieron mala pata o ideas lamentables. El glam no es una excepción. Se trataba de un género masivo, pero solo un puñado de artistas colocaron hits en lo alto. Lo que sobraba del quesito se lo repartieron centenares de bandas menores, que solo fueron grandes en campings y en algunos pueblos extremeños, que entraron en el Top 40 de milagro y por salva sea la parte (o que jamás entraron), y que se vieron obligados a utilizar sonrojantes estrategias de márquetin.

Simon Reynolds dedica solo dos páginas a este sub-género bautizado como “junkshop glam” (glam de trapería), una cifra risible si tenemos en cuenta el alud de bandas y discos -a cuál más loco- que se apiñan en sus filas: Hector (niños con pecas pintadas y un super-hit, “Wired up”), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). El “Rebel’s rule” de Iron Virgin o el “Another School day” de Hello. O mis favoritos, Jook: exJohn’s Children, ropa hooligan, sonido Who anabólico con zapateado Bay City Rollers y un hit subterráneo en “Aggravation place”. Como ellos, cientos. Durante cuatro años, los singles de aquellos maromos mazas con peinados medievales, bufandas-pitón y pantalones John Silver que berreaban “Bish Bash Bosh” o “Rave’n’Rock” fueron lo más en las discotecas de Europa (pero en ningún lado más).

Lo irónico del caso es que la maquinaria voraz del mercado coleccionista, al ir completando estilos y sub-estilos, ha terminado dirigiendo su mirada a esta 2ª división. Decenas de grupos anecdóticos, puros One Hit Wonders, son hoy pasto de caza y puja, y sus singles de 45rpm con portada (formato estrella del glam) se han convertido en cobejados objetos de consumo underground con el pedigrí del 60’s punk raro o el soul ignoto.

Apéndice #2: Tot el camp es un glam

Aquí no hubo glam autóctono, así que vuelvan a guardar el lápiz de labios y la laca. Según Ramón de España, periodista y veterano fan de Roxy Music que vivió el goteo (o chaparrón) del género en España a principios de los años setenta, “nunca existió un glam autóctono. Además, nadie usaba el término glam rock, sino gay power. Con ese título publicó un libro el difunto Eduardo Haro Ibars. En otro plan, La Charanga del Tío Honorio publicó una canción titulada “Los chicos del gay pobre”. Franco aún vivía y no estábamos para mariconadas. Miguel Bosé era toda la ambigüedad que podía soportar el régimen, por moribundo que estuviese”.

Ramón De España apunta que, por otro lado, el glam foráneo sí explotó en las discos patrias, como demuestran los centenares de sencillos editados con portada española y traducción insensata del título. “Ciertamente, el glam llegó y triunfó”, afirma. “Entró con David Bowie y Ziggy Stardust. De repente, El Corte Inglés estaba lleno de ejemplares de Space oddity, The man who sold the world y Hunky dory, que no se habían editado en su momento. El glam tuvo éxito tanto en la vertiente arty (Roxy, Bowie) como chusmosa (The Sweet, Slade, Suzi Quatro). En el momento, los fans de unos y otros eran irreconciliables. Los del rollo arty nos choteábamos de Gary Glitter como luego lo hicimos de Tino Casal. Con el paso del tiempo, hay que reconocer que algunos hits de los chusmosos no estaban nada mal, sobre todo los escritos por el dúo Chinn y Chapman, proveedores de The Sweet y Suzi Quatro. Y no olvidemos a Cockney Rebel, cuyos dos primeros álbumes, sensacionales ambos, se acogieron a la cosa glam. Siempre fue un grupo de minorías, eso sí, salvo con el hit “Make me smile (Come up and see me)”, que nunca se repitió”. Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 29 de julio del 2017. Pueden clickar y compartir, si así lo desean, el link del periódico -así mis jefes verán que hay alguien leyendo- o este mismo)