ROBERT FORSTER: “The Go-Betweens no se construyeron con música, sino con ideas”

Robert Forster, líder del grupo australiano de pop crucial The Go-Betweens, responde en exclusiva a una serie de preguntas sobre su banda, el documental Right here y su libro de memorias (aún no traducido en España) Grant & I.

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“Este grupo: ni un hit”. Lo afirma con vehemencia, y cierto pasmo, Robert Forster, fundador de The Go-Betweens (junto al fallecido Grant McLennan), en el documental Right here, a estrenarse en el festival In-Edit 2018. Su frase no era un ejercicio de jactancia underground: The Go-Betweens no colocaron un solo éxito en las listas a lo largo de toda su carrera, y no por falta de ganas. Right here intenta comprender por qué uno de los mejores grupos pop de los ochenta, y de la historia, quedó relegado a banda sublime para listillos del pop y paisanos gremiales. Robert Forster, dandi lacónico de genio y figura, nos ayuda a desentrañar el misterio.

Llámame naíf, pero a lo largo de todos estos años de fan nunca había caído en que erais una banda tan disfuncional. Casi un “experimento social”, como se afirma en el filme. Divorcios, personalidades opuestas, egos…

En aquel momento lo vivimos como algo más firme de lo que se afirma en el documental. Ahora, en el futuro, cuando Amanda [Brown] y Lindy [Morrison] hablan del pasado, sus palabras están teñidas por la infelicidad que les produjo la disolución de la banda, y eso influye en la idea que la gente se forma de nosotros. Lo que quiero decir es que cuando estuvimos en activo la banda era cohesiva, lo fue algo menos cuando rompimos, y ahora, cuando las cámaras enfocan, se realiza un nuevo relato centrado en la falta de cohesión. No olvidemos que cuando la gente realiza documentales, lo que les interesa es el conflicto. Creen que eso hace interesante un filme.

El documental da voz a todos los miembros de la banda. Pero algunos fans veíamos a The Go-Betweens como dos cantautores que componían juntos, acompañados de una serie de miembros secundarios.

Entiendo que lo veas así, pero Grant y yo nunca pensamos en el resto de la banda como mero acompañamiento. No buscábamos esa relación con la gente que tocaba con nosotros. Además, las bandas que nos gustaban, The Velvet Underground o The Byrds, Roxy Music o The Rolling Stones, eran grupos de verdad. Nos gustaban los grupos que eran carismáticos y reales, y que funcionaban como grupo. No éramos el tipo de gente que puede funcionar como dos cantautores y una banda de acompañamiento. Los grupos de rock nos encantaban. Aspirábamos a ser un grupo de rock.

En tu libro dices que Orange Juice “estaban consumidos por su propio mito”, algo que podría aplicarse a tu propia banda. La idea romántica que teníais sobre The Go-Betweens era tan importante como las canciones que componíais.

Sin duda. Cuando empezamos, queríamos ser un grupo tradicional, con cuatro o cinco miembros. Pero a la vez éramos una banda muy poco común. Yo le enseñé a mi mejor amigo a tocar un instrumento, lo que es una forma bien extraña de empezar una banda de rock’n’roll. Es una idea extravagante. En segundo lugar, Grant y yo no queríamos que el grupo estuviese basado solo en música, así que vertimos en él todas las cosas que nos interesaban: Grant puso sus películas favoritas, ambos éramos estudiantes de literatura en la universidad, nos encantaban algunos shows de televisión… Lo normal es que los grupos descarten todo eso, y se concentren en las canciones, tal vez con algo de imagen para acompañar. Pero en nosotros aquellos factores externos eran cruciales, quizás también porque eran todo lo que teníamos. Yo llevaba poco tiempo tocando, Grant incluso menos; en cualquier caso éramos músicos limitados. The Go-Betweens no se construyeron con música, sino con ideas. The Go-Betweens nacieron a partir de la idea de una banda de rock, o de pop. Aquello nos hizo distintos de los demás grupos de la ciudad, que estaban basados en música.

Resultat d'imatges de robert forster go-betweensErais muy poco tradicionales: una mujer a la batería, los guiños bibliotecarios de “Karen”, la dedicatoria “a nuestros padres” del Before Hollywood… Daba la impresión de que luchabais para sortear todo cliché.

Eso era muy importante. La perspectiva anti-rock’n’roll. La mayor influencia en todo eso era el postpunk. El otro día mi hija me preguntaba qué pensaba la gente de mi juventud, hacia 1978 o 1979, sobre Bob Dylan o The Beatles. Me hizo gracia. A la gente se le olvida que la idea fundamental del punk, y después del postpunk, era la del Año Cero. Era como la Revolución Francesa: “la historia empieza ahora”. Lo que la gente decía entonces, con mayor o menor sinceridad, era que los Beatles eran basura, que aquello había terminado, y que teníamos que volver a empezar. Fue una mentalidad que solo duró unos dos años, pero incluso así: impregnó del todo a The Go-Betweens, y se quedó con nosotros durante al menos una década.

Dicho esto, os encantaban The Velvet Underground y muchos grupos pop de los sesenta. Así que supongo que del postpunk tomaríais más la pasión que el rechazo a la tradición.

Lo que sucede es que la tradición que a nosotros nos gustaba de 1978 a 1990 era Creedence Clearwater Revival. Era The Lovin’ Spoonful. Y eso eran bandas que no eran nada populares por aquel entonces. No formaban parte del canon “serio”, y no estaba bien visto que te gustaran.

Como The Monkees, de quien también erais muy fans.

The Monkees son el ejemplo perfecto de lo que estamos hablando. Al significarnos como fans de The Monkees conseguimos cabrear muchísimo a dos grupos de personas casi opuestas [sonríe]. Cabreamos a los punks y postpunks, porque para ellos los Monkees eran mierda antigua de los sesenta, y cabreamos a los snobs del rock (los fans de Dylan, Television o los Velvets, Pink Floyd o Led Zeppelin), porque también creían que los Monkees eran basura. Aunque por otros motivos.

Resultat d'imatges de robert forster go-betweensTu relación con Grant impregna tu libro. Erais dos personalidades distintas que siempre dejaban cosas sin discutir… Os comunicabais de un modo extraño, por decirlo rápido.

Creo que eso sucede a menudo en las amistades entre hombres. Suena a cliché, pero probablemente sea cierto que los hombres no hablan de sus sentimientos con la misma naturalidad que las mujeres. Dos hombres que son amigos no discuten sobre su amistad, ni muchas otras cosas, con la misma intensidad que dos amigas mujeres. Quizás. Eso juega una parte significante. Pero a la vez Grant y yo teníamos muchas cosas en común. Para empezar éramos hijos mayores, cosa que considero importante. Nos las apañamos para no realizar las grandes expectativas que nuestras familias tenían de nosotros, y hacer lo opuesto de lo que deseaban. Fuimos a la universidad, lo que normalmente implicaría un muy buen trabajo al finalizar la carrera, pero tanto Grant, que sí consiguió terminarla, como yo, que abandoné, utilizamos las enseñanzas recibidas para formar un grupo de rock. Lo utilizamos para la vida. Y respecto a todas las cosas que se quedaban sin decir entre ambos, Grant y yo teníamos tantos discos y películas en común que podíamos trabajar juntos sin siquiera verbalizarlo. Ninguno de los dos trataba de dominar al otro. Muchos grupos o parejas creativas se separan porque uno de los dos trata de imponer sus ideas al otro, y quedarse con la atención del público. Nosotros nunca fuimos así. No éramos la combinación de dos personas distintas, una enfadada y dominante, y la otra amable y sumisa. Éramos gente centrada, poco amante del conflicto.

La admiración que os teníais mutuamente debe jugar una parte importante en lo que dices.

Exacto. Yo respetaba… No, de hecho yo siempre estuve impresionado por Grant. Era el joven de dieciocho años más extraordinario que uno podía esperar conocer. Era remarcable. Conocerle fue como conocer a un joven Alfred Hitchcock, o a un joven Einstein, o a un Picasso adolescente. Cuando le conocí me llevaba una delantera enorme en muchísimas cosas del mundo artístico. Sabía tantas cosas… Siempre iba con libros o discos bajo el brazo, el arte era toda su vida. Me enseñó muchísimo.

Eso explica por qué nunca sufristeis una separación agria al estilo Camus-Sartre. Nunca estuvisteis resentidos con el otro, pese a las veces en que habías competido, cuando el uno o el otro llevaban la delantera cualitativa.

Esa era la parte más difícil: poner las canciones de cada uno en los discos. Pero desde el principio establecimos un acuerdo mediante el cual cada uno aportaría un número igual de canciones a cada álbum. Cada uno ponía cinco, y eso evitaba mucha tensión. Existía una cierta competición, cierto, y a veces yo le veía a él por el espejo retrovisor, por decirlo de algún modo, y a veces él me veía a mí. La calidad de la composición de canciones, y qué canción daría inicio al disco, eran puntos de contención. Pero siempre lo solucionamos con sentido común. Creo que tiene que ver con lo que decías antes: la admiración mutua. Yo nunca creí ser mejor que Grant, o al revés. Nunca pensé que mis canciones debían tener todos los singles, o los emplazamientos privilegiados en elepés, y él tampoco. Me gustaban demasiado sus canciones para ser injusto con ellas. y además nuestro trabajo encajaba de un modo perfecto. Así que continuamos con ese sistema sin mayores obstáculos.

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La “maldición” de Grant, como afirmas en tus memorias, es que carecía de “ancla”, mientras que tu tenías a tu familia, hijos, domesticidad…

Creo que es así. Desde el momento en que nos conocimos podías distinguir una serie de señales. Cuando topamos el uno con el otro, yo era un chaval de los suburbios de Brisbane, mientras que él venía de muy lejos, y estaba de interno en la universidad. Yo regresaba cada día a casa de mis padres. Llevaba una vida de barrio residencial de una gran ciudad, mientras que Grant iba a su aire, ya entonces. Flotaba por ahí, sin raíces. Ese es un estado que funciona cuando tienes entre dieciocho y veintiocho años, pero cuando alcanzas los treinta y pico necesitas algún arraigo. Grant era incapaz de echar esas raíces. Tenía relaciones con distintas mujeres, y cuando murió a los cuarenta y ocho aún compartía casa con gente… Vivía igual que a los dieciocho.

Como un beatnik.

[ríe] Sí. Como un beatnik. Solo necesitaba sus libros y su guitarra. Grant era una persona muy romántica. Estaba enamorado de la idea del artista y su arte. Creía a pies juntillas en la vida del artista, y la inspiración que ello aportaba a su trabajo. Recibía toda su energía de los libros, el cine y la música. No necesitaba nada más. Solo creía en ello. Ignoraba las raíces, y en eso éramos muy distintos. Yo siempre necesité un lugar al que regresar: una mujer, hijos, un hogar.

De hecho, la forma en que se tomó su ruptura con Amanda fue del todo artística. Un corazón roto como el suyo uno solo suele verlo en películas y canciones. Su separación parecía una canción de Townes Van Zandt.

En efecto. Yo nunca he roto con alguien de ese modo. Se requiere un espíritu muy particular para tomárselo así. Admito que me sorprendió, incluso conociéndole. Me asombró la duración y profundidad de esa pena; parecía no tener fin. En la juventud la gente rompe relaciones continuamente, es lo normal. Así que yo me figuré que aquella ruptura sería terrible, pero que los efectos secundarios durarían lo acostumbrado en gente de veinte o treinta años: un mes o dos, máximo. Jamás podría haber imaginado que le afectaría de por vida. Y creo que a él también le sorprendió. Creo que él asumió que en un tiempo estaría bien, pero nunca lo superó. Fue una gran sorpresa, para él y para mí. Por eso el libro está dividido en dos partes: el puente es su separación.

A mí me sorprendieron los extremos a los que llevaste tus cambios estéticos a lo largo de los años. Yo los tenía como un progreso consistente, pero al verlos enlazados sufrí un par de infartos. Por ejemplo: la pinta que llevas en el video de “Head full of steam”. WTF.

[ríe] Creo que Londres tiene parte de culpa. Para empezar fui pobre allí, así que estaba muy delgado. En segundo lugar, todo el mundo en Londres lleva un look bastante extremo. Boy George era una de las popstars que reinaban en la época. La política de semanarios musicales como Melody Maker o New Musical Express era poner en portada al grupo o artista que llevara la pinta más rara aquella semana. Y en magacines pop como Smash Hits todo el mundo llevaba maquillaje y el pelo cardado. En Estados Unidos estaban Prince y Madonna, cambiando de imagen cada día. Y por añadidura recordabas lo de Bowie en los setenta, y vivías en su ciudad, Londres. Todo eso conspiró para que me convirtiese en quien viste en “Head full of steam”. Según avanzaba la década de los ochenta me fui volviendo más teatral, y justo a partir del cambio de década empecé a moderar un poco esa tendencia.  Fue un arco. Ser amigo de Nick Cave y The Bad Seeds tampoco ayudó. Cosas como esa tienen un efecto.

La forma de vida también influyó. Era la época en que, como dices en el libro, estuviste más lejos de lo que eras en realidad. Como si estuvieses representando un papel, el de rockstar bohemia y noctámbula.

Antes comentábamos lo de la familia y la vida doméstica. En la época de la que hablamos yo no tenía ninguna responsabilidad. Nunca veía a mi familia, no me topaba con tíos o primos, por descontado nunca veía a mis padres. Y aún no tenía hijos. Podía hacer lo que quería, levantarme a la hora que me apeteciese y salir hasta la hora que me diera la gana, beber o drogarme todo lo que quisiera y a nadie le importaba. Así que me ví metido en aquello. Todo formaba parte de aquella fantasía. Los libros que leía en aquel momento, el hecho de que mi grupo fuese más conocido, que estuviésemos de gira más tiempo, todo eso también influyó. Yo sabía que no iba a durar siempre. Cuando nos mudamos a Australia para hacer el 16 lovers lane las cosas empezaron a calmarse.

En el libro hablas de drogas y sus dolencias. Sorprende, porque jamás os vimos como una banda drogata. Supongo que lo llevabais de un modo íntimo. Que la recreación narcótica no formaba parte de vuestra identidad.

No, claro. Los fans no tenían por qué saberlo. Antes hablábamos de los clichés del rock. A mitades de los ochenta los grupos de rock’n’roll llevaban ya más de veinte años haciendo de la drogadicción su imagen. Era algo un poco pasado de moda. Algunas bandas seguían haciéndolo en los ochenta, pero a nosotros nunca nos gustó publicitarlo. Sabes cuando un grupo de rock es un grupo de drogas cuando empiezan a tomarlas de gira. Los ves en el escenario, empiezas a leer historias truculentas sobre ellos… Nosotros, por el contrario, nunca tomamos drogas de gira. Bebíamos y fumábamos cigarrillos, quizás de vez en cuando algo de hierba, nada más. Para mí las drogas duras eran algo que hacía cuando no estaba de gira, en las épocas de descanso. Si lo haces de gira, es agotador. Es duro. Porque solo pasas en cada ciudad unas pocas horas, y entonces agarras el autobús y te vas a la siguiente ciudad. Tomar drogas en el ínterin es una estupidez, y nada divertido.

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Las drogas tampoco se filtraron a tus letras, quizás porque muchas de ellas hablaban de tu infancia.

Es verdad. Grant me aconsejó una vez: “hurga en el pasado. Detente en los dieciocho”. Es una lección que aprendí directamente de su ejemplo: él escribió “Cattle and cane” en 1991. Hasta entonces todas mis canciones hablaban del presente. Hasta que le vi hacer lo de “Cattle and cane”, una canción que habla de su infancia, cuando era un niño que vivía en North Queensland. De golpe comprendí que existía una área enorme en la que indagar, y que no había tocado aún. Ir al pasado abría unas posibilidades inmensas, te daba una segunda era en la que hurgar, un nuevo plano que colocar, en primera fila o más escondido: el “entonces”. Me parece muy interesante tratar de explicar el pasado en el formato de una canción de rock, y tratar de no hacerlo de un modo obvio. Me gusta hacer eso.

No solo te gusta, sino que tienes facilidad para ello. Todo narrador o compositor tiene que ser capaz de conectar a placer con su pasado. Contar con detalle cómo se sentía en un punto determinado de sus dieciocho años, por ejemplo.

Exacto. En cierto modo, a los trece o a los veinte eres la misma persona que ahora, pero a la vez has cambiado. Eras distinto. Me resulta fascinante mirar hacia atrás y ver tu pasado con la perspectiva del presente. Yo puedo describir mi mundo de los trece años. No solo cómo era yo, sino también la casa en la que vivía, y las calles, y la música que escuchaba y la comida que me gustaba.

Y la gente. Siempre has tenido debilidad por los nombres y apellidos reales. Aparecen en muchas de tus canciones.

Mucha gente que cree que me invento esos nombres. Eso sería lo esperado. El otro día vi un documental en que Paul McCartney hablaba de cómo inventó a Eleanor Rigby. pero yo creo que los nombres reales y las situaciones reales son más interesantes y excitantes que la ficción. Me parece más excitante describir eso que un mundo imaginario. Frank Brunetti [teclista de Died Pretty, a quien se nombra en “Darlinghurst nights”] era un tipo más raro, y más salvaje, y más divertido de describir, que cualquier cosa que pueda inventar. Y me gusta que exista, que no sea ciencia ficción. Por eso lo puse en una canción.

Hablemos, por último, de diferencias entre tu libro y el documental. En el primero se da tu visión y tu opinión, mientras que en el documental has tenido que ver cómo mucha otra gente opinaba sobre The Go-Betweens.

No sé si eso me gustó, pero por otro lado no hay nada que pueda hacer al respecto. Muchos de los entrevistados dicen cosas que yo sé que son erróneas desde un punto de vista histórico. Algunos de los hechos que se exponen en el filme son incorrectos (pese a que yo les conté muchos de esos hechos). Un solo ejemplo entre muchos: uno de los entrevistados habla de que en nuestro concierto de debut íbamos con guitarras acústicas, pero yo, que al fin y al cabo era quien iba a tocarlas, puedo decirte que eso no es cierto. Jamás en la vida hubiésemos debutado en un concierto de rock’n’roll en plena época postpunk con guitarras acústicas. No éramos Simon & Garfunkel. Así que la persona que dice eso no estaba allí, o tiene mala memoria, o miente. No comparto muchas de las opiniones que se vierten en el filme, pero por otro lado intento no preocuparme por ello. No es algo que pueda controlar. Es solo una pequeña parte de lo que sucedió. No puedo cambiar la mentalidad de la gente. Si ellos quieren verlo, o lo vivieron, de ese modo, yo no puedo hacer nada.

Rompe el corazón cuando John Willsteed, el bajista borde de 16 lovers Lane, lamenta no haberse dado cuenta de lo importante que era estar en The Go-Betweens. Hay algo de justicia poética en eso.

Entiendo que el momento te sorprendiera, porque también me sorprendió a mí. Y lo más interesante, si recuerdas, es que fue una canción la que le hace emocionarse y decir lo que dice. “Dive into your memory”. Cuando le preguntan no recuerda ni los títulos, pero de golpe escucha aquello y toda la época loca que pasó en la banda, sus problemas con las drogas y el alcohol, el ego y la locura, y tocar 100 shows al año, etc., todo eso se desvanece, y solo quedan las canciones. Y eso le hace llorar. No es que eche de menos el estudio de grabación, o los conciertos, o el sueldo. Es solo “Dive for your memory”. Y puedo entender eso. De hecho, es maravilloso.

Harry Crews decía que estaba muy bien tener mentores, pero que era aún mejor superarles. ¿Crees que tras todos estos años de carrera has logrado superar a tus héroes musicales?

Para empezar, hay que recordar que muchos de mis héroes también hicieron malos álbumes. Pero a la vez no me veo compitiendo con mis héroes. No me veo a su nivel. Mucha gente viene a decirme que The Go-Betweens son su banda favorita del mundo entero, y puedo entenderlo, porque yoi me siento del mismo modo respecto a los Talking Heads, o el Marquee Moon de Television. Sé lo que es adorar algo de ese modo. Y me enorgullece y alegra que los Go-Betweens tengan ese efecto en mucha gente. Al mismo tiempo, no compito con los grupos que me encantan. Yo soy alguien que llegó después. Soy lo que vino después de ellos, así que no me veo superándoles. Si me hubiese propuesto superar a David Bowie o Jack Kerouac, o a Jane Austen, no habría llegado a ningún sitio. La altura me hubiese dado vértigo. Así que dejé eso a un lado, y me concentré en hacerlo lo mejor que podía. Kiko Amat

(Esta entrevista se publicó originalmente, en formato reducido, en El Periódico de Catalunya. La que aquí les ofrezco es la versión extensa, sin cortes, de la charla. Exclusiva de Kiko Amat para Bendito Atraso).

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Kiko Amat entrevista a Donita Sparks (L7)

Sí, entrevisté a Donita Sparks, de L7, y lo publiqué en Babelia de El País.

No estoy seguro de que alguien haya leído esta charla, a decir verdad. ¿Seré el último fan de L7 que queda en este buen mundo?

Si quieren demostrarme lo contrario, plántense aquí.

Acné, paranoia y speed: pesadillas psicodélicas adolescentes 1966-1989 (una conferencia de Kiko Amat)

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Había olvidado citarles a esto. Pero ahora lo he recordado, y tengo que decírselo antes de que se me vuelva a olvidar:

Este lunes 05 de noviembre estaré en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, a las 19:30, en la sala Gómez de la Serna, hablando de psicodelia, a mi maner-a-a-a-a. La entrada es libre. Es una conferencia ligada a una exposición: Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972. Yo daré una charla magistral sobre psicodelia tal y como la veo yo (que no es necesariamente la misma mirada que la de algunos historiadores del rock). También pondré algunas canciones.

La cosa irá por aquí:

“Existe una psicodelia que no habla de incienso, pipermint y flores. Que no se confeccionó en la Vieja Tienda de Té de la Señora Maples. Que tiene poca paz, y el único amor que conoce es obsesivo, despechado y vengativo (“I never loved her!”). Que no va de teatro performance, pasotes triposos de 15 minutos, caras pintadas ni elepés conceptuales. Que articula el odio universal como única “canción protesta”. Un Big Mod Hate Trip, como dirían Halo of Flies, que aparecían en una portada con pistolas y bates de béisbol, pillando el ángulo procedente.

Lo escribió Julian Cope en su célebre artículo de 1983 “Tales from the drug attic”: psicodelia es la primera vez que oyes hablar de sexo en el colegio (“el barco se hunde y con él toda tu cordura”). Un vómito tecnicolor. Porque existe otra psicodelia: la del mal rollo, la violencia y la confusión; la de los millares de niños con acné soñando con ser Jagger y masturbándose (y llorando) furiosamente con fotos de Jayne Mansfield en la tierra de los mil párkings, mientras la mitad de sus amigos mueren en Cam Lo (o llevan collares de orejas humanas y decapitan niños); la de los feos y obesos, impopulares y antipáticos, que maquinan venganza contra el guapo de la clase, montando grupos de R&B desvencijado, versionando a Them a toda hostia en los bailes del instituto; la psicodelia pop y showbiz de L.A. versus la psicodelia universitaria y tabarrera de San Francisco; la psicodelia inglesa de 45 revoluciones (mod, agresiva, popular) versus la psicodelia americana de 33rpm (intelectualoide, melindrosa y académica); y todas las reverberaciones futuras del asunto: el recopilatorio Nuggets, los Undertones versionando el “Let’s talk about girls”, Television enamorados de los 13th Floor Elevators, los grupos de psicodelia proletaria inglesa de los 80 (Biff Bang Pow!, The Dentists, The Stingrays), el revival psicodélico de 1985-1989, las bandas antipódicas de Flying Nun y allegados (pocas cosas hay más psicodélicas que el mal viaje homicida de “Pink Frost”, de The Chills) o las guitarras helicoidales del llamado Paisley Underground (Rain Parade, The Bangles y todos los demás). Una psicodelia paranoica, anfetamínica, potencialmente criminal y asqueada de nacimiento. Un manicomio lisérgico. Odio, erecciones y desorientación. La antítesis de lo hippie; el sonido anti-padres definitivo. Bienvenidos a mi psicodelia”.

Si esto les ha maravillado, vengan a verme al Círculo de Bellas Artes.

El ropaje del rapado

7 atributos estéticos lucidos por los skinheads originales y los súcubos Oi! de la Segunda Venida.

 Resultat d'imatges de skinheads 1969

1) Botas: Desde siempre, los skins llevaron botas. Casi murieron con ellas puestas, si no fuese porque al final se negaron a perecer. Se ha hablado mucho de la sofisticación Ivy League[1] de muchos skinheads originales, pero sería absurdo desestimar el componente feísta de varios elementos del look. Para empezar, las Dr. Martens –hoy consideradas columna jónica de la estética skin- no se popularizaron hasta años más tarde, cuando empezaron a prohibirse las punteras de acero en los partidos de fútbol. Al principio de todo, en el 66-67, cuando los skinheads eran solo un apéndice desafecto que pugnaba por extirparse de su progenitor inmediato -los mods- los skins llevaban botas NCB (National Coal Board)[2], una especie de colosales coturnos de minero que dejaban bien clara la vertiente anti-moda, anti-hermosura, proleta y funcional, del nuevo culto. Las NCB eran bastante inmundas, en efecto, pero provocaban el efecto deseado: desagrado con náusea (en el gran público) e identificación tribal (en los usuarios). A menudo, a las NCB se les pintaba de blanco la puntera de acero –un rito que una década más tarde regurgitarían los punks del UK82, así como crustis y anarcopunks- aunque los skinheads más Resultat d'imatges de NCB boots skinheadaseados simplemente les pasaban la nana abrillantadora de metales, como si fuesen pomos de escalera.

Cuando en las gradas se instauró el mencionado veto a las botas, aterrizaron las Dr. Martens. El modelo más popular eran las ya míticas Air Wear de 8 agujeros en marrón –no cereza, como suele creerse-, y se llevaban con los pantalones recortados por encima de los tobillos, para lucir bota y, por qué no, fardona etiqueta. Otro famoso rito skin –que yo presencié, con los ojos fuera de las cuencas, en múltiples ocasiones- consistía en pulir las Martens marrones o cereza con toques de betún negro en los pliegues y arrugas, para “anticuarlas” (o, visto de otro modo: para arruinarlas sin solución).

Cuando yo era muy joven, en todo caso, las puliditas Martens de 8 agujeros eran apariciones quiméricas. Leyendas de la antigüedad. Lo más habitual en los primeros años del culto catalán era toparse con botas militares del ejército español (baratísimas, accesibles, universales) o, pocos años después, con Martens “Fofó”, eslora de drakar vikingo y puntera super-reforzada para demoler edificios. A los pocos años, y Imatge relacionadacon dichos antecedentes como referentes inmediatos, las primeras Air Wear de 8 agujeros que vi (una bota perfectamente recia y callejera) se me antojaron zapatillas de ballet, y eso dice algo, bastante, sobre la relevancia fundamental del contexto.

Yo mismo, ya que preguntan, poseí mi propio par de Martens de 8 agujeros, color cereza, en el epítome de mi look cripto-suedehead-hard-mod[3], hacia 1995. Me deshice de ellas poco después, con el advenimiento del indie-pop, por razones que comprendo bien pero que no procede explicar aquí. Otro modelo de botas la mar de cucas que no querría obviar son las monkey boots, un formato muy particular (y algo marciano) de botas de faena inglesas con puntera liliput y suela estilizada (comparada con las Martens) que solían llevar las chicas skinhead y los niños skins. Lo de niños, no vayan a creerse ustedes, dista mucho de ser una broma[4].

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Bastante skin

2) Tirantes: No, ya nadie lleva tirantes, ni siquiera los skinheads, que eran sus tenaces usuarios principales. Uno puede deducir fácilmente el por qué de su extinción a la primera ojeada: hacen de persona mayor. Avejentan. Y le dan a uno esa pinta de trabajador autónomo en entorno rural (quiero decir de payés). Y también, me apena decirlo, de deficiente mental (piensen en Steve Urkel).

Son un elemento estético, los tirantes, que uno asocia inconscientemente a: a) abuelos gagá o b) gangsters propietarios de amplísimas cinturas de muñeco Michelín para las cuales ya no existe cinturón. Para colmo, los tirantes son muy difíciles de regular de forma satisfactoria y elevan la línea de flotación pantalonil por encima del ombligo (un poco Buster Keaton). Es una imagen passé, en todo caso, y afea cuerpos. Por no decir que, más a menudo de lo que sospechan, los tirantes –por pura tracción físico-elástica- son capaces de separar los dos testículos de una forma tan dolorosa como visualmente repugnante. Los tirantes caídos, por otro lado, de abuelo en modo estar-por-casa (combinan de perlas con pantuflas y bata), no se vieron en subcultura juvenil española hasta los últimos 70. En mi pueblo, y diría que también en todo el país, se conocía a este look perdido como “cockney”. Ni pregunten[5].

3) Bomber jacket: Llevamos tantos años conviviendo con ropa militar utilizada en entorno urbano que somos incapaces de imaginar las tortícolis masivas que provocó el tipo que se puso por primera vez una CAZADORA DE AVIADOR. Para ir a comprar el pan. Debió ser un tipo de incomprensión tiznada de escarnio en turbamulta, como la que sufre Marty McFly en Regreso al futuro (“¿Te has caído de un portaviones, muchacho?”). Para empezar, los elasticated cuffs (puños de chaqueta con goma, en lugar de los viejos botones) eran un invento reciente[6] que igualaba en importancia a la rueda o la penicilina. Un joven de la época que luciese palmito con flight jacket, o bomber (en España también conocidas como “pilots”), debía parecer un cosmonauta chiflado. Un hombre avanzado a su tiempo, como Galileo. No sé

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Skins y mods, 1967. De picnic. Puede verse una monkey jacket y un amago de bomber.

si me explico: en los años 50 y primeros 60 se llevaban las líneas muy rectas[7]. Pero el estilo Ivy League en su vertiente informal aterrizó e infectó el planeta con furia venérea, lanzando al mundo una flamante imagen curvilínea, hecha de muñecas elásticas, cremalleras y cuellos no almidonables ni separables, todo fabricado en nylon, polyester y otros materiales del futuro. Los skinheads llevaron cazadoras de aviador desde el año 1969, a ojo de buen cubero, aunque los mods menos fifís habían utilizado monkey jackets (en la época del mod revival rebautizadas como “scooter jackets”) desde principios de los 60, casi; y se trataba de un estilo muy similar.

Con los años, la bomber, por su manejabilidad, modernidad, impermeabilidad irreductible, precio, facilidad de manejo en reyertas y resistencia a la mugre (todo eran ventajas), sería coronada como chaqueta epítome del culto skin; especialmente en su segunda venida, hacia 1977-78. En España resultaría ser el abrigo skinhead más popular hasta 1991, cuando estilos más estilizados y pulcros de gabán empezaron a dominar la subcultura, que ya miraba de forma clara al 1969. Otra submoda de grada (los Boixos Nois, entre 1992-94), antes que lo olvide, consistió en llevar las bombers vueltas del revés, dejando a la vista el forro naranja chillón. Las

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Chas Smash y Suggs (Madness) luciendo clásico look MA-1.

bombers del ejército español, por otro lado, fueron aquí las únicas visibles hasta 1984-86, cuando empezaron a verse las primeras Alpha americanas originales, modelo MA-1.

Yo poseí las dos modalidades, que me chiflaban: una bomber zaragozana del ejército español 60’s (del aire), que yo ornamenté con un centenar de parches y chapas, como si se tratase de un estrafalario árbol de navidad movible; y, ya hacia 1991, una MA-1 mucho más mullida y reluciente, que también adorné con, entre otras chifladuras, parches de cerveza foránea cosidos en la espalda (un detalle scooterista que ahora no sabría ni cómo juzgar: ¿genialidad o completo desatino?). Ambas color verde aceituna, no azules ni (válgame dios) violetas. Hoy, según he captado en mis paseos por las calles de Barcelona, este look ha renacido con vasto impacto, y vuelven a verse las bombers y scooter jackets a destajo en las grandes marcas de calle.

4) Harrington (y otras): El elegante nombrecito les viene de un personaje de la famosa telenovela de los sesenta Peyton Place (un piernas llamado Rodney Harrington, si pueden creerlo), y Elvis la popularizó en el filme Kid Creole. Conozco estos dos fragmentos de información vital desde mi parvulario mod, cuando los detalles relevantes del culto pasaban casi de padres a hijos, pero hoy ambas cosas están bien

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Superman is a skinhead

visibles y pedestres en Wikipedia, para que se entere todo Cristo.

Las primeras “harringtons” inglesas las fabricó la marca Baracuta, de Stockport, y su modelo crucial era el misteriosamente llamado G-9. La harrington, para aquellos de ustedes que jamás hayan vislumbrado una, es un tipo de pelliza corta (dos cuartos) con claro aroma Ivy League, forro de tartán o cuadros, cremallera, cintura y puños elásticos y cuello mandarín con dos botones (no abrochables bajo pena de muerte; aunque el cuello sí puede levantarse, a lo Steve McQueen, si se trata de un día ventoso). Yo aún poseo la mía, en original rojo chillón, hoy descolorido a bermellón aguado con un claro futuro rosa pastel. No es una Baracuta (las Baracuta originales valen lo mismo que un bote menorquín de ocho plazas), ni falta que hace.

Resultat d'imatges de skinheads 1969

Otras chaquetas populares entre los skinheads primigenios eran los crombies (o abrigo formal inglés de tres botones, hasta la mitad del muslo, en negro o azul oscuro; otorga al usuario un ligero no-se-qué transilvano), las donkey jackets (abrigo de operario de zanja, con hombreras impermeables; este espectacularizaba el origen currante), los macs (o gabardinas en azul, gris o blanco) y los regios sheepskins (abrigo de piel con forro de borrego).  Y, como no, las tejanas Wrangler, Levi’s o Lee. Decoloradas con lejía pura si uno era muy insensato (o valiente).

5) Polo Fred Perry: Los mods empezaron a pasear ropa deportiva de tenis y boxeo (no de equitación o pesca submarina, por desgracia; habrían dado mucho juego en las fiestas) porque, escuchen lo que les digo, resulta que había una tienda especializada en este tipo de artículos en una de las esquinas de Carnaby Street, hacia 1964. Es decir: empezaron a lucirlas por pura osmosis, por mera proximidad, porque estaban allí y encajaban con el resto de utillaje. No quiero ni pensar lo que habría sucedido a efectos subculturales si ese establecimiento llega a ser una tienda de disfraces de payaso o, peor aún, una pescadería (¿langostas en los bolsillos del traje, al modo daliniano?).

Resultat d'imatges de fake fred perry

La parrafada dadá delata a este Fred Perry falso.

En todo caso, mods y skins siempre llevaron polos deportivos, y con el tiempo se tornarían uno de sus arquetípicos detalles visuales. El laurelito Fred Perry de las narices[8] en la pechera, para que no quede duda alguna de la adscripción a la tribu. En España se llevaron Fred Perrys a destajo y sin freno, pues una avispada textil barcelonesa había comprado a principios de los ochenta el copyright de la firma (y también los modelos, asumo), y se lanzaban a precio moderado, en infinidad de colores y diseños. También eran perfectamente aceptables (en España) los polos deportivos del mismo estilo y corte inglés pero con cualquier otra insignia de imitación encima del pezón izquierdo: monstruosos laureles mutantes de tres, cuatro, incluso cinco ramas; carruajes de época; delfines y cetáceos; círculos op-art, espirales u otras formas geométricas; escudos nobiliarios y diversos elementos de heráldica; alcachofas (u hortalizas en general); fragatas y bergantines; bustos de jerarcas mesopotámicos; o pequeñas espigas de trigo dorado. El estilo, no el espanto de logotipo, era lo importante.

6) Ben Sherman: Camisas, vaya. Otra herencia de los mods, que son en esta historia el típico hermano mayor que no deja de entrar en tu cuarto sin llamar cuando estás cantando en calzoncillos delante del espejo. Con un cepillo a modo de micrófono. Las Ben Sherman llevan cuello de solapa abotonada (lo que en Estados Unidos se llama cuello “oxford”), con el botón superior –el del gaznate- desabrochado (un solo botón; nada de veleidades de rumbero, con desabroche umbilical) por inapelable mandato judicial, en colores planos (rojas, azules, negras, blancas, incluso rosa o verde pastel) o vistosos cuadros lo más gruesos posibles, y también en cuadro pequeño (gingham), pero nunca jamás a rayas de primera comunión, flechas o topos (modelos de raigambre mod), o cualquier otro

Resultat d'imatges de gingham oilcloth

El versátil gingham. Muy utilizado en hules.

grafismo abstracto o étnico (jeroglíficos de Gizeh, runas, palabras en cirílico, esquemas del avance del ejército hitita en Kadesh).

Con las Ben Sherman sucede lo mismo que con los textos de la Grecia clásica o los filmes de cine mudo: el canon no está compuesto por los mejores trabajos, sino simplemente por los que se han logrado conservar. En efecto: en la época mítica del skinhead, cuando semidioses y gigantes andaban entre nosotros, existían un mayor abanico de marcas predilectas (JayTex o Brutus, entre otras), igualmente bellas y bastante más asequibles. El look buscado, de nuevo, era una consecuencia del Ivy League de masas, solo que anglificado y obrerizado; callejero, no universitario. Otro atributo que no ha trascendido fue el de las “unionshirts, o camisa sin cuello de trabajador no especializado. En nuestro país, sin duda, porque se las asocia con el perfecto antónimo del skinhead: el odioso progre. Y en mi caso concreto porque eran look favorito de mi padre.

7) Pelo rapado: Como les decía antes respecto a los puños elásticos y las formas curvilíneas en el talle, el cabello al rape era algo radical, casi inaudito, en los años sesenta. Un detalle que se asociaba automáticamente a: pobreza, delincuencia o demencia, o una ominosa combinación de los tres factores (a los reos y pacientes de centros psiquiátricos se les afeitaba el cráneo al cero como medida sojuzgadora). Los mods ya lucían un peinado anormalmente corto hacia 1963 (“short hair” es lo que se lee en todas las descripciones de modernistas de la época, pese a que a nuestros ojos sus pelucones -si bien algo absurdos- lucen un largo de nuca y costados convencional).

Resultat d'imatges de skinhead getting haircut

Los skinheads, siempre melodramáticos y llevando las cosas hasta el extremo bélico, dieron el definitivo paso que cruza el Rubicón folicular, y empezaron a lucir el pelo cortado a máquina. Sin afeites ni miriñaques. Con peinetas de máquina del 4, 3, 2, 1, incluso al cero y medio o cero absoluto (lo de afeitarse la cabeza con cuchilla no se vería –en el lado exterior de los manicomios- hasta el advenimiento del Oi! más extremo, en 1982[9]). En todo caso, era aquella una imagen radical, casi insultante en su completo desprecio por las modas del momento y las ideas de respetabilidad y decencia imperantes. Era como llevar un vistoso cartel que anunciaba que acababas de padecer una incurable enfermedad venérea, o que te acababan de soltar (por error) de un penal psiquiátrico. Tan chocantes eran aquellos no-pelos de chalao que, como ya saben, acabarían dando  nombre al fenómeno: skin-head[10]. Cabeza rapada. Elementos variables en el rapado universal eran las patillas (convencionales o con grosor y forma de costilla-de-cerdo, casi hasta la mismísima barbilla), la raya afeitada a un lado del cráneo para emular a los músicos negros americanos o jamaicanos (lo que mis amigos llamaban “el detalle sublime”[11]), siempre con nuca cuadrada y, en ocasiones, sutil diferencia de largo entre lados y parte superior de la cabeza. Algunos skinheads norteños (ingleses) también se dejaron, sin el menor complejo, unos buenos bozos labiales cuasi-imberbes. Que los skinheads modernos se han negado a adoptar, por desgracia.

Kiko Amat

[1] The ivy look. Pulcritud americana de mediados del siglo XX: urbana, casual, limpia, decente.

[2] Casi todas las subculturas son mucho más heterogéneas en su incepción original, cuando aún no se han museizado sus significantes. Los skins de la primera hornada, 67-68-69, hacían gala de una mayor amplitud de miras y curiosidad colorista a la hora de escoger sus trapitos. Eso se traducía en una serie de abrigos, botas, zapatos y elementos que hoy prácticamente han desaparecido del look skin: botas NCB, peacoats (tabardos de la marina mercante), escarpines suedehead, jerséis de cenefas o corbatas anchas (todo elementos skinheads en uno u otro periodo de su existencia).

[3] Corte de pelo Small Faces combinado con camisas de cuadros-hule de trattoria y tamaño Rushmore, sheepskin de saldo, tejanos con la vuelta cosida de un dedo y rictus de pazguato.

[4] El culto skinhead tenía una media de edad incluso menor que la de los mods. De hecho, y como atestiguan numerosas fuentes, era perfectamente común adscribirse al culto cuando aún ibas a séptimo de Básica (12 o 13 años). Estos niños no encontraban botas Martens de su talla, y de ahí la utilización de las monkey boots, el sucedáneo más cercano y menos ridículo.

[5] Podría decirse que es algún tipo de híbrido skin-punk (skunk) 80’s: cruzada de cuero remachada o bomber con tirantes caídos, gorro de lana naviera a lo Dexys, botas reforzadas, parches de Rejects y Upstarts y Sham 69, tartán visible en algún lado (parcheado en el culo, o como forro de la cazadora de cuero), cara de pasmo inducido por la cola de carpintero.

[6] Militar; como casi todo lo innovador (por desgracia).

[7] Las trencas, que hoy se consideran un abrigo perfectamente pulcro y “de vestir”, a lo largo de los años sesenta eran el equivalente de lucir un mono de mecánico manchado de grasaza. Un gabán sin formas, desastrado, de batalla y solo para beatniks inconformistas o pintores abstractos en divanes. También usables como manta en esos mismos divanes, si escaseaba la ropa de cama.

[8] También la marca de Lonsdale, casi señalización skinhead universal, bastardizada en centenares de logotipos de bandas y clubes (y algún grupúsculo nazi).

[9] Los teddy boys del revival, al igual que los Oi! skins, también exageraron todos los significantes. Las fotos de teds originales de los años cincuenta son muchísimo menos extremas que las de teds de los últimos 70’s: los trajes menos chillones (nada de color rosa, o piel de depredador felino en las solapas), los creepers de entresuelo (no de dos o tres pisos, sin ascensor), los peinados menos rococó, etc.

[10] Aunque no al principio. Desde la prensa se dudó durante meses, entre los años 1967-68, qué epíteto faltoso dedicarles a aquellos chicos pelados: peanuts (“cacahuetes”), cropheads, boiled eggs (“huevos hervidos”) o skulls (“calaveras”), para al final optar por el que cuajó: skinheads. Fue un acierto bautismal, claro: “Por ahí vienen los huevos hervidos” no suena ni la mitad de amenazador.

[11] El detalle sublime pasó a ser el DETALLE RISIBLE cuando uno de mis amigos, El Gusi, no atinó a señalar la altura correcta de su raya afeitada y otro de mis amigos –el que hacía de peluquero amateur aquel día- se la afeitó justo encima de la oreja. Fue lo que, a lo largo de los meses siguientes, convindríamos en denominar “la raya para dejar el lápiz”. Extrañamente no fue copiada por otros skins ni devino virus subcultural.

(Este artículo se publicó hace un par de años en la revista mexicana Life & Style. Yo se lo publicó aquí, para que ustedes lo canten, son-son).

Kiko Amat entrevista a ROBERT FORSTER (The Go-Betweens)

Yep. Que hace unos días entrevisté por Skype (Australia-Barna, ¿sí, dígame?) a uno de mis músicos favoritos, Robert Forster, de The Go-Betweens. La entrevista, en su versión editada y apretujada para que cupiese en dos paginacas de periódico, se publicó este sábado 27 de octubre en El Periódico de Catalunya. Pueden leerla en digital con este sencillísimo método.

La cosa, como leerán en la pieza, tenía su excusa en el estreno del documental sobre la banda, Right here, en el festival de cine documental musical de Barcelona, In-Edit.

En unos días, cuando me dé por ahí, publicaré la versión larga, director’s cut, de la entrevista, como es habitual en este sitio, y ustedes alucinarán berenjenas, pues es una charla fantástica.

Kiko Amat y Edward Bunker en Vilassar Noir, 28 de octubre

Es un decir. No voy a estar con Edward Bunker. Por fan que sea, no voy por el mundo profanando tumbas.

Pero sí voy a estar hablando de él, en compañía de su editor español (Dani Osca, de Sajalín), en el marco del festival Vilassar Noir, el día 28 de octubre, domingo, a las 13h, hora exacta -y sagrada- del vermut (lo han hecho a propósito).

¿La información del evento? Pues aquí la tienen, en este machucanfio. Cliquen y ¡zum! Estarán allí.

La canción del viernes #40: L7 “Pretend we’re dead”

En 1993 y 1994 (dos años de mierda) yo trabajaba en un kiosko en Sitges, un pueblo costero catalán. lo único que impedía que no me cortara las venas en perpendicular y en cruz era que me pasaba el día escuchando cintas grabadas en el radiocasette de la tienda (el volumen extremo al que lo poníamos silenciaba preventivamente las quejas potenciales de los clientes).

Dos discos que me encantan y me recuerdan a aquellos tiempos (de mierda) son el Smell the magic (1990) y el Bricks are heavy (1992), de las L7. Me encantaban esos dos elepés, los ponía todo el día (antes o después de los de Poison Idea, otro grupo que también asocio al empleo aquel).

El excelente documental sobre L7, Pretend we’re dead, que yo acabo de ver y ustedes, civiles, verán en su estreno en el In-Edit 2018 que está a punto de empezar, me ha recordado lo mucho que me ENCANTABAN las L7.

Podría haber puesto alguna de las menos conocidas que también me chiflan, pero sería parida no colocar alto y fuerte su hitacle, “Pretend we’re dead”, tan radioformuláico y pop que podría firmarlo Tom Petty (es un decir). En todo caso, les pongo la versión del show de Letterman, que el videoclip oficial lo calcinó la MTV. Llevo todo el día escuchándolo; nunca me cansa ese hit.