Alta Fidelidad de Nick Hornby (lleva una nueva contraportada de Kiko Amat)

“Era 1995 y yo vivía en Cricklewood, un siniestro barrio londinense donde, una década atrás, Dennis Nilsen había matado a quince personas y arrojado sus restos por el retrete. No era muy feliz. Cultivaba una anorexia a media jornada, trabajaba en McDonald’s, vivía con un expresidiario y varios ratones, había roto con una novia (horrible) y con la subcultura mod. Tenía veinticuatro años y creía que mis sueños se habían ido por el váter, como cachos de víctimas de Nilsen. Incluso había dejado de leer, tras decidir, con Philip Larkin, que los libros eran «un montón de mierda» y que valía más «darle al frasco». Y escuchar rock’n’roll.

Entonces recibí un paquete de mi madre. Contenía un ejemplar de Alta fidelidad, de Nick Hornby, y una carta: «Este libro eres tú.» Y lo era. De acuerdo, yo no llevaba «jerséis horribles», como Rob, el propietario de la tienda de discos que protagoniza la novela, pero el libro la clavaba en lo restante: melancolía (tic), obsesión por hacer listas (tic), casetes recopilatorios con fines amatorios (tic), halo loser (tic), nerdez irreparable (tic), odio a Sting (requetetic). Alta fidelidad me recordó que algunas novelas sí hablaban de mi (nuestra) circunstancia. Me devolvió la ilusión y recalentó mi entusiasmo. Me hizo volver a amar los libros (aunque nunca dejé de darle al frasco). Y me recordó (supertic) que la música pop era la octava maravilla del planeta. Miradme: 1996, cuarto enmoquetado, engullendo Barons de lata y escribiendo paridas mientras suena el Ten Spot de Shudder to Think y el Demmamussabebonk de Snuff. Tras varios años de rencor homicida, asoma en mi cara una cauta sonrisa.

Cheers, Nick.”

Kiko Amat

(Esa contra es mía. Para celebrar el 50 aniversario de Anagrama, chez moi, la editorial ha lanzado una serie de libros icónicos de su catálogo con portadas flamantes y contraportadas a medida escritas por fans, lectores y vecinos de estantería. A mí me ofrecieron escribir la contraportada del Alta fidelidad, de NIck Hornby. Es la que acaban de leer, y que hallarán al dorso de esta gran novela. Me encantó hacerlo)

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Firmas Sant Jordi 2019 Kiko Amat

En honor a la verdad no me tocaría firmar. Presenté Antes del huracán el abril pasado, y tuve oportunidad de firmarlo y refirmarlo para mis batallones en el Sant Jordi de 2018.

Dicho esto, Anagrama me propuso organizar alguna firmilla adicional a modo de colofón de la promoción del Huracán, así que al final estaré firmando una sola hora, en un solo lugar: La Central del Raval, de 17h a 18h, el día 23 de abril.

Estaré encantadísimo de verles allí.

Mis 10 para el Sant Jordi 2019

Resultat d'imatges de retrato futbolista adolescente1) Retrato del futbolista adolescente, Valentín Roma (Periférica)

“En mi familia tener “mundo interior” se considera un vicio característico de los ricos, una lacra que afecta, esencialmente, a las personas adineradas. Nadie cree en epifanías ni en revelaciones, en misterios que enaltecen ni en el valor de lo inefable. Me parece que nunca he oído a nadie pronunciar la palabra destino o cualquier otro término que pertenezca a este campo semántico”.

Mi libro favorito español del 2019, hasta la fecha y sin posibilidad de discusión. Una memoria juvenil (vagamente velada) confeccionada con rabia de clase, familia, deporte, extrarradio, humor tristísimo, desclasamiento, patetismo adolescente y alienación. Con un lenguaje simplemente sensacional y un ámbito y una hondura tremendos, me emocionó y me hizo reír (risa acerba con náusea) en cada página. Ultra-recomendable (y no recuerda en absoluto a James Joyce; no huyan a las colinas).

Resultat d'imatges de iluminada mary karr2) Iluminada, Mary Karr (Periférica & Errata Naturae)

“Sam se acarició los bordes del denso bigote con dos dedos, como un diminuto emperador chino a punto de firmar una sentencia de muerte. No estamos hechos para regodearnos en el placer, apuntó. El placer es el asesino de la alegría. Hizo una pausa para escupir en el jarrillo. Dijo: yo veo más allá del presente, el momento en que esas olas estarán hechas de sangre. ¿me crees?”

Imprescindible secuela de la trilogía memorística que empezó con el insuperable El club de los mentirosos (uno de mis libros favoritos). Esta parte, la tercera (en medio de las dos está Cherry, aún por traducir), se concentra en alcoholismo, iluminación religiosa y métodos para superar una infancia de mierda. Humor amargote, clase social a porrillo, contrafobia, resacazos y una madre aún loca, pero menos. Brillante.

Resultat d'imatges de hogar eterno william gay3) El hogar eterno, William Gay (Dirty Works)

“A la mujer no la conocía tanto. Era una Hines y, al igual que a los demás miembros de aquella particular familia, Oliver la encontraba arisca y excesivamente práctica. No mostraba el menor interés por nada que sucediera en las páginas de un libro, en la radio, en Francia o en Washington DC. nada que no fuese inmediatamente aplicable a la vida cotidiana. Si no podías comértelo, follártelo o despedazarlo para alimentar el fuego de la estufa, no era de ninguna utilidad, eso es lo que dictaminó Oliver en cierta ocasión, haciendo gala de un humor amargo”.

Memorable nueva entrega de grit lit y noir sureño por parte de la editorial que NUNCA me decepciona. Agravios que tienen que ser desagraviados, cerrilidad campestre, odio en estado puro, un personaje que “había ido adquiriendo con los años los rasgos distintivos del mal”, alambiques, putas, exconvictos, viejos sabios, huérfanos cabreados y un tremendo afán de venganza. A clasificar junto a Larry Brown, Harry Crews o Flannery O’Connor (aunque Gay escribe algo más florido, menos forense, que los mencionados; en ocasiones me recuerda a Barry Hannah).

Resultat d'imatges de esa maldita pared flako4) Esa maldita pared, Flako (Libros del K.O.) -no ficción-

“Nunca brilló tanto mi padre como cuando, después de un golpe, contaba dinero en una mesa, sin camiseta, con los tatuajes talegueros a la vista, uno en cada brazo, con mi nombre, y otro con sus iniciales, con un pañuelo rojo al cuello y con un canuto de hachís en los labios; nunca era tan feliz como cuando repartía dinero de los atracos entre familiares y amigos”

El libro del “Robin Hood de Vallecas” sube como una bala al pedestal de la crónica negra española. Flako, quien robaba bancos mediante el procedimiento del butrón (acceso por la red de cloacas + agujero en la pared) es una espectacular autobiografía proletario-delincuente llena de violencia, humor y familia. Flako evita con tino las partes más cuestionables de este tipo de libros (el arrepentimiento baboso, la jactancia gangsta, la sordidez gratuita o la magnificación del delito) para centrarse en aspectos que a menudo están ausentes en ellos: el afecto, la comicidad, la emoción o la defensa de la artesanía.

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5) Doppler, Erlend Loe (Nórdica)

“Aunque no veo nada que pudiera empujarme a volver. Aquí arriba, no me expongo a tratar con otros seres humanos y ellos tampoco tienen que tratar conmigo. Los demás están a salvo de mi odio, y yo de sus maneras aplicadas y sus estupideces. A mí me parece un buen acuerdo”.

Antes de que Santiago Lorenzo desterrara al protagonista de Los asquerosos a los bosques, bien enojado con el mundo moderno, un autor nórdico le había retorcido la nariz al Walden de Thoreau. Se llamaba Erlend Loe, y con Doppler firmó uno de los libros más divertidos y entrañables, a la vez que malhumorados, del 2004. Entre sus páginas hallarán un bebé alce llamado Bongo, un hijo de soldado de la Wehrmacht, la construcción de un tótem, la muerte de un padre y un severo replanteamiento de la idea de felicidad. Humor huraño, alienación constructiva y el aburrimiento como camino subversivo hacia la gracia.

Resultat d'imatges de sánchez garcía llovet6) Sánchez, Esther García Llovet (Anagrama)

“Marina era una chica de San Fermín, donde la depuradora, una chavala de barrio que había salido rara. Los raros no se enteran casi nunca de que lo son hasta que alguien vuelve a decírselo y entonces se vuelven más raros todavía porque se pasan el tiempo intentando aparentar ser más normales o más pedestres pero no tienen ni idea de lo que es ser normal”.

Otro favorito español del año y forever. Esther García Llovet es de las pocas narradoras auténticamente originales del país. Escribe crudo y breve y certero, exprime cada página hasta que la convierte en zumo concentrado (puro) de narrativa. Su segunda novela solo tiene 130 páginas, por cierto; las justas y necesarias. Un libro sobre gente rara en un Madrid extrarradial y nocturno que ni da la chapa con el callejero de la capital, ni incurre en malditismo, ni es derivativo, ni pomposo, ni cursi. Un libro cortante y extraño, inquietante y paranoico, con los bordes serrados, de madrugón o extraña lucidez de amanecida, al que no le sobra una palabra.

Resultat d'imatges de helter skelter contra editorial7) Helter Skelter, Vincent Bugliosi (Contra Editorial) -no ficción-

“Había tanto silencio -diría después una de las personas que cometió los asesinatos- que casi se oía el tintineo del hielo en las cocteleras de las casas a lo lejos, cañón abajo”.

Así empieza Helter Skelter, uno de los mejores trabajos de true crime que existen. Charles Manson, la “Familia” y la serie de asesinatos que cometieron en 1969 en las colinas de Los Ángeles son tal vez la historia criminal más famosa del siglo XX. En esta saga homicida confluyen la Era de Acuario; una filosofía demente, mezcla de maturranga carcelaria, monserga hippy y distopía apocalíptico-racial; un villano enajenado y megalómano; una secta de chicas adolescentes de clase media-alta; una increíble conexión pop (Dennis Wilson, Sharon Tate, Roman Polanski…); drogas lisérgicas, armas, buggys y orgías; un juicio estilo Perry Mason (el autor del libro es el fiscal encargado del caso) y una investigación policial plagada de pifias, casualidades y asesinatos paralelos; y los crímenes en sí mismos, una cosa como de película gore de John Carpenter. Y esta edición (la primera desde 1976) lleva un fantástico prólogo de Kiko Amat. No se lo pierdan.

Resultat d'imatges de ummo eduardo bravo8) UMMO, Eduardo Bravo (Autsaider División Sesuda) -no ficción-

“Sus seguidores, sin embargo, defienden las imágens realizadas por Billy meier de los ovnis argumentando, por ejemplo, que es manco y que, con una sola mano, es imposible trucar las fotografías”.

En Willa Wanda, su anterior libro, Bravo nos habló de logias masónicas italianas, Gladio, operaciones de falsa bandera, terrorismo ultra, Brigatte Rose, Berlusconi, el banco vaticano y Licio Gelli. En Ummo hallarán platillos volantes, sectas pedófilas, nazis, sadomasoquismo, guerra fría, cloacas del Estado, tertulias falangistas y mucho más. Otro libro increíble (en el sentido etimológico de la palabra), didactiquísimo y adictivo del gran Eduardo Bravo, nuestro Jon Ronson patrio.

Resultat d'imatges de carvalho problemas de identidad9) Carvalho; problemas de identidad, Carlos Zanón (Planeta)

“Desde los ventanales del Glaciar, esa cafetería, bar, lugar de pequeñas actuaciones, situado en una esquina de la Plaça Reial, la nostalgia se extiende por mi piel como una pomada caliente. Una nostalgia de nada y por nada, de un tiempo que ni es necesario ser vivido por uno para añorarlo y, si lo viví, tampoco fue tan armónico y hermoso como este ensoñarlo ahora, dejar pasar la tarde mirando la fauna de la plaza mudando de pelaje e intenciones a medida que mengua la intensidad del sol y empieza a tiritar el alumbrado eléctrico”.

Zanón, uno de nuestros grandes, se zambulle en un encargo y sale más que airoso (incluso triunfante) del tema. Zanón puede con todo; dignificaría y elevaría incluso un remake del Groovy de José María Carrascal. Este Carvalho contiene los suficientes zanonismos (clase obrera, familia, desconfianza hacia la guayez, desafección, obsesión, mala hostia) para encandilarnos a los fans, y supongo que también ofrece la suficiente pleitesía a la fuente para no instigar una horda linchatoria de Carvalhistas bajo su ventana. Dicho esto, me proporcionó un placer casi lujurioso topar con las pequeñas blasfemias que comete el autor a la hora de redefinir a su protagonista heredado y avejentado (por ejemplo, que no pueda comer y tire a la basura los platos cocinados; siempre he odiado los libros con recetitas). Un muy buen aperitivo a su próxima novela.

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10) Kentucky seco, Chris Offut (Sajalín editores)

“Nadie de esta ladera acabó el instituto. Por aquí se valora a un hombre por sus actos, no por su supuesta inteligencia. Yo no cazo, ni pesco, ni trabajo. Los vecinos dicen que le doy demasiado al coco. Dicen que soy como mi padre y a mamá le preocupa que puedan estar en lo cierto”.

El único libro de cuentos que selecciono para este Sant Jordi es el notable primer trabajo del hombre que acabaría guionizando Treme, True blood o Weeds. Una colección de realismo redneck de los Apalaches escrita en 1992 que no tiene nada que envidiar al Knockemstiff de Donald Ray Pollock y que, como aquel, está centrado en un solo pueblo dejado de la mando de Dios. Peor aún: los personajes de Offutt ni siquiera pertenecen a un pueblo como tal. Un ano-de-mundo perdido entre las montañas a donde “nadie viene. Todo el mundo se va”. Barro, osos, ahumaderos, timbas, armas, hostias, hombres que les pegan tiros a los perros de otros hombres, estigmas no-lavables y rencillas más viejas que la tierra que los vio nacer. Con el sello de aprobación de Larry Brown.

Kiko Amat

(Esta es mi selección de favoritos personales para el Sant Jordi 2019. No vienen en particular orden de prioridad. Compartan -y compren- a placer)

Blues del delta: nacidos en el Baix

Kiko Amat explora la relación sentimental que tienen con su comarca cinco artistas originarios del Baix Llobregat: David “Beef” Rodríguez, David y José Muñoz (Estopa), Maria Guasch y Clara Segura. Pero antes analiza la suya propia, para que no se diga.

Resultat d'imatges de +BM (Barcelona Más Metropolitana)

Yo nací en el Baix Llobregat y me marché del Baix Llobregat. No suelen perdonárseme ninguna de las dos cosas. Para los urbanitas de Barcelona soy siempre sospechoso de garrulismo periférico. No importa si voy por ahí declamando a Maragall en pose de estatua de Llimona: los barceloneses me olisquean, tratando de detectar al quinqui latente que, faca en mano, se agazapa tras mi impostura condal. En mi comarca me sucede lo opuesto: soy un emigrado, uno de los que se dejaron embaucar por el dudoso encanto de “Barna”. Un traidor, en cierto modo. La responsabilidad de probar que no soy un cursi metropolitano, que aún soy de los suyos, siempre cae a mi lado de la verja. Y encima soy escritor: doble ultraje. Cuando entrevisté a David “Beef” Rodríguez, su primera frase fue “Hablas siempre del Baix, pero tú te fuiste, ¿no?”. Miré al suelo, mortificado, y mascullé un “sí” inaudible. Sí, me fui (le canté, poniéndome en pie), merecía aquello pero no lo quería, así que me fui-i-í.

Y, sin embargo, en mi niñez no quería irme nunca del Baix. Mi sangre es puro delta. El Baix Llobregat de los 70 y 80 es mi paisaje, el único que me conmueve (y tiene peso en mis novelas): torres eléctricas, cañaverales polvorientos, pinedas dejadas, solares a medio hacer; polígonos y aviones; uralita, tierra roja, malas hierbas, olor a mar y pedo industrial; aiguamolls y cementerios de coches; el parquing del Carrefour; campings, pafs musicales, bares extremeños, espiguillas en los pantalones, montes achaparrados. Una tierra inter-Media. En las memorias Otro planeta, Tracy Thorn definía así su villa natal: “era un pueblo y no era un pueblo. Rural pero no rural. Una parada en la línea, un espacio entre dos paisajes que tenían mayor pedigrí: la ciudad, y el campo. Un territorio fronterizo, un estado intermedio y accidental”. Los pueblos del Baix Llobregat sufren de la misma esquizofrenia territorial. Tuvimos mucha inmigración (pueblos extremeños enteros trasladaron su censo aquí), también turismo (aunque sospechabas que aquellos holandeses habían llegado por error), pero la duda permanece: ¿somos la comarca que la gente atraviesa?

“Si llega el metro, es Barna”, decíamos. Y a Sant Boi solo llegaban los Ferrocarriles Catalanes. La escritora Maria Guasch afirma que “los del Baix somos culturas de tren”. Un recuerdo (posiblemente apócrifo) de mi juventud: mi panda y yo, bajo la luz de una farola de la estación, bebiendo latas de cerveza, viendo como se aleja el último ferrocatas a Barcelona (y no vamos en él). El tren definía los límites. Aquel trayecto, representación física de la distancia, avivaba el incendio de nuestros anhelos: nadie ha romantizado tanto Barcelona como los habitantes del Baix. Y nadie se ha decepcionado tanto con ella como nosotros.

No recuerdo en qué momento empecé a fantasear con marcharme de Sant Boi, convertirme en un Judas del delta. Debió ser a los catorce, cuando el tumorcillo de la anglofilia había devenido metástasis incontenible. En mi descargo debo decir que al final engañé al Baix con Londres, no con Barcelona (lo cual es como decirle a la esposa que le has sido infiel, sí, pero con la Patricia Arquette de Amor a quemarropa, no con la vecina).

Da lo mismo: allá donde fui, el Baix Llobregat se vino conmigo. El hecho de marcharme solo había incrementado su hechizo. Aquel “otro lugar” avalaba mi existencia, que diría Philip Larkin. Aún me persigue. Si cierro los ojos nunca estoy en Londres o Gràcia: estoy andando calle abajo por Jaume I, un mediodía de agosto. Sant Boi está vacío, hay golondrinas en el cielo, el aire huele a menta y cemento y malas hierbas quemadas, ni un coche a la vista. Mis amigos y yo nos hemos quitado las camisetas por el bochorno, vamos bebidos y gritando “You’re wondering now”. Atrapados en el delta, en un estado emocional que mezcla la jactancia, el complejo de inferioridad y el rencor. Siempre seré de aquel lugar, y de aquel momento.

 

 DAVID “BEEF” RODRÍGUEZ (Sant Feliu de Llobregat)

Resultat d'imatges de david rodríguez músico la estrella de davidYo no soy un cantante de abstraerse. Cuento las cosas que conozco. He vivido 44 años en Sant Feliu, y hablo de mi pueblo. Al principio, en Beef, como cantaba en “wuachiwey”, no se entendía. Luego, en la promoción, sí que sacaba lo santfeliuense, para distanciarme del melanoma barcelonés. Ejercía de habitante del Baix Llobregat. Quería poner distancias. Y hacerme el interesante.

Jamás me fui del Baix Llobregat. Me quedé aquí. No me siento extraño en la comarca. Lo he pasado mal aquí, he estado deprimido, pero nunca he pensado en marcharme. Mis padres eran desertores del arado, de Ornacho, un pueblo de Badajoz. Venían de la miseria. Me inculcaron el miedo a la aventura, a largarme. Nunca me planteé nada más allá de tener un trabajo fijo. Ni siquiera irme a Barcelona. Cuando me pegué una hostia en coche en la primera gira Noise Pop me indemnizaron, y lo primero que hice fue comprarme un pisito en Sant Feliu. Siempre he sido un malcriado. Mi madre venía a limpiarme la casa. Y cuando ella dejó de venir empezó a venir mi padre.

Aquí me dejan en paz. Me siento más anónimo en Sant Feliu que si me voy al Nasti de Madrid. Eso era lo que más me gustaba de estar aquí. Yo no tenía conciencia de clase, pero veía que en mi entorno nadie tenía veleidades artísticas. Ahora vivo en Madrid, y es al revés: no conozco a nadie normal allí: todo el mundo que frecuento es artista. Eso para mí es un gran hándicap artístico y humano.

En mi pueblo yo siempre había sido la mascota. El friqui graciosillo. El rarito. Tenía fama de estar zumbado, de autista, iba por ahí con los auriculares, a mi bola… Kiko Veneno dijo que su padre siempre se había reído de él, y ahora que tenía 50 años le daba la razón. A mí me ha sucedido algo parecido. Al final, perseverando, me he ganado el respeto del pueblo. No es que les guste mi música, pero he calado, como la gota malaya.

Sant Feliu ha cambiado. No es que se haya convertido en una gran ciudad, pero antes era más gueto. De niño me atracaban cada dos por tres. Ahora veo un cierto aburguesamiento, esas gafas de pasta catalanas, ese alquitranarlo todo…

El cambio de cinturón rojo a cinturón naranja lo veo consecuente. Da pena y asco, pero va con los tiempos. Sant Feliu tenía un movimiento vecinal muy potente, cortábamos carreteras para que nos pusiesen el instituto, o el ambulatorio… Se ha pasado mucho de la gente de aquí. El “procés” los ha ignorado.

(David Rodríguez es músico. Formó parte de Bach Is Dead, Beef, Telefilme, La Bien Querida y, ahora, La Estrella de David. Acaba de publicar su último disco, Consagración)

 

ESTOPA (Cornellà)

Resultat d'imatges de estopa cornellàNuestros padres eran de un pueblo al sudeste de Badajoz. Zarzacapilla. Mucha gente de allí emigró a Cornellà, Sant Boi i L’Hospitalet. Era un pueblo pequeño, de 600 habitantes. Debieron venir todos. Al primero que vino le llamaron Juanito Barcelona. Eran como pioneros. Nuestro padre vino en 1963 con trece años. Él solo. Tenía aquí a su tío. Vivían en plan camas calientes, con familiares. Igual que los inmigrantes que vienen ahora. Nos entristece ver a gente que fue inmigrante, y ahora se queja de los nuevos. Ellos, que estuvieron doce personas en un piso de 60 metros. Supongo que es como la mili, que te putean y luego vas tú a putear.

Nuestra madre también era de Zarzacapilla. Vino a Cornellà con su madre y su hermana. Tenía quince años cuando empezó a salir con mi padre. Mis padres recuerdan aquella época con cariño, aunque fuese dura. “Había mucho trabajo”, te dicen. Claro, en el pueblo había una crisis agraria total. Señoritos que no explotaban la tierra. Un abuelo era jornalero, y el otro vendía sardinas. Arturo, se llamaba. Era tartamudo. Tuvo la primera moto del pueblo, pero no sabía pararla, así que estuvo dando vueltas a la aldea hasta que se le acabó la gasolina.

Nuestro padre llevó varios bares. David nació en el bar Nuevo, y yo [José] en el siguiente, La Española. Aprendí a dibujar allí, a jugar al ajedrez, a sumar. Me enseñaban los clientes. Se aprenden muchas cosas en el bar. Yo [David] salía del colegio a la una y me iba al bar: con mi bolsa de patatas, mi Kas naranja, y el Sport. De niños ya ayudábamos: fregando, poniendo cafés. Era como un juego. Estopa venimos de cultura de bar. Los humanos somos seres sociales. Todo lo que fomente la socialización va a ser popular, pese a sus contraindicaciones. En el Baix Llobregat hay muchos bares. Son el foro romano, el baño turco, de aquí.

A Barcelona nunca íbamos, de jóvenes. Barcelona era la periferia, para nosotros; no al revés. Íbamos a Sant Boi, a la discoteca Jardí. Como no te dejaban entrar con bambas, uno de nosotros entraba con zapatos, se los quitaba en el váter y nos los íbamos pasando. Ir a Sant Boi era una odisea: íbamos andando por la vía, o nos colábamos en los ferrocarriles. También íbamos al Amnesia, el Music Palace, el Axioma, el Tijuana. Al Daniel’s iban los “pijos”. Pijos de Cornellà, imagínate lo pijos que eran. Íbamos por ahí solos todo el día. Me sorprende que no nos pasara nada. Nos íbamos a las vías del tren y metíamos monedas y palos para que los chafara el tren al pasar.

Nuestros padres solo escuchaban rumba catalana. Era la biodramina natural que nos ponían para los viajes en coche. Cantábamos a pelo en la plaza “Maracaibo”. No nos daban de comer, nos traían Xibecas. Picaban al interfono para que bajáramos con la guitarra, y entreteníamos a los colegas. Así fuimos aprendiendo.

Nunca nos hemos querido ir del Baix Llobregat. Mi sitio está aquí [David]. No me iría a Tokyo ni a Miami. Si de jóvenes no nos íbamos ni a Horta, cómo nos vamos a ir ahora al Japón. Hay algo de pertenencia a la tierra. No es nacionalismo: es barrismo. Nuestros amigos están desperdigados entre Cornellà y Sant Boi. No nos gusta alejarnos. Nos hemos hecho un estudio en Sant Feliu para poder grabar discos sin tener que irnos a Madrid. Y eso que nos encanta Madrid. Pero no es mi casa. Mi casa es esto [David].

Nuestro cinturón rojo ahora es exrojo, o eso dicen. Los partidos se creen que todos los que les votan son de los suyos, igual que algunos grupos se creen que porque vayas a un concierto ya eres ultrafan. Que Cornellà se haya vuelto naranja no significa nada. Es un voto de protesta.

(Estopa son los hermanos David y José Rodríguez. Están preparando un nuevo álbum que conmemorará veinte años de carrera)

 

MARIA GUASCH (Begues)

Resultat d'imatges de maria guasch escriptoraCrecí en Begues, un pueblo que está alojado en un valle tras las montañas de Gavà y Castelldefels, y solo se puede acceder a él mediante una carretera con muchas curvas. Ha crecido, se ha vuelto más residencial, pero sigue siendo recóndito. Por la afluencia de veraneantes, y que la mayoría de familias viniesen de pagesia local, Begues parecía distinto.

En mi vida hay tres zonas. Mi pueblo: primera zona. El instituto en Gavà: segunda zona. A los dieciocho, Barcelona: tercera zona. Allí todo el mundo parecía encajar. Me creó una sensación de no pertenecer, echaba de menos la cosa extrarradial. Estos niveles se ven desde Begues: las curvas, Gavà, Barcelona y el mar.

Pasábamos noche tras noche mirando las luces de Barcelona. Es una imagen muy Hollywood: nuestras curvas eran Mulholland Drive. Recuerdo un compañero de clase barcelonés que, por una calle, ya no formaba parte de Horta sino de El Carmel. Su sueño era moverse una calle más allá y ser de Horta. Yo pensaba: ¡pero da igual, eres de Barcelona! En Begues mi madre revestía a los veraneantes barceloneses de un glamour que no tenían. Eran gente de clase obrera, pero solo por ser de Barcelona mi madre ya les ponía una aura “de ciudad”.

De niña la comarca me hacía soñar: ir a Barcelona significaba atravesar Gavà, Viladecans y Castelldefels. Castelldefels me parecía glamuroso, intentaba imaginar cómo serían las vidas de los compañeros de EGB que vivían allí. Pasaba en coche y veía pisos playeros muy pequeños, del desarrollismo, y envidiaba sus vidas, tan cerca del mar.

Mi universo literario sigue siendo del Baix Llobregat. Ese mundo de pueblos costeros medio abandonados pide a gritos ser narrado. Playafels en invierno es fantasmagórico. La vibración de los años setenta se ha transformado en melancolía espeluznante. Para un escritor es una mina.

En Begues, lo común es irte a vivir una época a Barcelona. No se interpreta como traición. Eso sí: todo el mundo vuelve. Yo he sido la única de mis amigos que no lo ha hecho. Eso me descasta. Me siento extraña allí, y durante mucho tiempo me sentí extraña en Barcelona. Y ahora que empiezo a sentirme en mi casa en la ciudad, algo en mí me dice que estoy cometiendo algún tipo de traición. Aun ando por Barcelona y me digo: eras de allí, pero ahora eres de aquí. Eres de los dos sitios.

Me identifico con el tren de Rodalies. Los del Baix somos cultura de tren. Pasamos media vida en el tren, atravesando la comarca. Cuando llego al destino, sea Barcelona o Begues, vuelvo a sentirme extraña, pero mientras estoy en el vagón pertenezco. El paisaje del tren de Rodalies es otra mina literaria: todas las no-zonas, la mezcla entre solares y aiguamolls, zona salvaje y naves industriales, pared con pared. El trayecto es el lugar. Somos gente de trayectos. El shock es más grande viajando de Sants a Gavà que de Sants a Madrid.

(Maria Guasch es novelista. Publicó su tercera novela, Els fills de Llacuna Park, en el año 2017)

 

CLARA SEGURA (Sant Just Desvern)

Resultat d'imatges de clara segura actriuSant Just parecía muy lejos de Barcelona, aunque está a 12 kilómetros. Mi abuela fue a parar a Sant Just porque mi tío se puso enfermo y le recomendaron que el aire de “montaña” le iría bien. Era un pueblo-pueblo. Parece no tener entidad propia porque está demasiado cerca de Barcelona, pero a la vez parece más pueblo porque, al contrario que otros del Baix, no tiene tren. Eso marca una diferencia. Lo hace más caro, los futbolistas se mudan aquí. Se ha convertido en un pueblo residencial.

En el Baix no tenemos grandes monumentos ni grandes paisajes. Las particularidades del Baix, de haberlas, hay que buscarlas en la gente. Si hablo con Jordi Évole, o con Santi Balmes [ambos del Baix] tenemos algo en común. No son infancias de Barcelona. Conocías a todo el pueblo. Aunque seamos “área metropolitana”, crecimos en un pueblo. Íbamos en bici al monte. No eras del Montseny, no te conocías todos los tipos de árboles, pero tampoco eras urbanita.

Yo soñaba con Barcelona. Viví doce años allí, y la pude conocer a fondo, para bien y para mal. No diría que me decepcionó, pero sí la encontré más pequeña de lo que había imaginado. Más manejable. Supongo que tiene que ver con la edad. Cuando eres niño vas al Zoo y te parece un mundo. Los del Baix tenemos algo con el agua, entre el río y el litoral. Somos del delta. Y así como el río va a parar al mar, los del Baix Llobregat somos arrastrados a la gran urbe. Pero nunca eres del todo de allí, como tampoco eres del todo de aquí. Hay una parte agradable en esto, porque puedes sentirte de todas partes. Vives siempre en esa eterna contradicción.

Sant Just, como otros pueblos del Baix, está sufriendo el síndrome de vivir de cara al exterior. Arreglarlo todo, poner muchas rotondas, que todo quede polit. Empiezan a haber muchas alarmas, se vive de cara adentro. Hay una parte más abierta y más cerrada: hay más gente nueva pero más recelo. También creo que es una tendencia global. Hay miedo a perder lo que tenías por ese nuevo flujo de población. Por eso ganan las derechas.

Lo del cinturón naranja lo llevé fatal. Vi que el miedo se puede utilizar de forma oportunista. Hablamos de un partido político que jamás defenderá a la gente con riesgo de exclusión social, la gente con más riesgo laboral… Me sorprende que la gente vote a alguien así. Queda mucha faena por hacer, mucha educación que dar. Se ha cultivado lo material, el ascenso social más fachenda.

En el Baix se había hallado un discurso perfecto entre catalanes y castellanos, todos éramos lo mismo y yo estoy muy orgullosa de mi bilingüismo. Pero alguien ha mezclado las cosas y se ha cargado los puentes. Lo digo por unos y por otros. La culpa no es solo del cinturón naranja. No se ha hecho bien. Hemos regresado a unas cosas que yo creía superadas. La convivencia es ejemplar, pero queda una herida interna.

(Clara Segura es actriz. La bona persona de Sezuan se representa en el TNC hasta el 17 de marzo. En abril estrena Les noies de Mossbank Road en la sala Villarroel)

Kiko Amat

(Esta pieza se publicó originalmente, y especialmente, para el suplemento +BM Barcelona Más Metropolitana, de La Vanguardia, el sábado 30 de marzo del 2019)

La maera

Sin palabras. Para todo aquel que esté escuchando el más-que-risible testimonio en directo de los policias nacionales. Recomiendo (para los muy crédulos, o los muy cínicos, o los muy chungos) el izquierda-derecha del energúmeno en el minuto 1:29.

Hay centenares de vídeos como este, y su visionado está prohibido en el Tribunal Supremo. ¡Viva la democracia!

En breve volveremos con la conexión habitual de friquismos y novelas arcanas y discos ignotos y torturas medievales y chistes de eructos. De momento, se antoja dar paso a este bello momento de “nos os vayáis, somos vuestros amigos” que nos brindan las fuerzas de seguridad del Estado Español. No se pierdan, tampoco, la supuesta respuesta berserker de la jauría sanguinaria agolpada a las puertas del colegio.

Il poverello: vida y milagros de San Francisco de Asís

Es el título inexacto que le he colocado a un artículo para los señores y señoras de la revista El mon d’ahir.

Pues se trata de su vida y “milagros”, en efecto (las comillas son mías), pero no como los han leído en otros lugares. Hace mucho tiempo que leo sobre hagiografía (vidas de santos) y torturas a mártires, y el resultado de tanto leer ese tipo de cosas ha sido este reprensible reportaje.

Mi pieza, de gran salacidad, razonada mordacidad y desbocada comicidad, empieza de este jaez:

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“Si os aburro me decís que pare, ¿vale?”

“1. San Francisco de Asís era el santo más venerado en mi casa. Cuando digo “más” lo que quiero decir es “único”, y cuando digo “venerado”, lo que quiero decir es que teníamos un tablón para llaves con su efigie en la puerta. Un bibelot de hierro con la figura del santo en incómoda pose oratoria, y la leyenda: “San Francesco proteggi la nostra casa”. No la protegió muchísimo, que digamos, pero eso ahora no viene al caso.

San Francisco de Asís había sido designado Guardián de las Llaves del Piso porque, cuatro generaciones atrás, alguien decidió que todos los primogénitos varones de la familia seríamos ungidos con su nombre y, es de suponer, arropados en su halo. Yo fui el cuarto, y en mi carnet de identidad aún puede leerse “Francesc d’Assís”. No quise laicizarlo; no sé muy bien por qué. Tal vez porque me iba bien ser asociado a un santo cuyos atributos y valores eran el perfecto opuesto de los míos (empezando por la humildad y terminando con el perdón; lo de la pobreza sí coincidía, muy a mi pesar). Tal vez porque San Francisco de Asís fue uno de los santos más friquis de todo el tinglado, y yo empezaba a transitar esa senda.

Ustedes dirán que todos los santos eran friquis, y tendrán parte de razón. Los había bizarros, volcánicos, sicalípticos, masoquistas (casi todos), homicidas, homoeróticos, incluso andaluces. Pero San Francisco de Asís era friqui de un modo muy particular. Una especie de nerd ultramotivado y asmático que nunca paraba quieto: un día entregaba sus ropas a un leproso, el otro te levantaba una iglesia, al tercero montaba una banda y al cuarto impartía doctrina a unos pajarracos. Hoy en día alguien así, por descontado, sería diagnosticado con Trastorno Bipolar. No se rían: los trastornos graves de personalidad eran un requisito laboral indispensable para los cristianos old school[1]. Cualquier definición estándar sobre sintomatología bipolar suena a currículum vitae de San Francisco: “excitación excesiva, percepción de grandeza, irritabilidad, falta de sueño, aumento notable de energía, pérdida de energía, verborrea, tristeza, ansiedad, llanto incontrolable, cambios en el apetito y pensamientos suicidas”. Pero en época de nuestro santo no sabían un carajo de psiquiatría elemental, así que le santificaron.

[1] Pablo de Tarso, Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”: brote sicótico de manual.”

Pueden comprar la revista El mon d’ahir en los mejores quioscos de Catalunya y entretenerse un rato con mi pieza, y con el resto de historias (más serias) que abundan en el magacín.

FLAKO: “En este país no hay mayor ladrón que un banquero”

El mítico butronero madrileño, apodado “el Robin Hood de Vallecas”, publica sus memorias Esa maldita pared (libros del K.O) y sube al podio de la crónica negra nacional.

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Flako atracaba bancos que era un primor. Nació en Vallecas, y aprendió el oficio de butronero (acceso por cloacas + boquete en tapia) de su padre, artista del gremio. Aquel hombre le mostró no solo la parte técnica del tema, sino el indispensable decálogo deontológico y ético que debe acompañar a toda carrera delictiva que se precie (como Dexter, para entendernos, pero sin convertir a nadie en albóndigas). Siguiendo sus especificaciones, y añadiendo algún avance de cuño propio, Flako consiguió butronear un número asombroso de sucursales bancarias. Inevitablemente, al final le pillaron (ante las cámaras de televisión). Lo acusaron de siete atracos, cumplió condena por dos y actualmente disfruta de tercer grado penitenciario. En Soto del Real empezó una relación epistolar con el cineasta Elías León Siminiani, y de esa amistad nacería el documental Apuntes para una película de atracos. El propio Elías le instó a escribir su historia en primera persona. El resultado, Esa maldita pared, es una autobiografía criminal llena de violencia, humor y familia, que recuerda tanto a Edward Bunker o Rififí como al “Corre corre corre que te van a echar el guante”

Te llamaban “el Robin Hood de Vallecas”, pero la parte de dar a los pobres se te olvidaba un poco…

La verdad es que sí. Eso sucedió en el robo de la calle Alcalá 74, el banco de Santander, por el que estoy cumpliendo condena. En un momento del atraco la gente se empezó a poner nerviosa, y yo también me puse nervioso, y esa fue mi forma de calmar a la gente, haciendo una broma. También fue en parte homenaje a mi padre, que tras sus atracos sí ayudó muchísimo a la gente y a sus amigos. Fue algo simbólico. Yo he ganado dinero y he ayudado a mi familia y a los míos. No daba para más.

Los criminales, y algunos escritores, tenemos un “estrecho círculo de empatía”. Podías compaginar el afecto extremo hacia tu familia y amigos con el desprecio puntual hacia víctimas o testigos.

Atracar un banco es un oficio que requiere violencia. No es lo mismo atracar que robar (cuando entras por la noche, coges el dinero y te vas). Atracar requiere intimidación física. A la hora de empuñar un arma real estás desprendiendo violencia, aunque no la utilices. Yo he pedido perdón a las víctimas, que no tenían la culpa de que a mí se me cruzaran los cables por la mañana y decidiese que me tocaba atracar un banco y arrasar con lo que se me pusiese por delante. Esta disculpa es sincera: las víctimas de mis atracos no tenían culpa de mi locura. A la vez, dentro de lo que cabe, siempre he intentado utilizar el mínimo posible de violencia, y ser el máximo de educado posible, a la hora de realizar un atraco. Parece contradictorio, pero es así. En mí último atraco, el Bankia de la calle Pilarica nº23, donde me detuvieron, en el sumario se especifica que uno de los atracadores, de complexión gruesa, que se declara líder de la banda, da las gracias a los allí presentes por su colaboración y les pide perdón por las molestias ocasionadas. Pero a la vez no vas a atracar un banco con una barra de pan. Entras con una pistola y cagándote en Dios y amenazando con matar al que no se ponga firmes. Pero es más teatro y paripé que otra cosa. Igual que en las películas.

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Bertoldt Brecht dijo que “el robo de un banco no era nada comparado con fundar uno”, y tú dices que “atracar bancos es un oficio honrado”. Solo dañaste a corporaciones.

Totalmente. Que les den por el culo. En el atraco del Bankia retuvimos a empleados del banco y a algunos clientes, y a nadie le desapareció nada. Todos llevaban carteras, collares, y salieron de allí como habían entrado. En el atraco del Bankia había sobre el mostrador una bandolera tipo hippy que contenía unos 2000 euros en billetes y paquetes de monedas, y como era de una clienta no nos lo llevamos. Una empleada nos ofreció su cartera y la rechazamos. Solo queríamos lo de Bankia. Íbamos a por las preferentes, y así se lo dijimos. Yo nunca he robado un coche ni una moto, nunca he tenido una televisión robada, no he comprado móviles robados. Mi única forma de delinquir ha sido el atraco de bancos. En este país no hay mayor ladrón que un banquero o un político. Cristina Cifuentes solo llegó a robar unas cremas, porque la pobre no daba para más. Yo robaba bancos.

¿Percibes que la gente, sea en la cárcel o en la calle, te quiere más por haber sido atracador de bancos, en lugar de caco callejero o ladrón de pisos?

En la calle sí. Sobre todo cuando los vecinos se enteran gracias al documental o el libro. Un vecino mío da la casualidad de que había sido director de sucursal bancaria, y el tío me dijo que había hecho bien. En la presentación del libro una anciana me dijo también que muy bien hecho. La gente mayor, especialmente los de izquierda, o los que han sido engañados por los bancos, me felicitan. Pero en la cárcel es distinto: hay mucha envidia, y mucha comparación entre delitos: si alguien lleva más tiempo en prisión por un delito que considera menor al tuyo, te cogen ojeriza. Los funcionarios de prisión no: ellos me decían que tendría que haber robado más bancos.

Tu libro es una memoria delictiva, pero también una carta de amor a tu padre, “El Peque”. Le dedicas muchos elogios, pero debía ser angustiante para un niño vivir con un criminal de personalidad volátil.

Mi padre era muy bajito y campechano, pero tenía un pronto que asustaba. A veces era proporcionado, pero a veces dejaba ir una violencia extrema. A mi padre le gustaba mucho ir a ver al Rayo, y una vez en que estaba en una plazoleta con sus amigos, que eran gente mayor, unos del Sevilla se metieron con él por la bufanda del Rayo que llevaba. En la trifulca que siguió, mi padre le rajó la cara a uno con un botellín, lio un cipote de la hostia. Pero en el día a día no era así. Su arranque jodido era ocasional. Yo, como ya le conocía, siempre le intentaba tranquilizar. Mi padre tenía muchos más cojones que yo.

Los niños se amoldan muy rápido a la excepcionalidad o la rareza. Para ti debía ser normal que tu padre apareciese con dos ladrillos de coca…

Todo fue sucediendo de una manera muy llevadera. Yo de niño había escuchado la palabra “butrón”, y mi madre me había insinuado a que se dedicaba mi padre. Pero como vestía muy bien, siempre iba con zapatos Martinelli, sus vaqueritos y chaqueta de cuero, a mí me costaba creerlo. No le veía abajo en las cloacas lleno de mierda. Me chocaba. Pero luego, con el tiempo, lo fui aceptando. Lo de la coca, al principio, fue un poco por casualidad. Unos amigos suyos cayeron presos en la época del famoso intento de asesinato del abogado Rodríguez Menéndez aquel. Mi padre empezó a mover su producto para echarles una mano mientras estaban dentro. Cuando hubo vendido lo que tenían dijo que ya no seguía. Yo era muy pequeño cuando sucedió aquello. Luego, ya de adolescente, lo volví a ver en la época del bar Driver, que llevaba mi padre, y ya me pareció normal. Me pareció tan normal que me puse yo mismo a hacerlo.

A los dieciséis estás hasta el cuello de atracos, farlopa y malandrismo. No sé si esa euforia, que tan bien comunica tu libro, pierde sentido cuando la contrastas con los momentos trágicos (tu detención, el ingreso en la cárcel cuando tu mujer está embarazada…)

Yo me arrepiento de cosas que no he hecho, pero no de lo que ya hice. A lo hecho pecho, y ya está. Pero igual debería haber sido más precavido. Supongo que por lo que pasé yo merece la pena si sales después de cuatro años y estás forrado y ya no te hace falta trabajar, tienes cuatro pisos entre Vallecas y Moratalaz, un coche majo, dos negocios, cuatro plazas de garaje y a vivir… Pero para seguir trabajando… [ríe] Yo soy mileurista. Mira lo que habré sacado con mis atracos que sigo currando.

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Me da la impresión de que los criminales son como los pescadores, tienen cierta tendencia a magnificar sus gestas. Pero lo tuyo se antoja sincero.

Sí. La gente suele aumentar botines y delitos. Yo si no quiero contar algo no lo cuento, pero no digo mentiras. La gente que conoce mi historia la leería y vería que no estoy diciendo la verdad. Yo más que exagerar mis hazañas he tenido que esconder cosas. Y otras veces me he quedado corto. Cuando escribía en el libro sobre lo de trapichear con drogas, hablaba de una cantidad mucho menor que la vendíamos realmente. Un día mi primo Chispi, hablando de ello, me dijo la cantidad real, y me quedé de piedra. Otras anécdotas que parecían exageraciones quedaron fuera del libro. Cuando aún teníamos el cuartel general de la droga en casa de mi primo, salíamos con un cuarto de kilo de cocaína cada uno de su casa, tres veces por semana: él lo llevaba en unos libros, que dejaba en la guantera del coche, a la vista, y yo los metía en los bolsillos de un chándal que llevaba en una percha, no puesto. Alguna gente diría que eso es muy peliculero, pero fue así.

¿Cómo llevaban vuestras madres, abuelas y tías todo ese ir y venir de cocaína y actividades sospechosas?

Mi madre, hacia el final de mi carrera, ya se imaginaba lo que estaba haciendo. Por la gente con quien me juntaba, por lo que salía en televisión. Cuando veía que cuatro encapuchados habían entrado por las cloacas a un banco del barrio de Salamanca, se olía que tenía que ver conmigo. Mi abuela paterna también. Se imaginaban cosas pero no el alcance. Mi abuela me veía con mucho dinero y de viaje, pero no sospechaba que atracaba bancos. Me decía: “ten cuidado de que no salga nuestro nombre por ahí, que con tu padre ya la tuvimos”.

Me sorprende que con tanto despiporre no te engancharas a la cocaína, en plan Lobo de Wall Street.

La droga nunca entró en mi día a día. Lo utilizaba para ir de fiesta de tanto en cuando, con los colegas, pero yo tenía un trabajo fijo que no quería perder, me duchaba, hacía la comida… Nunca llevé ese tipo de vida. Para mí era un aperitivo, lo que me ponían con las copas. Pero si no tomo copas, no me meto rayas. No va con mi carácter. Además, ahora no podría ni aunque quisiera, porque estoy con la condicional.

Edward Bunker dice en todos sus libros, con diferentes frases, que “la culpa era de la sociedad”. La sociedad le trató con una violencia terrible, y le obligó a dejar de ser un niño.

Bueno, Bunker estuvo enganchado a la heroína inyectada. En aquella época no era tan fácil encontrar hipodérmicas, lo hacían con una aguja y un cuentagotas. Era otra época, y su familia estaba más desestructurada que la mía. Salvando la separación de mis padres, y lo de que mi padre fuese atracador de bancos, crecí en una infancia que quizás podría haber sido mejor, pero que no fue infeliz. Podría haber recibido una mejor educación, eso sí, podría haber estudiado… Pero no creo que a mí me hiciese así la sociedad. A mí me hizo así mi padre. Pagar con cárcel, estar separado de mi hijo, me ha hecho recapacitar bastante.  Si no tuviese un hijo quizás hubiese salido de la cárcel rebelde y con ganas de más guerra.

Una pregunta de neófito: con la de atracos que perpetraste, ¿por qué en el libro solo aparece el primero (abortado) y el último (cuando te trincaron)? ¿Es una decisión consciente, lo de omitir las victorias?

[ríe] Hombre, no. Es que yo estoy cumpliendo condena por esos dos. La policía me imputó siete. Pero solo puedo hablar de aquellos por los que fui condenado. De lo que no fui condenado, como no he sido, no puedo hablar. Se parecen mucho a los atracos que yo he cometido, eso sí. Pero los testimonios de los testigos no encajan con mi fisonomía, y los atracadores iban encapuchados, según se ve, así que tampoco pudieron identificarme en ninguno de los siete.

Resultat d'imatges de flako paredCuando yo era niño, en los años setenta, todo el día veía atracos por la televisión. Parecía el deporte nacional. No sé qué sucede, pero ya no se ven tanto.

Yo también lo recuerdo así. En Barcelona, sobre todo, había muchos atracos a bancos. También a furgones blindados, a joyerías… Yo te lo explico. En los años setenta, mi padre iba a tomar un café al bar, y de vez en cuando se encontraba a un amigo suyo  que le decía: “me voy a atracar un banco”. Y él tío iba, saltaba el mostrador, se llevaba siete millones de pesetas, y luego se iba a casa. O se iba al centro de Madrid, se hacía un banco y se llevaba catorce millones. Esto ahora es imposible. La seguridad ha aumentado. Antes el dinero estaba en los cajones, y las cajas fuertes iban con llave. Cogías al director o al interventor, le hacías abrir la caja, te llevabas el dinero y te ibas. Lo que antes se conocía como “un metesaca”. Pero entonces empezaron a colocar cámaras de seguridad y retardos en las cajas fuertes. Un retardo de una caja fuerte podía ser de unos diez minutos, en que tal vez tienes que retener a gente. Eso incrementa los riesgos y la exposición a un peligro, que es que te detengan. Siguieron habiendo metesacas, pero ya había menos dinero en los cajones. Cada vez hay menos dinero a disposición del cliente. Incluso existen códigos que tienen que mandar desde la central para validar operaciones como sacar 3000 euros. Todos esos impedimentos han conseguido que sea casi imposible atracar un banco. Es una razón técnica. Los retardos han aumentado hasta la media hora. ¿Tú sabes lo que es media hora encerrado en un banco reteniendo a gente? Una eternidad. La vez en que me detuvieron, en el Bankia de Pilarica 23, estuve casi 40 minutos encerrado allí dentro, con rehenes, registrando a los clientes. La gente que necesita dinero rápido ahora va a un salón de juegos o una gasolinera, pueden hacer 5000 o 6000 euros rápidos, pero nunca a un banco. Es un suicidio.

Un comisario os llamó “profesionales” y tú siempre has afirmado que robar bancos es un talento. ¿Qué le dirías al señor ese de Gandía de 62 años que hace poco ha atracado un banco a punta de pistola y se ha llevado 900 euros?

Al pobre hombre ese le diría que cómo se le ocurre ir a por dinero a un banco. Allí no hay dinero, ya lo he dicho antes. Se ha jugado de 4 a 6 años en prisión, por 900 euros. ¡A mí me metieron 4 años por un atraco en que recuperaron el dinero!

Otros criminales han dictado sus historias a otros para que las escribiesen. Pero tú, como Edward Bunker o Malcolm Braly, la has escrito tú mismo. Debes sentirte orgulloso.

Pues sí. Mi editor, Emilio Sánchez, una gran persona y amigo, me dice que tengo que seguir leyendo y seguir escribiendo como escribo. Sin mucha técnica, pero como me salen las palabras. Porque eso el lector lo valora muchísimo, me dice. Yo fui mejorando según iba escribiendo el manuscrito, gracias a los libros que me pasaban Emilio y Elías León Siminiani. Tomé estructuras de algunos libros que me pasaron ellos, pero contando mi historia. Aprendí a contar las cosas con más fuerza. Ahora estoy escribiendo una novela que va sobre el último atraco de mi padre, el que no llegó a hacer. Lo que no lo puedo hacer físicamente, me lo invento. Imaginación a tope.

Kiko Amat

(La versión abreviada y editada de esta entrevista se publicó originalmente en El periódico de Catalunya. Esta es la versión sin cortes. Copyright de Kiko Amat, compartan a placer, citen citando la fuente, etc.)