Acieeed Heil!

Mi artículo sobre drogas y poder para Cultura/S de La Vanguardia es el más leído del suplemento. Pueden leer la parte del High Hitler, nazis enchufados, anfetas-ss y el Rave-Reich en este práctico link.

Una vez lo hayan terminado, ya recolocada la quijada a su posición original, pueden pasar a leer lo que les corto-pego aquí debajo, que son los dos despieces del texto original que no están disponibles online. Porque ustedes lo valen.

Opio rojo, opio azul: la droga como arma

https://i0.wp.com/www.librosalcana.com/764751.jpgLa teoría de que existe una conspiración para endrogar a la población con fines políticos es más vieja que mi Samsung. En verdad se trata de un juego a lo “el mundo al revés quien lo dice lo es” que han usado siempre los perlas de un bando para desacreditar al enemigo, y viceversa. Según Juan Carlos Usó, autor de ¿Nos matan con heroína?; sobre la intoxicación farmacológica como arma de estado (Libros Crudos, 2015), la primera nación acusada de ello fue Inglaterra, cuando las Guerras del Opio del XIX, por los Chinos (que también traficaban). Ya en la Guerra Fría los medios de masas americanos culpaban al comunismo y al maoísmo del narcotráfico, una acusación de la que se hacían eco los periódicos de la carcunda española como ABC, que hablaba de “opio rojo”, y Arriba, que tildaría al padrecito Mao de “perfecto rey del opio”.

El cambio de sesgo ideológico llegaría en los 60, cuando la contracultura y el movimiento sesentayochista redirigirían la culpa hacia los powers that be. Es una mascletá libertaria de denuncias que da inicio con panfletos libelosos como Capitalism plus dope equals genocide (1970) de Michael “Cetewayo” Tabor y La droga, potencia mundial: el negocio con el vicio (1981) de Hans-Georg Behr, entre otros. El gobierno norteamericano empieza a revelarse como el Fu-man-chú de una trama maquiavélica para acabar con la agitación revolucionaria de melenudos, negros y rojos. La revista Ramparts, en un reportaje de 1971, señalaba a la CIA como facilitadora de ese meneo de heroína, y solo un año después Triunfo reproduciría sus puntos de vista para el público español.

La verdad está envuelta en penumbra, claro, pero Usó tiende a pensar que la CIA utilizó fondos del narcotráfico para guerrear contra el comunismo, sí, pero que dicha táctica obedecía a “fines geopolíticos”, no “biopolíticos” (es decir: intoxicación sistemática de jipis y ácratas). Asimismo, en mi opinión, la existencia de CointelPRO (programa de contrainteligencia creado para desbaratar organizaciones disidentes dentro de los Estados Unidos) y más particularmente del programa secreto de control mental MK Ultra, que experimentó con sustancias alteradoras de la percepción (como arma de estado) hacen que uno casi se sienta obligado a creer que, si el gobierno USA no promovió un genocidio toxicológico centralizado y sistemático (como afirma Usó), fue únicamente por la dificultad logística. No por falta de ganas. K.A.

Pero: ¿nos matan con heroína, sí o no?

https://i2.wp.com/www.playgroundmag.net/bbtfile/6_20151211zdXn6Y.jpegLa respuesta breve de Juan Carlos Usó (Nules, 1959) es que el estado no nos mata con heroína. Ya pueden llamar a su camello con la seguridad de que no pertenece al CESID. La menos breve concluye que jamás existió una conspiración “biopolítica” destinada a sojuzgar con opiáceos a la airada juventud de la Transición, y que se trató únicamente de corrupción policial desmadrada.

Usó señala un tufo moralista en la gestación de la conspiranoia, con los movimientos obreristas de los años 30 hablando de un “liberticidio” narcótico orquestado por los “defensores del clericalismo y capitalismo”. Cuando la contracultura española recogió ese testigo, y lo revitalizó con teorías de la contracultura gringa, se limitó a repetir las tesis valiéndose del reconcomio y la sospecha (razonable) hacia el Estado post-franquista, sin efectuar un examen profundo. Usó cita el artículo de Eduardo Haro Ibars de 1978 “Nos matan con heroína” para Ozono como impulsor de la idea de la heroína como “instrumento de control por parte del poder”. La contracultura friqui en pleno (de Pau Riba a Pepe Ribas de Ajoblanco), así como los punks posteriores, enarbolaron la idea del complot. Usó subraya a los grandes fiscales de dicha componenda, la izquierda abertzale, con declaraciones de HB en 1980 sobre la “mafia de la heroína”, la cruzada contra el tráfico de drogas que inició ETA y el dosier de la asociación Askagintza de 1984, entre otros. Todos aseveran que el infame Estado Español nos metió picos en vena para acabar con el amonal.

Usó busca derribar esa visión con varios argumentos: las teorías no tienen en cuenta la responsabilidad del usuario (tratan a los adictos como niños sin uso de razón, meras víctimas no-pensantes de un genocidio gubernamental); nunca se comenta la patente fascinación filo-suicida que despertaba el jaco entre los rocanroleros; se ignora la (perniciosa) influencia de la política prohibicionista; otorga a los presuntos responsables de un programa de esa envergadura una “sobrehumana comprensión de los hechos”, como si –se lo digo con mis palabras- los perpetradores del genocidio opiáceo fueran Lex Luthors omnipotentes en lugar de una cáfila de picoletos iletrados. Usó viene a decirnos que, en un país de chotas y corruptos, ¿cómo puede ser que jamás se hayan destapado evidencias de esta conjura?

Y es ahí donde Usó se pega lo que los ingleses llaman un “tiro en el propio pie”, al enumerar una pasmosa lista de casos de narcotráfico policial en el marco de iniciativas gubernamentales como el GAL, el Plan Zona Especial Norte y la Ley Antiterrorista. Por ejemplo la desaparición de 150 kilos de coca incautada en Irún en 1988, lo que daría lugar al famoso “Informe Navajas”: la confirmación de que existía una “tupida red” de agentes quienes, amparados en la lucha antiterrorista, y centralizados en el cuartel de Intxaurrondo, controlaban el comercio de heroína en Euskadi. El “informe Navajas” desapareció tras ser “sistemáticamente saboteado” por la benemérita, y el coronel Galindo exculpó a los demás oficiales acusados por Garzón, comiéndose el marrón. Usó sostiene que los agentes traficaban con heroína por afán de lucro, y que la utilizaban como “instrumento y moneda de cambio” para pagar a chivatos, operaciones encubiertas, etc., pero se apresura añadir que tal cosa no implica la existencia de un programa trazado desde arriba por una especie de Mago de Oz contrarrevolucionario (mis palabras, de nuevo).

Tras leer el libro de Usó, la sensación prevalente en este articulista es la de “interés suspicaz”. El autor argumenta bien la tesis anti-conspiranoia, pero entonces agarras la prensa y lees que el pasado 15 de noviembre detuvieron al Sargento Béjar, de la Comandancia de Algeciras, implicado en una nueva red de narcotráfico. Béjar, qué cosas, fue imputado por la Audiencia Nacional a mediados de los noventa en los sumarios sobre guerra sucia que salpicaron a Intxaurrondo, y su nombre aparece en el sumario del caso Lasa y Zabala (aunque sería exonerado por Galindo en una declaración firmada). Y entonces sientes aquel molesto cosquilleo en la nuca. K.A.

Jon Bunch a la gespa

Es una semana de escritos fúnebres. La recomentadísima muerte de Leonard Cohen -cuyo arte, por respetable y excelente que me parezca, ha influido exactamente un 0% en mi vida y trabajo y visión y ambición- me inspiró para escribir la columna “Jon Bunch a la gespa”, para mi serie Hòsties al Fibló, para el PLAY, suplemento del periódico Ara.

Va de un músico que sí me inspiró y me dio fuerza, y que también murió (en circunstancias casi opuestas a las de Cohen) en enero de este año, y nos enteramos tres. Y el cabo.

Hablo, por supuesto, de JON BUNCH, de mis adorados SENSE FIELD.

Si no me equivoco, los amigos de PLAY han incluído el clip de “Voice” en el artículo, siguiendo mis meticulosas instrucciones, así que yo me permito endiñarles aquí otra favorita personal del Building (Revelation, 1996), “Overstand”, quizás la canción que más escuché a finales de 1996. Ahí está todo. La fuerza del camino de hierro. Ese es mi 1996.

 

Mose Allison (1927-2016): hurra por el blues de todos

Murió uno de mis músicos favoritos de toda la vida, MOSE ALLISON, y le escribí otro sentido artículo para Babelia de El País. Les ordeno que lo lean. ¡Ahora!

Un pequeño fragmento de este artículo ya había aparecido en el capítulo sobre Allison de mi libro Mil violines, que estoy seguro que todos ustedes tienen. Bueno, 2000 de ustedes, más o menos (no cuento los que lo mangaron de bibliotecas).

Aprovecho la ocasión para endilgarles una de mis canciones favoritas (himno personal) de Mose.

Quiero ver a todos los mods con banda negra en el bíceps durante medio año, mínimo.

La gran engañifa de 1996

Esta es una pieza para Babelia de El País que me gustó mucho escribir. Habla de 1996 y la gran patraña del brit-pop, pero también del triunfalismo 90’s y el descascarillado y estéril legado que los chicos noventas dejaron para las generaciones venideras.

Viene a cuento del reciente libro de David Stubbs, 1996 & The End of History.

Porque el gusto no siempre es relevante o definitorio pero, no me jodan, hay una sutil diferencia entre haber crecido con Decibelios o Kortatu (o Brighton 64) y haberlo hecho escuchando a Australian Blonde, Parkinson DC y, qué se yo, Sidonie. Algunas cosas te marcan, y muestran el camino. Otras lo muestran de forma más difusa. Otras son paridas mercantiles. A los dieciséis, estas cosas IMPORTAN.

Ah, sí: léanlo poniendo el dedo índice rígido y apuntando táctilmente a esto.

Kiko Amat entrevista a CHUCK KLOSTERMAN

Una entrevista de rechupete con el crítico y ensayista norteamericano Chuck Klosterman donde no hablamos de Poison o Ratt, pero sí de muchas otras cosas de enorme relevancia: Seinfeld, “la moda es para retrasados mentales” (o no), Kanye West contra Jay-Z, The Clash alias no siguis panfleto que la palla va cara, gente mala y gente buena (y qué esconden los segundos), autenticidad y villanía.

Esta chispeante charla con mucha hondura está publicada en la web de Omicron Persei, y la pueden leer de cabo a rabo arreando con el ídem aquí.

La canción del viernes #23: THE HIGH-BACK CHAIRS Miles to inches

Permanezco en pijama, con los ojos irritados y los dedos agarrotados, y no salgo ni encañonao, pero al menos me he enterado de lo de Trump. “Fools in high places“, que decían los Jam, y nunca mejor dicho.

Para subirme el ánimo he escuchado esta canción de los High Back Chairs de 1991, que ya me subía el ánimo entonces y lo ha vuelto a hacer ahora. “I’m left to shed these tears of anger” parece espantosamente apropiado, considerando las circunstancias.

Es el grupo de Jeff Nelson, sí. Tenían letras y canciones de aúpa. Todo lo que hicieron es recomendable y obligatorio. Esta es del álbum (casi mini) Of Two Minds, que salió en Dischord en el año que ya he dicho. Yo los descubrí justo entonces, y vienen alegrándome la existencia hasta hoy.

Richard Price y un lío de tres pares de impunes

Una crítica ultra-laudatoria de Los impunes, del adorado Richard Price, que escribí hace ya unos meses pero que, por razones de embotellamiento periodístico, solo ha conseguido salir hace unos días, en el Babelia de El País del pasado sábado.

Claro que pueden leerla. Solo tienen que arrear un fuerte martillazo, o un sugerente toque de nalga, en este link. Y después de leerla se la mandan a todos sus amigos, conocidos, y a aquel antiguo compañero de pupitre que olía a Boloñesa.