La canción del viernes #41: MINERAL “&serenading”

Me gusta esta canción. Me va bien para escribir. Tiene ese rollo llorón/épico que me resulta útil (de fondo) al hacer novelas. De ella me gusta especialmente el estribillo final, machaconcete, de “of the driving snow that drives me home to you“. Es emo 90’s, de segunda división ambiciosa. No tengo problemas con las segundas divisiones. Ni con las terceras. Escuché bastante el Endserenading a finales de los 90, cuando dejaba de estar tocado. Me elevaba. Le sigo teniendo cariño a todo ese rollo autoconsciente y lacrimoso y de gran baratura épica.

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Primera Persona 2019

Sobre el Primera Persona 2019. Eso, que ya hemos anunciado por las redesh los 5 primeros nombres de esta nueva edición. Se trata de Nik Cohn, Mala Rodríguez, Brett Anderson (Suede), Sally Rooney y Julieta Venegas.

Entradas a la venta próximamente, y todo eso. Como siempre, en el CCCB.

En las batallas #14: Un mundo pequeño

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“Cuando tenía diecisiete años / Londres para mí era Oxford Street / Era un mundo pequeño / Crecí en un mundo pequeño”. Lo cantaban Everything But The Girl en “Oxford Street”, del álbum Idlewild (1988). Everything But The Girl eran un grupo pop de suburbio, fascinados por la gran ciudad, cantando desde los márgenes. Al escucharla hace unos días pensé en ese fragmento de la letra, pensé lo mismo: que a mis quince años, Barcelona era la calle Tallers. Y la calle Riera Baixa. Yo era un niño de pueblo del extrarradio. El extrarradio: tan lejos, tan cerca. Siempre agarrando lo PEOR de todo. Sin el glamur de la urbe ni la quietud de la aldea. Ajenos al meollo del neón y los tupés y los bares extraños, pero también a la verdadera autosuficiencia de las villas aisladas: quiero y no puedo, todo el tiempo; sin grupos de rock’n’roll ni pubs musicales, ni cines había, en Sant Boi. Crecimos en un mundo pequeño. Era un lugar estrecho: descampados, Ferrocarriles Catalanes, el río, moreras, bares extremeños, Xibecas, la Bobila, jevis de La Cope, la muntanyeta, abajoelpueblo, punks y mods y skins y rockers, el bar del instituto, las calles mojadas y desiertas. Y Barcelona parecía estar en Groenlandia, de tan distinta que parecía, y a la vez casi la podías tocar con las yemas de los dedos.

En todo el tiempo en que no la conocí, a Barcelona, hice lo que hacen los niños con los lugares fantásticos de los libros y las leyendas: la imaginé. La fui parcheando con trozos de cosas que encontraba por ahí: un pedazo de letra de El Último de la Fila, otro de Brighton 64 (“ya no hay chicas en el bar de negros”), una imagen robada de un fanzine olvidado, una batallita contada por algún viejo mod loco (de 24 años; eso era viejo para mí, a la sazón), un artículo de El periódico sobre La Mercè de 1986 (mis padres no me dejaron ir), aquella crónica del Reacciones sobre una fiesta mod de la concentración Lloret-Barcelona de 1986 en Zeleste (mis padres tampoco me dejaron ir). A los quince soñaba con Zeleste, una y otra vez. Lo visualizaba como el paraíso en la tierra, abarrotado de chicos alados y rubicundos con camisetas de ciclista, en los altavoces la música pop más hermosa que pudieses imaginar, todo el mundo bailando el “Get on your knees”.

Y el sábado por la mañana, a los quince y dieciséis, empecé a coger el tren, a veces solo, a veces acompañado (pocas veces), y completé aquel mapa indio, hilvanado a base de piezas de cuero, con algunas exploraciones por mi propio pie. Mi psicogeografía en 1986 era limitada, y realmente Barcelona estaba hecha de cinco o seis calles conocidas rodeadas por la incógnita y el vacío. ¿Estaciones de metro? Solo conocía dos (Espanya y Catalunya), y el trayecto entre ellas podría haber transcurrido entre desiertos y dunas, selvas y estepas, pues nunca bajé a explorar.

Llegando de Sant Boi, Barcelona era un mundo grande, así que tuve que empequeñecerlo; para que cupiese en mis manos, no sé cómo decirlo. Barcelona era comprar tejanos Marlboro negros en la calle Tallers, donde la dependienta siniestra te manoseaba los muslos. Luego explorar las tiendas de discos de la misma calle (las importaciones Edsel, Kent y Bam Caruso de Castelló) y andar hasta Riera Baixa para visitar Edisons y Papermusik. El sastre (R. Ferran) estaba en la calle Hospital, un poco más abajo, así que también entraba en la ruta, si había dinero. Luego volvía hacia el metro pasando por Portaferrissa, a ver si en el Camello habían traído tejanas blancas (nunca las traían) y a mirar los “boppins” del escaparate y husmear las chapas. En ocasiones también andaba hasta Flexor, que era la tienda que vendía Fred Perry de concesión española (Comercial Ebro), fabricados aquí; y que ni recuerdo dónde estaba. Todo me desorientaba. Era un mareo. Un giro equivocado y me encontraba en mitad del mundo perdido, rodeado de gente extraña, y tenía que preguntar hacia dónde estaba Plaça Espanya, por favor. La Plaça Espanya era mi meridiano, mi eje, mi astrolabio. Sin ella iba a la deriva.

Resultat d'imatges de la cresta de la ola mercat peixY yo era tan pequeño, en aquel mundo grande. Aún no comprendía los códigos, los emplazamientos, no me habían presentado a los moradores. Una anécdota que me enternece: en 1985 vi un cartel que anunciaba un festival de los de entonces, La Cresta de la Ola, en un sitio llamado Mercat del Peix, y tocaban Kamenbert, Brighton 64, Los Negativos, Wom A-2 y Nervios Rotos, y leí también que habrían puestos con chapas, fanzines y discos. Descartando poder acudir al evento, pues tenía catorce años (y mis padres no me habrían dejado ir), opté por conformarme con acudir alguna mañana de sábado a aquella tierra prometida, El Mercat del Peix, y surtir mi habitación adolescente de chapas y pósters. Ya imaginan lo que sucedió. Recorrí, acompañado por un vecino, una y mil veces las calles de la zona, rodeando un edificio vacío, buscando sin aliento una puerta que me condujese al otro mundo. No entendía lo que pasaba; ¿habían cerrado? Al final regresé a Sant Boi con una piedra atascada en la garganta, los bolsillos vacíos, mi vecino mofándose de mí, la sensación aún borrosa de haber hecho el ridículo pero sin saber por qué. Por supuesto, no existía aquel lugar mítico. El Mercat del Peix solo era un recinto fantasma que había acogido un concierto puntual.

Poco a poco espabilé, pero tampoco mucho. A los diecisiete, aquel mapa lleno de vacíos, como los de los conquistadores del siglo XII, estampó nuevos archipiélagos y penínsulas en mi psicogeografía a medio hacer: el bar musical María, el Humedad Relativa, el KGB de la calle Alegre de Dalt, el Sot del Migdia, la zona de Hostafranchs donde estaba el Communiqué, un par de calles de la zona alta (¿Herzegovina?) donde vivían unos amigos.

La cosa siguió así durante cinco o seis años más. Como un explorador a bordo de su bajel, rumbo a lo desconocido, fui apuntando en mi mapamundi mental todos los nuevos lugares, pero sin integrarlos en un contexto coherente, sin colonizar las tierras intermedias. Todos aquellos bares y lugares (Definitivo, Societé, Ave Turuta, el Barbara Ann, el Badlands, el Ultramarinos, la casa del Mágico Víctor, la casa de Fernando, la casa de Uri, el bar América, el Rufino…) seguían siendo puntos conectados entre sí en mi diminuto y disperso plano privado de la ciudad, pero no obedecían a la organización callejera de una ciudad al uso. Nunca sabía si aquellos bares estaban al norte o el sur, nunca registré en qué barrios se alojaban. Tal vez se iban desplazando de uno a otro, como algo sacado de los viajes de Gulliver, como la isla de Laputa. Barcelona aún era un misterio fascinante para mí, y seguiría así hasta 1996, que fue cuando empecé a conocerla íntimamente y a tutearla y a atar cabos, a adentrarme por las rutas intermedias, a ponerle nombre a las cosas. Mi mujer aún recuerda los primeros días juntos, en 1996 y 1997, cuando paseaba con ella por calles y plazas y de repente me detenía delante de un bar (ya cerrado, o con nombre distinto), los ojos como platos y una sonrisa de niño, y me ponía a gritar: ¡El Ave Turuta! ¡Estaba en Gràcia, justo aquí, al lado de la Plaça Revolució! ¡Qué bueno! ¿No es increíble? ¡Siempre estuvo aquí! Es fuerte, ¿no crees que es fuerte?

Y mi mujer me miraba con dulzura y me besaba, sin entender todos los años que anduve perdido por esta ciudad, ignorando lo que se escondía detrás de las esquinas, a ciegas por estos mundos de Dios, guiado por lazarillos de una calle a otra. Ella sin acabar de comprender del todo lo pequeño que fue mi mundo, cuando Barcelona era la calle Tallers. Cómo crecí en aquel pequeño mundo. Kiko Amat

 

(Escribí este artículo para “En las batallas” una serie que publiqué entre el 2012 y el 2013. Algunas de esas piezas terminaron en Chap Chap (Blackie Books, 2015) , otras no. Esta sí lo fue. La publico aquí porque acabo de leerme el Another planet, de Tracy Thorn, y he pensado en lo que escribí en aquella ocasión)

Guerras culturales en internet

Dos libros, Muerte a los normies, de Angela Nagle, y La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, analizan las guerras culturales que han llevado a Trump y a la alt-right al poder, así como las reivindicaciones identitarias que “atomizan” a la clase obrera y dividen a la izquierda

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Trump no es más que un trol a mayor escala, como los Clicks gigantes que hay en las puertas de las jugueterías, y su camino a la Casa Blanca fue allanado por otros trols. Los mismos que yo, con una vista que espero me conserve Dios, despreciaba aduciendo que eran MEP (Masturbadores En Pijama) y no representaban ninguna amenaza para el “mundo real”.

Se me olvidó, claro está, que tenían derecho a voto.

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Muerte a los normies, de Angela Nagle, relata cómo llegó Trump a la presidencia, tras una guerra digital que la izquierda tradicional no había visto venir. Nagle cartografía el combate: a un lado está esa “contrarrevolución sin líderes”, culturalmente trol, compuesta por gamers, chaneros (foreros de 4chan), antifeministas y la extrema derecha de internet, con su “cinismo nihilista”, “ironía reactiva”, schadenfreude y afición linchatoria. En el otro extremo se halla la izquierda Tumblr, “una cultura basada en acusar a la ligera de misoginia, racismo, (…) transfobia y demás” que “llegó a su más absurda apoteosis con una política centrada en poner el foco en las minucias (…) de las identidades”. Una izquierda de tablet, “autoflageladora y ultrasensible”, con su “cultura de la denuncia”, cry bullying y obsesión identitaria.

Nagle no pierde de vista a los malos (el bando que “vio como su candidato ocupaba el puesto de presidente”), pero tampoco olvida que fue el puritanismo mojigato de sus oponentes quien precipitó el desenlace: mientras los izquierdosos-con-Iphone fetichizaban “la red espontánea, sin líderes e internetcéntrica”, en el vacío de poder nacía un monstruo que había hecho suya “la estética de la contracultura, las transgresiones y el inconformismo”. La alt-right hizo que ser facha volviera a ser molón (para un montón de tarugos) jugando con la rebeldía anti-mainstream. Los izquierdosos nos hemos dado cuenta tarde de que “los primeros neocon empezaron como trotskistas”, se alimentaron de nuestras vanguardias y punkeríos, y regurgitaron lo aprendido en un arrasador movimiento de derecha. Hoy cualquier chaval frustrado puede caer en las garras de mostrencos como Gavin McInnes de Vice, el neonazi-gamer Andrew Auenrheimer (weev) o Mike Certovich, gran patán neomasculino. Su existencia, afirma Nagle, nos obliga a replantearnos la idea de contracultura, pues “el ascenso de Trump y la alt-right no es la evidencia del retorno del conservadurismo, sino de la total hegemonía de la cultura del inconformismo, la autoexpresión, la transgresión y la irreverencia gratuita”.

Resultat d'imatges de trampa de la diversidadLa trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé, es otro ensayo clave para comprender las guerras culturales de nuestro tiempo, aunque, al contrario que el anterior, erra el tiro tantas veces como acierta. Las tesis del libro son que “la diversidad se ha convertido en un mercado competitivo al servicio del neoliberalismo”, y “deconstruir identidades hasta atomizarlas es dar anfetaminas neoliberales al posmodernismo”. Bernabé toma carrerilla: nos explica la modernidad y su reacción, el posmodernismo, que define como “la aceptación del mundo fragmentario e inasible de la modernidad, que lejos de enfrentarse, se celebra con una mueca de inteligente desencanto”. El autor analiza el fracaso del sueño hippie y el nacimiento de un nuevo egoísmo desclasado (“la New Age, el incienso y la psicodelia se fueron, pero quedó el gusto individualista”). De allí a la reacción neoliberal y las claudicaciones de Clinton, Blair e, inevitablemente, el PSOE.

Todo lo descrito son cimientos legítimos para llevarnos a las políticas de identidad. Pero ahí es donde el periodista madrileño empieza a perder pie. Al poner el debate identitario en el epicentro de los problemas de la izquierda, Bernabé hace como un médico que acertara a diagnosticarnos el origen de un prurito en la ingle pero ignorara la gangrena pestilente del brazo.

El autor empieza separando las aspiraciones “netamente humanas, como comer y vivir bajo un techo” de las que, en su opinión, son caprichos occidentales. Esa mirada admonitoria, de tono catequista, lastra el libro. Uno puede comprender que Bernabé esté enojado con una izquierda que considera más urgente la libertad de definirse como medio-elfo que el derecho universal a la vivienda. Lo que sucede es que Bernabé utiliza tan solo ejemplos extremos de reivindicación identitaria para convencernos de su puerilidad, y así sentenciar que “dar una respuesta a la troika es más importante que las políticas de diversidad”. Lo que viene a significar que, si sufres algún tipo de cuita identitaria, deberías poner esa llamada en espera, y concentrarte en aplastar el capitalismo. La propuesta de Bernabé no solo es insensible, sino también irrealizable, y recuerda a la vieja cerrazón de los comunistas de partido hacia todo lo que no encajaba en el materialismo histórico.

El segundo lastre de la obra es su talante nostálgico. Bernabé confiesa que sufre “aversión al presente”, un espíritu que no parece el más indicado a la hora de solucionar problemas actuales. Por añadidura, nos habla de un ayer imaginario, hecho épico mediante obras de ficción. Mitifica los tiempos de la lucha pre-internet, las vanguardias de los 30, los filmes neorrealistas, Mayo del 68, Neil Young e incluso la RDA. A ratos parece un veterano estalinista vociferando en la Plaza Roja, y como tal escoge su argumentario histórico de manera selectiva. En su Shangri-La proletaria no existen los comisarios políticos, los chotas o los militantes de rebaño. Los sindicatos están compuestos por gente “normal” que va en bicicleta a la fábrica y entona canciones irlandesas en el pub. Margaret Thatcher dijo en 1983 que deberíamos “regresar a los valores victorianos”, olvidando todos los que no procedían, de la sífilis al colonialismo, y Bernabé, de un modo parecido, realiza extenuantes contorsiones dialécticas para que su ucronía obrera no se salpique de pasado vergonzante.

La trampa de la diversidad, así, funciona como esencial elemento de discusión actual, así como crítica de la izquierda sobre-identitaria, pero falla al señalar enemigo y fracasa en numerosos frentes. No solo políticos, sino también humanos. Kiko Amat

Muerte a los normies; las guerras culturales en internet que han dado lugar al ascenso de Trump y la alt-right

Angela Nagle

Orciny Press

Trad. de Hugo Camacho

156 págs.

La trampa de la diversidad; cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora

Daniel Bernabé

Akal

249 págs.

(Este artículo se publicó previamente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 5 de enero del 2018)

JON SAVAGE: “La rabia juvenil puede degenerar hacia un lado oscuro”

Mi entrevista con ese gran hombre. Cheers Jon. Léanla aquí, mientras bailan un alegre jitterbug. Va sobre Teenage, ese LIBRAZO: “una historia inaudita: cómo el adolescente asomó por primera vez su (absurdamente peinada) cabeza a finales del siglo XIX y, tras descubrir la propia entidad, se entregó -en pandilla o en solitario- a sentimientos parricidas, anhelos de apocalipsis, alegría nihilista y su propia versión de “desafío acicalado”.

Como guarnición, una de esas autoentrevistas de Preguntas Frecuentes que sé que les chiflan, Centrada en, qué si no, Teenage. Por aquí, síganme.

Los mejores libros del 2018 y recomendaciones navideñas (de Kiko Amat)

Este año he escrito mi lista de mejores libros del año para una web ajena: El Destilador Cultural.

Pueden encontrarlos todos allí, en orden descendiente (la jerarquía no es del todo estricta; pero se acerca). Primero la narrativa y luego la no-ficción.

Por una casualidad que no lo es tanto, El Destilador Cultural también ha escogido Antes del huracán como uno de los libros del año. Dios les bendiga por eso.