Kiko Amat con los bakalas (7 de marzo)

El viernes 7 de marzo he sido invitado al debate “En éxtasis: ¿fue València la cuna del clubbing moderno?”.

Comparto mesa con seres de gigantesca humanidad: Joan M. Oleaque (autor de En éxtasis, pero también de mi libro favorito de true crime español, Des de la tenebra), Luís Costa (autor de ¿Bacalao!) y Ricard Robles (co director del Sónar).

Me encanta que me hayan llamado para formar parte del tinglado. Yo pondré, supongo, la parte de subculturas en general, locos ochentas, cultura anti-padres y amor a los discatis.

Echen un vistazo a los detalles aquí abajo. Es a las 19:30 en el Curtis (c/Mallorca 196, Barna).

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Nik Cohn revisitado: aquella (terrible) carta de amor del 2003

Esto de aquí abajo me da un poco de vergüenza, pero lo adjunto a modo de testimonio histórico y como prueba de mi devoción hacia NIK COHN (y también, naturalmente, promoción de su próxima visita al festival Primera Persona, el 10-11 de mayo del 2019).

Se trata del primer artículo que me publicó un periódico mayoritario, La Vanguardia, en el año 2003. Yo acababa de publicar mi primera novela, El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama) y, al poco tiempo de debutar, Jordi Costa y Jordi Balló me ficharon para el suplemento Cultura/S. Con gran alborozo por mi parte (aún me costaba de creer lo de la novela).

No tardé mucho en decidir que mi primera pieza para un periódico grande tenía que estar dedicada a Nik Cohn, uno de mis ídolos literarios absolutos desde que tenía uso de razón. Hasta entonces solo había escrito artículos para fanzines (aunque cientos de ellos) y eso tal vez explique el tembleque debutante que se aprecia en el escrito. Auch. Sí, en algunas líneas casi puede escucharse como se me rompe la voz, de la emoción y el más puro canguelo escénico. Observen esas nalgas prietas, como aguantándome la caca. Declamando un poco, en modo verset de Nadal, porque quería que todo el mundo viese lo LISTO que era el chaval. Sin hacer ninguna broma, porque me aterrorizaba que en el Cultura/S descubriesen que acababan de fichar a un patán con el sentido del humor de un niño de seis años.

Cuando me puse a reunir artículos para aquel loco libro Chap chap, que me sacó incomprensiblemente Blackie Books en el 2015, y que compraron solo 2500 colgados de entre mis fans más jarcore (os llevo en el corazón, chorbos) supe que este, precisamente, no iba a ser seleccionado. Porque es malísimo, digámoslo claro. Al final decidí incluirlo solo como imagen, al final, casi ilegible (para curarme en salud) si no llevabas una lupa.

Pero, qué se yo, aunque no funcione la voz, ni la prosa, y aunque esté lleno de incorrecciones voy-a-poner-esto-porque-me-suena-guachi (“Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell”, WTF. Dos de los lechuguinos más exhibicionistas de la historia. ¿Qué cojones farfullas, Kiko?), sirve, como decía, para recordar por qué es tan GUAY Nik Cohn, y me ha recordado a mí mismo la de tiempo que llevo siendo fan absoluto, copiándole (al principio) como una bestia, usándole de faro artístico.

Ah, el título que le puse al artículo también me da ganas de vomitar. Y la cita a Lautréamont. Y la imagen mierdosa de la “bandera arriada”.

 

Nik Cohn

7 pulgadas, 7 palabras

Su nombre puede distinguirse tras el “Based on a story by” de los créditos de Saturday Night Fever. También escribió la primera historia del pop doblemente pop. Su legado fue saqueado por David Bowie y los Who. Pero hay más, mucho más.

I am Still the Greatest Says Johnny AngeloNo hay nada más feo que las deudas impagadas, y sin embargo en el campo de la creación artística éstas abundan. Las influencias se esconden como algo prohibido, y todo es culpa de un incomprensible horror al plagio. Pero “el plagio es necesario; el progreso lo implica”, decía Lautréamont. Y en casos de plagio sano hay que pagar las deudas. Hay que nombrar a los maestros.

En los campos del pop, un nombre se esconde con la bandera arriada: Nik Cohn. Rodeado de una aureola de secretismo, el escritor que mejor ha plasmado la intensidad de una canción de tres minutos huye de la historia. Gentleman primigenio y uno de los periodistas más copiados de poplandia, Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell, uno de los primeros dandies. De él diría en su ensayo “Today there are no gentlemen”: “Brummell era obsesivo. Tal vez creía en la discreción, pero también en sufrir, en trabajar en cada detalle hasta que todo era perfecto”.

En el Museo de Epifanías mundiales hay cientos de vitrinas. En cada una el momento crucial que cambió el futuro de alguien. Nacido en Londres en 1946, Nik Cohn pasa su adolescencia en Irlanda del Norte, en Londonderry; es allí donde verá por primera vez a algunos teddy boys bailando rock’n’roll, y la impresión que este encuentro deja le acompañará siempre. “(Los teds) eran, en todos los sentidos, no-personas. Y sin embargo, aquí en The Strand, bajo la luz de neón del rock’n’roll, eran heroicos (…) hacían que la realidad fuera irrelevante”, diría en su relato “In Derry”.

Aquel hecho transformaría la vida de Nik Cohn. A los diecisiete se traslada a Londres con la intención de ser escritor; su primera novela, Market, está fechada en esa época. Tres años más tarde publica I am still the greatest says Johnny Angelo e inventa la narrativa pop. La historia de un adolescente que consigue ser una estrella del R’n’R, no es tanto su linea argumental lo importante –aunque David Bowie declararía que influenció la idea de Ziggy Stardust- como la forma en que está escrita. Con su brevedad, su flash, sus detalles, Johnny Angelo es el pop. Nik Cohn lo vivía desde dentro, y el nervio se traducía en palabras cortantes, inspiradas. “Bailando en una rampa, bajando por una tubería, se retorcía y agitaba y temblaba, se movía por todas partes y esto es lo que quería decir: Que os jodan”.

A los veintidós se desplaza de nuevo a Irlanda y desde allí publica lo que será su obra magna Awopbopaloobop Alopbamboom. Muchas cosas separan esta historia del pop de intentos posteriores; no solo fue la primera, sino que además fue escrita sin prestar atención a hechos o cifras. Nik Cohn escribe el libro como Pete Townshend escribía canciones pop, en la cabeza y con el estómago. Al mismo tiempo Awopbop… se construye como un obituario: acabado en 1968, el autor se despide del rock’n’roll, que considera en plena decadencia. “Mis opciones eran claras. Podía mantener la fe de aquellos teddy boys en Derry. Mantenerme fiel al rock como un romance condenado, un golpear contracorriente, un instante. O podía aburrirme. Rico, sin duda, y brutalmente adulado. Pero en el fondo un traidor”, diría. Bill Haley, los Monkees, Phil Spector y los Who; todo lo que hay que saber sobre el pop está ahí.

A pesar de ello, Awopbop… dista de ser su último proyecto. Ya instalado en NY el escritor continuaría una carrera brillante de relatos y ensayos. En todos ellos se percibe lo que Norman Mailer definiría como “autores para los que todo debe encajar”, gente con una visión que establece paralelismos y funda un universo coherente. Kevin Pearce, confeso discípulo de Cohn, diría que “las conexiones lo son todo”. Esa frase resume la esencia del trabajo de Cohn, pues sería éste el primero en comparar lo incomparable, describir canciones con metaforas físicas, palpables. Y mientras, sembrar deudas: “Arfur” (1970), el relato del jugador de pinball como icono pop, inspiraría el Tommy de los Who. “Another Saturday Night” (1975), la historia – basada en los mods londinenses- de un gang de portorriqueños enamorados de la música disco, lo haría a su vez con Saturday Night Fever, el hit fílmico. En su novela de 1992 The heart of the world, las bandas de delincuentes juveniles de Moscú tienen nombres de grupos pop: los John’s Children, los Action, los Troggs. Cada pincelada un punto de color en su universo de conexiones.

“Cohn es un dandy en una época de gacetilleros. Posee un sentido ardiente del presente pero no se dobla con los vientos de la moda. Es único. Es suficiente” declararía de él Gordon Burn. Cierto. Siempre mejor lo intenso que lo extenso. Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el Cultura/S de La Vanguardia, en no sé qué mes del 2003).

Teenage! (en La Central)

Este miércoles 28 de noviembre, a las 19h, estaré en mi querida La Central (c/ Mallorca) apuntándome al jolgorio/presentación del libro Teenage; la invención de la juventud 1875-1945, de Jon Savage, que ahora traduce para el público español la editorial Desperta Ferro.

Es uno de mis libros favoritos sobre subcultura de todos los tiempos, sépanlo. Lo adoré cuando salió en el año 2007, y ahora, tras haberlo releído de pé a pá, sigo haciéndolo.

Me acompañarán en la presentación (o yo les acompañaré a ellos) el escritor Carlos Zanón y el ilustrador y diseñador Jordi Duró.

El ropaje del rapado

7 atributos estéticos lucidos por los skinheads originales y los súcubos Oi! de la Segunda Venida.

 Resultat d'imatges de skinheads 1969

1) Botas: Desde siempre, los skins llevaron botas. Casi murieron con ellas puestas, si no fuese porque al final se negaron a perecer. Se ha hablado mucho de la sofisticación Ivy League[1] de muchos skinheads originales, pero sería absurdo desestimar el componente feísta de varios elementos del look. Para empezar, las Dr. Martens –hoy consideradas columna jónica de la estética skin- no se popularizaron hasta años más tarde, cuando empezaron a prohibirse las punteras de acero en los partidos de fútbol. Al principio de todo, en el 66-67, cuando los skinheads eran solo un apéndice desafecto que pugnaba por extirparse de su progenitor inmediato -los mods- los skins llevaban botas NCB (National Coal Board)[2], una especie de colosales coturnos de minero que dejaban bien clara la vertiente anti-moda, anti-hermosura, proleta y funcional, del nuevo culto. Las NCB eran bastante inmundas, en efecto, pero provocaban el efecto deseado: desagrado con náusea (en el gran público) e identificación tribal (en los usuarios). A menudo, a las NCB se les pintaba de blanco la puntera de acero –un rito que una década más tarde regurgitarían los punks del UK82, así como crustis y anarcopunks- aunque los skinheads más Resultat d'imatges de NCB boots skinheadaseados simplemente les pasaban la nana abrillantadora de metales, como si fuesen pomos de escalera.

Cuando en las gradas se instauró el mencionado veto a las botas, aterrizaron las Dr. Martens. El modelo más popular eran las ya míticas Air Wear de 8 agujeros en marrón –no cereza, como suele creerse-, y se llevaban con los pantalones recortados por encima de los tobillos, para lucir bota y, por qué no, fardona etiqueta. Otro famoso rito skin –que yo presencié, con los ojos fuera de las cuencas, en múltiples ocasiones- consistía en pulir las Martens marrones o cereza con toques de betún negro en los pliegues y arrugas, para “anticuarlas” (o, visto de otro modo: para arruinarlas sin solución).

Cuando yo era muy joven, en todo caso, las puliditas Martens de 8 agujeros eran apariciones quiméricas. Leyendas de la antigüedad. Lo más habitual en los primeros años del culto catalán era toparse con botas militares del ejército español (baratísimas, accesibles, universales) o, pocos años después, con Martens “Fofó”, eslora de drakar vikingo y puntera super-reforzada para demoler edificios. A los pocos años, y Imatge relacionadacon dichos antecedentes como referentes inmediatos, las primeras Air Wear de 8 agujeros que vi (una bota perfectamente recia y callejera) se me antojaron zapatillas de ballet, y eso dice algo, bastante, sobre la relevancia fundamental del contexto.

Yo mismo, ya que preguntan, poseí mi propio par de Martens de 8 agujeros, color cereza, en el epítome de mi look cripto-suedehead-hard-mod[3], hacia 1995. Me deshice de ellas poco después, con el advenimiento del indie-pop, por razones que comprendo bien pero que no procede explicar aquí. Otro modelo de botas la mar de cucas que no querría obviar son las monkey boots, un formato muy particular (y algo marciano) de botas de faena inglesas con puntera liliput y suela estilizada (comparada con las Martens) que solían llevar las chicas skinhead y los niños skins. Lo de niños, no vayan a creerse ustedes, dista mucho de ser una broma[4].

Resultat d'imatges de steve urkel

Bastante skin

2) Tirantes: No, ya nadie lleva tirantes, ni siquiera los skinheads, que eran sus tenaces usuarios principales. Uno puede deducir fácilmente el por qué de su extinción a la primera ojeada: hacen de persona mayor. Avejentan. Y le dan a uno esa pinta de trabajador autónomo en entorno rural (quiero decir de payés). Y también, me apena decirlo, de deficiente mental (piensen en Steve Urkel).

Son un elemento estético, los tirantes, que uno asocia inconscientemente a: a) abuelos gagá o b) gangsters propietarios de amplísimas cinturas de muñeco Michelín para las cuales ya no existe cinturón. Para colmo, los tirantes son muy difíciles de regular de forma satisfactoria y elevan la línea de flotación pantalonil por encima del ombligo (un poco Buster Keaton). Es una imagen passé, en todo caso, y afea cuerpos. Por no decir que, más a menudo de lo que sospechan, los tirantes –por pura tracción físico-elástica- son capaces de separar los dos testículos de una forma tan dolorosa como visualmente repugnante. Los tirantes caídos, por otro lado, de abuelo en modo estar-por-casa (combinan de perlas con pantuflas y bata), no se vieron en subcultura juvenil española hasta los últimos 70. En mi pueblo, y diría que también en todo el país, se conocía a este look perdido como “cockney”. Ni pregunten[5].

3) Bomber jacket: Llevamos tantos años conviviendo con ropa militar utilizada en entorno urbano que somos incapaces de imaginar las tortícolis masivas que provocó el tipo que se puso por primera vez una CAZADORA DE AVIADOR. Para ir a comprar el pan. Debió ser un tipo de incomprensión tiznada de escarnio en turbamulta, como la que sufre Marty McFly en Regreso al futuro (“¿Te has caído de un portaviones, muchacho?”). Para empezar, los elasticated cuffs (puños de chaqueta con goma, en lugar de los viejos botones) eran un invento reciente[6] que igualaba en importancia a la rueda o la penicilina. Un joven de la época que luciese palmito con flight jacket, o bomber (en España también conocidas como “pilots”), debía parecer un cosmonauta chiflado. Un hombre avanzado a su tiempo, como Galileo. No sé

Resultat d'imatges de bomber jacket skinhead

Skins y mods, 1967. De picnic. Puede verse una monkey jacket y un amago de bomber.

si me explico: en los años 50 y primeros 60 se llevaban las líneas muy rectas[7]. Pero el estilo Ivy League en su vertiente informal aterrizó e infectó el planeta con furia venérea, lanzando al mundo una flamante imagen curvilínea, hecha de muñecas elásticas, cremalleras y cuellos no almidonables ni separables, todo fabricado en nylon, polyester y otros materiales del futuro. Los skinheads llevaron cazadoras de aviador desde el año 1969, a ojo de buen cubero, aunque los mods menos fifís habían utilizado monkey jackets (en la época del mod revival rebautizadas como “scooter jackets”) desde principios de los 60, casi; y se trataba de un estilo muy similar.

Con los años, la bomber, por su manejabilidad, modernidad, impermeabilidad irreductible, precio, facilidad de manejo en reyertas y resistencia a la mugre (todo eran ventajas), sería coronada como chaqueta epítome del culto skin; especialmente en su segunda venida, hacia 1977-78. En España resultaría ser el abrigo skinhead más popular hasta 1991, cuando estilos más estilizados y pulcros de gabán empezaron a dominar la subcultura, que ya miraba de forma clara al 1969. Otra submoda de grada (los Boixos Nois, entre 1992-94), antes que lo olvide, consistió en llevar las bombers vueltas del revés, dejando a la vista el forro naranja chillón. Las

Resultat d'imatges de madness band ska bomber jackets

Chas Smash y Suggs (Madness) luciendo clásico look MA-1.

bombers del ejército español, por otro lado, fueron aquí las únicas visibles hasta 1984-86, cuando empezaron a verse las primeras Alpha americanas originales, modelo MA-1.

Yo poseí las dos modalidades, que me chiflaban: una bomber zaragozana del ejército español 60’s (del aire), que yo ornamenté con un centenar de parches y chapas, como si se tratase de un estrafalario árbol de navidad movible; y, ya hacia 1991, una MA-1 mucho más mullida y reluciente, que también adorné con, entre otras chifladuras, parches de cerveza foránea cosidos en la espalda (un detalle scooterista que ahora no sabría ni cómo juzgar: ¿genialidad o completo desatino?). Ambas color verde aceituna, no azules ni (válgame dios) violetas. Hoy, según he captado en mis paseos por las calles de Barcelona, este look ha renacido con vasto impacto, y vuelven a verse las bombers y scooter jackets a destajo en las grandes marcas de calle.

4) Harrington (y otras): El elegante nombrecito les viene de un personaje de la famosa telenovela de los sesenta Peyton Place (un piernas llamado Rodney Harrington, si pueden creerlo), y Elvis la popularizó en el filme Kid Creole. Conozco estos dos fragmentos de información vital desde mi parvulario mod, cuando los detalles relevantes del culto pasaban casi de padres a hijos, pero hoy ambas cosas están bien

Resultat d'imatges de rodney harrington peyton place

Superman is a skinhead

visibles y pedestres en Wikipedia, para que se entere todo Cristo.

Las primeras “harringtons” inglesas las fabricó la marca Baracuta, de Stockport, y su modelo crucial era el misteriosamente llamado G-9. La harrington, para aquellos de ustedes que jamás hayan vislumbrado una, es un tipo de pelliza corta (dos cuartos) con claro aroma Ivy League, forro de tartán o cuadros, cremallera, cintura y puños elásticos y cuello mandarín con dos botones (no abrochables bajo pena de muerte; aunque el cuello sí puede levantarse, a lo Steve McQueen, si se trata de un día ventoso). Yo aún poseo la mía, en original rojo chillón, hoy descolorido a bermellón aguado con un claro futuro rosa pastel. No es una Baracuta (las Baracuta originales valen lo mismo que un bote menorquín de ocho plazas), ni falta que hace.

Resultat d'imatges de skinheads 1969

Otras chaquetas populares entre los skinheads primigenios eran los crombies (o abrigo formal inglés de tres botones, hasta la mitad del muslo, en negro o azul oscuro; otorga al usuario un ligero no-se-qué transilvano), las donkey jackets (abrigo de operario de zanja, con hombreras impermeables; este espectacularizaba el origen currante), los macs (o gabardinas en azul, gris o blanco) y los regios sheepskins (abrigo de piel con forro de borrego).  Y, como no, las tejanas Wrangler, Levi’s o Lee. Decoloradas con lejía pura si uno era muy insensato (o valiente).

5) Polo Fred Perry: Los mods empezaron a pasear ropa deportiva de tenis y boxeo (no de equitación o pesca submarina, por desgracia; habrían dado mucho juego en las fiestas) porque, escuchen lo que les digo, resulta que había una tienda especializada en este tipo de artículos en una de las esquinas de Carnaby Street, hacia 1964. Es decir: empezaron a lucirlas por pura osmosis, por mera proximidad, porque estaban allí y encajaban con el resto de utillaje. No quiero ni pensar lo que habría sucedido a efectos subculturales si ese establecimiento llega a ser una tienda de disfraces de payaso o, peor aún, una pescadería (¿langostas en los bolsillos del traje, al modo daliniano?).

Resultat d'imatges de fake fred perry

La parrafada dadá delata a este Fred Perry falso.

En todo caso, mods y skins siempre llevaron polos deportivos, y con el tiempo se tornarían uno de sus arquetípicos detalles visuales. El laurelito Fred Perry de las narices[8] en la pechera, para que no quede duda alguna de la adscripción a la tribu. En España se llevaron Fred Perrys a destajo y sin freno, pues una avispada textil barcelonesa había comprado a principios de los ochenta el copyright de la firma (y también los modelos, asumo), y se lanzaban a precio moderado, en infinidad de colores y diseños. También eran perfectamente aceptables (en España) los polos deportivos del mismo estilo y corte inglés pero con cualquier otra insignia de imitación encima del pezón izquierdo: monstruosos laureles mutantes de tres, cuatro, incluso cinco ramas; carruajes de época; delfines y cetáceos; círculos op-art, espirales u otras formas geométricas; escudos nobiliarios y diversos elementos de heráldica; alcachofas (u hortalizas en general); fragatas y bergantines; bustos de jerarcas mesopotámicos; o pequeñas espigas de trigo dorado. El estilo, no el espanto de logotipo, era lo importante.

6) Ben Sherman: Camisas, vaya. Otra herencia de los mods, que son en esta historia el típico hermano mayor que no deja de entrar en tu cuarto sin llamar cuando estás cantando en calzoncillos delante del espejo. Con un cepillo a modo de micrófono. Las Ben Sherman llevan cuello de solapa abotonada (lo que en Estados Unidos se llama cuello “oxford”), con el botón superior –el del gaznate- desabrochado (un solo botón; nada de veleidades de rumbero, con desabroche umbilical) por inapelable mandato judicial, en colores planos (rojas, azules, negras, blancas, incluso rosa o verde pastel) o vistosos cuadros lo más gruesos posibles, y también en cuadro pequeño (gingham), pero nunca jamás a rayas de primera comunión, flechas o topos (modelos de raigambre mod), o cualquier otro

Resultat d'imatges de gingham oilcloth

El versátil gingham. Muy utilizado en hules.

grafismo abstracto o étnico (jeroglíficos de Gizeh, runas, palabras en cirílico, esquemas del avance del ejército hitita en Kadesh).

Con las Ben Sherman sucede lo mismo que con los textos de la Grecia clásica o los filmes de cine mudo: el canon no está compuesto por los mejores trabajos, sino simplemente por los que se han logrado conservar. En efecto: en la época mítica del skinhead, cuando semidioses y gigantes andaban entre nosotros, existían un mayor abanico de marcas predilectas (JayTex o Brutus, entre otras), igualmente bellas y bastante más asequibles. El look buscado, de nuevo, era una consecuencia del Ivy League de masas, solo que anglificado y obrerizado; callejero, no universitario. Otro atributo que no ha trascendido fue el de las “unionshirts, o camisa sin cuello de trabajador no especializado. En nuestro país, sin duda, porque se las asocia con el perfecto antónimo del skinhead: el odioso progre. Y en mi caso concreto porque eran look favorito de mi padre.

7) Pelo rapado: Como les decía antes respecto a los puños elásticos y las formas curvilíneas en el talle, el cabello al rape era algo radical, casi inaudito, en los años sesenta. Un detalle que se asociaba automáticamente a: pobreza, delincuencia o demencia, o una ominosa combinación de los tres factores (a los reos y pacientes de centros psiquiátricos se les afeitaba el cráneo al cero como medida sojuzgadora). Los mods ya lucían un peinado anormalmente corto hacia 1963 (“short hair” es lo que se lee en todas las descripciones de modernistas de la época, pese a que a nuestros ojos sus pelucones -si bien algo absurdos- lucen un largo de nuca y costados convencional).

Resultat d'imatges de skinhead getting haircut

Los skinheads, siempre melodramáticos y llevando las cosas hasta el extremo bélico, dieron el definitivo paso que cruza el Rubicón folicular, y empezaron a lucir el pelo cortado a máquina. Sin afeites ni miriñaques. Con peinetas de máquina del 4, 3, 2, 1, incluso al cero y medio o cero absoluto (lo de afeitarse la cabeza con cuchilla no se vería –en el lado exterior de los manicomios- hasta el advenimiento del Oi! más extremo, en 1982[9]). En todo caso, era aquella una imagen radical, casi insultante en su completo desprecio por las modas del momento y las ideas de respetabilidad y decencia imperantes. Era como llevar un vistoso cartel que anunciaba que acababas de padecer una incurable enfermedad venérea, o que te acababan de soltar (por error) de un penal psiquiátrico. Tan chocantes eran aquellos no-pelos de chalao que, como ya saben, acabarían dando  nombre al fenómeno: skin-head[10]. Cabeza rapada. Elementos variables en el rapado universal eran las patillas (convencionales o con grosor y forma de costilla-de-cerdo, casi hasta la mismísima barbilla), la raya afeitada a un lado del cráneo para emular a los músicos negros americanos o jamaicanos (lo que mis amigos llamaban “el detalle sublime”[11]), siempre con nuca cuadrada y, en ocasiones, sutil diferencia de largo entre lados y parte superior de la cabeza. Algunos skinheads norteños (ingleses) también se dejaron, sin el menor complejo, unos buenos bozos labiales cuasi-imberbes. Que los skinheads modernos se han negado a adoptar, por desgracia.

Kiko Amat

[1] The ivy look. Pulcritud americana de mediados del siglo XX: urbana, casual, limpia, decente.

[2] Casi todas las subculturas son mucho más heterogéneas en su incepción original, cuando aún no se han museizado sus significantes. Los skins de la primera hornada, 67-68-69, hacían gala de una mayor amplitud de miras y curiosidad colorista a la hora de escoger sus trapitos. Eso se traducía en una serie de abrigos, botas, zapatos y elementos que hoy prácticamente han desaparecido del look skin: botas NCB, peacoats (tabardos de la marina mercante), escarpines suedehead, jerséis de cenefas o corbatas anchas (todo elementos skinheads en uno u otro periodo de su existencia).

[3] Corte de pelo Small Faces combinado con camisas de cuadros-hule de trattoria y tamaño Rushmore, sheepskin de saldo, tejanos con la vuelta cosida de un dedo y rictus de pazguato.

[4] El culto skinhead tenía una media de edad incluso menor que la de los mods. De hecho, y como atestiguan numerosas fuentes, era perfectamente común adscribirse al culto cuando aún ibas a séptimo de Básica (12 o 13 años). Estos niños no encontraban botas Martens de su talla, y de ahí la utilización de las monkey boots, el sucedáneo más cercano y menos ridículo.

[5] Podría decirse que es algún tipo de híbrido skin-punk (skunk) 80’s: cruzada de cuero remachada o bomber con tirantes caídos, gorro de lana naviera a lo Dexys, botas reforzadas, parches de Rejects y Upstarts y Sham 69, tartán visible en algún lado (parcheado en el culo, o como forro de la cazadora de cuero), cara de pasmo inducido por la cola de carpintero.

[6] Militar; como casi todo lo innovador (por desgracia).

[7] Las trencas, que hoy se consideran un abrigo perfectamente pulcro y “de vestir”, a lo largo de los años sesenta eran el equivalente de lucir un mono de mecánico manchado de grasaza. Un gabán sin formas, desastrado, de batalla y solo para beatniks inconformistas o pintores abstractos en divanes. También usables como manta en esos mismos divanes, si escaseaba la ropa de cama.

[8] También la marca de Lonsdale, casi señalización skinhead universal, bastardizada en centenares de logotipos de bandas y clubes (y algún grupúsculo nazi).

[9] Los teddy boys del revival, al igual que los Oi! skins, también exageraron todos los significantes. Las fotos de teds originales de los años cincuenta son muchísimo menos extremas que las de teds de los últimos 70’s: los trajes menos chillones (nada de color rosa, o piel de depredador felino en las solapas), los creepers de entresuelo (no de dos o tres pisos, sin ascensor), los peinados menos rococó, etc.

[10] Aunque no al principio. Desde la prensa se dudó durante meses, entre los años 1967-68, qué epíteto faltoso dedicarles a aquellos chicos pelados: peanuts (“cacahuetes”), cropheads, boiled eggs (“huevos hervidos”) o skulls (“calaveras”), para al final optar por el que cuajó: skinheads. Fue un acierto bautismal, claro: “Por ahí vienen los huevos hervidos” no suena ni la mitad de amenazador.

[11] El detalle sublime pasó a ser el DETALLE RISIBLE cuando uno de mis amigos, El Gusi, no atinó a señalar la altura correcta de su raya afeitada y otro de mis amigos –el que hacía de peluquero amateur aquel día- se la afeitó justo encima de la oreja. Fue lo que, a lo largo de los meses siguientes, convindríamos en denominar “la raya para dejar el lápiz”. Extrañamente no fue copiada por otros skins ni devino virus subcultural.

(Este artículo se publicó hace un par de años en la revista mexicana Life & Style. Yo se lo publicó aquí, para que ustedes lo canten, son-son).

En éxtasis

https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/09/798e2-20905567_1907092499617525_2921055481902399488_n.jpg?w=268&h=268Como ya les previne, el 10 de octubre saldrá a la venta la traducción al español del mitiquísimo libro de Joan M. Oleaque En éxtasis; el bakalao como contracultura en España (Barlin libros).

Hoy mismo he podido ojear una flamante copia que acababa de caer en mi buzón. Ha quedado la mar de elegante, y el texto es la pera, y mi prólogo, permítanme que les diga, no está pero que nada mal. Ha sido uno de los buenos; está claro.

Fans de la subcultura, lo tribal, los fenómenos juveniles 80’s y los libros de rocanrol: yo os conmino a haceros con un ejemplar. Y regalar unos cuantos más por ahí. Es un gran libro.

Glam rock: un motín con colorete

Ninguneado y despreciado (por puro clasismo) durante décadas, el glam rock recupera su justo lugar como primera zurribanda adolescente de los 70 y gran eslabón perdido del pop. El último libro de Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra) canta sus virtudes, lo dignifica y da palmadas al ritmo.

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Ningún dogma ha sufrido una alteración mayor que la concepción de los años 70 como desierto musical. Y sin embargo, cuando yo era púber y pasaba la vida entre el baño y la pista de baile, mi credo era que todo lo excitante del pop había muerto en 1966, y que aquella excitación no había regresado hasta diez años después, cuando el punk rock la resucitó con un caritativo chasqueo de dedos. En lo que a mi tribu concernía, entre el The Who Sell Out (1967) y el Down by the Jetty de Dr. Feelgood (1975) no había NADA. En mi mente, la década de los 70 era un gran espacio en blanco, como los confines del mapa en El Planeta de los Simios. Algo ni explorado ni explorable, territorio de hippies, cantautores-para-divorciados y odioso blues-rock. Música adulta, música para catedráticos. Genesis. Vangelis. Sífilis.

Hoy sabemos que no es así; el punk nos mintió. El punk tenía un hermano mayor que se lo había enseñado todo, pero de quien se avergonzaba por las pintas y el rímel: el glam rock. Así que escondió sus fotos. El glam es el Trotsky del pop; el gran silenciado. Al no haberlo degustado de primera mano (cuando los de 1971 llegamos a los futbolines allí solo sonaban Los Chichos), la prognosis del punk nos pareció fiable, y aquel eslabón perdido, Homo Purpurinus, quedó sumergido en una no-zona crítica, un limbo subcultural. Nadie se acordó de él.

Pero, ¿que és el glam rock?

El glam son muchas cosas, por eso el nuevo libro del crítico inglés Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI, ocupa 691 páginas. El glam es el primer despiporre adolescente de los setenta. El glam es diversión, revuelta juvenil, ropa delirante y actitud camp, androginia y estribillos. Un género estridente y bailongo (no en vano se le consideraba parte del sonido “disco”) que se metastatizó por el mundo de 1971 a 1974. A la vez el glam es como el Peronismo: tiene dos cabezas polarmente distintas: una es arty y la otra… Bueno, nada arty. Este artículo se centra en la segunda cabeza, por la sencilla razón de que se acerca otra exposición Bowie, y los críticos con diploma citarán solo el Berlin y Roxy y el rock-como-forma-de-arte, y mis matones travestidos favoritos quedarán sin nombrar. Pero no esta vez, si puedo evitarlo.

Oído, pero ¿qué es el glam rock?

Voy. El glam es artificial, y orgulloso de ello. Celebra “la ilusión y las máscaras”. Es una parodia del glamour, como si te vistieses de nazi para ir al carnaval de tu pueblo (nadie pensaría que lo eres en serio). El glam quiere que se sepa que es falso. Incluso cuando va de lujoso y decadente, es un poco cutre y guiño-guiño. Glam son los Slade con uniforme de gala al lado de unos desagües de retrete (ver foto). Es “titánico, idólatra, demente, teatro de artificio desembozado y escenario de grandes gestos”, aduce Reynolds. El glam rock rechaza el falso realismo Springsteen, y ofrece en su lugar una pantomima que, por su histerismo y calidad venusiana, se convierte en una declaración mucho más honesta de intenciones.

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El glam es un rechazo. Su ethos se pasa por el forro el consenso de 1970. Es un corte de mangas a los grupos de blues-rock campestre con letras de “gente normal”, chupas tejanas y pelo facial. El glam es anti-seriedad. Se mea en el rock “conceptual”, la música madura y el arte “de verdad”. Su existencia acabó, de un solo riff neandertal, con lo que Reynolds califica como “el largo y melenudo invierno del rock de elepés”.

El glam es chocante, como antes lo fueron Elvis o los Stones. Pero el glam vio que cada vez era más difícil epater les burgeois. Para lograrlo, el género tenía que lanzarse a por lo más pirado: plataformas rascacielos, purpurina a manguerazos, homoerotismo rampante y vodevil marciano. Steve Priest de The Sweet apareció por televisión ataviado de “recluta gay de las SS”. Dave Hill de Slade parecía una mezcla de Samuel Pepys, Vegeta de Bola de Drac y paje medieval. En cuanto a Gary Glitter… Era como si David Hasselhof se hubiese calzado el traje de obispo dadá de Hugo Ball.

Lo chocante no eran solo los trapitos. El glam es reaccionario. Se niega a aceptar el zeitgeist. Nik Cohn en Awopbobalobop… acotaba el pop y se negaba a ir más allá de 1968. El glam comparte su visión totalitaria. ¡Little Richard y cierra el glam!, parece gritarnos mientras carga entre una nube de confeti. Sus artistas miran sin complejos al rockabilly cincuentero y al agresivo mod-beat sesentas. Para el glam, el Sgt Pepper’s nunca existió. Ni el Rubber Soul. Reynolds define a Slade como “unos Beatles atascados de por vida en 1964”. El glam va directo al riff y a la brevedad de los sixties. No es casual que algunos de sus ídolos fuesen malogrados has-beens de los 60 en modo Segunda Venida: Bowie y Bolan, claro, pero también Paul Raven (Gary Glitter), Jesse Hector de The Gorillas, Shane Fenton (Alvin Stardust), Slade o Mott The Hopple.

A la vez, el glam era moderno. Nunca fue “revival”. Trevor-Roper llamó a Hitler “el terrible simplificador”, porque leyó mucha historia y de ella extrajo unas cuantas nociones inamovibles. Quitando lo odioso, lo mismo podría decirse del glam. El glam depura el sonido beat, quita lo sobrante, anaboliza lo anémico (baterías flojuchas, letras verbosas, solos alardeantes) y crea un invencible bruto mecánico. Todo es estribillo e impacto y melodrama. Reynolds cita la pionera tarea de productores como Chinn & Chapman, doctores Frankenstein del Gran Sonido. El ranga-ranga es puro Who, pero el boop-beep anticipa el tecno. T. Rex eran “los 50 si estos hubiesen llegado después de 60”. Música vieja con tecnología joven.

El glam es rebeldía adolescente. Su revolución es de tebeo, de grafiti faltoso, pedorretas al profesorado y pitillos en el váter. Sus letras son llamadas abstractas al desorden y el deslengüe. La media de edad de los fans de T.Rex era de 15 años; los de Alice Cooper no llegaban a 12. Reynolds cita las protestas de 1972 en el marco del Pupil Power, cuando 800 niños londinenses se manifestaron contra la “dictadura de los maestros”, para luego dirigirse a los estudios de Top Of The Pops y saludar con el puño en alto el “School’s Out” de Alice Cooper. ¿Y T. Rex qué? Sus detractores decían que aquello no “era para https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/08/5bc62-mudrock.jpg?w=288&h=279adultos”. Y tanto que no. Es pop para la edad del pavo, alucinante y alucinado, barbilampiño, libre como un sábado por la mañana. Se la traen al pairo la paz, el medio ambiente y los tapices tejidos a mano. Es como el punk, en suma, solo que sin los panfletos.

Al igual que el punk, el glam formó tribu. Una élite “autocreada”, no basada en apellidos compuestos, fortuna o poder, sino conocimiento y afiliación. Una sociedad secreta, solo que no era nada secreta, porque sus ídolos eran archifamosos, sus ritos se difundían a través de la prensa de kiosko y los fans iban vestidos de lagarterana espacial. La militancia se demostraba a base de audacia, esfuerzo y coraje: quién se arriesgaba a salir de casa de aquel modo o quién se había leído los libros de los que hablaba Bowie. El glam era andrógino y afeminado pero, para chasco de sus enemigos, requería mucha valentía.

Know who you are

El glam rock era de clase obrera. Igual que toda la música popular de posguerra, me dirán ustedes. En efecto, pero el glam, en su rama no-arty, lo era de un modo farruco. Se negaba a citar a Marcuse o hablar de koljoses para ser aceptado por la clase media. Celebraba el sábado noche, las trifulcas, el pandilleo y lo tórrido. ¿Escapista? Tal vez. Pero en ambiente proletario, el escapismo siempre ha sido una opción digna. Trabajo ocho horas en la rectificadora, de acuerdo, pero a ver quién es el guapo que me impide vestir de mutante homosexual para ir al disco-pub.

Pues el glam era bailable. El ritmo no era consecuencia sino fin. Gary Glitter y su productor Mike Leander (“gran visir del glitter”) buscaban un “white disco sound”. Algo autóctono, futurista y rocanrol que competiese con la música negra en los clubes ingleses. Porque el glam es inglés. Los americanos tenían a New York Dolls. Y Suzi Quatro. Y Alice Cooper, vale. Pero el glamur de fregadero de Slade no cuajaba en yanquilandia. Chavales aplicándose rímel a espaldas de sus padres para ir a bailar al gimnasio del centro católico: eso es glam, y en el ambiente liberado de Los Angeles parecía una insensatez. Reynolds apunta otra teoría: la “sima” que separaba la FM de la AM en la radio americana. FM era el underground melenudo, AM el pop pulido. El glam inglés estaba justo en medio. T.Rex eran superpop bizarro, demasiado pop para los freakies, demasiado flipado para los squares.

Y asimismo, el glam reinó triunfal del 71 al 74. Cuatro años de mandato, que terminarían cuando Bowie se pasó al soul y, luego, a lo alemán; Bolan perdió el talento y murió (en un Mini, que es una muerte bastante glam); The Slade, The Sweet y los demás se fueron achicando poco a poco. Pero mientras existió, el glam fue espléndido. Una erupción eléctrica y rebelde cuyos discos están a la altura de lo mejor de la era mod y la nueva ola. Visto desde dicha perspectiva, resulta chocante que la prensa adujese que el pub rock y el punk habían rescatado al rock del tedio. ¿Tedio? ¿Qué tedio?

Un Top 5 del glam rompepistas inglés

MUD: Querían ser camp, pero no les salía muy bien. En las fotos lucen como estibadores portuarios forzados a travestirse. “No había nada delicado o élfico en el sonido de Mud”, dice Reynolds. Bailaban como teddy-boys borrachos (aunque sincronizados), y en “Dyna-mite” sonaban como si los Archies hubiesen grabado en el gol sur. Decían palabras soeces y, al menos en una famosa imagen dominguera y anti-cool, anticiparon a los Decibelios de Vacaciones en El Prat.

T. REX: Ya les conocen. Un exmod convertido a folkie tolkeniano que se deshizo de la capa hippy y se remodeló, ya definitivamente, en rey del boogie e inventor del glam rock. Marc Bolan se colocó una boa y espolvoreó purpurina en sus (cincelados) pómulos, convirtió su música en un reducido de Eddie Cochran del espacio exterior y adelgazó sus letras para que solo acarrearan un par de mensajes básicos sobre amores calientes, danzarines cósmicos, guerreros eléctricos y gurús metálicos. El glam es Bolan.

SLADE: Se autodenominaban “supervándalos”. Celebraban a los chavales “que dejaban los estudios a los quince años” y a la clase obrera en primera persona del plural. Vestían como semi-skinheads + prestamistas dickensianos + luchadores grecorromanos. Sus discos estaban llenos de palmadas y pateos (su marca de fábrica). Tuvieron una porrada de números uno pero jamás evolucionaron (“convirtieron los inicios de los Beatles en su destino”). Eran todo ritmo, velocidad, farra y baratura (grababan los álbumes en dos días). Uno de los más grandes grupos del rock’n’roll. Incluyo mi super-favorita de ellos, pese a que no es la más típica de su sonido (y canta Jim Lea).

THE SWEET: Los Monkees del glam. Un grupo prefabricado que tomó las riendas de su carrera. Una máquina de hits en mallas, con camp de lo más convincente. Combustión rocanrol pero lacado pop con letras melodramáticas, riffs huracanados y armonías vocales. “Ballroom Blitz” es Bo Diddley danzando música militar extraterrestre. No hay solos ni baladas ni asomo de blues (gracias al cielo). Puro disco-rock blanco para la disco del viaje de fin de curso de octavo. Queen lo copiaron todo de aquí.

SUZI QUATRO: “Can the can” fue el primer hit glam que escuché en mi vida. Febril trum-patrum castrense, aullidos rompe-gargantas, guitarras de dos acordes, palmadas de hinchada. En aquel momento no me convenció, hoy marcho a su ritmo. Suzi era punk antes del punk. Iba de chica mala, y era un personaje, pero su personaje se parecía mucho a la de verdad. Era de Detroit, calzaba traje elástico a lo Catwoman, se negaba a ser blanda (o una “señorita”) e inspiró a muchos fans. Joan Jett, sin ir más lejos.

Apéndice #1: Glam de trapería

Sucede en todos los géneros: unos cuantos suertudos son vanguardia, innovan, se hacen famosos y alcanzan la “fase imperial” (reconocimiento público + cénit creativo). Es la primera división. En un escalón inferior se halla la segunda: grupos que iban a remolque, con menos talento; grupos que tuvieron mala pata o ideas lamentables. El glam no es una excepción. Se trataba de un género masivo, pero solo un puñado de artistas colocaron hits en lo alto. Lo que sobraba del quesito se lo repartieron centenares de bandas menores, que solo fueron grandes en campings y en algunos pueblos extremeños, que entraron en el Top 40 de milagro y por salva sea la parte (o que jamás entraron), y que se vieron obligados a utilizar sonrojantes estrategias de márquetin.

Simon Reynolds dedica solo dos páginas a este sub-género bautizado como “junkshop glam” (glam de trapería), una cifra risible si tenemos en cuenta el alud de bandas y discos -a cuál más loco- que se apiñan en sus filas: Hector (niños con pecas pintadas y un super-hit, “Wired up”), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). El “Rebel’s rule” de Iron Virgin o el “Another School day” de Hello. O mis favoritos, Jook: exJohn’s Children, ropa hooligan, sonido Who anabólico con zapateado Bay City Rollers y un hit subterráneo en “Aggravation place”. Como ellos, cientos. Durante cuatro años, los singles de aquellos maromos mazas con peinados medievales, bufandas-pitón y pantalones John Silver que berreaban “Bish Bash Bosh” o “Rave’n’Rock” fueron lo más en las discotecas de Europa (pero en ningún lado más).

Lo irónico del caso es que la maquinaria voraz del mercado coleccionista, al ir completando estilos y sub-estilos, ha terminado dirigiendo su mirada a esta 2ª división. Decenas de grupos anecdóticos, puros One Hit Wonders, son hoy pasto de caza y puja, y sus singles de 45rpm con portada (formato estrella del glam) se han convertido en cobejados objetos de consumo underground con el pedigrí del 60’s punk raro o el soul ignoto.

Apéndice #2: Tot el camp es un glam

Aquí no hubo glam autóctono, así que vuelvan a guardar el lápiz de labios y la laca. Según Ramón de España, periodista y veterano fan de Roxy Music que vivió el goteo (o chaparrón) del género en España a principios de los años setenta, “nunca existió un glam autóctono. Además, nadie usaba el término glam rock, sino gay power. Con ese título publicó un libro el difunto Eduardo Haro Ibars. En otro plan, La Charanga del Tío Honorio publicó una canción titulada “Los chicos del gay pobre”. Franco aún vivía y no estábamos para mariconadas. Miguel Bosé era toda la ambigüedad que podía soportar el régimen, por moribundo que estuviese”.

Ramón De España apunta que, por otro lado, el glam foráneo sí explotó en las discos patrias, como demuestran los centenares de sencillos editados con portada española y traducción insensata del título. “Ciertamente, el glam llegó y triunfó”, afirma. “Entró con David Bowie y Ziggy Stardust. De repente, El Corte Inglés estaba lleno de ejemplares de Space oddity, The man who sold the world y Hunky dory, que no se habían editado en su momento. El glam tuvo éxito tanto en la vertiente arty (Roxy, Bowie) como chusmosa (The Sweet, Slade, Suzi Quatro). En el momento, los fans de unos y otros eran irreconciliables. Los del rollo arty nos choteábamos de Gary Glitter como luego lo hicimos de Tino Casal. Con el paso del tiempo, hay que reconocer que algunos hits de los chusmosos no estaban nada mal, sobre todo los escritos por el dúo Chinn y Chapman, proveedores de The Sweet y Suzi Quatro. Y no olvidemos a Cockney Rebel, cuyos dos primeros álbumes, sensacionales ambos, se acogieron a la cosa glam. Siempre fue un grupo de minorías, eso sí, salvo con el hit “Make me smile (Come up and see me)”, que nunca se repitió”. Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 29 de julio del 2017. Pueden clickar y compartir, si así lo desean, el link del periódico -así mis jefes verán que hay alguien leyendo- o este mismo)

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))