Réquiem por una mascota rock

Me lo pasé pipa escribiendo esta pieza para El Periódico de Catalunya. Fue una doble paginaca de sábado sobre mascotas del rock, y mi amor hacia ellas, y el porqué de su desaparición.

Disfruté en concreto, por si quieren saberlo, con la sección “Suerte que no tenían mascota” (Anal Vomit, por ejemplo).

NANDO DIXKONTROL: “He estado tantas horas despierto como una persona de 180 años”

Nando Dixkontrol, el pasado mes de junio, en Barcelona.

Uno de los temas centrales del documental Ciudadano Fernando Gallego es tu doble personalidad. ¿Quién está al mando en estos momentos, Fernando Gallego o Nando Dixkontrol?

Nunca sé quién soy. Ni tengo sensación de estar aquí. Cuando vengo a una entrevista de este tipo suelo ser el Nando Dixkontrol de la época Psicódromo y Ocho. El que conoce el público. El profesional. Lo que lo sucede es que a lo largo de los últimos meses, por culpa de mi separación, he sufrido frecuentes disociaciones. Estoy un poco enfadado con Nando Dixkontrol, porque no ha sabido estar a la altura. Siempre he tenido una vida emocional y sexual muy plena, y Nando no lleva bien lo de estar separado.

En el documental Ciudadano Fernando Gallego: baila o muere se habla de Nando Dixkontrol como una personalidad que creaste. ¿Controla Nando a Fernando?

Nando Dixkontrol no es un sosías, ni un aka. Es una parte de mí. Fernando no tiene ganas de luchar, bastante tiene con enfrentarse al día a día y a los problemas habituales de una persona normal y encima tratar de contentar a todos esos hijos de puta. Muchas veces no puede tirar adelante sin la ayuda de Nando.

Has dicho la palabra “normal”, pero tú eres lo contrario. Alguien que vive en la anormalidad desde siempre.

Eso me viene de pequeñito. Soy un excéntrico, simplemente. Siempre me ha gustado vestirme raro y hacer el payaso. Mamá diría que no hago el payaso, que tengo “vis dramática”, Papá diría que soy un puto actor de tragicomedia griega. En el documental aparecen varias imágenes de mi padre disfrazado. Esas fotos no pertenecen a un carnaval, era mi padre de promoción de cierto producto de una empresa de farmacopea. Mi padre inventó el “transformismo farmacéutico”. Siempre recuerdo ver a mi padre disfrazado. Luego me di cuenta de que aquel disfraz de Drácula que tanto me gustaba de niño también me iba bien para ir a ver a los Depeche Mode. Siempre he sido anormal, en ese sentido.

La palabra “evasión” es una de las más utilizadas en el filme. Parece que te gustan más el mito y la fantasía que la realidad.

A los fans no les entra en la cabeza la realidad. No quieren ver a Fernando Gallego; ese tío no tiene ninguna gracia. Yo he proyectado una imagen de mí mismo, estereotipada, en que mezclo el cómic, la cultura pop, la música. La gente aprecia ese personaje. Lo que sucede es que ese personaje, cuando termina la sesión, luego baja, recoge vasos, habla con la gente, ayuda a los camareros, y esa es otra realidad, quizás no tan glamurosa. La de una persona que trabaja en la escena de clubs, y que contribuye de forma modesta a ella.

“La ruta del exceso lleva al palacio de la sabiduría”. Una cita de Lord Byron que te encanta repetir. Pero a veces la ruta del exceso lleva directamente al sepelio.

Yo me debo haber equivocado de autopista, o tal vez traté de evitar pagar peaje, pero este último año ha sido el infierno de Dante y el descenso por los siete anillos.

Lo que trato de preguntar es si a largo plazo no sale más a cuenta aparcar el exceso para tener una carrera longeva. En lugar de “Baila o muere”, qué tal “Baila más sosegado”.

Cuando he intentado ir con calma ha sido mucho peor. Los problemas que aparecen son inauditos. Resulta que cuando intentas ser “normal” tienes que abandonar todo lo que te gusta. Dejas de hablar de tus temas preferidos, dejas de hacer lo único que te gusta hacer (pinchar discos), dejas de comunicarte a nivel artístico, dejas de vestirte como te da la gana, comer otras cosas. Tienes que tratar de entender lo que son la noche y el día… Empiezas a hacer lo que hace la gente. Se ve que la gente normal duerme, come, descansa, folla, ríe, llora. En los momentos que toca, incluso. Yo no soy así, claro. Alguna gente lleva mi ritmo durante dos días y luego se retiran. El noventa por ciento de la gente con la que tengo relación es gente que conocí en una discoteca. Pero esa gente lleva más o menos una vida normal, no viven en la discoteca, como yo. Cuando estoy solo, o sufriendo desamor, o lo que sea, nadie puede ayudarme. Estoy completamente solo.

Hay un momento del documental en que afirmas que la única cosa que no te abandonará nunca son los discos. ¿Es el arte mejor que la gente que lo produce?

[tajante] Sí. Y el arte existe, entre otras cosas, porque hay gente que piensa como yo. La dicotomía estriba en que también necesitas el contacto físico. Yo necesito que la gente me mire, me escuche, me piropee. Cuando pierdo eso, no hay arte. El arte nace de la necesidad que tienes de comunicarte con la gente. Y la gente te pide tu arte.

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Cuando estás triste, ¿qué te salva, un disco o un amigo?

Un amigo. Al que conocí por un disco [ríe]. El vínculo siempre será la música. Las únicas tres personas que han existido en mi vida sin vinculación musical han sido mi padre, mi madre y mi hermana. La música lo es todo para mí. Si me meto en una conversación musical lo sé todo. Hablo demasiado. Vivo demasiado.

Tu vida se ha definido a menudo como “una vida a 180 bpm”.

He vivido rápido, pero también me he arrepentido de casi todo lo que he hecho. Me he arrepentido de los excesos, me he arrepentido de la soberbia, me he arrepentido del orgullo, me he arrepentido del enganche, me he arrepentido de la adicción. Y sin embargo, paradójicamente, si volviese a nacer haría lo mismo, solo que muchísimo más.

Hay gente que desfasa sin remordimientos. No parece ser tu caso. Tú desfasas con flagelación (según se deduce del documental).

Yo he estado muy mal. He tocado fondo de tal modo que he llegado a autolesionarme. Y te diré algo: me ha ido bien. Otra gente se autolesiona con programas de prevención del alcoholismo o la drogadicción. A mí, autolesionarme me mantuvo en mi sitio. Hacerme daño de forma consciente me ayudó a vivir con el dolor, y eso hace que al final no lo notes. Algunas personas se construyen una coraza con eso. El dolor les endurece. A mí no: el dolor me hizo más sensible, más vulnerable. El hambre me ha hecho reconocer el hambre ajena. Cuando yo he tenido algo, lo he repartido. Ahora que no tengo nada he tenido que pedir dinero para comer, para beber, para colocarme. El dinero lo es todo, pero hay algo más importante que el dinero, que son las ganas de vivir. Yo ahora no tengo muchísimas ganas de vivir, la verdad. Pero he vivido. Mi decálogo del DJ dice que #1 “Todo el mundo es DJ”, y #2 “Ser DJ es vivir dos veces”. Yo he vivido unas cinco. He estado tantas horas despierto en los últimos treinta años como una persona que tuviese 180 años de vida. Si ahora me muero, solo me sabría mal por mi hijo.

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Me gusta que menciones lo de la coraza, porque te veo como alguien que va por el mundo sin parapetos de ningún tipo.

Un tipo con coraza no puede hacer mi trabajo. Pero a la vez ir sin murallas te hace más vulnerable, y he notado que la gente abusa de eso. Desde que salió el documental me he llevado unos chascos monumentales. En treinta años de carrera no he recibido ningún premio, ninguna nominación, ningún reconocimiento. Siempre me han rechazado. Pero ahora este documental ha ganado premios. ¿Tú crees que alguno de mis colegas me ha llamado para felicitarme? Y una mierda. Yo siempre he llamado para felicitar los logros de los demás. Es muy duro, ver que la gente es así. La gente cree que yo he llegado donde he llegado tocándome los cojones, pero he trabajado mucho. He hecho dinero, pero me lo he ganado.

El trabajo de DJ parece jauja pero es un tute, sin duda.

El oficio de DJ es el más raro del mundo. Y está muy poco explicado, casi no hay bibliografía seria, no se ha estudiado a fondo. Si yo llego a los ochenta años habré demostrado que se puede vivir de este oficio, que este te permite ser grande, que te permite sobrevivir… Pero no habré demostrado que es un “trabajo”. Nadie se lo cree. Y con razón. Porque no tiene pinta de ser un trabajo. ¿En qué otro trabajo del mundo puedes llegar borracho y enfarlopado, y ponerte a hacer cosas y que te salgan bien, y que no solo no te despidan, sino que encima te feliciten? Ahora se empieza a venerar al DJ, pero antes el discjockey era la última mierda del local, estaba en la esquina más asquerosa, escondido del público. Ahora, en parte gracias a mi trabajo, los DJs son considerados. El gran problema es que el DJ lo lleva todo. La responsabilidad es enorme. Si sale bien, todos están contentos, pero si sale mal, la culpa siempre es suya. En un grupo de rock’n’roll nunca pasaría eso. El DJ está siempre solo, como decía. Esa es su cruz.

“Gracias”.

Si te consuela, el de escritor también es un oficio tradicionalmente solitario.

Por supuesto. El escritor acaba sumido en la alcoholemia, o pegándose un tiro en la cabeza. Les ha sucedido a todos los grandes. La soledad te vuelve loco, hagas lo que hagas.

Hablemos de música. Cuéntame, en tus palabras, cómo la escena vanguardista y moderna del bakalao valenciano llega a Barcelona y se transforma en…

No “llega”. Barcelona va a Valencia, y se empapa de esa cultura. El fenómeno del after es estrictamente barcelonés, en Valencia ni existe el concepto. No existe porque no hace falta. En Valencia lo que existe es la legalidad. En Barcelona, a partir del fatídico año, cuando se declara ilegal nuestra actividad, empiezan a cambiar las cosas. Se elimina el problema mediante la demonización. Se realiza una asociación entre nosotros y algunos individuos neonazis que acuden a nuestros clubs, y por mimetización parece que son de los nuestros. Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera mientras no haga daño a nadie, pero nosotros hemos pagado un sambenito muy duro por ello. Pagamos por los grupos violentos del fútbol de la época. Es una cabronada.

Psicódromo estuvo a punto de ser una discoteca acid house.

Intuíamos que aquel sería el último año del acid house, y nuestra intención era aprovecharlo. Pero no nos dieron el permiso hasta después del verano. Durante aquellos meses estuvimos saliendo y viendo como la música evolucionaba, y el acid se ahogó bajo su propio peso. Llegaron estructuras más electrónicas, los típicos cambios de los años que acaban en 9: pasó del 69 al 70, y también del 79 al 80. Y nos sucedió del 89 al 90, con la llegada de los nuevos grupos. Si llegamos a arrancar en mayo hubiese sido distinto. Al final lo que hicimos fue poner pop de guitarras en horario de noche y lo de batalla, el maquineo, de madrugada. Poníamos música fresca que nadie había comprado aún, de productores belgas, alemanes, americanos, que aún no estaban en boga porque dominaba el acid.

Al principio de todo tú pinchabas más negro y Pepebilly más blanco. ¿Es más o menos así?

Más o menos. Pepebilly no sabía nada de negro, él vivía de lo blanco, del rollo siniestro y tal, era el segundo DJ del 666. Yo pinchaba hip hop, ojo, no funky. Ponía Public Enemy siempre que lo pudiese mezclar con algo, hacía la remezcla de la remezcla, sobre un bombo de hip hop, a contragolpe, un bombo divertido y sabroso. Yo le enseñé a Pepebilly que aquel bombo podía encajar en cualquier parte. Le pasé la técnica de los que pinchábamos con negro y él tuvo la idea de mezclarlo con guitarras. Pero que conste que yo blanco ya pinchaba al principio de todo. Lo primero que pinché en la vida fue Kraftwerk, vamos.

Nando Dixkontrol riding the wheels of steel en Psicódromo (Pepebilly de fondo)

Recuérdanos algunas mezclas míticas del Psicódromo.

“Caravan of love” de The Housemartins con “The Godfather” de Sponie Gee. Otra: el “Last train home” del Pat Metheny Group mezclado con un corte de los Final Cut que en lugar de ir a 33 va a 45. Joder, se me saltan las lágrimas [se le humedecen los ojos]. Y la más mítica: Wim Mertens, el “Maximizing the audience, mezclada con el “Body to body” de BiGod 20. Otra mezcla muy difícil era el segundo vals del hermano de Johann Strauss (no recuerdo su nombre), mezclada con una base del “Numbers” de Kraftwerk. Ahora ese loop se puede hacer digital, pero en la época tenías que cuadrar el loop 4 x 4 de Kraftwerk con el 3 x 3 del vals. Es una mezcla que no debería funcionar, matemáticamente es imposible meter 3 en 4 y lo contrario. Y el ritmo del vals no lo puedes tocar. Tienes que manejar en tiempo real el pitch de Kraftwerk para que en cada compás de cuatro tiempos uno se desacelere para encajar y el otro se acelere para recuperar. Yo cerraba los ojos y movía el pitch como si fuese un diapasón. Cuando me daba la sensación de que el vals subía la nota [canta el ritmo], bajaba el pitch. Y ahí encajaba.

Psicódromo empezó a triunfar gracias a aquella famosa redada.

Sí. La noche de la patada de la Ley Corcuera. Esa noche cerraron un montón de locales: el Ozono, el Ars, el KGB y el Otto Sutz. Existe la leyenda urbana de que yo lo sabía con antelación, porque el lema de Psicódromo era: “Si crees que todo está acabado, date una última oportunidad”. Pero eso solo hacía referencia al final del acid house, el final de los 80, que se imponía un principio revolucionario, volver a arrancar con lo básico: bombo contundente mezclado con una nota estridente, de guitarra o sintetizador. Era una invitación a los noventa, que iba a ser la cumbre de lo digital. La era del chip prodigioso. Y entonces tuvo lugar la redada: todo cerró durante varias semanas. Y de repente la gente vio aquel flyer raro de club raro, que estaba muy por debajo de la Gran Via, un local a la izquierda de Marina, en Pueblo Nuevo. En aquella época, Pueblo Nuevo no había pasado por la rehabilitación del Fórum, estaba en mitad de la nada, era una zona mercantil. Y allí en medio toda aquella gente topó con un local diáfano, absolutamente oscuro, con una sola luz en cabina, un local donde no se pagaba entrada (solo la primera consumición)… Un local permisivo. No teníamos etiqueta ni código de vestir. Solo se requería que entraras aseado, vestido y por tu propio pie.

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Vuestro máximo de horas pinchando fueron… ¿Veinte?

Esa fue la famosa noche de San Juan. Eran las doce del mediodía y quedaban diez horas para cerrar. Por primera vez habíamos empalmado noche con madrugada, sin parar un par de horas para limpiar y rellenar neveras. La ley te permitía no cerrar esas dos horas, así que abrimos a las doce de la noche de Sant Joan, hasta las diez de la noche del día siguiente. Veintidós horas. A las doce del mediodía, cuando ya llevábamos doce horas seguidas, cogí el micro y grité: “son las doce del mediodía, quedan diez horas para cerrar… ¡a romperlo todo, hijos de puta!”. Y doscientos clientes empezaron a estrellar los vasos contra el suelo. A las seis de la tarde vino el jefe a por la recaudación. Eran millones de pesetas. Llevaba una Remington. Me dijo: “si un día te quieren pegar el palo, te lo pegan hoy o en año nuevo”. Me dijo: “en esta caja está el sueldo de todos, como habéis trabajado el doble, os pago el triple”. Antes de irse, ordenó que los camareros dejasen de currar y que la gente se sirviese sus propias bebidas, que todo era gratis. Los únicos que tenían que seguir currando éramos yo y Pepebilly. Nunca en la vida he vuelto a ver algo como eso. Ni Hugh Hefner había hecho algo así.

Aquella noche fue también una declaración de principios contra lo tradicional: ni hogueras, ni playas, ni música salsa, ni pachanga: nos encerramos en el puto garito a meter una sesión de maquineo industrial durante 22 horas. Estábamos del lado de las brujas. Me entra la risa cada vez que veo que el señor Laurent Garnier pincha una sesión de ocho horas seguidas, una vez al año. Nosotros, después de San Juan, ya no volvimos a cerrar, empalmamos cada fin de semana, de doce a doce de viernes a sábado, y lo mismo de sábado para domingo. Pinchábamos dos sesiones seguidas de doce horas, cada fin de semana.

Miembros de una iglesia. Varios representantes de la “comuna” de Psicódromo.

Antes decías que por culpa del público “nacional-maquinero” que empezó a frecuentar Psicódromo, la máquina de Barna cobró mala fama.

Sí. Pero todo eso sucedió al cabo de mucho tiempo. Entre el bacalao y Megatron van treinta años. La gente no se da cuenta del paso del tiempo porque yo siempre estoy allí, y parece que el reloj no avance. Pero el Psicódromo, cuando abrió en 1989, era considerado un local vanguardista. Los directores del Sònar iban siempre. Pinchábamos lo más avanzado. El Psicódromo generó una cultura muy especial, muy de Barcelona. No estaba mediatizado, no tenía que ver con la cultura mediática posterior. Nos lo hacíamos todo nosotros, comprábamos los discos nosotros. Familias enteras formaban parte del entorno del club. Los de los ochenta y noventa que sobrevivimos seguimos trabajando, siendo, iguales. Más viejos, tal vez. Más pobres, tal vez. Más tristes, seguro. Hay una edad a partir de la cual es difícil seguir trabajando de esto.

Eres un tipo con un gusto musical amplísimo que en Psicódromo pinchaba lo que le salía de las narices. Pero a partir de un momento parece que empiezas a ceñirte al gusto de tu público. Hablo de la etapa del Ocho, por ejemplo.

El Psicódromo venía de la cultura del ácido, de lo industrial, de los últimos coletazos del Newbeat, mezclado con el nuevo pop de Depeche Mode y gente así. La lógica dictaba que el Psicódromo mirara hacia Detroit, un sitio donde había habido mucha acción, pese a que Barcelona siempre ha sido un poco reacia a lo negroide. Lo que hicimos fue tirar hacia lo blanco. En todo caso, en la cultura de clubs de la época existía un ciclo que hacía que cuando tenías una cierta edad, abandonabas el entorno. Mucha gente lo dio todo durante seis años y no volvió nunca más a verme. Desapareció, y otra gente ocupó su lugar. Claro, lo que sucedía si trabajabas de DJ era que de golpe te encontrabas ante una nueva audiencia. Gente que no tenía tus raíces, que no había vivido lo que tú. Y entonces intentabas algo muy difícil, que era dejar una impronta consiguiendo regenerar tu pasado para una nueva generación. Y, si podía ser, que los viejos regresaran. Para eso tenías que estar un paso delante, ser el más rápido, tener los mejores aparatos.

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Pero, como dice Pepebilly en el documental, “el eclecticismo se va al garete”.

Paco de Lucía llegó un momento en que ya había tocado techo, ya tocaba mejor que nadie en el mundo, y entonces compuso “Entre dos aguas”. Era el siguiente paso. Yo, como DJ, llegó un momento en que ya lo sabía hacer todo, y mejor que nadie. A partir de allí, lo que me la ponía dura era “componer”, para una nueva audiencia, con un nuevo mensaje, en un nuevo club. Volver a crear. Y sigues teniendo tu colección de discos. Lo que cambia es lo que te rodea.

Pero cuando tú en Ocho haces de la máquina algo masivo, ¿no te da la sensación de que has tenido que aparcar la vanguardia?

Sí. Y te da la sensación de que has quedado encasillado a un sonido. Pero te sacrificas porque el local está montado por alguien que confió en ti, ves la ilusión en los ojos de tu nueva audiencia… Y tú, lo que quieres, no nos engañemos, es seguir estando allí arriba, de la forma que sea. Aunque tengas que prostituir un poco tu arte. Pero sigue estando de puta madre, porque yo creo que, ya puestos a chuparla, se la chupas a quien la tiene más larga. Tú haces de esa nueva necesidad, de esa nueva obligación, tu vida. Te consagras a eso. Y a mí me gusta que vengan chavales de veinte o venticuatro años, gente que no conoció Psicódromo, ni el Ocho, a decirme que gracias a mí han descubierto esto o aquello. Siempre existirá una nueva subcultura.

Da la impresión de que la gente de la cultura y la modernidad le dieron la espalda completamente a la máquina, y a ti, cuando esta emprendió su camino más radical (o más populista).

Esa gente no tiene ni puta idea. No ven el esfuerzo y el trabajo que ha tenido que realizar esa persona para cambiar su trabajo y crear un nuevo camino. Un uno por ciento de ellos son los que ahora te respetan y vienen a verte de vez en cuando, porque veinticinco años después se han dado cuenta del valor de lo que hacías. No sé por qué estamos haciendo esta entrevista, porque lo que tendría que hacer es [se pone en pie, empieza a gritar] tirarte ese papel, lanzarte la grabadora a la cara, cogerte del cuello y llevarte a mi local, una hora de sesión, y entonces lo entenderías. Y entonces no me harías una entrevista, sino que estarías luchando en la calle para que me hicieran un puto monumento. Porque soy Nando Dixkontrol, porque llevo toda la vida intentando que este trabajo se dignifique y se glorifique. [vuelve a sentarse]. No por mí mismo, ni por la fama, sino para que los artistas tengan posibilidad de prevalecer. Prevalecer. Da igual si no les gusta lo que hicimos, pero que entiendan el por qué lo hicimos. Hasta un músico de la calle tiene más posibilidades que yo. Lo mío es muy difícil. Lo mío es una puta fábrica. Y como un director de fábrica cada día tengo que inventar algo para que la gente venga y compre mi producto.

Un repeinao Nando, de nuevo en la cabina de Psicódromo, en algún momento de 1990-91

Pese a lo mucho que te ha puteado Barcelona (bueno, el ayuntamiento), sigues amándola.

A mí no me puteó el ayuntamiento, me puteó Pasqual Maragall. Él no era el ayuntamiento. Jordi Pujol era un puto ladrón, no la Generalitat. Los malos no son la policía, los malos son los que abusan del poder. Esta ciudad es la mejor ciudad del mundo. Aquí ha empezado todo. Cuando nos den la razón, estaremos muertos.

Por qué aquí. Por qué Barcelona.

Barcelona es como Ibiza. Ibiza es pequeña para encontrarte y jodidamente confusa para perderte. Barna es una de las grandes capitales del mundo y no hay nada como pasear por el paseo de Gràcia, no hay nada como subir al Tibidabo, no hay nada como irte a Montjuic, no hay nada como bajar por las Ramblas. Te diré algo que nadie sabe: entre las cuatro y media y las cinco y media de la tarde cualquier día laborable, de cada año, tú puedes atravesar la calle Ausias March por el carril central, contra dirección, sin que te atropelle ningún coche [¿]. Hay momentos en el espacio tiempo en que Barcelona se convierte en un remanso de paz increíble. Vete a redescubrir Montjuic, y no por el cruising. En Estados Unidos ya habrían hecho películas en él, de ciencia ficción o de terror. Barcelona es un fuerte, como los de las películas de los indios. Estamos en un punto geográfico perfecto para ser como somos. Rodeados de montañas, con ríos y por mar, un lugar de paso desde hace más de mil años, pegados a Francia, pocas ciudades de Europa tienen nuestra cultura, y tienen un idioma propio, y han luchado por sus intereses como la nuestra. Pocas ciudades de Europa tienen algo como el puto Sónar. El Sónar es la consecuencia directa de Barcelona. ¿Te tiene que gustar la sardana para ser de Barcelona?

Decididamente no.

Claro que no. Esto es una ciudad que permite a todo el mundo ser como le dé la gana. Aquí la gente ha hecho lo que ha querido siempre. Vale, Franco les jodió bastante. Pero no tanto como algunos dicen. Aquí la gente vino a hacerse un hueco y a encontrar un hogar y vinieron de todas partes y a sus hijos les llamaron Jordi. Es una ciudad de oportunidades. Una ciudad donde al extranjero se le da cancha.

Resultat d'imatges de nando dixkontrol

Los madrileños creen que viven en el mejor lugar del mundo, mientras que los barceloneses siempre critican a su propia ciudad. Dos perspectivas distintas.

Pues que no me entere yo de que alguien se mete con Barna, que le pego una patada en los cojones. Yo me puedo quejar de muchas cosas, de que mi mujer me ha dejado, por ejemplo, pero jamás me oirás quejarme de Barcelona. Hasta el nombre es bonito. Debería tener una melodía fija. Que tuvieses que decirlo siempre cantando. Mariscal lo pilló bien en aquella camiseta: Bar. Cel. Ona. Yo intenté hacer una canción que se llamaba simplemente “Barcelona” [canta]:  “Barcelona / te despiertas / Barcelona / siempre abierta / Barcelona / todo el día / Barcelona/ Tú lo sabes…”.

Resultat d'imatges de discoteca ocho cornellà¿Crees que la demonización de la máquina tiene que ver con el entorno de extrarradio al que se le condenó, tras la ilegalización de los afters urbanos?

No. La demonización de la máquina vino por la ropa de camuflaje, la gente del fútbol y la drogadicción masiva. El público maquinero, al contrario que el de otras tribus, se drogaba de forma pública. Incluso Nando Dixkontrol no ocultaba su drogadicción. Los principales garitos de lo nuestro siempre han funcionado en la periferia. En Madrid podías ir a un club que estaba debajo de la puta estación de Atocha, porque en Madrid está el Estado, el ejército, la Iglesia y el Gobierno. Aquí, para pertenecer en suelo urbano, tenías que conocer a un concejal de tal y cual, gente muy poco abierta a lo nuestro, y ya para eso te ibas directamente a la periferia, donde los alcaldes eran accesibles y no te ponían tantas trabas, la mayoría eran rojos, venían del entorno social. Los barrios rojos siempre dan cancha a los clubes, porque tienen una necesidad de mover a su gente, de tenerla controlada y de sacarle un beneficio.

Por eso os llevasteis la máquina a Cornellà.

Bueno, Cornellà ya estaba en el mapa, pero por la mala fama que tenía. Lo que hicimos con el Ocho, por ejemplo, fue poner: Disco Ocho, Barcelona, salida 5, Ronda de Dalt. Era nuestro esperanto para evitar relacionar el club con ningún municipio. Y el alcalde encantado. Porque si el Ocho iba bien, el alcalde sacaba lo suyo, le dábamos cada año un 5% para el Hogar de Ancianos y toda la pesca. Pero si iba mal, no se decía Cornellà en ningún momento. Se popularizó lo de coger el coche e irse fuera, la gente de Barcelona se iba a l’Hospitalet, unos follaban con otros, se establecía una comunicación Barna-extrarradio. Y era guapo, lo de conducir unos pocos kilómetros y llegar allí, a aquel sitio tan sosegado, en mitad de la nada, donde parecía que había caído la bomba atómica. Nosotros dignificamos aquellos espacios fríos, oscuros, obsoletos, de periferia, y los transformamos en sitios de algarabía, donde había vida. Con un bumba-bumba al que todo el mundo se apunta.

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En el documental hay un momento en que sacas de detrás de un sofá el cartel original de Psicódromo, que llevas guardando desde que la noche de su cierre. ¿Dirías que eres una persona nostálgica?

No, yo siempre miro adelante. Me gustan las nuevas tecnologías. Me gusta pinchar matraca dura y tecno duro. Me gusta meter tres o cuatro cosas a la vez. Pero nunca me lo van a permitir. Si me dejasen una sola noche, en el Sónar, delante de cinco mil personas, hacer todo lo que sé hacer, y que llevo veinticinco años haciendo, eso lo cambiaría todo, y ellos lo saben. Pero cada año me veo obligado a llamar a Ricard Robles y pedirle unas entraditas.

¿Te sientes injustamente tratado?

Sí. Pero no por ellos. No por el público, o por el Sónar. Por las circunstancias. Las prostitutas se pueden anunciar en un gran periódico pero está prohibido montar una fiesta a las seis de la mañana. Esto es injusto. La gente tiene derecho a bailar cuando sale el sol, tiene derecho a estar de fiesta mayor y divertirse.

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¿Un sitio como el Psicódromo, donde pinchabais más de veinte horas seguidas, y de hecho vivíais allí, se puede repetir?

Sí. Está ocurriendo ahora mismo. Siempre habrá personas que querrán hacer eso, porque lo necesitan, porque no quieren vivir como el resto de la gente. Ellos lo harán por amor, con un sentimiento noble, sin saber si están empezando algo o se les homenajearan con un treinta aniversario. Pasarán desapercibidos, tal vez. No prevalecerán. Porque, a ver, ¿por qué en esta ciudad se pueden hacer fiestas para ancianos, para niños, para todo Dios, y no se puede hacer una para nosotros? Si un ayuntamiento es capaz de normalizar las hogueras de San Juan, por qué no puede ser capaz de darle a lo nuestro una ley que lo normalice. Han hecho leyes para lo de fumar, regulando dónde se puede y donde no. Que nos den leyes para la fiesta de after. Las cumpliremos. El acceso, el agua gratis, los párquings de tal capacidad. Lo cumpliremos todo. Nos dijeron que chapáramos el Ocho y chapamos. Fuimos el único local que chapó. Los maquineros de Barcelona cumplieron la ley; no somos ilegales. Somos gente honrada.

Cuéntame una anécdota del Psicódromo que no le hayas contado nunca a nadie. Se otorgan puntos por bizarría.

Pues resulta que en aquella época teníamos un amigo que se llamaba Toti. Para nosotros era muy viejo, pero debía tener sobre los cincuenta. Trabajaba de encargado en un bar de putas de Pedralbes. Nosotros íbamos  a menudo a tomarla a esos bares, pero no por las putas, sino porque eran los que estaban abiertos toda la noche. De hecho, las putas se alegraban de vernos porque pagábamos todas las copas y no queríamos follar. Toti era el que controlaba que los clientes no desfasaran, hablando claro. Era un señor bajito con una gran capacidad para el disfraz. Nos hicimos amigos. El Toti se acostumbró a venir al Psicódromo cuando acababa su turno, a las seis o las siete de la mañana. Solía venir con una puta en cada brazo, y disfrazado de amo de plantación, por ejemplo. Entonces simulaba encadenar a las putas a una columna del Psicódromo, y les ordenaba bailar, como si fuesen sus esclavas. Todo en cachondeo, claro. Otro día vino de sadomaso y dos eslovacas le zurraban a él. Un día vino de torero con dos españolas, esta vez, que le hicieron el paseíllo. Y entonces un día vino sin disfraz. Yo estaba haciendo una mezcla a tres platos y ni me enteré, y eso que normalmente era imposible no enterarte de que había llegado, porque el tío era un espectáculo.

Aquel día fue directo a la cabina y le dijo a Pepebilly: “eh, tú, el del flequillo de portaviones… (Pepebilly por aquella época llevaba tupé psychobilly)… Dile a tu jefe que venga, que aquí le traigo un regalo maestro”. Me fui para allí, y el Toti me entrega una caja de auriculares AKG 101, que eran los auriculares que usábamos en Psicódromo. Cojo la caja, y de golpe noto que se mueve. Acojonado, la dejo encima de un plato vacío. la caja, allí girando. Le digo al Toti: “tío, que la caja se mueve”. Y no por el plato. Él me dice: “no te jode, claro que se mueve, como que os he traído una gallina” [ríe]. Como si le hubiese escuchado, la gallina entonces va y cacarea. Estaba viva. El Toti me dice que la ha traído para que se la tiremos a la gente, que está cansado de lo de los disfraces y las putas y hoy quería hacer algo más espectacular. Y dicho y hecho, me voy al micrófono y digo: “queridos clientes , gracias a la generosidad de nuestro cliente Toti, hoy vamos a arrojar una gallina viva desde la cabina”. Y la tiramos. Cayó al suelo. La gente intentó cogerla, pero era imposible. Es muy difícil, coger a una gallina viva. En Rocky II lo dicen: “si puedes atrapar a una gallina serás más rápido que tu contrincante”. Estuvo toda la madrugada pul7ulando por el club, revoloteando de aquí para allá. Al final la gallina escapó volando, cuando abrimos, ya al mediodía. Volando. Volando de verdad. Es un hecho poco conocido, pero las gallinas pueden volar como cualquier otro pájaro, en situaciones extremas. La gallina salió volando y se metió por debajo del puente que hay al lado del Psicódromo, el de la vía del tren. Y lo siguiente que sucedió no te lo puedo contar, porque es demasiado fuerte y además no se lo creería nadie.

Kiko Amat

(Esta es la entrevista sin cortes que le hice a Nando Dixkontrol para mi pieza sobre el aniversario del club Psicódromo en El Periódico de Catalunya. En la pieza aparecía solo un 10% de la charla, que les cuelgo aquí para su asombro, terror, admiración y disfrute. Todos los derechos son de Kiko Amat. Si cortan, usan, repiten beodos en bares, difunden en guarsap, citen la fuente o su autor les maldecirá. Mi agradecimiento a Nando Dixkontrol, por prestarse a la conversación, y a Álex Salgado, co-director del documental Ciudadano Fernando Gallego: baila o muere, por hacerla posible)

Psicódromo: fiesta en el templo maldito

El pasado 23 de septiembre publiqué una doble paginaca en El Periódico de Catalunya sobre el extinto club Psicódromo, cuna de la máquina barcelonesa, que celebraba el 30avo aniversario de su inauguración en una semana, el 28 de septiembre del 2019, con pase de documental incluído (el formidable Ciudadano Fernando Gallego: baila o muere, sobre la vida de Dixkontrol, que les recomiendo encarecidamente).

La pieza, que me encantó escribir, constaba de una intro en primerísima persona (mi primera vez en Psicódromo, a los diecisiete añines) y dos entrevistas de tamaño medio, una a Nando Dixkontrol y la otra a Pepebilly, los dos DJs originales y mitiquísimos de Psicódromo.

Pueden leer todo aquello en estos comodísimos tres links: chunda, chunda y chunda.

Podrán leer las entrevistas sin cortes en nada, en dos minutos, cuando me ponga a ello.

LOQUILLO: “Barcelona tiene una cuenta pendiente con la cultura pop”

Se publicó en El Periódico de Catalunya del domingo 14 de julio.

Una charla prolija y entretenida entre Loquillo y Kiko Amat que combina el sentimiento hondo y la remembranza historicista épico-tribal con grandes momentos de humor mostrenco.

Pueden leerla aquí. Es de las más leídas en estos momentos, y con razón, no por las paridas amarillentas de siempre.

Barcelona hardcore, anexo #1: Ángel GRB

Resultat d'imatges de grb banda punkVeníais de Frenopaticss y Último Resorte. ¿Cómo os metisteis en el hardcore?

Para los que estábamos en el punk, el hardcore fue una consecuencia lógica. Las anécdotas de escuchar el primer elepé de Dead Kennedys o los Bad Brains, recién llegados a Barcelona, en el Texas, son abolutamente ciertas. Pasamos de Clash y Discharge a algo distinto; la escucha de aquellas bandas marcó un antes y un después, es innegable. Los Kennedys son un salto cualitativo. De los Bad Brains me sorprendió la velocidad que eran capaces de imprimir a las canciones. Pero no era solo velocidad; la música en sí misma era un salto cualitativo claro. El In God we trust de Dead Kennedys es para mí el manual de instrucciones del hardcore primordial.

Filosofía y política subcultural también cambiaron con la llegada del hardcore.

En otras bandas sucedió así, pero en GRB ya arrastrábamos este sesgo antes de que llegara el hardcore. Veníamos de hacer cosas que ya tenían una vertiente ideológica. Yo no lo percibí como cambio. Para GRB fue una evolución natural. Strong y Alberto venían del fanzine El drama del horror, que tenía una clara carga ideológica y anarco. Discharge y CRASS nos habían tocado antes que el hardcore.

GRB era vuestra “actividad diaría”, casi vuestra religión. En Harto de todo sonáis como una hermandad de frailes.

Cualquier actividad artística que pretendas hacer en serio va a sumirte en una dedicación extrema de ese tipo. Ese grado obsesivo es un requerimiento clave para cualquiera que quiera crear algo potente, sea pintar o esculpir o escribir o hacrer música. Para nosotros era lo más importante. Ensayábamos a diario. Era el centro de nuestra vida. La obra era lo primero.

Tanto roce debió ocasionar tensiones internas.

Aunque cueste de creer, pocas o ninguna. ¿El tópico de la “química” que tiene que existir entre individuos para que las cosas fluyan? Algo de eso había. Aparte de pasarlo bien y tocar, hablábamos muchísimo. De muchísimos temas. No tuvimos rifirrafes serios, solo nimiedades de juventud. Estábamos muy unidos. Si me llamaban por teléfono un día laboral a las diez de la mañana para que me apuntara a la gira de los Cheetah Chrome Motherfuckers, yo cogía cincuenta pesetas y un libro y me apuntaba.

Resultat d'imatges de grb banda punkComo dice Jordi Llansamà en Harto de todo, GRB eran el grupo que “se volvió contra su público”.

Ese enfoque también fue una evolución lógica de cómo éramos. Vienes quejándote desde la adolescencia, siendo crítico con el estado de las cosas, y si tiras del hilo lo último que te queda es ser crítico contigo mismo y con los tuyos. Nuestro camino fue de fuera hacia dentro. Acabamos cuestionándonos a nosotros mismos, a los individuos, y a las actitudes que eran producto de nuestros egos. Ser crítico no es cosa fácil, y levanta ampollas. Una buena parte de nuestra leyenda negra y antipatía proverbial proviene de haber metido el dedo en la llaga. Pero no era contra el público: era contra todos nosotros. Era contra el ser humano. La culpa no puede ser siempre del otro. Queríamos ser críticos hasta las últimas consecuencias.

“Cuentos y leyendas” (la canción) no solo critica a la escena, por ejemplo. Es una reflexión devastadora sobre la alienación, sobre la incapacidad de conectar de todos nosotros. La tristeza terrible de estar escondido dentro de ti, tras todas esas murallas.

Efectivamente. En esa línea yo le tengo mucho cariño a “Temor”. Es una visión precisa y desgarradora del estado del ser humano a la hora de intentar darle sentido a la existencia. Fíjate en qué derroteros estábamos andando los GRB [ríe]. En ese cuadro mucha gente se podía ver representada, y eso picaba. “Temor” era una crítica mucho más dura que la de “Jim el pacifista”, que para mí es una crítica fácil. Siempre quisimos entender. ”Tres entre tantos” , por ejemplo, intenta comprender por qué alguien se hace policía. Ese punto de vista, en el entorno hardcore y punk, donde la policía era el enemigo y punto, era delirante e inaceptable. Pero para mí la crítica al “otro” no era suficiente. No me gusta el maniqueísmo. El blanco y negro se gasta en seguida. La riqueza se encuentra en los matices y en la profundidad.

“Tres entre tantos” es un acercamiento de novelista. Sin moralizar. Metiéndose en la cabeza del personaje, intentando mirar con sus mismos ojos.

Esa era la idea. Si lo que te interesa es el conocimiento, entender la naturaleza humana, tienes que mirar desde todas las perspectivas y de la forma más objetiva que seas capaz.

Tal vez erais demasiado “intelectuales” para el hardcore.

Se nos pudo ver así, y rápidamente se pasaba de eso a “arrogantes” o “engreídos”. No puedo negar que a nivel personal cada uno de nosotros tuviésemos nuestros niveles de eso, como todo el mundo. Pero alguna gente no nos conocía de nada y, por lo que contábamos, nos etiquetaban de una forma determinada. Es algo muy propio del ser humano: todo aquello que signifique hacer un esfuerzo intelectual es desechado en favor de lo que ya esté mascado y al alcance de la mano. Como dice Arsuaga, el paleontólogo de Atapuerca, reflexionar no es lo natural.

Érais los raros entre los raros. Os las apañásteis para alienaros dentro de una escena friqui como el hardcore. La consecuencia de ello es que el único club que te podía aceptar te rechaza como cuerpo extraño.

Sí, pero eso sucede en los guetos y fuera de ellos. Nosotros lo llevábamos con mucha alegría, que conste. Nunca nos torturamos. Éramos conscientes de que apuntábamos hacia otro lado, y no nos martirizaba. Ten en cuenta que teníamos veintipocos años; aquello era una reafirmación importante para nosotros.

Resultat d'imatges de grb banda punk cuentos y leyendasErais un grupo totalmente no canónico. No os parecíais a nadie. No llevabais el uniforme hardcore, no sonábais a Circle Jerks ni a Minor Threat.

Éramos cinco tipos de madre distinta. Yo soy un punk de primera generación, y en el momento en que aquella estética se asumió socialmente la deseché por completo. No quise nunca ser etiquetado a golpe de vista. Y a nivel musical, una vez has comprendido cómo funcionan las piezas fundamentales, lo satisfactorio es buscar la vuelta de tuerca. En las entrevistas queríamos desconcertar y desorientar deliberadamente. Una vez nos preguntaron por “influencias” y dijimos que iban “desde Manolo Escobar a Motorhead”. No era para dar la nota: queríamos reivindicar que la cultura musical de un individuo es mucho más amplia que lo que escucha a los diecinueve. Los rastros de tu familia no se quitan así como así. Estábamos muy orgullosos de utilizar patrones melódicos y estructurales que nadie se atrevía a utilizar porque se salían del canon. No solo escuchábamos punk o hardcore o rocanrol. Disfrutábamos recordando lo que escuchábamos de pequeños.

¿Cómo veías a coetáneos como Subterranean Kids, Monstruación y L’Odi Social?

Ten en cuenta de que éramos de los más viejos. Varios de los nuestros eran de la quinta de Último Resorte. Yo era de los mayores. Aquellos grupos eran parte de nuestro día a día. Nuestra familia, nuestro entorno cotidiano. Con Boliche empecé a tocar cuando él tenía trece años. Eso sí: nosotros íbamos a la nuestra, ellos a la suya. Estrechamos lazos con algunos, con otros menos. Con Subterranean Kids ensayábamos puerta con puerta. Mimo pasaba algunos días mas rato en nuestro local que en el suyo. Monstruación menos porque vivían más lejos; estaban alejados por simple distancia geográfica, se movían más por sus barrios, pero también formaban parte de nuestro hábitat natural. Eran nuestro círculo social. No tengo sensación de haberme llevado mal con nadie, la verdad.

Y cómo ves el Cuentos y leyendas. ¿Estás cómodo con el legado del álbum?

Muy orgulloso. Sigue estando vigente en muchos aspectos. Como dicen en Lágrimas de luz, una novela de ciencia ficción de Rafael Marín, el día en que entres a una taberna y escuches a los borrachos cantando una canción tuya totalmente deformada, entonces tu obra ha trascendido. Yo he visto eso.

Kiko Amat

(Esto son las preguntas y respuestas completas de la charla con Ángel de GRB para la pieza “Barcelona hardcore” (o “Cuando Barcelona era hardcore“, tal y como apareció publicada en El Periódico de Catalunya)

Barcelona Hardcore

Un artículo que he escrito para El Periódico de Catalunya sobre la gestación del hardcore en la ciudad de Barcelona. La excusa es la reciente reedición de tres maquetas/discos clave del periodo: Cuentos y leyendas (1987) de GRB, Subterranean hardcore (1985) de Subterranean Kids y Cornellà ciutat d’Afrika (1987) de Monstruación. En realidad me apetecía fisgar por ahí y preguntar cosas a gente (uno de mis esparcimientos favoritos). Y desde luego creo que esto es historia subcultural CRUCIAL.

También me gusta la introducción. Me hizo reír imaginar el Communiqué como antro paranormal en plan The haunting of Hill House.

Para leer la entrevista entera a Ángel de GRB, que tenía mucha más chicha de la que cabía en mi pieza, vayan nomás aquí.

Kiko Amat con los bakalas (7 de marzo)

El viernes 7 de marzo he sido invitado al debate “En éxtasis: ¿fue València la cuna del clubbing moderno?”.

Comparto mesa con seres de gigantesca humanidad: Joan M. Oleaque (autor de En éxtasis, pero también de mi libro favorito de true crime español, Des de la tenebra), Luís Costa (autor de ¿Bacalao!) y Ricard Robles (co director del Sónar).

Me encanta que me hayan llamado para formar parte del tinglado. Yo pondré, supongo, la parte de subculturas en general, locos ochentas, cultura anti-padres y amor a los discatis.

Echen un vistazo a los detalles aquí abajo. Es a las 19:30 en el Curtis (c/Mallorca 196, Barna).

Nik Cohn revisitado: aquella (terrible) carta de amor del 2003

Esto de aquí abajo me da un poco de vergüenza, pero lo adjunto a modo de testimonio histórico y como prueba de mi devoción hacia NIK COHN (y también, naturalmente, promoción de su próxima visita al festival Primera Persona, el 10-11 de mayo del 2019).

Se trata del primer artículo que me publicó un periódico mayoritario, La Vanguardia, en el año 2003. Yo acababa de publicar mi primera novela, El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama) y, al poco tiempo de debutar, Jordi Costa y Jordi Balló me ficharon para el suplemento Cultura/S. Con gran alborozo por mi parte (aún me costaba de creer lo de la novela).

No tardé mucho en decidir que mi primera pieza para un periódico grande tenía que estar dedicada a Nik Cohn, uno de mis ídolos literarios absolutos desde que tenía uso de razón. Hasta entonces solo había escrito artículos para fanzines (aunque cientos de ellos) y eso tal vez explique el tembleque debutante que se aprecia en el escrito. Auch. Sí, en algunas líneas casi puede escucharse como se me rompe la voz, de la emoción y el más puro canguelo escénico. Observen esas nalgas prietas, como aguantándome la caca. Declamando un poco, en modo verset de Nadal, porque quería que todo el mundo viese lo LISTO que era el chaval. Sin hacer ninguna broma, porque me aterrorizaba que en el Cultura/S descubriesen que acababan de fichar a un patán con el sentido del humor de un niño de seis años.

Cuando me puse a reunir artículos para aquel loco libro Chap chap, que me sacó incomprensiblemente Blackie Books en el 2015, y que compraron solo 2500 colgados de entre mis fans más jarcore (os llevo en el corazón, chorbos) supe que este, precisamente, no iba a ser seleccionado. Porque es malísimo, digámoslo claro. Al final decidí incluirlo solo como imagen, al final, casi ilegible (para curarme en salud) si no llevabas una lupa.

Pero, qué se yo, aunque no funcione la voz, ni la prosa, y aunque esté lleno de incorrecciones voy-a-poner-esto-porque-me-suena-guachi (“Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell”, WTF. Dos de los lechuguinos más exhibicionistas de la historia. ¿Qué cojones farfullas, Kiko?), sirve, como decía, para recordar por qué es tan GUAY Nik Cohn, y me ha recordado a mí mismo la de tiempo que llevo siendo fan absoluto, copiándole (al principio) como una bestia, usándole de faro artístico.

Ah, el título que le puse al artículo también me da ganas de vomitar. Y la cita a Lautréamont. Y la imagen mierdosa de la “bandera arriada”.

 

Nik Cohn

7 pulgadas, 7 palabras

Su nombre puede distinguirse tras el “Based on a story by” de los créditos de Saturday Night Fever. También escribió la primera historia del pop doblemente pop. Su legado fue saqueado por David Bowie y los Who. Pero hay más, mucho más.

I am Still the Greatest Says Johnny AngeloNo hay nada más feo que las deudas impagadas, y sin embargo en el campo de la creación artística éstas abundan. Las influencias se esconden como algo prohibido, y todo es culpa de un incomprensible horror al plagio. Pero “el plagio es necesario; el progreso lo implica”, decía Lautréamont. Y en casos de plagio sano hay que pagar las deudas. Hay que nombrar a los maestros.

En los campos del pop, un nombre se esconde con la bandera arriada: Nik Cohn. Rodeado de una aureola de secretismo, el escritor que mejor ha plasmado la intensidad de una canción de tres minutos huye de la historia. Gentleman primigenio y uno de los periodistas más copiados de poplandia, Cohn ha eludido siempre el ojo público a la manera de Beau Brummell, uno de los primeros dandies. De él diría en su ensayo “Today there are no gentlemen”: “Brummell era obsesivo. Tal vez creía en la discreción, pero también en sufrir, en trabajar en cada detalle hasta que todo era perfecto”.

En el Museo de Epifanías mundiales hay cientos de vitrinas. En cada una el momento crucial que cambió el futuro de alguien. Nacido en Londres en 1946, Nik Cohn pasa su adolescencia en Irlanda del Norte, en Londonderry; es allí donde verá por primera vez a algunos teddy boys bailando rock’n’roll, y la impresión que este encuentro deja le acompañará siempre. “(Los teds) eran, en todos los sentidos, no-personas. Y sin embargo, aquí en The Strand, bajo la luz de neón del rock’n’roll, eran heroicos (…) hacían que la realidad fuera irrelevante”, diría en su relato “In Derry”.

Aquel hecho transformaría la vida de Nik Cohn. A los diecisiete se traslada a Londres con la intención de ser escritor; su primera novela, Market, está fechada en esa época. Tres años más tarde publica I am still the greatest says Johnny Angelo e inventa la narrativa pop. La historia de un adolescente que consigue ser una estrella del R’n’R, no es tanto su linea argumental lo importante –aunque David Bowie declararía que influenció la idea de Ziggy Stardust- como la forma en que está escrita. Con su brevedad, su flash, sus detalles, Johnny Angelo es el pop. Nik Cohn lo vivía desde dentro, y el nervio se traducía en palabras cortantes, inspiradas. “Bailando en una rampa, bajando por una tubería, se retorcía y agitaba y temblaba, se movía por todas partes y esto es lo que quería decir: Que os jodan”.

A los veintidós se desplaza de nuevo a Irlanda y desde allí publica lo que será su obra magna Awopbopaloobop Alopbamboom. Muchas cosas separan esta historia del pop de intentos posteriores; no solo fue la primera, sino que además fue escrita sin prestar atención a hechos o cifras. Nik Cohn escribe el libro como Pete Townshend escribía canciones pop, en la cabeza y con el estómago. Al mismo tiempo Awopbop… se construye como un obituario: acabado en 1968, el autor se despide del rock’n’roll, que considera en plena decadencia. “Mis opciones eran claras. Podía mantener la fe de aquellos teddy boys en Derry. Mantenerme fiel al rock como un romance condenado, un golpear contracorriente, un instante. O podía aburrirme. Rico, sin duda, y brutalmente adulado. Pero en el fondo un traidor”, diría. Bill Haley, los Monkees, Phil Spector y los Who; todo lo que hay que saber sobre el pop está ahí.

A pesar de ello, Awopbop… dista de ser su último proyecto. Ya instalado en NY el escritor continuaría una carrera brillante de relatos y ensayos. En todos ellos se percibe lo que Norman Mailer definiría como “autores para los que todo debe encajar”, gente con una visión que establece paralelismos y funda un universo coherente. Kevin Pearce, confeso discípulo de Cohn, diría que “las conexiones lo son todo”. Esa frase resume la esencia del trabajo de Cohn, pues sería éste el primero en comparar lo incomparable, describir canciones con metaforas físicas, palpables. Y mientras, sembrar deudas: “Arfur” (1970), el relato del jugador de pinball como icono pop, inspiraría el Tommy de los Who. “Another Saturday Night” (1975), la historia – basada en los mods londinenses- de un gang de portorriqueños enamorados de la música disco, lo haría a su vez con Saturday Night Fever, el hit fílmico. En su novela de 1992 The heart of the world, las bandas de delincuentes juveniles de Moscú tienen nombres de grupos pop: los John’s Children, los Action, los Troggs. Cada pincelada un punto de color en su universo de conexiones.

“Cohn es un dandy en una época de gacetilleros. Posee un sentido ardiente del presente pero no se dobla con los vientos de la moda. Es único. Es suficiente” declararía de él Gordon Burn. Cierto. Siempre mejor lo intenso que lo extenso. Kiko Amat

(Artículo publicado previamente en el Cultura/S de La Vanguardia, en no sé qué mes del 2003).

Teenage! (en La Central)

Este miércoles 28 de noviembre, a las 19h, estaré en mi querida La Central (c/ Mallorca) apuntándome al jolgorio/presentación del libro Teenage; la invención de la juventud 1875-1945, de Jon Savage, que ahora traduce para el público español la editorial Desperta Ferro.

Es uno de mis libros favoritos sobre subcultura de todos los tiempos, sépanlo. Lo adoré cuando salió en el año 2007, y ahora, tras haberlo releído de pé a pá, sigo haciéndolo.

Me acompañarán en la presentación (o yo les acompañaré a ellos) el escritor Carlos Zanón y el ilustrador y diseñador Jordi Duró.

El ropaje del rapado

7 atributos estéticos lucidos por los skinheads originales y los súcubos Oi! de la Segunda Venida.

 Resultat d'imatges de skinheads 1969

1) Botas: Desde siempre, los skins llevaron botas. Casi murieron con ellas puestas, si no fuese porque al final se negaron a perecer. Se ha hablado mucho de la sofisticación Ivy League[1] de muchos skinheads originales, pero sería absurdo desestimar el componente feísta de varios elementos del look. Para empezar, las Dr. Martens –hoy consideradas columna jónica de la estética skin- no se popularizaron hasta años más tarde, cuando empezaron a prohibirse las punteras de acero en los partidos de fútbol. Al principio de todo, en el 66-67, cuando los skinheads eran solo un apéndice desafecto que pugnaba por extirparse de su progenitor inmediato -los mods- los skins llevaban botas NCB (National Coal Board)[2], una especie de colosales coturnos de minero que dejaban bien clara la vertiente anti-moda, anti-hermosura, proleta y funcional, del nuevo culto. Las NCB eran bastante inmundas, en efecto, pero provocaban el efecto deseado: desagrado con náusea (en el gran público) e identificación tribal (en los usuarios). A menudo, a las NCB se les pintaba de blanco la puntera de acero –un rito que una década más tarde regurgitarían los punks del UK82, así como crustis y anarcopunks- aunque los skinheads más Resultat d'imatges de NCB boots skinheadaseados simplemente les pasaban la nana abrillantadora de metales, como si fuesen pomos de escalera.

Cuando en las gradas se instauró el mencionado veto a las botas, aterrizaron las Dr. Martens. El modelo más popular eran las ya míticas Air Wear de 8 agujeros en marrón –no cereza, como suele creerse-, y se llevaban con los pantalones recortados por encima de los tobillos, para lucir bota y, por qué no, fardona etiqueta. Otro famoso rito skin –que yo presencié, con los ojos fuera de las cuencas, en múltiples ocasiones- consistía en pulir las Martens marrones o cereza con toques de betún negro en los pliegues y arrugas, para “anticuarlas” (o, visto de otro modo: para arruinarlas sin solución).

Cuando yo era muy joven, en todo caso, las puliditas Martens de 8 agujeros eran apariciones quiméricas. Leyendas de la antigüedad. Lo más habitual en los primeros años del culto catalán era toparse con botas militares del ejército español (baratísimas, accesibles, universales) o, pocos años después, con Martens “Fofó”, eslora de drakar vikingo y puntera super-reforzada para demoler edificios. A los pocos años, y Imatge relacionadacon dichos antecedentes como referentes inmediatos, las primeras Air Wear de 8 agujeros que vi (una bota perfectamente recia y callejera) se me antojaron zapatillas de ballet, y eso dice algo, bastante, sobre la relevancia fundamental del contexto.

Yo mismo, ya que preguntan, poseí mi propio par de Martens de 8 agujeros, color cereza, en el epítome de mi look cripto-suedehead-hard-mod[3], hacia 1995. Me deshice de ellas poco después, con el advenimiento del indie-pop, por razones que comprendo bien pero que no procede explicar aquí. Otro modelo de botas la mar de cucas que no querría obviar son las monkey boots, un formato muy particular (y algo marciano) de botas de faena inglesas con puntera liliput y suela estilizada (comparada con las Martens) que solían llevar las chicas skinhead y los niños skins. Lo de niños, no vayan a creerse ustedes, dista mucho de ser una broma[4].

Resultat d'imatges de steve urkel

Bastante skin

2) Tirantes: No, ya nadie lleva tirantes, ni siquiera los skinheads, que eran sus tenaces usuarios principales. Uno puede deducir fácilmente el por qué de su extinción a la primera ojeada: hacen de persona mayor. Avejentan. Y le dan a uno esa pinta de trabajador autónomo en entorno rural (quiero decir de payés). Y también, me apena decirlo, de deficiente mental (piensen en Steve Urkel).

Son un elemento estético, los tirantes, que uno asocia inconscientemente a: a) abuelos gagá o b) gangsters propietarios de amplísimas cinturas de muñeco Michelín para las cuales ya no existe cinturón. Para colmo, los tirantes son muy difíciles de regular de forma satisfactoria y elevan la línea de flotación pantalonil por encima del ombligo (un poco Buster Keaton). Es una imagen passé, en todo caso, y afea cuerpos. Por no decir que, más a menudo de lo que sospechan, los tirantes –por pura tracción físico-elástica- son capaces de separar los dos testículos de una forma tan dolorosa como visualmente repugnante. Los tirantes caídos, por otro lado, de abuelo en modo estar-por-casa (combinan de perlas con pantuflas y bata), no se vieron en subcultura juvenil española hasta los últimos 70. En mi pueblo, y diría que también en todo el país, se conocía a este look perdido como “cockney”. Ni pregunten[5].

3) Bomber jacket: Llevamos tantos años conviviendo con ropa militar utilizada en entorno urbano que somos incapaces de imaginar las tortícolis masivas que provocó el tipo que se puso por primera vez una CAZADORA DE AVIADOR. Para ir a comprar el pan. Debió ser un tipo de incomprensión tiznada de escarnio en turbamulta, como la que sufre Marty McFly en Regreso al futuro (“¿Te has caído de un portaviones, muchacho?”). Para empezar, los elasticated cuffs (puños de chaqueta con goma, en lugar de los viejos botones) eran un invento reciente[6] que igualaba en importancia a la rueda o la penicilina. Un joven de la época que luciese palmito con flight jacket, o bomber (en España también conocidas como “pilots”), debía parecer un cosmonauta chiflado. Un hombre avanzado a su tiempo, como Galileo. No sé

Resultat d'imatges de bomber jacket skinhead

Skins y mods, 1967. De picnic. Puede verse una monkey jacket y un amago de bomber.

si me explico: en los años 50 y primeros 60 se llevaban las líneas muy rectas[7]. Pero el estilo Ivy League en su vertiente informal aterrizó e infectó el planeta con furia venérea, lanzando al mundo una flamante imagen curvilínea, hecha de muñecas elásticas, cremalleras y cuellos no almidonables ni separables, todo fabricado en nylon, polyester y otros materiales del futuro. Los skinheads llevaron cazadoras de aviador desde el año 1969, a ojo de buen cubero, aunque los mods menos fifís habían utilizado monkey jackets (en la época del mod revival rebautizadas como “scooter jackets”) desde principios de los 60, casi; y se trataba de un estilo muy similar.

Con los años, la bomber, por su manejabilidad, modernidad, impermeabilidad irreductible, precio, facilidad de manejo en reyertas y resistencia a la mugre (todo eran ventajas), sería coronada como chaqueta epítome del culto skin; especialmente en su segunda venida, hacia 1977-78. En España resultaría ser el abrigo skinhead más popular hasta 1991, cuando estilos más estilizados y pulcros de gabán empezaron a dominar la subcultura, que ya miraba de forma clara al 1969. Otra submoda de grada (los Boixos Nois, entre 1992-94), antes que lo olvide, consistió en llevar las bombers vueltas del revés, dejando a la vista el forro naranja chillón. Las

Resultat d'imatges de madness band ska bomber jackets

Chas Smash y Suggs (Madness) luciendo clásico look MA-1.

bombers del ejército español, por otro lado, fueron aquí las únicas visibles hasta 1984-86, cuando empezaron a verse las primeras Alpha americanas originales, modelo MA-1.

Yo poseí las dos modalidades, que me chiflaban: una bomber zaragozana del ejército español 60’s (del aire), que yo ornamenté con un centenar de parches y chapas, como si se tratase de un estrafalario árbol de navidad movible; y, ya hacia 1991, una MA-1 mucho más mullida y reluciente, que también adorné con, entre otras chifladuras, parches de cerveza foránea cosidos en la espalda (un detalle scooterista que ahora no sabría ni cómo juzgar: ¿genialidad o completo desatino?). Ambas color verde aceituna, no azules ni (válgame dios) violetas. Hoy, según he captado en mis paseos por las calles de Barcelona, este look ha renacido con vasto impacto, y vuelven a verse las bombers y scooter jackets a destajo en las grandes marcas de calle.

4) Harrington (y otras): El elegante nombrecito les viene de un personaje de la famosa telenovela de los sesenta Peyton Place (un piernas llamado Rodney Harrington, si pueden creerlo), y Elvis la popularizó en el filme Kid Creole. Conozco estos dos fragmentos de información vital desde mi parvulario mod, cuando los detalles relevantes del culto pasaban casi de padres a hijos, pero hoy ambas cosas están bien

Resultat d'imatges de rodney harrington peyton place

Superman is a skinhead

visibles y pedestres en Wikipedia, para que se entere todo Cristo.

Las primeras “harringtons” inglesas las fabricó la marca Baracuta, de Stockport, y su modelo crucial era el misteriosamente llamado G-9. La harrington, para aquellos de ustedes que jamás hayan vislumbrado una, es un tipo de pelliza corta (dos cuartos) con claro aroma Ivy League, forro de tartán o cuadros, cremallera, cintura y puños elásticos y cuello mandarín con dos botones (no abrochables bajo pena de muerte; aunque el cuello sí puede levantarse, a lo Steve McQueen, si se trata de un día ventoso). Yo aún poseo la mía, en original rojo chillón, hoy descolorido a bermellón aguado con un claro futuro rosa pastel. No es una Baracuta (las Baracuta originales valen lo mismo que un bote menorquín de ocho plazas), ni falta que hace.

Resultat d'imatges de skinheads 1969

Otras chaquetas populares entre los skinheads primigenios eran los crombies (o abrigo formal inglés de tres botones, hasta la mitad del muslo, en negro o azul oscuro; otorga al usuario un ligero no-se-qué transilvano), las donkey jackets (abrigo de operario de zanja, con hombreras impermeables; este espectacularizaba el origen currante), los macs (o gabardinas en azul, gris o blanco) y los regios sheepskins (abrigo de piel con forro de borrego).  Y, como no, las tejanas Wrangler, Levi’s o Lee. Decoloradas con lejía pura si uno era muy insensato (o valiente).

5) Polo Fred Perry: Los mods empezaron a pasear ropa deportiva de tenis y boxeo (no de equitación o pesca submarina, por desgracia; habrían dado mucho juego en las fiestas) porque, escuchen lo que les digo, resulta que había una tienda especializada en este tipo de artículos en una de las esquinas de Carnaby Street, hacia 1964. Es decir: empezaron a lucirlas por pura osmosis, por mera proximidad, porque estaban allí y encajaban con el resto de utillaje. No quiero ni pensar lo que habría sucedido a efectos subculturales si ese establecimiento llega a ser una tienda de disfraces de payaso o, peor aún, una pescadería (¿langostas en los bolsillos del traje, al modo daliniano?).

Resultat d'imatges de fake fred perry

La parrafada dadá delata a este Fred Perry falso.

En todo caso, mods y skins siempre llevaron polos deportivos, y con el tiempo se tornarían uno de sus arquetípicos detalles visuales. El laurelito Fred Perry de las narices[8] en la pechera, para que no quede duda alguna de la adscripción a la tribu. En España se llevaron Fred Perrys a destajo y sin freno, pues una avispada textil barcelonesa había comprado a principios de los ochenta el copyright de la firma (y también los modelos, asumo), y se lanzaban a precio moderado, en infinidad de colores y diseños. También eran perfectamente aceptables (en España) los polos deportivos del mismo estilo y corte inglés pero con cualquier otra insignia de imitación encima del pezón izquierdo: monstruosos laureles mutantes de tres, cuatro, incluso cinco ramas; carruajes de época; delfines y cetáceos; círculos op-art, espirales u otras formas geométricas; escudos nobiliarios y diversos elementos de heráldica; alcachofas (u hortalizas en general); fragatas y bergantines; bustos de jerarcas mesopotámicos; o pequeñas espigas de trigo dorado. El estilo, no el espanto de logotipo, era lo importante.

6) Ben Sherman: Camisas, vaya. Otra herencia de los mods, que son en esta historia el típico hermano mayor que no deja de entrar en tu cuarto sin llamar cuando estás cantando en calzoncillos delante del espejo. Con un cepillo a modo de micrófono. Las Ben Sherman llevan cuello de solapa abotonada (lo que en Estados Unidos se llama cuello “oxford”), con el botón superior –el del gaznate- desabrochado (un solo botón; nada de veleidades de rumbero, con desabroche umbilical) por inapelable mandato judicial, en colores planos (rojas, azules, negras, blancas, incluso rosa o verde pastel) o vistosos cuadros lo más gruesos posibles, y también en cuadro pequeño (gingham), pero nunca jamás a rayas de primera comunión, flechas o topos (modelos de raigambre mod), o cualquier otro

Resultat d'imatges de gingham oilcloth

El versátil gingham. Muy utilizado en hules.

grafismo abstracto o étnico (jeroglíficos de Gizeh, runas, palabras en cirílico, esquemas del avance del ejército hitita en Kadesh).

Con las Ben Sherman sucede lo mismo que con los textos de la Grecia clásica o los filmes de cine mudo: el canon no está compuesto por los mejores trabajos, sino simplemente por los que se han logrado conservar. En efecto: en la época mítica del skinhead, cuando semidioses y gigantes andaban entre nosotros, existían un mayor abanico de marcas predilectas (JayTex o Brutus, entre otras), igualmente bellas y bastante más asequibles. El look buscado, de nuevo, era una consecuencia del Ivy League de masas, solo que anglificado y obrerizado; callejero, no universitario. Otro atributo que no ha trascendido fue el de las “unionshirts, o camisa sin cuello de trabajador no especializado. En nuestro país, sin duda, porque se las asocia con el perfecto antónimo del skinhead: el odioso progre. Y en mi caso concreto porque eran look favorito de mi padre.

7) Pelo rapado: Como les decía antes respecto a los puños elásticos y las formas curvilíneas en el talle, el cabello al rape era algo radical, casi inaudito, en los años sesenta. Un detalle que se asociaba automáticamente a: pobreza, delincuencia o demencia, o una ominosa combinación de los tres factores (a los reos y pacientes de centros psiquiátricos se les afeitaba el cráneo al cero como medida sojuzgadora). Los mods ya lucían un peinado anormalmente corto hacia 1963 (“short hair” es lo que se lee en todas las descripciones de modernistas de la época, pese a que a nuestros ojos sus pelucones -si bien algo absurdos- lucen un largo de nuca y costados convencional).

Resultat d'imatges de skinhead getting haircut

Los skinheads, siempre melodramáticos y llevando las cosas hasta el extremo bélico, dieron el definitivo paso que cruza el Rubicón folicular, y empezaron a lucir el pelo cortado a máquina. Sin afeites ni miriñaques. Con peinetas de máquina del 4, 3, 2, 1, incluso al cero y medio o cero absoluto (lo de afeitarse la cabeza con cuchilla no se vería –en el lado exterior de los manicomios- hasta el advenimiento del Oi! más extremo, en 1982[9]). En todo caso, era aquella una imagen radical, casi insultante en su completo desprecio por las modas del momento y las ideas de respetabilidad y decencia imperantes. Era como llevar un vistoso cartel que anunciaba que acababas de padecer una incurable enfermedad venérea, o que te acababan de soltar (por error) de un penal psiquiátrico. Tan chocantes eran aquellos no-pelos de chalao que, como ya saben, acabarían dando  nombre al fenómeno: skin-head[10]. Cabeza rapada. Elementos variables en el rapado universal eran las patillas (convencionales o con grosor y forma de costilla-de-cerdo, casi hasta la mismísima barbilla), la raya afeitada a un lado del cráneo para emular a los músicos negros americanos o jamaicanos (lo que mis amigos llamaban “el detalle sublime”[11]), siempre con nuca cuadrada y, en ocasiones, sutil diferencia de largo entre lados y parte superior de la cabeza. Algunos skinheads norteños (ingleses) también se dejaron, sin el menor complejo, unos buenos bozos labiales cuasi-imberbes. Que los skinheads modernos se han negado a adoptar, por desgracia.

Kiko Amat

[1] The ivy look. Pulcritud americana de mediados del siglo XX: urbana, casual, limpia, decente.

[2] Casi todas las subculturas son mucho más heterogéneas en su incepción original, cuando aún no se han museizado sus significantes. Los skins de la primera hornada, 67-68-69, hacían gala de una mayor amplitud de miras y curiosidad colorista a la hora de escoger sus trapitos. Eso se traducía en una serie de abrigos, botas, zapatos y elementos que hoy prácticamente han desaparecido del look skin: botas NCB, peacoats (tabardos de la marina mercante), escarpines suedehead, jerséis de cenefas o corbatas anchas (todo elementos skinheads en uno u otro periodo de su existencia).

[3] Corte de pelo Small Faces combinado con camisas de cuadros-hule de trattoria y tamaño Rushmore, sheepskin de saldo, tejanos con la vuelta cosida de un dedo y rictus de pazguato.

[4] El culto skinhead tenía una media de edad incluso menor que la de los mods. De hecho, y como atestiguan numerosas fuentes, era perfectamente común adscribirse al culto cuando aún ibas a séptimo de Básica (12 o 13 años). Estos niños no encontraban botas Martens de su talla, y de ahí la utilización de las monkey boots, el sucedáneo más cercano y menos ridículo.

[5] Podría decirse que es algún tipo de híbrido skin-punk (skunk) 80’s: cruzada de cuero remachada o bomber con tirantes caídos, gorro de lana naviera a lo Dexys, botas reforzadas, parches de Rejects y Upstarts y Sham 69, tartán visible en algún lado (parcheado en el culo, o como forro de la cazadora de cuero), cara de pasmo inducido por la cola de carpintero.

[6] Militar; como casi todo lo innovador (por desgracia).

[7] Las trencas, que hoy se consideran un abrigo perfectamente pulcro y “de vestir”, a lo largo de los años sesenta eran el equivalente de lucir un mono de mecánico manchado de grasaza. Un gabán sin formas, desastrado, de batalla y solo para beatniks inconformistas o pintores abstractos en divanes. También usables como manta en esos mismos divanes, si escaseaba la ropa de cama.

[8] También la marca de Lonsdale, casi señalización skinhead universal, bastardizada en centenares de logotipos de bandas y clubes (y algún grupúsculo nazi).

[9] Los teddy boys del revival, al igual que los Oi! skins, también exageraron todos los significantes. Las fotos de teds originales de los años cincuenta son muchísimo menos extremas que las de teds de los últimos 70’s: los trajes menos chillones (nada de color rosa, o piel de depredador felino en las solapas), los creepers de entresuelo (no de dos o tres pisos, sin ascensor), los peinados menos rococó, etc.

[10] Aunque no al principio. Desde la prensa se dudó durante meses, entre los años 1967-68, qué epíteto faltoso dedicarles a aquellos chicos pelados: peanuts (“cacahuetes”), cropheads, boiled eggs (“huevos hervidos”) o skulls (“calaveras”), para al final optar por el que cuajó: skinheads. Fue un acierto bautismal, claro: “Por ahí vienen los huevos hervidos” no suena ni la mitad de amenazador.

[11] El detalle sublime pasó a ser el DETALLE RISIBLE cuando uno de mis amigos, El Gusi, no atinó a señalar la altura correcta de su raya afeitada y otro de mis amigos –el que hacía de peluquero amateur aquel día- se la afeitó justo encima de la oreja. Fue lo que, a lo largo de los meses siguientes, convindríamos en denominar “la raya para dejar el lápiz”. Extrañamente no fue copiada por otros skins ni devino virus subcultural.

(Este artículo se publicó hace un par de años en la revista mexicana Life & Style. Yo se lo publicó aquí, para que ustedes lo canten, son-son).

En éxtasis

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Hoy mismo he podido ojear una flamante copia que acababa de caer en mi buzón. Ha quedado la mar de elegante, y el texto es la pera, y mi prólogo, permítanme que les diga, no está pero que nada mal. Ha sido uno de los buenos; está claro.

Fans de la subcultura, lo tribal, los fenómenos juveniles 80’s y los libros de rocanrol: yo os conmino a haceros con un ejemplar. Y regalar unos cuantos más por ahí. Es un gran libro.

Glam rock: un motín con colorete

Ninguneado y despreciado (por puro clasismo) durante décadas, el glam rock recupera su justo lugar como primera zurribanda adolescente de los 70 y gran eslabón perdido del pop. El último libro de Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra) canta sus virtudes, lo dignifica y da palmadas al ritmo.

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Ningún dogma ha sufrido una alteración mayor que la concepción de los años 70 como desierto musical. Y sin embargo, cuando yo era púber y pasaba la vida entre el baño y la pista de baile, mi credo era que todo lo excitante del pop había muerto en 1966, y que aquella excitación no había regresado hasta diez años después, cuando el punk rock la resucitó con un caritativo chasqueo de dedos. En lo que a mi tribu concernía, entre el The Who Sell Out (1967) y el Down by the Jetty de Dr. Feelgood (1975) no había NADA. En mi mente, la década de los 70 era un gran espacio en blanco, como los confines del mapa en El Planeta de los Simios. Algo ni explorado ni explorable, territorio de hippies, cantautores-para-divorciados y odioso blues-rock. Música adulta, música para catedráticos. Genesis. Vangelis. Sífilis.

Hoy sabemos que no es así; el punk nos mintió. El punk tenía un hermano mayor que se lo había enseñado todo, pero de quien se avergonzaba por las pintas y el rímel: el glam rock. Así que escondió sus fotos. El glam es el Trotsky del pop; el gran silenciado. Al no haberlo degustado de primera mano (cuando los de 1971 llegamos a los futbolines allí solo sonaban Los Chichos), la prognosis del punk nos pareció fiable, y aquel eslabón perdido, Homo Purpurinus, quedó sumergido en una no-zona crítica, un limbo subcultural. Nadie se acordó de él.

Pero, ¿que és el glam rock?

El glam son muchas cosas, por eso el nuevo libro del crítico inglés Simon Reynolds, Como un golpe de rayo; el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI, ocupa 691 páginas. El glam es el primer despiporre adolescente de los setenta. El glam es diversión, revuelta juvenil, ropa delirante y actitud camp, androginia y estribillos. Un género estridente y bailongo (no en vano se le consideraba parte del sonido “disco”) que se metastatizó por el mundo de 1971 a 1974. A la vez el glam es como el Peronismo: tiene dos cabezas polarmente distintas: una es arty y la otra… Bueno, nada arty. Este artículo se centra en la segunda cabeza, por la sencilla razón de que se acerca otra exposición Bowie, y los críticos con diploma citarán solo el Berlin y Roxy y el rock-como-forma-de-arte, y mis matones travestidos favoritos quedarán sin nombrar. Pero no esta vez, si puedo evitarlo.

Oído, pero ¿qué es el glam rock?

Voy. El glam es artificial, y orgulloso de ello. Celebra “la ilusión y las máscaras”. Es una parodia del glamour, como si te vistieses de nazi para ir al carnaval de tu pueblo (nadie pensaría que lo eres en serio). El glam quiere que se sepa que es falso. Incluso cuando va de lujoso y decadente, es un poco cutre y guiño-guiño. Glam son los Slade con uniforme de gala al lado de unos desagües de retrete (ver foto). Es “titánico, idólatra, demente, teatro de artificio desembozado y escenario de grandes gestos”, aduce Reynolds. El glam rock rechaza el falso realismo Springsteen, y ofrece en su lugar una pantomima que, por su histerismo y calidad venusiana, se convierte en una declaración mucho más honesta de intenciones.

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El glam es un rechazo. Su ethos se pasa por el forro el consenso de 1970. Es un corte de mangas a los grupos de blues-rock campestre con letras de “gente normal”, chupas tejanas y pelo facial. El glam es anti-seriedad. Se mea en el rock “conceptual”, la música madura y el arte “de verdad”. Su existencia acabó, de un solo riff neandertal, con lo que Reynolds califica como “el largo y melenudo invierno del rock de elepés”.

El glam es chocante, como antes lo fueron Elvis o los Stones. Pero el glam vio que cada vez era más difícil epater les burgeois. Para lograrlo, el género tenía que lanzarse a por lo más pirado: plataformas rascacielos, purpurina a manguerazos, homoerotismo rampante y vodevil marciano. Steve Priest de The Sweet apareció por televisión ataviado de “recluta gay de las SS”. Dave Hill de Slade parecía una mezcla de Samuel Pepys, Vegeta de Bola de Drac y paje medieval. En cuanto a Gary Glitter… Era como si David Hasselhof se hubiese calzado el traje de obispo dadá de Hugo Ball.

Lo chocante no eran solo los trapitos. El glam es reaccionario. Se niega a aceptar el zeitgeist. Nik Cohn en Awopbobalobop… acotaba el pop y se negaba a ir más allá de 1968. El glam comparte su visión totalitaria. ¡Little Richard y cierra el glam!, parece gritarnos mientras carga entre una nube de confeti. Sus artistas miran sin complejos al rockabilly cincuentero y al agresivo mod-beat sesentas. Para el glam, el Sgt Pepper’s nunca existió. Ni el Rubber Soul. Reynolds define a Slade como “unos Beatles atascados de por vida en 1964”. El glam va directo al riff y a la brevedad de los sixties. No es casual que algunos de sus ídolos fuesen malogrados has-beens de los 60 en modo Segunda Venida: Bowie y Bolan, claro, pero también Paul Raven (Gary Glitter), Jesse Hector de The Gorillas, Shane Fenton (Alvin Stardust), Slade o Mott The Hopple.

A la vez, el glam era moderno. Nunca fue “revival”. Trevor-Roper llamó a Hitler “el terrible simplificador”, porque leyó mucha historia y de ella extrajo unas cuantas nociones inamovibles. Quitando lo odioso, lo mismo podría decirse del glam. El glam depura el sonido beat, quita lo sobrante, anaboliza lo anémico (baterías flojuchas, letras verbosas, solos alardeantes) y crea un invencible bruto mecánico. Todo es estribillo e impacto y melodrama. Reynolds cita la pionera tarea de productores como Chinn & Chapman, doctores Frankenstein del Gran Sonido. El ranga-ranga es puro Who, pero el boop-beep anticipa el tecno. T. Rex eran “los 50 si estos hubiesen llegado después de 60”. Música vieja con tecnología joven.

El glam es rebeldía adolescente. Su revolución es de tebeo, de grafiti faltoso, pedorretas al profesorado y pitillos en el váter. Sus letras son llamadas abstractas al desorden y el deslengüe. La media de edad de los fans de T.Rex era de 15 años; los de Alice Cooper no llegaban a 12. Reynolds cita las protestas de 1972 en el marco del Pupil Power, cuando 800 niños londinenses se manifestaron contra la “dictadura de los maestros”, para luego dirigirse a los estudios de Top Of The Pops y saludar con el puño en alto el “School’s Out” de Alice Cooper. ¿Y T. Rex qué? Sus detractores decían que aquello no “era para https://kikoamat.files.wordpress.com/2017/08/5bc62-mudrock.jpgadultos”. Y tanto que no. Es pop para la edad del pavo, alucinante y alucinado, barbilampiño, libre como un sábado por la mañana. Se la traen al pairo la paz, el medio ambiente y los tapices tejidos a mano. Es como el punk, en suma, solo que sin los panfletos.

Al igual que el punk, el glam formó tribu. Una élite “autocreada”, no basada en apellidos compuestos, fortuna o poder, sino conocimiento y afiliación. Una sociedad secreta, solo que no era nada secreta, porque sus ídolos eran archifamosos, sus ritos se difundían a través de la prensa de kiosko y los fans iban vestidos de lagarterana espacial. La militancia se demostraba a base de audacia, esfuerzo y coraje: quién se arriesgaba a salir de casa de aquel modo o quién se había leído los libros de los que hablaba Bowie. El glam era andrógino y afeminado pero, para chasco de sus enemigos, requería mucha valentía.

Know who you are

El glam rock era de clase obrera. Igual que toda la música popular de posguerra, me dirán ustedes. En efecto, pero el glam, en su rama no-arty, lo era de un modo farruco. Se negaba a citar a Marcuse o hablar de koljoses para ser aceptado por la clase media. Celebraba el sábado noche, las trifulcas, el pandilleo y lo tórrido. ¿Escapista? Tal vez. Pero en ambiente proletario, el escapismo siempre ha sido una opción digna. Trabajo ocho horas en la rectificadora, de acuerdo, pero a ver quién es el guapo que me impide vestir de mutante homosexual para ir al disco-pub.

Pues el glam era bailable. El ritmo no era consecuencia sino fin. Gary Glitter y su productor Mike Leander (“gran visir del glitter”) buscaban un “white disco sound”. Algo autóctono, futurista y rocanrol que competiese con la música negra en los clubes ingleses. Porque el glam es inglés. Los americanos tenían a New York Dolls. Y Suzi Quatro. Y Alice Cooper, vale. Pero el glamur de fregadero de Slade no cuajaba en yanquilandia. Chavales aplicándose rímel a espaldas de sus padres para ir a bailar al gimnasio del centro católico: eso es glam, y en el ambiente liberado de Los Angeles parecía una insensatez. Reynolds apunta otra teoría: la “sima” que separaba la FM de la AM en la radio americana. FM era el underground melenudo, AM el pop pulido. El glam inglés estaba justo en medio. T.Rex eran superpop bizarro, demasiado pop para los freakies, demasiado flipado para los squares.

Y asimismo, el glam reinó triunfal del 71 al 74. Cuatro años de mandato, que terminarían cuando Bowie se pasó al soul y, luego, a lo alemán; Bolan perdió el talento y murió (en un Mini, que es una muerte bastante glam); The Slade, The Sweet y los demás se fueron achicando poco a poco. Pero mientras existió, el glam fue espléndido. Una erupción eléctrica y rebelde cuyos discos están a la altura de lo mejor de la era mod y la nueva ola. Visto desde dicha perspectiva, resulta chocante que la prensa adujese que el pub rock y el punk habían rescatado al rock del tedio. ¿Tedio? ¿Qué tedio?

Un Top 5 del glam rompepistas inglés

MUD: Querían ser camp, pero no les salía muy bien. En las fotos lucen como estibadores portuarios forzados a travestirse. “No había nada delicado o élfico en el sonido de Mud”, dice Reynolds. Bailaban como teddy-boys borrachos (aunque sincronizados), y en “Dyna-mite” sonaban como si los Archies hubiesen grabado en el gol sur. Decían palabras soeces y, al menos en una famosa imagen dominguera y anti-cool, anticiparon a los Decibelios de Vacaciones en El Prat.

T. REX: Ya les conocen. Un exmod convertido a folkie tolkeniano que se deshizo de la capa hippy y se remodeló, ya definitivamente, en rey del boogie e inventor del glam rock. Marc Bolan se colocó una boa y espolvoreó purpurina en sus (cincelados) pómulos, convirtió su música en un reducido de Eddie Cochran del espacio exterior y adelgazó sus letras para que solo acarrearan un par de mensajes básicos sobre amores calientes, danzarines cósmicos, guerreros eléctricos y gurús metálicos. El glam es Bolan.

SLADE: Se autodenominaban “supervándalos”. Celebraban a los chavales “que dejaban los estudios a los quince años” y a la clase obrera en primera persona del plural. Vestían como semi-skinheads + prestamistas dickensianos + luchadores grecorromanos. Sus discos estaban llenos de palmadas y pateos (su marca de fábrica). Tuvieron una porrada de números uno pero jamás evolucionaron (“convirtieron los inicios de los Beatles en su destino”). Eran todo ritmo, velocidad, farra y baratura (grababan los álbumes en dos días). Uno de los más grandes grupos del rock’n’roll. Incluyo mi super-favorita de ellos, pese a que no es la más típica de su sonido (y canta Jim Lea).

THE SWEET: Los Monkees del glam. Un grupo prefabricado que tomó las riendas de su carrera. Una máquina de hits en mallas, con camp de lo más convincente. Combustión rocanrol pero lacado pop con letras melodramáticas, riffs huracanados y armonías vocales. “Ballroom Blitz” es Bo Diddley danzando música militar extraterrestre. No hay solos ni baladas ni asomo de blues (gracias al cielo). Puro disco-rock blanco para la disco del viaje de fin de curso de octavo. Queen lo copiaron todo de aquí.

SUZI QUATRO: “Can the can” fue el primer hit glam que escuché en mi vida. Febril trum-patrum castrense, aullidos rompe-gargantas, guitarras de dos acordes, palmadas de hinchada. En aquel momento no me convenció, hoy marcho a su ritmo. Suzi era punk antes del punk. Iba de chica mala, y era un personaje, pero su personaje se parecía mucho a la de verdad. Era de Detroit, calzaba traje elástico a lo Catwoman, se negaba a ser blanda (o una “señorita”) e inspiró a muchos fans. Joan Jett, sin ir más lejos.

Apéndice #1: Glam de trapería

Sucede en todos los géneros: unos cuantos suertudos son vanguardia, innovan, se hacen famosos y alcanzan la “fase imperial” (reconocimiento público + cénit creativo). Es la primera división. En un escalón inferior se halla la segunda: grupos que iban a remolque, con menos talento; grupos que tuvieron mala pata o ideas lamentables. El glam no es una excepción. Se trataba de un género masivo, pero solo un puñado de artistas colocaron hits en lo alto. Lo que sobraba del quesito se lo repartieron centenares de bandas menores, que solo fueron grandes en campings y en algunos pueblos extremeños, que entraron en el Top 40 de milagro y por salva sea la parte (o que jamás entraron), y que se vieron obligados a utilizar sonrojantes estrategias de márquetin.

Simon Reynolds dedica solo dos páginas a este sub-género bautizado como “junkshop glam” (glam de trapería), una cifra risible si tenemos en cuenta el alud de bandas y discos -a cuál más loco- que se apiñan en sus filas: Hector (niños con pecas pintadas y un super-hit, “Wired up”), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). El “Rebel’s rule” de Iron Virgin o el “Another School day” de Hello. O mis favoritos, Jook: exJohn’s Children, ropa hooligan, sonido Who anabólico con zapateado Bay City Rollers y un hit subterráneo en “Aggravation place”. Como ellos, cientos. Durante cuatro años, los singles de aquellos maromos mazas con peinados medievales, bufandas-pitón y pantalones John Silver que berreaban “Bish Bash Bosh” o “Rave’n’Rock” fueron lo más en las discotecas de Europa (pero en ningún lado más).

Lo irónico del caso es que la maquinaria voraz del mercado coleccionista, al ir completando estilos y sub-estilos, ha terminado dirigiendo su mirada a esta 2ª división. Decenas de grupos anecdóticos, puros One Hit Wonders, son hoy pasto de caza y puja, y sus singles de 45rpm con portada (formato estrella del glam) se han convertido en cobejados objetos de consumo underground con el pedigrí del 60’s punk raro o el soul ignoto.

Apéndice #2: Tot el camp es un glam

Aquí no hubo glam autóctono, así que vuelvan a guardar el lápiz de labios y la laca. Según Ramón de España, periodista y veterano fan de Roxy Music que vivió el goteo (o chaparrón) del género en España a principios de los años setenta, “nunca existió un glam autóctono. Además, nadie usaba el término glam rock, sino gay power. Con ese título publicó un libro el difunto Eduardo Haro Ibars. En otro plan, La Charanga del Tío Honorio publicó una canción titulada “Los chicos del gay pobre”. Franco aún vivía y no estábamos para mariconadas. Miguel Bosé era toda la ambigüedad que podía soportar el régimen, por moribundo que estuviese”.

Ramón De España apunta que, por otro lado, el glam foráneo sí explotó en las discos patrias, como demuestran los centenares de sencillos editados con portada española y traducción insensata del título. “Ciertamente, el glam llegó y triunfó”, afirma. “Entró con David Bowie y Ziggy Stardust. De repente, El Corte Inglés estaba lleno de ejemplares de Space oddity, The man who sold the world y Hunky dory, que no se habían editado en su momento. El glam tuvo éxito tanto en la vertiente arty (Roxy, Bowie) como chusmosa (The Sweet, Slade, Suzi Quatro). En el momento, los fans de unos y otros eran irreconciliables. Los del rollo arty nos choteábamos de Gary Glitter como luego lo hicimos de Tino Casal. Con el paso del tiempo, hay que reconocer que algunos hits de los chusmosos no estaban nada mal, sobre todo los escritos por el dúo Chinn y Chapman, proveedores de The Sweet y Suzi Quatro. Y no olvidemos a Cockney Rebel, cuyos dos primeros álbumes, sensacionales ambos, se acogieron a la cosa glam. Siempre fue un grupo de minorías, eso sí, salvo con el hit “Make me smile (Come up and see me)”, que nunca se repitió”. Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 29 de julio del 2017. Pueden clickar y compartir, si así lo desean, el link del periódico -así mis jefes verán que hay alguien leyendo- o este mismo)

Glam rock: zurribanda adolescente con purpurina

La editorial Caja Negra publicará en España en breve el nuevo libro de Simon Reynolds Como un golpe de rayo; el glam y su legado, desde los setenta y hasta el siglo XXI. Escribiremos sobre él a la menor oportunidad.

Mientras tanto, y pa’cer boca, les recupero una pieza que escribí hace cuatro o cinco años con ocasión de la aparición de Wired Up!; glam, proto punk and bubblegum European picture sleeves 1970-1976, de Jeremy Thompson and Mary Blount.

Glam rock El libro Wired Up! Glam, proto punk and bubblegum european picture sleeves 1970-1976 recopila las portadas más llamativas del género más excitante (y ninguneado) de los 70’s

 Zurribanda adolescente con purpurina

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  1. Obsérvenlos: un ejército de pilosos camioneros embutidos en trajes de Klingon y duchados en purpurina, meneando los glúteos, berreando odas a la revuelta juvenil y rasgando explosivos riffs ante millares de chavalas y gamberrazos. Si tomamos como precepto fundamental que el pop debe ser lo contrario de aburrido, entonces el glam rock es la perfecta música pop. Se ha esculpido el catecismo de los 70’s como erial de fatuo rock progresivo del que nos salvó el punk, pero la realidad es bien distinta. Robin Wills (de The Barracudas) declara en su prólogo para Wired up! que “1974 es el nuevo 1965”. El escritor Stewart Home considera a los grupos de glam más divertidos, auténticos y sinceros que algunos punk-panfletos que vendrían después. “Bish Bash Bosh” frente a “Right to work”.

 

  1. El glam rock siempre ha tenido detractores, y la crítica que se le hace apesta a clasismo. El glam era estridente, rudo y proletario. Su rebelión era de tebeo, como algunos de sus referentes. No escondía sus anhelos (follar, pelear, bailar) ni sus orígenes de clase baja. Aunaba escapismo 70’s con la afirmación de una idealizada cultura obrera. Se trataba de música popular para bailotear en discos de barrio y morrearse en reservados, nada intelectual ni introspectiva; no fue concebida para escuchar a solas en una habitación del campus. Sus metas eran la diversión y el entretenimiento puro, con un par de soflamas de protesta pop como extra. Desde luego no era música de vanguardia: ni escondía su falta de pretensiones ni disfrazaba su glorioso rock’n’roll de algo que no era. Al contrario que el punk inglés, el glam rock nunca tuvo ínfulas de Año Cero: sus raíces estaban en el r’n’r de los 50 y la era mod. De hecho, muchos de sus artistas eran despojos mod reinsertados (John Hewlett, de John’s Children; Paul Raven, luego Gary Glitter; Jesse Hector; Marc Bolan) o cuanto menos gente granadita que ya había probado suerte en los sixties, como Slade. En ese sentido, el glam rock podría considerarse una reválida de lo mejor de los 60’s: la energía, el entusiasmo, la candidez, las canciones de dos minutos… Su completa falta de impostura y lo rotundo de su sonido maravillan incluso hoy.

 

  1. El glam tiene lo mejor de todas las cosas. El sonido es The Who exagerado, con estribillos repetitivos y producciones que son casi Disco. La pertenencia obrera se vocea como caricatura entrañable, con palmadas sincronizadas, pateos de graderío y cánticos hooligan, así como en una lírica vivencial sobre agarrarse un pedal, ligarse a una buenorra o darse de leches el sábado noche. Stockhausen no es, gracias al cielo. Cuando las letras sobre trifulcas o jacas se agotan, los grupos sacan la artillería pesada, casi toda centrada en aficiones de adolescente extrarradial: ciencia ficción, artes marciales o pajeo compulsivo. Wired Up! hace hincapié en el formato estrella del glam -el single de 45rpm con portada- como columna central de su universo. Los grupos se ponen los nombres más extremos para llamar la atención del comprador púber, y su estética va a juego. Los músicos son imposibles albañiles vellosos con trajes Galáctica y mostachos Nietzsche, el epítome de la androginia fallida: a más cardados y rímel, más machotes. Solo hay que ver fotos de Mud o Sweet, fornidos empleados de mudanzas embutidos en trajes del Comando G. Le partirían a usted la cara en un santiamén, y luego irían a limarse las uñas. En ocasiones los grupos adoptan un guiño lo menos sutil posible en un esfuerzo por destacar en el mar de mallas: Hector (niños con pecas pintadas), Pantherman (un fulano vestido de pantera). Streakers (en pelota picada) o Zappo (superhéroe loco). Y así, cientos. Wired Up! acierta al afirmar que por cada Slade había mil bandas de segunda fila, y todas ellas tendrían sus tres minutos de fama en las discotecas y futbolines de Bélgica, Holanda o España. Durante seis años, aquellos maromos mazas con peinados medievales y pantalones prietos cantando “Teenage rampage” eran lo más popular de Europa. ¿Y ustedes me dicen que llegó el punk para salvarnos del aburrimiento? Kiko Amat

(Este artículo se publicó originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia, febrero del 2013. también fue recopilado en Chap Chap; una antología confesional (Blackie Books))

 

Kiko Amat entrevista a VIRGINIE DESPENTES

Una charla muy molante que mantuve con la gran Despentes. En Jot Down. Cliquen acá.

El vermut de Kiko Amat #11: DANIEL AUSENTE

Daniel Ausente: un sabio ex-nerd y ex-garajero (nunca se es ex-garajero; esto es para siempre), rey de los márgenes y lo subterráneo, especialista en cine de terror, serie B, C y Z, cómics, monarca de la subcultura y santo patrón de la Cultura No-Seria. Y autor del sensacional Mentiré si es necesario (El Butano Popular, 2014), libro predilectísimo del año pasado en esta casa. Un caballero admirable, y encima curtido en lo que él llama “Gótico Llobregat” (y que lo digas, Ausente).

Pues eso, que le entrevistamos para el #11 Vermut con Kiko Amat, en Gent Normal. Charlazo épico con pez frito. Mucha familia, barrio, extrarradio, punk, ochenteo, cine raro, bagaje y estupefacción droguil en el bar La Plata.

Que la disfruten.

Soul Boys del mundo moderno: Kiko Amat entrevista a SPANDAU BALLET

Para Babelia. Dentro-fuera. Una conversación fugaz de 25 minutos a la que le exprimimos todo el jugo imaginable, agarrándoles de las guerreras para que no se largaran tan pronto. Charlamos de subcultura, de clase obrera, de soul boys, de hedonismo y de punk rock; hablamos incluso de mods.

Este, su escritor de cercanías favorito, ex-detractor convertido en groupie, incluso se hizo una tremebundaza foto con ellos (que ya les mostraré otro día).

Léanla con pasión, justo acá. To cut a long story short: I lost my mind.